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Año 2 Nº 149 Coro-Punto Fijo

viernes 29 de mayo de 2009


Especial Lydda Franco

Coro - Punto Fijo Viernes 29 de mayo de 2009

Lydda en el tiempo

2 quella vez que vi a Lydda Franco venía abriéndose paso como una llamarada, firme, como una fiera herida, irreverente con una sociedad que le era hostil. Los latigazos de sus versos habían herido mortal y profundamente el corazón de la godorria, que no le permitía expresarse libre, como el sol de los medanales, que abre las puertas a una sabana de abrojales. Esta hostilidad manifiesta no le permitía a la poeta de los cantos nuevos dos condiciones: ser mujer en un entorno influido por el machismo mantuano, y que su poesía tuviera el encanto trágico y sonoro de mil campanas en las noches de luna. Y por eso, con esa fuerza de los que no le temen al destino, profetizó su canto lleno de esperanzas. La mujer que soy canta/ mi

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Presidente: Ing. Oswaldo García Vicepresidente: Ing. Aída Gómez Directora de Información: Isvelys Bracho Directora de Mercadeo: Maribel Olivares Directora de Información Adjunta: Zuly Jiménez

Guillermo de León Calles Coordinador: Concepto Gráfico: Juan Bravo Diseño y diagramación: Zoraida Zárraga Colaboran en este número: Raquel Chirinos Rogelio Lugo Rigoberto López Ramón Miranda Anthony Alvarado Victor Hugo Bolívar Otilio Rojas Yolanda Delgado Antonio Túa Paúl González Palencia Maite Ramos Hermes Coronado Orlando Yores Ciro Zuleta Frank Blanco Armando Plácidi DIRECCIONES Coro: Calle Falcón, diagonal a CANTV Telefax: 0158 - 268 - 2530821 Punto Fijo: Calle Comercio, C.C. Richani Telefax: 0158 - 269 - 2469268 Tanto los artículos como las columnas de opinión y análisis publicados en este diario son de la absoluta responsabilidad de sus autores. Las personas interesadas en escribir pueden consignar sus propuestas ante la Dirección de Información del periódico, en extensión no mayor de 3.000 caracteres en programa Word, a la dirección: redaccion_nuevodia@yahoo.es

génesis la escoria, la ceniza/ los agrarios sudores fermentados/ mi elemento: la palabra, piedra del camino para ser lanzada/ vínculo secreto que madura sus claros volúmenes de savia/ cópula exacta donde el amor germina eyaculando dádivas. Lydda era una mujer profundamente hermosa, porque tenía la inocencia de la flor amarilla de los silvestres prados y el encanto y la fuerza de esa concepción filosófica, que le hubiese bastado con un abrir de brazos para sentir a una élite banalizada y mediatizada, que no permitía el privilegio de la sangre nueva. Lydda era auténtica, por eso intentaron las almas protervas cerrarle el camino de una vida poética y fértil, llena de profundas metáforas, como su vida, sobre las contradicciones que la dialéctica permitía y se sentía tristemente acosada por el reloj de arena, que galopaba inclemente su paso por los tiempos. Con el delirio de mis uñas tristes/ araño las horas que me asedian/ émula de estallidos transcurro/ en el sobresalto casi ritual, sofística/ de mi propia contextura erizada de violen-

cia. Y así continuó sembrando huellas por los caminos imperfectos de los sueños, y su andar se convertía en una voz, que los sofismas de la oscuridad no pudieron callar nunca. Su grito era el grito de todos, sus venas eran las venas de todos, y la sangre que corría por sus venas corrió por nuestras venas, como los ríos caudalosos en invierno, y proclamaba con la dignidad de una poeta, comprometida con su especie.

“Me tocó ser mujer y no me quejo, me tocó caer en la humedad del tiempo, en la inhóspita sequedad de los caminos, pero aquí me quedo entre escombros y desperdicios destruyan mi epidermis resentida, despedacen mis sueños, mi alegría, aniquílenme pero no pretendan sancionarme porque existo.” Así era Lydda prometedora como esas gaviotas que en las tardes costeñas viajan incansa-

blemente al sur. Su imagen, a la luz de los nuevos tiempos, era como los lirios blancos que adornan el galopar irrefrenable del viento junto al mar. Todo lo que acontecía en sus espacios de Venus inmolada, era como un candil que tomaba cuerpo para no apagarse nunca más, era un árbol erguido en la cima de una montaña y al mismo tiempo era arbusto sutil y lleno de cantos matinales a la orilla de un riachuelo. En palabras sencillas, era como las campanas de una iglesia de pueblo, un ser humano excepcional a la que llevaremos tatuada a nuestra piel de poeta como una huella de sol, infinita y profunda. Ésa fue la última vez que vi a Lydda, en esa oportunidad me regaló un libro llamado “Poemas Circunstanciales”, premio de poesía del Ateneo de Coro en 1965, pero el poeta Guillermo de León Calles me dijo que Lydda había salido un día a tender, como en una imagen garciamarquiana, una sábana de metáforas en un huerto de poemas y se perdió en el espacio sideral. Rogelio Lugo


