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Biografía de Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza, Marqués del Zenete


El cardenal Pedro González de Mendoza, el Gran Cardenal, el “Tercer Rey de España”, tuvo varios hijos. De la misma madre, doña Mencía de Lemos, dama de la corte de los Reyes Católicos, tuvo a Rodrigo y a Diego, los llamados por la Reina Católica “los bellos pecados de nuestro Cardenal”. Ambos nacieron en el castillo de Manzanares el Real, Rodrigo en 1466 y Diego en 1468, y se criaron en la corte de Isabel y Fernando. Eran nietos del Marqués de Santillana y, como miembros del gran linaje de los Mendoza, llegarán a ser destacados caballeros de su época y hombres de espada y pluma.

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Rodrigo Díaz de Vivar fue el nombre que el cardenal don Pedro eligió para su primogénito, para recordar ante el mundo su pretensión de que los Mendoza descendían de El Cid. Brillante soldado en la toma de Granada bajo el mando de su tío, «haciendo hechos de famoso capitán, mostrando en todo el valor de su persona y la clara sangre de sus mayores», en 1492 los Reyes nombraron a Rodrigo Conde del Cid y Marqués de Cenete y su padre le regaló un castillo en Guadalajara, en Jadraque. 3


A petición del Cardenal, los Reyes legitimaron el mayorazgo de Rodrigo, lo que convertía al muchacho en heredero de un amplio patrimonio en tierras alcarreñas, granadinas y valencianas. Rodrigo se convertía en uno de los principales nobles de su tiempo. «Su persona fue tal e de tan linda disposición que ninguno he visto yo tan bien dispuesto, ni tan galán ni tan agraciado en cuanto hacía, ni tan pulido y gentil cortesano. ¡Qué afabilidad, qué lengua y qué hermoso hombre! A pesar de todo esto, era tenido por travieso e mal sesado». En las celebraciones y fiestas que siguieron a la conquista de Granada don Rodrigo demostró que no era diestro sólo en el campo de batalla sino también en las salas cortesanas. En los solemnes festejos con que la ciudad de Barcelona quiso honrar al Rey Católico en 1493, el Conde del Cid deslumbró a los asistentes por la galanura de sus ropas, por sus originales cimeras y por su destreza en juegos caballerescos, justas y torneos, como así puede leerse en el Cancionero general de Hernando del Castillo Joven, afamado, rico, atractivo, inteligente y bravo, excelente cortesano, ese mismo año contrajo matrimonio 4


con la primogénita de los duques de Medinaceli, cortejada por muchos, Leonor, que acababa de cumplir veinte años. La alcurnia de Leonor era la más alta. Su padre era don Luís de La Cerda y de La vega, descendiente de El Sabio. Su madre, doña Ana de Navarra y Aragón, llamada “la Señorica”, era hija natural de don Carlos, Príncipe de Viana, y éste la había reconocido heredera única del Reino de Navarra. Como tal, doña Ana había reclamado sin éxito al Rey don Fernando sus derechos al trono de Navarra. Así que Leonor podía haber sido reina. Con ella salió Rodrigo del palacio ducal, de las tierras de Soria, y con ella se instaló en el castillo alcarreño. Ella pertenecía a las familias de La Cerda y de Navarra y Aragón, él era un Mendoza, sus linajes eran los más altos, los dos eran queridos por los Reyes, el mundo era suyo, la vida era una fiesta. Admirados por unos, envidiados por otros, rodeados de lujo y agasajos, radiantemente jóvenes. Pero Rodrigo no tenía bastante. Una princesa, un castillo de cuento, amistad con los grandes, tierras, honras... 5


Pero había otras princesas, otras tierras... Una sola princesa no era suficiente. Doña Leonor languidecía tras las altas paredes del castillo mientras su esposo frecuentaba otros salones, conocía a otras damas. La alegría de la boda quedó lejos, se perdió en el olvido. Pocos años después del fastuoso festejo, en 1497, Leonor moría de pena, sola en los aposentos que su esposo apenas visitaba. Rodrigo marchó a Italia para defender los intereses de Aragón en Nápoles. El Conde volvió a mostrarse tan hábil con las armas como lo había sido en la vega granadina.

