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PETICIÓN A LA NASA PARA INCLUIR EN SU PRÓXIMO VIAJE AL ESPACIO A UN POETA Y OTROS POEMAS/PETITION TO NASA TO INCLUDE A POET ON ITS NEXT MISSION TO OUTER SPACE AND OTHER POEMS de Martín Camps y traducción de Anthony Seidman Primera edición (CC) 2014 Martín Camps (CC) 2014 Anthony Seidman (CC) 2014 Observatorio Editorial Tijuana Ilustración de portada: Gustavo Abascal Edición: Martín Camps, Anthony Seidman y Gidi Loza Diseño de interiores y de portada: Gidi Loza El poeta y el traductor desean agradecer a los editores de San Diego Poetry Annual, Olga García, Skidrow Penthouse, Rob Cook, and The Bitter Oleander, Paul B. Roth, donde algunos de estos poemas aparecieron publicados en versiones diferentes. The poet and translator wish to thank the editors of the San Diego Poetry Annual, Olga García, Skidrow Penthouse, Rob Cook, and The Bitter Oleander, Paul B. Roth, were a few of these poems appeared in slightly different and earlier English versions. Observatorio Editorial Tijuana es un espacio de experimentación colectiva para la creación integral de libros que coordina Gidi Loza. Esta obra está protegida bajo una licencia de Creative Commons Atribución-No Comercial-Licenciamiento Recíproco 2.5 México. Algunos derechos reservados. Tijuana, Baja California, México.

Petición a la NASA para incluir en su próximo viaje al espacio a un poeta

Porque falta probar el efecto de gravedad cero

en ciertas palabras.

Porque nadie ha leído “Muerte sin fin” a todo pulmón en la noche del espacio. Porque tengo una hipótesis: los sueños gravitan lentamente como una burbuja de agua en la boca. Porque a trescientos mil kilómetros de distancia el poeta es posible que lo entienda todo de una vez, la función de los hoyos negros, la llamada de auxilio de los pulsares, el corazón roto de una supernova, la curvatura del espacio y la antimateria. Porque hace falta llevar un barril de cerveza y brindar al mutismo de Neptuno, acariciar con la lengua el brillo del sol y atraparlo con los dientes como una gragea. Porque la luna es abundante en un material precioso y no renovable: silencio.

Por eso la NASA debe enviar en su próxima expedición a un poeta, para que todos los demás mortales que nos quedamos viendo las estrellas desde nuestra calle, sepamos qué pasa allá arriba cuando los astronautas se meten en sus sacos, después de un día de experimentos importantísimos, como quien duerme bajo el agua.


Petition to NASA to Include A Poet On Its Next Mission to Outer Space

Because we will still need to test the effect of

zero gravity on certain words.

Because no one has read José Gorostiza’s Death

Without End,

aloud, in the night of space. Because I have a hypothesis: dreams gravitate slowly like a bubble of water

in the mouth.

Because from a distance of three hundred thousand kilometers, it may be possible for the poet to grasp the function of black holes, the distress call

from pulsars,

the broken heart of the supernova, the curve of space

and antimatter.

Because we still need to bring a keg of beer, and make a toast to the silence of Neptune, and, with the tongue, caress the sunshine and entrap it like a pill with one’s teeth. Because the moon abounds in a precious and non-recyclable resource: silence. Thus, for all those reasons, NASA should send a poet


on its next expedition, so that all us other mortals will keep on watching the stars from our street, so that we know what happens up there when the astronauts get into their sleeping bags, after a day of important experiments, before falling asleep like one who dreams under water.


Poema para el fin del verano

No es la página en blanco, sino la mente en blanco a lo que temo; peor aún, a la vida en blanco. Nada por hacer, sólo afilando el cuchillo del tiempo, el calor afuera secando las horas —como trozos de carne salada tendidos en la azotea—. El viento no va a ningún lado, avanza en círculos como los niños en la escuela, el azúcar en el café. Las montañas sólo conocen de horas que duran un mar. He caminado en días como éste y me he abrigado con las telas que nos arroja el sol. Hay una carretera larga en esta hoja, una carretera larga que se pierde en una colina entre las reverberaciones del calor. La mente en blanco como un desierto, y este poema en medio, como un cacto.


