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Coro-Punto Fijo, viernes 27 de noviembre de 2009

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a g o r i u Q Horacio


Coro - Punto Fijo Viernes 27 de noviembre de 2009

2 Cuando leemos a Horacio Quiroga nuestro pensamiento de algún modo se enerva sólo por el simple hecho de imaginar lo macabro que pudiese llegar a ser en la realidad una situación como la descrita en “El Hijo”, “La gallina degollada” y “El almohadón de plumas”, por nombrar algunos de los cientos de cuentos que estructuran el impresionante y siniestro trabajo literario del escritor uruguayo. De algún modo, la experiencia que como lectores pudiésemos tener al acercarnos a los cuentos de Quiroga gira en torno a un contexto de ineludible penumbra, en cuya atmósfera sólo se respira y percibe el olor a muerte. Y es que pese a todo, un buen y respetado escritor se vale de símbolos y enigmas, como Quiroga lo hace con la muerte, para presentarnos todo un cúmulo de vivencias que, de algún modo, le han marcado. Pero he allí la interrogante ¿precisamente con la muerte? Pues sí, ya que a través de ese canto de lo penumbroso y sombrío el escritor

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La epístola: emociones desbordadas en la pluma de Horacio Quiroga nos revela, cual espíritu romántico, todo su sentir y padecimiento como hijo, amigo y esposo. El escritor uruguayo intenta disipar el sitial peyorativo que, al menos en sus cuentos, la muerte ha adquirido, para darnos a entender que este elemento se presenta tal y como Bécquer manifestaría en sus “Rimas”, la excusa perfecta y la vía de escape al mundo cruel y nefasto. Sería en todo caso una alusión a lo mortífero, con un tono bastante justificado. Sin embargo, hay que indagar, e incluso tratar de escudriñar al sujeto sensible, humano que se manifiesta silente en cuentos como los antes mencionados. Pero están las “Cartas de Quiroga a Martínez Estrada”, en cuyo epicentro temático, sin mucho esfuerzo, se observa a un Quiroga entregado a la vida y absorbido por el ámbito de lo cotidiano. Y es que el autor no vacila, ni sopesa, en manifestar a su amigo y hermano Martínez Estrada (poeta

argentino), sus quehaceres ritunarios. Un repertorio que va desde una crisis monetaria hasta una crisis marital. Sin contar con los síntomas y padecimientos de su enfermedad y estado anímico. Ya en este epistolario se observa cómo ambos artistas alcanzan el borde de la compenetración, que aun ante la distancia se manifiesta en vínculo de íntima amistad, dado sólo gracias a las mencionadas cartas. “Pensamos a menudo con mi mujer en el placer que tendríamos viéndolos un día por acá. El pasaje es caro, desde luego, pero allí terminan los dispendios. ¿No habría modo de que se animaran este verano? Como Ud. es uno de los muy contados amigos con quien e s se entiend e

uno sin hablar…” (agosto 19 de 1934). O en esta otra carta donde Quiroga, en consonancia con su sentir, le expresa a Martínez Estrada: “Tener ya que volverme, ¿calcula Ud. los trastornos de todo orden paternal y económico que acarrea una separación legal o un divorcio?/ Yo podría conformarme con tener a mi lado una extraordinaria amante; pero no me basta esto. Prefiero amar a una sombra lejana, a mis ilusos 57 años; pero no fornicar solamente”. (abril 11 de 1936). Claramente se observa la confianza tan enfatizada que el uruguayo sentía por su amigo, a tal punto de contar sus problemas maritales que muy bien delinean lo solitario y cabizbajo que se encontraba para la fecha. Ya para concluir, se nota que estas cartas conforman una joya invaluable que dan cuenta de un sujeto que algún día decidió apartarse e internarse en el ambiente selvático para reencontrarse con su esencia como persona. Son, pues, estas cartas, más que documentos históricos o personales, reflejo mismo del sujeto, de su forma de vivir y pensar, esencia final del hombre, pues sólo once días transcurrieron entre la última carta enviada y su último suspiro, cuando cansado de vivir y sentir se suicidó en espera, seguramente, del más allá. Jesús Antonio Madriz (Unefm) jmadriz04@hotmail.com


