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VAGÓN-BAR J O S É

F R A N C I S C O

S Á N C H E Z

El juicio UNOS DÍAS ATRÁS había salido muy contento de hablar con su señoría: “Tengo al juez en el bote”, decía sonriéndose sin mirar a su hermana. Le dijimos de broma que dejara de repetir eso, porque alguien podría tomarlo por prevaricación. “!Es que lo tengo en el bote!”, repetía. —Pero, ¿qué te dijo? —Me preguntó si estaba de acuerdo en lo que vosotros intentáis, y si quería que mi hermana fuera mi tutora. Ya le dije que sí, siempre que pudiera seguir votando. ¡Lo tengo en el bote! LA VERDAD ES QUE el juez y él habían salido medio abrazados de la entrevista. El juez le explicó a mi hermana que Luis había pedido un abogado y que le había dado los nombres de dos profesionales que, según Luis, podrían asistirle en el juicio. “¿Pero para qué quieres un abogado?” “¡Para defenderme!” “¿Pero de quién?” Entonces se quedaba muy serio y me decía: “De nadie”. Al final le encontré una especialista que le gustó mucho y empezó a presumir por todas partes de su abogada. Tenía motivos. EL DÍA DEL JUICIO, a las once menos cuarto de la mañana estábamos todos a la puerta del juzgado de familia número 10, mis padres, los tres hermanos y la abogada, charlando en corro con Luis en el medio, como siempre. Salió un momento el juez y nos pilló riendo con cierto barullo. Se paró y dijo: “Parece que hoy será un buen día”. Mi madre entendió que se refería al tiempo y le contradijo, porque estaba muy nublado y amenazaba lluvia. Pero el juez, de unos cuarenta años, se refería a que no tendría que preguntarle a ningún niño si quería irse con su padre o con su madre.

mana. Luego llamaron a mi padre. Cuando se cerraba la puerta pude oír el vozarrón de mi hermano en tono de queja: “¡Ahí viene el del Barça!” (Luis es del Madrid, aunque dice que es del Atlético, y cuando el Barça pierde, insiste en la mala costumbre de ponerle la mano en la frente a mi padre para ver si tiene fiebre). Luego entró mi madre y por fin entré yo. Nunca había estado en un juicio y me impresionó un poco la puesta en escena: el estrado, las togas, la solemnidad. El juez me hizo algunas preguntas y con la última se acabó todo: “¿Se llevan ustedes bien?” ME LO PREGUNTÓ por preguntar, supongo, y contesté que sí riéndome, miré hacia Luis, sentado a mi izquierda, y le dije: “¿No?”. Luis respondió que sí muy fuerte, riéndose, y levantando la mano como para pegarme por insolente. Pero recordó que estaba en un juicio y se detuvo. El juez dijo: “¡No levante usted la mano!, ¡péguele!” Y eso hizo, mientras el juez comentaba para las del estrado: “Jamás había mandado una cosa así en la sala”. Y la secretaria, la fiscal y la abogada defensora se reían con él. CONSIGUIÓ RECOMPONERSE para decir que el asunto quedaba visto para sentencia. En ese momento Luis salió disparado hacia el juez y, con la mesa del tribunal de por medio, le abrazó el cuello y le dijo varias veces: “¡No me falles!”. Tuve que subir al estrado para que lo soltara, pero el juez seguía feliz. LA SENTENCIA TARDÓ menos de una semana y a Luis no le gustó. Pero le echamos toda la culpa a la fiscal y eso pareció aliviarle. El juez no le había fallado. ■ www.vagonbar.com

A LAS ONCE ENTRÓ Luis con mi her112

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Julio-Agosto 2008 / Revista cultural y de cuestiones de actualidad de la Universidad de Navarra / Cultural magazine and current affairs from...