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Acerina y Tanausú. por Jorge Eduardo Padula Perkins Se escuchó su voz, dicen algunos. -¡Vacaguaré!-, grito el mencey, prefiriendo morir a ser cautivo. Y se negó a comer para llegar más pronto a su destino. Sería el último rey de aquella isla, de Aceró, en La Palma canaria sacudida por la fuerza imperial de aquellas huestes de la Castilla dominante y expansiva. Y la mujer cuyo amor le había ganado a un pedazo de cielo, Mayantigo, con el mismo grito, desafiando suerte, eligió también la muerte por camino. Y echose a la tumba estando viva, arropada con pieles, Acerina, la de los ojos negros, la de palmera sangre, que encuevada hacia la muerte honró la vida. Y murió Tanausú, murió Acerina feneció la libertad en esos días pero aquel “vacaguaré” -¡quiero morir!- , la muerte digna, impregnó el alma toda de la isla… El murió de honor,


maldiciendo a la traici贸n por su ignominia. Ella ofrend贸 al amor el tributo pleno de la vida; y trocaron en leyenda del dolor, la virtud y la injusticia.


Acerina y Tanausú