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Arthur Rimbaud 1854-1891


Ya dice el refrán que uno no es de donde nace, sino de donde pace. Hay miles de casos de artistas afamados que han intentado borrar de sus biografías el agujero inmundo en el que nacieron y que, en su común opinión, no hizo más que coartar sus habilidades y ambiciones durante el tiempo que estuvieron allí. Rimbaud fue uno de esos soñadores poetas, que desde su nacimiento soñaba con extraterrarse en otro lugar. Paris, Bruselas, Addis Abbeba, Londres. Todo menos la insigne Charleville, capital de las Ardenas, ciudad insigne de la región de Champagne y tumba premonitoria del superdotado de las letras. Su cielo gris, adornado de aquella arquitectura francesa del norte no hacía más que colocar en sus pulmones una sensación continua de ahogo. Un ahogo cuya promotora más dedicada era su propia madre, Vitalie Cuif Rimbaud.   No deja de ser irónico llamarse Vitalie y pasarse toda una vida abonada al abandono y la tristeza. Pero así era ella. Así era el destino de cualquier mujer que, soñando con un matrimonio adecuado (en este caso, con el Sr. Rimbaud, capitán de infantería) se viera finalmente abocada a apartarse de la burguesía de modo fortuito. Pues si bien eran pocas las visitas que el padre de Rimbaud le hacía a aquella ansiosa Vitalie, su puntería en las artes amatorias estaba fuera de toda duda. Cinco hijos, de los que sobrevivieron cuatro. Veinte actos amatorios a lo sumo que, entre ausencias, hacía que aquellos críos contemplaran a aquel capitán lejano como a un butanero ilustre, como a un rey mago que sólo apareciera en fechas muy señaladas. Rimbaud nunca tuvo ansiedad de seguir los pasos de su padre, si bien el marchamo de la huída constante siempre le acompañaría. Una huída que, en su caso, estuvo precedida por la más feroz represión. Y es que si aquellos hermanos Rimbaud echaban de menos a su padre, cuando aquel abandono marital se hizo efectivo, fue el carácter de Vitalie el que se agrió hasta extremos impensables. Obsesiva, fría y ordenada, cuidaba que nadie supiera la estrechez por la que pasaban, que nadie conociera el infierno de sentirse marchitada a tan joven edad. Nada ni nadie acababa


acababa de cuadrarle en su nuevo rol de digna e implacable guardiana de las costumbres. Ninguna concesión a la imaginación, a la fantasía encontraría hueco entre sus sienes. Por lo que, aquellos avances artísticos, propios de un niño superdotado de los que hacía gala Rimbaud, no dejaban de ser para ella un entretenimiento innecesario. De modo que a cada brazada artística, ella aportaba su cohibición, su locura recta. Rimbaud, precoz hasta la médula, no permitió que aquella bruja de Charleville que decía amarle, amargara su vida. Y se aplicaba en versos que reflejaban vivencias que raramente poseía un niño de su edad. Pero casi ninguno de los niños de su edad podía decir que vivían bajo un régimen marcial. El hipersensible Arthur lloraba poesías simbolistas, evocando entre aquellos libros leídos a escondidas un futuro lleno de historias, lleno de letras. Aprovechando la vocación que lo salvaría de la locura en aquella impoluta ciudad de las Ardenas.   «Nada ordinario sale de aquella cabeza», le dijo su preceptor a Vitalie una buena mañana, conteniendo su mueca de orgullo para no pasar por una mujer fatua. El amor de Rimbaud por su madre murió aquella mañana. Nunca concebiría a un ser que fuera incapaz de ver la estrella que él sentía bajo los hombros. Desde aquel instante sabía que huiría poco después a un París sin absolutamente nada en los bolsillos. Fracasó y volvió a las garras de Vitalie, que lo acunó tan solo tres semanas más. Rimbaud suspiraba en aquella habitación que se había convertido en cárcel, mientras enredaba para volver a salir, engatusando poetas y editores. Charleroi fue su segunda huida, pero pronto volvió a guarecerse en las tenazas de Vitalie, que encontraba por todas partes cómplices de su rectitud y que veían al poeta aún demasiado joven.   Pero como los suicidas impenitentes, semejante energía no pudo ser contenida, y acabó por ser acogido por las amabilidades de Verlaine... Aquella relación si gozó del suficiente magnetismo para hacerle huir de Vitalie. Nunca más volvería a sus agresivas y ahogadizas atenciones. A partir de ese momento, como si fuera una misión evangélica pagana, Rimbaud empezó a respirar poesía. Con sus manos, con su vida, con sus escamas y su piel. Creando algo mejor, más duradero y generoso de lo que había recibido hasta entonces. Qué feliz era con dieciséis años, pensando que nunca más pisaría aquellas insolentes calles llenas de represión de Charleville-Mezieres… Qué dicha de opio y amor entre iguales. Qué futuro se abría entre versos y pestañeos ante sus propios ojos.


