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NI QUIMERA, NI REVISTA, NI ENTELEQUIA: JULEPE.

P

ara introducir como introducen quienes se creyeron grandes.

(ejercicio de tolerancia: entrenar la coexistencia de los opuestos).

Frente a la proliferación física y virtual de contenidos varios con excesos varios.

…afirma que si algo requiere etiquetarse arte, seguro -la voz clara y la mano que no tiembla nada- no lo será.

Frente al abuso de la palabra arte flexionada en sustantivo, verbo, adjetivo, adverbio y pronombre. Frente a la tendencia fragmentaria, clasificatoria, periodística, insípida de comunicación.

…Afirma con y sin conocimiento de causa, es tarea del lector atento detectar cuando se da cada uno de los casos. …cree, sabe, que seccionar el material destroza ilusiones. …es formato pero es flexibilidad para sobrevivir.

Julepe... …se reconoce seria sin por eso exigir ser tomada como tal. …no promete jóvenes talentos. Prometer para quien tenga algo que probar. …se ubica ahí, bien lejos de la búsqueda de la lógica causal; nada de citas del pasado para refutar dichos del ahora

maleable:

…si tuviera rey, lo llamaría contenido. …le dice a usted, en confidencia: no tenga miedo si no lo entiende, si no le cierra, si no sabe por qué está acá. NOSOTROS TAMPOCO, PERO SOMOS SUMAMENTE AMABLES.

A TRAVES DE BINOCULARES -

MANIFIESTO

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MENTIRAS VERDULERAS

04

ANDREA SE DIVIERTE SOLA

16

EL PANTEON

20

MI PRIMERA VEZ

36

EN PAUSA

39

EXPERIENCIA CREATIVA

40

FRACASOS

44

EL CLUB DE FRANZ

46

Andrea Bar etto Montserrat Borgatello Andrea Fra nco Tamara Ma thov Catalina Ru bio Nicolás Zah lut

Ariel Pichersky Francisco Giarcovich Jerónimo Moretti

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ÍNDICE

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Relatar, contar, hablar, pensar, evocar, gritar es mentir y mentirte a vos mismo si te considerás sincero -iluso filántropo. O quizás no. No hay sinceridad más absoluta que la de una mentira que se reconoce como tal y afirma, sin ofender a nadie -o quizás sí-, que ya nada de lo cierto es certero, que nada de lo certero es seguro, y que lo único seguro a fin de cuentas es el hecho de que alguien está hablando. Quien miente en un relato lo legitima y es entonces cuando hace a la historia con mayúscula. La realidad se construye entre los que tienen ganas de decir algo y los que tienen ganas de creerlo. Vení, lee, dejate engañar, mentite, mentinos, creenos y consigamos que este pañuelo se pueble de mentiras genuinamente verduleras. Dejemos la verdad para los dioses. Al fin y al cabo, a todos nos gusta que nos cuenten un cuento. 04


A

l este del Río de la Plata hay otro cielo, estrellas encimadas, manchas apenas distinguibles una de otra, se esparcen y varían su nitidez. Una vez Lila me dijo que no hay cielo como el del Sur; yo digo que no hay cielo como este. Me gusta buscar mis propias constelaciones, tomar puntos de referencia y volver a encontrarlas en otros cielos. A la izquierda de la Cruz del Sur, debajo de Marte, un hombre festeja un gol con piernas y brazos abiertos, una estrella hecha de estrellas que encontré hace años y hoy pierdo por primera vez. Cuando la encuentro, la voz dice (en la oscuridad todas las voces, las siete voces, son una sola) contate un chiste, Javier; la voz, con esa única diferencia sutil del acento extranjero, algo más reconocible entre tanta sombra pero no tanto como para ser otra voz, dice déjame pensar, y entonces una silueta se incorpora, repite déjame pensar y su cabeza cubre la cabeza del hombre de mi constelación. La voz de todas las voces pregunta si en Costa Rica se cuentan chistes de Jaimito. Qué Jaimito. Risas. En Costa Rica no se cuentan chistes de Jaimito. Cinco siluetas rodean la que dice ser Javier, y la voz dice: primer acto un avión con un zoofílico, un piromaníaco, un necrófilo y un… masoquista; el zoofilico dice… Desde otra silueta, la voz dice estás mezclando el chiste de los actos con el del avión y desde otra silueta, aún más allá, la voz dice dajá

que cuente; la voz, apenas distinta, dice no, esperen, lo olvidé, y aún así no se sienta. Esa tarde en que la familia quiso ser familia y organizo asado con chicos y todo, Lila le dijo a Francisco que le dolía el cuerpo por todo eso que quería decir y no sabía cómo, que le dolía tanto que necesitaba escupirlo, transpirarlo, expulsarlo de alguna forma. Él le dijo que a veces es mejor no decir nada, pero la mayoría de las veces él no tiene razón. Nunca tenés razón, dijo Lila, y se río muy fuerte para no llorar cuando el resto de la mesa aplaudía un aplauso para el asador. Sobre las cabezas de todos, una estrella fugaz dibuja la cúpula del espacio; la voz, mi voz, dice: ¿la vieron? No. Dale, Javier, contá. Apoyo la cabeza en la arena, todavía tengo el cuaderno con las grillas del truco sobre el estómago desde hace no sé cuántas horas, escucho los gritos de la voz, no se entiende nada, risas, chillidos, ruidos animales, no sé qué pasa con estas personas. Con la cabeza sobre la arena intento, ella intenta, dormir, piensa que si al dormir se olvida de respirar, ese chiste sin terminar y el ahogo existencial de Lila habrán sido sus últimos recuerdos. Quisiera no tenerle miedo a la muerte y entonces dice, digo, bajito, casi no alcanza a ser la voz: no le tengo miedo 05


