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Pontificia Universidad Católica de Valparaíso Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas Escuela de Periodismo

Nombre: Valeria Viancos Fecha: 3 de julio de 2012 Profesora: Marcela Porto

Tercer ensayo de Opinión Pública Participación ciudadana en Chile: un problema de actualidad

Introducción Sin dudas, estamos inmersos en un mundo donde la participación ciudadana en la vida política ha ido mermando a través de los tiempos. Ya no existen los espacios públicos que la Antigua Grecia valoraba en el ágora como la fuente de discusión de asuntos con contenido político y social. Ya no existen –en gran medida– los intereses por participar en debates o foros con trasfondos políticos ni mucho menos está el interés en unirse a partidos y conglomerados que engrosen las filas de nuestros representantes y opositores.

A lo anterior, es necesario mencionar la falta de voluntad de los jóvenes para acudir a las urnas y escoger el destino de nuestro país, reflejado en el escaso número de votantes correspondientes a dicho sector social. Según el Servicio Electoral en su sitio web (www.servel.cl), para el 2008 en la región de Valparaíso sólo existía un universo de 5611 jóvenes inscritos entre los 18 y 19 años 1. Sin embargo, las pretensiones juveniles respecto de la vida política y su participación en ella se verán finiquitadas próximamente en las elecciones municipales de octubre, un contexto que será crucial para determinar, a ciencia cierta, el interés real para la vida pública, dada la aprobación de la inscripción automática y el voto voluntario que no sólo entregará porcentajes sobre votaciones de los jóvenes, sino

1

SERVEL, “Información Electoral”, en sitio web www.servel.cl


que también de aquellos que sólo se acercaban a las urnas dado su carácter obligatorio.

Todo lo previamente señalado se entiende por la falta de representatividad de las autoridades públicas, producto de la crisis de la figura del Estado como garante de la seguridad y estabilidad de los ciudadanos, quienes han comenzado a entender al mercado como la única fuente de subsistencia, en desmedro de las oportunidades y servicios estatales a los que escasamente logran acceder.

Por lo mismo, y en consecuencia de lo anterior, resultan interrogantes que para fines de este ensayo son necesarias exponerlas, todas a raíz de una gran pregunta central que guiará la discusión: ¿El Estado es un verdadero defensor de la participación ciudadana?, ¿qué pasa con los grupos minoritarios de nuestro país?, ¿la extensión de los derechos –y sus consiguientes deberes– se aplica a todos los estratos de nuestra ciudadanía?, ¿por qué no existe pleno interés en la vida política y pública? Bajo la revisión bibliográfica aplicada a la cotidianeidad entenderemos los conceptos de Estado-nación (y su crisis en la actualidad), ciudadanía (y la exigencia de inclusión para la vida política) y capital social (relacionado al mercado y a la falta de interés para las organizaciones), con el objetivo de la búsqueda de respuestas que nos entreguen un panorama de nuestro Chile contemporáneo y siente las bases para la creación de políticas públicas que logren captar a la ciudadanía siendo entendidas como sujeto de derecho.


1. Crisis en el Estado-nación Para contextualizar la falta de participación social en los espacios públicos resulta necesario mencionar la crisis que atraviesa el concepto de nación, surgido a principios del siglo XIX y con apogeo en el siglo XX. Para entenderlo es necesario repasar sus definiciones y el largo camino que ha vivido a través de la historia para terminar en una etapa de crisis actual.

En primera instancia, es un imperante señalar que para Benedict Anderson en su libro “Comunidades imaginadas”, nación es “una comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana”2. De su definición, resulta interesante la relevancia que le otorga al carácter “imaginado” de la comunidad, una aseveración que de ser obvia tiene mucha verdad. Sin dudas, no conoceré jamás a los 15 millones de chilenos que existen en nuestro país, pero sé que en algún rincón del territorio están rondando y siendo partícipes de una comunión a la cual yo también pertenezco.