Poem On Summer’s Ending

It’s not the blank page, but the blank mind that I fear. Even worse, an idle life. Nothing to do, just whetting the blade of time, the heat outside drying out the hours, as if they were strips of salted beef hanging from

the awning.

The wind goes nowhere, goes in circles like children on the playground, or sugar in coffee. Only mountains know about an hour as enduring

as the ocean.

I have walked on days like this, warming myself with the cloth which the sun unravels. There’s a long highway on this page, a highway that vanishes by the distant hill where the heat rings in one’s ears. A mind as blank as the desert, and this poem in the middle of it, like a cactus.


Sol blanco

Eran las once de la mañana y empezaba a escribir un poema oscuro con una palabra que no localicé en el diccionario.

Por eso salí de mi cuarto

y fui a la playa a bañarme con el sol y vi a las mujeres tomarlo en la arena y me dije: voy a decirles que Gonzalo Rojas me dijo que fuera a comerciar con su hermosura. Si no les importa que por una hora contemple sus cuerpos como se ve una pintura, una ola silvestre o una estrella chisporroteante. Pero sería inútil convencerlas de que entre sus manos está mi poema, o para ser más exactos, que por su cintura o en la punta verde de sus ojos. Me recuesto en la arena y veo una garza partir al cielo como un avión de papel y miro a una joven quitarse el sostén y me recuerda que el sol es blanco y que en millones de años se extinguirá comiéndose

esta hermosa tierra de agua

y el polvo estelar de ese encuentro tendrá una minúscula partícula de mis sueños.


White Sun

It was eleven in the morning and I started to write

a dark poem

by way of a word I couldn’t find in the dictionary. And so I left my room and went to the beach,

in order to bathe with the sun

and I saw women tanning on the sand, and I said

to myself: I’ll tell them the poet Gonzalo

Rojas told me to engage in commerce with

their beauty.

That if it doesn’t bother them, for an hour

I’ll contemplate their bodies

like those one sees in a painting, a sylvan wave,

or a crackling star.

But it would be hopeless convincing them

that my poem is in their hands,

or, to be more precise, in their waists, in the green

points of their eyes.

I lie down on the sand and see a heron set off

for the sky like a paper plane,

and I watch a young woman as she takes off her top,

reminding me how the sun is white,

and that millions of years from now, it will extinguish,

consuming this


beautiful Earth of water, and that the stardust from this encounter will bear some miniscule particle

of my dreams.


Doce tigres siberianos en Paseo Triunfo de la República

En la calle principal de Ciudad Juárez, entre el aburrimiento vespertino de los peatones

que veían

indiferentes a doce tigres siberianos, por fortuna, aburridos en sus jaulas cual burócratas y atormentados por las moscas del hastío. Imagino a estos tigres caminar libres por las calles de Ciudad Juárez, luciendo las rayas fúnebres que pintó el miedo, devorando a peatones y espectadores como yo. Pero los tigres están durmiendo, Soñando en la nieve que nunca vieron, en los glaciares que azularon sus ojos, en los océanos congelados donde sus madres

los parieron

y fueron raptados por los dueños del circo. Un tigre orina en sueños preocupado

por una pesadilla:

sus hijos son devorados por los payasos del circo. Los payasos son los peores habitantes de la carpa, duermen con maquillaje y sin cerrar los ojos. Imposible liberar a los tigres,


son resguardados por la malquerencia de los payasos que ya sonrĂ­en con una mueca espantosa


Twelve Siberian Tigers

On La Paseo Triunfo de la República, the main thoroughfare in Ciudad Juárez, among the crepuscular boredom of the pedestrians; caged in by fate, bored like bureaucrats, and tormented by the flies of weariness. I imagine these tigers walking free through the streets

of Juárez,

showing off the somber stripes that fear painted, devouring pedestrians and spectators like myself. But the tigers are sleeping, dreaming of snow

they never saw,

of the glaciers that turned their eyes blue, of frozen oceans where mothers gave birth to them, only to be kidnapped by circus moguls. One of the tigers pees in his sleep, troubled

by a nightmare:

his children are devoured by the circus clowns. The clowns are the worst inhabitants under the tent, they sleep with their make-up on, their eyes open. It’s impossible to free the tigers, they’re protected by the nastiness of the clowns who smile with a fearful grimace.