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El mundo era grande. Había muchas princesas. Él era zalamero en las fiestas, valiente en los combates, altivo, impetuoso... Se hablaba de él en los campos de batalla y en los salones palaciegos. En los salones en los que don Rodrigo entró en contacto con el Renacimiento italiano. Y con Lucrecia Borgia, con quien, se dice, el papa Alejandro quiso casar al Conde. En la agitada Roma de los Borgia las andanzas amorosas de Rodrigo se hicieron tan famosas como su pericia con la espada, y su desenfreno se conoció en Castilla, provocando el enfado de la Reina Isabel, que lo estimaba como a un hijo. Unos años después, un Rodrigo maduro pero igualmente fiero regresaba a Castilla. Aquí, don Alonso de Fonseca planeaba unas bodas ventajosas para su hija María, una niña de catorce años. Don Alonso planeaba casarla con su primo. Pero Rodrigo conoció a María de Fonseca y Toledo y supo que aquélla era, por fin, la princesa entre todas las princesas. Y ella, tras haber visto a Rodrigo, no quiso que le hablaran de ningún otro hombre. María era una niña. 7


Rodrigo era más de veinte años mayor que ella. Un hombre famoso por sus escándalos y por sus proezas. Por sus conquistas en los escenarios de la guerra y en las estancias palaciegas. En vano don Alonso se esforzó por llevar adelante sus planes: María se negó a casarse con nadie que no fuera Rodrigo. En 1502 Rodrigo y María, en secreto, celebraron en Coca emocionados esponsales con la complicidad de la madre de la niña. Don Alonso, indignado, recurrió a la Reina Isabel, que no había otorgado su preceptiva aprobación para tales bodas. La Reina de Castilla quería a Rodrigo, pero éste había actuado de modo irresponsable. Isabel, tras escuchar las quejas de Fonseca, mandó encarcelar a don Rodrigo. Por su parte, don Alonso, enfurecido, encerró a la muchacha en su castillo de Alaejos. Durante meses, las palizas y las amenazas no sirvieron de nada.

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Finalmente, don Alonso dijo a su hija que Rodrigo había muerto y ésta, ya indiferente a todo cuanto no fuera pena, accedió a casarse con don Pedro, su primo. La triste novia conoció el engaño a poco de acabar la ceremonia, y en la que iba a ser cámara nupcial avisó a su primo que lo mataría si la tocaba. María hubo de volver a su encierro. Casi un año después de haber ordenado la prisión de Rodrigo, moría la Reina, en 1504, y el Conde lograba escapar y huía a Italia. Meses más tarde, Felipe el Hermoso, buscando ganar apoyos entre la nobleza castellana, trasladó a la niña-presa al monasterio de las Huelgas de Valladolid y permitió a Rodrigo regresar de Italia. Pero Felipe seguía sin saber cómo resolver aquel engorroso conflicto entre clanes. En 1506 fallecía Felipe I y el Conde, buen lector de libros de caballerías y admirador de las andanzas y osadías de sus protagonistas, decidió desafiar a la autoridad regia. Don Rodrigo, aún impetuoso y temerario, fue en busca de la única princesa, la raptó del convento, la llevó a su castillo de Jadraque, al castillo que su padre le había dado, al castillo donde había languidecido la desafortunada Leonor. Y allí celebraron las bodas. 9


El acontecimiento fue comentado en todo el Reino, en todos los salones; se recordó durante años y fue tema de coplas y romances como el del poeta Quirós que recoge el Cancionero General. A Fernando el Católico no le quedó más remedio que dar por perdonado al Conde. Fernando de Fonseca desheredó a María y la repudió como hija, pero ahora la niña tenía un castillo y un príncipe que ya no iba a buscar más princesas. El carácter violento de Rodrigo se fue dulcificando al lado de la princesa única que, por él, había soportado palizas y encierros. En Jadraque nació en 1508 la primogénita de Rodrigo y María, Mencía.

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El castillo tenía el boato de las nobles cortes mendocinas, cultas y refinadas cortes renacentistas. Pero en sus salones habitaban sombras tristes. En La Calahorra, en Granada, cerca del lugar donde había obtenido sus primeras victorias militares, don Rodrigo hizo levantar un palacio renacentista, en el castillo que había heredado de su padre, para vivir en él con la única princesa y allí se instalaron ambos en 1509 con su hija Mencía.