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Su influencia en el Grupo Kasega

Serrana universal U

n libro de los tantos aportados por Enrique Arenas, para que los jóvenes interesados en la literatura de la ciudad de Coro a finales de la década del sesenta leyéramos, cayó en nuestras manos. Se trataba del poemario titulado “Poemas Circunstanciales” de Lydda Franco Farías (Ediciones del Ateneo de Coro, 1965). Tenía la portada diagramada por Mateo Manaure y había ganado el primer premio del Concurso de Poesía del Ateneo de Coro. El jurado calificador estuvo integrado por Antero Dupuy, Virgilio Medina y Maximiliano Guevara, extraordinarios hombres de letras. Según ha contado en privado Luis Alfonso Bueno, personeros del gobierno y del clero presionaron para que el premio no se le reconociera a Lydda, pero el jurado mencionado estaba conformado por personas que defendieron su criterio y, muy a pesar de las “altas esferas” de la ciudad de Coro, el premio fue calificado y otorgado a la autora del poemario, quien era militante de la izquierda y guerrillera. Ese libro cuenta con varios poemas y uno denominado “Qué hacer”, como aquel célebre ensayo de Vladimir Ilich, nos impactó de tal manera a los fundadores del Grupo Kasega en el liceo Cecilio Acosta de Coro, que a partir de ese momento dejamos de ser los mismos para establecer en nuestra

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3 mente la poesía. Leer aquel poema que dice: “Qué hacer con la ciudad chorreando orines milenarios/ espermatozoides puestos a secar en la esquinas/ genitales de cópulas frustradas. Qué hacer con la frigidez incipiente de los templos/ con la impotencia manifiesta de los dioses desterrados/ Qué hacer para reivindicar al hombre”, nos hizo temblar, pensar y crear. Fue a partir de allí cuando nuestros poemas se tiñeron de rojo y estuvieron marcados por el tema revolucionario. Así les cantamos al Che Guevara, a los proletarios y prostitutas, al campesino y a la patria. Recuerdo que publiqué y lo conservo en mis archivos, el sábado 23 de noviembre de 1969 en el diario La Mañana, gracias a la generosidad de don Atilio Yánez, un

texto poético o con pretensiones de tal, denominado “Quiero”, del cual reproduzco un extracto a continuación: “quiero clavar una bandera roja en el reino de los cielos/ quiero escapar de este valle de lágrimas/ encontrar manantiales de dicha/ quiero convivir con niños harapientos llorar su dolor/ quiero escupir a los dueños del universo/ quiero sepultar la tradición, abrir las puertas al nuevo mundo”, en esa misma página Enrique Arenas, nuestro maestro literario, se permitió publicar un poema contra el asesinato del Che Guevara, cuyo título fue “Yo acuso desde aquí”, copio textualmente un extracto: “Yo acuso desde aquí Ernesto/ tu muerte/ tu voz jadeante y tu tos/ yo espero desde aquí/ hermano que vuelvas a galopar en rocinante junto al rocío. Con el alma inundada de estrellas”. Lydda Franco Farías, en el libro citado, fue atrevida, tremendista, rebelde, radical y extremista. Todas las características de esa gran escritora, reflejadas en sus textos, se transmitieron e influyeron en el Grupo Kasega, fundado en la placita interna del Liceo Cecilio Acosta de Coro por Rafael Alfonso, Pedro Bracho, Édgar Bracho, Pedro Cuartín, Diobis Rodríguez y por mí en los últimos años de la década del sesenta. Recuerdo al tremendísimo de Pedro Bracho en el poema a Tarzán: “Por eso no puedo pensarte como JOHNNY WEISMULLER