Persistencia del agua La poesía no se lleva en vasijas de barro. Dije: dejaré de escribir, uno o dos años, que la poesía hable por otras bocas. Me olvidaré. Ya no me llamaré poeta. Seré ahora maestro, jornalero, empleado. No escucharé el hormiguero de adentro, Ese ruido de hojas agitadas por el viento. Pero la poesía encuentra su camino, como el agua que se trasmina por una pared de yeso y pinta un aura verde y se abre a tramos para ponernos el agua hasta el cuello. Y otra vez a empezar, como por miedo, para sofocar el ruido de las hojas. La poesía no se derrama como el vino, no se vende por treinta monedas de plata ni se esconde como talentos en la tierra. La poesía te parte la boca.


Persistence of Water

Poetry's not held in clay jugs. I said: I'll stop writing for a couple of years and let poetry speak through other mouths. I'll forget it. I will not be called a poet. Now I'll become a teacher, a laborer, a clerk. I will not listen to that inner anthill, the din of sheets snapped by the wind. But poetry finds its way, like water filtering through a plaster wall. So to begin once again, as from fear, to choke the noise of the leaves. Poetry doesn't spill like wine; it's not bartered for with thirty coins of silver; it doesn't even hide like Talents in the ground. Poetry ruptures your mouth.


Jirafa en Juárez

En Ciudad Juárez hay una Jirafa, así con mayúscula, grandota y sola. La vi mirando el atardecer, el sol enterrándose en el cerro de la Biblia y recordar su sabana, las hojas de acacia que cenaba después de huir del acoso de los leones. Aquí en el norte de México está tranquila, la tratan bien, como a una extranjera. Le intrigan aún los frenos quejosos de las rutas, los niños generosos que la miran como un gatito desarrollado. Juárez es su circo, su llanura y zoológico. Nadie se explica muy bien cómo llegó si un burócrata la compró en un safari para adornar su nuevo parque central o si llegó sola, en autobús, en busca de trabajo, como todos.


Giraffe In Juárez

There’s a giraffe in the central park of Ciudad Juárez. Simple as that: a towering, Upper-Case and lonely giraffe. I studied her as she gazed at the sun sinking behind the hill that says in Spanish:

read the Bible.

She remembered her savanna, the acacia leaves on which she nibbled after escaping from the jaws of hungry lions. Here, in the north of Mexico, things are easier; they treat her well, as if she were a tourist. The squealing brakes of buses still make her ears perk, as do the generous children who pretend she’s an overgrown cat. Juárez is her circus, savannah and zoo. No one knows how she got here, if some bureaucrat bought her while on safari in order to adorn his new park, or if she arrived on her own, by bus, in search of a job, like everyone else here.



Una oveja blanca y rechoncha salta la cerca. Una oveja blanca y gordinflona es trasquilada

al saltar la cerca.

Una oveja rapada salta la cerca y cae insertada

en un hierro, sobre un fogoフ].

Una oveja asada gira sobre un fogoフ]. Una oveja jugosa es rebanada por un vaquero. Una oveja asada salta la cerca y cae en un plato

de metal.

Una oveja me demanda explicaciones y le explico: Me fui a la cama con hambre y no hay comida.



A white and chubby sheep leaps the fence. A white and chunky sheep is shorn upon leaping

the fence.

A sheep shaved clean leaps the fence and is skewered

on the spit over a barbeque pit.

A roasting sheep rotates over the flames. A succulent sheep leaps the fence and falls

on a metal plate.

A sheep demands explanations and I explain: I went to bed hungry yet there’s no food.


Hotel de paso

La lluvia tocó a la puerta y por la ventana una nube gris transitó a toda prisa. Después salió el sol y cantaron unos pájaros

escondidos entre las ramas de un naranjo.

Afuera estaba húmedo como el envés de una ballena. De los cables de luz colgaban pájaros colosales

parecidos a lámparas viejas.

Entré al cuarto y el televisor estaba descompuesto. Sin nada por leer abrí el cajón donde estaba la Biblia

dejada allí por los Gideons.

En la primera página había un índice que sugería leer algunos versículos en caso de peligro, desesperación, duelo, alegría y desesperanza. Sin embargo, no sugería nada para la nostalgia. Abrí el Cantar de Cantares, y la nostalgia se tornó en calma y la calma en sueño y dormí toda la tarde.