Anderson, de igual manera, subraya en los vínculos que unen a los miembros de una nación, las raíces culturales que la sostienen, destacando a la lengua como principal vía de identificación con los pares coterráneos, ya que “muchas de ellas (naciones modernas) tienen estas lenguas en común”3. Sin embargo, me atrevo a postular que no sólo se entiende a nivel de la nación, sino que también a nivel de un pueblo. En otras palabras, los miembros del pueblo Mapuche efectivamente hablan español, pero su lengua vernácula será el mapudungún, lo que otorga no sólo una diferenciación, sino que también una identificación cultural especial. Por otra parte, para Ariel Français, nación es “la colectividad forjada por la Historia y determinada a compartir un futuro común, la cual es soberana y constituye la

2 3

Anderson, B. (1993) “Comunidades imaginadas”, p. 23 Ídem, p. 75


única fuente de legitimidad política”4, mientras que el Estado “no confunde las instituciones que lo conforman, con las personas que ocupan el poder, y que asume un conjunto de funciones en beneficio de la colectividad”5.

Cabe destacar que el Estado-nación surge como edificación de las ideas establecidas durante el Siglo de las Luces y propagados por la Revolución Francesa, y, además, como el resultado de las luchas por el poder y de las confrontaciones sociales desde la Alta Edad Media hasta nuestros días actuales. Ejemplo de ello es la burguesía de fines del Medioevo que buscaba la eliminación del Feudalismo con fines comerciales y mercantiles.

Sin embargo, la crisis del Estado-nación comenzó a agudizarse en los años setenta, como producto de las fuerzas de poder que comenzaron a imponer su preponderancia en desmedro de la figura institucional. Los factores que involucran este proceso –choque petrolero, desplome del campo socialista y las críticas por parte de los medios capitalistas hacia el Estado– se resumen en una causa económica, provocando un “estancamiento del modo de crecimiento y consumo que se había configurado en los países occidentales al salir de la Segunda Guerra Mundial, y que era resultado de la revolución industrial que venía desarrollándose desde principios del siglo XIX”6.

Toda la crisis monetaria anterior desencadenó en la imposibilidad del Estado para garantizar el bienestar de la ciudadanía. La imprevisibilidad de su entorno económico le dificultaba su rol como precursor de la promoción del desarrollo social, la imposibilidad de regulación de la demanda y la inversión le impedía, también, ser promotores de empleo entre la sociedad y el recorte de gastos públicos era un obstáculo para su labor como moderador de las tensiones sociales. Con esto, el “Estado-nación se vuelve obsoleto al no servir más de 4

Français, Ariel. (2000) “El Crepúsculo del Estado Nación: Una interpretación histórica en el contexto de la globalización”, p. 1 5 Ídem p. 1 6 Ídem p. 4


soporte para la expansión de un capital en fase de internacionalización acelerada ni de marco institucional para la elaboración de los compromisos sociopolíticos”7.

Si un Estado, cualquiera sea su condición institucional, no puede garantizar una estabilidad económica a su pueblo, provocará de manera inmediata una inseguridad que derivará en una crisis a la institución, lo que sin dudas dejará incertidumbres sobre su verdadero rol estatal, ya sea como garante de la economía, de la seguridad o de los derechos sociales, políticos y civiles.

Continuando con la contextualización de la crisis, la globalización vino a subsanar esa

herida

monetaria,

como

resultado

de

procesos

mercantiles

y

la

industrialización. Así, su presencia en la vida económica de la nación, provocó fuertes desigualdades sociales, aumentando aún más la brecha entre los más ricos y los más pobres de los países.

Esta situación, sin dudas, la podemos observar en nuestro día a día, como parte de los problemas sociales más fuertes que aquejan a Chile. El enriquecimiento de la clase poderosa nacional dista de los endeudamientos y falta de accesos de la clase más vulnerable. Es por ello que las políticas neoliberales han sido fuertemente cuestionadas, ya que si bien sustentan un país con raíces monetarias, aumenta la desigualdad de sus ciudadanos, generando apatía hacia los sectores más dominantes que, coincidentemente, representan también a la clase política chilena. No es fácil comprender que nuestro Presidente de la República, Sebastián Piñera, sea el poseedor de una de las riquezas más grandes a nivel país, mientras que el sueldo mínimo continúa bajo los 200 mil pesos.

No cabe duda que dicha desigualdad será uno de los principales motivos de la ciudadanía para alejarse de la participación en la vida pública. El poder del Estado ha perdido sus roles de protectores del bien común, para compartirlos con los de 7

Français, Ariel. (2000) “El Crepúsculo del Estado Nación: Una interpretación histórica en el contexto de la globalización”, p. 5


la oligarquía emergente al servicio de las nuevas tecnologías nacidas en contextos de globalización. Será también esta voluntad a someterse a los nuevos órdenes sociales los que generarán comunidades contaminadas por las grandes fábricas, destruyendo con ello el medio ambiente, mientras que la pobreza y la exclusión seguirán formando parte de nuestro concepto de vida.