El hombre muerto

Horacio Quiroga

El hombre y su machete acababan de limpiar la quinta calle del bananal. Faltábanles aún dos calles; pero como en éstas abundaban las chircas y malvas silvestres, la tarea que tenían por delante era muy poca cosa. El hombre echó, en consecuencia, una mirada satisfecha a los arbustos rozados y cruzó el alambrado para tenderse un rato en la gramilla. Mas al bajar el alambre de púa y pasar el cuerpo, su pie izquierdo resbaló sobre un trozo de corteza desprendida del poste, a tiempo que el machete se le escapaba de la mano. Mientras caía, el hombre tuvo la impresión sumamente lejana de no ver el machete de plano en el suelo. Ya estaba tendido en la gramilla, acostado sobre el lado derecho, tal como él quería. La boca, que acababa de abrírsele en toda su extensión, acababa también de cerrarse. Estaba como hubiera deseado estar, las rodillas dobladas y la mano izquierda sobre el pecho. Sólo que tras el antebrazo, e inmediatamente por debajo del cinto, surgían de su camisa el puño y la mitad de la hoja del machete, pero el resto no se veía. El hombre intentó mover la cabeza en vano. Echó una mirada de reojo a la empuñadura del machete, húmeda aún del sudor de su mano. Apreció mentalmente la extensión y la trayectoria del machete dentro de su vientre, y adquirió fría, matemática e inexorable, la seguridad de que acababa de llegar al término de su existencia. La muerte. En el transcurso de la vida se piensa muchas veces en que un día, tras años, meses, semanas y días preparatorios, llegaremos a nuestro turno al umbral de la muerte. Es la ley fatal, aceptada y prevista; tanto, que solemos dejarnos llevar placenteramente por la imaginación a ese momento, supremo entre todos, en que lanzamos el último suspiro. Pero entre el instante actual y esa postrera expiración, ¡qué de sueños, trastornos, esperanzas y dramas presumimos en nuestra vida! ¡Qué nos reserva aún esta existencia llena de vigor, antes de su eliminación del escenario humano! Es éste el consuelo, el placer y la razón de nuestras divagaciones mortuorias: ¡Tan lejos está la muerte, y tan imprevisto lo que debemos vivir aún! ¿Aún...? No han pasado dos segundos: el sol está exactamente a la misma altura; las sombras no han avanzado un milímetro. Bruscamente, acaban de resolverse para el hombre tendido las divagaciones a largo plazo: Se está muriendo. Muerto. Puede considerarse muerto en su cómoda postura. Pero el hombre abre los ojos y

mira. ¿Qué tiempo ha pasado? ¿Qué cataclismo ha sobrevivido en el mundo? ¿Qué trastorno de la naturaleza trasuda el h o rrible acontecimi e n to? V a a morir. Fría, fatal e ineludiblemente, va a morir. El hambre resiste —¡es tan imprevisto ese horror! y piensa: Es una pesadilla; ¡esto es! ¿Qué ha cambiado? Nada. Y mira: ¿No es acaso ese bananal? ¿No viene todas las mañanas a limpiarlo? ¿Quién lo conoce como él? Ve perfectamente el bananal, muy raleado, y las anchas hojas desnudas al sol. Allí están, muy cerca, deshilachadas por el viento. Pero ahora no se mueven... Es la calma del mediodía; pero deben ser las doce. Por entre los bananos, allá arriba, el hombre ve desde el duro suelo el techo rojo de su casa. A la izquierda entrevé el monte y la capuera de canelas. No alcanza a ver más, pero sabe muy bien que a sus espaldas está el camino al puerto nuevo; y que en la dirección de su cabeza, allá abajo, yace en el fondo del valle el Paraná dormido como un lago. Todo, todo exactamente como siempre; el sol de fuego, el aire vibrante y solitario, los bananos inmóviles, el alambrado de postes muy gruesos y altos que pronto tendrá que cambiar... ¡Muerto! ¿Pero es posible? ¿No es éste uno de los tantos días en que ha salido al amanecer de su casa con el machete en la mano? ¿No está allí mismo con el machete en la mano? ¿No está allí mismo, a cuatro metros de él, su caballo, su malacara, oliendo parsimoniosamente el alambre de púa? ¡Pero sí! Alguien silba. No puede ver, porque está de espaldas al camino; mas siente resonar en el puentecito los pasos del caballo... Es el muchacho que pasa todas las mañanas hacia el puerto nuevo, a las once y media. Y siempre silbando.. Desde el poste descascarado que toca casi con las botas, hasta el cerco vivo de monte que separa el bananal del camino, hay quin-

