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LA MONEDA ESPAテ前LA DESDE EL SIGLO V HASTA LA GUERRA CIVIL.


CAPITULO I

LA MONEDA ESPAテ前LA: DESDE EL SIGLO V HASTA LA GUERRA CIVIL.


LA MONEDA HISPANICA HASTA EL SIGLO V La introducción de la moneda en la Península Ibérica se debió a navegantes griegos, que hacia la mitad del siglo VI a.C. fundaron las colonias de Empórion o Ampurias, hoy San Martin de Ampurias, y Rhode o Rodas, hoy Rosas, ambas en el Golfo de Rosas (Gerona) y distantes unos veinte kilómetros una de la otra. La primera, que conserva extraordinarios vestigios arqueológicos, fue establecida por griegos focenses de Massala, hoy Marsella, como punto de escala para la navegación costera y plaza fuerte para frenar el avance de los fenicios. Fue la colonia de mayor potencial económico de su tiempo, y en ella se han encontrado monedas griegas, principalmente acuñadas en Italia. Estas parece que circularon en la Península antes que en su lugar de origen, y sirvieron de modelo para los diseños de las monedas autóctonas. Las primeras acuñaciones de Ampurias se inspiraron en el sistema de una dracma de base babilónica, pero su peso disminuyo con el paso del tiempo. En su mayor parte, los anversos los ocupan cabezas de dioses o humanas, mientras los reversos presentan animales domésticos, delfines o jinetes galopando. Entre los años 200 y 100 a.C. aparecieron las dracmas de plata, con 4,9 g. de peso en un principio, que descendió hasta los 3,5 g. aproximadamente en las ultimas épocas. En los anversos se generalizaron las cabezas femeninas, y en los reversos predomina el caballo, unas veces parado, con la victoria encima, y otras alado (Pegaso volador), a semejanza de las monedas de Siracusa. La leyenda en griego Emporiton, visible en muchas piezas, disipa cualquier duda acerca de su procedencia. Rhode (Rosas), destruida hacia el año 197 a.C. al sublevarse contra los romanos, parece que acuño monedas por breve tiempo. Su producción –dracmas, calcos y hemiobolos en plata- se caracteriza, en el anverso, por la cabeza femenina mirando a la izquierda. En el anverso se aprecia una rosa vista por debajo. La leyenda, cuando la hay, se sitúa delante del rostro del anverso, y consiste en la palabra griega Rodeton. De las dos producciones se conocen imitaciones indígenas de la misma época, en las zonas de influencia de los asentamientos griegos. Sus acabados son toscos y de inferior calidad, en cambio, las piezas de ascendencia directa griega destacan por su grabado y por la belleza propia de la escuela de Siracusa. En cualquier caso, estas acuñaciones dieron origen a la producción ibera, que se extendió por el interior de la Península, principalmente por el norte y por la cuenca del Ebro. LAS MONEDAS CARTAGINESAS Y FENICIAS Paralelamente, en el Sur-Sudeste, con el asentamiento de los cartaginenses en la Península, procedentes de África y como consecuencia de la Primera Guerra Púnica, circuló una nueva producción monetaria consistente en estateras de oro, siclos de plata y calcos de cobre, en una con para después adquirir carácter propio con el establecimiento de la capital, Cartago Nova, y la apertura en ella de una ceca. Las cabezas de Tanit, Heracles, Adonis y Marte mirando a la izquierda configuran los anversos, y la proa de una nave, la palmera y el elefante, principalmente, los reversos. Los módulos son de mayor tamaño y peso que los de las monedas grecoibericas, y como característica generalizada carecen de leyenda. La datación abarca de los años 235 al 200 a.C. en el sur de la Península, los fenicios, atraídos por las riquezas metalíferas de la zona, habían establecido asentamientos en Agadir (Gadir, Gades, Cádiz) hacia el año 1100 a.C. fue un pueblo que tardo muchos siglos en utilizar las monedas. Su sistema de trueque se efectuaba en lingotes de metal, y en la Península aparecieron sus monedas hacia el año 300 a.C., para desaparecer hacia el año 100 a.C., con la dominación romana. Sus unidades son similares a las de Ampurias y Rodas, derivadas del sistema babilónico, y se acuñaron en plata las mismas equivalencias y en cobre los calcos. Su factura es sencilla, más bien rudimentaria. En sus anversos se representa la cabeza de Hércules cubierto con una piel de león o la medusa de frente, y atunes y delfines para los reversos. Las leyendas son en alfabeto fenicio. Además de Cádiz, hubo otras ciudades fenicias en el Sur, pero debemos consideran un asentamiento en particular, el de la isla de Ibiza (Ibisim, Ibosim, Pytusa, Ebusus). Parece que los fenicios la ocuparon en el siglo VII a.C., y por ella pasaron griegos, romanos y cartaginenses, de ahí


las diversas denominaciones. Después de las guerras púnicas paso a ser federada de Roma, pero con anterioridad, y al mismo tiempo de Cádiz, entre los años 300 y 100 a.C., acuñó dracmas, trióbolos, calcos, etc., en plata y cobre. En el anverso figuraba el dios Bes, portando en la mano derecha un martillo y en la izquierda una serpiente, y los reveros se dedicaban al toro en diversas posiciones. Se trata de monedas de factura muy sencilla, con grabados toscos y primitivos, y generalmente sin leyenda. No se aprecia en ellas ninguna influencia griega. LAS MONEDAS IBERORROMANAS A diferencia de griegos y fenicios, que se establecieron en la Península con fines comerciales, los romanos irrumpieron como consecuencia de la Segunda guerra Púnica, y con el propósito de expulsar a los cartagineses. Entre los años 221 y 121 a.C. consiguieron controlar el territorio menos una pequeña franja en el norte, dieron al conjunto el nombre de Hispania y se inició el proceso de romanización. Esta se constata perfectamente en las monedas de la época: mientras las primeras monedas iberas, acuñadas en numerosas cecas, presentaban las leyendas en alfabeto ibero y se atenían al sistema griego, a medida que avanzaba la influencia romana se pasaba a acuñaciones bilingües y al sistema romano: denario para la plata y as para el bronce. Finalmente, las leyendas sólo se consignaron en latín. Las producciones ibéricas son tan abundantes que difícilmente pueden enumerarse, y lo mismo ocurre con las cecas, que pasaron del centenar. Pero si cabe diferencias tres zonas por sus características comunes: la zona Norte, que comprendería de Ampurias a Tarragona, adentrándose en la Península siguiendo la cuenca del rio Ebro hasta alcanzar a los vascones y la Celtiberia; la zona de la actual Valencia, con las cecas de Arce (Sagunto) y Saiti como pioneras, a las que siguieron otras; y por último, una tercer zona, que correspondía a la cuenca del Guadalquivir, donde se aprecias influencias púnicas y posteriormente romanas. En la primera zona, el anverso, prácticamente común a todas las producciones, presenta una cabeza varonil, a veces barbada, acaso una representación de una divinidad de Iberia, y en el reverso un jinete con lanza, espada, palma, etc., en movimiento. Hay alguna excepción de caballo sin jinete, y representaciones de lobos, delfines y algunas otras figuras en los reversos, pero son escasas comparadas con el “jinete ibérico”. Una ceca dentro de la zona se aparta de este estilo, Unticesen, que corresponde a la población indígena de Ampurias. En sus ases y demás submúltiplos, aparece en el anverso la cabeza de Palas, hija del dios Tritón, y en el reverso, en el exergo, la leyenda en ibero y, como motivos, el Pegaso, un toro embistiendo, o un león, lo que constituye una influencia de la colonia griega. En la segunda zona, en Arse (Sagunto), es escasa la producción con la leyenda solamente, y se nota la influencia romana es sus diseños: cabeza laureada o galeada de Roma para los anversos y proa de barco con la victoria encima para los reversos. Estos últimos se completan con delfines y conchas, y las leyendas pasan a ser bilingües, para ser en pocos años exclusivamente latinas. En Valentia (Valencia) los anversos llevan la cabeza galeada de Roma y los reversos la cornucopia y todas las leyendas latinas. En la tercera zona, el sur de Hispania, la variedad de los diseños concuerda con el número de cecas, por lo que cada una de ellas mantiene una línea diferente. En sus representaciones predominan las cabezas femeninas y los motivos agrícolas: arados, espigas, uvas, bellotas, palmas y toros, y también animales salvajes, como águilas, jabalíes, elefantes, delfines y atunes, sin que falten las representaciones simbólicas. Las leyendas sufren la misma transformación que en las otras zonas. No es frecuente la plata, y la mayoría de las producciones son ases y sus submúltiplos. Si la variedad de las monedas iberas no nos ha permitido extendernos en explicaciones, las propiamente romanas, con casi cinco siglos de producción, van a resultar muy difíciles de resumir. Durante el reinado de Octavio (años 27 a.C., a 14 d.C.), se acuñaron en Acci (Guadix), Bilbilis (Calatayud), Caesaraugusta (Zaragoza), Calagurris (Calahorra), Carteia (Algeciras) y Osca (Huesca), entre otras muchas cecas. En los reinados siguientes, de Tiberio (años 14 a 37 d.C.), Calígula (años 37 a 41 d.C.) y Claudio I (años 41 a 54 d.C.), se redujeron considerablemente las cecas: con Calígula a siete, y Claudio solo acuñó en Ebusus (Ibiza). Con este emperador concluyeron las emisiones


regulares de Hispania, y las monedas, romanizadas en cuanto a métrica y tipos, se importaron de los talleres imperiales, salvo raras excepciones. Una de estas, y que sería la última producida en Hispania, corresponde a las acuñaciones de Máximo Tirano, emperador rebelde proclamado en Barcelona, que acuñó plata y oro entre los años 409 y 411 a.C. Ante la diversidad de cecas y modelos, nos limitamos a la referencia a las acuñaciones que hacen mención a Hispania. Así, durante el reinado de Vespasiano (años 69 a 79 d.C.), se acuñaron áureos de oro y denarios de plata de procedencia incierta, con el emperador laureado en el anverso, e Hispania con rama de olivo y lanza en el reverso. Posteriormente, Adriano (años 117 a 138 d.C.), nacido en Itálica, actual Santiponce (Sevilla), hijo adoptivo y sucesor de Trajano, hizo acuñar áureos, denarios, sestercios y ases, representando su busto en el anverso y en el reverso a Hispania con una rama de olivo en la mano, en diferentes posiciones, posiblemente para recordar su lugar de nacimiento. Una de estas posiciones, la recostada, fue la elegida como modelo para las acuñaciones del gobierno provisional entre 1860 y 1870, y de ahí su denominación popular de la “sentada”. LAS MONEDAS DE LA PENINSULA DEL SIGLO V AL X. A principios del siglo V, los pueblos bárbaros entraron en Hispania como federados de los romanos. Ocuparon las antiguas provincias establecidas por Roma, distribuyéndose como sigue: los suevos y vándalos asdingios en Gallaecia (Galicia), los vándalos silingios en la Betica (Andalucía centro y sur), los alanos en la Cartaginense (Cartagena) y los vándalos en Lusitania (zona de Portugal entre el Tajo y el Duero). En el año 415, en el transcurso de una primera incursión de los visigodos en la Tarraconense, murieron asesinados el rey Ataúlfo, que se caso con Gala Placidia, hermana del emperador Honorio, y el sucesor de aquel, Sigerico, que solo gobernó siete días. Valia, el nuevo rey, pacto con los romanos y extermino a los alanos y a los vándalos silingios. De acuerdo con el pacto, los visigodos se retiraron de Hispania en el año 418. Su nueva aparición se produjo en el año 456 a petición de los propios romanos: el rey Teodorico II (años 453-466) derroto a los suevos y redujo el territorio de estos a Gallaecia y Lusitania. De regreso, estableció el grueso de sus tropas en Tolosa, y desde allí dio comienzo a su afincamiento en Hispania. Sus sucesores continuaron la política expansionista y redujeron a los suevos a Gallaecia, donde se mantuvieron hasta el año 585 en que, derrotados por Leovigildo, fueron incorporados al reino visigodo. LAS MONEDAS DE LOS SUEVOS. Conocidos los antecedentes históricos y la distribución territorial, podemos determinar que las amonedaciones suevas se produjeron en la actual Galicia y en el norte de Portugal. La situación de los talleres o cecas, como Tude, Senabria, Leione, Beriso y así hasta más de treinta, en muchos casos hipotéticos o por determinar dio una producción que imitaba las monedas romanas o bizantinas, y fueron su proyección hasta la invasión de los árabes. En un primer periodo imitaron los sólidos de oro (solidus) y las silicuas de plata de Honorio y Valentiano III, las del primero aun después de muerto. Más adelante, la acuñación se limitó al tremís o triente en oro, imitando los de los emperadores citados, y al final del reino suevo se tomaron como modelo las monedas de sus vecinos los visigodos. El peso oscila de 1,10 a 1,40 g. En el anverso tienen el busto imperial y en el reverso una cruz laureada. Por su corta duración como reino independiente, alrededor de un siglo y medio, las monedas suevas son muy raras y se tiene poco conocimiento de ellas. Su producción termino con Andeca (años 584-585), que perdió su reino de Galicia ante el rey visigodo Leovigildo y termino sus días en un convento de Béjar. LAS MONEDAS VISIGODAS. Tras establecer tropas permanentes en Tolosa (año 456), el rey Eurico (años 466-484) estableció una corte itinerante (en Tolosa, Arlés y Burdeos) y extendió sus dominios hacia el norte de Europa y hacia Hispania, estabilizando la frontera con los suevos. En el año 475 promulgo un código de leyes que solo regia para la población goda y no para la hispanorromana, el Código de Eurico. Sus actuaciones consolidaron la presencia del pueblo visigodo en Hispania. Tras una breve corte en Barcelona, los visigodos se lanzaron a la conquista de toda la Península ibérica, estableciendo su corte en Toledo, terminaron con el reino suevo en el año 585, durante el reinado de Suintila (años 621-631) expulsaron a los bizantinos que se habían establecido en el Sur, con capital


en CartagoNova (Cartagena), y sometieron a los vascones, con cuyos rehenes fundaron la ciudad de Olite. De este modo lograron el control de toda la Península en el año 624, y conservando en Francia la zona del Rosellón con capital en Narbona. Su estabilidad política se mantuvo, salvo frente a vascones y cántabros, hasta que el reino visigodo fue destruido con la llegada de los árabes en el año 711. Las acuñaciones visigodas, igual que las suevas, imitan las romanas imperiales o bizantinas, utilizan el oro y representan al emperador romano. Leovigildo cambio leyendas y acuñó su propia efigie, creando con ello una moneda totalmente autóctona. En el primer período, el del reino de Tolosa (años 419-573), que abarca de Ataúlfo a Leovigildo, se acuñaron sólidos y trientes de oro, al principio puras imitaciones de los imperiales, a los que se fueron añadiendo marcas de las cecas como Tolosa, Narbona, Barcinova (Barcelona), Cesaraugusta (Zaragoza), Dertosa (Tortosa), Volotania (Boltaña, Huesca), y así hasta más de ochenta. El busto del emperador es el motivo central del anverso y prueba del respeto a Roma. En el anverso aparece la victoria alada marchando o estática, portando una cruz. En el segundo periodo, o del reino de Toledo (años 573-711), y que abarca de Leovigildo a Rodrigo, comenzó a circular la moneda autóctona con leyendas propias y apareció el rey en el anverso. Al principio dominaba la inspiración bizantina, que se fue desechando paulatinamente para crear un estilo propio. Las cecas cubrieron poco a poco todo el territorio godo, y se crearon numerosos tipos provinciales que trataron en repetidas ocasiones de unificarse. Se aplican los diseños de bustos, bustos dentro de un circulo, dobles bustos, bustos esquemáticos, cruz sobre gradas o la victoria marchando, todos con una sencillez rudimentaria, casi con un diseño abstracto. Su clasificación es posible por la vestimenta y los peinados y por las siglas de las cecas, pues el conjunto gráfico mantiene una similitud dentro de cada zona de acuñación. En este periodo se acuñaron trientes de oro, aunque recientemente de la ceca de Hispalis (Sevilla) se han descubierto monedas en bronce. Las métricas se basan en el sistema romano con pequeñas variaciones. Debemos considerar la presencia bizantina paralelamente a la visigoda en el sur de la península. Justiniano el Grande (años 527-565) intento recomponer el Imperio romano, y tras conseguir el control del norte de África se adentró en la Península (año 551), se adueñó de la parte de la Bética y estableció la capital en Cartanova. Mantuvo luchas permanentes con los visigodos, y los bizantinos no fueron expulsados hasta el año 624. En este tiempo se acuñaron sólidos en la capital y circularon fraccionarios en bronce, a semejanza de los del Imperio de Oriente, por lo cual deben considerarse juntamente con los tratados anteriormente. LAS MONEDAS HISPANOARABES HASTA EL SIGLO X. En el año 711 Tàriq y Músà atravesaron el estrecho al frente de 7000 beréberes y emprendieron la conquista de la Hispania visigoda, venciendo al rey Rodrigo en la batalla del Guadalete, y en el mismo año entraron en Toledo, la capital visigoda. Un año más tarde cruzaron el estrecho 18000 árabes y beréberes, que apenas hallaron resistencia por parte de los visigodos. Tomaron las principales ciudades de la Península y sus territorios, salvo Galicia, León y Asturias, a donde se dirigieron en continuas incursiones. En 725 los árabes habían ocupado toda la Península, excepto unos pocos núcleos cristianos en Asturias y los Pirineos. Denominaron a Hispania Al-Ándalus, y la integraron en el Imperio árabe como emirato dependiente del califato de Damasco. Una retirada de las fronteras a lo largo de las riberas de los ríos Duero y Ebro, como consecuencia de las malas cosechas en la zona seca (años 751-756), dio un respiro a los cristianos refugiados en el Norte para organizar la resistencia. Ésta tuvo su antecedente en la batalla de Covadonga (año 722). Pelayo (años 718-737) no restauró el Estado visigodo, y creó, en cambio, un nuevo reino en Asturias. El norte en su conjunto opuso resistencia a la conquista, con lo que el emirato ya independiente de Córdoba (años 756-912) quedo flanqueado por el reino de Asturias, Navarra y la Marca Hispánica. Tras establecer esta ultima la frontera en el río Ebro, la Reconquista continuo en los siglos siguientes, para terminar en 1492 con la rendición de Granada. En los más de siete siglos de dominación árabe se acuño gran cantidad de monedas en el territorio ocupado. De momento solamente vamos a tratar las del emirato dependiente de Damasco (años