Resulta lamentable, dado que la solución a dichas problemáticas globales no son fáciles de solucionar, ya que se trata de “problemas sistémicos y, en segundo lugar, porque son todos transfronterizos”8.

Esto es, estamos inmersos en un

sistema ya instaurado cuyo modelo sólo podría ser modificado de manera paulatina en un largo plazo, pero las intenciones de realizarlo son nulas, ya que los principales favorecidos son, precisamente, las oligarquías mundiales. Por otra parte, es un problema transfronterizo, dado que cruzó las barreras nacionales para convertirse en situaciones problemáticas a nivel mundial.

Con todo, y principalmente por las desigualdades y exclusiones sociales, la participación ciudadana ha ido disminuyendo en la esfera pública chilena. Los grandes descontentos que surgen a partir de los choques de poderes de los dominantes, ha provocado cierto conformismo y sumisión en el pueblo, quienes ven sus oportunidades para triunfar de manera lejana dado los impedimentos para acceder a ellos. Sujetos a un sistema capitalista, sólo queda asumir nuestra realidad y buscar, de manera personal, la salida a las construcciones que hemos ido fabricando para nuestros contextos sociales. La representatividad política ha ido perdiendo fuerzas, sobre todo por los grandes sueldos que reciben las autoridades, que al parecer responden más a sus propios intereses que a los de la ciudadanía.

8

Français, Ariel. (2000) “El Crepúsculo del Estado Nación: Una interpretación histórica en el contexto de la globalización”, p. 19


2. ¿Qué entendemos por ciudadanía? No podemos apropiarnos del concepto de ciudadanía sin antes realizar un estudio previo de su existencia, tanto en sus significaciones como en los contextos tratados.

Durante el siglo XX, producto de la postguerra, el término estuvo definido prácticamente sólo por la posesión de derechos. Kymlicka y Norman se basan en Marshall para explicar que la ciudadanía pertenece a una sociedad de iguales y que “la manera de asegurar esta pertenencia consiste en otorgar a los individuos un número creciente de derechos de ciudadanía”9. Estos derechos serán divididos en tres categorías: derechos civiles, derechos políticos y derechos sociales. Por consiguiente, surge el Estado de Bienestar que vendrá a resguardar que cada miembro de la sociedad se sienta como un individuo pleno y sea capaz de participar de la vida en común y disfrutarla como tal.

Lo anterior nos hará concebir a la ciudadanía con un carácter privado, es decir, con un “énfasis en los derechos puramente pasivos y en la ausencia de toda obligación de participar en la vida pública”10. La “ciudadanía pasiva”, entonces, esperará que el Estado le entregue todo aquello que necesite, mientras sus esfuerzos para la subsistencia personal e independiente se resumen a cero, lo que significa la ausencia de la participación activa en la vida pública.

Sin dudas, esto provocó la respuesta inmediata de la clase política opositora a la concepción pasiva de la ciudadanía. La Nueva Derecha, que sostenía que el Estado de Bienestar “no ha mejorado sus oportunidades (de los pobres) y ha creado una cultura de dependencia. Lejos de aportar una solución, el Estado de Bienestar ha perpetuado el problema al reducir a los ciudadanos al papel de clientes inactivos de la tutela burocrática”11. 9

Kymlicka, W. y Norman, W. (1996) “El Retorno del Ciudadano: Una revisión de la producción en teoría de la ciudadanía”, p. 8 10 Ídem, p. 8 11 Ídem, p. 10


Dado lo anterior, la Nueva Derecha será una acérrima defensora de una postura orientada hacia los deberes que cada derecho ciudadano integra, “focalizándose en su responsabilidad de ganarse la vida”12. Es decir, no sólo tenemos derechos, sino que también una responsabilidad determinada en el esfuerzo que realice por obtener una situación económica estable o una vida laboral que me entregue aquello que necesito.

Sin dudas, esta postura despertó en la izquierda una respuesta que continúa concibiendo al Estado como el garante de los derechos ciudadanos. Para ellos, “sólo es apropiado exigir el cumplimiento de las responsabilidades una vez que se han asegurado los derechos de participación”13, lo que, sin dudas, es observable en nuestra realidad cotidiana nacional.