Que fue campeón de los juegos olímpicos y que calzo WAALOVER En la 7ª Avenida.” (Te pareces más a algunos amigos que se han muerto en la selva) Pero es Rafael Alfonso quien mejor representa la poesía entre nosotros. De aquellos tiempos desfilaron en mi memoria las palabras de un poema de Alfonso. “HOY VINO CHARLOTTE Y ME INVITÓ A PASEAR POR DONDE HAY ESTALLIDOS POR DONDE LOS HOMBRES FABRICAN SUS VIDAS Y ENVÍAN SUS SEÑALES A OTROS MUNDOS Y ME DIJO QUE ELLA CONTABA LAS RESPIRACIONES PALPITANTES DE LAS BOMBAS QUE MEDIA NUESTRAS VIDAS CON LOS ESTALLIDOS” Por no tener a mano textos de otros integrantes de Kasega en los inicios, cito sólo lo anterior convencido de que en los trozos referidos hay una muestra palpable de cerca o de lejos de la influencia de Lydda Franco Farías, esa gran escritora a quien seguiremos admirando y recordando. Mundo de Silencios Víctor Hugo Bolívar abril 2009


Poeta falconiana de relevancia internacional

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Lydda: “Franco ide

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En esta hermosa casa convertida en

Ciro Zuleta Fotos: Armando Plácidi

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esde que la extraordinaria Lydda Franco estaba en el vientre de su madre Luisa Farías, ya daba muestras de inquietud e irreverencia, ella buscaba desde el mismo mundo uterino posiciones muy firmes e individuales, desde ese momento hizo lo que quería y lo que le era placentero. Hasta que un 19 de enero de 1944, en horas de la noche, Lydda sale del útero de su madre para

que física y espiritualmente se sumara a nuestro difícil y convulsionado mundo. Es la primera hija de Feresides Franco y Luisa Farías. Convive su niñez y parte de su adolescencia en una amplia casa colonial en el precioso y mágico valle de San Luis, ubicado en la Sierra falconiana, guiada por sus padres y acompañada de 14 hermanos. Lydda Franco comienza a crecer, primero con los valores y los principios de sus padres, en especial de su madre Luisa, que la impregna de una profunda

sensibilidad social cargada de un marcado humanismo, introduciéndola así al mundo de la literatura, de la prosa, la poesía, al mundo de la justicia y la libertad revolucionaria. A nuestra amada e inolvidable poeta, de profundo valor y querencia falconiana, venezolana y americana, le imparten sus primeras letras en la escuela de San Luis. Allí en una trilogía cognitiva padres, maestros y monseñor Rivero Reyes, comienzan a formarle un genuino y auténtico liderato para después consagrarla en la cuna de la intelectualidad sanluiseña. Culminado sus primeros estudios, se traslada a la colonial ciudad de Coro para hacer la secundaria en el Liceo Cecilio Acosta, comienza a enquistarse en ella las espinas de la lucha revolucionaria, desde ese icono de la escolaridad falconiana, Lydda Franco digiere las ideas revolucionarias por la paz, la justicia y la igualdad de los hom-

bres, y literalmente sigue construyendo poemas a los cuales les incorpora un conjunto de marcas, temáticas y formas, que enriquecerán su concepto inicial de guerra. Obtiene su título de bachiller. La poeta cuando estudiaba en la ciudad de Coro nunca perdió su condición de cabeza caliente y guáchara, en corto tiempo consolidó un liderazgo estudiantil en el Liceo Cecilio Acosta. Ella organizó una protesta en contra del Secretario de Gobierno de aquel entonces, Eusebio Henríquez, la anécdota de este hecho refiere que Lydda vivía en casa del alto funcionario gubernamental, dicho sea de paso era apreciada y querida como una hija por él. Se fue a Mérida a la universidad En los finales de los 50, Lydda se fue a estudiar a la universidad de Mérida, paralelamente se forma ideológica y políticamente en el mundo revolucionario de la iz-

quierda venezolana. En Mérida conoce a José Zavala, conocido como el comandante guerrillero Emilio, quien se convertirá en su esposo y padre de sus hijos. Ya formada, decide ir a la lucha revolucionaria para consolidar en el país un estado nacional comunista. Regresa a su tierra natal, San Luis, y allí junto a su esposo pasa a formar parte de las filas de la guerrilla en la Sierra falconiana. Se convierte, durante la década del sesenta, en jefa de la guerrilla urbana de la Sierra. Eso le costó a Lydda la separación familiar con su padre Feresides Franco, quien no aceptó nunca que ella fuese guerrillera, ya que él militaba en la ideología socialcristiana y además era el jefe de Telégrafos, mientras que su madre sufría callada pero aceptaba la decisión, poco más tarde fallece quien le dio el ser. Se va a la difícil lucha guerrillera en la Sierra,

un escenario de diez años en los que existen persecuciones, enfrentamientos y torturas por parte del ejército contra los hombres insurgentes. Caen algunos, otros continúan en la causa ideológica, pero Lydda nunca pierde la vocación, la pasión y el amor por la poesía. Llega el acto de pacificación por una sabia salida del presidente Rafael Caldera, quien invita a los revolucionarios a integrarse en la vida política nacional, ellos toman la palabra y deciden dejar la lucha armada. Lydda Franco es una de ellos, quien nunca perdió su amplia sonrisa a pesar de los avatares de una vida difícil que le tocó protagonizar. Al Zulia a vivir y a trabajar Luego de esta profunda experiencia de acatar la pacificación, Lydda decide irse con su esposo el comandante Emilio a la ciudad de Maracaibo, allí realizaron junto con sus hijos, entre lo dulce y lo amargo, una vida socio-educativa, cultural y laboral. Pasan los años, en


eal revolucionario”

