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Jane Austen 1775-1817


EN EL FONDO DEL MAR ¿Vas a dejar que me ahogue? Cuando nuestro padre y nuestra madre dieron el portazo definitivo a su relación y comenzaron el proceso de divorcio, cada una de las hermanas reaccionó de manera distinta. Jane llevaba dos años trabajando como profesora en un colegio para niños con Síndrome de Down y estaba independizada a sus veintitrés años de edad, así que fue sobre la que menos cayó el rapapolvo. Lizzy se volcó en el MIR, pues tuvo la mala suerte de que todo esto ocurrió en junio, nada más finalizar su último año de Medicina, y no podía ni quería hacer otra cosa que estudiar. Mary acababa de terminar la selectividad, y decía estar demasiado ocupada reflexionando e investigando sobre las distintas carreras universitarias pues «la decisión que tome determinará el resto de mi vida, por eso no puedo permitirme agotar mi energía con un drama familiar». Kitty se obsesionó con su aspecto, y al poco empezó a trabajar de niñera con el objetivo de ahorrar el dinero suficiente para hacerse una operación estética y subir dos tallas de pecho. Yo me apunté al equipo de natación. Necesitaba moverme y salir de casa. Fue una buena elección. Iba allí todas las tardes y entrenaba con auténticas veteranas en el deporte. Decían que era buena. Se sorprendían cuando les confesaba que no había practicado natación profesional con anterioridad. Por mi parte, cuando nadaba, sentía que volvía a tener el control de mi vida. Me -


sumergía, sacaba la cabeza para respirar, volvía a meterla, los brazos moviéndose a la par, los músculos en las piernas que quemaban al final del día. Era como si corriera, como si escapara de algo que me acechaba, un enorme animal. Yo era más rápida. Me movía por el agua como una sirena. Era mi elemento. Salía y entraba y me deslizaba. Nada podía hacerme daño porque el agua amortiguaba cualquier caída. Además, el profesor estaba buenísimo. Era mayor. Le calculaba unos treinta y cinco años. Tenía el pelo rubio y corto, los ojos verdes, la mandíbula marcada, el porte orgulloso y elegante, como si de un caballero de la época victoriana se tratara. Sostenía su carpeta con una mano, el cronómetro con la otra, y nos daba señas, reglas y órdenes desde su pedestal. A mis ojos parecía un príncipe encantado. Me esforcé por llamar su atención intentando convertirme en la más rápida, valiente, la mejor de la clase. Pero como era obvio, no lo conseguí: tenía ya catorce años y era de las nuevas; allí había chicas que habían empezado con nueve, que parecía que respirasen a través de branquias en vez de pulmones. Aun así, él vio mi actitud. Y me lo dijo: «Eres la que mejor actitud tiene», y yo me pasé esa noche abrazada a la almohada y dando vueltas en la cama pensando en esa frase. Quería gustarle. Que me viera de manera diferente a las otras, como alguien especial. En secreto, me imaginaba que él me miraba el cuerpo cuando terminaba la clase, todas corrían a las duchas y yo me quedaba rezagada, recogiendo mi toalla. En mi mente, el profesor Wickham aprovechaba entonces para mirarme pensando que nadie se daría -