Por dar algún ejemplo, están los levantamientos sociales que han surgido en estos últimos años en nuestro país, producto del descontento de la clase trabajadora con las autoridades políticas. Para fines de este ensayo propondré el movimiento estudiantil como la base coyuntural que permitirá entender la crítica de la izquierda a la Nueva Derecha. Los estudiantes universitarios durante el 2011 demandaban educación gratuita, de calidad y sin fines de lucro. Entendamos a la educación como parte de los derechos sociales que el Estado debe garantizarme como ciudadana. Pues bien, la responsabilidad de los estudiantes (y del país en general) sería estudiar, ser exitosos y responder al país con ingresos económicos. Sin embargo, si el Estado no me garantiza mi derecho de participación ciudadana en la educación, accesible para todos, no puedo atribuir responsabilidades ni deberes a raíz de ello.

Por otra parte, la Nueva Derecha propone que tanto los derechos como las responsabilidades son virtudes cívicas que se deben aprender y “la respuesta, según varios teóricos de las virtudes liberales, es el sistema educativo. Las 12

Kymlicka, W. y Norman, W. (1996) “El Retorno del Ciudadano: Una revisión de la producción en teoría de la ciudadanía”, p. 10 13 Ídem, p. 13


escuelas deben enseñar a los alumnos como incorporar el tipo de razonamiento crítico y la perspectiva moral que definen la razonabilidad pública”14. Sin dudas esto ha causado controversias, ya que comprometería una mirada crítica de los niños hacia comportamientos y modos de vida de sus padres o a la misma religión que adscriben. Sin embargo, me considero partidaria de observar a la escuela como parte de las enseñanzas de pensamiento crítico, ya que de no hacerlo formaría alumnos de carácter pasivo, sin conciencia de su entorno ni de sus realidades contextuales y situacionales.

Junto con ello, está la familia, el grupo de amistades, las comunidades de las cuales forma parte, pero finalmente puede resultar un arma de doble filo, ya que lo que aprendan de dichas instituciones sólo dependerá de lo que cada quien desee que el niño aprenda e internalice, no de lo que realmente debe aprender. Aunque, y me atrevo a sostener, que el pensamiento crítico nace producto de los análisis y exámenes que cada quien realiza de sus alrededores, esto se enseña no imponiendo una postura frente a determinados temas, sino que contrastando diferentes perspectivas sobre una misma situación de modo que pueda ser recogida según más se estime conveniente y adecuado.

No obstante, estamos ad portas de una nueva conceptualización de la ciudadanía, entendida ahora no sólo como la receptora pasiva de derechos, sino como una activa responsable de los derechos que se le atribuyen. Según palabras de Will Kymlicka y Wayne Norman “la ciudadanía no es simplemente un status legal definido por un conjunto de derechos y responsabilidades. Es también una identidad, la expresión de la pertenencia a una comunidad política”15. Es decir, el carácter de ciudadanía se dará por entendido como sujetos de derecho, capaces de responder a sus responsabilidades con el

14

Kymlicka, W. y Norman, W. (1996) “El Retorno del Ciudadano: Una revisión de la producción en teoría de la ciudadanía”, p. 23 15 Ídem, p. 27


entorno, su comunidad. Y serán precisamente sus derechos y deberes los que los alejará de constituir una ciudadanía pasiva.

A lo anterior, podemos sumar también la concepción que Thomas Humphrey Marshall en “Ciudadanía y Clase Social” tiene de la ciudadanía, la que define como “un status que se otorga a los que son miembros de pleno derecho de una comunidad. Todos los que poseen ese status son iguales en lo que se refiere a los derechos

y

deberes

comprendemos

a

los

que

implica”16.

ciudadanos

En como

definitiva, individuos

hasta con

el

momento

derechos

y

responsabilidades en una comunidad en particular.

Sin embargo, para Marshall, según indican Will Kymlicka y Wayne Norman, una principal preocupación es la falta de integración de las clases trabajadoras, cuya falta de educación y recursos económicos las excluía de esa “cultura compartida” con identidades propias. Resulta también muy contemporáneo recoger las palabras de los autores previamente mencionados para hacer hincapié en los grupos étnicos, pueblos aborígenes y homosexuales, entre otros, que si bien poseen derechos ciudadanos, no se sienten parte de esa comunidad con carácter compartido. Su sentimiento de exclusión no nace sólo como consecuencia de situaciones socioeconómicas, sino que también por consecuencia de su identidad sociocultural, es decir, su “diferencia”.