716-755), emirato independiente de Córdoba (años 756-912) y califato independiente de Córdoba (años 912-1035). Los árabes empezaron a acuñar muy tarde (año 637), pero con su proximidad con el imperio bizantino, y a su paso por Cartago en el transcurso de su expansión en el norte de África, habían tenido ocasión de conocer las monedas de oro allí acuñadas y que estaban fuertemente implantadas en la época. Al invadir el reino visigodo también encontraron oro como metal para acuñar, por lo cual sus primeras emisiones en la Península se hicieron de este metal, y los nombres de las monedas derivan de las denominaciones ya conocidas. Durante el emirato dependiente de Damasco, se acuñaron en Al-Ándalus dinares de oro de 4g y divisores, con leyendas del Corán, como “no hay Dios sino Alá, Alá exclusivamente”, “en el nombre de Alá, clemente y misericordioso”, “Alá es nuestro Señor” y otras, además del año de acuñación y la leyenda anisfo o atsolso que indica la procedencia en el anverso. El reverso se dedica a exaltar la misión profética de Mahoma. En plata se acuñan dirhemes con un mayor modulo y las mismas leyendas. Los feluses, de cobre, también llevan leyendas religiosas pero no fecha. Durante el emirato independiente no se acuñaron dinares en Al-Ándalus, sino en Oriente. En cambio, los dirhemes, con las mismas leyendas religiosas, se producían en diferentes cecas de la Península y se les añadían marcas y leyendas en referencia a las mismas. Esta relación con Damasco acabo al producirse el cambio de dinastía en Oriente. Con el califato, Abderramán III restauró la ceca de Córdoba y acuñó oro y plata: dinares, cuartos de dinares y dirhemes, estos últimos décima parte del dinar. Cambio el contenido de las monedas, poniendo su nombre, como califa, con la leyenda Amir Almunimin, “Príncipe de los Creyentes”. También se incluyeron en las monedas de esta época nombres de ministros o del príncipe heredero. Alrededor de treinta cecas funcionaron durante la dominación árabe en toda la Península, pero las de Córdoba y Medina fueron las más activas. Con la caída del califato y el nacimiento de los pequeños estados (reinos de taifas) nacieron nuevas monedas que trataban de imitar las acuñadas anteriormente. MONEDAS DE LOS REINOS DE LA PENÍNSULA. SIGLOS XI AL XV (I) Para considerar la circulación monetaria en este período, debemos tener en cuenta la distribución territorial de la Península y los acontecimientos históricos que la ocasionaron. Tras la invasión árabe (año 711), el inicio de la Reconquista no se hizo esperar: en Asturias, con Pelayo (718-737), en Navarra con el jefe vascón Iñigo Íñiguez Arista (820-851) y en Aragón con indomables luchadores en los Pirineos y en el Sobrarbe. Sus nombres no han llegado a nuestros días, a excepción de Aznar Galindo (809-838), que recibió de Carlomagno la investidura del condado de Aragón. En Cataluña, tras la batalla de Poitiers, en el año 732, en la que Carlos Martel puso fin a la expansión musulmana en el Occidente europeo, se lucho durante siglos ganando día a día terreno al invasor. En los años en que se configuraban, entre los años 718 al 1037, los reinos cristianos no tuvieron acuñaciones propias, y utilizaban el circulante romano y visigodo. La paulatina reconquista del territorio árabe les dio acceso a numerario de excelente calidad, de plata y oro, acuñado en las cecas del invasor, con ley y peso similar a las piezas romanas, pues se basaban en el mismo sistema monetario, por lo que no se entorpecían las transacciones comerciales. REINO DE CASTILLA Y LEÓN Fernando I de Castilla se proclamó rey de Galicia y León tras la derrota y muerte de Vermudo III en la batalla de Tamarón (año 1037). De este modo quedaron unificados los reinos de Castilla y León hasta el año 1157, en que se produjo una nueva separación. Fernando acuñó el “dinero” en una nueva aleación, el “vellón”, mitad cobre mitad plata. En el anverso figuraban el busto de frente del monarca y la leyenda “SPANIA”. En el reverso, un círculo con una cruz y, rodeándola la leyenda “FERNAND REX”, de factura sencilla y muy similar a las piezas visigodas. Alfonso VI (años 1072-1109), fue el segundo rey que acuñó dineros y óbolos, ambos en vellón, en las cecas de Toledo, León y Santiago. Los anversos llevaban una cruz de brazos iguales y la leyenda “ANFUS REX”. En cuanto a los reversos, unos presentaban las referencias a las cecas, el monograma de Cristo y las letras alfa y omega unidas a los brazos de la cruz; y una segunda modalidad de reverso, estrellas y dos anillos.


Urraca (años 1109-1126) acuñó el dinero, en vellón, en las cecas de Toledo, León, monasterio de San Antolín (Palencia) y Montearagón. Los anversos contenían las leyendas “URRACA RE”, “URRACA REGI”, “URRACA REGNA” y “URRACA R omega G”, y una cabeza de frente con diadema o un busto de perfil coronado o la cruz. Los reversos, las cecas, dos alfas y dos omegas o la cruz de brazos iguales. Alfonso VI el Emperador (años 1126-1157) acuñó dineros y óbolos en mucha mayor cantidad que sus antecesores. Utilizó solamente vellón, y las cecas que estuvieron activas fueron Burgos, León y Segovia. El acabado y el diseño son similares a los de las piezas anteriores, incorporando algún nuevo anverso, como un león coronado, un báculo entre dos omegas, cruz y flores y león con cabeza humana, entre otras. Se nota un cambio en cantidad y variedad. A la muerte del soberano se dividió el reino: León y Castilla pasaron a su hijo Fernando II (años 11881230); y Castilla quedó en manos de Sancho III (años 1157-1158), a quienes siguieron Alfonso VIII, Enrique I y Fernando III el Santo. Este último unió definitivamente los dos reinos en 1230, instituyendo la Corona de Castilla. Durante este tiempo de separación, el reino de León y Castilla incorporó al numerario el maravedí de oro, con una acuñación para cada rey y producido en la ceca de León. Los diseños estaban muy mejorados. Hoy estas piezas son rarísimas y alcanzan considerable valor. Al mismo tiempo, en el reino de Castilla, Sancho III sólo acuñó dineros de vellón. Su hijo Alfonso VIII modificó considerablemente los sistemas y acuñó una nueva moneda, la “dobla” de oro, con leyendas en árabe e incorporando a la iconografía la figura del rey coronado, a caballo, y el castillo con tres torres. LA CORONA DE CASTILLA Tras la renuncia de sus hermanas Sancha y Dulce al reino de León, en el año 1230 Fernando III el Santo consiguió unir las coronas de castilla y León, que nunca volvieron a separarse. Durante los reinados que se sucedieron a lo largo de más de dos siglos y medio, se modificó sustancialmente el numerario. Su extrema variedad no nos permite referirnos más que a los cambios de mayor relevancia. Fernando III sólo acuñó dineros en vellón, de diseño más tosco que las monedas de sus antecesores. Su sucesor Alfonso X el Sabio (años 1252-1284) mejoró considerablemente las acuñaciones, que presentan los motivos del león y el castillo mucho más logrados. Utilizó el oro para la dobla y el cuarto de dobla y la plata para los maravedís y sus fracciones. Asimismo, implantó nuevas unidades: el pepión, el noven y el maravedí prieto, y mantuvo el dinero y el óbolo, todos ellos acuñados en vellón. Sancho IV (años 1284-1295) sólo acuñó la dobla de oro e implantó el cornado y el seisén, ambos de vellón, sin lograr superar en calidad la producción de sus antecesores. Fernando IV (años 1295-1312) incorporó a los tipos existentes la dobla de a diez (diez doblas), de oro, una extraordinaria pieza hoy rarísima y de valor indeterminado por no conocerse transacciones. Alfonso XI (años 1312-1350) acuñó el primer cobre, el ponderal, así como la dobla de 25 maravedís y la dobla de 20 maravedís, y mantuvo las unidades existentes. De Pedro I el Cruel (años 1350-1369) hay que destacar la hermosura y cantidad de las acuñaciones en oro, de 45 g. de peso, llamada petrina. También introdujo el real y el medio real, de plata, además de mantener todas las unidades de su antecesor. La dobla de oro de 35 maravedís de Enrique II (años 1369-1379) fue la primera dobla ecuestre, en la que el rey cabalga con la espada en la mano. Juan I (años 1379-1390) implantó la blanca del Agnus Dei, en vellón, y solo acuñó las unidades anteriores en plata y vellón. Con Juan II (años 1406-1454) empezaron a circular las doblas de la banda, llamadas así porque en su reverso figuraba un escudo atravesado por una banda; pero la pieza excepcional de este reinado es la dobla de 20 doblas de oro, con un peso de 90,5 g. y un diámetro aproximado de 90 mm. Presenta en el anverso, con extraordinario acabado, al rey a caballo, con armadura completa, blandiendo la espada en la mano derecha y sosteniendo el escudo en la mano izquierda. En el reverso figuran las armas de Castilla y León. Algunas piezas bajaron la ley a 19 quilates, por lo que las doblas de esta época se llaman doblas baladíes. Enrique IV (años 1454-1474) mejoró la producción de su padre en todos


los tipos de doblas, confeccionando piezas gigantescas, a las que se les dio el nombre oficial de doblas de Enrique y el oficioso de “Enrique de la silla”, por representarse en ellas al rey sentado en un trono. La dobla de 50 enriques de oro, de un peso de 228 g, retrata al rey espada en mano, sentado en un trono, con un león a sus pies, escena habitual con pequeñas variaciones en todas sus acuñaciones. El enrique y el castellano aparecen por primera vez como unidades en este reinado. El príncipe Alfonso, hermano de enrique, continuó la tradición familiar, emitiendo doblas ecuestres, entre otras a su nombre. LOS REINOS DE TAIFAS Con la caída del último califa cordobés Hisám III (año 1031), se extinguió el califato, que se fragmentó en los reinos que los mismos cronistas musulmanes denominaron de taifas. Los berberiscos africanos ocuparon la parte meridional de la Península, los eslavos se extendieron por la oriental, y los descendientes de las familias árabes o africanas establecidas desde la conquista ocuparon el resto del territorio. Los reinos berberiscos duraron poco y no llegaron a acuñar moneda; solamente en Granada se batió una vez extinguidos los Hamudíes, que reinaron hasta el año 1055. Los numerosos estados repartidos por los dos tercios del territorio peninsular continuaron la tradición monetaria del califato: se acuñó en Valencia, Tortosa, Denia, Mallorca, Almería y Murcia, entre otros lugares, principalmente en plata de baja calidad. En el Norte, también acuñaron Zaragoza, Lérida, Tudela y Calatas: produjeron el dinar de oro, unidad del califato, y como submúltiplo, el dírhem de plata. Los reinos de taifas cedieron al empuje de los almorávides, que acuñaron con mejor estilo y más exactitud en la ley y en el peso: en su tiempo desaparecieron las monedas de cobre, difundidas en el período anterior, se adoptaron de nuevo la plata y el oro y se restableció el dinar de oro, equivalente a diez dírhems de plata. MONEDAS DE LOS REINOS DE LA PENINSULA. SIGLOS XI AL XV (II) A principios del siglo XI el norte de la Península Ibérica estaba dividido en los siguientes Estados cristianos, de Este a Oeste: condados catalanes, Ribagorza, Sobrarbe, Aragón, Navarra, Castilla, León y Galicia. De los tres últimos ya tratamos, por lo que vamos a centrar nuestra atención en el resto. Debemos recordar que, en este tiempo, el que fuera poderoso califato de Córdoba sufrió una descomposición que lo convirtió en los reinos de taifas. En ellos, los grupos étnicos –andalusíes, beréberes y eslavos- no solo estaban desunidos, sino que además luchaban entre sí, facilitando a los cristianos la Reconquista.los tributos pagados por las Taifas durante este tiempo enriquecieron a los reinos cristianos y les permitieron consolidar sus fronteras. Tras la toma de Toledo (año 1085) por Alfonso VI de Castilla, las taifas pidieron ayuda a los almorávides del norte de África, los cuales consiguieron frenar durante más de un siglo la Reconquista, al tiempo que unificaban a los musulmanes. Su supremacía empezó a decaer tras la batalla de las Navas de Tolosa (año 1212), en la que los reyes cristianos, unidos, lograron una victoria decisiva. Al iniciarse el siglo XI, en Navarra Sancho III el Mayor (años 1000-1035) sucedió a García Sánchez II (años 994-1000). Sancho reinó sobre Navarra, Castilla, León y el bajo Aragón. En el condado de Barcelona, muerto Ramón Borrell (años 992-1018), Berenguer Ramón I (años 10181035) emprendió una política expansionista tanto hacia el Sur como hacia el Norte, hacia Occitania, hoy sur de Francia. Esta región fue durante dos siglos dominio de Navarra, Aragón y Cataluña, en detrimento del poder carolingio, que en los siglos anteriores había controlado la Marca Hispánica. El constante contacto durante siglos con el sistema carolingio hizo que aquellos reinos se inspirasen en dicho sistema para su producción monetal. Mientras Castilla se basaba en el maravedí, los reinos del nordeste se basaban en el “dinero” y sus submúltiplos: una libra comprendía 20 sueldos, y el sueldo, 12 dineros. REINOS DE NAVARRA Y ARAGÓN Los vascones que habitaban en las dos vertientes de los Pirineos se resistieron a la dominación de romanos, suevos, visigodos y árabes. Carlomagno (años 768-814) se apoderó de Pamplona (año 778) y conquistó parte del territorio que comprendía Vasconia, el alto Aragón, Urgel y Cerdeña. Por este tiempo apareció por primera vez el nombre de Navarra. Sus reyes no tuvieron


moneda propia, y hasta el reinado de Sancho III el Mayor (años 1000-1035) se carece de toda referencia de ella. Durante este reinado, Navarra llegó a controlar todos los reinos cristianos, acuñó el “dinero” con el busto mirando a la izquierda y la leyenda IMPERATOR en el anverso, y con un árbol sobre la cruz y con la leyenda partida NAV-ARA en el reverso. Muerto sancho, se repartieron los reinos entre sus hijos, quedando Navarra y el País Vasco para García Sánchez, Castilla para Fernando, los señoríos de Sobrarbe y Ribagorza para Gonzalo y el nuevo reino de Aragón para Ramiro. Asesinado Gonzalo, los señoríos de éste pasaron al reino de Aragón. García Sánchez III (años 1035-1054) estableció la corte en Nájera y fundó la Iglesia de Santa María. Allí acuñó monedas, dineros en vellón de factura similar a los de su antecesor, pero con las leyendas en el reverso, NAV-ARA y ARA-GON, partidas por el árbol, y en el anverso el busto y la inscripción GARCÍA REX. Sancho IV Garcés (años 1054-1076) estableció su corte en Pamplona y acuñó dineros similares a los anteriores, con su nombre y añadiendo dos estrellas de seis puntas a ambos lados de la cruz. A este rey le sucedió, aclamado por los navarros, Sancho Ramírez (años 10761094), que era rey de Aragón, con lo que quedaron unidos los dos reinos. Acuñó en Jaca dineros y óbolos, y en Monzón y Navarra dineros de vellón con las leyendas siguientes: ARA-GON, IACCA, MONSÓN y ARAGONENSI. Durante el reinado de Pedro I (años 1094-1104) se acuñaron dineros y óbolos en Jaca y Monzón, se mantuvieron los diseños habituales –busto y árbol- y las leyendas, y desde la unificación de los reinos aparece en los reversos de algunas monedas una gran cruz sobre vástago en vez del árbol. Alfonso I el Batallador (años 1104-1134) fue el último rey de este período, pues muerto él se separaron los reinos de Navarra y Aragón. Acuñó dineros y óbolos en Jaca y dineros en Navarra con las leyendas ANFVS SAN REX y ANFVS REX en los anversos, y con el árbol partiendo la palabra ARA-GON en el reverso. Una variante presenta una cruz rodeada de la inscripción ARAGONENSI. REINO DE NAVARRA Muerto Alfonso I sin sucesor, el reino de Aragón entró en una etapa de inestabilidad, y los navarros se separaron, nombrando rey a García IV. Esta independencia generó varias guerras en los siglos siguientes, pues el afán expansionista de los Estados vecinos, Castilla, Aragón y Francia, había puesto sus miras en el pequeño reino. A García V Ramírez (años 1134-1150) le sucedieron Sancho IV el Sabio (años 1150-1194), Sancho VII el Fuerte (años 1194-1234), de la Casa condal de Champaña, Teobaldo I (IV de Champaña; años 1234-1253), Teobaldo II (años 1253-1270), Enrique I el Gordo (años 1270-1274) y Juana I (años 1274-1305). Todos ellos acuñaron dineros y óbolos siguiendo la línea de sus antecesores, salvo Enrique I, del que no se conocen monedas. Muerto este rey y habiendo fallecido asimismo su hijo Teobaldo, el reino pasó a la única hija de éste, Juana, de tres años. Ante las disensiones en la propia Navarra y con la amenaza de las pretensiones de aragoneses y castellanos, la reina Madre, Blanca, huyó a París y allí ajustó las capitulaciones matrimoniales de Juana I con el príncipe Felipe el Hermoso, hijo primogénito del rey de Francia. Este último tomó las fortalezas y plazas fuertes de Navarra, que pasó a depender de Francia. La boda se celebró en el año 1284. Juana contaba 13 años y fue reina de Francia y Navarra. Su esposo le dejó gobernar Navarra hasta su muerte, en 1305. La dinastía se prolongó hasta que el monarca francés renunció en el año 1328 al reino de Navarra en favor de Juana II, hija de Luis X y nieta de Juana I, desposada con Felipe de Everaux, a cambio de que la pareja renunciara a su vez a la corona de Francia. De todo este período no se conocen monedas navarras, y el circulante existente se equiparó con el francés. Ambos eran aceptados en el reino. Con Carlos II el Malo (años 1349-1387) se reanudaron las emisiones navarras. El sobrenombre de este soberano se debe no solo a su pésima actuación como rey, sino también a la baja ley metálica que aplicaba a sus monedas, motivo por el que sus súbditos llegaron a ofrecerle dinero para que dejara de acuñar. No sólo no aceptó, sino que multiplicó sus emisiones y trató de recuperar el prestigio de su moneda, copiando los florines aragoneses o florentinos, que gozaban de gran prestigio. Los tipos batidos fueron: en oro, florín, escudo y real; en plata, gros tornés con corona o con estrella y sueldo; en vellón, carlín blanco y negro o prieto, óbolo o medio carlín negro, gran blanca con corona o con flores, doble parisi, medio doble y cuarto de doble. Los diseños, muy