a la muerte. La voz gritona que no llego a cubrir cuando digo eso aún resuena por todos lados, se encima, se potencia y no se entiende, no se entiende, ahora canta una canción de protesta. Greta, la gata mariposa, dormida sobre el sillón del living de mi casa en Buenos Aires. Hacía pocas horas que Lila la había traído en una caja de cartón, eran las tres de la tarde y el rayo de sol daba justo sobre ella; Sin una buena historia no vale la pena contar. Yo no sé si Greta será una buena historia, pero una hipocondríaca que pretende no tener miedo a la muerte seguro que tampoco. Las mejores historias siempre están justo al borde de ser muy malas. Lila, que siempre cuenta buenas historias, debería contar a Greta; alguien tiene que contar a Greta, a quien casi nadie pudo ver. Javier contó el chiste y me lo perdí, y la voz llena de tonos diferentes pero casi iguales ahora ríe muy fuerte, nunca escuché a nadie reír así por un chiste de Jaimito. Lo digo: nunca nadie se río tanto de un Jaimito. No entendiste que en Costa Rica no se cuentan chistes de Jaimito. Abro el cuaderno y sin demasiadas expectativas busco entre la arena la birome, ahí está, apenas enterrada, la sacudo y dibujo a ciegas una línea vertical o casi vertical porque no puedo ver. A través de la pared que separa un cuarto del otro puedo escuchar que Lila llora, 06

primero despacio y después fuerte, cada vez que Francisco le dice que ya no la quiere. Ya no la quiere. Ya no te quiero. Minutos más tarde, cuando él ya no está, salgo de mi habitación, pero en vez de abrir la puerta del otro cuarto cruzo el pasillo y me encierro en el baño sin saber qué hacer. Ahora Lila sólo llora fuerte, y se escucha incluso desde el baño, que está al final del pasillo y no comparte pared con su habitación. Hay que escribir algo, cualquier cosa, lo que sea. Hay que escribir, dice Lila, y en la oscuridad que no es más que penumbra dibujo una línea para que en algún momento, por sí misma, se convierta en letra. Hay que escribir rápido, que la letra se alargue, letra de médico la llama Lila, que se alargue hasta que nadie, ni siquiera uno mismo, la pueda leer, que se alargue hasta que la tinta fluya. Así hay que escribir y yo escribo así, la letra cucaracha que se esparce azul por toda la hoja y por toda mi mano. La voz dice cómo vas a escribir si no se ve nada y el trazo se corta en cualquier lado, lo que podía llegar a ser gemido, germen o gesto queda abandonado en ge y yo intento poner pausas al pensamiento porque ya casi olvidé cómo se hacía. Lila dice que a ella a veces se le descontrolan los pensamientos y no sabe qué hacer. La voz ya no cuenta chistes sino historias de terror sacadas de libros infantiles que todos alguna vez leímos. La voz sobre la voz del cuento dice


vamos a la plaza, la voz, más allá, dice dale, vamos, yo digo, esta vez sí alcanza a ser la voz, vamos. Los tres nos ponemos de pie, tres figuras se ponen de pie, las otras cuatro se quedan ahí, sentadas o acostadas, escuchan el cuento como si nunca antes hubieran escuchado ninguna cosa, las figuras de pie se quedan quietas de cara al río hasta que juntos, en una media vuelta de coreografía, caminan con dificultad mientras los pies enzapatillados se hunden en la arena blanda, suben los escalones, a medida que se alejan de la playa y se acercan a la calle de asfalto y con faroles ya no hay siluetas ni hay una voz. En silencio caminan las tres cuadras que los separan de la plaza del pueblo y se sientan uno a uno en efecto dominó sobre un banco destartalado, ella piensa en qué pasaría si el mundo acabara ahora. Quedaría la plaza, tiene que quedar la plaza.

Quedaríamos nosotros en la plaza, en el banco de plaza. Los tres muy juntos en el banco para dos. De cara a la calle que será la nada el vacío blanco o a cuadros grises y blancos como imagen sin fondo. Los tres de cara a la nada; la plaza perfecta y cuadrada suspendida sobre nostalgia cuadrillé. Lila se fue hace casi dos meses y ninguna noticia, esta hija de puta siempre igual,

dice Julián cuando yo digo, así, de repente, hace casi dos meses que no sé de Lila. Le pregunto por qué se enoja tanto, Julián pregunta por qué no, después dice porque con ella nunca se sabe, porque no piensa, porque siempre igual. Lila se fue hace casi dos meses y yo me enteré de casualidad, porque sí. Esa mañana me levanté temprano, tempranísimo, apenas salía el sol. En la cocina, Lila, vestida de viaje, de hippie, con mochila gigante estacionada junto a la puerta de servicio dice buen día. Medio dormida, los ojos ni siquiera abiertos del todo, le pregunto qué hacés. Me voy, dice Lila, se adelantó el viaje, si llegamos antes del jueves podemos llegar para el festival. Con cara de nada digo qué bien. Lila sonríe tanto que la boca va a salírsele de la cara. Nunca mejor, dice, y yo hago fuerza para pensar qué bien pero pensarlo en serio. La plaza está iluminada, Gabriel patea una piedra, Julián patea otra, yo pateo otra y digo gané. Juez Gabriel se pone de pie, camina hacia las piedras, se agacha un poco con los brazos en jarra y dice ganaste. Vuelve al banco. Es para dos y cuatro rodillas se rozan. Me recuesto sobre el banco. Ella se recuesta sobre el banco. Desde atrás, tres figuras en perfecta simetría. Busca, busco, mi constelación, con tanta luz le falta una estrella, la última estrella que dibuja la mano del hombre que grita gol, no sé si en el sur mi constelación tendrá más detalles, no sé, seguramente, seguro que sí. 07