cuenta; la figura debajo del bañador de nado azul azafata. Pero, cuando me giraba, él ya estaba apuntando los últimos tiempos y observaciones en su carpeta. Por eso yo me acercaba, le hacía alguna pregunta sobre la evaluación del día mientras me inclinaba sobre ésta y sentía cómo un par de gotas caían sobre las hojas en blanco. Y él no decía nada, pero yo quería pensar que sus ojos se perdían en el inicio de mi escote, aunque yo apenas tuviera tetas, como Kitty, aunque fueran sólo unos pezones hinchados bajo la tela mojada; pero yo creía que a él le gustaban, porque notaba un cambio en su respiración. —¿Crees que podré nadar en las finales? —le pregunté ese día, con una media sonrisa. —Lydia —saboreó mi nombre, lo dejó caer en el espacio entre los dos, y se quedó ahí, mirándonos, algo asustado; expectante—. Aún no estás lista al cien por cien. Pero, si quieres, puedo enseñarte un par de trucos para que vengas por tu cuenta y le saques algo de ventaja a las veteranas. —¡Si! —di un saltito, emocionada—. Me encantaría. Enséñame. —Ven esta tarde a la piscina cubierta. A las ocho. Y no llegues ni un minuto tarde. Esa tarde se metió en la piscina conmigo, algo tan poco común como el hecho de poner música de fondo. Dijo que así nos concentraríamos más. Era música tranquila y monótona, como un mantra. Durante ese par de horas en las que estuvimos solos, se convirtió en otra persona. No era el entrenador que dictaba órdenes con las cejas -


fruncidas y una vena cada vez más visible en la frente. Me trataba como a un bebé que empezaba a nadar. Me sujetó con una mano en el vientre y la otra en la espalda, y me explicó lo importante de la posición de la columna vertebral, que te podía ralentizar hasta la mitad de tu capacidad. Me sujetó la cabeza, la nuca, el cuello. Luego me soltó y empezó a nadar, cogiéndose al bordillo cuando terminaba las brazadas y sonriéndome como en un juego. Quería que yo jugara. Me enseñó a perfeccionar el estilo crol, pero no dijo nada sobre los demás tipos. Siguió nadando para que yo le mirara y, cada vez que se hacía un largo, podía observar sin miedo a ser descubierta los músculos de sus brazos haciendo fuerza, la boca abriéndose para obtener el aire justo para oxigenar los pulmones, el cuerpo balanceándose sólo lo necesario. Su agarre, tiro y empuje eran impolutos. Cuando salimos del agua, se sentó en el bordillo conmigo y me confesó que en otro tiempo había querido ser un nadador profesional, pero que al final había descubierto que la enseñanza le aportaba muchísimo más. Yo sabía que mentía, pero no dije nada. En ese momento, en un instante en que mi tiempo y el suyo parecieron acoplarse, se me quedó mirando y me cogió la cara con una mano; me la acarició con delicadeza. Se deshizo del gorro de baño y dejó que la coleta en la que había recogido mi pelo cayera libre y húmeda sobre mi espalda. Entonces se inclinó hacia mí y me besó. Sus labios por fin sobre los míos, su boca susurrándome secretos conforme tomaba la mía. Mis fantasías se habían hecho realidad: yo le gustaba, era especial. Me quedé muy quieta; no sabía qué otra cosa -


Pigeon P.


hacer. Dejé que su mano se metiera por debajo de mi bañador y me acariciara el pecho, porque pensé que eso estaba bien. Pero luego noté su otra mano apartando la tela de abajo, mucho más abajo, internándose en un lugar que ni siquiera yo me había tocado nunca. —Espera —le dije, apartándome—. ¿Y si viene alguien? —No va a venir nadie. Son las diez de la noche, me han dejado las llaves y me toca cerrar a mí. Lydia... Me besó otra vez. Sus dedos empezaron a hacer un truco de magia entre mis piernas. No me dolía, era agradable, pero tenía miedo de lo que pudiera pasar a continuación. No estaba preparada para nada que fuera más allá. Noté uno de sus dedos internándose entre mis muslos, lento, sutil, sin prisas, y pensé en decirle que era virgen, quizás entonces me entendería y se detendría, pero eso me daba demasiada vergüenza. Se me tensaron los músculos y le dije: Para. Pero quizá no me oyó, porque siguió besándome, cada vez con más fuerza. Entonces noté su empuje, su mano sobre mi pecho, que intentaba tumbarme sobre las baldosas frías, desgastadas por los pasos de miles de pies de piscina pública. Y pensé: «Si me tumba, ya no me podré volver a levantar». Así que me aparté. Me puse de pie, nerviosa y, sin decir nada, empecé a alejarme en dirección a los vestuarios. Él se rió y lo siguiente que sentí fue un tirón en el pelo. Me giré, confusa y angustiada por lo repentino de la situación. No me había dolido apenas, pero me había hecho sentir diminuta; indefensa. George seguía sonriendo. Creía que estábamos jugando. Pero yo ya había dejado de jugar. Volvió a -