mejorados e inspirados en las acuñaciones francesas, fueron batidos en cuatro cecas: Monreal, San Juan de Pie de Puerto, San Pelay y Pamplona. Del sucesor de aquel monarca, Carlos III el Noble (años 1387-1425), hace pocos años se desconocían acuñaciones, pero hoy conocemos el gros y el medio gros en plata. Su hija Blanca, que se casó en segundas nupcias con Juan II de Aragón, incorporó al numerario el cornado de vellón. Carlos de Viena (años 1441-1461) acuñó las monedas en uso, y solamente con Juan II de Aragón (I de Navarra, años 1441-1479) se mejoró y amplió el circulante con escudos y medios escudos en oro, además de gros, medios gros, blancas, medias blancas, cornados y medios cornados. Se realzaron los escudos de armas y se mejoraron considerablemente los acabados. Francisco Febo (años 1479-1483) implantó el ducado de oro. A este joven rey, que subió al trono a los once años y falleció a los quince, le sucedió su hermana Catalina (años 1483-1512), que se casó con Juan de Albret. Por primera vez en las monedas del reino, estos soberanos aparecen en un ducado de oro, frente a frente en el anverso, mientras que el reverso se reserva al escudo. Acuñaron fracciones de medio y un cuarto de ducado, así como gros y cornados, e incorporaron la tarja. En 1512, Fernando el Católico se apoderó sin resistencia de Navarra y la incorporó definitivamente a la Corona de Castilla en 1515, dejando a los soberanos Juan y Catalina la vertiente sur de los Pirineos, lo que se llamó Navarra francesa. LOS CONDADOS CATALANES El Imperio carolingio no sobrevivió mucho tiempo a la muerte de Carlomagno (años 768814). En efecto, se deshizo tras el reinado de Carlos II el Calvo (años 840-877). El proceso de deterioro se inició con la fragmentación de la Marca Hispánica, que comenzó en Navarra en el año 817 y culminó cuando en el año 872 el conde Ramón declaró independientes los condados de Pallars y Ribagorza. Solo quedaron bajo soberanía carolingia los condados orientales catalanes, que se mantuvieron unidos por conveniencia a los francos, y que desde el siglo X acuñaron moneda, prueba de sus privilegios o su independencia de hecho. El primer conde independiente de Barcelona fue Wilfredo I el Velloso (años 878-897). De él y los cuatro condes siguientes no se conocen monedas a ciencia cierta, y se mantienen criterios diferentes de catalogación. Ramón Borrell (años 992-1018) protagonizó las primeras monedas conocidas de la Barcelona condal, diners y óbols. Siguieron las de Berenguer Ramón I (años 1018-1035), a imitación de los dinares árabes y acuñados con leyendas asimismo en árabe. Batió asimismo mancus en oro y diners en plata o vellón. En fechas anteriores y simultáneas se acuñaron emisiones episcopales y condales en Barcelona, Vic, Gerona, Cardona, Besalú, Ampurias, Rosellón, Urgel y Pallars. Las unidades comunes a todos los condados son diner, óbol y mancus (dinero, óbolo y mancuso), todos ellos de factura parecida y siguiendo la línea carolingia. En algunos de los lugares citados las acuñaciones duraron hasta el siglo XV, y en el condado de Pallars, con Hug Roger III (años 1451-1503), hasta el siglo XVI. En Occitania, por la misma época se acuñó en los condados de Carcasona, Rodes, Provenza, Folcalquer y Embrún; en los vizcondados de Beziers, Narbona y Bearn; en el señorío de Montpellier y en los obispados de Grap y Arles. Se usaron las mismas unidades y los diseños son similares. Las emisiones duraron lo que duró el dominio catalán. Las más tardías datan del siglo XIV y corresponden a Montpellier. LA CORONA DE ARAGÓN La unión del reino de Aragón y el condado de Barcelona se produjo con la boda del conde Ramón Berenguer IV (años 1131-1162) y Petronila. Esta última heredó de su padre Ramiro II el Monje (años 1134-1137) el reino de Aragón. Apenas contaba dos años (año 1151), y el conde gobernó siempre en nombre de su mujer y en calidad de príncipe. A su muerte, ella abdicó en su hijo Ramón, al que hizo llamar más adelante Alfonso. Alfonso II (I de Barcelona; años 1162-1196) fue de hecho el primer rey de la corona catalanoaragonesa, que terminó con Fernando II (años 1479-1516). Durante este período, se sucedieron diez reyes pertenecientes a la Casa de Barcelona, que se extinguió con Martín I (años 1396-1410). Tras un interregno (años 1410-1412), siguieron cuatro reyes más de la rama de Castilla, que concluyó con Fernando II, artífice de la unión de Castilla y Aragón.


La corona catalanoaragonesa se convirtió en una nación poderosa, que extendió sus conquistas y su comercio por todo el Mediterráneo. Su moneda era reconocida y respetada en todo el mundo occidental, y por lo tanto atesorada. Los numerarios se actualizaron según las necesidades comerciales, en constante expansión en calidad y cantidad. En los primeros tiempos las monedas más acuñadas fueron el dinero de vellón y el óbolo. Pedro III (años 1276-1285) introdujo el croat y el mig croat en plata; el agostar (augustal) en oro, de origen siciliano; y el pirral (pirriali) en oro o plata, del mismo origen. Recuérdese que fue también rey de Sicilia. Alfonso III (años 1282-1285) solo acuñó el croat en plata. Sus sucesores utilizaron todas las unidades mencionadas anteriormente con su correspondiente metal. Los diseños siguen los modelos de la época: el busto del rey en el anverso y en el reverso cruz pasante con anillos o puntos en los espacios, con variedad en las leyendas y variantes en los motivos. Los agostar de oro presentan en el anverso un águila coronada, con las alas abiertas, y en el reverso el escudo con las cuatro barras. La mayoría de las piezas lleva el nombre del lugar donde fueron acuñadas, y conservan alguna característica de su procedencia anterior. Los alfonsos incluyen en numerario el alfonsí y su submúltiplo, y Pedro IV (años 13361387) incorporó el florí (florín) en oro, en el que puede verse a San Juan, de pie, empuñando un cetro. En su mayoría se acuñaron en Perpiñán. Este mismo rey acuñó en Mallorca el real de oro y sus submúltiplos: medio, cuarto y octavo. Juan I (años 1387-1393) incorporó el timbre de oro, el doble cornado y el cornado de vellón; en Valencia, el real de plata, y en Cerdeña el pitxol de vellón. El último rey de la casa de Barcelona, Martín I (años 1396-1410), puso orden en el desajuste a que daba lugar tan variado numerario, y unificó las diferentes monedas de plata que se acuñaban en Mallorca, Valencia, Cerdeña y Perpiñán. Fijó cono moneda de oro estable el florín y se abstuvo de modificar el vellón, pues solamente era de uso interno. A las cecas mencionadas hay que añadir otras temporales en Sicilia, territorios griegos y, posteriormente, Nápoles. Tras dos años de interregno (años 1410-1412), dio comienzo la dinastía Trastámara, con Fernando I (años 1412-1416), que hizo suya la política monetaria de Martín I. se continuó con el florín como unidad y se prosiguió con la unificación de las monedas de plata acuñadas en los diferentes reinos incorporados a la corona. Alfonso V (años 1414-1458) mantuvo el florín de tipo general, con san Juan de pie y con cetro, a la derecha y con diferentes variantes; el croat y sus submúltiplos con busto y cruz; y experimentó en Valencia el timbre y medio de oro, que no alcanzó gran difusión. El largo reinado de Alfonso V dio tiempo para acuñar todos los tipos existentes y algunos más, como el alfonsí de oro y el carlí de plata en Nápoles incluso en Albania acuñó un real de plata. Juan II (años 1458-1479) se enfrentó con una gran crisis interna y a la caída del comercio catalán en el área mediterránea. Su numerario no sufrió grandes cambios y conservó los tipos anteriores. LAS MONEDAS DE LOS REYES CATOLICOS. LA UNIFICACIÓN DE LOS REINOS. La unión de los reinos de España se inicio con una boda política o de conveniencia entre Isabel de Castilla (años 1451-1504) y Fernando de Aragón (años 1452-1516). Isabel, hija de Juan II de Castilla (años 1406-1454), fue reconocida como heredera por su hermanastro Enrique IV (14541474) en menoscabo de los derechos de su hija legitima, la princesa Juana. Para consolidar la posición de Isabel, sus consejeros, de acuerdo con Juan II de Aragón (años 1458-1479), organizaron la boda en secreto con el príncipe Fernando, rey de Sicilia e infante de Aragón. El 5 de marzo del año 1469 se firmo en Cervera (Lérida), el contrato matrimonial, en el que Fernando, pese a su disconformidad, hubo de aceptar que ocuparía un segundo lugar en el gobierno del reino, que lucharía por la princesa y que viviría en Castilla tras la boda. Dada la gran personalidad de Fernando, alguno de estos términos hubo de invalidarse. En Valladolid, el 19 de octubre de 1469, se celebraron los esponsales con gran secreto para neutralizar la opción de Luis XI de Francia, que veía un gran peligro para su país en la unión de los reinos de Castilla y Aragón. También Enrique IV se oponía y prefería que su hermana se casara con Alfonso de Portugal, y parte de los nobles de Castilla no aceptaba a Isabel, considerando que con la boda y la alianza se reforzaba la autoridad de la Corona en su detrimento. A pesar de todos los inconvenientes y oposiciones, la boda y la alianza


se llevaron a cabo. El reino de Aragón se reforzaba ante la revolución de los burgueses y payeses de remesa catalanes y ante las ambiciones expansionistas de la monarquía francesa. Para los partidarios de Isabel suponía que el acceso de esta al trono de Castilla estaba asegurado, y que además su cónyuge se hallaba en posición desfavorable para exigir condiciones, como consta en el contrato matrimonial de Cervera. Una vez celebrada la boda, Enrique IV desheredó a Isabel en el año 1470 y designo de nuevo a su hija Juana, con el apoyo de parte de la nobleza, pero nuevas maniobras políticas de Juan II de Aragón y de su hijo Fernando, verdaderos alardes de sagacidad y astucia, consiguieron que los nobles castellanos acabaran apoyando a Isabel. Esta se autoproclamó reina de Castilla, a la muerte de su hermanastro, el 11 de diciembre de 1474. Su sobrina Juana reclamo el trono, y numerosas ciudades castellanas la apoyaron. Pidieron ayuda a Alfonso V, rey de Portugal, cuyas tropas cruzaron la frontera. Las fuerzas estaban equilibradas, pero Fernando, que asumió el mando del ejército isabelino, supo ganarse con habilidad el apoyo de algunos castellanos, a los que instruyo en el arte de la guerra con técnicos traídos de Aragón. Las luchas se prolongaron en diferentes frentes hasta 1479, y concluyeron con el triunfo de la causa de Isabel. Muerto Juan II de Aragón, y habiéndole sucedido Fernando, se unieron los reinos de Castilla y Aragón en las personas de sus respectivos soberanos. Con la unión dinástica de Castilla y Aragón se consolido un gran reino, con extraordinario poder para su tiempo. Las reformas no se hicieron esperar: creación de la Santa Hermandad para imponer el orden, sujeción de la nobleza mediante las normas aprobadas por las Cortes de Toledo (año 1480), por las que se disminuían las rentas y el favor de aquella a favor de la Corona, y control de las ordenes militares, así como de otros organismos de gobierno, con el consiguiente aporte de fondos. Estas monedas contribuyeron a aumentar la prosperidad y el poderío del reino. Durante este reinado de esplendor, termino el fraccionamiento medieval y comenzó un periodo hegemónico de la Corona española. Los hechos más destacados fueron la conquista de Granada (año 1492), que puso fin al dominio musulmán; el descubrimiento de América el 12 de octubre del año 1492; el tratado de Barcelona (1493), que devolvió a la Corona el Rosellón y la Cerdaña, perdidas por Juan II; la incorporación total de las Canarias, cuya conquista había iniciado Enrique III entre 1505 y 1510; la conquista del Norte de Africa; la anexión de Navarra en 1512, sustrayéndola a la influencia francesa en que había caído desde la muerte de Juan II en 1479; y la reafirmación de la presencia española en el reino de Nápoles. Este reinado de unión y prosperidad se vio enturbiado por el trato de que se hizo objeto a los judíos. En las Cortes de Toledo (año 1480) se adoptaron reformas que permitieron sujetar a la nobleza, pero también se adoptaron medidas negativas que afectaron a judíos y musulmanes, a quienes se confino en juderías y morerías, lo que hoy llamaríamos guetos, primer paso para su posterior expulsión de España. La de los judíos se produjo el 31 de marzo de 1492. Aquellos que para eludir la orden se convirtieron al cristianismo, no escaparon luego a la persecución del Santo Oficio. En efecto, la Inquisición, que nunca había desplegado gran actividad durante el Medioevo, se actualizo con los Reyes Católicos, que de acuerdo con el Papa Sixto IV la establecieron en los reinos de la monarquía española entre los años 1478 y 1483, como una forma de luchar contra la presencia judía, bajo el control de la propia Corona. Pero el Santo Oficio se extralimito persiguiendo impunemente a los judíos conversos y cometiendo con ello gravísimas injusticias. MONEDAS DE FERNANDO E ISABEL. La gran diversidad de circulante existente en Castilla y Aragón tras la unidad, requería una solución justa y a la vez práctica. Téngase en cuenta que al numerario en uso, de monarcas anteriores, había que añadir el emitido por Alfonso V de Portugal, como pretendiente a la Corona de Castilla desde 1474 a 1479, y que acuño en Toro: escudos de oro y reales de plata. Fernando II de Aragón y Sicilia, posteriormente como Fernando V de Castilla y León, acuño por su parte dineros, ardites y senyals, croat y submúltiplos, reales, florines, ducados y principat con sus múltiplos, en las cecas de Agramunt, Barcelona, Gerona, Mallorca, Navarra, Perpiñan, Sort, Valencia, Vic, Bellpuig, Tarragona, Arbeca, Cardona, Farfanya, Tortosa, Denia y Segorbe. En Sicilia acuño picciolo, sesino,


cinquina, grosso-caballo, bronzo, tari, real, triunfo y ducado, además de numerosas monedas locales o senyals catalanas. En los últimos años del reinado de Enrique IV, la ley experimento muchas mermas, y además hubo abundantes falsificaciones. Estas circunstancias desprestigiaron el circulante, por lo que urgía tomar medidas. Así, se establecieron equivalencias del enrique o castellano, la dobla y el florín con respecto al maravedí. En 1475 Isabel dispuso acuñaciones en Sevilla, estableciendo las siguientes normas: como unidad en oro se fijaba el doble castellano o excelente y ducados; para la plata, el real; y el maravedí y la blanca en cobre. Se produjeron múltiplos y submúltiplos manteniendo el modulo y la ley. Los ducados y medio ducados en oro se acuñaron en Valencia, así como la serie de excelentes, que comprende medio, uno, doble, cuádruple, 10, 20 y al 50 excelentes. En Sevilla se acuñaron el 20 y el 50; en Segovia el 10, el cuádruple en Burgos, Segovia y Sevilla; el doble en Burgos, Cuenca, Granada, Segovia, Sevilla y Toledo; el excelente y medio excelente en las ya mencionadas además de La Coruña. El doble castellano acuñado en Sevilla, posiblemente, la primera moneda de los Reyes Católicos, presenta en el anverso a ambos soberanos sentados y de cuerpo entero: el rey con la espada y la reina con el cetro. En el reverso, los dos escudos de armas y la letra “S” de la ceca de Sevilla, como es habitual en estos reinados, sin fecha de acuñación. El castellano se acuñó en Burgos, Segovia, Sevilla y Toledo, y el medio castellano en La Coruña, Segovia, Sevilla y Toledo. Todas las monedas de oro tienen una iconografía similar en el anverso: los bustos coronados de los soberanos mirándose, y en el reverso, el escudo de armas con el águila imperial y los cuarteles de Castilla, León, Aragón y Sicilia. En el anverso y el reverso, en coronas circulares, las leyendas, que varían según los diferentes tipos. La serie de monedas de plata comprende ½, 1, 2, 4 y 8 reales, que se batieron en las cecas mencionadas y además en las de Zaragoza y Cuenca. Curiosamente, en esta última se acuñó 1/8 (ochavo) de real, único conocido en este valor y periodo, y que, además, es cuadrado. La iconografía para esta serie de monedas es más variada que para las de oro. En los reales de a ocho, aparece en el anverso el escudo de armas de los soberanos sin águila, pero coronado, y en el reverso el yugo y las flechas, símbolo de igualdad en el mando y de la unión de los reinos. Existen numerosas variantes tanto en las leyendas como en los diseños. Los reales de a cuarto presentan características similares a los anteriores salvo en peso y en diámetro. Estas dos piezas fueron acuñadas en el reinado de Carlos I en nombre de los Reyes Católicos. El real de a dos lleva la misma simbología de los anteriores, pero la factura es peor y se conoce gran cantidad de variantes en las leyendas. El real de a uno presenta dos diseños diferentes: las monedas anteriores a la pragmática del año 1479 muestran en una cara el escudo de Castilla y León y en la otra el de Aragón y Sicilia; y las monedas normales se caracterizan por el escudo conjunto en el anverso y el yugo y las flechas en el reverso. Además, hay otras dos variantes muy concretas: las acuñadas en Zaragoza, con los reyes mirándose en el anverso, como las de oro, y en el reverso el escudo de una y en otra el yugo y las flechas con una F grande, coronada, entre esos símbolos. Se acuñaron en Burgos y Santo Domingo. El medio real presenta en una cara el yugo y en la otra las flechas, o las iniciales coronadas. Existen numerosos diseños y variantes. Con respecto a los cobres, el maravedí y la blanca, de confección poco cuidada, nos presentan en una cara las torres de Castilla y en la otra el león en la mayoría de los diseños, y también son frecuentes las iniciales coronadas. Se acuñaron 4, 2 y 1 maravedíes y la blanca. De todos ellos existe una notable cantidad de variantes, principalmente en las inscripciones. La primera pragmática que trato de ordenar el caos del numerario circulante fue la de los Reyes Católicos, dada en Toledo el 28 de enero del año 1480, que establecía 980 maravedíes para el medio excelente entero, 460 maravedíes para el medio excelente o castellano entero de los acuñados por Enrique IV, y 31 maravedíes para el real de plata. La pragmática del año 1497, firmada por los reyes en Medina del Campo, fijo el valor de las monedas de oro y plata como sigue. El excelente entero de la granada: 11 reales y un maravedí, o sea 375 maravedíes. El medio excelente de la granada: cinco reales y medio y una blanca, lo que equivale a 187 maravedíes y medio. Y un real de