M

e despierto en cama ajena, cuarto ajeno y en otra ciudad. Vestida con botas, jean, remera, chaleco y saco, no sé bien por qué estoy sola debajo de sábanas y frazadas que se suman para combatir el frío y la luz hiriente que entra por el ventanal sin cortinas. Si trago puedo sentir el recorrido de la saliva al bajar por la garganta: estoy por enfermarme, o ya me enfermé. Mientras me siento en la cama, saco la lengua para sentir que el dolor de garganta sigue ahí y miro en el reloj digital de mi celular: 9.08 am. Vuelvo a escuchar los gritos de ayer de vos sos de cuerdas y yo de viento. Me aparto el pelo de la cara, bostezo y pienso que Julián es un idiota. Eso debería haberle dicho: sos un idiota. Retengo ese pensamiento mientras voy al baño, hago pis, improviso un cepillo de dientes con el dedo índice cubierto de pasta dentífrica y me miro al espejo con ojos chinos. Con la casa iluminada y en silencio, vuelvo a entrar en el cuarto y hago la cama: estiro con dedicación cada pliegue, como si me vigilasen, como si hacer la cama fuese un arte. Ayer no me interesaba participar de la mala película dramática que proponías, por eso me fui. Me tomo un Ibupirac sin agua, me atraganto un poco, suelto un sonido de gatoahogado y vuelvo a acostarme, todavía vestida, ahora sobre la cama recién hecha. En la biblioteca del cuarto, su único estante a medio llenar, la curiosidad de descubrir -junto a dos o tres libros de arquitectura-, al menos ocho obras de Roberto Arlt y nada más. Al momento de ver esos libros encuentro el gemelo del que llevo en la cartera y se plantea sola la pregunta: ¿Qué clase de persona estudia arquitectura, lee sólo Roberto Arlt y duerme sin cortinas? 08

* * * Llego a casa de madrugada y encuentro todas las luces encendidas, lo que me provoca esa clase de miedo que surge cuando el detalle más mínimo de la rutina más básica cambia sin aviso. Me acerco a papá, que está bajo al menos 150 Watts de luz artificial, le acaricio la frente y le doy el termómetro que minutos después marcará 38,5°. Vomité todo, estuve a punto de llamarte para que vinieras, dice. Y yo, de pronto culpable por mi felicidad anterior, ya lo veo vomitar sentado en el piso del baño con el celular a punto de llamarme para que lo ayude pero no. No sé qué hacer pero actúo las frases que hay que actuar tomá agua, abrigate, esas cosas. Papá es alérgico a la aspirina -no puedo darle Ibupirac-, cuando sin Ibupirac nunca le va a bajar la fiebre. Me dice cualquier cosa te aviso y recuerdo todos los cualquier cosa te aviso que yo le dije durante toda mi vida y que hasta ahora nunca le había escuchado a él. Cansada y algo borracha, bajo las escaleras y me encierro en mi cuarto a madurar la culpa. * * * Salgo sin preguntar nada. A las 12.34pm, las calles de La Plata iluminadas y quietas, se entibian de a poco bajo este sol de invierno, un set de película fuera del horario de filmación. Camino hacia la antigua estación de tren que, imponente entre los árboles, se empeña en respetar la típica imagenpostal que nadie tomó. * * * Papá irrumpe en el hall de casa de pisos de madera. Mamá sale a su encuentro y él, aunque sin disfraz, se parece más que


nunca a Papá Noel. Yo de seis años y papá arrastra una valija dos veces más alta que yo. Él mira desde lo alto y ríe. Me hace esperar quietita y callada frente a él mientras tira al suelo ropa sucia que saca de la valija. Y entonces, al fin, luego de la espera insoportable, desenfunda los patines de cuatro ruedas más hermosos del mundo, de un violeta oscuro repleto de estrellitas blancas y plateadas, de ruedas verde agua, esos que llevan en su centro a la hermosa Jazmín, princesa de Aladdino, dentro de un retrato oval que la muestra -entre sus manos la lámpara mágica del genio- bien peinada y sonriente. * * * El bar no tiene más de siete mesas, y el poco espacio sobrante es ocupado por una banda que, con charango, guitarra, bombo, sikus, y flauta, interpreta los mejores y más conocidos temas del folklore local. El piso del lugar está cubierto por una fina capa de cáscaras de maní, y de las paredes cuelgan todo tipo de objetos regionales. Los cuatro nos ubicamos casi en fila detrás de una mesa. Con Julián, que está en la otra punta, nos miramos con la curiosidad de quienes recién se conocen, y de quienes se conocen en una situación excepcional. Lo único que sé de él, por ahora, es que toca la trompeta y que hoy a la tarde leía Rayuela. Todavía no se bien qué pienso de él. Busca cervezas, vino; se levanta, va al baño y vuelve a sentarse, todo varias veces. En algún momento la ronda de sillas lo deja junto a mí y pregunta qué música escuchás. Pregunta que, sin duda, está entre las primeras dentro de mi ranking de preguntas de mierda para hacerle a alguien. Quisiera volverme invisible. Reformula su pregunta y hace un comentario