Night At The Hotel

Rain knocked on the door and seen through the window, a cloud moved off in haste. A little later, the sun came out, a few birds chirped, hidden among the branches of an orange tree. I stepped outside; it was humid, like inside a whale. On the telephone cables perched some colossal birds like old lamps. I entered the room, yet the TV wasn’t working. Without anything to read I opened the drawer where the Gideons had left the Bible. On the first page was an index suggesting verses to read in case of danger, despair, suffering, joy, and hopelessness; however, there were no suggestions in the case of nostalgia. I opened up to The Song of Songs, and nostalgia turned into calmness, calmness into drowsiness, and I slept the entire afternoon.


La extinción de los atardeceres

Rosseau pintaba escenas de la naturaleza porque sabía que la naturaleza nos podía hablar como nadie más podía hacerlo. Una hilera de árboles donde empieza a fructificar

la noche y atrás de ellos,

un atardecer se propaga con la persistencia de un incendio. Llegará el tiempo en que se extinguirán los atardeceres. El tiempo en que la naturaleza nos ignore y nos arroje al hoyo del olvido. Entonces vendrán los terremotos y las olas inmensas y la sequía que nos pedirá las gargantas, y la oscuridad será reina.


The Extinction of Twilights

Rousseau painted scenes from nature because he understood that nature could speak to us like nothing else. A row of trees where night slowly comes to fruition, and above them, an evening spreads with the persistence of a great blaze. The day shall come to pass when all the evenings

will extinguish.

The hour when nature forsakes us, chucking us into oblivion’s pit. Earthquakes and tidal waves will be unleashed, and drought, demanding our throats, and darkness shall be crowned as queen.


City Zoo

Los leopardos estaban dormidos en las puertas de su jaula como gatos perezosos. Vi a un lince y un armadillo andar en ciĚ rculos como

quien ha perdido toda esperanza.

Y un gorila abatido, con la mano en la frente, quise

decirle que no se impacientara,

que diez horas en la oficina no son nada distinto, que

nuestras vidas no son mejores que la suya.


City Zoo

The leopards, like lazy cats, were asleep beside the doors of their cage. I saw a lynx and an armadillo pace around like one who has lost all hope. And a depressed gorilla, head in hand, to whom I wanted to say not to fret, that ten hours behind a desk is not any different, that our lives are no better than his own.



Los mosquitos no mueren de hambre. Nunca les falta una pierna, un brazo o una oreja sorda a su voz hambrienta. Nunca verás el cadáver envejecido de un mosquito. Sólo saben de muerte violenta: de cuerpo reventado por manotazo, choque eléctrico o aire envenenado. Se hundirán el día que sepan que pueden caminar sobre el agua.



Mosquitoes don’t die from starvation. They’re never in need of a leg, arm or ear deaf to their hungry voice. You’ll never see the time-ravaged cadaver of a fly. They only know death by violence: body burst from a swipe, electric shock or poisoned air. They’ll sink the day they understand they can walk on water.


Llueve en Juárez

Cuando llovía en Ciudad Juárez, mi madre abría la puerta de la casa y juntos mirábamos la lluvia como si fuese

una extranjera,

una muchacha de Irlanda que se desatara las trenzas mojadas bajo la regadera. Luego venían los relámpagos y madre apagaba

las luces

al mismo tiempo que decía ¡Virgen santísima! Y nos quedábamos a oscuras oyendo el cielo resquebrajarse como si fuera una hoja de papel que alguien arruga entre sus manos furiosas. La lluvia allí no llamaba paraguas, llamaba barcos. La calle se anegaba como una repentina Venecia pero claro, si los venecianos hubieran tenido uno solo de nuestros presidentes municipales haría tiempo que la catedral de san Marcos ya fuera

santuario de corales.

Pero Ciudad Juárez no es ninguna Venecia. Los carros caían en hoyancos de dimensiones prehistóricas, el agua se estancaba.


HabĂ­a que volar para librar charcos. Y nadie tiene un barco en Ciudad JuĂĄrez.