plata: 34 maravedíes. En la misma ordenanza se dan instrucciones con respecto al peso y al diseño, así como las leyendas que debe ostentar cada moneda. LAS MONEDAS DE FERNANDO Y JUANA. Isabel murió en el castillo de la Mota, en Medina del Campo, el 25 de noviembre de 1504, dejando por testamento el reino de Castilla y León a su hija Juana y nombrando regente a su marido Fernando, en caso de que Juana mostrara síntomas de locura. El esposo de ésta, Felipe I, hijo del emperador Maximiliano de Austria, se opuso a la regencia apoyado por la nobleza castellana, pero las Cortes de Toro (1505) reconocieron la regencia. Un año después, en las de Valladolid, Juana y Felipe fueron reconocidos como reyes de Castilla, y Fernando se retiro a Aragón. Felipe murió el 25 de noviembre de 1506 y Fernando comenzó una segunda regencia con el cardenal Cisneros. En 1513 falleció Fernando, cuyo testamento asignaba la regencia al cardenal, a la espera del nuevo monarca Carlos I. En todo este periodo Fernando y Juana acuñaron en Granada un real de plata de la misma factura de los de los Reyes Católicos, con el escudo, el yugo y las flechas, y las leyendas FERNANDOY JUANA. Felipe I y Juana, por su parte, acuñaron monedas en el Imperio, en Maastricht, Amberes y Brujas. A Juana y Carlos corresponden piezas excepcionales emitidas entre 1513 y 1555, año este ultimo del fallecimiento de la reina. LAS MONEDAS DE CARLOS V En 1516, Carlos, hijo del archiduque Felipe el Hermoso de Habsburgo y de Juana la Loca, y heredero del trono español, se encontró en posesión de un territorio enorme, al que él mismo se referiría más tarde como “el imperio donde nunca se pone el sol”. Se trataba de los reinos de España (que comprendían las recientes conquistas en el Nuevo Mundo), Sicilia, Cerdeña y Nápoles. A la muerte de su abuelo Maximiliano, en 1519, el joven príncipe heredó los territorios de los Habsburgo: una región vastísima, compuesta por parte de Alemania, Austria y los Países Bajos. Más adelante, a la muerte de Francisco II Sforza (1535), Carlos adquirió también el ducado de Milán. En febrero de 1530, en la Iglesia de San Petronio, en Bolonia, Carlos V fue coronado como emperador del Sacro Imperio Romano. El reino fue dotado de un organismo unitario de gobierno, el Consejo de Estado, del que formaban parte ministros de diversas nacionalidades. Pero este aparato de poder no preveía una legislación única, y cada Estado conservó su propia autonomía institucional. El emperador alimentaba un gran ideal: logar la unidad y la paz del mundo en torno al concepto de cristiandad. Las circunstancias que le habían permitido controlar un territorio tan extenso y con tan prestigiosas tradiciones, las atribuyó Carlos a una intervención providencial, amenazada por la amenaza del avance turco y la reforma protestante. Desde este punto de vista, el imperio de Carlos V tomaba el aspecto de una “misión” que preveía una estrecha colaboración con las demás grandes potencias. EL FIN DE LA EDAD MEDIA El concepto de Sacro Imperio Romano, sobre el que el soberano basaba su programa político, poseía un sabor medieval ya superado: la unidad europea que Carlos soñaba ya no existía, pues estaban muy vivos los impulsos nacionalistas. También el gran ideal cristiano lo había puesto en discusión la Reforma, y tras el descubrimiento de América, los vínculos se habían vuelto cada vez más económicos y menos idealistas. Incluso la alianza con el Papa, que constituía el primer pinto del programa de Carlos V, resultó difícil de aplicar, y en cualquier caso se interpretó en clave política y no como premisa necesaria de la defensa de la Iglesia. La numismática refleja una situación muy heterogénea, dado el panorama político, complejo y anacrónico por su vastedad y por el ideal utópico de lograr la conveniencia pacífica de pueblos que ya poseían un sentido preciso de la identidad nacional. Cada país continuaba con su propia moneda, no obstante una ordenanza emitida en la materia emitida en 1524, y en las que figuraban las características de las monedas imperiales: el “gulden” de plata (29,23 g con una ley de 973,5/000), el “medio gulden” (14,61 g), el cuarto (7,3g), el décimo (2,92 g), el grueso (equivalente a 1/21 de gulden, o sea 1,71 g), el medio grueso (1/42, o sea 0,85 g) y el “groschlein” (1/84, o sea 0,63g). En el anverso de cada una de estas monedas estaba previsto que figurara el águila imperial bicéfala, el nombre y el titulo de emperador. Para el reverso, se dejaba libertad de elección a las


diversas cecas. Estas ordenanzas eran fruto del deseo de contentar, por una parte, a los propietarios de las minas de plata, y por otra a los defensores del florín de oro, que por aquellos años perdía cada vez más terreno en relación con la plata. Estas prescripciones hallaron fortísimas resistencias, comenzando precisamente por las regiones productoras de plata. En efecto, los propietarios de las grandes minas no se mostraron satisfechos con la decisión de fijar una ley tan elevada para el tálero. Sajonia, por ejemplo, producía monedas de plata con una ley de 903/000, y desde luego, no deseaba atenerse a las muevas leyes. En Austria, el sistema monetario estaba basado en un tálero de una ley de 895/000 (y de 28,82 g de peso). La resistencia fue tan fuerte en este caso, que Carlos V debió aceptar la excepción austríaca. A algunos tampoco les gustaba que se cambiara la iconografía de sus monedas, conocidas y apreciadas ya en los mercados, mientras que otros se dedicaban a constituir uniones monetarias basadas en sus propias unidades de medida (Austria, Baviera y Neoburgo junto con otras ciudades). A partir de 1551, Carlos V se vio forzado a firmar una nueva ordenanza por la que se rebajaba la ley a 882/000 y el peso aumentado a 31,18 g. también en este caso el descontento cundió, nadie se atuvo a las ordenanzas monetarias y cada cual continuó acuñando monedas según sus propias exigencias. UNA MONEDA DIFICIL DE MANEJAR El término “gulden” designaba el equivalente al florín de oro, pero no tardó en aplicarse también a las monedas de plata de idéntico valor. Hacia finales del siglo XV, aparecieron en el Tirol grandes monedas de plata de un florín o “gulden”, de oro, que tomaron el nombre de “táleros”, el tálero, adoptado en Bohemia, Prusia, Austria, Holanda y muchas más regiones, tuvo un éxito tal que se dio su nombre a todas las monedas de plata de gran tamaño. Precisamente la enorme difusión de esta pieza y su amplísimo éxito fueron los elementos contra los cuales hubo de combatir Carlos V. sin embargo, resultaron inútiles todas sus tentativas de controlarlo y de dictar reglas unívocamente reconocidas en el interior de su imperio, de tal manera que cada punto de acuñación y cada autoridad emisora lanzaron táleros con características propias. En Italia, el primer “escudo de plata” (como solían llamarse estas monedas en Europa, cuyo peso oscilaba entre los 28 y los 32 g) se acuñó precisamente a nombre de Carlos V en 1528, en Nápoles. El reino de Italia meridional, que tanto peso tuvo en el pasado y que tan bellas monedas produjera, cuando entró a formar parte de las posesiones españolas quedó relegado a un papel secundario, de simple provincia gobernada por un virrey. Durante el reinado de los Reyes Católicos se acuñaron ducados muy similares a los “excelentes” que circulaban en España, y que introdujeron en Nápoles la gran tradición del retrato renacentista, al menos desde el punto de vista numismático. Un período particularmente feliz de la moneda napolitana fue el reinado de Carlos V. todas con retrato, las bellas monedas de oro acuñadas en Nápoles en aquel tiempo comprendían cuádruples, dobles y ducados. El monarca aparece de diversas maneras: primero joven y sin barba; en una segunda etapa, adulto y barbado, y luego, según una iconografía que reanuda la gran tradición de las piezas imperiales romanas, con corona metálica o de laurel o con la cabeza radiante. Las mismas variedades se encuentran en las monedas de plata. En homenaje a la tradición, las primeras monedas de plata acuñadas en Nápoles por Carlos V fueron los carlini, que lo representan muy joven. (El primer carlino apareció en esa ciudad en tiempos de Carlos I de Anjou, en el siglo XIII). APARECEN LOS ESCUDOS También bajo Carlos V las monedas napolitanas se enriquecieron con un nuevo tipo, el escudo de plata. En 1528 la ciudad sufrió el asedio de los franceses, circunstancia en la cual, y en el Castell’Ovo, se acuñaron grandes monedas de plata, probablemente necesarias para pagar a las tropas imperiales. Se trataba de piezas de factura muy tosca, de cumplidas dimensiones, que llevaban en el anverso la indicación del valor, el término “SCVDO” o “SCUDO” y, en ocasiones, otras letras que sin duda correspondían a la inicial del nombre del maestro de ceca. Dado que eran monedas obsidionales, acuñadas en condiciones precarias, presentaban un contorno irregular y su factura era más bien descuidada y elemental. En el reverso presentan los títulos de Carlos V, “Rex Aragonae Utriusque Siciliae etcétera”.


Entre 1538 y 1542, Carlos V mandó acuñar una nueva moneda de oro, el escudo “rizado”. Se trata de una pieza que lleva en el anverso la cabeza laureada del emperador, y en el reverso, el escudo y una cruz llameante. En cuanto al adjetivo “rizado”, de oscuro significado, parece tratarse de un término ya empleado para designar monedas de contorno más o menos irregular. PANORAMA GENERAL: LA MONEDA DE LOS REYES CATÓLICOS A LA CASA DE BORBON. Con los Reyes Católicos, en el arranque de la edad moderna, se inició la homogeneización del sistema monetario peninsular, a partir del modelo aportado por la economía más fuerte: la de la Corona de Castilla. Cada uno de los reinos no castellanos continuó teniendo sus monedas. Pero, en 1497, el patrón básico del sistema se fijó en torno al ‘excelente’ (de oro y llamado ducado desde 1504), el real (plata) y la blanca (vellón). La unidad de cuenta castellana, el maravedí, establecía la relación entre los diferentes tipos de monedas: el ducado valía 375 maravedís, el real 34 y la blanca 2’5. A partir de tales equivalencias, se acuñaron monedas diversas: de dos, cuatro o más ducados; los reales y sus múltiplos —el mayor de los cuales era el real de a ocho— o fracciones, como los medios reales; y otra serie de monedas de vellón. En 1535, se introdujo una nueva moneda de oro de menos peso y ley que el ducado, con la finalidad de igualar la moneda de oro castellana con la de otros países y evitar su fuga al exterior. Dicha moneda fue el ‘escudo’ o ‘corona’ (350 maravedís), con lo que el ducado dejó de acuñarse y se convirtió en moneda de cuenta. Los Reyes Católicos fijaron un límite máximo a la cantidad de vellón circulante, con lo que establecieron un sistema estable, que funcionó prácticamente durante todo el siglo XVI. La acuñación de oro o plata era libre. La monarquía fijaba el peso, ley y valor de las monedas, y cualquier particular podía acudir a las diversas cecas existentes en Castilla y acuñar su oro o plata, de la misma forma que podía hacer fundir sus monedas y utilizar dichos metales preciosos para cualquier otro fin. A medida que avanzaba el siglo XVI, la plata, que llegaba en cantidades crecientes de las colonias americanas, principalmente de las minas de Potosí, fue imponiéndose como moneda de metal precioso más utilizada, mientras que el oro redujo su circulación. Centrándonos en Castilla, desde mediados del siglo XVI, la situación monetaria se caracterizó por una inflación importante, lo que incentivó la exportación de metales preciosos. La monarquía realizó múltiples esfuerzos para impedir la salida de metales preciosos del reino. No obstante, dichos intentos fueron inútiles, y la plata americana se dispersó rápidamente por toda Europa. Entre las causas de este proceso destacaban las siguientes: la abundancia de metal en Castilla incidía en que el valor de la plata, expresado en bienes, fuese muy inferior al resto de Europa, por lo que aquí los precios eran muy superiores, lo que favorecía las importaciones y dificultaba las exportaciones de productos, y así el metal salía para hacer frente a los pagos del déficit. Al mismo tiempo, la propia infravaloración del metal en España respecto de cómo corría en las plazas extranjeras, favorecía directamente su salida hacia otros países (pues las cecas aplicaban tarifas muy bajas y el contenido de metal fino en las monedas castellanas era superior al de las extranjeras). A todo ello se añadían las licencias de exportación que la monarquía concedió a los prestamistas extranjeros, de quienes dependía financieramente, y la enorme salida de remesas monetarias para financiar la política internacional y los continuos enfrentamientos bélicos. En ese contexto, las bancarrotas oficiales fueron frecuentes. En el siglo XVII, se agravó la situación. Al conocido como ‘siglo de la plata’ siguió una reducción de su cantidad y la consiguiente carestía de la misma, además de utilizarse, sobre todo, para saldar el déficit crónico de la balanza de pagos. Las necesidades dinerarias llevaron a la Monarquía Hispánica a abusar de las acuñaciones de vellón, con las que obtenía un beneficio inmediato, gracias a la reducción de su peso y a la eliminación de la plata que existía en el vellón anterior. Fue ‘la era del cobre’. Lógicamente, el ‘premio’ de la plata aumentó, pero este metal precioso seguía huyendo, puesto que la paridad oro-plata castellana continuaba siendo más alta que la francesa o inglesa. Esta situación de penuria y desorden monetario, que duró hasta la década de 1680, nacía de la crisis crónica de la Hacienda bajo el gobierno de la Casa de Austria.


Durante el siglo XVIII, no hubo novedades importantes en el sistema, aunque aparecieron nuevas monedas y correlaciones entre ellas. La nueva dinastía, la Casa de Borbón, trató de estabilizar el sistema monetario español, pero la tendencia inflacionista de la segunda mitad del siglo provocó las devaluaciones acometidas por Carlos III y por Carlos IV, así como la rebaja del contenido de metal fino y de la ley de las nuevas monedas. Sin embargo, tuvo una mayor trascendencia la abundante emisión de papel moneda, en forma de títulos de deuda pública (los vales reales) y la creación del Banco de San Carlos en 1782. LOS PRIMEROS BANCOS PUBLICOS EN ESPAÑA. La precaria economía española del siglo XVIII gira en torno a los bancos privados, bancos públicos (no estatales) con reconocimiento oficial, Taules y Montes. La situación es grave, y la Hacienda se ve obligada a pedir préstamos en el extranjero ante la actitud renuente de la Compañía General y de Comercio de los cinco Gremios Mayores de Madrid, que haya dificultades para que le liquiden los prestamos. Toda esta coyuntura crea un ambiente apropiado para replantearse, pese a los proyectos fallidos de la Casa de Contratación de Sevilla y del Real Giro, la creación de un banco público estatal. El conde de Floridablanca, José Moñino y Redondo, presenta sendos proyectos al ministro de Hacienda, Miguel Múzquiz, y al ministro de Colonias, José de Galvez, el 15 de noviembre de 1779. El proyecto no prospera, ya que la situación económica cambia con la llegada de un cargamento de metales preciosos procedente de México. La bonanza apenas dura unos meses, y el bloqueo ingles a las comunicaciones entre España y las colonias de América, el asedio de Gibraltar y la lucha para la recuperación de Menorca, asimismo en manos de los ingleses, obligan a la Hacienda pública a emitir vales reales por un montante de 15.203.000 pesos de vellón al 4% de interés. La situación sigue sin mejorar, la cotización de los vales desciende, y para sostenerlos finalmente se funda el banco nacional, que además deberá fomentar la industria y los intercambios, y suministrar suministros a los ejércitos. Así, el 2 de junio de 1782 se crea el Banco Nacional de San Carlos, que se inauguro un año después, el 1 de junio de 1783. La existencia del Banco Nacional no excluye la actividad de la Compañía General de Comercio de los Cinco Gremios Mayores de Madrid, que sigue auxiliando a la Hacienda estatal hasta que, en 1785, modificados sus estatutos y por evitar la competencia con el Banco Nacional, dedica su actividad a la elaboración de tejidos y prendas para el suministro del Ejercito, la Armada y los presidios. Su situación se enrarece por el incumplimiento de los pagos de la Hacienda estatal (1799), y deja de abastecer a los ejércitos y demás instituciones oficiales. EL BANCO DE SAN CARLOS Como consecuencia de la depreciación de los vales reales que el mismo había propuesto, Francisco Cabarrús presenta, el 12 de octubre de 1781, al conde de Floridablanca (primer ministro), un proyecto de Banco Nacional, que este apoya. Pide el beneplácito a Carlos III, y como resultado la mayoría de los ministros apoya la iniciativa, salvo el conde de Gausa, ministro de Hacienda. También se oponen al proyecto los Cinco Gremios Mayores de Madrid. Para superar esta oposición, Cabarrús debe desplegar todas sus artes diplomáticas y conocimientos. El 13 de abril de 1782 redacta un memorial en defensa de su idea, que fructifica, y en una asamblea extraordinaria de ministros y expertos en economía, de la que forman parte el conde de Campomanes y Gaspar de Jovellanos, así como representantes de los Cinco Gremios Mayores, funcionarios del Tesoro y hombres de negocios, el proyecto lo aprueban los ministros del rey, que lo confirmaron individualmente por escrito. Tras el estudio y aprobación del proyecto, el 15 de mayo de 1782 Carlos III envía al Consejo Real la cédula por la que se constituye el Banco Nacional de San Carlos. La cédula se publica el 2 de junio del mismo año. El modelo en que se inspiró Cabarrús para la creación del Banco Nacional, no tenía nada de común con el Banco Publico de Barcelona (Taula de Cambi) ni con el de Valencia; su modelo fue el Banco de Inglaterra y, en menor medida, el Banco de Amsterdam, aunque conocía la forma de operar del resto de los bancos europeos de la época.


El banco estaba bajo la protección real, pero era de propiedad privada: cualquiera podía tener acciones sin que esto conllevara control alguno sobre la entidad. La misión principal del banco era la conversión de los vales reales a la par por metálico, la negociación de pagares y letras de cambio hasta un máximo de noventa días, y el suministro al Ejercito y la Armada. El capital del banco se estableció en 300 millones de reales de vellón, con lo que superaba al del Banco de Inglaterra, se dividió en 150.000 acciones de 2.000 reales cada una, comprometiéndose el Banco a cambiarlas a la par. Gaspar de Jovellanos, que había apoyado el proyecto, se mostró disconforme con el monto del capital, que aconsejó se redujera a 200 millones, por creer que no sería posible invertir todos los fondos, y que ello mermaría sustancialmente las rentas del capital. El tiempo le daría la razón. La colocación de las acciones fue difícil, y su venta debió apoyarse con Reales Decretos y con ejemplos: el propio rey compro mil acciones, y quinientas el príncipe de Asturias. A los cinco meses de su puesta en circulación, solo se habían vendido 9.452. De todas formas, se convoco la asamblea y se nombro la primera junta encargada de organizar el banco. En esta asamblea se acordó la emisión de billetes sin interés, al estilo de los bancos europeos, y de un nominal en 200 y 1000 reales. De la junta salió también el acuerdo de buscar un local, que se alquilo al conde de Sargado, y estaba ubicado en la calle Luna, 17. Se restauro y habilito, de forma que el 1 de junio pudo inaugurarse. El 20 de diciembre de 1783, cuando se convoco la segunda junta, solo se habían desembolsado 28.150 acciones, pero aun así el banco siguió adelante y decidió emitir billetes por 52 millones de reales. El gobierno accedió a crear una reserva al banco de 30 millones de reales en oro, que acuño la Casa de Moneda de Madrid, y dio las órdenes oportunas para que los billetes fueran aceptados. Las acciones del banco nunca llegaron a desembolsarse en su totalidad, pues hubo que suspender su venta en 1785, cuando aún quedaban 26.334, por la especulación de que las mismas fueron objeto. El banco pasó por numerosas vicisitudes, producto de intrigas, cambios de juntas, influencias extranjeras y especulaciones, hasta la caída de Cabarrús en 1790. La marcha de la institución nunca fue ejemplar, y afecto al capital y a las operaciones de riesgo contraídas. Como la Corona no cubría ni el pago de intereses, el banco quebró en 1829. Por lo demás, estos fueron años de grandes dificultades: hubo guerra con Inglaterra, los franceses invadieron España, José Bonaparte fue proclamado rey e Hispanoamérica se vio sacudida por las luchas de emancipación. Este cumulo de circunstancias adversas impidió que la corona cumpliera con sus compromisos, y siendo esta el primer cliente del banco, lo arrastro a la quiebra. MONTES DE PIEDAD Y MONTEPIOS. A semejanza de los montes italianos creados en el siglo XV, en 1710 se reconocieron oficialmente en Madrid estas instituciones, cuyo reglamento se aprobó en 1712. Nacieron con la idea de socorrer en los tiempos difíciles a empleados, comerciantes artesanos en las grandes ciudades, pero este objetivo no siempre se cumplió, pues también fueron centro de especulación y usura cuando la demanda supero las disponibilidades del monte. Fueron importantes los montes de Madrid y Granada, así como los de Barcelona, Zaragoza y Jaén. En depósitos de ahorro se pagaba un 3% de interés a la clientela privilegiada que disponía de ellos. Su importancia indujo a la administración pública a convertirlos en depositarios de fianzas y recaudaciones. Paralelamente funcionaban los montepíos, principalmente en la segunda mitad del siglo XVIII, en sus dos versiones, de socorro y de crédito. Nacieron a la sombra de las hermandades, cofradías o gremios, para la protección de sus miembros, pero los que realmente destacaron fueron los oficiales, para militares, marinos o funcionarios, promovidos por Esquilache en 1761.los montepíos de socorro perseguían un fin caritativo o benéfico, y se alimentaban de las cuotas de sus miembros y los donativos de los pudientes, para transformarlos en pensiones de vejez, viudedad u orfandad. Los montepíos de crédito se implantaron con la finalidad de mejorar la producción agrícola e industrial. Sus fondos provenían de las vacantes eclesiásticas o de los expolios. Facilitaban semillas


