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J. R. R. Tolkien 1892-1973


LA CUARTA EDAD

Al comienzo de la Cuarta Edad, Gondor estaba devastada por la guerra. Miles de hombres jóvenes habían muerto, ¿quiénes trabajarían ahora en los campos de cultivo de los señores? Imrahil, el príncipe de Dol Amroth, propuso que se capturaran orcos para esta tarea. Al fin y al cabo, eran los responsables de la contienda, que pagaran ahora por ello. Enviaron partidas de guerra a los rincones de la Tierra Media donde se escondían los orcos: las Montañas Nubladas, Rhûn, ciertas cuevas de Mordor, etc. Cargados de grilletes, los orcos fueron obligados a cultivar las ricas tierras de Gondor y la economía enseguida prosperó, sobre todo cuando algunos atentos latifundistas decidieron plantar algodón, materia prima muy demandada por las industrias textiles de Arnor que habían aprovechado los restos de la aventura empresarial de Saruman en la Comarca. De esta manera, el norte del Reino Unificado de Arnor y Gondor se industrializó, mientras que el sur permanecía rural, anclado en las tradiciones de la Tercera Edad. Pasados los años, muchas voces en Arnor abogaban por el fin de la esclavitud de los orcos. ¿Eran acaso ellos responsables de los delitos de Melkor y Sauron? ¿No habían pasado de una esclavitud a otra sin parar? ¿No merecían ser por fin libres? En Gondor, por el contrario, esta postura era considerada anatema. Los orcos eran una excelente mano de obra y además gratis, de ninguna manera iban a renunciar a ella. Viendo sus intereses en peligro, los señores feudales de Gondor declararon la independencia y nombraron a -


Elboron, hijo de Faramir, su rey. En Annúminas, el rey Eldarion, hijo de Elessar, afirmó que esto era ilegal y movilizó las tropas. Durante cuatro largos años, la guerra civil asoló el reino (Rohan permaneció neutral por cuestiones legales), pero finalmente prevaleció el norte y la esclavitud fue abolida. Los orcos eran libres al fin, pero eso no significaba que tuvieran derechos civiles. Eran ciudadanos de segunda, no podían votar en las elecciones locales ni entrar en establecimientos para humanos. Esto provocaba disturbios de tanto en tanto. Azog X, uno de los cabecillas de la Nación de Melkor, abogaba por crear un estado orco, a ser posible en Mordor. Grishnákh Uruk-Kin, en cambio, tenía una visión en la que orcos y humanos podrían vivir juntos en paz y armonía, como defendió en su celebrado discurso de la Marcha a Annúminas. Mientras tanto, cada año entraban en el Reino Unificado miles de haradrim sin papeles en busca de trabajo y un futuro mejor.

Gabriel Noguera


Víctor Romero Aneiros «Soyuz»


EL SECRETO DE EL SEÑOR DE LOS ANILLOS

A ojos dormidos, El Señor de los Anillos puede parecer un banal enfrentamiento entre el bien y el mal. Los villanos de J. R. R. Tolkien llevan tanto tiempo siéndolo que ya ni se plantean por qué, pero ¿no son así también los conflictos del mundo que habitamos a día de hoy? El autor inglés era consciente de que la absoluta desaparición del mal es imposible, no así la capacidad de rebelarse y hacerle frente. En El Señor de los Anillos, el mal está relacionado con la industria, el fuego y la guerra, los mismos males padecidos por Tolkien al vivir en primera persona el contexto de dos guerras mundiales. Sus villanos son esas potencias que todo lo arrasan, sin mostrar piedad alguna hacia la propia tierra que pisan. Los árboles y las plantas fueron creados al principio de los días, antes de que ninguna otra forma de vida poblara la Tierra, pero se vieron pronto dominados por sus nuevos habitantes, cuya capacidad de moverse y hablar les daba máximo poder sobre ellos. Por ello, los dioses crearon a los ents, los pastores de árboles, que dedicaron sus vidas a la protección de la naturaleza (y, con ello, a la protección del mundo). Sin embargo, conforme los hombres, los enanos y los orcos avanzaban por la Tierra Media sin cuidado alguno, la congoja se fue apoderando de ellos y muchos fueron quemados o sencillamente se cansaron de hablar. La desaparición de los ents fue una de las últimas tristezas que afrontaron los elfos antes de abandonar la Tierra Media para siempre en los barcos que zarpan desde los nostálgicos Puertos Grises. Tras la destrucción del Anillo -