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Los que la quieren y no la olvidan

Desde San Luis aún recordamos a Lydda

Ciro Zuleta Fotos: Armando Plácidi

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uando un ser humano ama y quiere profundamente a su tierra y a su gente, jamás podrá ser olvidado y por siempre y para siempre será recordado. En este sitial y con indisoluble afecto los sanluiseños, exteriorizando amor y respeto, recuerdan a la poeta Lydda Franco, a quien catalogan como cuna de la intelectualidad de San Luis. Luisa Franco, hermana: Lydda amaba su pueblo y su gente. Fue humilde y sabia. Su familia y su poesía lo eran todo. “Mi hermana siempre echaba bromas mientras estaba en San Luis y con nosotros. Lydda nos dejaba de visitar cuando se metía en saperocos revolucionarios.” “No se me olvida la locura de Lydda, ella estaba en la casa bailando durante mucho tiempo

n Hogar de los Abuelos Sanluiseños y Biblioteca, vivió buenos años de su vida Lydda Franco

con nuestro hermano Mario, y como sintió calor se desnudó delante de nosotros. De verdad que no le paraba a nada.”

Bernarda Chirinos, tía política: “Lydda era una muchacha muy buena e inteligente. Era una gran poeta. Ella vivió en mi casa unos días ya que peleó con su papá porque se metió a la guerrilla, pero después se me fue y no la vi más hasta que se acabó la lucha armada. Lydda fue de temple, pero siempre mantenía una sonrisa.”

el 2001 Lydda vive una triste desgracia, la muerte de su única hija Mirna, quien junto a ella y el novio de la fallecida, protagonizan un atroz accidente de tránsito en la carretera Falcón- Zulia. Cuatro años después,

ya creyendo en Dios y con 60 años de edad, Lydda Franco muere de tristeza, no pudo nunca aceptar ni tener resignación por la partida física de su hija. Seguidamente, y un mes después de haber ocurrido la muerte de Lydda, tam-

bién se marcha debido a la tristeza su esposo José. Físicamente esta pareja se fue pero se consolidó espiritualmente. Lydda y José fueron duros y amargos durante el paso por la guerrilla, pero francos en un ideal revolucionario.

Antonio González, amigo: “Yo siempre la recuerdo porque en la época en que Lydda era jefe de la guerrilla urbana en la Sierra, yo era un muchacho y ella, sagazmente porque a mi no me hacían nada, me pedía que le hiciera unos “mandaditos” que la beneficiaban mucho. Una vez me pidió que fuese a buscar unas medicinas en el Comandando de la Guardia, un capitán me las iba a entregar en la puerta. Así fue, recibí la encomienda y luego me solicitó que las dejara en el techo de la iglesia, se las dejé en el templo como me había dicho.”

Antonio Franco, hermano: “Lydda era académicamente una enseñanza. Era tan culta que la insolencia en ella estaba disfrazada por la palabra cognitiva”. Antonio, quien orgullosamente tenía en sus manos la cantimplora que utilizó su hermana en la guerrilla, dijo para finalizar: “hay que revisar la urna de mi hermana, porque de seguro que tiene pólvora.”


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abemos que nació en las alturas de Coro, pero estamos más seguros todavía que pertenece al reino mítico de la ficción y de la poesía en donde se desenvuelve desde pequeña con la seguridad y la certeza de Alicia en el país de las maravillas. Despistada por naturaleza es incapaz de preparar un café o freír unos huevos sin echarle sal por azúcar, al primero, o sin que se le quemen los segundos, pero recuerda con precisión milimétrica los pasos del Dante en su Florencia natal, descifra el significado esotérico de la “Divina Comedia”, cita de memoria cualquier pasaje de El Quijote y recuerda de qué pata cojea un perro en algún cuento maravilloso de Julio Cortázar. Es una de las pocas mujeres que nacen muy de tiempo en tiempo, no por el conocimiento de la literatura y el genio fácil para la poesía y el amor sino por su sabio corazón que ha resistido no sé cuantas toneladas de cigarrillos y por sus trampas de hechicera para adentrarse en los problemas de los demás y querer