a los campesinos, redes a los pescadores y materia prima a los artesanos, con préstamos gratuitos o intereses moderados. Su mayor auge se registro en la segunda mitad del siglo XIX, y perdieron su hegemonía con el nacimiento de las compañías de seguros privadas. Entrado el siglo XX, el apoyo estatal a los montepíos les devolvió su protagonismo hasta nuestros días. EL PRIMER PAPEL MONEDA DE ESPAÑA. A finales del siglo XVIII, la situación económica de España ante el bloqueo y la guerra, impidió una recaudación suficiente de tributos para la hacienda estatal. En estas circunstancias, el gobierno acepto la proposición de un francés, Francisco Cabarrús, economista, banquero y hombre de negocios afincado en Madrid, para proceder a la emisión de vales reales, el primer papel moneda emitido en España. Carlos III autorizo el 20 de septiembre de 1780 la emisión de 9.900.000 pesos de vellón en vales al 4%de interés. Posteriormente, el 20 de marzo de 1781, y para sufragar las campañas de Gibraltar y Menorca, se realizo una segunda emisión de 5.303.000 pesos de vellón. La devolución de los mismos acuso las dificultades que sufría el reino. Este primer papel moneda, que mantenía su paridad por debajo del metálico un 4%, no fue un buen precedente para las emisiones sucesivas. Los vales reales nacieron con anterioridad a la creación del Banco de San Carlos, como deuda pública, y esa entidad, en su primera asamblea de accionistas, aprobó la emisión de vales sin interés, lo que los convirtió en billetes. Se efectúo una primera emisión el 1 de marzo de 1783, con los nominales de 200, 300, 400, 500, 700, 800, 900 y 1.000 reales. La última emisión de vales se llevo a cabo el 1 de marzo de 1798. Dos años más tarde, en 1800, tuvieron que ser retirados de circulación por el deterioro de su valor, las falsificaciones y la penuria de la Hacienda pública. Los coleccionistas pagan hoy por ellos considerables sumas. HISTORIA DEL BANCO DE ESPAÑA. En el siglo XIX, apareció por primera vez un sistema monetario español. El comienzo del siglo se caracterizó por el mantenimiento de las unidades monetarias anteriores, a las que se unió la circulación de monedas inglesas o francesas. En 1848, se implantó el sistema decimal; las unidades serían el doblón o centén isabelino de oro (igual a 100 reales o 10 escudos de plata); el medio duro de plata (10 reales o un escudo), el duro (20 reales), la peseta (4 reales), la media peseta y el real, así como una serie de monedas menores de cobre. Por decreto de 1854, se extinguió la unidad de cuenta tradicional: el maravedí, y se estableció como unidad efectiva el real, dividido en 100 partes o céntimos. En 1829 nació el Banco español de San Fernando prácticamente como una sociedad liquidadora del Banco Nacional de San Carlos. Fue creado por Real Cédula del 9 de julio de 1829, con un capital de 60 millones de reales divididos en 30.000 acciones de 2.000 reales. La deuda del Estado con el Banco de San Carlos ascendía en 1829 a 309.475.984 reales, de los cuales solo pago 40 millones en efectivo para saldarla. Esto llevo al banco a la quiebra, pero los accionistas del San Carlos recibieron a cambio acciones del nuevo Banco Español de San Fernando por la diferencia. Los estatutos, redactados por Sainz de Andino, prescribían como fines la emisión de billetes al portador para Madrid, el descuento y como prestamista del Tesoro. Básicamente no era un banco de depósitos, y sus operaciones se veían limitadas por el temor de sufrir la penosa suerte de su antecesor. Con ello su actividad fue restringida, y no llego a utilizar ni la mitad de sus activos en sus primeros cuatro años de vida. Su preocupación era atender los billetes circulantes en Madrid y los créditos del Estado. Con la guerra carlista (1833-1839), el Estado requirió la atención del banco, al extremo de que se convirtió en un apéndice de este, colocándolo en continuos apuros económicos. Las operaciones con los particulares quedaron marginadas, y la entidad desembocó en una situación precaria, hasta el extremo de que para mantener el precio de las acciones, se vio obligado a comprar parte de ellas. EL BANCO DE ISABEL II.


En 1840, como consecuencia de la desamortización, la actividad del banco aumento, pero no por ello dejo de mantener su estrecha vinculación con el Estado, que duro hasta 1843. Esta circunstancia freno sin duda la economía del país, pues faltaban instituciones de crédito que facilitaran préstamos al comercio y a la industria. Fue entonces cuando José Salamanca, junto con otros comerciantes y capitalistas, propuso la creación del Banco de Isabel II (enero de 1844). El Banco de San Fernando se opuso a la iniciativa, pero el mismo mes empezó a funcionar el de Isabel II. El primero tenía el monopolio de emitir billetes, por lo que al segundo se le autorizo a emitir “cédulas al portador”. El capital fundacional fue de 100 millones de reales repartidos en 20.000 acciones de 5.000 reales. Su método de operar, más moderno que el anterior, contribuyo a mejorar la situación bancaria en Madrid. El Banco de Isabel II, con sus líneas modernas de actuación, se amplio y creo en 1846 el Banco Español de Cádiz, que también se convirtió en emisor de billetes. La expansión de este exasperó al Banco de San Fernando, hasta el extremo de no aceptar los billetes emitidos por la competencia, pese a que ambas instituciones se desenvolvían en medios diferentes. En 1846, la crisis que se había iniciado en Francia e Inglaterra llegó a España, ocasionando una situación difícil a los dos bancos. En vista de ello, Santillán, ministro de Hacienda, propuso en enero de 1847 la unión de ambas instituciones, iniciativa que fue bien acogida por ambos dada su precaria situación. La fusión se realizó con la intervención del nuevo ministro de Hacienda, Salamanca, que como parte interesada del Banco de Isabel II, favoreció a este. EL NUEVO BANCO ESPAÑOL DE SAN FERNANDO. Con la fusión, el nacimiento del Nuevo Banco Español de San Fernando contó con un capital de 400 millones de reales, de los cuales 200 provenían a partes iguales de los dos bancos, y los otros 200 los suscribieron más tarde los accionistas. Pero esta cifra nunca se llego a cubrir. La crisis no cesaba; más bien iba en aumento. Y así, agudizada por un desfalco del propio director de la entidad, las acciones que en enero cotizaban a 262 por 100 bajaban a 44% en el mes de octubre. El gobierno seguía mostrándose incapaz de pagar sus deudas, y los activos incobrables de particulares, provenientes del Banco de Isabel II, llevaron a una situación crítica. Para ponerle remedio, la ley de 4 de mayo de 1849 dividió al banco en dos departamentos, el de emisión y el de operaciones, y al mismo tiempo se le concedió el monopolio de emisión para toda España, salvo Barcelona y Cádiz. Con esto se esperaba recuperar la credibilidad del banco y de los billetes en circulación. Aunque la ley no fue efectiva, la modernización del banco llevo a una reestructuración del mismo, cambiando la figura del director por la del gobernador. El primero fue Santillán, nombrado en diciembre de 1849, quien introdujo una reforma drástica del sistema: rebajo el capital a 120 millones de reales, elimino los dos departamentos, regulo la emisión de billetes y creo nuevos bancos. Dio a conocer al público los balances semanalmente, en contra de la establecida doctrina del “misterio del crédito”, y mejoro la administración. En resumen, puso las bases de un banco central. Sus mejoras quedaron plasmadas en la ley de 15 de diciembre de 1851. Las actividades del banco continuaron, con numerosas emisiones y constantes reformas de adaptación a una economía ya creciente, hasta la ley de 28 de enero de 1856 estableció que el Nuevo Banco Español de San Fernando tomara el nombre de Banco de España. LAS PRIMERAS EMISIONES Y LOS BANCOS PROVINCIALES DE ESPAÑA. Las necesidades económicas de España en el siglo XVIII, motivadas por las frecuentes guerras y por las dificultades para importar metales preciosos de América, fueron la causa de la implantación del papel moneda. Este consistía en vales reales que, a diferencia de los billetes de banco, devengaban intereses. Los vales reales desaparecieron con el siglo debido al deterioro económico que sufrieron, por las falsificaciones y por la penuria que aquejaba a la hacienda pública, y dieron paso definitivamente a los billetes de banco, que no devengaban intereses pero ofrecían mayor operatividad. EL PRIMER BANCO EMISOR. (Recapitulación). Durante el reinado de Carlos III (1759-1788), el 2 de junio de 1782, se creó el Banco de San Carlos con un capital de 300 millones de reales de vellón, repartidos en 150.000 acciones de 2.000


reales de vellón cada una. Un año más tarde, el 1 de marzo de 1783, esa entidad puso en circulación los primeros billetes españoles, con nueve valores: 200, 300, 400, 500, 600, 700, 800, 900 y 1000 reales de vellón. A cada uno se le asigno un color, para distinguirlos con mayor facilidad, puesto que por factura y tamaño son prácticamente iguales. Las tiradas fueron desde 4.000 unidades la más pequeña a 8.000 las mayores, con un monto total de la emisión de 32.750.000 reales de vellón, lo que no llegaba al 11% del capital fundacional. Toda la serie es similar en diseño, sobre un papel de 150 x 210 mm aproximadamente, impreso en calcografía y solo por el anverso. Lo bordea una cenefa que varía según los billetes, para terminar en el centro, en la parte superior, en un medallón oval a cuyo alrededor figura la leyenda “Banco Nacional de San Carlos”. En el centro, dos manos entrelazadas en señal de pacto o acuerdo y la frase “FIDES PUBLICA” (confianza en el Estado). Debajo, a la izquierda, el numero del billete, que se inscribía a mano, y a la derecha el valor en reales de vellón. Bajo estos datos el siguiente texto: “El Banco Nacional de San Carlos tiene a disposición del portador Doscientos Reales de vellón que le pagara siempre que se presente, desde las diez hasta la una, todos los días del año, exceptuando los festivos. Madrid 1° de Marzo de 1783.” Bajo esta leyenda, las firmas manuscritas y rúbricas del cajero, el tenedor y uno de los directores del Banco. Los dibujos se debieron a Alberico y Rafael Mengs y los grabados, a Manuel Salvador Carmona. A esta emisión siguió otra, reinando Carlos IV (1788-1808), el 1 de marzo de 1798, con billetes de 200, 300, 500 y 1.000 reales de vellón. Se mantuvieron la misma línea de diseño y los colores fijados a cada valor en la serie anterior, con tiradas similares. Como precedente de este papel moneda en 1780 se emitieron vales reales, que continuaron en uso hasta fines de siglo paralelamente a los billetes. Se diferenciaban de estos porque generaban intereses y se emitían para financiar los presupuestos de guerra o del Estado. LOS ASIGNADOS IMPERIALES DE JOSÉ BONAPARTE. José era hermano de Napoleón I y, por designio de este, rey de Nápoles y de las Dos Sicilias. El emperador, al destronar a los Borbones, sustituyo a José en Nápoles por Joaquín Murat y lo nombro soberano de España. Su reinado, que duro del 6 de junio de 1808 hasta el 11 de diciembre de 1813, fue inestable a causa de las revueltas y de la constante lucha de guerrillas, pero aun así trato de introducir las novedades de su país de origen, como los asignados. También acuño numerosas monedas en pesetas y ateniéndose al sistema decimal implantado en Francia por el emperador. De todos modos, la peseta no fue adoptada como unidad hasta la reforma monetaria de 1868, año en que España se alineo con la Unión Monetaria Latina, creada tres años antes. José Bonaparte solamente emitió dos series de asignados imperiales napoleónicos el 21 de febrero de 1813, y en la misma fecha de 1814, en ambas ocasiones en Barcelona. Son de confección muy sencilla: una cenefa bordea el billete, en cuyo interior, en la parte central, un águila bordea un cuadro con la leyenda “CIEN PESETAS”. A la izquierda van el numero y la serie, a la derecha el numero del billete, manuscrito, y bajo este conjunto se lee: “ASIGNADO IMPERIAL, por Cien Pesetas en Vigor en el Principado de Cataluña dado EN BARCELONA 1814.” La tirada fue muy amplia, de ahí que no sea un billete tan raro como los demás de su tiempo. A las emisiones napoleónicas le siguió la única emisión de Fernando VII (1814-1833), del Banco Español de san Fernando, el 19 de julio de 1830. Se componía de tres billetes de 500, 1.000 y 4.000 reales de vellón, con unas tiradas de 6.000, 5.000 y 1.000 billetes respectivamente. La confección y el diseño habían mejorado en alguna medida, pero el porte resultaba muy sencillo, similar al de las piezas descritas anteriormente. A la muerte de Fernando VII, su hermano Carlos María Isidro de Borbón no reconoció a Isabel II como sucesora y se convirtió en pretendiente a la corona con el nombre de Carlos V (18331840). Se desencadeno así la primera guerra carlista. Pese a no reinar de manera efectiva, Carlos V acuño monedas de cobre y plata en Segovia y Berga, y el 8 de abril de 1837 emitió una serie de tres billetes de 50, 100 y 200 pesos fuertes a nombre del Tesoro Real de España. Durante el reinado de Isabel II, y en la primera época del Banco


Español de San Fernando, salieron cuatro emisiones, todas en reales de vellón, con un total de once billetes de los valores de 500, 1.000 y 4.000: el 1 de febrero de 1835 dos, el 1de enero de 1843, 1 de junio de 1844 y el 1 de octubre de 1846 tres cada año. En la primera emisión se conserva la cenefa rectangular a semejanza de los billetes emitidos hasta la fecha, mientras que en las otras tres emisiones la cenefa, más cuidada y engalanada con medallones, es ovalada. En el medallón superior se conserva el “apretón de manos”. EL BANCO DE ISABEL II Y LA FUSIÓN. El banco de Isabel II se creó el 25 de enero de 1844 con un capital de 100 millones de reales. El 1° de junio del mismo año emitió la única serie de billetes, compuesta por los valores de 200, 500, 1.000, 5.000 y 10.000 reales de vellón, con tiradas de 50.000, 20.000, 10.000, 4.000 y 3.000 respectivamente. La confección es muy sencilla pero cuidada: un rectángulo con las esquinas adornadas enmarca los epígrafes, todos impresos y a los que se añade el número de serie, destacando el nombre del banco en el centro y en las esquinas el importe y el número. Debido a la situación precaria de los dos bancos oficiales, por Real Decreto del 25 de febrero de 1847, el Banco de Isabel II y el Banco Español de San Fernando se fusionaron, y años más tarde, el 28 de enero de 1856, se acordó que el Nuevo Banco Español de San Fernando tomara el nombre de Banco de España. Antes de esta resolución, el Nuevo Banco, en su segunda época, lanzo cuatro emisiones: el 1 de octubre de 1847, el 1 de abril de 1848, el 1 de marzo de 1850 y el 1 de marzo de 1853, la segunda de tres billetes y el resto de cuatro, con los valores nominales ya mencionados y en reales de vellón. La confección mejora considerablemente, con motivos de esfinges humanas y cenefas más sofisticadas. Se incorporan los rosetones de seguridad para incluir en ellos los nominales, se conservan las impresiones en colores para diferenciar los valores, y se mejora sustancialmente la calidad. Desde que se instituyo el Banco de España en 1856, hasta el Real Decreto de 19 de marzo de 1874, que lo convertía en único emisor de billetes de curso legal, en diversas capitales de provincias se emitieron otros billetes, creando con ello autentico desconcierto. BANCOS DE PROVINCIAS Dado el elevado número de bancos y la cantidad de sus respectivas emisiones, de la relación que sigue se han obviado los detalles, a fin de incluir en ellas todas las entidades. BANCO BALEAR. Una sola emisión el 21 de agosto de 1864, compuesta por los billetes de 100, 200, 500, 1.000, 2.000 y 4.000 reales de vellón. Son de gran rareza y de confección muy esmerada. El motivo central bajo el epígrafe del banco es un ovalo con dos alegorías de mujer sentadas apoyándose en un escudo de armas. Los dibujos y las tramas hacen muy difícil la falsificación. BANCO DE BARCELONA. Cuatro emisiones en 1844, 1855, 1859 y 1868, todas ellas fechadas a mano. La primera, de un billete de 150 pesos; las otras tres, series de 5, 10, 25, 50, 100 y 200 pesos fuertes. La primera emisión nos recuerda un diploma escolar muy cuidado y ornamentado. La segunda, siguiendo la misma línea, incorpora dos medallones en los laterales, con figuras humanas en pie: en el medallón superior va el escudo de la ciudad y en el interior se apoyan dos figuras humanas. La tercera emisión, mas simplificada, prescinde de la orla, el epígrafe del banco lo remata la corona del principado, y bajo este se disponen una mujer sentada y las casillas para rellenarlas a mano. La cuarta emisión es de singular belleza: bajo el epígrafe, la corona del principado, y a ambos lados dos medallones de gran dimensión con dos mujeres coronadas y sentadas portando escudos, el de la derecha con las armas de la ciudad. BANCO DE BILBAO. Una sola emisión de fecha 21 de agosto de 1857, con billetes de 100, 200, 500, 1.000, 2.000 y 4.000 reales de vellón. El motivo principal consiste en medio círculo en el centro del billete, rodeado por el epígrafe del banco y en el interior una mujer sentada. En los extremos, dos medallones que cambian los motivos en los diferentes valores: niños, industrias, etc. Bajo el motivo principal las firmas y las frases de rigor. La confección es muy cuidada y elegante.