Único, los propios hobbits seguirían al margen de los asuntos del resto de los mortales y los enanos se refugiarían poco a poco en las montañas, no quedando al final rastro de ninguno de ellos. Los orcos y el resto de criaturas maléficas deambularían sin rumbo hasta su muerte a causa de la caída de su amo, al haber perdido su único sentido vital (pocos pueden aferrarse al mal como única meta durante demasiado tiempo). Tan sólo los hombres prosperaron y se expandieron por la Tierra Media a mayor velocidad de lo que ninguna otra raza lo había hecho con anterioridad. Empero, habrían de aprender a controlar su carácter egoísta si no querían volver a perder las riendas del mundo. Todo esto… Os suena, ¿verdad? Los elfos descubrieron que la inmortalidad era imposible, al menos en la Tierra Media, y la abandonaron. Los árboles perdieron el interés por el habla y el movimiento. Los orcos se desvanecieron, al carecer sus vidas de sentido. Los hobbits y los enanos se despreocuparon tanto de los asuntos de los demás pueblos que terminaron convertidos en leyenda. Y los propios dioses se desentendieron de esta Tierra, que ya no les embriagaba de felicidad al no albergar a sus criaturas predilectas. Los hombres mortales se habían revelado como la raza ideal para habitar el mundo terrenal, pues su fugacidad contenía la alimentación del fuego del mal y ponía fácil fin al sufrimiento eterno. Sin embargo, el destino del mundo no es tan importante para quien sabe que no vivirá para ver su final y la belleza fue dejándose de lado en favor de una efímera prosperidad. Sí, la Tierra Media es en realidad nuestro mundo, o, -


mejor dicho, un pasado alternativo para él. Con El Señor de los Anillos, J. R. R. Tolkien confeccionó una asombrosa mitología, no sólo para su Inglaterra natal, sino para todos nosotros; una mágica historia plagada de belleza que se ha granjeado la admiración de millones de personas desde su publicación en 1954. En uno de los innumerables pequeños grandes momentos de la novela, el joven Frodo —un pequeño gran héroe, como no podía ser de otra manera—, admite que desearía vivir otros tiempos menos complicados. La respuesta del mago Gandalf, quien ha defendido al bien de la oscuridad durante miles de años, es reveladora: «Eso desean quienes viven estos tiempos, pero no les toca a ellos decidir. Sólo tú puedes decidir qué hacer con el tiempo que se te ha dado». Gracias, Tolkien, por ofrecernos un universo tan maravillosamente mágico como sorprendentemente cercano. Gracias por ayudarnos a afrontar los días que nos ha tocado vivir; pues, probablemente, serán los únicos que tendremos.

Juan Roures


Sonia Marpez


LA ADAPTACIÓN

«Los finales felices no existen. Existen los finales prematuros, oportunistas, y sesgados sabiamente justo antes del desmorone» - Un nazgûl en día de colada. Si una triste camiseta de mithril puede soportar la estocada de un troll, unos calzoncillos del mismo material pueden disimular una erección. Quizás los nobles elfos no tuvieran en mente semejante propósito para su excelsos materiales y talleres de costura, pero hay que adaptarse a los nuevos tiempos. La guerra y los artilugios para todo lo que venía siendo la matanza indiscriminada son cosa del pasado. Desde que el señor oscuro fue derrotado y las huestes del mal expulsadas de la faz de la tierra media, las prioridades han cambiado a la vez que se han mercantilizado. Y si no, que se lo digan a Gandalf, que de mago errante con amagos de traficante de fuegos artificiales ha pasado a ser la imagen publicitaria de las principales marcas de detergentes y de los tratamientos de blanqueamiento dental más exclusivos. Insisto en que hay que adaptarse a las necesidades de esta nueva sociedad multirracial que amanece sin el miedo e inseguridad que genera la posibilidad de que un ejército de monstruos arrase tu poblado o que un dragón avaricioso devore a tus familiares. Ahora la gente está tranquila y relajada, y lo que antes querían que sirviera para matar, aplastar y desmembrar, ahora desean que sirva para presumir, fardar y ostentar. Por eso los maestros herreros enanos deberían aceptar cuanto antes las condiciones que les impone la cámara de -


comercio de Gondor. Nadie dice que sus armaduras y mandobles sean baratijas ni que carezcan de un enorme valor sentimental, pero deben entender que lo que se requiere de sus fraguas ahora mismos son zapatos de tacón y bolsos de diseño. Y si a esos insolentes retacos barbudos no les da la gana de entrar en razón se trasladará la producción al campamento de los trasgos, que trabajarán encantados por un tercio de su salario. No sé si la comedia es igual a tragedia más tiempo, pero lo que sí sé es que el ansia de consumo es igual a la ausencia de tragedia. Y la paz trae consigo un nuevo mundo del que yo, el urbanista bajo la montaña, pretendo sacar tajada. Está todo planeado. Alquilaremos Rivendel para celebrar bodas y bautizos. Aprovecharemos la nueva ordenanza de suelo urbanizable que se aprobó casualmente justo antes de terminar la guerra para construir una zona residencial de lujo en las miles de hectáreas calcinadas de Mordor. Usaremos el río que atraviesa el bosque negro para realizar competiciones de rafting y piragüismo. Organizaremos visitas guiadas a Moria. Convertiremos el Abismo de Helm en un parque temático en el que los visitantes podrán hacerse autorretratos al óleo ahí dónde niños y ancianos fueron obligados a combatir hasta la muerte. Transmutaremos la masacre en negocio. Capturaremos y domesticaremos a las dichosas y oportunistas águilas gigantes y las convertiremos en la atracción estrella de un espectáculo de circo que iniciará su gira mundial en La Comarca; les enseñaremos a tocar la trompeta. Crearemos un jardín botánico de ents. Industrializaremos la producción de esa fantástica -