ce metros largos. Lo sabe perfectamente bien, porque él mismo, al levantar el alambrado, midió la distancia. ¿ Q u é pasa, entonces? ¿Es ése o no un natural mediodía de los tantos en Misiones, en su monte, en su potrero, en el bananal ralo? ¡Sin dada! Gramilla corta, conos de hormigas, silencio, sol a plomo... Nada, nada ha cambiado. Sólo él es distinto. Desde hace dos minutos su persona, su personalidad viviente, nada tiene ya que ver ni con el potrero, que formó él mismo a azada, durante cinco meses consecutivos, ni con el bananal, obras de sus solas manos. Ni con su familia. Ha sido arrancado bruscamente, naturalmente, por obra de una cáscara lustrosa y un machete en el vientre. Hace dos minutos: Se muere. El hombre muy fatigado y tendido en la gramilla sobre el costado derecho, se resiste siempre a admitir un fenómeno de esa trascendencia, ante el aspecto normal y monótono de cuanto mira. Sabe bien la hora: las once y media... El muchacho de todos los días acaba de pasar el puente. ¡Pero no es posible que haya resbalado..! El mango de su machote (pronto deberá cambiarlo por otro; tiene ya poco vuelo) estaba perfectamente oprimido entre su mano izquierda y el alambre de púa. Tras diez años de bosque, él sabe muy bien cómo se maneja un machete de monte. Está solamente muy fatigado del trabajo de esa mañana, y descansa un rato como de costumbre. ¿La prueba..? ¡Pero esa gramilla que entra ahora por la comisura de su boca la plantó él mismo en panes de tierra distantes un metro uno de otro! ¡Ya ése es su bananal; y ése es su malacara, resoplando cauteloso ante las púas del alambre! Lo ve perfectamente; sabe que no se atreve a doblar la esquina del alambrado, porque él está echado casi al pie del poste. Lo distingue muy bien; y ve los hilos oscuros de sudor que arrancan de la cruz y del anca. El sol cae a plomo, y la calma es muy grande, pues ni un fleco de los bananos se mueve. Todos

Coro - Punto Fijo Viernes 27 de noviembre de 2009

3 los días, como ése, ha visto las mismas cosas. ...Muy fatigado, pero descansa solo. Deben de haber pasado ya varios minutos... Y a las doce menos cuarto, desde allá arriba, desde el chalet de techo rojo, se desprenderán hacia el bananal su mujer y sus dos hijos, a buscarlo para almorzar. Oye siempre, antes que las demás, la voz de su chico menor que quiere soltarse de la mano de su madre: ¡Piapiá! ¡ Piapiá! ¿No es eso... ? ¡Claro, oye! Ya es la hora. Oye efectivamente la voz de su hijo... ¡Qué pesadilla...! ¡Pero es uno de los tantos días, trivial como todos, claro está! Luz excesiva, sombras amarillentas, calor silencioso de horno sobre la carne, que hace sudar al malacara inmóvil ante el bananal prohibido. ...Muy cansado, mucho, pero nada más. ¡Cuántas veces, a mediodía como ahora, ha cruzado volviendo a casa ese potrero, que era capuera cuando él llegó, y antes había sido monte virgen! Volvía entonces, muy fatigado también, con su machete pendiente de la mano izquierda, a lentos pasos. Puede aún alejarse con la mente, si quiere; puede si quiere abandonar un instante su cuerpo y ver desde el tejamar por él construido, el trivial paisaje de siempre: el pedregullo volcánico con gramas rígidas; el bananal y su arena roja: el alambrado empequeñecido en la pendiente, que se acoda hacia el camino. Y más lejos aún ver el potrero, obra sola de sus manos. Y al pie de un poste descascarado, echado sobre el costado derecho y las piernas recogidas, exactamente como todos los días, puede verse a él mismo, como un pequeño bulto asoleado sobre la gramilla —descansando, porque está muy cansado. Pero el caballo rayado de sudor, e inmóvil de cautela ante el esquinado del alambrado, ve también al hombre en el suelo y no se atreve a costear el bananal como desearía. Ante las voces que ya están próximas —¡Piapiá!— vuelve un largo, largo rato las orejas inmóviles al bulto: y tranquilizado al fin, se decide a pasar entre el poste y el hombre tendido que ya ha descansado.