It’s Raining In Juárez

When it rained in Ciudad Juárez my mother would open the front door. Together, we would watch the rainfall, so foreign, like a girl just arrived from Ireland, undoing her drenched braids in the shower stall. Thunderstorms would strike, and my mother

would click

off the lights while repeating: ¡Virgen santísima! We’d sit in the darkness, hearing the sky crackle as if it were a sheet of paper crumpled up by agitated hands. The rain there didn’t call for umbrellas, but rather boats. Like a sudden Venice, the streets denied us safe passage; of course, if the Venetians had possessed a single ex-mayor from our city, St. Mark’s Basilica would’ve turned into a coral reef

long ago.

But Ciudad Juárez is no Venice. Cars would tumble into potholes of Precambrian dimensions, and the stagnant water would turn murky. One would need to sail over the puddles, yet no one has a boat in Juárez.


T-Rex en la Academia de Ciencias

Cuรกnta hambre tiene el tiempo para dejarnos estos huesos limpios.


T. Rex At The Natural History Museum

How starved time must be, leaving us nothing but these bones picked clean.


Pequeño apéndice a un mayúsculo poema oportuno de Néstor Perlongher

En las alcantarillas, entre las ratas, en los sótanos de gente adinerada, con Explorer

y Suburban

Parqueada enfrente de casas con cúpulas panzonas hay zombis. Bajo las corbatas de banqueros que usan colonia

Obsession for men,

Dentro de las cajas fuertes al lado de las montañas

de dólares,

En los cajones donde guardan las perlas,

las escrituras de casas,

Los lingotes de oro, los anillos de diamantes

que zafaron de las

manos de sus madres, hay zombis. En las cajuelas, en las guanteras, en las llantas,

en los entresiijos

de los autos, en el retrovisor, en el espejo

con la leyenda:

Objects in the mirror may be closer than they appear, en los cofres, los alternadores, el aire acondicionado,

el radio y la defensa,


hay zombis. En las hojas de los árboles, en las raíces, en el zacate

que se prohíbe pisar,

entre las flores rojas y amarillas, entre los nopales

y las espinas, las tunas

que se pudren porque nadie las come,

entre los matorrales,

cascadas de bolsas negras, hay zombis. En los que dicen: —¿De a cómo nos arreglamos? —La última y nos vamos, la caminera para manejar

bien. —¿Dónde me consigo un pase?

Hay zombis. En los cuadernos vacíos de los estudiantes en los portafolios rotos de los profesores en los bolsillos de las camisas blancas en las carteras abultadas con fajos de dinero. Hay zombis. En los cines, en los bares, en las tiendas

de autoservicio,

en los gimnasios de esculturales y castísimas señoritas, en las iglesias con reliquias papales, olorosas

a aceite quemado,

como sartén antes de poner a freír el pescado.


Hay zombis. En los roperos que, en los baúles para, en las bicicletas donde, hay zombis. En el rostro calmo de los dadivosos, en la cara agria de los pedinches, entre los ropavejeros, el fierrero, entre los pepenadores, recicladores, filósofos apriori, hay zombis. En los cerros donde se entierra el sol, en la acequia

madre donde se refleja la luna,

entre la arena fina del desierto en las bolsas

de plástico, botellas de leche, bolsitas

de chocolate,

vasos de cartón de McDonalds, servilletas sucias, cajitas feliz, papel de estraza, cartones, chicles, gargajos, mierda y orines, hay zombis. En los pasillos limpios de los servidores públicos, en las sacristías limpias de los curas en los cajones de los padrotes en las mesas de los jugadores clandestinos hay, exacto, zombis. En las falangetas, falanges, carpo, metacarpo, bíceps, clavícula, cerebro, neurona, zona roja en el encefalograma, orden al sistema nervioso


central, sinapsis, neuronas, el dedo presiona

con la misma fuerza que se presiona una tecla de piano, acciona, la bala corre, la bala alcanza, hay zombis. El que vende la pólvora, el que fabrica el arma, el hierro forjado. El que fabrica el odio. El que divide el átomo, el que presiona “enter”

para que caigan las bombas.