Francisca Pageo


POR UN GOLPE DE LUZ INESPERADO Si hoy hubieras estado aquí, habrías sido violado por la humanidad. Borrarían tus palabras por sexo en la franja horaria del que desconoce las rutinas planetarias. Te habrían asesinado por diversión a cambio de recorrer tus decisiones inmaduras por los sueños de mil versos de ancianos incoherentes que lo darían todo por partirte las caderas por haberte amado. Nacho López Murria


Silvia Grav


Ofelia Ofelia flota como un gran lirio A. Rimbaud

  Pienso en ti como en el agujero negro que mide su nostalgia en masas solares, la gravedad te cierra los ojos y tú, sola, satélite de carne en un mar deshabitado, miras el adentro de un recuerdo mientras le mientes al cuerpo en cada espasmo, en el silencio subacuático donde se deshace la memoria. Ahogada hasta la última pasión te preguntas cómo desaparecer cuando el abismo se asoma de la nada pero la nada no es el fin sino el comienzo. Ángelo Néstore


El Sena de los benditos  

I   La tarde recorre pudibunda las ambiguas órdenes del otoño; el otoño acoge, aprovechado, las confiadas nalgas del tiempo de sus tardes. Y yo encuentro una nueva diversión con que dignificar el cuadro y apuntalar el corazón de París, mil ochocientos setenta y uno.

Así, desciendo coqueto la serpiente enhiesta del bulevar, altivo en la soberbia de mi excéntrica lozanía; desde mi nube implacable domino el contagioso horizonte de todos los rostros vulgares —con sus vulgares almas, etc.— y desembarco asqueado a las puertas de las colosales villas. Las villas de los hombres ahítos del dinero nuevo de las revoluciones —¡ante ésas estamos, corazón mío!

Nos precipitamos ahí dentro, saltamos sus muros, asimos sus verjas, arruinamos sus enredaderas, ahuyentamos a sus perros con fiera y graciosa amenaza. Y allí, acercándome con paso dueño al cenador donde la camada anémica del gordo señor roba al verano lo que el verano ofrece sólo a esta casta —el baño despreocupado en prístinas aguas privadas, la digestiva limonada para el que ha comido de más, los deformes romances mal paridos entre amores propios—, allí estoy yo, hijo bastardo y relamido de la Francia más tozuda, y saludo con sonrisa encantadora.   ¡Qué bonitas ellas en sus vestidos finísimos! Quisiera acribillarlas a besos y acariciarlas a bofetadas; malograr su virtud con la tenacidad traviesa de mi cola encabritada, marcarlas con mi yerra de los barrios bajos, (amarlas...) Mas no digo nada, mi candidez me abruma. Y ellos, ¡qué bien formados! Qué noble y elegante impronta... Sus ojos me miran incrédulos –qué soy, ¿hombre o rosa monstruo?—, mis maneras les desconciertan, y se preguntan qué merezco. Yo respondo por ellos:   «Vine a dejar un reguero de sangre miserable sobre el suelo de vuestra casa: vais a partirme la cara».


