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ALUCINACIONES

Ediciones Al Aire Libro


ALUCINACIONES

Oscar Sanzana Silva Todos los Derechos Reservados Registro de Propiedad Intelectual: 200405 Ediciones Al Aire Libro, Colección Alfonso Alcalde Maquetación:El tallercito digital Diseño, diagramación y arte: Patricio Guerrero C. Ilustraciones: Felipe Suanes

Por Oscar Sanzana Silva osanzana@gmail.com

Concepción, diciembre de 2010.


Indice A modo de Prólogo 9 El Billy 15 La cicatriz 17 Hace demasiado calor para creer que estoy en el cielo 27 Aullidos nocturnos 37 ¡Besaste a esa perra y ahora le escribes cartas de amor! 43 Cruzando el puente 49 Húmedas calles delirantes 57 Reminiscencias 65 De juerga por el Maestro 67 El bar triste 73 Gipsy Love 79 Mezcalina 85 Mantis religiosa 91 Unas copas de buen vino 97 Escuchando a Cerati 105 El arte de vivir 111 Delirium tremens 115 Alucinaciones 125 En la marcha 135 Rita Lind 141 Breve historia de amor en la Remodelación Paicaví 147 Bebedor solitario 151 Cómplices 159 Una noche extraña 163 Sobredosis 167 La noche y la eternidad 173 6

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A modo de Prólogo El asunto de escribir comenzó hace algunos años, por necesidad. Sucedía que por aquel entonces yo no tenía dinero para pagar mis cuentas. Primero me cortaron el agua, luego la electricidad, y por último, el gas de cañería. Tuve que volverme en extremo sociable, a la fuerza, y frecuentar tanto a quienes consideraba mis amigos, como a otros tantos viejos conocidos. Normalmente, me dejaba caer una o dos veces por semana en sus casas. Al principio me resultaba un poco incómodo, hasta que aprendí los momentos exactos en los que debía aparecerme por sus hogares, para ser invitado a almorzar, ducharme, ocupar su baño, etc. Me sentía como algo semejante a una rata de ciudad, resistiendo, sobreviviendo. Aquel asunto duró unos meses. Mis primeros días de vagancia fueron los más felices a la postre. Tal vez porque de sus angustiantes horas extraje las mejores lecciones de todo el proceso. Ello, empezando por entender que la sociedad ejerce una nefasta presión hacia los individuos que la componen. Nacemos subyugados a una institucionalidad que se dedica a vaciarnos por dentro, hasta quedar lo suficientemente livianos como para hacernos sus títeres. Eso fue lo primero que aprendí: a esquivar las balas, a que no me importara ni mierda lo que los demás pretendieran de mí. Y sí, hay gente que tiene sus ambiciones. Yo también las poseía entonces, incluso ahora. Siempre hay un deseo inoportuno que se dedica a machacarnos en algún recóndito rincón de nuestras almas. Pero en ese momento no me importaba. Dejé crecer mi barba más de lo habitual, descuidadamente. Aquel fue un gesto de rebeldía, más que de algún otro motivo. Y la barba hizo lo suyo, claro. Me dio un aspecto demacrado, con algunos toques de miseria y 8

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decadencia. El aspecto ideal para no ser tomado en serio, para ser mirado con relativa sospecha, el aspecto para convertirme en una sombra. Poco tiempo después encontré trabajo en una oficina. Tuve que sacrificar mi barba sabia para efectos de pagar bebida, arriendo, cuentas y alimento. Y así estuve un par de años. Me levantaba a las siete de la mañana, trabajaba de ocho a siete de la tarde sentado en un escritorio con vista a la pared, y haciendo lo imposible por encontrarle algún sentido a permanecer allí quieto, inofensivo, ocupado en algo, entregando mi tiempo a cambio de dinero, volviéndome un esclavo de la rutina. Cada día miraba a mi alrededor, a mis compañeros de oficina. La mayoría lucían falsamente felices. Desde el jefe hacia abajo. Algunos, los más alegres, intentaban evadir cualquier sentimiento de culpabilidad consigo mismos. Para eso estaba el alcohol, las pastillas, el porno, la farándula televisiva, los computadores, qué sé yo. Para mi desgracia, salvo el licor, aquello a mí no me funcionaba. De allí a que me pasara la mayor parte del día pensando en la noche. Y, créanme, cada noche llegó a ser como un incendio fuera de control. Nunca se sabía dónde acabaría. Algunos de la oficina comenzaron a seguirme a los antros, a vista y paciencia del jefe, que impotente observaba cómo poco a poco se quedaba sin jugadores para el equipo de la empresa. La mayoría volvía por la mañana demasiado intoxicados para participar en una sesión de fútbol… Realmente, en algún momento yo deseé ser como uno más, y sentirme conforme de tener un trabajo, de que nadie me jodiera a diario y de saber que me pagarían a fin de mes. Lo intenté, pero no pude conseguirlo. Debo decir que el trabajo en sí mismo no era malo. No eran sueldos tan miserables, no había presión laboral que me inquietase, a fin de cuentas. El problema era yo. Porque sentía que los demás aceptaban tranquilamente cómo se les iban 10

sus vidas en aquella oficina. No lo entendían y se sentían dichosos de estar allí, tal vez no a gusto de todo, pero afortunados al final de darle cierto sentido a sus vidas a través de su trabajo. Pero yo me sentía inquieto pasándome tantas horas sentado en mi escritorio. Esclavizando mis pupilas con los destellos invasores de una pantalla de cristal. Mortificando mis dedos, escribiendo y llenando diagramas, esquemas y bosquejos de materias que no conseguían entusiasmarme. Cada jornada laboral me sucedían dos cosas. En primer lugar, me tiritaban las piernas: sentía la necesidad de moverlas, de correr, de caminar, en fin, de dejarlo todo y largarme de allí a toda prisa. Cuando se me pasaba –a costa de beber mucho café para frenar esa maldita ansiedad- me ocurría el fenómeno opuesto: me invadía un sueño terrible, como si llevase días sin dormir ni un ápice (a veces era así). Y todo ese café no me ayudaba ni en lo más mínimo… Para hacerle frente a esto, no me quedó otra alternativa que encerrarme en el baño y echar una brevísima siesta. Quince minutos a lo más. No despertaba repuesto, sino más bien resignado. Pero era igualmente funcional. Y a veces incluso llegaba a producir más que mis compañeros. Yo, al que no le gustaba lo que hacía, el que se despreciaba a sí mismo por no estar haciendo algo más interesante con su vida. Yo, que no tenía problemas para llegar borracho a mi trabajo, ni para masturbarme ocasionalmente en el baño. Yo, que ni me interesaba en la tecnología, porque ya de chico me tenía enganchado la poesía. Un día decidí terminar con ello, y renuncié. Intenté irme amistosamente, pero mi jefe de entonces era una torpe, pequeña y ridícula caricatura de ser humano, completamente inhabilitado para comprenderme a mí, como a toda la humanidad y sus asuntos… Lo mandé al diablo, y me fui de allí como uno intenta salir de este tipo de situaciones: con dignidad y esperanza. 11