Hay zombis. En las licorerías, los table dance, los monasterios, los reclusorios, los seminarios y universidades, hay zombis. En los rieles de los trenes lamentosos, en los pozos profundos de petróleo, en los pasos a desnivel, y los pasos desnivelados, en el asfalto con baches, en los topes, en las avenidas y los altos, los pasos peatonales, ceda el paso, hay zombis. En las llantas, en los “drive thrus” en el café, en la taza de té tranquila en la mesa de ébano donde comen los poderosos, en los botes de basura, en los tambos, en las cobijas, en las bolsas

de plástico,

hay zombis. En el alféizar, en el río rumoroso, en el río seco


cuadriculado, en la computadora sin teclas, en los puestos

de periódicos,

en la voz de los voceadores, en las nubes negrísimas. Hay zombis. En los concursos de poesía, en los jurados

de compadres,

bajo la estatuilla del Oscar, en el smoking del Nobel, atrás del agua Bonafont, atrás de mesas con manteles negros, donde se sientan los poetas lecturosos, lustrosos,

limpios, pero zombis, hay.

En el tiempo perdido, en la gente que espera el tren, la que aguarda el camión como una esperanza, en la primera clase de los aviones en los camarotes con vista al mar de los transatlánticos En las limosinas, los camiones de redilas, motocicletas, tanques, camionetas importadas, hay zombis. En el espacio en blanco de los poemas, ese desierto pulcro que lamentan los árboles (pues que no pueden llenarlo todo, ¿a poco necesitan

tanto aire sus versos?)

en los colofones, en el Nihil obstat, en el tiraje de mil


ejemplares, en el ISBN, en el impuesto, en la librería, en las cajas,

en los libros que no se leen,

hay zombis. En los mercados, en los miércoles de frutas

y verduras,

entre las manzanas, las peras, los limones verdes

que parecen maduros,

en las naranjas podridas rebajadas, en la fila

para pesar, en el pasillo de lácteos

en el precio de la tortilla, la carne que ya ni para verla,

hay zombis.

En los sobres, los matasellos, los timbres, las teclas, las mesas limpias y las sucias, las cañerías tapadas, el desagüe, la acequia madre, el canal de Miramontes, el río Bravo, el río Grande, hay zombis. En la ilusión, en el amor de manita sudada

en las plazas, en los abrazos

de amantes en bares al fondo, en los salones de baile,

bajo las sonrisas

(rastros falsos de felicidad) entre las piernas de la muchacha con medias negras

y sugerentes,

bajo los lentes negros de una adolescente, entre las rodillas finas de una viajera,


en el baño donde una pordiosera se inyecta heroína en la hoja seca que cae en la noche del otoño en un joven que no sabe deletrear su nombre en un cuadro de luz clara como agua encendida hay zombis. En la Paseo Triunfo de la República de Ciudad Juárez en el cerro de la silla de Monterrey boca del río en el río Chuviscar de Chihuahua en las aguas claras de Cancún En los cenotes, en las nubes, en la neblina, los barcos y las pirámides, hay zombis. Pero si ya lo dijo Perlongher y mejor, o nadie sabe quién es, suena argentino, por qué seguir con lo mismo, dice el cínico, que busque por otro lado, que, porque aquí, se jura, se perjura, en este lado, en la región, la zona, entre estas hojas, a estas alturas del siglo y a nivel del mar, que aquí en este país, pero es que aquí, estamos muy lejos, nomás no, aquí no, oficialmente, lo negamos rotundamente


hasta las consecuencias últimas y resultados de una comisión, de una fiscalía justa

verdad verdadera, neta que sí,

aquí no hay zombis. Y si los hay ni los vemos. Abracadabra. Abrecadáveres, abre zombis. Verás. Cada verano. Tan-tan, tantos, zombis.


Small Appendix To A Grand, Timely Poem By NĂŠstor Perlongher

In sewers, among rats, in the cellars of the wealthy, an Explorer

and a Suburban


parked in front of each mansion with paunch-shaped domes, there are zombies. Beneath the ties of bankers who splash on Obsession

for Men cologne,

inside safes, next to heaps and heaps of dollars, in the drawers where they hide pearls, deeds

for houses,

gold ingots, diamond rings they pried from the fingers of their mothers, there are zombies. In trunks, in glove compartments, in tires, in the cracks of cars, in the rear-view mirror, in the side-view

mirror that reads:

objects in the mirror may be closer than they appear, on hoods, alternators, in the air-conditioning, the radio