Erotismo e irreverencia*

resolverlos sin haber resuelto nunca ninguno de los suyos. Siempre la he amado. Hubiera querido que fuera mi mujer sólo por hacer realidad mi secreto deseo de ser feliz con una niña, pero José me salve de la infamia de cometer ese pecado de adulto suelto de la mano de Dios, aunque todavía la encuentro en algún retazo de sueño y me aterra la posibilidad de aquel deseo enterrado vivo en los vericuetos del corazón y la memoria. De su poesía mucho se puede decir, pero nos basta con leer sus libros y disfrutar de esa rara mezcla de lucidez y piel a la intemperie, de primera mujer sobre la Tierra. Junto al Chino Valera Mora, Mery Sananes, Caupolicán Ovalles y Blas Perozo Naveda, ha escrito la mejor poesía política de este país y también ha escrito la mejor poesía amorosa escrita por su generación. Ahí están sus poemas eróticos que brillan y gimen como dos cuerpos enredados y salitrosos bajo la luz de la luna y sus versos hermosos por la irreverencia, el humor y la ironía que transpiran. Esa extraña virtud de una buena poesía política y el desenfreno de los sentidos en su poesía amatoria la definió el maestro Ludovico Silva de esta manera: “Lydda Franco se enfrenta a la política como un poeta, en lo cual procede al revés de sus críticos, quienes se enfrentan a la poesía como políticos.” Desde “Poemas Circunstanciales”, su primer libro, en los años 60, supimos que Lydda no traía la paz sino la guerra. Esos poemas descalabraron la tranquilidad de Coro, le levantaron la falda a las pudibundas

y a las mujeres sin hombre, le soltaron la lengua a los hipócritas y provocaron la injuria de todas las iglesias, llevando a rastras las puertas de los tribunales de la inquisición a la autora de los versos perversos, y ya sabemos que un poeta que ha cumplido condena por sus primeras palabras públicas no tiene vuelta atrás y que ha de cumplir su destino con la fatalidad de la tragedia griega. Admiramos, valoramos y, en cierta forma, también hemos imitado la decisión definitiva con que Lydda ha cumplido con su destino y vocación de poeta desterrada. A sus amigos, que somos muchos, y a sus enemigos, que no son pocos, siempre nos a conmocionado esa inteligencia silvestre, en estado salvaje, que la hace recitar un poema de Quevedo o Góngora, recordar con pelos y señales el primer manifiesto surrealista o decir sin pestañar la “Noche oscura del alma” de San Juan de la Cruz, pero que no recuerda su número de teléfono, el camino de su casa, ni sabe en qué calle, urbanización ni en qué ciudad vive o desvive. Hubo una época en que seguíamos hasta la madrugada las desventuras de Alonso Quijano desdoblado en Don Quijote y disfrutábamos aún más por los certeros comentarios de Lydda y por su insensatez quijotesca de querer llevar al genial loco, a quien se le secó el cacumen de tanto leer, por caminos distintos a los decididos por Don Miguel de Cervantes. Al igual que a Enrique Arenas a Lydda todos le debemos todo. No sólo por saber guiarnos por las sendas de las mejores lecturas sino por las constantes insinuaciones para que releamos los mejores libros malos, y la incitación a ese pecado de lesa humanidad nos ha enseñado que así como las mujeres de la mala vida son las mejores de la buena vida, los libros malos son maestros en ensañarnos cómo no

A la memoria de Mirna y José sus lazarillos espirituales

se debe escribir. Por estos días algunas instituciones educativas y culturales del país entre las que destacan las universidades de Mérida, Zulia y Francisco de Miranda, están solicitando el premio nacional de literatura para Lydda Franco Farías. Reconocimiento que se le ha debido otorgar hace mucho tiempo sin que nadie lo solicitara, como también lo merecen Rafael José Álvarez y Hugo Fernández Oviol, por sólo mencionar a dos escritores vecinos de esta ciudad, pero creemos que Lydda como los otros dos poetas mencionados se merece un reconocimiento mayor: el de la lectura, investigación, estudio y difusión de sus libros. No hay premio mayor para un escritor que el de elevar por encima del rasero de la realidad a un potencial lector ahogado en la imbecilidad televisiva y prolongar

su visión e imaginación hacia esferas de mayor lucidez y claridad de espíritu. Sin haber cruzado letras y sin haber dictado en su vida una clase de literatura se pasea cómoda, fresca y fácil por los cuartos de la historia, orígenes y autores de los distintos géneros literarios y conocemos sus severos juicios que nos hacen temblar por la sangre fría con que los emite entre chanza y burla burlando. Hace mucho tiempo un escalofrío nos recorrió la espina dorsal cuando descubrimos a Lydda en “Rayuela” convertida en la Maga, pero mucho antes de Cortázar nosotros la habíamos adoptado como la querida Gertrude Stein de nuestra generación encontrada. *Texto leído en Coro y Maracaibo en la presentación de su último libro. Ramón Miranda