BANCO DE BURGOS. Una emisión, con los valores descriptos para el Banco de Bilbao. La Real Orden es el 7 de noviembre de 1863. La rareza de estos billetes es tal, que no se dispone de datos para describirlos. BANCO DE CÁDIZ. Tres emisiones en la misma fecha, 25 de julio de 1847. La primera con los seis valores mencionados en el Banco de Bilbao; la segunda sobre papel amarillo y sello rojo, con los valores de 100 y 200, y la tercera, sin fecha, con los mismos seis valores. La confección es muy sencilla: las dos primeras presentan un pequeño dibujo de Hércules y las columnas, arriba; y la tercera lleva el dibujo en la parte media izquierda. BANCO DE LA CORUÑA. Una sola emisión con la fecha de la Real Orden de 25 de noviembre de 1857. Los valores son los acostumbrados: 100, 200, 500, 1.000, 2.000 y 4.000 reales de vellón. Factura muy sencilla: con un dibujo central que representa dos barcos y la Torre de Hércules; dos rosetones con el valor y dos banderolas con los números y series. El color cambia para los diferentes valores. BANCO DE EMISIÓN Y DESCUENTOS DE SANTIAGO (SANTIAGO DE COMPOSTELA). Los mismos valores que en casos anteriores, concedidos por la Real Orden del 21 de agosto de 1864. El billete de 200 reales de vellón va enmarcado en una orla, con dos rosetones en las esquinas de la izquierda con el nominal. En la parte baja del centro, una banderola contiene el epígrafe del banco: una mujer con lanza y escudo en posición de marcha. En la parte superior de la orla, un medallón con el escudo de armas, y en la parte inferior un panel con el numero y la serie. Se conocen muy pocos ejemplares. BANCO DE JEREZ DE LA FRONTERA. Una emisión por Real Orden de 20 de enero de 1860, con los valores de costumbre. Se trata del billete de confección más simple, sin ornamentación y de fácil impresión, formando un arco el epígrafe del banco. Bajo este se dispone un escudo en blanco. A los lados figura el nominal en cifras y abajo en letras. BANCO DE MALAGA. Primera emisión el 27 de octubre de 1860; segunda, en 1865 pero sin fecha. Ambas son similares y con los valores acostumbrados. El motivo central consiste en el epígrafe del banco y el valor y la unidad encuadrados en un marco trabajado, con dos rosetones en los extremos. Encima, una mujer sentada en un medallón, y a ambos lados dos rosetones con el nominal en cifras. En la parte inferior, las numeraciones y las formas. El reverso presenta un gran ovalo muy trabajado, cuyo centro contiene un rosetón con el nominal y, circundándolo, el epígrafe del banco. BANCO DE OVIEDO. Una emisión con fecha 6 de mayo de 1864, con los valores ya mencionados. Se carece de datos debido a su rareza. BANCO DE PALENCIA. Emisión del 23 de mayo de 1864, con los seis billetes habituales. Sin datos. De gran rareza. BANCO DE PAMPLONA. Emisión del 22 de enero de 1864. Al igual que en los casos anteriores se carece de información. BANCO DE REUS. Emisión de 4 de junio de 1863, según la Real Orden, la serie consta de seis billetes, pero no se dispone de ejemplares. BANCO DE SAN SEBASTIAN, Emisión según la Real Orden del 10 de septiembre de 1862. Tampoco se poseen datos. BANCO DE SANTANDER. Una emisión con fecha 18 de agosto de 1857, compuesta por los valores habituales, de confección sencilla: un ovalo central contiene el epígrafe, las leyendas y un grabado elemental con barcos; alrededor un adorno floral, en las esquinas superiores las series y en las inferiores el nominal en cifras.


BANCO DE SEVILLA. Una emisión de fecha 29 de febrero de 1857, con los 6 valores acostumbrados. Se vuelve al diseño simple: un pequeño medallón con la imagen de Cristo, dos paneles grabados para el nominal en cifras y otro para la leyenda “SEVILLA”. En la parte superior, la numeración y el epígrafe del banco en letras mayúsculas. BANCO DE TARRAGONA. Una emisión de los valores habituales el 23 de septiembre de 1864. No se conocen más detalles. BANCO DE VALLADOLID. Una emisión el 24 de agosto de 1857, de los valores mencionados, de gran belleza. Una orla floral contiene en la parte inferior el nominal y en el lado derecho la serie. En el centro de la parte superior dos escudos, los de Castilla y Valladolid, coronados, de los que parten unas banderolas con el epígrafe del banco. Bajo este conjunto, dos cajas con el numero y un rosetón en el centro con el nominal en letras. Debajo, las leyendas de rigor, la fecha y las firmas, un conjunto trabajado y de buen diseño. BANCO DE VITORIA. Una sola emisión de fecha 1 de junio de 1864, con los valores habituales. Una cenefa exterior contiene en la parte superior el nominal en letras, en los laterales en cifras, y en la inferior la serie bajo la cenefa; y en la parte superior tres escudos de armas flanquean el epígrafe del banco. Bajo este conjunto, leyendas, números y firmas. Algunos billetes han sido sobrecargados en pesetas. BANCO DE ZARAGOZA. Una emisión de 4 de mayo de 1857 en los valores habituales y de composición similar a la del Banco de Valladolid. En la parte superior hay dos escudos: el de Zaragoza a la izquierda y el del Reino a la derecha. De este último escudo salen las banderolas con el epígrafe del banco emisor. Bajo el conjunto, dos cuadros con la serie y una ojiva con el nominal en letras. Siguen las leyendas y las firmas, para terminar en la cenefa que bordea el billete, con la serie y el nominal en cifras. La escasez o ausencia de algunas series, de las que solo se conoce la Real Orden por la que fueron autorizadas, se debe a que una vez canjeados los billetes, la autoridad emisora los destruía, los perforaba o los inutilizaba con un sello. Dado su alto valor y limitado uso, difícilmente los billetes quedaban olvidados en casa; de ahí que sea corriente que las colecciones estén formadas por ejemplares inutilizados de una u otra forma, y que no abunden los ejemplares nuevos. Todos los billetes descriptos alcanzan elevado valor en el mercado, y en raras ocasiones se encuentran en los comercios o en las subastas, por lo que su coleccionismo requiere cuantiosas inversiones y gran tenacidad. Hay otros billetes no englobados en los grupos anteriores, y que son de gran interés para el coleccionista. Se tratara de ellos, agrupados por orden cronológico, cuando se trate del Banco de España. EL BANCO DE ESPAÑA. Nació en virtud de la ley de 28 de enero de 1856, pero su condición de único banco emisor de billetes de curso legal (gasta entonces había quince bancos emisores), así como su categoría de nacional, no llegaron hasta el Real Decreto de 19 de marzo de 1874. Hasta esta fecha hay que destacar la ampliación del capital a 200 millones de reales, el rechazo de crear un banco nacional con capital inglés y dos reformas monetarias. La primera de estas reformas se adopto en 1864 para rebajar el contenido metálico de la moneda y los derechos de acuñación, y evitar así la fuga de moneda española hacia otros países, al mismo tiempo que introducía el sistema de cuenta decimal. La segunda reforma se produjo en octubre de 1868, para adaptarse al sistema de la Unión Monetaria Latina, con lo cual la peseta pasó a ser la unidad, dividida en 100 céntimos. Ante la anulación de los derechos adquiridos de los demás bancos emisores, se les dio la oportunidad de fusionarse con el Banco de España cambiando las acciones a la par, así lo hicieron en su mayor parte, convirtiéndose en sucursales de la nueva entidad nacional.


La retirada y cambio de todo el papel moneda existente no se logro hasta 1884, operación que se combino con la distribución de los nuevos billetes, en principio locales, para pasar luego a regionales y finalmente a nacionales. Esto implico un gran volumen de emisión, lo que aumento el capital a 700 millones, cifra cercana a los 750 millones permitidos por la ley, y obligó al banco a atender en metálico (plata) los pagos corrientes para poder frenar la circulación fiduciaria. Se mantuvo una política austera de emisiones, y su convertibilidad solo en plata, pues la conversión en oro se había abandonado en 1883 por las fugas al extranjero. Esta actitud desprestigió la moneda española en el mercado internacional. Como hemos podido comprobar, el Banco de España no hizo más que aliviar las dificultades del Estado desde su fundación hasta finales del siglo XIX. La perdida de las últimas colonias en 1898 creó una desestabilización en el país que no se regularizo hasta bien entrado el siglo XX. Siempre de común acuerdo con el gobierno, el banco se convirtió en agente de este en el extranjero y llego a participar en el Banco de Marruecos. Concedió préstamos al sultanato en 1910, y en 1918 a los bancos norteamericanos y franceses, operaciones que ponen de manifiesto el resurgimiento económico español. LA LEY CAMBÓ. Una nueva era en la trayectoria del banco la marca la Ley de Integración Bancaria de 1921, inspirada por Francisco Cambó, ministro de Hacienda. Básicamente, lo que destaca de la misma es que convierte al Banco de España en banco de bancos, en detrimento de los clientes privados, al mismo tiempo que aportaba al gobierno una política monetaria, definía por primera vez el concepto de banco central y banca privada, y establecía que el gobierno participaba de los beneficios del banco. En esta misma ley se prorrogó la emisión de billetes, que caducaba en 1921, hasta 1946. Se amplió el capital de 150 a 177 millones de pesetas, y el tope circulante fiduciario pasó de 5.000 millones a 6.000. La amplitud de esta ley no nos permite entrar en más detalles, pero sin la menor duda supuso un gran impulso en el desarrollo del banco. Entre 1920 y 1930 no hubo grandes cambios en la entidad, a pesar de verse afectada por las sucesivas devaluaciones de la peseta. Los problemas de carácter orgánico empezaron con la República, hasta el extremo de que Indalecio Prieto, ministro de Hacienda, apunto a una nacionalización del banco, pero la crisis se superó con la distribución en el consejo de tres miembros del banco y tres del Estado. Más adelante, la situación empeoró con la contienda civil, y el banco, al igual que España, quedó dividido en dos. El Banco de España era gobernado desde marzo de 1936 por Luis Nicolau d`Owler, nombrado por el gobierno de la República, y como subgobernador primero figuraba Pedro Pan, que posteriormente fue el creador del Banco de España en Burgos. La situación en que se encontraba el país hizo que controlara las sucursales, intervención que duró hasta el 11 de mayo de 1938, cuando el gobierno de la República trasladó el Banco de España a Barcelona. Entonces tomo de nuevo el control de las sucursales catalanas, y operó y celebró juntas de accionistas durante la contienda, la ultima el 8 de enero de 1939. Cesaron sus actividades con la caída de Barcelona. Paralelamente, en la zona nacional fueron agrupándose los miembros de la administración del banco para establecer una nueva administración central en Burgos al amparo de la Junta de Defensa. El 24 de septiembre de 1936, se reunió el consejo en esa ciudad, bajo la presidencia de Pedro Pan y representantes de los accionistas. Su primera iniciativa, consistió en unificar la política de las sucursales existentes en la zona nacional. Se nombró como subgobernador en Burgos a Antonio Artigas, y se organizó el nuevo equipo de dirección. La situación era de carácter provisional ante la toma de Madrid, que se creía inminente, pero al demorarse esta, el 12 de marzo de 1938, casi dos años después, se nombró gobernador a Antonio Goicoechea, que asumía a la vez el control de toda la banca oficial (Banco Hipotecario, Banco Exterior de España y Banco de Crédito Industrial). En Santander, el 18 de septiembre de 1936, tuvo lugar una nueva junta de accionistas, en la que se autorizo a la dirección del banco a emprender las acciones legales necesarias para la recuperación del oro enviado a Rusia por el Gobierno de la República. Un decreto del 12 de noviembre de 1936, válido para la zona controlada por la junta de Burgos, desmonetizó


todos los billetes emitidos por el banco de España en fecha anterior al 18 de julio de aquel año, medida que se extendió a los certificados en plata. La falta de papel se dejó sentir durante toda la contienda, al extremo de tener que emitirlo con carácter de emergencia en gran cantidad de ayuntamientos, de toda España. También se emitieron billetes en Barcelona por la Generalitat y por el Banco de España. El Consejo de Asturias y León realizó una serie en 1937, y el ministerio de Hacienda en Madrid también cubrió sus necesidades emitiendo una serie en 1937. Mientras, en la zona nacional, el 21 de noviembre de 1936 empezó a emitir el Banco de España en Burgos, que continuo haciéndolo hasta el 10 de agosto de 1938. Finalizada la guerra, los billetes desmonetizados continuaron en la misma situación y tuvieron validez solamente los emitidos en Burgos. A partir de 1939, todo el papel se emitió en Madrid. Un nuevo periodo del Banco de España comenzó en 1939, pero ante la falta de reservas de oro y plata y la situación bélica en el exterior, el ministro de Hacienda, Larraz, opto por una reforma interna, poniendo en marcha un ordenamiento monetario y financiero y reorganizando el Banco de España. La ley de 13 de marzo de 1942 dio por liquidados los ejercicios de 1939 a 1941, e inicio una nueva etapa. La evolución del banco inspiró la redacción de unos nuevos estatutos, que entraron en vigor el 24 de julio de 1947 y que se mantuvieron vigentes hasta la nacionalización del banco el 7 de julio de 1962. A partir de esa fecha, además de banco emisor y vigilante de la banca privada, le corresponde gestionar la política monetaria según las directrices del gobierno, guardar los fondos de reserva y divisas, y controlar los pagos al exterior. El 14 de noviembre de 1969 sustituyó al Instituto Español de Moneda Extranjera, y a partir del 19 de julio de 1971 asumió las funciones del Instituto de Crédito de las Cajas de Ahorro, y de parte de las propias del Instituto de Crédito a medio y largo plazo. La evolución experimentada por el Banco hasta la actualidad, ha sido una constante adaptación a las tendencias económicas de esta última época, guiada por las necesidades del país y por el reflejo de la actuación de bancos en nuestro entorno geográfico, pero conservando básicamente la normativa y cambios de los últimos estatutos. LAS EMISIONES DEL BANCO DE ESPAÑA HASTA LA GUERRA CIVIL. En medio de la desfavorable situación económica por la que atravesaba España a mediados del siglo XIX, la emisión de billetes por numerosos bancos provocaba desconcierto y contribuía a entorpecer el desarrollo económico del país. Estas circunstancias impulsaron al gobierno a crear el Banco de España, el cual, tras experimentar dos reformas, invitó a los bancos emisores a fusionarse con él, lo que significaba la perdida de los derechos adquiridos para emitir billetes. EMISIONES PARALELAS DEL BANCO DE ESPAÑA. Con el nacimiento del banco de España el 28 de enero de 1856, no desaparecieron las emisiones de los bancos de provincias: veinte de ellos continuaron con esa actividad, que en 15 casos puede reconstruirse enteramente. El Real Decreto del 19 de marzo de 1874 convirtió al Banco de España en el único de carácter nacional con derecho a emitir billetes de banco, pero la retirada de los billetes de otras entidades no se completó hasta 1884; hubo, pues, un periodo de emisiones paralelas (de 1856 hasta 1874) y otro período de curso legal paralelo hasta la retirada definitiva de los billetes de aquellas entidades. En su primera emisión del 1 de mayo de 1856, similar a la de los bancos de provincias, y que constaba como ellas de seis billetes – 100, 200, 500, 1.000, 2.000 y 4.000 reales de vellón -, el Banco de España asignó un color de papel para cada valor. Debajo del epígrafe del Banco, iba un rosetón en blanco para imprimir en algunos casos leyendas como “Sucursal de Alicante” o “Sucursal de Valencia”, con lo cual se asimilaba su distribución al ámbito de los bancos provinciales. La impresión se efectuó en Londres, y como todos los billetes de este período, son muy raros, hasta el extremo de que los existentes en la colección del propio Banco son facsímiles reproducidos con las planchas originales, que en su día se confeccionaron para obsequios. El motivo del anverso (no tienen reverso) es una alegoría de España: una mujer sentada con escudo y lanza, en la parte superior derecha, y un rosetón circular con el nominal y la unidad en letras. En el centro destaca la cantidad en letras muy grandes dentro de un rosetón afiligranado con


labores de torno cicloide, y sobre él, a ambos lados, la numeración. En la parte inferior, las firmas. El billete lleva marca de agua con el nombre del Banco. La segunda emisión, del 1 de mayo de 1862, consta de cinco billetes: 100, 200, 500, 1.000 y 4.000 reales de vellón, también impresos en Londres y con reverso. El motivo central es la alegoría de España recostada sobre el escudo, con lanza y un león. A ambos lados, dos rosetones muy trabajados, con el valor, y bajo estos el epígrafe del Banco, el valor y las firmas. Como medidas de seguridad se incluyen la marca de agua y fondos microscópicos. Esta emisión fue muy falsificada y de ella existen reproducciones. El 1 de enero de 1866 salió una nueva emisión de 10, 20, 50, 100 y 400 escudos. Del primer billete se fabricaron 500.000 ejemplares, y del segundo, 250.000 pero se pusieron muy pocos en circulación, por lo que son muy raros. Esta emisión, de factura más cuidada que las anteriores, tiene como motivo principal un grabado en el lado izquierdo: una alegoría de España, de pie, con lanza, escudo y un león. En la parte superior central va un medallón con símbolos que evocan la pintura, la agricultura, etc., y que cambian según el billete. Debajo de este, el epígrafe del Banco entre dos bustos enfrentados, las leyendas de rigor y las firmas. Como marca de agua, un león, el valor y el nombre del Banco. La impresión también se realizó en Londres. El 16 de marzo de 1868, e impreso esta vez por el propio Banco de España, se emitió un solo billete de 100 escudos, en negro y azul, de confección más sencilla. En el lado izquierdo mantiene la alegoría de España sentada junto a un león, con un ángel a sus pies sosteniendo el escudo, y en el centro otro ángel con el mundo a sus espaldas. La tirada fue de 100.000 ejemplares, hoy muy raros. Se conocen falsificaciones de la época. A esta emisión le siguió otra de tres billetes de 50, 100 y 400 escudos el 31 de octubre del mismo año. El motivo principal es en el lado izquierdo, el dios Mercurio sentado. A la derecha hay una pequeña figura femenina y en el centro, en la parte superior, un niño cuyo aspecto cambia en cada valor. Las marcas de agua son como en los billetes anteriores. Existen falsificaciones de la época, que dada la rareza de los originales también alcanzan un valor considerable. Durante el gobierno provisional (1868-1870) se pusieron en circulación dos emisiones con tres billetes cada una de 50, 100 y 400 escudos, el 1 de noviembre de 1869 y 1 de marzo de 1870. La primera con una orla con alegorías femeninas y niños para todos los valores y en un solo color, azul; la segunda varia los motivos en los tres billetes: Mercurio de pie, a la izquierda, y un campesino sentado a la derecha en el billete de 50 escudos, un ángel a cada lado para el de 100 y cabezas femeninas clásicas dentro de medallones para el de 400. De esta última plancha se emitieron facsímiles con el valor de 1.000 pesetas – la que debía ser la nueva unidad monetaria -, todos de singular belleza y acabado. Durante el corto reinado de Amadeo I se acuñaron monedas de plata y se emitieron billetes en los que no se introdujeron modificaciones significativas. Cuatro series de esta época comprenden los tres valores de 50, 100 y 400 escudos: la primera, del 2 de enero de 1871, cambia los motivos en cada uno de los valores pero siempre representando a la matrona, con antorcha, un espejo y un niño, respectivamente. La marca de agua de los tres billetes lleva la diosa Minerva y el nombre del banco. En la segunda serie, del 1 de diciembre de 1871, también varían los motivos: en el de 50 escudos la matrona aparece sentada en el centro del billete y se incluye una serie de bustos dentro de la orla en los laterales; en el de 100 se repite la orla con bustos y cabezas de niños, y en la parte inferior se representan niños con una leyenda “solutes omnia faenor” (exento de todo impuesto); el de 400 se distancia un poco en cuanto a diseño del resto de la serie, pues la orla rectangular contiene cinco bustos, uno en cada esquina y otro en el centro, la parte inferior se dedica a Gutenberg, y en los laterales, dentro del recuadro, van dos ángeles. Todos estos billetes llevan la cabeza clásica como marca de agua, y por primera vez se incrusta en el papel una hebra de hilo de color como medida de seguridad. La tercera serie, del 31 de diciembre de 1871, presenta por primera vez a personajes de la historia de España: Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán; Hernán Cortes y Cristóbal Colón, que ilustran la serie en sendos medallones en el lado izquierdo del billete. La última emisión del reinado de Amadeo I fue la del 30 de noviembre de 1872, en la que volvieron las alegorías: a la