and bumper,

there are zombies. In leaves, among the roots, on the grass you cannot


cross, among red and yellow flowers, among cacti and

thorns, prickly pears that rot because no one

eats them, among bushes,

cascades of black plastic bags, there are zombies. In those who say: how about if I grease your palm? One more for the road! How do I get a backstage pass?... there are zombies. In empty notebooks belonging to high school students, in battered briefcases of teachers, in pockets of white collar workers in bulky wallets with wads of cash, there are zombies. In movie theatres, bars, self-service stores, in gyms, among chaste young women, in churches with papal relics fragrant with holy oil like the sizzle from a pan before frying fish, there are zombies. In the closets that‌in the trunks for‌ in the bicycles where‌ there are zombies. In the calm face of the generous, or the sourpuss face


of peddlers, among the thrift-shop clothes dealers,

the scrap-iron salesman,

among janitors, recyclers, philosophers a priori, there are zombies. Across the hills where the sun sets, in the main canal where the moon is reflected, among

the fine desert sand,

in plastic bags, bottles of milk, chocolate-bar wrappers, paper cups from McDonalds, dirty napkins, Happy Meals, brown bags, cardboard, chewing gum, phlegm, feces and urine, there are zombies. In the mopped corridors of public servants, in the immaculate vestries of priests, in the plush velvet booths of pimps, at clandestine tables for cardsharps, there are‌yes, you guessed it‌ zombies. In phalanges, carpus, metacarpus, biceps, clavicle, brain, neurons, red zone, in the encephalogram, in the order of the central

nervous system,

synapsis, neurons, in the finger pressing with the same force as one presses a piano key, or squeezes, the bullet flies, the bullet strikes its target,


there are zombies. In the one selling the gunpowder, the one making

the weapon,

the one welding, the one manufacturing hatreds,

the one splitting

the atom, the one who presses "enter" so that

the bombs fall,

there are zombies. In distilleries, lap dances, monasteries, prisons, seminaries and universities, there are zombies. In the rails beneath rocking trains, in deep oil wells, in underpasses, and creaking steps, in asphalt potholes, in speed-bumps, in avenues and stop signs, crosswalks, Yield signs, there are zombies. In flashy rims, in drive-thru cafes, in the calm cup of tea on an ebony table where the powerful eat, in garbage cans, in barrels, in blankets, in plastic bags, there are zombies. On the sill, in the gurgling river, in the dry

square-shaped river,

in the computer missing keys, in newspaper stands,


in the voice of town criers, in the blackest clouds, there are zombies. In poetry contests, in rigged juries, under the Oscar statuette, in the tuxedo of the Nobel

Prize winner,

behind of the bottle of Bonafont water, behind tables

with black tablecloths

where celebrity poets preside in eminence, although they’re clean-shaven, they, too, are zombies. In time wasted, in the people who wait for the train, the one who awaits a truck full of hope, in the first class section of a 747, in cruise ship cabins with a view, in limousines, big-rigs, motorcycles, tanks, imported vans, there are zombies. In the postmodern poems abounding with white space, all trees object to those tidy deserts (heck, if they can’t fill the page, do their line-breaks

really need so much air?),

in colophons, in the Nihil obstat, in a book with

a print-run in the thousands,

in the ISBN, in taxes, in the bookstore, in boxes,

in the books that are not read,

there are zombies. In the markets, on Wednesdays of fruit and


vegetables, among apples, pears, limes that seem ripe, in the bloated, reduced-price oranges, on the line

to weigh, in the lactose aisle,

in the price of tortillas, the meat you can’t even consider, there are zombies. In envelopes, postmarks, stamps, keys, clean tables and dirty ones, capped pipes, the wastepipe, the main canal, The Channel of Miramontes, the Rio Bravo,

the Rio Grande,

there are zombies. Full of hope, in love, holding hands in plazas,

in the embraces

of lovers in the back of bars, on dance floors,

behind smiles,

(false traces of happiness), between the legs of the girl with black,

almost-fully-revealing stockings,

behind the black Ray-Bans of an adolescent, between the delicate knees of a traveler, in the bathroom where a beggar injects heroin

into her arm,

in the dry leaf that falls on an autumn night in a young man who doesn’t know how to spell his name,


in a picture of light as burning water, there are zombies. In the streets of JuĂĄrez, on Monterrey Hill, the mouth of the river, in the channels of Chihuahua, in the clear waters of Cancun, in Cenotes, in clouds, in fog, ships and pyramids, there are zombies. But if Perlongher already said it, and better, (and just who the heck is he?, ‘cause the name sounds Argentine, so says the cynic), why beat a dead horse? Let him look elsewhere, because here, we swear, we perjure ourselves on this, in this region, this zone, between these pages, at this point of the century and at sea level, that, here in this country, there are no zombies, and the fact is that here, we are very far, nope, not here, officially, we roundly deny it up to the final consequences and results of a joint commission,


of an upstanding prosecutor’s office, it’s the honest truth, really, here there are no zombies. And if there were, we don’t even see them. Well, Abracadabra! Open cadavers, open zombies. You will see. Every summer. Surprise! So many many zombies.