II   Más tarde, anochecido ya, me voy por las mutiladas pasarelas que sobre las riberas enfangadas apenas atan las orillas del Sena —un salto al primer tramo accesible, y sigo... —sobre las tablas, príncipe de la noche parisina, poeta explorador. Desfilo sobre ellas con mi viejo abrigo entallado de botones otrora dorados, soldado de cuento; y al otro lado de otro abismo de otra ruina del puente , ya en los márgenes del río y de todo, sentadas en los peldaños de la escalinata... tres muchachas, ya apenas niñas ni aún mujeres o asesinas.   Me coloco el antifaz, me descuelgo intrépido de la madera apulgarada, me atuso las greñas, llego a las niñas haciendo equilibrios sobre piedras y cascotes. Me permitan ser su amiga —les pido. Yo también tendré un amante que me busque y que me espíe y que me empuje con su brutalidad... a venirme aquí, con mis buenas amigas, a malvender entre risas los sueños de los hombres.   Y tú te enamorarás de mí, traicionando a las otras, y nos iremos a tabernas a calentar nuestra porquería; pues antes de que acabe esta noche, al ir yo a retirarme, tú has de retirar mi antifaz. Así la tempestad de mis ojos celestes hará que se ericen los labios de tu boca de arriba, de pasmo y cataclismo; y la de abajo se relama como el ano del erizo de este mar que te escruta, —«Rubia, me llamo Arturo».

Chema Barrionuevo


Arthur I arriba que sospito que un goig imprecís ens espera. Marià Villangómez Pero, ¿y si no llegamos? ¿Y si es cierto que todo lo que hay es esto que ya casi pertenece a un día sin memoria, a una luz vieja?   ¿Dónde estás hoy, Arturo? Muerto. / Muerto junto a un millón de amantes, un millón de esputos preciosistas [y los libros que cuentan tus miserias].   Ven, niño fiero, ven a mi regazo y te hablaré del mar y de los ríos que se han ido secando con tu muerte. Ven, y podrás oír que todo es falso;   que la tristeza es ya señora y dueña de todas las farolas / y de todas las noches que no te conocieron. Sólo un niño podría haberte dado lo que un niño   te arrebató; la infancia iluminada, el amor disuadido del desierto. No nos espera nada, amigo mío. [Yo no soy, por otro lado, tu amigo.] Ben Clark


LE CŒUR VOLÉ Comment agir, ô cœur volé? ARTHUR RIMBAUD I. imagino a un joven. ha de ser imberbe. observa a través de una pequeña ventana abierta sobre la dura piedra, la longitud que lo separa de esos cuerpos resueltos a medio camino entre el sudor y el humo. son soldados y ríen en obscenas contorsiones. siente curiosidad por su textura acre. ¿cómo actuar? ocres la violencia anticipada en sus dos iris y la espera, carbón grisáceo y frío que quiere arder. ¿cómo actuar, oh futuro corazón robado? recupera en su gesto la inocencia. ellos, que administran la belleza de la guerra, le saludan. ebrios, los unos en los vinos, el joven en su propia transgresión, con pálidos sonidos se aproximan, levemente conscientes de la causa de su abrazo. II. apenas cuerpo adolescente bebe en los espejos la pulpa del sexo jardín recién cortado y ya corrupto descubre el nacimiento de una grieta sed caliente que amamantará al ciervo donde ebrios e itifálicos sonríen los que imparten al mundo la violencia y administran brutales los castigos ignorando el dolor del terso fruto

MIGUEL RUAL


Subí a aquel tren, apurado por la hora, como siempre, buscando un asiento con mesa, para poder dibujar o escribir durante el viaje, pegado a la ventana, para poder ver el horizonte arder sin compasión, luego se encenderán las estrellas, las luces de la ciudad y con suerte mi mente. El ruido de las vías se hace cada vez más fuerte, no sé por qué, pero aquí el sueño también llega siempre tarde. Un vagón vacío, un precipicio, ensucio mis manos con hojas en blanco que desperdicio. El tren se detiene y alguien sube, se sienta a mi lado. Es un niño, tendrá trece, «me llamo Arthur», dice. «¿Qué haces?» No sé qué decir, tal vez no es tan obvio, Arthur mira mi cuaderno, le digo «son sólo dibujos que hice». Él sonríe, por una vez, diciendo que no son míos, se levanta y se aleja, «David, un hombre no es más que lo que deja, no te llevarás nada, todo lo que tienes es sólo un préstamo en vida». Tras estas palabras, desaparece, tal vez nunca estuvo. El tren se vuelve a detener, habíamos llegado a nuestro destino. David Durán


