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V I A J E

Finisterre ejerce una fascinación asombrosa: una riada de peregrinos llega todos los días hasta la cruz para asomarse al borde del mundo

SANTIAGO ENTRE LA NIEBLA

Voy a por el primero: la catedral de Santiago. A partir de Finisterre el viaje se hace noruego; muchos kilómetros y poco avance. En el mapa los pueblos parecen muy cerca unos de otros, Corcubión, Carnota, Muros, Noia, pero entre un punto y el siguiente la carretera se pega al perfil retorcido de los fiordos gallegos y culebrea por todos los requiebros de la costa. Avanza por la orilla de una península, llega a la punta, gira y regresa por la orilla contraria, bordea todos los golfos y las bahías, se dirige hacia el sur, tuerce hacia el oeste, toma de nuevo hacia el sur, gira hacia el este, retrocede hacia el norte. Es como viajar en braille, palpando con las ruedas el perfil detallado de esta caligrafía litoral. En Santiago, unos chaparrones intermitentes vacían las calles. El casco viejo se ha NUESTRO TIEMPO

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disuelto en una bruma espesa, una de esas nieblas en las que uno sólo espera encontrarse con espías y destripadores. De vez en cuando, los focos de un coche iluminan el aura fosforescente —amarilla, verde, rosa— de los espectros que se mueven con pesadez por la boira compostelana. Son peregrinos bajo capas impermeables y reflectantes, que caminan hacia la plaza del Obradoiro. La plaza también está saturada por la niebla. No se ve a quince pasos. Los peregrinos reflectantes se quedan plantados en la plaza, desconcertados —¡les falta la catedral!—, y se esfuerzan en mirar a través de la bruma como si quisieran derretirla con la mirada. Funciona. La niebla comienza a levantarse y aparecen los primeros sillares a ras de suelo, luego la doble escalera por la que han subido millones de peregrinos, las puertas que dan acceso al Pórtico de la Gloria y las columnas que trepan por los muros barrocos; al cabo de unos minutos, el resto de la niebla desaparece como barrida por un soplo y asoma una fachada de granito que crece y crece hacia las alturas, empapada por la lluvia y amarilleada por los líquenes, hasta la hornacina del apóstol Santiago, flanqueada por dos torres erizadas de agujas y pináculos. El efecto del telón de niebla resulta muy teatral: el templo brota desde la mismísima tierra, crece hasta los cielos y se alza sobre el Obradoiro como un testimonio rotundo y misterioso. Es una mole de granito labrado que produce los mismos estremecimientos que las piedras de Roncudo, la misma atracción hipnótica que las rocas de Muxía y los mismos vértigos que el acantilado de Finisterre. Una mole merecedora de algún adjetivo que describa las energías que irradian las entrañas del mundo, una mole… pues eso. ■ 43

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Nuestro Tiempo 649-650  

Julio-Agosto 2008 / Revista cultural y de cuestiones de actualidad de la Universidad de Navarra / Cultural magazine and current affairs from...

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