sobre música clásica; a todo respondo que sí, y hasta menciono a Tchaikovsky, a Rachmaninov, qué bueno. Dice algo así como todas las mujeres con las que hablé de música clásica sólo conocen a Beethoven. Hago un esfuerzo por considerar que con eso no quiere decir que las mujeres en general no sabemos de música clásica. Él mezcla vino con cerveza en un vaso y me da a probar. No está mal. * * * Papá no deja de llorar. Siempre llora por cosas que no entiendo. A veces pienso que soy yo, y eso que nunca lloro. Mamá tampoco llora, entonces pienso que él debe llorar por los tres. * * * A las 12.45 pm paro en un kiosco a comprar algo, lo que sea. Me llevo un jugo gigante para bajar unas galletitas que no como porque no tengo hambre. Estoy enferma. Entro en la estación y cruzo a toda velocidad las vías que pasan debajo de un gran cartel que dice prohibido cruzar las vías. * * * Julián habla mucho, demasiado, para ocupar todo el espacio. El problema es que no me importan los silencios; es más, me gustan. Le digo nos haría bien ensayar un rato a cada uno por su cuenta. Él me pide que toque algo desde el corazón, y lo dice así: tocá desde el corazón. Yo sigo sin decir nada porque no se toca desde el corazón, se toca con las manos, con la cabeza, con los ojos si querés. Miramos una película y nos llenamos la boca con comida y cigarrillos, todo para no escucharnos. La gente, aunque no me gusta 09


hablar de la gente -pero a veces sí es la gente y punto-, dice que hay que entender que todos pensamos distinto. Es mentira, nunca somos capaces de admitir que los demás puedan pensar distinto. Así entramos en discusiones imposibles en las que repetimos vos decís que estoy equivocado porque no me entendés, si entendieras lo que te digo me darías la razón. Es mentira, yo te entiendo y no tenés razón. Ordeno las colillas y las cenizas acumuladas por todo el living. Me pregunto si es visible el punto en que lo nuevo se vuelve rutina. Cierro los paquetes de galletitas con cinta adhesiva y vuelvo al sillón, a la tele. * * * 1.00 pm y el tren sigue en la estación. Por la ventanilla, el paisaje que no avanza ni retrocede. Un hombre camina entre los vagones con una canasta de panes caseros. Lo veo gritar ajeno a mi mundo auricularesmúsica. * * * La casa no tiene ni siquiera hall de entrada. Tengo que jugar en el living, porque en mi cuarto no entra más que la cama y el placard. La pared frente a la puerta es de pizarrón y entonces puedo dibujarla todo lo que quiera sin que me reten. En el balcón hay una Pelopincho redonda y chiquita; yo si quiero me baño, y desde ahí miro toda la ciudad. * * * Julián me invitó a salir varias veces hasta el día en que me harte de las excusas y accedí. Miro el viejo placard y busco, me pruebo cosas: no tengo qué ponerme. 10

Quisiera ponerme cualquier cosa y no puedo, porque cualquier cosa me queda mal. En la esquina de Scalabrini Ortiz y Corrientes lo encuentro sentado -casi acostado- en la vereda. Nos miramos: lejos de bombos y charangos no es tan fácil reconocerse. Recuerdo las caminatas por las calles de tierra del norte y pienso esto es cualquiera, qué hago acá. Terminamos sentados en una heladería, yo banana split y menta granizada, él sambayón y crema del cielo. * * * Sola en el vagón, rodeada de asientos purafelpa gastada y roja. Faltan tres estaciones para llegar y el reloj marca las 2.45pm. No tengo apuro. Suena fuerte el invierno de Las Cuatro Estaciones de Vivaldi a cargo de la Orquesta Barroca de Venecia. * * * A los seis años papá me mostró el lugar secreto adonde ahora, hace ya la misma cantidad de años, vamos juntos los fines de semana. Un escondite especial, ideal, con los pisos lisos del estacionamiento vacío que permiten patinar durante horas, de acá para allá, como uno quiera. Papá sabe patinar también hacia atrás y en zig zag. * * * En Constitución, la gente corre espantada hacia todos lados, ansiosa por bajar. Yo espero sentada en uno de los bancos del andén. No quiero irme. Según el antiguo reloj de la estación, son las 3.36 de la tarde. Veo llegar dos trenes más hasta que por fin salgo otra vez a la calle.


* * *

* * *

Él grita, y yo no digo nada. Me gusta el silencio. Ahora se acumulan las cenizas y la suciedad. No voy a gritar, juro que no. Julián, lagrimas de bronca, habla y habla como siempre. Pienso en todas las cosas buenas, pero de todos modos las malas pesan más.

No sé por qué voy a La Plata, donde nadie me espera. A veces basta con apenas la ilusión de escapar de la ciudad. Salgo a la calle con lo puesto, camino llena de frío y cansancio hacia la parada del 129. En la cartera sólo guardé El amor brujo que cargo para todos lados sólo para sentir que sigue ahí. Quisiera saber qué día se volvió tan difícil pensar. Durante los 45 minutos de viaje, veo pasar las luces de los autos por la autopista y nada más.