Busqué un nuevo empleo durante algunos meses. No lo encontré. Y así volví a convertirme en una rata. El poco dinero que tenía lo gastaba en búsqueda de sensaciones, y de un destino esquivo que no estaba dispuesto a mostrarse ante mis ojos. Nuevamente, dejé crecer mi barba con total libertad. Lucía mal. La gente que me rodeaba lo comentaba. Algunos me achacaron una creciente dependencia de la bebida, otros, algún desamor. Los menos, en tanto, al escuchar todo mi rollo, decían que pronto iba a ser presa de alguna secta o de un grupo violentista, que se aprovecharía de de lo que ellos llamaban resentimiento. En realidad, ahora pienso que me hubiese gustado muchísimo formar parte de una banda de rock’n roll. En vez de eso, decidí comenzar a escribir acerca de aquello que veía en mis días de vagancia, y que palpitaba dentro de mí por las noches. Desde luego, no con la esperanza de hacer algo de dinero, sino tan sólo con la intención de sobrevivir a mis pesadillas. Algunos días malos pienso que jamás debí dejar aquella estúpida oficina. Tal vez tomé la decisión equivocada. Tal vez no. Concepción, enero de 2011.

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El Billy Sí, Matías se llamaba en su estado natural, pero cuando bebía en exceso o le daba demasiado a las pastillas se ponía malo, y ya no era más Matías, sino “El Billy”. Una personalidad matonesca y violenta reemplazaba su habitual tranquilidad. Aquella noche, después de jugar pool se pasó al bar de las viejas amistades, uno de los tantos bares de la Avenida Paicaví, ubicado frente a un estacionamiento. Después de los dos primeros tragos de fuerte, apareció El Billy. Había dos chicas sentadas cerca de la barra. Una de ellas era rubia y portaba un escote responsable de al menos media docena de erecciones en aquel antro, y sólo dios sabe de cuántas en todo el día. El Billy se levantó a orinar, pero al volver se topó con la rubia escotada y no pudo evitar decirle alguna sutileza: -Eres tan hermosa que si no hubiese sacudido recién mi pene, te cogería aquí mismo, contra esa pared, pero prefiero evitar ser un bruto e invitarte un trago. Por supuesto, ella lo ignoró y centró su atención en su amiga. La amiga tampoco estaba mal, pero evidentemente El Billy ya lo había arruinado por completo y no tendría ninguna opción con ellas, por mucho que se disculpara. Cosa que además, por cierto, no estaba dispuesto a hacer. El Billy volvió a su mesa, y pronto perdió la cuenta de cuántos tragos llevaba ya en el cuerpo. Estaba bestialmente borracho, sus amigos le habían abandonado cuando insistió en llamar “perra” a la abuela de uno de éstos. Pero la rubia de grandes pechos seguía allí, al lado de la barra, y a cada sorbo de licor parecía un poco más alcanzable. Su amiga se 14

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La cicatriz

había marchado. El Billy caminó hacia ella y se sentó a su lado. Una mueca de desgano –aunque un tanto desfigurada- cruzó su rostro, pero finalmente aceptó su compañía. Le propuso salir del local, llevarla a un motel de cuarta, tomar desayuno con ella, amarla como a una princesa y entregarle las llaves de su alma. Nada de aquello funcionó. El Billy utilizó entonces la fuerza, pero ella se resistió y aprovechó un momento de descuido para reventarle su vaso en la cara. La camisa de Matías quedó salpicada de sangre, ron y un poco de vómito. Entonces desde el piso, y al borde del llanto, él le preguntó:

Florencia fue despertada por el sonido de su celular. Durante los primeros segundos de lucidez se sintió poseída por un extraño sentimiento de felicidad, había tenido un buen sueño. Sin embargo, pronto recordó que las cosas no habían marchado muy bien en su vida desde hacía algún tiempo. Así es que no le prestó mayor atención a los tibios y alegres rayos de sol que se colaban a través de la ventana de su cuarto, respondiendo con suficiente seriedad su teléfono.

-¿Esperas a alguien, preciosa?

-¿Aló?

-Claro que sí, a ti, mi amor.

-Florencia, soy la Valentina, tenemos todo listo para lo de hoy, en la tarde te pasaremos a buscar para que compremos los últimos ingredientes que faltan para el asado. -Bueno, ¿a qué hora? -A las seis pasaremos por ti, te recomiendo que te arregles, mira que va a ir el Rodrigo, y me han dicho que tiene muchas ganas de conocerte. -¿Rodrigo? -Sí. Una vez te lo presenté en la calle, es un tipo medio gordito, aunque hace unos días se operó y dicen que quedó regio… -Ah, ya. Florencia cortó y reprogramó la alarma de su teléfono. Le quedaba suficiente sueño como para dormir un par de horas más. Se envolvió bajo las sábanas y no despertó hasta bien entrada la tarde de aquel sábado. Por alguna 16

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misteriosa razón, la alarma de su teléfono no funcionó, quedándole el tiempo justo para arreglarse antes de que sus amigos la pasaran a buscar. Aquel asado había sido planificado con al menos un par de semanas de antelación. Florencia intuía que algo raro había en la insistencia de sus amigos para que asistiera, pero se dejó llevar y finalmente aceptó la invitación. Valentina era una de las mejores amigas de Florencia. Se conocían desde la infancia y compartían muchos intereses. Valentina era la novia de Sergio, y desde que se enteró de que su amiga había roto con un antiguo pretendiente, se dedicó a hacer todo lo posible para encontrarle otra pareja. A su vez, Sergio era el mejor amigo –tal vez el único- de Rodrigo. Y si bien tanto Sergio como Valentina sabían que los dos no eran precisamente el uno para el otro, no se hicieron ningún problema para tratar de crear una situación que, aunque bastante forzada, terminaría por unir los solitarios y angustiados corazones de Rodrigo y Florencia. Podría decirse que lo hacían sin mala intención, pero también sin medir las consecuencias. Florencia entró al baño y se miró al espejo. Lucía bien, y por un momento se encontró más bonita de lo habitual. Una tímida sonrisa brotó de sus labios, pero pronto acudieron a su cabeza los viejos fantasmas de siempre, nublándolo todo. Se desnudó y entró a la ducha, dio el agua, esperó a que se entibiara, y entonces se colocó justo debajo del magnífico chorro. En el momento en que el agua y el shampoo resbalaban por su cuerpo, comenzó a sonar nuevamente su teléfono, que por fortuna había tomado la precaución de llevar hasta el baño. Era Sergio.

-Es que… mira, te seré honesto. Rodrigo se ha empeñado en que te pregunte qué deseas beber esta noche, dice que no comprará ninguna bebida que no sea de tu total agrado. -¿Pero por qué? -No te hagas la que no sabe nada… si aceptaste acompañarnos es por algo, no me vas a decir que te vas a echar para atrás justo ahora, que estamos a media cuadra de tu casa. -¿Está Rodrigo al lado tuyo en este momento? -Así es. -Apártate de su lado inmediatamente. -Ya lo hice. -¡Qué mierda te propones conmigo, infeliz! -Pero Florencia, yo sólo quiero que lo pases bien… además, Rodrigo es un tipo tan noble… se merece a alguien como tú. -¡Noble! -Sí, noble.