Sin embargo, no habitaron en Granada mucho tiempo.

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Mientras que su tío, don Íñigo, se mantenía fiel al rey Fernando, Rodrigo había tomado partido por Felipe de Habsburgo, y el enfrentamiento entre tío y sobrino llevó a éste a trasladarse a Valencia en 1514. Allí, apartado de la corte, vivía cuando su hermano fue nombrado Virrey. Allí nacieron las hermanas de Mencía, María y Catalina. Allí su vida inquieta y turbulenta se había remansado. Allí Rodrigo, que había tenido, como todos los Mendoza, una educación refinada, de hombre de armas y letras, se rodeó de libros y formó una gran biblioteca, la mayor de su tiempo, constantemente acrecentada con el encargo y la adquisición de ejemplares, convirtiéndose así el Marqués de Cenete en gran mecenas literario y bibliotecario. En Valencia el Conde se convirtió en colaborador de su hermano menor, participó política y militarmente en las actuaciones de éste y, hábil diplomático pese a su turbulento carácter, pudo quedarse en la capital cuando los agermanados expulsaron a Don Diego. El humanista valenciano Joan Baptista Anyes

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escribía en un poema latino dedicado al Conde del Cid: «Como castigador de Catalina, tú, cónsul Rodrigo. Por tu consejo nuestra patria sigue completa, por tu virtud se extinguió la tormenta de la Germanía, por tu diestro ímpetu fue extinguida». Cuando estalló el conflicto, la primera reacción de Rodrigo había sido acudir con sus huestes en auxilio de su hermano. El emperador pidió a don Diego que sujetase el impulso de Rodrigo e intentase sofocar la revuelta por medios pacíficos. Rodrigo refrenó su carácter belicoso pero poco después era el mismo Carlos quien comprendía, ante la radicalización de los rebeldes, que habría que recurrir a las armas. El Virrey combatió a los sublevados y fue derrotado y tuvo que abandonar la ciudad. Parte de los estamentos del Reino solicitaron a Rodrigo que asumiera la autoridad como gobernador. El 16 de agosto de 1521, estando Rodrigo al mando de la población, murió María de Fonseca. A comienzos de 1522, la facción más radical de los agermanados, encabezada por Vicent Peris, hizo prisionero en Játiva a don Rodrigo, que se 13


había ofrecido como mediador. Meses después su hermano lo liberaba. Rodrigo, solo ahora en la ciudad en la que había sido feliz con la única princesa, definitivamente entristecido, sobrevivirá poco tiempo a María. El 22 de febrero de 1523, mientras la nueva Virreina entraba en la ciudad, Rodrigo, en una estancia del palacio arzobispal, rodeado de libros, moría de tristeza, como años atrás había fallecido su primera esposa. Fue sepultado, como su mujer, en el monasterio de la Trinidad, «con muy grande llanto de sus criados y servidores y vecinos de la ciudad». Don Diego, que ya había regresado a Castilla, volvió a Valencia para consolar a sus sobrinas. Aún en vida, don Rodrigo se había convertido en leyenda, defensor de unos valores que empezaban a desdibujarse. El Marqués de Cenete fue prototipo del noble de su tiempo, educado en la corte, de exquisitos gustos literarios y artísticos, galán palaciego, excelente soldado, participante en campañas bélicas que evocaban los hitos sobre los que se fundaba el prestigio de su linaje. En 1554 su hija doña Mencía hizo labrar en Génova un gran sepulcro en mármol blanco de Paros para sus padres: 14


En el convento de Santo Domingo, en la Capilla Real de los Tres Reyes Magos, hay una sepultura con dos figuras yacentes, él con armadura y espada y el yelmo a sus pies, ella sosteniendo sobre el pecho un libro de oraciones; calaveras en los laterales. Las inscripciones de este gran sarcófago dicen: «A don Rodrigo de Mendoza, marqués de Zenete, padre de doña Mencía de Zenete, varón esclarecido. Murió en 22 de noviembre de 1523. A doña María Fonseca de Toledo, marquesa de Zenete, madre de doña Mencía de Mendoza, esclarecida dama. Murió en 16 de agosto de 1521».

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El Marqués del Zenete  

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