Martín Camps es profesor Asociado de la University of the Pacific en Stockton, California. Es autor del libro Cruces fronterizos: hacia una narrativa del desierto (UACJ, 2008). Ha escrito los siguientes libros de poemas: Desierto Sol (2003), La invención del mundo (2008) y La extinción de los atardeceres (2010) y Poemas de un zombi (bilingüe, traducido por Anthony Seidman, 2012). Este año se publicó su novela: Horas de oficina en España. Sus poemas han aparecido en The Bitter Oleander, Tierra Adentro, Revista de Literatura Mexicana Contemporánea, entre otras. Martín Camps is an Associate Professor at the University of the Pacific in Stockton, California. He is the author of the following collections of poetry: Desierto Sol (2003), La invención del mundo (2008), La extinción de los atardeceres (2010) and Poemas de un zombi (with translations by Anthony Seidman, 2012). This year he published the novel Horas de oficina in Spain. His poems have been published in such journals as The Bitter Oleander, Tierra Adentro, Revista de literatura Mexicana contemporánea, among others. Anthony Seidman es el autor de Where Thirsts Intersect, publicado por The Bitter Oleander en 2006, entre otros libros de poesía y traducciones de poesía Mexicana contemporánea. Su trabajo ha sido publicado en revistas como Nimrod, World Literature Today, Ambit, Beyond Baroque, entre otras. Anthony Seidman is the author of Where Thirsts Intersect, published by The Bitter Oleander in 2006, among other collections and chapbooks of original poetry and translations. His work has been published in such journals as Nimrod, World Literature Today, Ambit, Beyond Baroque, among numerous others.


Impreso en Tijuana, Baja California, México. La edición consta de 40 ejemplares artesanales impresos hechos por Observatorio Editorial Tijuana. Septiembre de 2014.

Una cosa es segura, si abres un libro de Martín Camps serás atrapado sin duda en su tono, su humor cínico y sus pensamientos imaginísticos. Petición a la NASA para incluir en su próximo viaje al espacio a un poeta y otros poemas, no es una excepción. Camps no deja de expresarse sobre la sociedad que basa su existencia en las diferencias entre los seres humanos que han venido antes que nosotros y los que todavía, en algunos casos, viven entre nosotros y hacen que nuestras decisiones parezcan redundantes. Ha aprendido tan bien sus modos, sus tendencias que al hablar con ellos a través de esta pequeña pero intensa colección de poemas traducidos por Anthony Seidman, él es capaz de impartir su singular percepción de la vida en el más universal de los casos. Tanto es así, que su deseo de que la NASA incluya a un poeta en su próxima misión espacial destaca, además, que sea alguien que conozca la diferencia entre las nuevas realidades y esas viejas dimensiones de las que él está personalmente peticionando para ser lanzadas. One thing’s for sure—you open a book by Martín Camps and you’re drawn in without hesitation to his tone, his cynical humor and his imagistic thoughts. Petition to NASA to Include a Poet on its Next Mission to Outer Space and Other Poems, is no exception. Camps holds little back about the society that’s predicated its existence on the differences between human beings who’ve come before us and those who still, in some cases, live among us and make our choices seem redundant. He’s learned their ways, their tendencies so well that in speaking to them through this small but intense collection of poems in translation by Anthony Seidman, he’s able to impart his singular perception of their lives in the most universal of instances. So much so, that his wanting NASA to include a poet on its next space mission further emphasizes it be someone who knows the difference between new realities and those old dimensions from which he’s personally petitioning to be launched. Paul B. Roth Editor & Publisher The Bitter Oleander Press


Martín Camps. Traducción de Anthony Seidman. Ilustración de portada de Gustavo Abascal. Observatorio Editorial Tijuana. Tijuana, 2014.

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