-No lo sé, cerveza puede ser. En realidad, lo que ustedes quieran.

Florencia cortó, terminó de quitarse el shampoo de la cabeza y en eso sonó el timbre. Sin duda eran ellos. Resignada a lo que sería una velada de lo más forzada, se secó lo más rápido que pudo, se envolvió en una toalla y caminó hacia la puerta. Se le ocurrió que no estaba del todo bien eso de abrir semidesnuda –sobre todo si estaba el tal Rodrigo- y les gritó que la esperaran. Quince minutos después abrió la puerta y salió de su casa vestida, aunque no muy arreglada.

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-Florencia, te llamaba para saber con qué licor te gustaría acompañar el asado.


Sergio y Valentina la esperaban en el auto de Rodrigo, quien estaba al volante. Florencia evitó descomponer su mala cara. Se subió al auto y encendió un cigarrillo. Sería el primero de una larga lista, eran necesarios.

-Así lo espero, por nuestra amistad.

Fueron a una licorería, habían comprado mucha carne y agregados, pero faltaba lo principal para la velada. Pisco, vino blanco y duraznos en cubitos, también cerveza. Luego abordaron el auto y se dirigieron a la casa de Sergio.

-Hola, Florencia, no entiendo cómo pudo haberte dejado tu novio, eres bellísima…

Sergio no era un mal tipo, usualmente invitaba a sus amigos emparejados a su casa, y ofrecía fiestas que constituían la excusa perfecta para que ellos pudieran estar juntos con sus novias sin tener que pagar un cuartucho de motel. Como su casa tenía muchas habitaciones, no se complicaba con invitar a todas las parejas que quisiera. Prácticamente todos sus amigos tenían una habitación reservada en esa casa. Unos cuantos tenían más de una... Al llegar a la casa de Sergio, Florencia se percató de que todo estaba dispuesto para la ocasión. Algunos detalles la incomodaron. -Valentina, ¿por qué hay tan pocas sillas, dónde se van a sentar los invitados que lleguen? -No vendrá nadie más. -¿Estaremos sólo nosotros cuatro? -Así es. -Me las vas a pagar. Esto será muy incómodo, si hubiese sabido que sería así no habría aceptado por ningún motivo. No me gustan las citas a ciegas. -No te vayas. De verdad lo pasarás bien, nadie te forzará a hacer nada que no quieras. 20

Florencia salió al patio, tomó una lata de cerveza y se acercó a la parrilla. En eso se le acercó Rodrigo.

Florencia bebió un sorbo de su cerveza. No respondió. Rodrigo volvió a la carga. -Bueno, tú no sabes mucho de mí. La verdad es que a mí también me dejaron. Al principio tuve que lidiar conmigo mismo, no sabía si matarme o matarla a ella. Al final no hice ni lo uno ni lo otro. No hice nada y engordé hasta parecer un barril. Fue una época… -Escucha, Rodrigo –le interrumpió Florencia- aquel día que nos presentaron tenías los ojos rojos de tanto haber llorado. Me contaron tu historia y la encuentro realmente triste e injusta, pero no me veas a mí como un consuelo, no me gustaste entonces ni tampoco ahora. Además, quisiera dejarte claro que… En eso apareció Sergio y se llevó Florencia a la cocina, donde Valentina le encargó que preparara ensalada. En tanto, Sergio y Rodrigo se encargaron de la carne y la parrilla. Todo marchó bien a partir de entonces. Las chicas se dedicaron a conversar amigablemente en la cocina, mientras Rodrigo y Sergio asaron la carne hasta dejarla a punto. El problema es que bebieron demasiado y los consejos de amistad se hicieron cada vez más bizarros. -De cualquier forma, si insiste en despreciarte, todavía te queda la opción de emborracharla y tomarla por la fuerza. Mañana por la mañana estarás obligado a inventar una buena historia, pero habrá valido la pena –argumentaba Sergio, ante la mirada atónita de Rodrigo frente a su recomendación. 21


Por su parte, Valentina intentaba en vano sensibilizar el corazón de Florencia para que aceptara a Rodrigo. -Tienes que admitir que se ve mucho más guapo que antes. Sin duda la operación funcionó.

presuroso al baño. La visión de tanta comida hacía trabajar sin descanso sus glándulas salivales, al punto que no podía contenerse y debía escupir periódicamente.

-No seas así, después que su novia le abandonó quedó hecho un esperpento. Es toda una hazaña que haya podido levantarse y tratar de rehacer su vida.

Florencia también sintió ganas de ir al baño, y se levantó mientras Valentina retiraba platos y bandejas de la mesa. Al salir del baño, notó que sobre la mesa había varias botellas de distintos licores, además de una gran olla con ponche. Se sentó y luego de un breve lapso de aburridas conversaciones, Rodrigo comenzó a acercarse lentamente a Florencia. Sergio propuso entonces un brindis.

-Lo siento, pero no lo quiero para mí.

-¡Por el amor! –aulló.

-¡Piensa en cuánto habrá sufrido al saberse engañado! ¡Y al descubrir que no era suyo el hijo que tuvo esa perra!

Los cuatro comenzaron a beber frenéticamente, tal vez para ocultar el silencio o la incomodidad. Los dueños de casa no eran grandes bebedores, y tanto Valentina como Sergio no necesitaron muchas rondas para dar por concluida su participación en la cita. Además, una parte del plan consistía en dejar a Rodrigo a solas con Florencia.

-Puede ser, pero tiene algo que me desagrada.

-Tratas de hacer que sienta lástima por él, pero no lo conseguirás. Pienso en realidad que fue un completo estúpido por no haberse dado cuenta de que estaba siendo engañado. Lamentablemente, todavía no existe ninguna cirugía que pueda curar la estupidez. Si algo molestaba sobremanera a Florencia, era el hecho de sentirse presionada para acabar ligando con Rodrigo. Aquello, sumado al fuerte rechazo que le producía estar cerca de él, terminó por fustigar su ánimo, al punto de pensar en terminar de comer y largarse, aunque tuviese que caminar más de veinte cuadras para llegar a la carretera. Sergio vivía cerca de un casino, apartado de la ciudad.

En cuanto la pareja se fue a dormir, Florencia intuyó lo que se vendría. Rodrigo intentó romper el hielo y la antipatía con una tanda de chistes repetidos y francamente desgraciados. No consiguió ni el más leve asomo de risa por parte de ella. Luego, vinieron las frases sugestivas y las respuestas cortantes. -Florencia, me gustaste desde el día en que nos presentaron. Le diste luz a mi vida.