DIÁLOGO ENTRE DOS POETAS QUE, EN ALGÚN CASO, PUDIERON SER PAUL VERLAINE Y ARTHUR RIMBAUD. Poeta 1- Porque te amo, haré este agujero en tu mano. Para que aunque con ella cubras tu rostro olvides lo que es no verme. Poeta 2- Fuese cualquier otro dolor menor que ese. Poeta 1- Mirarán y reprocharán nuestras actitudes. Odiarán, ¡con gusto seremos murmurados durante las horas rosáceas! Cuánta torpeza y alfileres cabrán en esos estigmas nadie sabe; tales las voces cotidianas de cerrojos mordidas. Poeta2- ¡Poca fortuna la mía! Vestiré las manos tapando el afecto tuyo, guardaré esta vergüenza penetrada de furioso amor. Poeta 1- No habrá motivo para el miedo. De licores que teñirán con gesto verde el espíritu, de rizadas parras que cansan a la noche estará hecha la casa que nos acoja. ¿No confías? ¿No crees, acaso? Poeta2- Creo en los bajos umbrales del deseo, en la demente estación del vicio. Poeta1- Creceremos en la grieta compartida de la orquídea apresada. En el arrebato controlado de nuestras savias recorriéndonos. Erigiremos de agua en el vientre un altar pero arderemos en la fiebre brutal de los cuerpos. Rígidos corceles del otro, hombres al fin, la garganta rota. Poeta 2- Húmedo el soplo y jadeante el tacto. Poeta1 – Vayamos entonces, ¡pronto!, pues rápido es el trote de la locura y no espera iluminaciones. Poeta 2- Pues poco tardarán, también, flores de púrpura en crecer de mis ángulos, y me arrodillarán. Ásperas humillarán mi sangre en salvaje reverencia. Poeta 1- Pudimos huir de la turba, escapamos al fin del enjambre y dimos con la salida aún siendo abrupta, mas… ¡pegajosa miel en el barro, cómo huir uno de su sangre! Poeta 2- Sean todas mis palabras este cuerpo que te entrego. Poeta 1- Así sea. Malditos seamos; maldito sea quien viene en nombre del cuerpo o del amor. Poeta 2- Así sea.

JESÚS CASTRO YÁÑEZ


De ejemplo. Tu poco conmovedora dedicación al tráfico de armas no debería servir de ejemplo a la humanidad, amigo Arthur. Tu tormentosísima relación con el Príncipe Desquiciado tampoco debería servir de ejemplo a la humanidad, amigo Arthur. Dejar la poesía a los veinte. Ahí sí, querido amigo. Ahí sí que sirves de ejemplo.

Ignacio Moreno (Microalgo)

Eres un mapa complejo, corocromático, batimétrico. Mapa de flujos y de franjas o frecuencias. Dentro de ti hay mares y ciudades antiguas donde puede mirarse a la luna y al sol sin que uno se quede ciego. Hay ríos y paralelos, lluvias y siembra. Cuando hablas dices rutas a países donde la fruta nunca es amarga y si me miras amaneciéndonos, al despertar, toda la densidad de población puede leerse en tus ojos. Eres una línea imaginaria que coloca el frío más al norte, que distrae al ecuador para desayunar naciones enteras. Y cuando abandones este mundo, tu cuerpo medirá el aire y dirá en tu epitafio un planisferio celeste. Adriana Schlittler Kausch


JosĂŠ Luis Valverde


—No me habías dicho que eres poeta. Rimbaud parpadea para que sus ojos se acostumbren a la oscuridad de la estancia y se ajusta el pesado cinturón (está seguro de que le va a dejar llagas en la piel). —¿Y cómo sabes tú eso? —pregunta con desgana. —Me lo ha contado Pierre —responde la hermosa mujer negra—. Que eras poeta y no uno cualquiera, sino uno de los mejores. Una leyenda. —Ya eres lo bastante mayor para saber que las leyendas son falsas —contesta Rimbaud quitándose las botas. —¿Por qué ya no escribes versos? —Porque ya no soy un adolescente. He crecido, tengo cosas importantes que hacer. Cosas reales. —¿No es importante la poesía? —No es útil. No da dinero, sólo quebraderos de cabeza. —Pero puedes ganar el corazón de una mujer. —Puedes hacerlo mucho mejor con dinero —ríe Rimbaud mientras se quita la ropa (excepto el cinturón). —Pero con poesía puedes crear belleza. Eso no puedes hacerlo con dinero, sólo comprarla. —Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas y… —empieza Rimbaud, pero calla de pronto. —¿Y qué pasó? —No sé, ya no me acuerdo —dice metiéndose en la cama.