Horacio Quiroga y su tragedia Coro - Punto Fijo Viernes 27 de noviembre de 2009

4 En contraposición al Horacio de los clásicos, en donde lo bucólico, la contemplación y la visualización de espacios y emociones regidos por la tranquilidad, y el Quiroga que despunta con el siglo pasado, afiliado a una cuentística de vanguardia, que como tal quebranta las corrientes literarias anteriores a su momento, está signado con la constante tragedia vital, llena de acontecimientos suicidas, que aunque no son absolutamente determinantes en la concentración de su narrativa, si lo van llevando por episodios que, con cierta frecuencia, como ocurre con la mayoría de los autores, no pueden desprenderse de las nociones autobiográficas. Horacio Quiroga fue un ser humanamente traumatizado, que reco-

rre sus penurias existenciales desde el Uruguay que le ofrece su primera cuna, hasta el asentamiento afectivo en la austral Argentina, que lo coloca, por elección propia, en una región conocida como Misiones, le brinda la frescura suficiente, con ánimo electivo para su posible quietud, a través del cultivo de especies, cuya profusión le sirven de marco para registrar sus previas andanzas por los predios parisinos o para refugiar, a partir de las letras, sus pasiones emergentes en la Buenos Aires que aún cuando no había recibido la formalidad de sus tangos, sí vivía entre la amargura y la felicidad a la vez contrastante de sus arrabales. La obra de este creador, que se separa abruptamente de las tendencias modernistas, está representada por títulos como “Los arrecifes de coral”, “Historia de un amor turbio” “Cuentos de amor de locura y de muerte” y Cuentos de la selva”, aunque hay que tomar en rigurosa consideración toda la compilación epistolar que se organizará después de su muerte, que por cierto, como una relación inquebrantada entre comienzo y final, representa la última entrega de su vida en función del suicidio como respuesta a sus tormentos. Ariel Luna

Literatura y muerte en Horacio Quiroga Horacio Quiroga, escritor uruguayo nacido en 1878, considerado como el maestro por excelencia de la prosa breve. Sus obras reflejan el estilo de vida que él mismo llevó durante su existencia, presentando a la naturaleza como enemiga del hombre y siempre planteando al ser humano desde una perspectiva terrible y horrorosa. Tanto así que se le compara con el escritor estadounidense Edgar Allan Poe, al

considerarse éste como maestro del estilo narrativo de Quiroga. La vida de este uruguayo fue de tragedia en tragedia, primero la muerte de su padre, el suicidio de su padrastro en 1896, luego de sufrir un derrame cerebral que lo paralizó y no le permitía hablar, la trágica muerte de sus hermanos Pastora y Prudencia, víctimas de la fiebre tífica, la muerte accidental de su gran amigo Francisco Ferrando mientras Quiroga limpiaba y revisaba un revólver, el suicidio de su esposa Ana María Cires, tras estar sumida en una terrible depresión a causa de su vida en la selva y sin esperanza de regresar a Buenos Aires; enterarse en el 1935 de que padecía hipertrofia prostática, el abandono definitivo por parte de su segunda esposa María Elena y la hija engendrada en esta relación; en 1937 la hipertrofia prostática se había convertido en cáncer de próstata. Irremisiblemente todas estas tragedias llevaron al célebre escritor al suicidio en el año 1937 con la ingesta de cianuro. Pero eso no fue todo, un año antes de la muerte de Quiroga su gran amigo Leopoldo

Lugones se había suicidado con un vaso de Whisky con cianuro, más o menos cerca de la muerte de Quiroga, la escritora Alfonsina Storni, luego de enterarse de que padecía cáncer, pone toque final a una vida llena de tragedias, dolores, desventuras y sufrimientos; así como fue el consecuente suicidio de la hija mayor de Horacio, Eglé Quiroga, acompañada del suicidio de su hijo Darío en 1951. En líneas generales, estas situaciones fueron las que dieron el estilo fantástico y a la vez triste que llenaba toda la obra del escritor, dejando así para la posteridad algunas de las narraciones más terribles y brillantes de la literatura hispanoamericana del siglo XX. En síntesis, Quiroga se inicia como poeta modernista con Arrecifes de coral (1901), escribe cuentos influido sobre todo por Poe, pero también por Maupassant y Chéjov, recreando situaciones de horror y locura que emergen de una naturaleza exuberante en Cuentos de la Selva (1918), Anaconda (1921), Los desterrados (1925). Egli Dorantes

Letra Viva Viernes 27-11-2009  

Letra Viva Viernes 27-11-2009