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SU POESÍA COMPLETA Sólo había ocho personas en ese vagón. Un par de hombres con traje que se dirigían a sus trabajos, estudiantes a los que la universidad les quedaba lejos... Eran las siete de la mañana y un sol amarillo entraba por las ventanas, en pedazos luminosos de algo coloreado. B. puso un pie sobre la cinta de la entrada y, segundos antes de que las puertas se cerraran, entró. Se sentó en el primer asiento que vio. Estiró las piernas hacia delante. Tensó los músculos de los muslos y después aflojó. Sintió cómo una ola de sangre corría por dentro de su piel. Había tenido que darse unas prisas de atleta para llegar a ese tren. Era importante que llegase con puntualidad a su destino. Hacía una semana que se había publicado su primer libro e iba a entrevistarse con un periodista. La novela había tenido una recibida tan buena entre sus lectores que ahora no había un solo blog o diario que no hablase de él. Con veinticinco años ya estaba en boca de todos: de escritores conocidos y de lectores tímidos, de críticos creídos y de modestos también. Estaba sentado de mala manera, un tajo en la silla. Respiraba con fuerza. Aún no podía creerse que hubiera conseguido subir al tren. Se sentía como un hombre de negocios que vive al límite. A través de una ventana vio que empezaba a avanzar. El suelo de la estación estaba mojado, con mezquinas gotas de agua y lejía. Los encargados de mantenimiento limpiando los vómitos y cagándose en los borrachos. La típica escena de los lunes en los andenes. B. paseó su mirada por el vagón. La señora de su lado izquierdo se lo miraba de reojo, desconfiada. Agarraba su bolso con una mano y, con la otra, apretaba el apoyabrazos. Más allá, un chico con cara de cero disimulado, pálido, que quería que le diesen el título de «persona viva más triste del universo». A B. le recordó los sauces llorones en primavera. Cuando miró hacia delante, B. se topó con una niña que lo miraba por encima de las páginas de un libro. El nombre de la autora le sonaba de algo. Se titulaba Poesía completa, bastante grueso y de cubierta sencilla. Enseguida se acordó de quién era. Le vinieron a la cabeza esos ,

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OBITUARIO #18  

Obituario - N.18 - Alejandra Pizarnik.

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