Pronto entraron a la casa y se sentaron en la mesa. Durante toda la cena reinó un incómodo silencio, interrumpido sólo a ratos por algún valiente comentario –siempre por cortesía de los anfitriones- para distender los ánimos. La carne estaba exquisita. Definitivamente, Rodrigo había heredado de su obesidad unas manos maravillosas para la cocina. De cuando en cuando, el hombre se excusaba y caminaba

-Ibas llorando cuando nos presentaron. Tenías los ojos rojos, no encandilados.

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-Es verdad, me sentía despechado entonces, pero ahora es amor lo que siento por ti. -Aún estás despechado, Rodrigo.


-¿Por qué no recibes de buena forma a este amor?

continuaba haciéndola sentir enferma.

-Porque no es amor, porque no te quiero, porque me pareces miserable…

-Florencia, no destroces mi corazón. Perdóname por las barbaridades que te he dicho.

-Ten compasión, amor mío.

-Te perdono, estás borracho, vete a dormir.

-No soy tu amor. Nunca lo seré.

-No puedo resistir ni una sola noche más durmiendo solo, ¡te lo ruego, dame una oportunidad! -¡Ya te dije que no!

Entonces, Rodrigo se levantó al baño. Florencia encendió un cigarrillo, se sentía enferma. Decidió beber ponche hasta que la situación no le resultase molesta. Un vaso tras otro. En eso él salió del baño y volvió a la carga, pero con una estrategia diferente. Parecía como si otro hombre hubiese salido de allí. Sin embargo, seguía sin ser del gusto de Florencia, quien a su vez continuaba bebiendo un vaso tras otro. -Escucha, Florencia. Ya sé de qué se trata todo esto. Sé que estás confundida, que te sientes irremediablemente atraída hacia mí, pero sientes que lo traicionarías.

-Seguro que es porque aún me ves como el obeso que fui… -afirmó tristemente Rodrigo. -Escucha, eres simpático, se trata simplemente de que no me gustas. -Si hasta me operé por ti… -¿Qué?

-¿A quién?

-Me operé por ti. Me recortaron el estómago ¡me lo redujeron al tamaño de un canario!

-A tu antiguo novio.

-Estás loco, eso lo hiciste por ti mismo, no por mí.

-Sólo lo extraño dos veces a la semana.

-¡NOOO! Quería que vieras estas saludables llagas en mi vientre ¡sería capaz de vender mi alma al diablo con tal de que acariciaras con ternura esta horrible cicatriz!

-Me amas. -No te amo.

Florencia no respondió aquello último, ni siquiera se inmutó. Bebió un vaso a toda prisa e inmediatamente se sirvió otro. Era inútil, no parecía emborracharse. La situación

Rodrigo se levantó la camisa, y ante la horrorizada mirada de Florencia apareció una enorme cicatriz que le cruzaba la panza de un extremo al otro, como una sonrisa tumefacta y fantasmal. No conforme con mostrarle su cicatriz, ya totalmente desquiciado, Rodrigo tomó las manos de la joven y las posó sobre su cicatriz. Florencia lanzó un grito y forcejeó hasta zafar sus dos manos de las de su captor. Luego, él comenzó a gemir silenciosamente -dando por

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-Di que me amas, ¡todas las rameras a quienes les pago lo hacen, maldita sea!


perdida toda oportunidad- y se encerró en el baño. Estaba fuera de sí. En tanto, ella debió echar mano a sus mejores recuerdos para evitar el colapso nervioso. Era evidente que Rodrigo se había desquiciado. Ojalá sólo sea asunto de algunas copas de más, pensó Florencia. Bebió el último vaso que quedaba de ponche y recorrió dando tumbos el pasillo hasta encontrar una habitación donde poder dormir las pocas horas que faltaban antes de que amaneciera. No regresaría jamás allí, tal vez les quitaría el saludo tanto a Sergio como a Valentina. Se acostó y sólo entonces comenzó a sentir con fuerza los efectos de su desmedida ingesta alcohólica. La pieza le daba varias vueltas en su cabeza. Se sintió muy mareada, y colocó un pie en el piso, como un ancla. Así le habían dicho una vez que hiciera cuando se encontrara en esas condiciones, pero la técnica no parecía dar resultado. Al fin, se quedó profundamente dormida y, cosa curiosa, volvió a soñar una hermosa aventura. Rodrigo, en tanto, amaneció sentado sobre el inodoro. Había sido sacudido por un vómito bestial, y se sintió sin fuerzas para limpiarse. Tiró la cadena por cortesía y salió silenciosamente de la casa.

Hace demasiado calor para creer que estoy en el cielo Marcelo se despertó antes de lo previsto, a eso de las cinco de la madrugada. Fue hasta la ventana de su cuarto, corrió sutilmente la cortina amarilla, y se encontró con que la ciudad yacía en penumbras. Miró hacia el río, había algo de bruma y las luces de los faroles le daban a la ciudad un aspecto extraño y fantástico. Marcelo se había propuesto hacía tres meses y medio encontrar trabajo. Lo intentaba a diario, y aunque hasta el momento todo había terminado en fracaso, ingeniaba su ánimo para pasar toda la frustración del día planificando por las noches, las que serían sus andanzas de desempleado el día siguiente. Así habían transcurrido aquellos letárgicos meses. Siempre pensando en que en algún instante, cuando menos lo esperara, la vida le sorprendería con alguna grandiosa oportunidad. No estaba dispuesto a pasar los próximos años de su joven vida mendigando la caridad de su familia y de uno que otro amigo. Se estiró frente a su ventana. El día parecía aún demasiado en pañales como para ofrecerle un panorama más esperanzador que su tenebrosa bruma. Fue hasta la cocina y preparó una jarra de café, regresó a su dormitorio, y se sentó en su fiel y apolillada silla. Bebió los primeros sorbos de café observando la calle solitaria. Luego optó por releer el periódico del día anterior. Pensó que tal vez se le había pasado algún aviso, pero no encontró nada nuevo. Muy lentamente comenzó a aclarar. Entonces se tendió en la cama y encendió la radio. Pronto comenzarían las noticias de las seis y media.