Pues bien, quisiera detenerme en estas palabras para ejemplificar con el caso de los homosexuales en Chile. Se habla que poseen los derechos ciudadanos que todos mantenemos, sin embargo, el Estado no ha sabido encausar su derecho civil a formar una familia de manera legal e institucional tal como los heterosexuales sí pueden hacerlo. Catalogar a la unión entre dos homosexuales bajo el término de “matrimonio” pareciera ser una lucha perdida en un país conservador como lo es Chile. Si las políticas estatales realmente garantizaran el derecho y bienestar de todos sus ciudadanos, este segmento de la sociedad no 16

Marshall, Thomas Humphrey (1950) ”Ciudadanía y clase social”, p. 313


debiese verse excluido de las prácticas casi cotidianas y triviales que sí puede alcanzar un heterosexual en plena facultad de derechos.

Esa situación en particular, y otros como la continúa discriminación laboral a la mujer, la exclusión a los pueblos aborígenes y su consiguiente negación a la unión sanguínea y territorial que poseemos, provoca en los individuos un desgano para participar en la vida pública ciudadana, dado que, tal como se señaló, parecieran ser causas perdidas en Chile. Y aún así, si las intenciones son hacerse escuchar en las calles, la máquina represora fomentada por las mismas autoridades gubernamentales, azota a cuanto quien exija sus derechos sociales. Una paradoja, ya que no sólo se nos aleja de ciertos derechos institucionales, sino que también al momento de exigirlos mediante la libertad de todo individuo para expresarse, se le reprime.

3. Capital Social: ¿el mercado o el Estado? Con todo lo anterior, no cabe duda que los intereses de los ciudadanos para participar en la esfera política han ido disminuyendo con el pasar de los tiempos. Tanto en la integración de organizaciones o en la vida electoral, la ciudadanía ha dimensionado que el verdadero cabecilla nacional no es precisamente el Estado, sino que el mercado. Esto se traduce en una política donde la oligarquía ha tratado de imponer sus fuerzas para la obtención de ganancias personales, en desmedro de los intereses sociales. Por ello, la escasa representatividad gatilla en un desgano para acercarse a las urnas y escoger a un candidato, situación que probablemente se refleje en las municipales 2012, con la inscripción automática y voto voluntario. O puede también que por los deseos de renovar la clase política y demostrar descontento, exista una alta presencia del nulo.

Pues bien, no podemos cuestionar que la crisis del Estado-nación y los conceptos de ciudadanía han significado una baja en la participación ciudadana a nivel mundial y nacional. Robert Putnam, director del Centro de Asuntos Internacionales de la Universidad de Harvard, mediante un estudio pudo comprobar que la calidad


actual de los gobiernos existentes “es determinada por las antiguas tradiciones en las relaciones cívicas (o su ausencia)”17, como serían las juntas de vecinos o las organizaciones no gubernamentales, ya que “estas asociaciones de reciprocidad organizada y de solidaridad cívica, lejos de ser un fenómeno secundario en la modernización socioeconómica, conforman una pre-condición para la misma”18, es decir, su presencia es fundamental para la conformación de un Estado moderno.

Es necesario definir el concepto de capital social para entenderlo en el presente ensayo. Será el mismo Putnam que señalará que “el capital social se refiere a aspectos de la organización social tales como redes, normas, y confianza social, que faciliten la coordinación y la cooperación para beneficio mutuo”19, es decir, un beneficio que puede ser económico, cívico o social, en dependencia de las necesidades que se busquen cubrir, como alcanzar mayor influencia en las esferas públicas, mejoras en los accesos a bienestar ciudadano, integración social de todos la ciudadanía en aspectos culturales o mejoras en los niveles socioeconómicos de los individuos.

Sin embargo, con un sistema capitalista neoliberal fuertemente dominando a las naciones, los individuos se sienten cada vez más lejanos a la idea de un Estado que condense todas las actividades que eran propios de su institución (la cual entenderemos como “receptáculos de la racionalidad y del consenso y como estructuras invariantes”20), lo que provocará, en consecuencia, un rechazo a participar en la vida pública o en organizarse para cambiar su propia situación de vida, dado que las políticas realizadas en nuestro país están en manos de un sistema poderoso, difícilmente maleable y absurdamente desigual para la sociedad.

