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así, lo era. Maravilloso por lo que sintió, una de esas parejas que marcan por siempre. Más que una novia de juventud, una pareja de vida, con la que desearía todo. El hobby solitario quedaba fuera (ya no tenía que ser solitario). Mariel era su adoración. —Creo que nos haría bien dejar de vernos —escupió Mariel. —¿Cómo? —Sí, no creo que esté funcionando. —¿A qué te refieres? —A nosotros, no seas tonto y no hagas las cosas difíciles. Sabes a lo que me refiero. La verdad, o al menos algo parecido, es que no tenía ni idea de lo que ella quería decir. Creía que Mariel estaba jugando. Ese día, más temprano, habían ido al cine, cenaron lasaña y terminaron en su departamento, donde ella dormía cada fin de semana. Hicieron el amor. Estaban abrazados cuando ella dejó salir esa inquietud. —Sí. Tú y yo. No creo que sea bueno que sigamos juntos. No eran una pareja ideal y eso lo sabía. Mariel tenía arranques emocionales que dañaban mucho la relación. Su visión de la vida era complicada porque ella así lo quería y su relación estaba basada en la resistencia estoica que él mostraba. Y la amaba. Pensaba y atesoraba cada momento con ella, creía que era correspondido. Todo cambió. —No estás bien, Mariel. —No estamos bien. No supo qué responder. Uno no se queda solo a sus 25 años. Eso es algo que debe dejarse a personas de 50 años y que no han tenido una 28

Esferas—Issue Two  

Esferas is an undergraduate student and alumni initiative from New York University’s Department of Spanish and Portuguese. We are a peer-re...

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