acercarse a mí y me cogió del pelo, de la coleta, tirando hacia atrás, ante lo cual le di una bofetada para que parase. Sólo quería que se detuviese. No me esperaba la fuerza de su bofetada en respuesta. Me llevé la mano a la cara. No era sólo el dolor. Había sentido dolor antes, en otras ocasiones. Pero nunca así. Nunca brusco, seco, sucio. El corazón se me atragantó hacia dentro, lleno de miedo. —Eh, que estoy de broma —me dijo, con la sonrisa sobre los labios balanceándose levemente; la duda de si yo podría soportar aquello, de si él sería capaz de mantener la situación en calma o si se había pasado definitivamente de la raya. —Me has pegado —lo dije pensando que él no era consciente de lo que había hecho, de que eso estaba mal—. No te acerques. Pero entonces el semblante en su cara cambió. Me miró con rabia. —¿A qué te creías que venías, eh? Ni que hubieras nacido ayer. Su cuerpo decía que se iba a acercar a mí. Y así lo hizo, avanzó un par de pasos. Yo salí corriendo. El camino de la piscina a la calle obligaba a pasar por los vestuarios. Me detuve lo justo para coger mis zapatillas, tiradas en uno de los bancos. Me las puse al salir a la calle, atando los cordones como pude, antes de oír la puerta principal abriéndose, pero para entonces yo ya corría, corría y corría y me alejaba, aún con el bañador puesto, calle abajo, con los pulmones llenos de agua.


Lizzy siempre estaba en casa estudiando. Fue ella quien me abrió la puerta. Me eché a sus brazos y, aunque en ese momento sentí un alivio absoluto, fue entonces cuando comenzó la tormenta. Las preguntas, las respuestas. Vístete, vamos a la policía, esto no puede quedar así. Fue ella la que decidió. Yo ni siquiera sabía muy bien qué había pasado, y una parte de mí no lo veía tan importante, como si hubiese sido parte de un sueño, como si fuese mejor ignorarlo y seguir con mi vida; así quizás se haría más pequeño. Si no hubiera sido por Lizzy, no habría ido a ningún sitio. Pero ella me cogió la mano mientras el policía me hacía preguntas incómodas. Tan incómodas que mi estómago se retorció y se arrepintió de estar allí. «Tenemos que estar seguros», decía él, pero para mí, su forma de mirarme y de actuar me decía que en el fondo me culpaba. Pobre niña tonta que fue a juntarse con quien menos le convenía. Pobre niña tonta que no sabía que se metía en la boca del lobo. «Y es una suerte que, al fin y al cabo, no te haya pasado nada», fue su sentencia antes de cerrar la puerta del despacho. Le hice prometer a Lizzy que no le diría nada a nuestro padre, que ya se había mudado de casa. Nuestra madre puso el grito en el cielo. Visitó al médico al día siguiente y se pasó un mes con ansiolíticos. Yo sentía que no podía respirar. Al principio me daba miedo pensar que él pudiera venir a por mí. Y lloraba contra la almohada pensando en mis patéticas fantasías de príncipe encantado que te quiere, te invita a cenar, dice palabras bonitas y espera a que estés preparada.