Él vuelve a decir vos sos de cuerdas y yo de viento en la circulación atolondrada de palabras, antes de buscar su mochila en la que mete ropa arrugada. Desde un rincón, miro un poco más: él, nuestra casa, nuestros muebles. Y entonces digo: me voy yo, de verdad necesito irme. * * * A través de las paredes como de papel le pregunto a papá en qué pensar antes de dormir. Nunca sé qué pensar y siempre pienso primero en cosas feas. Él, ahora desde una silla junto a mi cama, me lee cuentos. Que piense en eso, dice. Cuando ya no hay cuentos inventa historias. Hay una de un hombre que se ata al mástil de su barco para salvarse del canto de las sirenas; otra de una mujer con cuerpo de león y alas de pájaro, que hace adivinanzas a todo aquel que quiera entrar a la ciudad que ella vigila; y otra… hasta que me quedo dormida. * * * El colectivo 60 aparece rápido, pero yo subo despacio y la fila se aplasta detrás de mí. Pago el boleto y me ubico al fondo, junto a la ventana, cerca de la puerta. Hasta cierto punto del recorrido nunca sé muy bien dónde estoy, y un rato después ya estoy en mi barrio. Toco el timbre y a las 4.22pm piso otra vez la vereda. En tres cuadras llego.

* * * Abro la puerta a mi casa en calma; la luz de un débil atardecer entra por la única ventana del living. En mi celular no hay llamadas perdidas son las 4.50-, y el teléfono de línea está desconectado desde hace mucho. Miro la agenda de cuero apoyada en el estante de una mesa baja. Ya nadie usa agendas. En una caja, cerca de la puerta, todavía quedan algunas cosas de Julián, pero hoy me importa un poco menos. En la cocina abro la heladera por inercia y no agarro nada. Tomo otro Ibupirac. La cama de la habitación está hecha; siento que pasaron años desde la última vez que dormí acá. Vuelvo a la cocina para pasar al lavadero y agarrar una de esas escaleritas plegables que se hacen sillas, o sillas que se hacen escaleritas. La arrastro hacia el cuarto y, parada en puntas de pie en el último escalón, reviso el compartimento superior de mi placard. Al fin encuentro una valija polvorienta que tiro al piso desde las alturas. Bajo y escribo en la pantalla vacía el mensaje: Viejo, preparame el almuerzo, llego mañana al mediodía, un beso. 11


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Ariel Pichersky (Ari)

¿Qué Andrea? ¿Bocelli? ¡Ah! Sí… la conocí en la ruta. Se me quedó el auto y me puse a hacer señas para que alguien parara. Estaba medio solitario el tema, pero de repente paró alguien. Resultó ser Andrea. Le pedí que me prestara la rueda de auxilio, pero me ofreció llevarme hasta la estación de servicio más cercana. No, no se usaban mucho los celulares en esa época. Pegamos buena onda, me llevó a la estación y ahí llamamos al ACA. Sí, la sigo viendo… me invita todas las navidades. Ninguno de los dos festejamos. Comemos un chori en la costanera que es lo único que está abierto.

Horacio Rubio (Hori)

Yo fui a una sola fiesta de quince, en lo de la abuela de la cumpleañera. Ella era la prima. No hablé nada porque era muda, pero parecía simpática, qué se yo, no me acuerdo mucho, éramos chicos.

MarIA Emilia Herrero (Memi)

Sí, Andrea… era compañera mía del colegio. Insoportable. Hoy me hizo la vida imposible. Es demasiado contestataria, nada le viene bien. Está todo el tiempo buscándole la vuelta a todo. Me llevo mal la verdad. Nunca fui a su casa, la veía en el colegio.

Guadalupe de Vedia (Guada)

Andrea, una genia. La vi en el recital de Roger Waters, fue sola, como yo. Sé que era ella porque un viejo de esos rockeros, rockeros, fanático de Roger Waters, gritaba “¡Andrea!, ¡Andrea!” y ella se hacía la boluda… pero yo me di cuenta. ¿Memi no se la banca? ¡Yo quiero ser su amiga! ¿Me la presentan?

Dardo Chiesa (Papo)

Andrea era mi vecina, vivía arriba de mi departamento. Era simpática. Después

se mudó porque se casó. Hace tiempo que no la veo, parece que el marido no la deja salir mucho. Tenía un único defecto: fumaba mucho.

TomAs Romano (Tomi)

La vi en el subte una vez. Yo me fijo mucho cómo va la gente vestida y Andrea me llamó la atención. Estaba con un sobretodo, el subte explotaba, hacía mucho calor ahí adentro. Me acerqué y le pregunté qué hacía con un sobretodo ahí. Primero se presentó, lo cual me pareció raro, yo no le había preguntado el nombre. Después me explicó que a ella le encantaba probar asientos con distintas texturas. Que ella no viaja en subte, pero que quería probar los asientos de subte con la tela de ese sobretodo. Me llamó la atención que iba parada…

Diana Prudhomme (Diana)

que colgade me re olividé de contestarte sobre mi encuentro con Andrea! Ahora te cuento! Como sabias la encontré mientras ella estaba viajando por Europa. Me dijo que quería probar toda la comida del continente! Nos vimos por primera vez, ella estaba comprando “baguette” en una panadería de Paris. Yo estaba haciendo una vuelta a lo de mis padres y tuvé una conexión con el tren en Capital. Como tenía 2 horas para esperar a la estación de tren, salí un poco para dar una vuelta en la ciudad y comprar algo dulce para comer. Cuando llégué estaba ella tratando de hacerse entender con su francés aproximativo! Yo tenía el mismo español que ella tenía su francés pero logré a ayudarla a comprar el pan y charlamos un rato con lo que sabíamos de la idioma de la otra. Allá me contó que estaba viajando por toda Europa. Eso ya lo sabes. Nos hicimos amigas de una hora y luego volví a la estación, para tomar un tren. No seguimos de contacto pero me encantaría saber de ella... 17