mar, con un medallón con un marinero y un ancla; a la agricultura, con unas mujeres trillando; o al comercio, con una matrona recostada entre motivos alegóricos de la actividad mercantil. En esta serie se sigue empleando la marca de agua y el hilo incrustado. Si el reinado de Amadeo I de Saboya fue corto, la Primera República, que siguió a la abdicación del monarca, aún resultó más breve. A pesar de las agitaciones de este período, la actividad del Banco de España continuó y se puso en circulación la última serie en escudos, compuesta por los valores de 10, 50, 100 y 400. En el primero se representa a Velázquez en el centro del billete; en el segundo a una matrona con alegorías, en el tercero a un campesino con un perro, y en el cuarto a un grupo de niños dedicados a diferentes actividades. Esta emisión es también la última que compitió con los otros bancos emisores, pues ya se había decretado la exclusividad del Banco de España a partir del año siguiente. EL BANCO DE ESPAÑA, ÚNICO EMISOR. El decreto de 19 de marzo de 1874 otorgaba al Banco de España su condición de único emisor de billetes de curso legal. El jefe del poder ejecutivo era el general Francisco Serrano, nombrado el 3 de enero de 1874, y que se mantuvo en el puesto hasta el 29 de diciembre del mismo año, cuando el general Martínez Campos proclamó rey a Alfonso de Borbón y Borbón, hijo de Isabel II. La primera emisión en pesetas y con único banco emisor se puso en circulación el 1 de julio de 1874 y constaba de cinco billetes: el de 25 con dos niños a ambos lados, con alegorías de la pesca y la agricultura; el de 50 con el busto del grabador Esteve a la izquierda; el de 100 con un medallón de Juan de Herrera y el Escorial en el centro; el de 500 con una mujer acompañada por un león, alegoría de España, y a la derecha un medallón con el busto de Goya; y finalmente el billete de 1.000 pesetas llevaba a la izquierda la diosa Minerva y a la derecha un medallón con el retrato del pintor Alonso Cano. Las características comunes de esta primera emisión son que todos los reversos presentan rosetones, cenefas y el valor en cifras. Hasta entonces era normal que carecieran de reverso. La leyenda “pagará en efectivo” se sustituyó por “pagará al portador”. Como medida de seguridad, se incrustó en el papel una tira de gasa llamada tarlatana y se incluyó la marca de agua. El color del billete variaba según circulara el billete en Madrid o en provincias. La impresión se realizó en los talleres del propio Banco de España. La segunda emisión, del 1 de enero de 1875, ya durante el reinado de Alfonso XII (18741885), se componía de los mismos valores que la anterior, con alegorías de la agricultura, las artes y las ciencias, la cultura y la pintura, España y el comercio. Estas emisiones continuaron en la línea descrita, intercalando alegorías y personajes celebres. La mayoría se emitieron en los talleres del Banco emisor hasta 1906, en que, dado el escaso avance experimentado en técnicas de seguridad, se opto por encargar la confección de las series a empresas británicas, por entonces en vanguardia en dichos sistemas. Entre 1874 y 1905, hubo 22 emisiones con un total de 56 billetes. Entre ellos, además de las alegorías, se representó en hermosos grabados a escritores como Calderón, Garcilaso, Cervantes y Quevedo, a pintores como Murillo, Goya y Velázquez, y a otros personajes. En la cuarta emisión, en 1878, se emitió el primer billete de 250 pesetas. Entre 1886 y 1889 se dedicaron a Goya cinco y tres billetes respectivamente, y tres a Jovellanos en 1893. En 1898 se creó un billete de 5 pesetas con la efigie de Isabel la Católica, que nunca fue aprobado, por lo que se convirtió en una de las pruebas más buscadas. EL PERIODO DE 1906 A 1936. Durante el reinado de Alfonso XIII (1902-1931) se lanzaron 10 emisiones con un total de 17 billetes, además de numerosas pruebas. En casi todos los casos se realizaron en Inglaterra, en Bradbury Wilkinson & Co. Thomas De La Rue trato de obtener encargos, y el taller del Banco de España presentó también sus pruebas, alguna de las cuales fue aceptada, como el billete de 1.000 pesetas del 10 de mayo de 1907, que contiene en el reverso una alegoría del comercio sosteniendo el mundo, y en el anverso una matrona sentada, que representa a España con una espada en la mano y un león en los pies. En las primeras emisiones (1906), los anversos describen alegorías, y los reversos el escudo de España. En las de 1907 los reversos se destinan a vistas de las catedrales de Burgos y Sevilla, la Alhambra de Granada, el Alcázar de Segovia o el Palacio de Oriente, todas de


gran belleza y con una técnica excelente para la época. Tras unos años de los que solo se tienen pruebas, en 1925 se reemprendieron las emisiones. Técnicamente eran de más calidad que las anteriores, y se continuaban imprimiendo en Inglaterra. Se dedicaron a los reyes Felipe II, Carlos I y Alfonso XIII, este ultimo el primer monarca español vivo que aparecía en un billete. Otros personajes retratados fueron san Francisco Javier, Isabel la católica, Calderón y Velázquez. En general se trata de billetes fáciles de adquirir y de gran belleza, y en ellos se aprecia la progresiva mejora en las técnicas de fabricación. Durante la Segunda República (1931-1936) circularon los billetes anteriormente mencionados, emitidos entre 1906 y 1928, algunos de ellos sobrecargados con “República Española”, con un cuño de caucho y tinta violeta o en seco. Pero todos fueron aceptados, con o sin sobrecarga, y después de estallada la guerra seguían circulando en la zona republicana. LOS BILLETES DE LA GUERRA CIVIL El abandono del poder por parte del general Primo de Rivera en 1930 tuvo como consecuencia la progresiva desaparición del régimen militar. El triunfo republicano en las elecciones municipales del 12 de abril de 1931 abrió las puertas al establecimiento de la república. Alfonso XIII tomó la dolorosa decisión de abandonar España. El primer gobierno republicano dio lugar al bienio republicano-socialista (1931-1933). Durante este período se efectuaron importantes reformas en todos los ámbitos. El segundo gobierno es conocido como el bienio radical-cedista (1934-1936). Durante este período tuvieron lugar la sublevación de Asturias y la proclamación de la República catalana. Ambos conflictos fueron sofocados por el ejército. En 1936 llega al poder el Frente popular. El gobierno concede una amnistía política y restablece la Generalidad de Cataluña. El clima de confrontación política se enrarece y desemboca en el levantamiento militar del general Franco el 17 de julio del mismo año. BILLETES DE ALFONSO XIII Y LA II REPÚBLICA Al inicio de la guerra civil, la mayor parte del circulante en billetes pertenecía por su fecha de emisión al reinado de Alfonso XIII. Fabricadas en Londres por la compañía Bradbury y Wilkinson, se lanzaron las series siguientes. El 1° de julio de 1925, un billete de 100 pesetas ilustrado con Felipe II y El Escorial, y otro de 1000 dedicado a Carlos I y, en la marca de agua, a la emperatriz Isabel. El 12 de octubre de 1926, 25 pesetas con anverso y reverso dedicados a San Francisco Javier, y en la marca de agua a la reina Victoria Eugenia. El 17 de mayo de 1927, 50 pesetas con Alfonso XIII y el palacio de Oriente, y en el reverso la fundación de Buenos Aires. Este último billete existe resellado con un tampón violeta con el sello de la República tratando de tapar la cara del rey. El 24 de julio de 1927, 500 pesetas con Isabel la Católica y el Patio de los Leones de La Alhambra y, como marca de agua, Cristóbal Colón. La emisión del 15 de agosto de 1928 es la más extensa, con billetes de 25,50, 100, 500 y 1000 pesetas, dedicados respectivamente a Calderón de la Barca, Velázquez, Cervantes, el cardenal Cisneros y San Fernando. Los reversos están relacionados con esos personajes: escena de un auto sacramental, cuadro de Las Lanzas, escena del Quijote, Cisneros liberando a los cautivos en Orán y última comunión de San Fernando. Al inicio de la II República (14 de abril de 1931), el circulante reconocido comprendía los billetes emitidos desde 1906 a 1928. Al proclamarse el nuevo régimen, y en un gesto más político que práctico, se habilitaron los billetes en uso con un estampillado para que pidieran circular legalmente: un sello elíptico con el escudo de España desprovisto de los símbolos monárquicos y la leyenda “REPÚBLICA ESPAÑOLA”, y otro circular de caucho, con tinta violeta, y la leyenda “GOBIERNO PROVISIONAL DE LA REPÚBLICA 14 ABRIL 1931”. Pero resellar manualmente todo el circulante era una empresa imposible, y al poco tiempo se admitieron todos los billetes. La primera emisión de la República fue la del 25 de abril de 1931, que por supuesto había encargado el gobierno anterior, lo que se refleja en los motivos que la ilustran. Consta de 25, 50, 100, 500 y 1000 pesetas, respectivamente con imágenes de Vicente López, Rosales, el Gran Capitán, Juan Sebastián Elcano y Zorrilla en los anversos. En los reversos, y siguiendo el orden,


figuran una alegoría de la música, el cuadro Muerte de Lucrecia (Rosales), el Gran Capitán contemplando el cadáver del duque de Némours, el regreso de la nao Victoria y el cuadro El Parnaso, de Vicente Esquivel. Toda la emisión de fabricó en Londres, al igual que las anteriores. La segunda emisión, y que podríamos considerarla propiamente republicana, salió en 1935, la emitió el Banco de España y la fabricó el mismo taller que las anteriores. Consta de dos billetes, de 5 y 10 pesetas, en certificado de plata, con dos bustos femeninos alegoría de la República. La primera de las dos últimas emisiones antes de la guerra data del 7 de enero de 1935: 500 pesetas con Hernán Cortés y el palacio de Oaxaca, y en el reverso la batalla de Otumba. Del 22 de julio del mismo año es la segunda emisión: 50 pesetas con Ramón y Cajal. Estos dos últimos billetes de la República los fabricó en Inglaterra Thomas de la Rue. EL CIRCULANTE DURANTE LA GUERRA CIVIL En la zona republicana se admitieron todas las emisiones descritas anteriormente, las últimas de las cuales no habían visto la luz cuando se inició la contienda. En el transcurso de ésta se emitieron además nuevos billetes por el Banco de España en Madrid y provincias, por la hacienda Pública, por la Generalidad de Cataluña y por el Consejo de Asturias y león. Mención y capítulo aparte merecen los billetes locales de cooperativas. El Banco de España, en Madrid, emitió el 31 de agosto de 1936 un billete por 25 pesetas dedicado a Sorolla y a la catedral de Valencia, con La pesca del bou, un cuadro del pintor, en el reverso. El 11 de marzo de 1938, en Barcelona, el Banco de España saco 100 pesetas fabricadas por Thomas de la Rue, con la Dama de Elche y un barco fenicio en el anverso, y el Huerto del Cura, de Elche, en el reverso. Este billete nunca llegó a circular. Tampoco el billete fechado el 11 de junio de 1938, asimismo en Barcelona: 5000 pesetas por el pintor Fortuny y, en el reverso, su cuadro La vicaría. Impreso en Londres por Bradbury y Wilkinson, hoy es un ejemplar rarísimo y muy cotizado. Finalmente, el 15 de agosto de 1938, y de nuevo en Barcelona, el Banco de España lanzó un billete de factura muy sencilla, sin motivos pictóricos, solamente con grafismos y escritura, de 100 pesetas, fabricados por Gráficas Unidas de Madrid. Una emisión del Banco de España, en Bilbao, del 30 de agosto de 1936 estaba compuesta por 5, 25, 50 y 100 pesetas, que nos recuerdan los billetes más primitivos, por su factura sencilla y baja calidad. Como motivo llevan un rosetón en vertical con los monogramas del banco. Una segunda emisión –la última-, del 1 de enero de 1937, comprendía los valores de 5, 10, 25, 50, 100, 500 y 1000 pesetas, impresos en huecograbado en Arte Bilbao, con motivos de la región y, en todos, el escudo de Euskadi. El Banco de España, en Gijón, realizó una primera emisión entre 1936 y 1937, de 5, 10, 25, 50 y 100 pesetas. La confección es muy sencilla, es similar a la primera de Bilbao, con el rosetón con el monograma del banco a la izquierda, y como variante una franja de color que atraviesa el billete en diagonal de abajo arriba y de izquierda a derecha, cambiando el color para cada valor. La segunda emisión, del 1 de septiembre de 1937, la componen los billetes de 50 y 100 pesetas, en el primero de los cuales se representa el escudo de España en el centro, y bajo este el de Asturias y León. El reverso ofrece una vista de la zona industrial. El de 100 pesetas tiene los mismos escudos a la izquierda, y en el reverso van unos campesinos trabajando la tierra. Ambos billetes fueron fabricados por Control de Litografía, y su acabado superó con mucho al de la primera emisión. Al Banco de España en Santander se debe una emisión del 1 de noviembre de 1936, compuesta por 5, 10, 25, 50, y 100 pesetas, todas ellas con la leyenda del banco y el valor en el anverso, y en el reverso los escudos de España y Santander. Son de factura fundamental. El Ministerio de Hacienda en Madrid emitió dos billetes en 1937, de 50 céntimos y 1 peseta. En el anverso del primero va un medallón con el busto de una mujer, representación de la República, y en el anverso, el nominal 50 dentro de un rosetón. El segundo lleva en el anverso la Victoria de Somotracia y el escudo, y en el reverso la fuente de las Cibeles de Madrid. En 1938 apareció un tercer billete de 2 pesetas con el busto de la República de frente en el anverso y la Puerta de Toledo, de Madrid, en el reverso. Proceden de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, y su valor tan bajo tenía como fin sustituir el fraccionario metálico, que era de plata y se retiraba para sufragar los


gastos de la guerra. Estos tres billetes son los únicos en los que figura la leyenda “REPÚBLICA ESPAÑOLA”. La Generalidad de Cataluña emitió tres billetes el 25 de septiembre de 1936, de 5, 10 y 2,50 pesetas. En el anverso llevan el escudo de Cataluña y el campo para la marca de agua a la izquierda. El reverso cambia: el primero representa un puerto de pesca, el segundo a campesinos segando y el tercero a un forjador y una planta industrial. Fueron fabricados por Oliva de Vilanova, de Barcelona. El Consejo de Asturias y León lanzó en 1936 una emisión para sustituir el fraccionario, con los valores de 25, 40 y 50 céntimos y 1 y 2 pesetas. En los anversos figura la leyenda del emisor y el valor, junto con los escudos de España y Asturias para los tres primeros, y una matrona con un león representando a España para los segundos. Los reversos varían, respectivamente representan la industria pesquera, labores portuarias, a un forjador y la industria, a unos campesinos y a un leñador. Pese a su escaso valor son de factura muy lograda. La Junta de Defensa Nacional se instituyo el 24 de julio de 1936 y asumió los poderes del Estado en la zona nacional. Estaba formada exclusivamente por militares, y el 29 de septiembre siguiente nombro al general Franco jefe del Estado, y el 1º de octubre transmitió sus poderes a la Junta técnica del estado, que los mantuvo hasta la constitución del primer gobierno el 30 de enero de 1938. La sede del gobierno de Franco se estableció en Burgos, y fechadas en esta ciudad lanzo en nombre del Banco de España las emisiones de billetes en la zona nacional, la primera el 21 de noviembre de 1936, fabricada por Giesecke & Devrient de Alemania, y con los valores de 5, 10, 25, 50, 100, 500 y 1000 pesetas, que anulaba el circulante anterior. Los billetes de 5 y 10 pesetas tienen el mismo diseño, variando en el anverso el color, los epígrafes del banco, el valor y el escudo de España, situado en la parte superior derecha. El reverso lleva un gran rosetón que contiene el valor en letras, un rosetón a la izquierda con el valor de gran tamaño en cifras, el nominal en cifras en las cuatro esquinas, y en la parte derecha una franja blanca con otro rosetón, con el nominal en cifras en la parte central. La zona blanca deja ver las tiras de papel intercaladas como medida de seguridad. Los anversos cambian en todos los billetes: en el mismo orden, cabeza de Mercurio, dos bustos de mujer enfrentados, la catedral de Burgos, vista de Zamora y vista de Toledo. El 18 de julio de 1937 se emitió un billete de 5 pesetas impreso en Litografías M. Portabella de Zaragoza: una mujer sentada, y la alegoría de la industria y las ciencias son el motivo del anverso, y un gran rosetón en el reverso contiene el escudo de España con el águila bicéfala. De la misma fecha de esta emisión se conocen pruebas de billetes de 25, 100 y 1000 pesetas realizadas en Italia. El 12 de octubre de 1937 entraron en circulación dos billetes de 1 y 2 pesetas fabricados por Coen en Milán, el primero con un escudo de armas imperial y el segundo con la catedral de Burgos, y en los reversos, rosetones con el nominal en cifras grandes. El 28 de febrero de 1938 se puso en circulación una nueva peseta con el escudo de armas adoptado por el gobierno de Franco, en el anverso, conservando el mismo reverso que la emisión anterior. El 30 de abril de 1938 se repitieron estos billetes, cambiando la fecha, y el de 2 pesetas de 1937. También los imprimió Coen en Milán. El 20 de mayo de 1938 hubo una nueva emisión de valores altos, debidos a la firma Giesecke & Devrient de Alemania. La serie se componía de 25, 50, 100, 500 y 1000 pesetas. Los anversos son similares en todos los billetes: cenefas y fondos trabajados con marco, conteniendo las leyendas y el valor en letras. En las esquinas, el valor en cifras. Sobre el fondo se aprecia el nuevo escudo de España. El color para toda la serie está dentro de la gama de marrones y lila. En los reversos, y siguiendo el orden, se muestran La Giralda de Sevilla, el castillo de Olite, la casa del Cordón, de Burgos, la catedral de Santiago de Compostela y una pintura histórica. La última emisión de Burgos data del 10 de agosto de 1938: se trata de un billete de 5 pesetas, sin motivo alegórico ni temático alguno, simplemente con rosetones, cenefas y fondos muy trabajados, destacando repetidamente el nominal en cifras. De todos los billetes emitidos en Burgos existen sobrecargados con la palabra “AFRICA” en grande y estampillada en diagonal.