Aun así, al parecer la gente de mi alrededor no pensaba lo mismo. Las chicas de clase de natación le dijeron al policía que yo intentaba seducir al entrenador, que había sido yo la que se lo había buscado, yendo detrás de un hombre tan mayor. Mi hermana Mary me preguntó que por qué le había dado yo una bofetada. Lo dijo en un tono neutro, pero yo lo sentí como un aguijón en el pecho. Que yo también le había pegado, decía a su vez el ayudante de policía, que podía haber salido corriendo desde el principio; que tampoco era del todo inocente. Lizzy me abrazaba sin tocarme al gruñirle y ladrarle y contestar cínicamente a todo el mundo. Las palabras que ella decía también tenían sentido. Que había sido en defensa propia. Que él me había acorralado. Que una niña de catorce años no sabe de lo que es capaz un hombre de treinta y cinco. Que él era un degenerado. Que cómo se les ocurría sugerir lo contrario. Al principio me daba miedo, un miedo que me atenazaba los músculos. Más tarde, sin embargo, una parte de mí, extraña, que al principio no reconocía, empezó a desear que viniera a por mí. Que me buscara. No para hacerme daño, sino para verme. Sentir que alguna vez le había importado lo suficiente como para arriesgarse a venir. Porque, en el fondo, muy dentro de mí, seguía idealizándolo, pensando que podía cambiar, deseando que lo hiciera. Por mí. Era más fácil pensar que todo ese daño podía ser reparado. Pero nunca vino. Lloré cada noche en la cama de Lizzy. Ella me acogía a su lado y me acariciaba el pelo. Sentía que había dejado de -


ser una niña. Que ya nunca me podría considerar como tal. Pero Lizzy me decía: «Mi Lydia, todavía eres una adolescente, eres vivaz, alegre y adorable, y él no ha podido quitarte ni una pizca de eso, de tu verdadera esencia». La sentencia legal fue suspenderlo de la enseñanza durante seis meses. La sentencia de los rumores fue echarlo de la ciudad. La gente lo señalaba por la calle. «Con una menor, el muy sabandija», decían, los mismos que al principio insinuaban intenciones de seducción, de Lolita, por mi parte. Nunca lo volví a ver. Cuando supimos que se había marchado, le confesé a Lizzy que una parte de mí le echaba de menos. —Deja de buscar que un hombre te valide —me dijo—. Tú eres por ti misma una persona completa. Pero da igual lo mucho que te lo repita, porque no servirá de nada a menos que tú te des cuenta. Lydia, no necesitas que ningún hombre te mire para existir. Al final, claudiqué. La tercera noche del tercer mes de estar llorando, tiré a la basura todo aquello que me recordaba a él. Me hice una trenza. Doné el traje de baño. Y un poco antes de que Lizzy hiciera su examen del MIR, le dije que lo había superado. Me uní al equipo de equitación. El monitor del grupo B era moreno, alto, delgado, y tenía mirada de niño bueno. Había estudiado International Business en Oxford. Me mantuve alejada, sin embargo, apuntándome al grupo A.

Marta J. Sanchís


Ă lvaro Gastmans


NADA QUE TEMER “Let us have the luxury of silence” Mansfield Park. Jane Austen. Nada tiene que temer tu orgullo, tampoco tu reputación: nunca deseé hablar de ti, de lo pequeño que era todo y de lo grande que aún me queda este abrigo hilado en fracaso.

Carmen Ramos


Fidel MartĂ­nez


EL BAILE A los pobres nos basta con darnos una buena tunda en un bar de mala muerte para relajarnos, pero los ricos lo tienen jodido de verdad. Imagina por un momento que vives atrapado en un ecosistema donde la gente se insulta halagándose. Donde la mayor humillación que puedes perpetrar y a la que te pueden someter consiste en no desear, o que no te deseen, buenos días. Imagina que lo más parecido a la pornografía que puedes obtener es una novela romántica. Todo ese amasijo de normas de cortesía y modales crea un auténtico campo de cultivo de odio e ira homicida. Por eso se inventaron los bailes de palacio: para que los ricos se apaleen sin perder la elegancia. Sí, hablo de esos bailes tan pomposos en los que todo el mundo sonríe debajo de una máscara de arlequín. Pero lo cierto es que sonríen para que sus adversarios no se den cuenta de que tienen un par de costillas rotas. Sonríen para que su siguiente pareja de baile no sepa dónde debe golpear para dejarles inconscientes. Y claro, las máscaras son sólo para ocultar los ojos morados y las cejas partidas. Estos bailes son en realidad combates coreografiados, y tienen más en común con las peleas de gallos que con la danza. Esto funciona así. Los ricos se reúnen en un palacio a las afueras, igual que los drogadictos acuden a un descampado en la periferia, dejan que el volumen de la música ahogue cualquier llanto o quejido y empiezan a bailar. Se empiezan a sacudir con un grado de violencia que cuesta de imaginar. He presenciado peleas a machete entre marineros borrachos, pero lo que hacen aquí las señoras de mediana -