E

n el súper regalaban algo así como yogurt para el tránsito lento. Las muestras gratis de los remedios se las dan solo a los médicos, por ley. ¿Te pensás que voy a creer que esa pendeja de 23 años y mechitas violetas con una gomita de Hello Kitty terminó la carrera de medicina en tiempo record? Es obvio que me estás cagando, campeón. Esto no me hace cagar ni a ganchos, me la hubieses disfrazado de enfermerita al menos. O dásela al bigotudo de la farmacia y ponele luces de colores alrededor, o que ganchito-Hello-Kitty le cebe mates al lado en tanga. No sé, arreglatelás, pero no me desafíes a tomar algo para cagar ahí en pleno super. ¿Mirá si funciona? “Probá, es rico” ¡Conchudo! Ya te escuché que no es sólo yogurt. Ok, te creo. ¿Feliz? Metete todas tus cajitas en el orto y cuando compruebes si te hacen cagar, son ricas, medicinales o saludables… recién ahí, andate bien a la concha de tu hermana por hijo de puta, chamuyero y cojeviejas. Perdón, me exalté. Que le preste el lápiz me pidió. Que le preste el lápiz que le presté y que le hubiese prestado aunque no me pidiera que le prestara. Escribí yo primero para no quedar como desesperada por prestarle el lápiz. Sería raro que le preste el lápiz sin llenar primero mi formulario. ¿Cómo se llamaba? De la R a la Z, seguramente, por el día. No eran más de 5 letras. Ruiz, creo que era con Z, como lápiz, sí, Ruiz. Matías o Martín… No, Martín, como Tincho. Sí, Martín. Un lápiz menos para Andrea, uno más para Martín Ruiz. Ya nos volveremos a cruzar, Martincito…

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Desde que sé lo que son los injertos le puedo pedir peras al olmo. A veces creo que la lectura tendría que ser simultánea con otro conectado tipo Wi-fi. Sí, ya sé que se puede leer en voz alta, gil, pero la onda es que cada uno lo haga solo, a partir de su percepción personal, pero compartiéndolo con otro… Claro, el cine. Bueno, pero no es lo mismo… digo onda, poder imaginártelo distinto pero a la vez… ponerle tu propia voz, o ninguna… no sé. Hay limitaciones que me gustaría poder superar. Por ahí leer a la vez… pero que el esfuerzo lo haga uno, de a turnos. No, ya fue, no busques respuesta porque no… si existiera no me molestaría la situación, y si fuera tan fácil se habría inventado algo. Creo que sólo me gustaría una solución que te permitiera hacer algo que no se pueda hacer hoy, que no se conciba hoy… A veces tengo ganas de unir las venas de la muñeca izquierda con las venas de la muñeca derecha. Raro, ¿no?

Me pidió que le preste el lápiz que le presté y que le hubiese prestado aunque no me pidiera que le preste el lápiz que le presté y que le hubiese prestado aunque no me pidiera que le preste el lápiz que le presté y que le hubiese prestado aunque no me pidiera que le preste el lápiz que le presté y que le hubiese prestado aunque no me pidiera que preste el lápiz que le presté y que le hubiese prestado aunque no me pidiera… Podría estar todo el día así. Es genial.


No entiendo por qué no hay dos personas con las mismas huellas digitales. Entiendo que se puede dar de millones de maneras distintas, que depende de un montón de variables genéticas, etc., etc., etc… pero yo creo en las casualidades. Es muy improbable que las casualidades no se den nunca. Cuando la gente dice que no cree en las casualidades porque todo tiene un por qué, no inhabilita la posibilidad de que dos por qué distintos, causales, den como resultado una coincidencia inesperada, una casualidad. No sé, sigo sin entender… estoy convencida de que en este momento hay dos personas (o más) que comparten las mismas huellas digitales exactas, y que simplemente se debe a una casualidad muy improbable, pero finalmente posible. Más improbable es que no existan excepciones. Los prejuicios actuales se ven muy claros cuando estudiás la cultura clásica. Hay un joven Virgilio que promete mucho. Me cae bien Diana. Es increíble la Eneida. Me voy a dormir, es tarde. Quiero pasar a la historia como la mujer que salvó a todos los niños llamados Miguelito de un hospital en llamas. Tantos Miguelitos debiéndome su vida y obra. Juan, un chico que conocí casualmente en el patio de Puán  470, me dijo que la teoría de Saussure le resultaba demasiado platónica. Le pregunté por qué y me respondió que tal vez un poco, no tanto. Insistí en la causa y me contestó que no hay motivos, que es una sensación que le causó. Inquirí sobre el origen de esa impresión y me dijo

que en este momento no tenía tan presente la teoría saussureana, que sólo recuerda esa sensación que le provocó en su momento. Yo creo que Juan es demasiado empirista. La mayor satisfacción que tengo es comer dulce de leche y fumarme un cigarrito a media mañana. El dulce de leche me engorda, el cigarro me mata. Que aprendan los giles. Cuando la puerta se abrió apareció un… conejo. En realidad la que aparecí fui yo, porque él ya estaba ahí. Pero me gusta creerme un poco Alicia y me propuse seguirlo. El conejo se quedó ahí, así que decidí sentarme. No fue tan grave hasta que se me acabaron los cigarrillos. La reunión podía esperar, pero mi ansiedad no. Entonces entendí: era una invitación. Empecé, de a poco, agachándome, poniéndome medio en cuatro patas, medio en dos, como los conejos. Movía la nariz como oliendo con apuro, mostrando los dientes. No saltaba. Él. Yo al principio sí que saltaba. Pero al rato me cansé y decidí rendirme ante la realidad empírica. Ese conejo no saltaba. En ese momento ningún conejo saltaba. Era una realidad fáctica y yo no era menos conejo por eso. Era tanto o más conejo que lo que nunca nadie había sido, que lo que nunca nadie fue. Mis ganas de fumar me ganaron. Me fui hasta el quiosco convencida de que cuando volviera, por la noche, el conejo ya no estaría ahí. Tal vez era la invitación que necesitaba para quedarme de este lado del espejo. O tal vez, simplemente, lo había vomitado una vecina. Caída Libre. 19


