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I N T E R N A C I O N A L

por cierto, como algo inevitable por la mayoría de chinos. JÓVENES CHINOS, EL FUTURO DEL PAÍS

Tracy espera comprar pronto uno de esos BMWs que conducen algunos personajes de Mo Yan. Va por la vida con un nombre distinto del que eligieron sus padres, Fan Lihua. “Es para facilitar las cosas a los extranjeros. Les resulta difícil recordar nuestros nombres”. Con más razón ahora que, después de cambiar cuatro veces de jefe en tres años, trabaja en las tripas de un rascacielos de Shanghai para una compañía estadounidense de internet. “El sueldo es bueno, suficiente para mis caprichos y ahorrar algo para cuando mis padres sean mayores”. Tracy vive desde hace medio año con su novio, pronto se casará y completará el círculo que para la mayoría de los chi-

Los Juegos serán una oportunidad de oro para entender a todas esas Chinas, empezando por la olímpica y acabando por la de la trastienda nos equivale a felicidad: tendrá ese único hijo que le permiten las leyes de su país. “Es lógico. En China somos muchos, la población es el origen de la mayoría de los problemas del país”, afirma. “Por eso no funcionaría una democracia, el país sería completamente inoperativo”. Sentada en un Starbucks, juega con la taza de café claramente aburrida por el tema de conversación. No le interesa la política, y mucho menos discutirla con extranjeros, siempre empeñados en las mismas cosas: que si democracia, que si derechos humanos, que si libertad de expresión... “Mira, estoy orgullosa de mi pueblo. Si no, emigraría a Canadá, por ejemplo, donde está mi tío, y tendría a mi hijo allí. Pero eso es cobarde. Nuestros padres han luchado mucho por este país, y construir una China más moderna y justa es la mejor forma de agrade26

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cérselo”. Al decirlo, me recuerda su historia familiar. Su abuelo era profesor universitario y, durante la Revolución Cultural, como muchos otros intelectuales de la época fue a dar con sus huesos en una granja. Reeducación, le llamaban. Sus padres, primero en el campo y luego en la ciudad, lo sacrificaron para poder enviar a Tracy a la Universidad. Ella tenía ocho años cuando el 4 de junio de 1989 el Ejército de Liberación Nacional cargó contra los estudiantes en el corazón de Pekín. Tiananmen y la imagen de ese hombre enfrentado a cuatro tanques se convirtieron para el mundo en un símbolo de lo cruel que podía llegar a ser el régimen chino. Tracy no conoce la foto. Casi dos décadas después de la masacre, su generación, esos hijos de las reformas, no muestra demasiado interés por las pancartas o las revoluciones. Ninguno de los 29 “intelectuales” que el pasado mes de marzo suscribieron una carta abierta pidiendo al Gobierno libertad de expresión y religiosa, además de un acercamiento distinto a la cuestión tibetana, era menor de 30 años. “Ya sé, vas a decir que soy materialista”, replica ella, a sabiendas de que también los llaman “la generación Yo” de pequeños emperadores, hijos únicos que han crecido entre algodones, siendo el centro de las atenciones de seis adultos. “Pero yo diría que somos más prácticos. Los occidentales os empeñáis en imponer vuestras ideas y ¿qué conseguís con tanta crítica? Solo que empeoren las cosas. Claro que también queremos cambios, pero solo presionamos sin llegar a cruzar el límite. Si no, el efecto es contraproducente”. ¿SE MERECE CHINA UNOS JUEGOS OLÍMPICOS?

Las Olimpiadas de Berlín, en 1936, dieron una bocanada de oxígeno y legitimidad al régimen anfitrión. La comunidad internacional espera que Pekín 2008 se parezca más a otros Juegos cargados de significado, los de Seúl veinte años antes, cuando la cita olímpica aceleró la transición democráctica de una nación ya pujante en lo económico. “Los Juegos pasarán y todo volverá a ser igual que siempre”, dice Li, el inmigrante de Sichuan. “Si hay cambios, obedecerán a la agenda inJULIO-AGOSTO 20 08

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Nuestro Tiempo 649-650  

Julio-Agosto 2008 / Revista cultural y de cuestiones de actualidad de la Universidad de Navarra / Cultural magazine and current affairs from...

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