Terminada la guerra y a partir de esta última emisión, todos los billetes fueron emitidos por el Banco de España en Madrid. PAPEL MONEDA FRACCIONARIO DURANTE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA. Al poco de iniciada la guerra civil en España (1936-1939), en la zona republicana empezó a escasear la moneda fraccionaria. Las causas principales fueron dos: el atesoramiento de la población, pese a los numerosos decretos que lo prohibían, y el atesoramiento practicado por el propio gobierno, con el fin de efectuar los pagos al extranjero ocasionados por las operaciones bélicas. No debemos olvidar que seguían siendo de curso legal las monedas del período monárquico, y que se mantenían, por tanto, las piezas de 0,50, 1, 2 y 5 pesetas de plata de buena ley. Todo el mundo las prefería al papel, difícilmente respaldable en tiempos de guerra. Los billetes en curso eran abundantes y variados, pues al igual que las monedas no se habían desmonetizado los de la monarquía, pero en su mayor parte correspondientes a valores elevados, por encima de las 25 pesetas, poco prácticas para las operaciones cotidianas, cuando un obrero ganaba alrededor de 10 pesetas diarias, un periódico valía 10 céntimos, un kilo de pan 75 céntimos. Urgía, pues, fraccionario que facilitara las pequeñas transacciones. BILLETES, VALES, BONOS, CHAPAS… Ni el gobierno de la República, en Madrid, ni el Ministerio de Hacienda, al frente del cual se encontraba en esa época Juan Negrín, buscaron por el momento solución alguna, pero la Generalidad de Cataluña mandó emitir una serie de 2,50, 5 y 10 pesetas el 25 de septiembre de 1936, por un valor total de 20 millones de pesetas cubiertos por el oro y las reservas de la propia Generalidad. Sin embargo, tampoco este fraccionario era el más adecuado, pese a la buena acogida que tuvo no solo en Cataluña sino en todo el territorio hasta el frente del Ebro. El mismo año, el Consejo de Asturias y León lanzó una emisión de billetes de 0,25, 0,40, 0,50, 1 y 2 pesetas con el propósito de paliar las necesidades del fraccionario. Un año después emitió tres monedas de 0,50, 1 y 2 pesetas. En 1937 el Ministerio de Hacienda contribuyó a afrontar el problema del fraccionario emitiendo billetes de 0,50 y 1 peseta, y en 1938 de 2 pesetas. En todos los casos se trato de soluciones parciales e incluso tardías. La fabricación de moneda fraccionaria no se extendió a todos los ámbitos, y ante la necesidad de intercambio diario acabó recurriéndose a las formas menos ortodoxas para sufrir las carencias de circulante. BILLETES OFICIALES, SEMIOFICIALES Y PRIVADOS A medida que el conflicto avanzaba y el territorio quedaba dividido por los diferentes frentes, las necesidades se agudizaban por doquier y las soluciones se improvisaron con o sin decreto. Ayuntamientos, consejos municipales, comités, colectividades, sindicatos agrícolas, cooperativas, empresas de transporte, grandes almacenes, tiendas de barrio y un largo etcétera emitieron apenas sin control billetes, vales, bonos, chapas y cualquier cosa que sirviera de cambio en las operaciones propias. Esto limitó la actividad comercial y la condicionó en muchos casos a los imponderables de la situación, al mismo tiempo que beneficiaba a los emisores. En las pequeñas poblaciones, gran parte del problema quedo solventado con las emisiones de los propios ayuntamientos, y salvo raras excepciones se dieron emisiones paralelas de otros organismos en ciudades a partir de cinco mil habitantes. Aunque en estos casos son más frecuentes las emisiones de dichos organismos, por decreto municipal las oficiales del ayuntamiento debían ser aceptadas en todo el territorio, y el consistorio se presentaba como valedor de los nominales. Las emisiones de carácter privado no siempre las aceptaba todo el mundo, por los que cabe imaginar los trastornos que se ocasionaban en poblaciones a veces distantes pocos kilómetros y con comercio regular local y comarcal: al finalizar una feria o mercado, se debía proceder al “cambio de cromos”. Las emisiones de ayuntamientos, las más abundantes, se extendieron por todo el país. Las de más amplia cobertura fueron las efectuadas en Cataluña, a las que siguieron las de Aragón y Valencia. Se da el caso de que en algunas poblaciones el ayuntamiento y otros organismos locales emitían conjuntamente. Parece que el criterio consistió en confeccionar fraccionario por un valor entre 5 y 10 pesetas por habitante, pero no siempre se cumplió, como se deduce de la rareza de algunos


billetes. Los importantes, en cambio, se atienen a cierta uniformidad, y oscilan entre 10 céntimos y 10 pesetas: los más utilizados son los de 0,25, 0,50, 1 y 2 pesetas. Todas estas medidas iban encaminadas a sustituir las monedas de plata, que desaparecieron de la circulación. En cambio, los cobres de 1, 2, 5 y 10 céntimos se mantuvieron y utilizaron durante toda la guerra. DISEÑO Y FABRICACION DISPERSOS La confección y los formatos son de lo más dispar, y los diseños solo guardan relación cuando, por razones de proximidad, algunas poblaciones efectuaron el encargo a una misma imprenta. En los billetes suele figuran el escudo local, el nombre del municipio, el importe y las firmas, en muchos casos a mano. Según la importancia de la población y la categoría del taller gráfico, encontramos billetes hasta cierto punto dignos de este nombre, pero lo habitual es que no revelen otro propósito que salir del paso: de ahí que en la mayor parte de los casos la impresión sea por una sola cara, con el número y, a menudo, el sello del ayuntamiento en tinta violeta, un control para evitar las falsificaciones. Por lo general, el papel empleado es corriente, sin medidas de seguridad, pero se encuentran los soportes más variados: diferentes tipos de cartón, papel y cartón recuperado, tela, piel, pergamino, celuloide, plástico en Calaf (Barcelona), tal vez los primeros billetes del mundo en este material prácticamente desconocido para la época, madera (lvars d´Urgell), etc. Se aprovechaba, pues, lo que había a mano y, sobre todo, materiales de recuperación. En unos pocos casos se acuñaron chapas de diferentes metales, pese a la necesidad de materias primas ocasionada por la guerra. Las formas y las medidas resultan todavía más heterogéneas, ya que no mantiene uniformidad alguna: las más de las veces los billetes son rectangulares, aunque de muy diferentes medidas; pero también los hay cuadrados, redondos, ovales, romboides y toscamente irregulares cortados a mano sobre la marcha sin mayores preocupaciones estéticas. En los de cartón grueso los cantos son romos en la mayoría de los casos, y los redondos o circulares suelen ser también de cartón. Muchas veces la numeración es posterior a la impresión y es frecuente que, al igual que la firma, esté escrita a mano. EL COLECCIONISMO. El coleccionismo de estos billetes está muy desarrollado en Cataluña, donde se han efectuado los más amplios estudios sobre el tema. Antoni Turró, en su obra El papel moneda català, 1936-1939, recoge más de setecientas poblaciones que emitieron más de tres mil billetes diferentes. Si ampliamos estos datos al resto del territorio donde se dieron emisiones de esta naturaleza durante la contienda, la cantidad se vuelve inabarcable. Es frecuente coleccionar por zonas, regiones o provincias, pero a medida que pasa el tiempo se descubren nuevas localidades donde se creía que hubo emisiones. Al menos en Cataluña se conocen con exactitud los municipios que no llegaron a emitir por diferentes razones. Hasta hace unos años, era frecuente llegar a un pueblo en busca del billete deseado: no solo se encontraba, sino que podía conocerse a las personas que lo firmaron. LOS BILLETES DE ESPAÑA (1940-1974) Finalizada la guerra civil el 1° de abril de 1939, las emisiones de monedas y billetes pasaron a depender en exclusiva del Banco de España, en Madrid. Ese año no se emitieron billetes, y solamente se conocen algunas pruebas no adoptadas. Las nuevas emisiones comenzaron en 1940. Mientras, se utilizaron las series emitidas por el mismo banco en Burgos, y quedó desmonetizado todo el papel moneda emitido anteriormente y utilizado en la zona republicana, motivo por el cual los billetes de este período son muy comunes en el mercado numismático. En cambio, los emitidos en Burgos son escasos y muy difíciles de encontrar en buen estado de conservación, debido al mucho tiempo que se utilizaron. PRIMERA EMISION DEL BANCO DE ESPAÑA EN MADRID El 9 de enero de 1940, el Banco de España puso en circulación una serie de billetes compuesta por 25, 50, 100, 500 y 1000 pesetas, todos ellos impresos en Calcografía & Cartevalori, de Milán (Italia). Los temas elegidos fueron los siguientes. Para las 25 pesetas, en el anverso, en el lado izquierdo, el busto de perfil del arquitecto Juan Bautista de Herrera, y en la derecha una vista del Patio de Evangelistas del Escorial, su más emblemática obra. El reverso del billete presenta a la


izquierda el nuevo escudo de España implantado por el general Franco, y el nominal en cifras a la derecha. Las 50 pesetas están dedicadas a Marcelino Menéndez y Pelayo, historiador y erudito español. El valor de 100 pesetas ostenta en el centro un medallón con el retrato de Cristóbal Colón, y a ambos lados, sendas alegorías femeninas de los dos mundos. El reverso es como los billetes anteriormente descriptos: el escudo y las cifras del nominal en un campo muy trabajado con fondos y cenefas. Las 500 pesetas rompen el esquema gráfico de los esquemas anteriores: en el lado izquierdo va una franja vertical en blanco para la marca de agua, y sobre la misma, la numeración y el valor en cifras en la parte superior e inferior respectivamente. En este caso el escudo aparece en el anverso en el centro, y a la derecha un cuadro que representa a don Juan de Austria, vencedor en la batalla de Lepanto. En el reverso va otro cuadro con una escena de la batalla. El último valor, de 1000 pesetas, está dedicado al pintor Bartolomé Esteban Murillo, representado en el centro en un artístico medallón. A su derecha se dispone la ventana en forma de óvalo para la marce de agua, y como reverso, un cuadro del pintor, Niños con monedas. Toda la serie es de gran belleza y técnicamente está bien lograda. Las medidas de seguridad fallan en los tres valores pequeños, que no tardaron en ser falsificados, no así los de 500 y 1000 pesetas, de los que no se conocen falsificaciones. El mismo año 1940 aparecieron nuevas emisiones: el 1 de junio se lanzó un billete de 1 peseta, azul y naranja, dedicado al conquistador Hernán Cortés sobre un caballo blanco, y a sus pies un grupo de indios. Cortés venció al emperador azteca Moctezuma y se apoderó de México. El reverso del billete presenta el escudo en el centro y el valor en grande en ambos lados. Fue impreso en Gráficas Reunidas S.A., de Madrid. Siguió una segunda peseta emitida el 4 de septiembre de 1940, en la que se representa la nao Santa María en el centro, y a la derecha, en fondo, el escudo. El formato es más alargado que las pesetas anteriores, y más estrecho. Fue impresa por Rieusset S.A., de Barcelona. En la misma fecha se puso en circulación un billete de 5 pesetas en cuyo anverso aparecen el Alcázar de Segovia como motivo principal, y el escudo en la parte superior izquierda. El reverso presenta un rosetón con el banco emisor y el valor. La impresión estuvo a cargo de Giesecke & Devrient (Alemania). Finalmente, el 21 de octubre de 1940 aparecieron 500 pesetas cuyo anverso reproduce un cuadro del Greco, Entierro de conde de Orgaz, mientras el reverso presenta una vista de Toledo. De la misma fecha son las 1000 pesetas dedicado a Carlos I y el reverso dedicado a su escudo de armas. Ambos fueron falsificados, pese a su complicado trabajo de grafismos y grabados. En la inmediata posguerra se encargaba la impresión de las emisiones a diferentes proveedores y luego éstas se ponían a disposición del Banco de España para su distribución. A partir de 1943, la labor de imprimir recayó en la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre (FNMT). EMISIONES DE LA FNMT En 1943 aparecieron las dos primeras emisiones de la FNMT: una data del 13 de febrero, con un solo billete de 5 pesetas en cuyo anverso aparece la reina Isabel la Católica y en el centro Cristóbal Colón dando explicaciones acerca de su teoría sobre la ruta atlántica hacia las Indias. La segunda emisión, del 21 de mayo, consistió en una peseta que volvía a su tamaño antiguo. En el anverso presenta la efigie del rey Fernando el Católico, y en el reverso un cuadro de la llegada de Colón al Nuevo Mundo. Tas un año sin emisiones, el 15 de junio de 1945 se puso en circulación una peseta con la misma idea gráfica que la anterior, pero con la reina Isabel la Católica, y en el reverso un mapa del Nuevo Mundo y un indio. Apareció asimismo un billete de 5 pesetas: en el anverso, Isabel la Católica recibe a Colón y en el reverso se libra una batalla medieval. De estas primeras emisiones solamente se conocen falsificaciones de las 5 pesetas. El 19 de febrero de 1946 entró en circulación una serie larga, compuesta por 25 pesetas con F. estrada en el anverso y una vista de Pola de Somiedo (Oviedo) en el reverso; 100 pesetas con un bello grabado de Francisco Goya en el anverso y un cuadro del pintor en el reverso, el Quitasol; 500 pesetas con el teólogo dominico Francisco de Vitoria en el anverso y la Universidad de Salamanca, donde enseñó, en el reverso. El final de la serie es un billete de 1000 pesetas, que lleva en el anverso a Juan Luis Vives, filosofo y humanista exiliado de España por su ascendencia judía y en el reverso una vista del claustro de la Universidad de Valencia, ciudad donde nació Vives. Ésta


emisión más larga y a partir de ella las emisiones se suceden de acuerdo con la necesidad de numerario: el 12 de abril de 1947, 5 pesetas con el busto de Séneca; el 5 de marzo de 1948, 5 pesetas con el retrato de Juan Sebastián Elcano; el 2 de mayo del mismo año, 100 pesetas con el pintor Francisco Bayeu, de Zaragoza y pariente de Goya, en el anverso, y un cuadro del propio Goya, El cacharrero, en el reverso. La última emisión de 1948, fechada el 19 de junio, corresponde a 1 peseta con la Dama de Elche. Todos estos billetes mantienen el formato para cada valor, y el diseño, dentro de una regularidad, presenta un acabado cuidado y de difícil falsificación. Solamente se conocen falsos de 5 pesetas de la emisión del 5 de marzo. El 4 de noviembre de 1949 se puso en circulación un billete de 1000 pesetas. En el anverso figura un logrado busto de Ramón de Santillán, político y ministro de Hacienda que contribuyó a la creación del Banco de España y fue su primer gobernador. En el reverso se reproduce un cuadro de Goya, El bebedor. Transcurrieron casi dos años hasta la emisión del 16 de agosto de 1951, que puso en circulación un solo billete de 5 pesetas con el busto de Jaime Balmes (1810-1848), cuya obra más conocida es El criterio. El mismo año, y el 15 de noviembre, se emitió un billete de 500 pesetas de color azul: en el anverso va el busto del escultor Mariano Benlliure y Gil (1862-1947), fallecido cuatro años antes de la aparición del billete, y el reverso se muestra el mausoleo de Gayarre, obra del mismo Benlliure. El año 1951 nos ofrece tres emisiones. La del 19 de noviembre consiste en 1 peseta de color marrón, como la mayoría de las anteriores, con un logrado busto de Don Quijote en el anverso y las piezas de una armadura en el reverso. Siguieron el 31 de diciembre 50 pesetas en color rojo, dedicadas a Santiago Rusiñol (1861-1931), pintor y poeta en lengua catalana, considerado pintor de los jardines de España. El reverso del billete presenta un cuadro suyo, el Jardín de Aranjuez, ciudad en la que falleció. El año terminó con la emisión de un billete de 1000 pesetas del 31 de diciembre, dedicado al pintor Joaquín Sorolla (1863-1923). En el reverso figura su lienzo, La fiesta del naranjo. El 7 de abril de 1953 se emitió un billete de 100 pesetas de color marrón. En él, y siguiendo la temática de pintores famosos, se representa un busto Julio Romero de Torres (1880-1930), pintor de la belleza de la mujer española, plasmada en el reverso del billete. El 22 de julio de 1953 salió 1 peseta con el busto del primer marqués de Santa Cruz, Álvaro Bazán y Guzmán, título concedido por Felipe II por los servicios prestados en la batalla de Lepanto. En el reverso, una nao simboliza su carrera de marino. El 22 de julio de 1954 se puso en circulación una emisión de tres billetes. El primero, de 5 pesetas, de color verde, está dedicado a Alfonso X el Sabio (1221-1284), rey de Castilla y León, protector de las ciencias. El reverso recoge una vista de la biblioteca y museo de Madrid. El de 25 pesetas, de color violeta, se dedica al pintor y pianista Isaac Albéniz (1860-1909). En el reverso, una bella estampa del Patio de los Leones, de la Alhambra de Granada. Termina la serie con el valor de 500 pesetas, en color azul, dedicado al pintor Ignacio Zuloaga (1870-1945). El reverso reproduce una hermosa pintura de este artista, Vista de Toledo. De esta emisión solamente se conocen billetes falsos del valor de 500 pesetas, extendidos en pequeñas cantidades por un grabador jubilado que así mejoraba su pensión. Hasta 1957 no hubo nuevas emisiones. Ese año, y con fecha 29 de noviembre, apareció un billete de 1000 pesetas, de color verde – el habitual de este valor -, con el busto de los Reyes Católicos y el escudo de armas en el reverso. Este ha sido uno de los billetes más falsificados quizá por el largo período que circuló. También se advierten cambios de color producidos por alteraciones químicas, con el fin de engañar a los coleccionistas. Transcurrieron ocho años hasta el lanzamiento de una nueva emisión, el 19 de noviembre de 1965, con un billete de 100 y otro de 1000 pesetas. El primero lo protagoniza Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), poeta y prosista del romanticismo español. El reverso del billete presenta una dama con sombrilla y una vista de la Giralda de Sevilla, ciudad donde nació Bécquer. El segundo billete, de color verde, como todos los últimos de este valor, lleva un retrato de San Isidoro de Sevilla (años 560-640), obispo y teólogo de la España Visigoda, recopilador en sus obras del saber de su tiempo.


Tardó cinco años en aparecer un nuevo billete de 100 pesetas: se emitió el 17 de noviembre de 1970, manteniendo el tradicional color marrón, y con la imagen del músico Manuel de Falla (18761946). El reverso del billete nos ofrece una vista del patio del Generalife, residencia de verano de los sultanes nazaríes de Granada. El 23 de julio de 1971 salió un billete de 500 pesetas de color azul, como es habitual para este valor, ilustrado con la imagen de mosén Jacinto Verdaguer y Santaló (1845-1902), poeta catalán. El reverso ofrece una vista del monte Canigó, que inspiró uno de los poemas más conocidos de Verdaguer, y de la villa Vignolas d`Oris. El último billete emitido bajo el mandato del general Franco fue de 1000 pesetas, con fecha 17 de septiembre de 1971. Se puso en circulación en 1974, con motivo del centenario del banco emisor. El anverso lleva un grabado de José Echegaray (1832-1916), dramaturgo, que siendo ministro de Hacienda creó el Banco de España como nacional y único emisor. El reverso del billete ofrece una vista de la sede del banco, en Madrid. De este billete se conocen varias falsificaciones, así como alteraciones químicas del color para engañar a los coleccionistas, conseguidas con ayuda de un papel secante impregnado en una disolución que altera el color original. El papel se recorta del tamaño y forma del sector que se quiere alterar, y una vez empapado se presiona unos momentos el billete, consiguiendo así alterar los tonos de color.


Monografia sobre Moneda de España