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El barroquismo erotizado E

l yo poético de Lydda Franco Farías se ha configurado desde muy variadas vertientes, una de ellas, la más natural, es la que se corresponde con su entorno familiar serrano, donde hubo de asimilar algunos giros, entonaciones del habla de su San Luis natal. Junto a la encantatoria tradición oral, mitos, leyendas, haitones y seres incorpóreos, entre otras sonoridades clásicas, la observación y la agudeza de ver más allá de las cosas fueron amalgamando su visión poética. La oralidad de la casa, el nutriente básico que significó su encuentro con Neruda y Vallejo y la pauta obligada de su militancia aceleraron su madurez poética. Del mismo modo que un estudiante de medicina explora el cuerpo humano, hasta dar con la patología, Lydda ausculta la realidad hasta extraerle la médula suprareal para su poesía. Hay en Lydda Franco Farías algunos elementos mutantes que se acercan y se alejan, que aparecen y desaparecen encubiertos en distintas temáticas sin que se altere la prodigiosa unidad que subyace en su obra totalizadora. Su ópera prima o libro emblemático, “Poemas circunstanciales”, cuya aparición provocó una larga polémica que involucró hasta a un vicario que terminó yéndose por el barranco del moralismo mojigato, Lydda es entonces vanguardia,

pionera en la modernidad que logra estremecer lo cimientos literarios de una ciudad como Coro, pacata y “chorreando orines milenarios”, ironía y pasión desbordadas en un ámbito regido por una represión ontológica que veía nacer la poesía negada. Poco se ha escrito sobre un libro que Lydda tituló “Bolero a media luz” (Mérida, ediciones Mucuglifo, 1994), hay aquí un lenguaje grueso, íntimo, barroco y erótico. Son palabras como orlas alrededor del sexo y sus artificios. Una poesía emancipadora de los ritos amatorios femeninos que ordenan el viejo caos de simulaciones de bote-pronto, donde cierta poesía de la época solía redundar en adjetivos convencionales. Lydda, sin embargo, se atreve entre el placer de la escritura y la articulación de mitos y rituales del sexo, barroco y erotizado. Palabra y cuerpo en un entramado de paisajes tangibles del Eros. Intimidad, poesía e infinitud como una invención reciente. Una redención

de todos los amantes que la poesía de Lydda revela desde la maleza de las perversiones pactadas. Sólo la poesía y su cuerpo ungido de estética pueden alcanzar tal plenitud: ìuna trepa la desnudez de otro cuerpoî, más que un esfuerzo se trata de una levitación, un escalar hacia estadios extrafísicos, peregrinación por la poesía que enaltece y nombra los misterios. “El desequilibrio no está en la penetración, sino en el remolino que provoca”, a propósito el poeta Pedro Cuartín ha dicho: “Este dístico hace pensar por asociación, más que por transtextualidad, en los últimos versos de la ‘Soledad Primera’ de Góngora: bien previno la hija de la espuma a batallas de amor, campos de pluma.” Así canta Lydda su tremendismo abolerado y su emancipación femenina: “varones los hay como pulpos en la noche uno descuella el de heráldicos delfines el que se agrupa en pólvora el de los ojos líquidos el que se avienta en pájaro el que es lombriz de tierra el que es gato y serpiente el bien proporcionado lirio el que se instala en los valles del légamo el que amamanto como a un niño de pecho el de la lengua almibarada y eléctri-

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7 ca el que con delicada brusquedad alborota el colmenar donde abejas indisciplinadas rompen filas el desaforado que desarregla mis resistencias hasta que ya no puedo más.” “cuando la mano toca el dormido instrumento activa su velamen cuando la boca hace su trabajo de orfebre en Sabbat en oriflama de entre tus muslos sale un vellocino de oro una serpiente emplumada un vendaval de helechos una larga vocal impronunciable flauta cuyo sonido me despierta a cualquier hora tu sexo rompe los cristales de las guarderías penetra con salacidad mis oquedades las ventila.” Paúl González Palencia