Gabriel Noguera


Tant pis pour le bois qui se trouve violon ARTHUR RIMBAUD Don’t go into the forest pero la angora es a la cara el refugio más sencillo. El crujir de hierbas se amortigua, las ramas abaten despacio, la pátina de musgo ha cedido toda el agua a la fuente cercada por las manos y la oscuridad no oculta lobos ni verticalidad futuros. Los higos son consuelo llano a la sombra de la angora y es tan manso a los brazos el espino. Proscrito el bosque negro por insondable. Sin embargo, también es negro el sueño y es agreste en el jersey otro, también ciega el regazo a quien alberga, también yo soy negra y soy hermosa.


Un soir, j'ai assis la Beauté sur mes genoux. Et je l'ai trouvée amère. Et je l'ai injuriée. ARTHUR RIMBAUD

Las vigas filtraban el chocolate, húmedo y astillado como el otoño. La cueva granate era aquel bar que cobijaba, altruista como una madre, la identidad caduca de las almas sin casa. La madera, la única robusta del lugar, presenciaba el calor transitorio que alimentaba a los conversadores. En la virtualidad de una luz de lámpara de aceite, las almas que postergan el regreso encuentran un refugio. En el espacio común de las mentes que, vigorosas, intercambian, es posible realizarse. En su lucha por existir los consumidores derrochan todo tipo de información: los ojos negros no se apartan de los ojos negros, va y viene el gesto bien medido, el humo sonríe ampliamente y con nobleza, se habla todo. Senté a la belleza sobre mis rodillas, toqué su cabello negro y untuoso, el aire era menstrual y tabaco. Y la encontré amarga. Amarga hermana mía sin casa permanente. Y fui suave con ella.

María Schmetterling


Porque Yo es otro. Qué culpa tiene el cobre si un día se despierta convertido en corneta. Para mí es algo evidente: asisto a la eclosión, a la expansión de mi propio pensamiento: lo miro, lo escucho: lanzo un golpe de arco: la sinfonía se remueve en las profundidades, o entra de un salto en escena. Carta de Arthur Rimbaud a Paul Demeny. Charleville, 15 mayo 1871

Yo es plural, como la lluvia que cae sobre el centeno. My life has been the poem I would have writ, But I could not both live and utter it. decía Thoreau. La caída será vertical o no será. Los cánones Las tasas impositivas El error [el arte] modifica la percepción original (Jn. 1:1)


la visión enciclopédica del conocimiento. Todo absoluto debe ser cuestionado, puesto en cuarentena. Hay otros tipos de caída. Desde el 2º 4ª, escalera izquierda, no reconozco el mundo, no llega el primer piso. Parece que me encuentre en Walden [Thoreau, Bofill o DJ Sideral pinchando en el Nitsa son espacios equivalentes].

Walden Pond


Superficie: 61 acres (25 ha.) Máxima profundidad: 31-33 m. Perímetro: 2,7 km.

Walden 7 Superficie construida: 31.140 m2 16 plantas, 446 viviendas 7 patios interiores unidos vertical y horizontalmente 1.000 vecinos aprox.

Los párrafos que forman las caídas irremediables de bloques, cuadrículas de Tetris son un tipo de retórica de poema de edificio. En plena caída sigo cayendo.


Observo el 3° 7ª, el 4º 2ª, el SA 1ª, mi rostro y sus etcéteras en un orden extraño. [Lo extraño es un lugar en movimiento.] El espejo multiplica mi estructura pero yo sólo quiero dividirla, fragmentarla en añicos atómicos. Es una paradoja del Yo. El otro. Una más. De la extravagancia de la multiplicación y la fragmentación [trastornos de personalidad sinónima] nace un yo pluricelular. El yo plural. La caída sin alas es una primera persona en proceso.


