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D E P O R T E

LA BIOGRAFÍA de Louis Lachenal podría interpretarse como una enorme conspiración para que aquel 3 de junio de 1950 se encontrase a solo unos metros de la cumbre del Annapurna. El “desorden” de su infancia, “la desatención de sus padres”, la “efervescencia” de su carácter, el campamento scout que le abrió las puertas del alpinismo, su trabajo como guía de montaña en Chamonix, el título de monitor de esquí, aquel encuentro con Lionel Terray en una estación de tren, la audacia de sus proyectos…, todas las circunstancias de sus 28 años de vida se habían ido como alineando para conducirle hasta la antesala del primer ochomil. “Era rápido, ágil, audaz, elástico y necesitaba el riesgo”, ha escrito de él Miguel del Fresno, responsable también de los restantes entrecomillados de este párrafo.

rice Herzog llegó a la cumbre del

hacia arriba impidió que Louis Lachenal, ya a poca distancia de la cima, descubriese que el frío le estaba devorando de forma quizá irremisible. Y no era solo la sensación de aquel momento: las congelaciones que se adivinaban en sus manos y en sus pies también estaban amenazando su trabajo de guía de montaña y, por tanto, la supervivencia del joven hogar que había puesto en marcha con Adéle. “¿Qué iba a ser de mí en la tierra convertido en un tullido? ¿Qué iba a hacer si para mí nada cuenta de verdad fuera de mi oficio?”. Su presente y su futuro se tambaleaban a la vez. Fue entonces cuando detuvo a su compañero con una de las preguntas más célebres de la literatura alpina: “Si doy media vuelta, ¿qué harás tú?”. Maurice Herzog también se encontraba consumido por el frío, pero respondió casi a bocajarro: “Continuaría yo solo”. Tiempo después escribiría que “un mundo de imágenes” desfiló “en un instante” por su cabeza antes de hilvanar esas tres palabras. “¡Entonces voy contigo!”, resolvió sus dudas Lachenal.

Annapurna, no pudo dejar de recor-

“¿CUÁNTOS MURIERON?”

Cuando el 3 de junio de 1950 Mau-

dar a los montañeros fallecidos Aquel 3 de junio de 1950, Louis Lachenal ascendía trabajosamente sobre la nieve, empujado a la vez por su propia trayectoria y por el peso de la historia. Junto a él caminaba Maurice Herzog, que animaba sus pasos con el entusiasmo de los pioneros y el apremio de la fama. Walter Bonatti, otro de los históricos de aquella época, ha asegurado alguna vez que las expediciones de hace medio siglo le hicieron disfrutar del mismo ambiente que había encontrado en las novelas de Jack London o Herman Melville. La cordada Herzog-Lachenal se movía en esa atmósfera. En los seis meses anteriores, 22 expediciones habían tratado de alcanzar la cumbre de alguno de los catorce ochomiles, pero todas habían fracasado. Ellos estaban a punto de conseguirlo. Sin embargo, ninguno de los argumentos más o menos conscientes que les espoleaban 58

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Un poco más tarde, los dos montañeros se abrazaban sobre la cumbre del Annapurna. “Un gozo indescriptible inunda nuestros corazones —lo describiría Maurice Herzog—. La misión se ha cumplido. Sin embargo, se ha realizado algo aún más grande. ¡Cuán bella va a ser ahora la vida! Es increíble la forma en que de pronto realiza uno su ideal y al mismo tiempo se realiza a sí mismo. La emoción me sobrecoge y me embarga. Jamás había sentido una alegría tan grande y tan pura”. El júbilo de la cima no impidió que Herzog recordara los intentos frustrados de los años anteriores: “Ante los ojos de mi espíritu desfila la serie de nuestros predecesores, de los grandes pioneros del Himalaya: Mummery, Mallory, Irving, Bauer, Welzenbach, Tilam, Shipton… ¿Cuántos murieron?, ¿cuántos hallaron en estas montañas un fin que no podían desear más hermoso?”. No hubo tiempo para mucho más. Lachenal fotografió sobre la cima a un Herzog JULIO-AGOSTO 20 08

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Nuestro Tiempo 649-650  

Julio-Agosto 2008 / Revista cultural y de cuestiones de actualidad de la Universidad de Navarra / Cultural magazine and current affairs from...

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