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Tras escuchar los primeros informes, Marcelo se quedó profundamente dormido. Su cuerpo necesitaba algunas horas más para reponerse por completo. Al contrario de lo que mucha gente piensa, si bien el trabajo puede resultar agotador, el desempleo puede llegar a ser verdaderamente extenuante. Faltando quince minutos para las nueve, Marcelo despertó sobresaltado. Se había atrasado demasiado para llegar a su primera entrevista, que era en una fábrica de colchones. Bebió lo que quedaba de su jarra de café –helado como estaba-, se vistió formalmente, tomó su maletín discretamente agujereado y salió disparado a la calle. El cielo se había abierto. Había un sol radiante, quemante. Marcelo pensó en que debió haber cautelado que el verano aún no había acabado, y dejar la camiseta en casa. A las dos cuadras estaba sudando como un cebo. Llegó a su entrevista bañado en sudor. Una empresa de aceites para motores de vehículos fuera del mercado. -¿Cuáles son sus motivaciones para trabajar en nuestra empresa? – le preguntó una señora con rostro gélido y ojos de serpiente, con aspecto de ser la peor arpía entre su grupo de amigas, si es que las tenía. -Para mí sería un honor formar parte de esta grandiosa empresa que… -¡No me venga con esas idioteces! No me va a decir que su vocación es pasarse el día llenando cubetas de agua y otras tantas de aceite, y luego apilarlas en este galpón inmundo… -Quiero decir… -¡Nómbreme los vicios que redujeron su condición para que llegara a mendigar trabajo aquí! 28

-Espere, no soy un hombre de vicios… -¡Lárguese, seguro es usted de los peores! ¡Fuera! Marcelo salió de la fábrica, pero no bajó los brazos. De inmediato se dirigió al paradero, debía tomar inmediatamente la micro para llegar al lugar de su próxima entrevista, al otro extremo de la ciudad. Una vez instalado arriba del bus, compró un helado de agua para paliar el excesivo calor del mediodía. Tuvo mala suerte. Le tocó un palillo defectuoso, y buena parte del helado se esparció por su camisa y pantalones. Sacó una pequeña y arrugada porción de papel higiénico que guardaba en sus bolsillos, limpió los trozos naranjos, pero muchos ya se habían derretido debido al calor. No hubo mucho que hacer. Tres manchas indecorosas arruinaron su presentación, pero todavía le quedaba su “personalidad emprendedora”, como la llamó un supervisor que alguna vez trabajó con él, poco antes de despedirlo. Se bajó dela micro y caminó hacia la agencia de guardias de seguridad que estaba buscando personal. Tocó la puerta dos veces y le abrió un tipo de mal aspecto que se llamaba Corsario. Era fornido, tenía un ojo de vidrio y su cara parecía un mapa con distintos territorios de piel roída, delimitados por horrorosas cicatrices. Más que una agencia de guardias, parecía una guarida de forajidos. Marcelo se sentó en un minúsculo y duro banquillo de madera. Corsario lo miró fijamente con su ojo bueno –tal vez con el otro también- y dio por iniciada la entrevista. -A ver, ¿cuántas costillas has llegado a romper de un solo golpe, hijo de puta? -No me gusta la violencia, señor… -Bien, bien. No pareces ser muy audaz. Dime, grandísimo 29


imbécil, ¿Has matado a alguien mirándole a los ojos? Marcelo, horrorizado, quiso salir de allí lo más rápido posible. Sin embargo, lo asustaba pensar en la reacción que podría tener su interlocutor. Cada vez que gritaba sus preguntas, cada insulto que dirigía a Marcelo, Corsario hacía brillar su tenebroso ojo de vidrio. -¿Es que acaso crees que necesitamos guardias para un jardín infantil? ¿Quieres formar parte de La Guardia, muchacho? ¡Entonces comienza por ir a la casa de tu madre, rodea su cuello con tus manos y apriétaselo hasta quitarle la vida! Marcelo se levantó y escapó por una ventana hecho un relámpago. Una vez en la calle, corrió por entremedio de los callejones, hasta llegar a la Avenida Prat. Aprovechó lo concurrido del lugar para perderse entre la gente. Pese al susto, aparentemente Corsario no lo había seguido. Llegó hasta un bar llamado Bogarin. Se sentó y ordenó una bebida. También se zampó un par de huevos duros. Estaba extenuado, pero aún le quedaba una última entrevista. Podía ser la recompensa por todos los vejámenes sufridos ese día. Esperanza. Mientras tuviera en sus manos aquellos estúpidos anuncios de periódico, la tendría. Marcelo salió del Bogarin e hizo parar la primera micro que se cruzó. Tres monedas el pasaje. Le quedaba justo el dinero para irse a casa después de esa entrevista. Continuaba transpirando a raudales, tenía la camisa pegada a su espalda, y de lejos eran visibles las grandes manchas oscuras de sudor que decoraban su camisa a la altura del pecho, la espalda y las axilas. Para colmo, había olvidado su desodorante, y una pasada era insuficiente con ese calor. Apestaba.

excéntrica figura pública de la ciudad. Amante de los escándalos, y habitual personaje de las páginas sociales de los periódicos, Dionisio, como se hacía llamar, buscaba un nuevo mayordomo. A Marcelo no le venía muy bien hacer eso, pero tampoco llenar cubetas de aceite ni ser guardaespaldas de narcos. Era un asunto de necesidad. El taxibús lo dejó a kilómetro y medio de la mansión donde vivía Dionisio, en Valle Nonguén. Al llegar seguramente necesitaría una buena ducha. Caminó y caminó. Pronto el sendero de cemento se terminó y debió continuar la marcha en medio de tierra arcillosa. Llegó empolvado y sudado… Finalmente, dio con la mansión de Dionisio y llamó al citófono. -¿Sí? -Vengo por una entrevista de trabajo… buscan un mayordomo. -Por favor, pase joven. Marcelo escuchó el sonido de una descarga eléctrica y el portón crujió y se abrió. Marcelo caminó por un pequeño sendero de cemento, rodeado por hermosas flores de colores vivos. El lugar tenía clase, no había dudas. En la entrada de la casona, Dionisio esperaba vestido con una bata roja y negra. Lo saludó primero con una seña. Cuando Marcelo se le acercó, extendió su mano. Marcelo, en respuesta, se la estrechó. -No, joven. No tiene usted que estrechármela. Es mi deseo que bese mi mano.

La siguiente parada de Marcelo era la antigua casa de una

Marcelo, tras sentir algún reparo en el comienzo, besó la mano de Dionisio. Había previsto que el anciano saliera

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con alguna cosa rara. Dionisio lo invitó a entrar a la casa, y una vez hecho esto se dirigió a un rincón y volvió con dos whiskys. Le sirvió uno a Marcelo. -Le puse suficiente hielo para el calor. -Gracias. Dígame, ¿en qué consiste el empleo? -El empleo sí, claro. Aunque a mí me gusta llamarle “servicio”. Es más noble. -Muy bien. Dígame entonces, cuál sería mi “servicio”. -Higiénico. Marcelo tuvo un leve espasmo de risa. Tras recuperarse, le pidió a Dionisio que le repitiera aquello último. -¿Cómo es eso de higiénico? - Como lo oye. En la antigüedad, los grandes hombres usaban a sus sirvientes para que les acompañaran en sus actividades cotidianas. Bueno, eso incluía sus necesidades fisiológicas, por cierto… -¿Quiere usted decirme que necesita ayuda para ir al baño? Porque debo ser honesto con usted y reconocer que no tengo conocimientos de enfermería… -Oh, no se preocupe. Lo último que desearía yo es un enfermero. No todavía, al menos. Yo necesito que usted, pues… me limpie. -Querrá usted decir que necesita que alguien le asee el baño… -No. Deseo que me limpie el trasero después de hacer caca. 32