mermelada que hacen los hobbits y franquiciaremos un puesto de venta al lado en cada abrevadero desde Rohan a la cima de Orodruin. Cazaremos y disecaremos hasta el último orco que quede vivo para que adornen los museos y las estancias de las casas de alta cuna de la ciudad blanca. No digáis genocidio, no digáis atrocidad. Decid ley de la oferta y la demanda. Decid mundo sin un vil y ciclope azote que te obligue a escoger entre poseer o respirar.

Xavi Lázaro


Kosta


EL PORTADOR DE SU PROPIO ANILLO

Hacía ya algún tiempo que el joven Fredo usaba el anillo, un anillo pequeño, fío y metálico que él creía poseía poderes mágicos. Se lo ponía y le hacía sentir atractivo a los ojos de los demás. Pero poco a poco las cosas fueron cambiando: el anillo lo iba envolviendo en las tinieblas ¡Se estaba volviendo invisible! Salía a la calle esperando contactar con alguien, intercambiar un saludo o una simple mirada. Nada pasaba. Frecuentaba bares y bibliotecas y sucedía lo mismo: la gente pasaba sin verlo. Se sentía invisible, como si pasara a través del suelo sin dejar huella. Para los demás era una sombra; y ahora ellos también a él le parecían sombras terriblemente nítidas. Se sacaba el anillo del dedo y lo apretaba, angustiado, en la mano. Hasta que un día, empeñado en acabar con esta situación, decidió destruir el anillo y no usarlo más. Lo arrojó a una hoguera en la noche oscura, mientras lo veía derretirse esperanzado en destruir su maldición en las llamas del destino. Volvió a salir a la calle, ansioso, buscando rostros conocidos o un amigo perdido… pero nada. Nadie lo veía, nadie notaba que estaba allí. Y entonces entendió. Entendió que el anillo no tenía ningún poder, ni maligno ni benévolo; que el verdadero anillo maligno que llevaba era su aislamiento e impopularidad, su hundimiento en la miseria emocional. Y comprendió que tendría que emprender una dura misión para destruir el anillo que el mismo se había puesto.

Diego Mercado Villarroel


UNO PARA TODOS Se conocieron quién sabe dónde. Quizá fuera en un lugar común. Puede que la primera vez no se acercara a ella como ahora,

nunca estuvo tan cerca de ella como hoy. Pero el tiempo ha andado incontables carreteras y han pasado juntos millones de días hasta el destino. Ahora es 22 de marzo de 1916, ella viste un velo blanco mármol y sin dejar de mirarle a los ojos, le coloca el anillo en el dedo que anula. Y él solo tiene en su castigado pensamiento: «un anillo para gobernarlos a todos».

Daniel Baudot


IN MEMORIAM a J. R. R. Tolkien Esto eres: peregrino en tu memoria. Como viento indomable, la niĂąez: fue tu alma su dibujo entre las hojas. Invocas hoy su otoĂąo de inocencias, tu pasado. De aquello, nada vive: este presente, primavera vieja. Entonces buscas, en tu ser marchito, concilio a esas ramas vengativas: labios al aire de ir en paz contigo. Y abres un libro: Tolkien, su palabra. Te basta, hallas tu vida entre sus pĂĄginas: ver cuanto has sido, un Gollum de tu infancia.

Jorge Villalobos


ÂŤUna historia debe contarse o, de lo contrario, no habrĂĄ historia; sin embargo, son las historias no contadas las mĂĄs conmovedorasÂť. J. R. R. Tolkien


COLABORADORES Daniel Baudot Kosta Xavi Lázaro Sonia Marpez Diego Mercado Villarroel Gabriel Noguera Víctor Romero Aneiros «Soyuz» Juan Roures Jorge Villalobos

DIRECCIÓN Sonia Marpez Gabriel Noguera

DISEÑO Sonia Marpez

Obituario N.30 – J. R. R. Tolkien Publicado el 2 de septiembre de 2015 obituariomag.blogspot.com


OBITUARIO #30  

Obituario - N.30 - J. R. R. Tolkien

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