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CUENTO DE NAVIDAD Tienes el cuerpo entumecido y la boca seca. No puedes siquiera parpadear. Los ojos cerrados no consiguen desbloquear el cerrojo de oclusión que los adhiere haciendo de tu rostro una máscara de barro resquebrajado. Los dedos duelen. Empiezas a notarlo. Todo tu cuerpo es una caverna de dolor y quietud. Tardaste, pero al fin dormiste. Mirabas las estrellas, tiritando de frío y hambre, mientras pensabas en tu madre que de niño pasaba a tocarte los pies fríos en invierno, y te ponía una botella caliente envuelta en un retal de manta vieja. ¡Si ella te viera! Ella que aplaudió todos tus progresos. Ella que se sintió la más dichosa del mundo por tener un hijo listo que iba sacando buenas notas en el colegio y que, gracias a las becas, consiguió un título que para ella fue su triunfo. Si ella supiera que has perdido todo lo que, con tanto esfuerzo, consiguió para ti haciendo escaleras y limpiando váteres. Cuando se fue, lo hizo mirándote a los ojos con una sonrisa, agarrando tu mano y soltando una lágrima dulce. Se había vuelto niña. Te llamaba papá. Se te dijo que tenías suerte al parecerte a ese padre amoroso que ella recordaría en lo más recóndito de su memoria. Tu abuelo, que viudo se había convertido en padre y madre a la vez, respondiendo con cariño al reto que la vida había puesto ante él. Un hombre insignificante para el mundo. No para quienes dependían de él. Tu madre y tu tío Manuel. -¡Mamá!- soltaste en un quejido, poco antes de quedarte dormido, con la cara húmeda por un llanto silencioso que nadie pudo advertir. Ese banco del parque no estaba libre cuando llegaste. Ahora la calle era un dormitorio común. No eres el único que tiene el cielo por techo y las estrellas como luz de dormitorio. El mundo se ha convertido en un infierno. Sobraste. De nada sirvió tu capacidad y experiencia. Los amos siempre miden beneficios y pérdidas. Se te quitaron de encima para poner a otro en tu lugar. En tu caso fue una joven recién salida de empresariales. A ella le iban a pagar la mitad. Y a ti la cuarta parte. Esa porción no es suficiente. Los reveses de la vida te dejaron con una mano adelante y otra atrás. Sí que recibes un pequeño emolumento. Lo suficiente para que no mueras de hambre. Nada más. Tus hijos no saben nada. Hace tiempo que marcharon y no pueden venir a visitarte. -¡Mejor!- dices, cuando lo piensas. No sabrías como mirarles a la cara. Muy de uvas a peras, te envían un mensaje al móvil. Escuetos en sus comentarios, no hacen necesarias muchas explicaciones.


El sol llega a tu espalda. Se agradece. Poco a poco tus huesos despiertan de ese anquilosado mal estar en que has vivido tu despertar. Notas el vacío en tu vientre. El vacío y la necesidad de evacuar. No piensas en tus articulaciones maltrechas. Te incorporas y recoges tus magras pertenencias. Vas a ese bar próximo a tomarte el café aguachinado y un pedazo de pan reseco que guardas en los bolsillo, con algún que otro alimento. Te toca esperar para entrar en el lavabo. Otros han llegado antes. Os miráis de soslayo y no intercambiáis gestos amables. La desconfianza y necesidad imponen la ley del más fuerte. Cuatro cosas que hay que defender con uñas y dientes. Entra una anciana, y todos giráis para mirarla. Ella reparte una moneda para cada uno. Va metiendo su mano en un bolsillo que parece no contener peso alguno. Nunca le falta ni sobra. Cuando termina se va, dejando una sonrisa en el aire, que calienta el corazón endurecido de todos los presentes. El camarero le saluda cuando entra y cuando se va. El resto permanece enmudecido.

Cuento de Navidad  

Relato en forma de cuento.

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