Marcelo estalló en risa. No era capaz de comprender que un viejo necesitara –por gusto y gana- a alguien que le limpiara cuando defecara. Era insólito y ruin. Asombroso, pero desquiciado. El colmo de la comodidad. -Lo siento –se excusó entre risas– pero no puedo aceptar tal empleo. -¿Qué tiene de malo? Pago bien. -No. -Muy bien. Tómese otra copa y luego váyase. -De acuerdo. Dionisio sirvió otros dos whiskys. Marcelo consiguió refrescarse. De pronto, el anciano volvió a la carga. -¡Vamos, hombre! Limpiarle el traste a un hombre viejo no es tan malo como se oye. -Ya le dije que no. Es el colmo que usted esté dispuesto a pagarle a alguien para ello… -Medio millón al mes –le interrumpió Dionisio. -¿Medio millón? -Así es. Marcelo bebió lo que quedaba de su trago, y se marchó sin emitir comentario alguno. Dionisio intentó detenerlo, pero no alcanzó. Marcelo caminó por el antejardín, y cuando estiró su mano para abrir la reja, escuchó unos gritos a su espalda. Dionisio lo apuntaba con una escopeta. -¡Vuelve aquí, malnacido! 33


Marcelo intentó abrir la reja, pero estaba cerrada eléctricamente y al mirar a su alrededor no encontró el botón para abrirla. Entonces echó a correr entre los arbustos que rodeaban la reja, buscando algún lugar por donde poder saltar. Escuchaba los gritos del viejo a sus espaldas.

salió de casa rumbo al kiosco. Compró el periódico, el mismo de siempre. Anunciaban abundante sol y 35 grados de temperatura para el día siguiente. Encontró dos avisos de trabajo. Sonrió.

-¡Nadie rechaza mis ofertas, cabronazo! Marcelo llegó hasta donde había una caseta donde guardaban los implementos de jardinería. “Pobre del jardinero”, pensó. Trepó como pudo y consiguió saltar exitosamente la reja. Sin embargo, en una medida desesperada, Dionisio abrió la reja y soltó a tres perros. Los azuzó lo suficiente como para que persiguieran al fugitivo, luego se entró, riendo victorioso. Marcelo corrió a toda prisa levantando una polvareda descomunal. Los tres canes lo seguían muy de cerca, parecían furiosos y lo estaban. Corrían con la lengua afuera y con la vista fija en un punto: las canillas de Marcelo. Tras medio kilómetro de desesperada huída, los perros detuvieron su persecución y se regresaron. Marcelo continuó su huida sin percatarse de lo anterior. Llegó con los pulmones en la mano a la carretera y sólo entonces se le ocurrió mirar hacia atrás. Sus cuadrúpedos perseguidores lo habían dejado en paz hacía buen trecho. Marcelo consultó su reloj, detuvo una micro recién salida del Terminal y entregó sus últimas tres monedas. El conductor le pidió cuatro, pero se las arregló para convencerlo de llevarlo por las mismas tres de siempre. Había sido un día difícil. Llegó a casa bañado en sudor. Había arruinado su traje, no podría usarlo sin antes lavarlo. Más gastos. Se metió a la ducha y estuvo buen rato allí. Luego comió pan duro con mantequilla. Fue hasta su habitación y desde debajo de su colchón extrajo dos monedas. Bajó las escaleras y 34

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Aullidos nocturnos Una noche estaba frente al computador. Me sentía muy cansado, pero no estaba dispuesto a dormirme. Tal vez eso es lo que esperaría la sociedad de un asalariado como yo, pero no. Viviría unas cuantas horas más, aunque sólo caminara errante por el infinito filo de los normalmente deshonestos minutos nocturnos. Esta vez no les ayudaría al sistema a destruirme. Salí del departamento cerca de las diez, caminé por entre los edificios dirigiéndome al teléfono público de costumbre. Telefoneé a Largo. Me contestó su buzón de voz. Deseé dejarle un bello insulto de recuerdo, pero aquellas eran mis últimas monedas. Maldije y llamé a Alejandra. Pregunté por Erica. -Está al lado. -De acuerdo, voy para allá, necesito hablar con ella -respondí -Bien, te espero. Caminé de vuelta ahora por entre los edificios, y justo en el momento en que pasaba bajo unos tupidos árboles, sentí como si alguien me llamara desde la oscuridad. Miré a mi alrededor. Estaba solo y una gruesa capa de neblina cubría la ciudad. No vi a nadie y seguí mi camino. Crucé la Avenida Paicaví y llegué al otro extremo de la Remodelación. Ahí los vi por primera vez. Por lo menos una docena de perros vagos. Dormían apaciblemente. Dormían apoyándose unos con otros, dándose calor. Estaban ubicados justo en la subida al departamento donde me dirigía. Pasé cuidadosamente entre animales, y conseguí 36

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no interrumpir sus sueños. Golpeé la puerta indicada, me atendió una mujer. Había una fiesta descomunal adentro. Gente bebiendo de las botellas, música estridente, vómitos, escándalo.

-Seguro que sí. -¿Sabes?, escribía poesía.

-¿Erica?

-Los únicos locos que no lo hacen, no están lo suficientemente locos.

-Tú debes ser César.

-Yo también lo creo así.

-Así es. Veo que no es un buen momento para hablar de arriendos… veo mucha bebida y ya sabes…

-¿Escribes poesía?

-Pero pasa y sírvete un vaso, luego sal y conversamos. -De acuerdo. Entré al departamento, no conocía a nadie. Fui a la mesa y me preparé una bebida, fuerte. Luego me dirigí a la puerta. Miré a un costado: dos hombres manoseaban a una jovencita un poco pasada de copas. En una esquina un tipo con cara de desquiciado, sentado en una silla de mimbre, jugaba con una pequeña daga. Al salir, Erica estaba ajustando su sostén. Me pareció un hermoso gesto técnico. Fingí no haberlo visto. -Entonces, necesitas una pieza a fines de este mes. -Así es. Esta es la última fiesta que doy. Es mi despedida de este departamento. Mi mejor amiga, con la que vivía, no fue capaz de aceptar mi relación con su hermano, y decidió echarme. Bueno, al final no duramos mucho, pero el daño ya estaba hecho: me echó de todos modos. -Una tontería…

-Sólo cuando me alcoholizo en exceso. -Ah, bien -Sí. ¿Quieres otro trago? -Lo aceptaría gustoso. Entramos al departamento y llenamos nuestros vasos. Antes de salir, noté que el tipo de la daga se había cortado las manos, pero el terrible estado de su borrachera le impedía levantarse, dirigirse al baño y curarse el corte. Erica me invitó a su balcón, a contemplar desde allí la espesa bruma que cubría la ciudad. Mientras conversábamos, a cada tanto se escuchaba el tronar de un tren a la distancia. Era una noche húmeda y alegre, al menos en este departamento. Erica me hablaba ininterrumpidamente de su vida, de su último amorío y de la última vez que intentó hacerlo con las bragas puestas.

-Sí. Él era un poco mayor, tenía algunos problemas. Sufría de personalidad múltiple, bebía un poco y de inmediato cambiaba su forma de ser. No era violento, aunque creo que en el fondo lo atormentaba muchísimo el asunto.