Lydda Franco a través de un poema de solapa Tengo algunos libros que conservo con predilección. Entre ellos uno de ésos que llaman ìde textoî, titulado “Curso Superior de Sintaxis Española” de Samuel Gili y Gaya. La razón de la predilección, en este caso, no es sólo por el conocimiento que de los rasgos gramaticales del lenguaje el texto aporta, sino porque tuve una amiga, hermana en el afecto, de San Luis del Cariagua, que anduvo llenando el mundo de poesía, y, en un momento de “pilón” en la ciudad de Coro, tomó mi libro y en la parte interior de la solapa escribió este poema: “En un principio fue la testicular manifestación de coitos habituales por eso nos engendraron con fastidio (es lo único veraz de nuestro ori-

gen) de allí que estemos signados a lo mismo de allí que alguna vez me identifico en el detritus y anatemizo el sexo de los días. Me hice fuerte en un minuto tenso cuando todo parecía desplomarse y ríos turbulentos caían desvistiéndome ya no fui mujer sino circuito de pulsos combatientes lágrima trascendental de mercurio.” Esa hermana en el afecto no fue otra que Lydda Franco Farías, a quien un accidente automovilístico dejó de media vida, por poco tiempo, después de arrancarle, completa e instantáneamente, la de su hija Mirna, quien manejaba el auto en su viaje de regreso

a Maracaibo el 8 de octubre de 2001, luego de haber asistido a la III Bienal de Literatura Elías David Curiel, en la ciudad de Coro. Ese accidente abrió un paréntesis de desgracias para Lydda, el cual se cerró cuando ella, con secuelas en el alma y en el cuerpo, murió el 4 de agosto de 2004 en el Maracaibo que la había adoptado. No he visto esa composición poética en “Poemas circunstanciales”, ni en “Summarius”, ni en “Bolero a media luz”, ni en “Una”, ni en ninguno de los libros que de Lydda tengo, tal hecho incorpora un motivo más para la valoración que de ese poema hago. Como si la sola firma de Lydda y la grafía de su puño y letra no confirmasen la autoría del poema, allí están los destellantes relámpagos incandescentes de su inconfundible poesía: la manera suya

de hurgar en la cotidianidad humana para hacer despertar, con metáfora extendida, de la rutina de la vida y, en libertad, abrir caminos de conciencia, donde no “estemos signados a lo mismo” sino que seamos “circuitos de pulsos combatientes”, cuestionando siempre la hechura que se nos hace creer que somos, sin dejarnos realmente ser. Es ése el inmenso llamado de Lydda para que nos despojemos de las debilidades del marasmo de un inconsciente colectivo que nos hace sombras, sin dejarnos ser “fuertes en nuestro sentimiento”, para una real identificación en la estática dinámica de nuestra social existencia. Debo dar las gracias al poeta Guillermo, porque al pedirme que le escriba unas cuartillas acerca de

Lydda me facilita también cumplir en público un ruego que ella me hiciera, en el sentido de que la recordase siempre; como si fuese tan fácil olvidar a una escritora, cuya poesía es aliento de vida, proyección del universo existencial y constante mirada hacia el interior de ese microcosmo humano que somos. Hermes Coronado.


Especial Lydda Franco

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8 No nací para ocupar un espacio y nada más Ignoro cuál será mi participación me tocó ser mujer y no me quejo, me tocó caer en la humedad del tiempo, en la inhóspita sequedad de los caminos pero aquí me quedo entre escombros y desperdicios.” Lydda es una civilización, como lo fue Picasso para Neruda, como Guillén o como Aquiles… Civilizaciones antiguas, modernas, posmodernas, extramodernas, llenas de signos y tesoros por descubrir… Su hogar tenía el patio poblado de sillas, sillas que resguardaban la presencia de todos y cada uno de los que gravitábamos en Maracaibo, alrededor de su vitalidad quieta e inquieta. Y porque “no nacimos para ocupar un espacio y nada más…” siempre acudíamos puntualmente a la cita, cuando el reloj del corazón y de la circunstancia juntaba sus pulsos, y sin llamarnos y sin apuntes de agendas entrábamos en su refugio para brindar por esa amistad activa y peligrosa. Ella era ella, y era José Zabala, y era Mirna, la herida