17

Putnam, Robert. (1999) “Jugar al Bowling solo: el deterioro del capital social en Norteamérica”, p.

2 18

Ídem, p. 3 Ídem, p. 3 20 Emanuelli, Paulina Beatriz. (2000) “Sociedad actual e imaginarios: marco que ‘influye- construye’ las instituciones actuales”, (versión digital), p. 6 19


Por ejemplo, y retomando el tema del movimiento estudiantil, en un momento de la lucha social resultó casi decepcionante continuar, ya que si la búsqueda era gratuidad, calidad y fin al lucro en la educación, y mientras nuestro sistema capitalista reúne a los más poderosos del país, la contradicción que ello indicaba sólo iba a seguir favoreciendo a esta oligarquía nacional, dueña o socia de universidades y cuyos impuestos, en proporción con sus ganancias, son inferiores a los que pagamos todos los chilenos. Ahora bien, si entendemos al capital social “constituido por grupos y organizaciones de segundo grado (organización de organizaciones) de hombres y mujeres que interactúan con diferentes grados de equidad”21, puedo sostener que la situación en Chile no deja de ser alarmante. Si bien es cierto que efectivamente existen organizaciones de personas cuyos fines son lograr mejoras en su bienestar, el sistema logra imponerse en la batalla, convirtiendo a los individuos en víctimas de un conformismo sostenido con el paso del tiempo. No es extraño pensar en el miedo casi absoluto de nuestros padres para manifestar sus opiniones, debido a que son hijos de la represión de la Dictadura de Augusto Pinochet bajo un sistema capitalista imperante.

A raíz de lo anterior, ¿existe hoy en día un verdadero espacio público? Tanto las tecnologías como los intereses de los ciudadanos actualmente se reducen a las esferas íntimas del hogar, no a los espacios públicos de discusión sobre temas políticos de competencia generalizada. Es por ello que resulta más atractivo quedarse en casa viendo televisión que asistir a foros públicos de debates controversiales. De la misma manera, se ha ido desplazando los locales de barrio en donde giraba la reunión de los vecinos por supermercados. Incluso los malls han llegado para apoderarse de las ciudades, que si bien son espacios públicos, sólo se centra en el consumo de productos y servicios. “Malls y otros espacios pseudo-públicos aparecen no sólo como un inocente cambio en el paisaje urbano, 21

Caracciolo, Mercedes. (2004) “Capital social economía solidaria y desarrollo territorial sostenible”, p. 1


sino además como un factor importante en la transformación de nuestras interacciones sociales y la tradición liberal moderna sobre cómo interpretar dicha interacción”22.

Finalmente, será esta tecnología y estos cambios apresurados en las ciudades los que serán reflejo del sistema económico al cual estamos atendiendo. Todo será consecuencia de un proceso que hemos vivido de manera paulatina y que desembocará en la pérdida de una representatividad en la figura política, en el Estado y en sus componentes sistemáticos del capitalismo, provocando una falta de participación en áreas convergentes para todos los ciudadanos producto de las desilusiones provocadas por el alejamiento de oportunidades y acceso, como trabajo, educación y salud, tres factores fundamentales para la vida del hombre y que constituyen los derechos sociales, los cuales cada vez parecen más difusos en nuestra realidad.

22

Salcedo Hansen, Rodrigo. (2002) “El espacio público en el debate actual: Una reflexión crítica sobre el urbanismo post-moderno”, p. 4.


Conclusión Resulta imperante cuestionarse y reflexionar en torno a la baja participación social en espacios públicos. La baja cantidad de votantes y el desinterés en participar en las elecciones ha sido una realidad que hemos ido sosteniendo a lo largo de nuestra vida democrática, pero que pareciera ir en decadencia por la escasa representatividad que nuestras autoridades inspiran a la comunidad nacional.

Esto también por la fuerte presencia del capitalismo como sistema de mercado dominante en las políticas públicas que puedan realizarse en los Estados actuales. Basta con detenerse a pensar en el funcionamiento de los hospitales públicos en oposición a los privados y de cómo la calidad de ambos centros asistenciales se alejan de manera extraordinaria unos con otros, al igual que el servicio, los implementos y la seguridad que poseen.