Pronto se hizo tarde y decidí largarme. Regresé caminando entre árboles y antiguos edificios de departamentos. Aún no me sentía del todo ebrio. La niebla se había hecho aun más espesa que antes. Miré los edificios y se me ocurrió que en cada departamento donde no hubiese una luz encendida, seguro alguien estaba siendo devorado por el insomnio. Pensé que indudablemente, las luces apagadas

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constituían la horrible evidencia de quienes no están dispuestos a lidiar con sus conciencias. De quienes encienden la televisión para apagar su cerebro. De pronto, un ruido como de pasos me inquietó. Parecía como si alguien me hubiese seguido. Tuve esa impresión desde que salí del departamento de Erica. Eché a correr un buen pique y me oculté tras unos arbustos. Entonces divisé entre la bruma una figura que poco a poco evidenciaba su forma humana, caminaba de un lado a otro. Me buscaba. A la distancia noté que tenía algo en la mano, parecía algo filudo. Era el tipo que se había cortado con la daga, en el departamento de Erica. No dudé un segundo en interceptarlo. El muy cerdo me había seguido. Me acerqué cautelosamente por detrás de los matorrales, hasta ponerme justo detrás de él. En un momento comenzó a mirar hacia las ventanas de los edificios, entonces salté sobre él y le aticé, al tiempo que le sujeté la mano con la que empuñaba el cuchillo. Estaba borracho. Borrachísimo. Bastaba muy poca fuerza para desestabilizarlo. Le quité la daga y la arrojé lejos. Lo empujé y cayó. No quise rematarlo en el suelo. Tal vez debí hacerlo. -Ya verás hijo de puta… ¡Ya verás cómo te liquido la próxima vez! –murmuraba el sujeto -¡Calla, animal!

dedor y noté cómo muchas de las habitaciones de edificios que estaban a oscuras se iluminaron. Me pareció absurdo: sólo un grito desgarrador era capaz de despertar sus conciencias. No eran las flores, la belleza o las molleras de sus hijos pequeños. No. Era lo sórdido que había en sus vidas. Dando tumbos, el hombre se marchó hacia el departamento de la fiesta, aullando hasta que se lo tragó la neblina. Decidí irme a casa, pero entonces recordé la jauría de perros que dormía en la escalera. Posiblemente, dada su condición etílica el hombre no sería tan astuto como para pasar cuidadosamente entre ellos, sin molestarlos, ni despertar su ira. De pronto escuché unos ladridos. Después, un alarido. Corrí en dirección de las escaleras, y vi al hombre de la daga rodeado por al menos una docena de canes. Pese a su condición, esquivaba bien algunos tarascones, pero dada la gran cantidad de mandíbulas que se batían contra él, le fue imposible evitar unas cuantas y bien colocadas mordeduras. -¡Suéltenme, monstruos del infierno! – vociferaba el pobre tipo

Di la vuelta y me fui, pero en cuanto estuve fuera de su alcance visual, volví detrás de los arbustos para ver qué hacía. Caminaba en círculos, agitando las manos como si las tuviera empapadas de algo. Parecía desquiciado. Lanzó un par de gritos horrorosos, espeluznantes. Miré a mi alre-

Después de unos instantes de tortura, consiguió subir las escaleras y llegar al departamento de Erica. Golpeó unas cuantas veces la puerta, pero nadie se dignó a abrirle. Al final, y en una medida desesperada, optó por comenzar a llamar la atención. Se bajó los pantalones y orinó un poco la puerta. Luego se dirigió a la puerta vecina e hizo lo mismo. Orinó un poco en todos los departamentos. En algunos fue detectado e insultado. Sentí una extraña pena por él. Alguien amenazó con llamar a la policía y así lo hizo. Al cabo de unos minutos divisé una baliza en medio de la niebla. Luego escuché la tradicional sirena y decidí dejar el asunto hasta ahí. Caminé entre los árboles para no ser detectado, y llegué a mi departamento.

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Estaba muy mal. Finalmente, lo ayudé a pararse, aunque una vez en pie decidió retomar la pelea, tomándome por el cuello con ambas manos. Conseguí zafarme y le di un rodillazo que le hizo bufar. Ahí se quedó, doblado en dos, intentando no caer a tierra otra vez. Maldiciendo.


Me preparé un café, salí al balcón. Pese a la bruma, era una noche preciosa. Cinco pisos más abajo, unos policías buscaban algo entre los arbustos. A lo lejos se escuchó por última vez en la noche el aviso del tren.

¡Besaste a esa perra y ahora le escribes cartas de amor! Luz Marina le arrojó una ensaladera, que pasó a medio cuerpo de Freddy. Este le devolvió la mano lanzándole el cajón donde se guardaba el servicio. Ella atinó entonces a tomar la tetera con agua recién hervida y lo increpó. -A ver, a ver… ya veremos de qué te sirve hacerte el inocente. Besaste a esa perra y ahora te sorprendo escribiéndole cartas de amor ¡Desgraciado! No era la primera vez que sucedía. Habían llegado hacía muy poco, venían de cenar en un local del centro de la ciudad. Un sitio elegante, en verdad. No hubo problemas allí. Pero en cuanto Freddy se asomó al dormitorio de la casa de Luz Marina, a ésta le bajó una cólera espantosa, derivada más de sus traumas que de temores legítimos. Freddy no parecía ser un mal chico. Se había involucrado con Luz Marina, pese a ser diez años menor que ella, y pese a que ella venía recién saliendo del tratamiento psiquiátrico en que derivó la profunda depresión que la aquejó por más de un año. Adicionalmente, Freddy había sucumbido a los encantos de una jovencita menor que él. Y, claro, ella le prometió el cielo y las estrellas si la esperaba seis meses –lo que tardaría en cumplir la mayoría de edad- para entonces ser suya y vivir felices. Pero la chica se encontraba fuera de Concepción. De allí las cartas descubiertas por Luz Marina. Y he aquí que éste era el cuadro. Luz Marina, en tanto, no podía concebir una discusión sin caer en la violencia.

