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Al igual que en Francia, en este México a partir de la década de 1860, la prostitución no sólo es percibida por la sociedad mexicana como un sinónimo del pecado, sino que también comienza a entenderse como un problema de higiene que propaga la transmisión de enfermedades venéreas. Para frenar los contagios, el gobierno buscó regular y controlar este tipo de actividad. Con ello, se inició un periodo de tolerancia. En 1861 se expidió un reglamento que facultaba al ayuntamiento de la Ciudad de México para autorizar el establecimiento de burdeles. En los años posteriores se fue implementando en el interior de la República Mexicana. Como requisitos, las sexo servidoras debían inscribirse en un padrón, al hacerlo, se les entregaba una libretita con sus datos y su fotografía. Periódicamente, debían acudir a una revisión médica y entregar sus cuotas correspondientes a las autoridades.

Se puede suponer que los pagos al gobierno dependían de acuerdo con la belleza y los atributos de las llamadas "mujeres públicas": entre más bonita, más pagaba; algunas desembolsaban una cuota de un peso mensual, otras únicamente 50 centavos. La encargada de dirigir y coordinar las actividades en la casa de citas era la madame. Esta mujer debía tener más de 30 años y tenía prohibido recibir a muchachas menores de 16 años o que estuvieran casadas, y su función principal era asegurarse de que sus prostitutas cumplieran con todas las disposiciones que dictaba el reglamento.

Sin embargo, cuando se consolidaron los valores positivistas dentro de la sociedad mexicana, característicos del Porfiriato, la tolerancia oficial hacia la prostitución se esfumó. Posteriormente, se afirmaba que la ciencia demostraba que este tipo de práctica se podía entender como un fenómeno degenerativo que resultaba equiparable a la delincuencia y todos los vicios sociales.

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Mexico en siglo XIX  

usos,costumbres y tradiciones

Mexico en siglo XIX  

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