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V I A J E

pantaron al ver cómo el océano se tragaba el sol. No debían de conocer ninguna costa occidental. Los celtas ya estaban al corriente: también aquí rendían culto a las piedras y al sol. Como en Muxía, el cristianismo adaptó esos ritos. La celebración del triunfo del sol sobre las tinieblas pasó a ser la resurrección del Santo Cristo de Finisterre, de barbas doradas. Muchos peregrinos medievales, después de alcanzar Santiago, prolongaban su caminata hasta aquí para rezar ante el Cristo del fin del mundo. Quizá se asomaban a los acantilados y miraban al horizonte, allá donde acababa el océano, con el temor de ver el infierno o la esperanza de ver el paraíso. Ahora somos gentes de temores y ambiciones más modestas pero algo nos queda de aquellos vértigos: una riada de peregrinos y turistas llega todos los días hasta la cruz de 42

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Finisterre para asomarse al borde del mundo. Esa fantasía del fin del mundo ejerce una atracción asombrosa, contra la que no hay razón que valga, ni Juan Sebastián Elcano ni gps ni fotos por satélite. Sabemos que el planeta es esférico, que podríamos avanzar sin caer en ningún abismo poblado de bestias, que el mundo no se acaba en el horizonte. Pero jugamos a sentir ese vértigo —¡Finisterre!— quizá porque en nuestro interior sigue latiendo una vieja pregunta que no ha sido contestada, y aquí tenemos un escenario adecuado para hacerla. Quizá un lugar telúrico sea eso. Un lugar que enciende preguntas. O un lugar que produce “sensaciones recias”, como las llama Paco. Lo más probable es que el adjetivo telúrico no signifique nada. Pero ojo: el cabo de Finisterre es el segundo lugar más visitado de Galicia. JULIO-AGOSTO 20 08

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Nuestro Tiempo 649-650  

Julio-Agosto 2008 / Revista cultural y de cuestiones de actualidad de la Universidad de Navarra / Cultural magazine and current affairs from...