Plural caída. Me asomo a los habitáculos, nos observo. Porque yo es otro. Yo es todos.

--Sergi de Diego Mas Fragmento de Spleen de un salto, texto inédito y en proceso, extraído en Barcelona, un 3 de noviembre de 2013.


La infancia de Rimbaud (versión) Rimbaud era un niño con un disfraz de adulto. Con un disfraz de poeta. Con un disfraz muy pequeño. Rimbaud era un niño enamorado que soñaba con París y que huyó a París. Enamorado. Allí se enamoró otra vez. Su amante sólo decía: La belleza es de un color terrible. Y Rimbaud decía: La belleza es ciega. Su amante era un adulto con disfraz de niño. Con un disfraz de color venda en los ojos. Rimbaud huye otra vez. Durante un tiempo, Rimbaud sólo escribe: JE PENSE À TOI JE PENSE À TOI JE PENSE À TOI Es imposible, dice su amante, pero en París hace frío, y él también escribe: JE PENSE À TOI JE PENSE À TOI JE PENSE À TOI TU ME FAIS MAL NO QUIERO VERTE HUYE DE MÍ NO VUELVAS Pero Rimbaud vuelve. Siempre vuelve. Y el día que no lo vea volver, será cuando me arranque los ojos. El amor es sólo una excusa para huir. El amor es sólo una excusa para morir. El amor es sólo una excusa para escribir. Rimbaud era un soldado-niño. Después dejó de escribir. Fue entonces cuando dejaron de verse. ¿Qué excusa tenía ahora para amar? Su amante dijo: La ceguera es de un color hermoso. Emily Roberts


LOS POETAS MALOS (Última noción de Arthur)   Aún pienso en los trenes que venían desde y recuerdo los barcos, su himno de bocinas como un vómito que arrastrase las últimas voluntades. Todavía me oigo preguntarme si desde el espigón parecerían enormes megaterios alejándose o si la gente que nunca viajaba se sentaría en las piedras a contarse las historias que se cuentan los que nunca viajan, como esa del nunca regreso o aquella otra que nos convertía en peces.   Cuando abriste la puerta de tu casa me enamoré del sauce que te crecía desde los zapatos, poeta de ramas blandas —pensé— y comencé a destruirte porque sólo lo que se ama es un incendio hermoso, es un ídolo de hierba, es una sombra donde había una cabeza.   Ya nadie nos recuerda. Íbamos a los nombres y a los antros para oír a los dulces cacasenos. Sólo los malos poetas escriben poesía. Leen a otros poetas, recitan como papagayos sus estúpidas retahílas del corazón o la nube, les apesta la boca a óxido y frases hechas, dicen «es bastante» tapando la copa, «hay un poeta que» «este poema habla inédito» «hay veces que me olvido de cenar»,


«me van a disculpar, señores» —dicen— y se colocan el sombrero y unas alas de cieno caliente como un hogar, les crecen. Abandonan temprano porque alguien les espera siempre, recogen las monedas y los oigo contarlas bajo el abrigo, después borrarán dos o tres versos para cansarse y dormirán tranquilos con la mosca negra de la duda a la que llaman el hada. Los poetas malos. Íbamos a los hombres y a los filos, nos gustaba oler la música que hacen las costillas al separarse y el chaparrón de los interiores. Cuesta comprender y quemar los restos, saber que estás diciendo tus últimas palabras. Para qué las ideas después del imperio de algunas visiones, qué poema no nace muerto después del mar. Ya nada nos recuerda.   Aún toco mi mano y entonces vuelve a abrirse el agujero de plomo por el que te miraba un tiempo, igual que ahora miro por el ojo de buey la vasta tiranía del agua y la distancia que separa a Dios de las balas.   También, a veces, regresan los megaterios, fabulosos en su lentitud, buscando lo invisible esas bestias. Como los trenes que venían desde, como los barcos que llevaban hasta. Iván Onia Valero


«Lo más probable es que uno vaya más bien a donde no quiere y que más bien se haga lo que no se quiere hacer, y que uno viva y muera de manera muy diferente a como jamás quiso, sin esperanza de ninguna especie de compensación». Arthur Rimbaud



Obituario #8