Es necesario entonces que se fortalezca el espíritu cívico de nuestros jóvenes, formándolos en las familias y potenciándolos en los colegios desde pequeño. El interés por participar en la vida pública no sólo debe entenderse como acudir a los registros electorales, sino que también formar parte de organizaciones sociales que busquen mejoras sustanciales en el bienestar personal y en las formas de vida de las personas, sin dejarse amedrentar por un sistema capitalista que domina todas las esferas de la sociedad, ya que mientras exista la voluntad de buscar alternativas que permitan subsanar aquellas demandas, la solución siempre estará disponible, tanto para el Estado como para las organizaciones, el capital social.

Por otra parte, como ciudadanos de derechos debemos, sin ningún otro objetivo, solicitar espacios públicos que nos inviten a la discusión sobre temas coyunturales. Si bien es cierto que el desinterés por ciertos tópicos ha ido en aumento, debemos buscar la manera de cautivar a la ciudadanía para que realmente participen en áreas de debate y logren realizar un ejercicio pleno de democracia en virtud de sus derechos civiles.


Además, el Estado debe continuar como principal garante de los derechos sociales, civiles y políticos, así como también procurar que todos los individuos que conformen esta nación sean portadores de beneficios estatales de manera equitativa y sin distinciones. Aunque la exclusión social ha sido un problema que hemos presenciado desde tiempos inmemoriales, es necesario aplicar políticas públicas que acaben con esta segregación social a los grupos sociales conocidos comúnmente como la “minoría”, pero que cada vez parecen reinar las ciudades, fortaleciendo la amplitud de mentes y el espacio a la opinión.

Destaco nuevamente el caso de los homosexuales como un claro ejemplo que los derechos no se aplican de manera igualitaria para todos los ciudadanos. Si bien es cierto que Chile continúa siendo un país conservador, es necesario que entendamos todos, como comunidad política, que formamos parte de una misma nación, forjamos los mismos lazos y pertenecemos a las mismas raíces culturales, entonces ¿por qué ellos no pueden tener lo que yo sí? Una pregunta que queda a la reflexión de todos y que basta que la pensemos a diario para remodelar ciertos sistemas que han ido en supremacía en estos tiempos.

Finalmente, debemos también tomar cartas en el asunto y analizar por qué nuestro país está como está. Sabiendo que existe un descontento generalizado debido a la alta brecha social, a la dificultad en los accesos laborales y sociales, a la poca representatividad política y al cansancio que produce ser parte de un sistema que favorece sólo a unos pocos, es imperante que se genere esa conciencia en todos los sectores de la ciudadanía para que de alguna manera se realicen reformas que logren solucionar aquellos problemas que competen a todos los chilenos. La poca participación ciudadana se la debemos tanto a la crisis del Estado-nación como a los conceptos de ciudadanía, entonces sólo queda actuar, organizarse, perder el conformismo y generar opinión en espacios públicos, sólo así podremos fortalecer la participación social, un ideal en países democráticos contemporáneos.


Bibliografía ANDERSON, Benedict. “Comunidades Imaginadas”. México, F.C:E., 1993. CARACCIOLO BASCO, Mercedes. “Capital social, economía solidaria y desarrollo territorial sostenible”. IICA Biblioteca Venezuela, 2004. EMANUELLI, Paulina Beatriz. “Sociedad actual e imaginarios: marco que ‘influyeconstruye’ las instituciones actuales”. Revista Latina de Comunicación Social, La Laguna Tenerife, Nª 29, mayo, 2000 (Versión digital). FRANÇAIS, Ariel. “El crepúsculo del Estado-Nación”. Documentos de debate - N° 47, Unesco, Paris, 1999. (Versión digital). KYMLICKA, W. y NORMAN, W. “El Retorno del Ciudadano: Una revisión de la producción en teoría de la ciudadanía”. Paidós, Barcelona, 1996. (Versión Digital). MARSHALL, Thomas Humphrey. “Ciudadanía y Clase Social”, 1950 (Versión Digital). PUTNAM, Robert. “Jugar al Bowling solo: el deterioro del capital social en Norteamérica”. Revista digital, Buenos Aires, octubre, 1999 (Versión digital). SERVEL, “Información Electoral”, en sitio web www.servel.cl SALCEDO HANSEN, Rodrigo. “El espacio público en el debate actual: Una reflexión crítica sobre el urbanismo post-moderno”. Revista EURE, Vol. 28, Nº 84, 2002.


Participación ciudadana en Chile un problema de actualidad