Así era Lydda

presente de la ausencia… y era el nieto, y era el hijo de ojos tristes, y era su batola de flores rojas, amplia y en movimiento, que en Pacha se convertía para hacer redonda la conversa, como se asientan las comunidades, para mirarse a los ojos y por dentro, y a veces para ponerse uno en silencio como clave para una comprensión más profunda y vivida. Lydda es la sublevación, la irreverencia femenina, fuerte como el grito del guerrillero o de la guerrillera, que sabe la emboscada y se lanza a la “miseria de las trampas”, porque se sabe lleno de vida ante la bala segura y directa que le espera… Lydda es un regazo, una sonrisa, y era una arrechera y era una clave en fa…Un universo pleno de metrallas y labias, que gustaba de canciones y de tortas y de cigarros que estremecían la precaria y alebrestada salud de cada amanecer y anochecer. Y es que no había forma… Lydda es una inquietud llena de memoria, de claves que nos revelan la verdadera historia de Venezuela, de esa que dejaba en evidencia las persecuciones asesinas de la democracia instaurada a fuerza de traición… Claves que José avalaba en reflexiones, y que ella reviraba en poemas que eran lecciones, anotaciones vitales, necesaria bi-

tácora que mostraba el mapa del mundo aún por alcanzar. “Qué hacer si no hay espacio para el grito postergado Si la violencia está incubada en las axilas Si el amor se está licuando en la saliva...”. (Poemas circunstanciales, 1965) Mil ensayos sobre su palabra se han hecho, estudios que ratifican su estatura de nube en las letras venezolanas… Revolución de estética femenina que hizo que nos miráramos por dentro la veta oscura y los desperdicios que “no pueden ocultar la memoria…” La revolución en todos los sentidos… En la vida combatiente, en la cruda persecución de los setenta, en la tragedia y muerte, en el drama familiar, en la poética de la amistad, en la amorosa sonrisa que nos brindaba en medio del llanto y la carencia, en esa manera de vivir exactamente a la medida del ser humano, de la dignidad humana y planetaria, sin nada más ni nada menos… Esta atmósfera que llevo por dentro cuando la recuerdo es un universo que los arqueólogos descubrirán como parte de una civilización, en los detalles de sus espacios compartidos, en su patio clavado en mi memoria como fiesta de trastocamientos y de voces que nos siguen transformando… Lydda también hizo de su casa un espacio multicultural y amplio donde nos encontrábamos sin claudicaciones con El Chacal, con

Blas, con Alí, con Chávez, con Gustavo Colina, con Cósimo, con Bandera Roja, con los clandestinos, y con el Partido Comunista… Con los amigos y los enemigos… en un vaivén sin mutismos, en la necesaria “dialéctica de lo concreto”… La Escuela de Letras y la de Filosofía, Paraguaná y la Sierra lejana, el Empedrao a la vuelta de la esquina, las nuevas generaciones y las menos nuevas buscaban la calle de San Jacinto, buscaban alimento para la reflexión contestataria, la nunca callada forma de participar en la revolución en la que no dejó de creer, ese proceso de debates, reflexiones y, no por ello y quizás por ello, de sensibilidad y poesía… La mujer poeta, rebelde en palabras y en actitudes. Se revela ante todos amorosamente, con una sonrisa de convicción y de reto… La mujer casa llena de patios y matas, de mesas y sillas donde estabais invitado siempre y cuando afloraras significaciones y sensaciones… UNA es tan fiel tan perrunamente fiel qué asquerosamente fiel es UNA UNA se asoma al espejo y comprueba lo que no es sabe qué cara va a poner/ qué silencio va a arriar qué píldora de domesticidad va a tener que tragarse qué anticonceptiva es UNA UNA queda tendida knock out para reapa-

recer al pidiendo

día siguiente la revancha.

Dionisíaca y libre, más allá del bien y del mal, develando el origen de la tragedia; con la poesía logra entrar en los códigos que trastocan la lógica perversa de la estética formal… y lega, más que su palabra, su estética de alma y de conciencia, para con ello hacer de su arte un espejo que revele lo que hay que revolucionar verdaderamente: la falsa cultura que pesa como plomo en las alas. Su voz se canta en la presencia contestaria e irreverente que no cesa de buscar la manera de sacudir esta cárcel, que no sólo nos impone el imperio que conocemos, sino que, lo que es peor, se reproduce en barrotes invisibles e implacables, en códigos que enceguecen y marchitan. Lydda hoy está con José, con Mirna, con Vallejo, con Esther María, con Alí, Rengifo, Aquiles, Reverón, y ahora con Mario Benedetti; con sus amigos guerrilleros heroicos, sus ancestros, sus patios y su redondez acogedora…en el espacio amoroso y combativo de las ideas y acciones que nos indican senderos pendientes…porque ella se llevó la casa para vivirla desde otra dimensión, y para seguir con su filosa sonrisa invitándonos, incitándonos, a mirar la basura que no nos deja avanzar. Yolanda Delgado


Letra Viva Viernes 29-05-2009  

Letra Viva Viernes 29-05-2009

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