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HOW I MET YOUR MOTHER por Julio Cortázar

P

ocas veces la mediocridad de una serie pudo aludir con más decoro a la naturaleza humana. Una vez sobrepasada la exasperación de exasperaciones, esa toma de conciencia del propio disfrute ante el pecado, es posible afirmar (y sostener, con la mirada firme y los hombros rectos) la grandeza que despliega. Escribo lejos del conocimiento preciso que requiere un análisis serio y minucioso (la verdad muchas veces oculta en la mirada ingenua, apenas infantil), no habiendo llegado siquiera a la mitad, detenido provisoriamente a comienzos de la quinta temporada, observo como todos los personajes han sido víctimas de la ineludible degradación que este siglo borderline impuso a tantos productos y productores. Sin embargo, y si bien todavía no he resuelto si se trata de esas series perdurables en los cafés vespertinos o de esas que se esfuman pocos instantes después que cualquier cigarrillo, es esa incertidumbre, esa duda respecto al verdadero gusto y la aparente fragilidad de las nociones estéticas que, como antítesis demasiado similar a lo que significa Arlt para la literatura nacional, me enfrentan conmigo mismo en ese enfrentamiento esencial que permite la comprensión más pura. Sin dejar nunca de recaer en la conciencia nostálgica de lo que fue alguna vez el libro,

observo en la pantalla y reconozco en los personajes, con más claridad en el de Stinson, esa faceta más primitiva, tanto mía como suya, que mezcla humana, demasiado humanamente, odio y fascinación. Aunque apenas más difícil de atisbar, existe a su vez un aldrinismo sutil que se asoma a la superficie en contadas pero claras ocasiones, comentarios como space porn, que podrían salir de labios cualquiera, salen de los de Aldrín y remiten, nunca dudarlo, a un Buzz que siempre está allí (dicen, sin entrar en detalles porque allí reside el encanto del rumor, provocando la justa medida entre curiosidad y descreimiento, que Buzz acabó en la NASA una vez probada su incapacidad para disciplinar prescolares). Como ya expuse alguna vez, y a pesar de que la idiotez, también expuse, me parece un tema muy desagradable, vuelvo a reconocerme como un idiota fácilmente conmovido, porque, para quienes no sepan de que hablo, la idiotez no es más que eso de entusiasmarse todo el tiempo por cualquier cosa que a uno le guste. Debo reiterar también, si de reiteraciones se trata, que escribo lejos de toda referencia, desde la observación acrítica de aquel que todavía no completa la obra, y desde este lugar pretendo seguir conmoviéndome, a partir de la sinuosa misión de desentrañar la humanidad en un mal chiste, y así siempre. 21


La secretaria de Franz.

ranz intenta llamar por teléfono a F la editorial de Julepe pero sus dedos son tan cortos y regordetes que los números resuenan todos juntos en una sinfonía robótica difícil de soportar. Llamá vos, me dice, y como siempre, por costumbre, por tratarse de él, o porque ya no conozco otras formas, no me tomo a mal que ni siquiera pida por favor. Llamo a la editorial, dicen que si Franz quiere un club va a tener que organizarlo, corto el teléfono y le grito, sin forzar tanto la garganta gracias a la delgadez de estas paredes, que si quiere un club va a tener que organizarlo, a lo que él responde, ingenua de mí, para eso tengo una secretaria como vos. El Club de Franz tiene que ser el mejor club de todos, así que escribo en la hoja de Word que El Club de Franz es el mejor de todos los clubes, después escucho el zumbido de la pava y a Franz decir que tenga en cuenta sus oídos sensibles, que me acuerde de sacar la pava antes del primer hervor. El club de Franz es para cualquiera que quiera enfrentarse al desafío de los grandes disparadores, ser nombrado Rey es sólo para aquel capaz de dominarlos con destreza sobresaliente. Repito esta frase en mi mente mientras lleno el termo, tengo miedo de olvidarme alguna palabra, me suena tan magnífica, tan imponente, tan digna de Franz, que no puedo dejar ni una sola letra afuera. Con el mate tambaleando en una mano y el termo en la otra, corro hacia mi escritorio y justo después de la palabra “clubes” escribo el club de Franz es para cualquiclubdefranz@metejulepe.com.ar ¡Es ahí! ¡Mandá que es en serio! 24