edad con sus collares de perlas, lo que hacen con ellos y por dónde los introducen, escandalizaría al marinero más curtido y salvaje. Lo que digo es que si por aquí una doncella perdiera uno de sus zapatos a media noche, el príncipe de turno que lo recogiera no se encontraría un delicado zapato de cristal tallado a mano, sino una bota de cuero con espolones. Puedes echar un vistazo en la sección de objetos perdidos si no te lo crees. Tienen cajones específicos para las sandalias de clavos y para las zapatillas con punta de hierro. No es casualidad que las damiselas, al despedirse, se tapen la boca con un abanico para que nadie note que han perdido varios dientes durante la contienda. Si no te lo acabas de creer tan sólo tienes que fijarte en que todos los asistentes al baile siempre abandonan el recinto en un carruaje pomposo. Y no lo hacen para presumir de estatus y/o de cochero, no, lo hacen sencillamente porque no pueden andar. En serio, no presumen por ego sino por prescripción médica.

Xavi Lázaro


ORGULLO Y PREJUICIO —Buenos días, me gustaría salir a bolsa. —¿Cómo dice, señorita? —«Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa». —¿Qué? —Míreme: soy una mujer joven y hermosa, mi valor es indudable. Por eso deseo que mis acciones (mis risas, mis besos, etcétera) se vendan en el mercado de valores y los ricos solteros se peleen por ellas. Me casaré con el que adquiera el paquete más grande, pero deseo mantener la mayoría de mis acciones, no quisiera perder el control de mi persona. —Señorita, esto es altamente irregular. —Lo que pasa es que está usted lleno de prejuicios.

Gabriel Noguera


A単eta Martin


PERSUASIÓN (INTERROGAR AL CORAZÓN) «No quiero nada más que la muerte» Jane Austen En un soliloquio en voz alta uno se indaga, como ella —Antígona de Hampshire—, qué fuego qué fuerza incorpórea urge a escribir ¿Los noviazgos y los acantilados? ¿el deseo irónico de lo ideal? Puede ser la realidad que no es más que anécdota imaginada; las aguas termales de Bath, algo más fuerte que el orgullo. Vivir en un pueblo pequeño; la soberbia y el valor, la humildad y el miedo. Puede incitar la ausencia de privacidad, atento a una puerta chirriante. La elección de no casarse, viajes como expediciones, los que viven y mueren. El misterio, la hermosa Cassandra. Quizá motiven las estrellas, el trascender lo artificial y mezquino


—el prototipo de dama ideal—. Un internado o la palabra inocente que salva, persuade y libera, con el verbo cáustico que consume a fuego lento.

Diego Mercado Villarroel


P.strange


ÂŤLa mitad del mundo no puede entender los placeres de la otra mitadÂť. Jane Austen


COLABORADORES Álvaro Gastmans Marta J. Sanchís Xavi Lázaro Añeta Martin Fidel Martínez Diego Mercado Villarroel Gabriel Noguera P.Strange Pigeon P Carmen Ramos DIRECCIÓN Sonia Marpez Gabriel Noguera

DISEÑO Sonia Marpez

Obituario N.28 – Jane Austen Publicado el 18 de julio de 2015 obituariomag.blogspot.com


OBITUARIO #28  

Obituario - N.28 - Jane Austen

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