era con ganas de enfrentarse al desafío de los grandes disparadores, ser nombrado Rey es sólo para aquel capaz de dominarlos con destreza sobresaliente. Agrego el “con ganas” porque suena más simpático. Atrapar al lector con la elección exacta de palabras es lo que Franz siempre repite y desborda de razón. Todo depende de la elección de las palabras. Pero Franz, en su rectitud sofisticada, es también un ferviente demócrata, así que, escribo, el Rey del club, el de destreza sobresaliente, no puede consagrarse como Rey dos veces seguidas. En cada entrega, escribo también, Franz seleccionará -cuidadosa, analítica, matemáticamente-, un disparador (un título, una idea, una consigna, una pregunta), en el día de la fecha, a partir de este mismísimo número, lo invitamos a usted, lector de Julepe, a escribir, a plasmarlo todo, en torno a... Franz interrumpe el fluir de mis pensamientos, de mis dedos, de mis letras y dice pero qué cosa todo el tiempo ruidos, yo no escucho ni hago ruido pero igual pido perdón, Franz golpea la mesa con el puño y me grita que está cansado, harto dice, harto, de que su casilla de correo esté llena de tanta mierda, me grita que haga algo, hacé algo, esto no puede ser, no puede ser, hace algo, Dios mío, de dónde viene, qué origen tiene tanto Spam. Franz soltó la pregunta y qué mejor que inaugurar este Club que con una pregunta tan espontanea, tan íntima, tan pulsional, yo le pregunto, en nombre de Franz, lector, ¿de dónde viene el Spam?

Bases y eso: máximo 700 palabras coherentes y en castellano. Listo.

Ah, y no demandarnos: los mejores textos serán publicados en la revista.


ientras toma la última gota del úlM timo trago de whisky, Fernando abre el correo electrónico con la vana espe-

ranza de que ella, la musa de sus poemas, la que juró amor eterno y enseguida se fue con otro, hubiese respondido el correo enviado por él esa mañana, donde le decía, de forma elocuente, con palabras exactas y oraciones precisas, que por favor volviera, o cuanto menos aceptara tomar un café. Y mientras escribía, Fernando pensaba que ella, conmovida por la lograda prosa, iba a responder aunque sea con un escueto no tengo ganas o un para qué; sin embargo, al abrir la bandeja de entrada, en lugar de encontrar una respuesta, encuentra una publicidad donde le ofrecen Viagra de primerísima calidad. Fernando piensa, con todo el dolor del mundo, que el mundo está lleno de hijos de puta, ¿qué necesidad?, mandarle justo a él, una persona sola y deprimida, arrodillada a los pies de una mujer diez años menor, un correo electrónico donde le ofrecen una pastilla que, a todas luces, resulta innecesaria. El correo, enviado por un tal Thomas B., se titula: “un hombre con el pene pequeño no es un hombre al ciento por ciento”. Fernando quiere responderle con algún insulto, y lograr de ese modo que la bronca no se mezcle con el dolor, la angustia y el espanto, para luego transformarse en un tumor que, de seguro, lo conducirá a una muerte lenta. Prefiere, en cambio, enviarle otro correo a ella; y esta vez, piensa Fernando, que se vayan al carajo la prosa, las metáforas y las comas bien colocadas, ¿qué más da?, perdido por perdido es mejor mandarle un correo insultante a alguien que, a pesar de que no responderá, por lo menos va a leerlo, mientras que Thomas B., sin dudas un nombre ficticio, inventado por algún mafioso en alguna ciudad china, vende un Viagra falso a pobres tipos desesperados, sin novias, sin ni siquiera ex novias, que colocan el número de sus tarjetas de crédito en un sitio web para que, en el arrebato de la depresión y al borde de la soledad más absorbente, cuando llamen a una prostituta, puedan mantener una erección; en cambio, piensa

Fernando, yo no soy un tipo desesperado que compra Viagra a mafiosos chinos, o no quiero serlo, no todavía, por eso mismo me niego a responder, porque sólo un completo fracasado podría caer tan bajo. Pero ella tampoco responde a los insultos, por lo cual Fernando, poco a poco, pierde la fe y desea que Thomas B. le mande otro spam, tan sólo para comprobar que, allá afuera, existe alguien que contesta a sus llamados. Y eso ocurre a los pocos días, con otro spam de Thomas B., esta vez titulado: “los hombres con penes grandes van al cielo”. Entonces Fernando, luego de sonarse los nudillos, prender un cigarrillo, llenar un vaso con whisky, sacarse los zapatos y ponerse un overol, tal como, según había leído, hacía Gabriel García Márquez antes de empezar a escribir, redacta una respuesta, que más que una carta es un poema, que más que un poema es un ensayo acerca de la condición humana, donde habla, entre otras cosas, sobre la soledad que sufrimos aun rodeados de gente, una soledad tan fría que impulsa a un hombre anónimo en China, o vaya a saber uno dónde, a mandarle un correo a otro hombre, sin saber que ese hombre también tiene sentimientos, que de verdad existe, que es una persona con alegrías y tristezas, como todos, y no una mera dirección perdida entre muchas otras direcciones acumuladas en una lista de correos conseguida de la manera más oscura. Unos minutos después, recibe una respuesta del mismísimo Thomas B.; nada de spam, nada de publicidad: una verdadera respuesta. En ella, Thomas B. dice, en un perfecto castellano, que él también es víctima del spam, que nadie sabe de dónde provienen esos correos; tal vez algún dios cínico, una especie de HAL 9000, sabe con exactitud a quién mandarle spams en el momento justo, cuando la decadencia nos impulsa a cometer actos barbáricos. Fernando lee la respuesta de Thomas B. varias veces, hasta que, luego de beber el último sorbo del último trago de whisky, convencido de que todas las respuestas que no provengan de ella resultan un verdadero desperdicio, envía el correo a la carpeta de los marcados como spam. 25



Revista Julepe [#00]