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A eso, sin embargo, se acostumbró con el tiempo Freddy. Al comienzo sólo fueron malas palabras, pero de ahí se fueron a los empujones; la etapa finalizó cuando –en un arrebato de ira- Luz Marina empujó a Freddy a las llamas de la chimenea. El tipo salió ileso, aunque pasaron algunas semanas antes de que aceptara otra invitación de Luz Marina “a tomar once”. -¡Besaste a esa perra y ahora le escribes cartas de amor! -No es tan así… -¿Cómo quieres que reaccione? ¡Bellaco! Entonces le arrojó la tetera con el agua hirviendo. Alcanzó a conectar levemente una pierna de Freddy. -Oh Dios, esto sí que duele… ¡Lunática de mierda! -Iré por más agua… Si tú me desfiguraste mi vida, ¡legítimo es que te desfigure el rostro, maldito! Luz Marina partió a la cocina, mientras que Freddy se sobaba la quemadura. De pronto, se le ocurrió tomar un cuchillo que estaba bajo un sillón: sólo dios sabía a esa altura cómo demonios llegó allí. Acaso fuera en una pelea anterior. Se hizo de la herramienta y se metió a la cocina. Ahí estaba Luz Marina llenando un cántaro con agua.

tantos aradores que lo han labrado... ¡Tu coño seco, querrás decir! Entonces ella le arrojó el agua, fría como estaba. Él intentó esquivarla, pero lo tomó por sorpresa y se mojó todo lo que Luz Marina quiso. Freddy afirmó el cuchillo y se abalanzó sobre ella. Le tiró un corte a la cara, pero Luz Marina era corpulenta y bloqueó oportunamente el ataque. De todas formas recibió un tajo en su antebrazo derecho. Brotó de inmediato la sangre. -¡Mal nacido, cómo te atreves! Ciego de ira, Freddy volvió al ataque cortándole detrás de la oreja izquierda. Luz Marina, sintiéndose en desventaja, hizo un esfuerzo para alcanzar un macetero de yeso. Lo reventó en la cabeza de Freddy, quien bufó al sentir el impacto y al ver salpicar la sangre. De inmediato, ella corrió hasta el comedor y escarbó en el último cajón del estante donde guardaba algunos libros. Encontró el arma. Estaba cargada y parecía el momento indicado. Freddy se asomó con el rostro ensangrentado, aún portaba el cuchillo, pero Luz Marina se anticipó. -Hasta aquí no más llegaste, infeliz.

-Ha sido suficiente, Luz. O te controlas o tendré que usar mi propia violencia para contrarrestar la tuya…

-Luz, no hagas una tontería –exclamó Freddy deshaciéndose de su arma, arrojándola a un costado. -¿Tontería? ¡Qué más tontería que haberme engañado de una forma tan vil!

-¡Canalla! -También me han dicho puto.

-Bien sabes que fue un desliz, una aventura ¡una pequeña bola de estiércol no puede arruinar nuestro huerto!

-Pensar que te di un acceso tan rico y especial a mi huerto de la felicidad. -Tu jodido huerto está reducido a un páramo estéril, de

-¡Besaste a esa perra!

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-¡Pero sólo una vez! 45


-¡Besaste a esa perra, y te sorprendí escribiéndole cartas de amor! -Oh, por Dios… Entonces ella disparó. Le conectó el hombro, aunque Freddy se desplomó de todas formas. En vano intentó arrastrarse hacia donde había saltado el cuchillo. Una certera patada le recordó su difícil situación. -Vete…, gusano. -Luz Marina, yo te amo hasta los arrebatos con que me lastimas. -Ya quisieras tú que me dejara avasallar por las perras que te rodean… -¡No entiendes nada, mala mujer! Puedes matarme, fusilarme como el renacuajo que soy, pero no podrás borrar mis huellas en tu vida. -Te dejaré ir, aunque el crucifijo aquel que pende de tu cuello… ése se queda conmigo. -¡Noo! Me lo regaló mi abuela cuando tenía cinco años, ni loco te lo entregaría, antes preferiría que me mataras… Luz Marina acercó el cañón de su pistola a la boca de Freddy. -Dime que me amaste como a ninguna otra… -Te amé como el desgraciado que soy… -Entrégame el crucifijo ahora. -Tómalo, es tuyo. 46

Luz Marina se hizo del crucifijo y le dejó ir. Un par de semanas después, Freddy se encontraba escribiendo una carta de amor para su musa diez años menor. Sólo se acordaba de Luz Marina cuando se palpaba el cuello, lamentándose de haber perdido su crucifijo. Era una mañana de sábado, no le tocaba trabajar. Sonó el timbre de la casa interior donde vivía. Era el cartero. Carta de ella, le escribía desde lejos, desde su muy lejano hogar. “Querido Freddy, Antes de juzgarme, deseo que al menos tomes en cuenta lo mucho que me falta por caminar en la senda del amor y sus emociones. Sólo cuando seas capaz de entender mi posición, podrás comprender el porqué acabo de ofrecerle mi cuerpo a dos de mis mejores amigos –planeo además hacerlo con un tercero- para que me instruyan en las artes amatorias. Bueno, coincide con los cumpleaños de éstos, así es que supongo que será un proceso completo de sorpresa, descubrimiento y deleite. Espero no te enfades, y que tu disposición hacia mí sea la misma después de haber acabado de leer este insignificante trozo de papel. Por siempre tuya,

Romina”

Freddy acercó su encendedor a la hoja y la quemó. Pisoteó sus restos en el suelo. Acto seguido telefoneó a Luz Marina: quería recuperar su crucifijo a como diera lugar. Ella lo citó a las siete y media de la tarde, en un bar puesto de moda hacía poco en la esquina de Ongolmo y Maipú. 47


Cargó dos cuchillos de cocina bajo el pantalón, bebió lo que le quedaba de una botella de pisco y se metió a la ducha. Sería un día decisivo.

Cruzando el puente Mario Sangría abandonó su cuarto del Hotel Fish cerca de las once de la noche. Hacía un frío que calaba los huesos. Para colmo de males, en cualquier momento se pondría a llover. Aun así, tomó la primera chaqueta que encontró y se dispuso a caminar por las calles céntricas de la ciudad. Su mujer lo había dejado tres días atrás, luego de descubrir los sucios negocios en que andaba metido. Paseaba lentamente, intentando apreciar al máximo los colores, formas y olores de la invernal noche de Concepción. A Sangría le advirtieron unas cuantas veces sus amigos de no meterse con la mafia de Los Oscuros. Si el desempleo era una mala condición, codearse con el hampa era aún peor. Claro, al principio todo iría de lujo, realizaría trabajos pequeños y vería dinero; pero en cuanto se descuidara un poquito, lo calzarían con alguna turbiedad. Y así ocurrió. Un día Mario salió del local Quik Lunch, donde había almorzado. Lo interceptaron dos sujetos, quienes le explicaron que su trabajo del día consistía en llevar un paquete a una dirección determinada. Hasta ahí nada nuevo. No era la primera vez que cargaría un misterioso encargo. Sin embargo, la actitud de los sujetos lo puso un tanto nervioso. -Toma esto, Sangría. No nos hagas preguntas, ya lo comprenderás por ti mismo. Es para tu seguridad… Y entonces le pasaron una pistola. El bueno de Mario se había comprometido mucho tiempo atrás a no formular pregunta alguna a sus empleadores. Guardar silencio constituía una parte importante de su trabajo. El sigilo, la discreción y, fundamentalmente, el silencio. Aquello le garantizaba seguridad, pero no comprendió la necesidad de portar un arma. No se lo planteó jamás. Atónito, cogió el

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fierro y se lo guardó entre las ropas. Escuchó atentamente la dirección –debía memorizarla- y se dispuso a cumplir lo solicitado. Antes de partir, el hombre que le pasó la pistola le indicó cómo debía proceder. -Si notas algún comportamiento extraño, te haces el gil y lo pasas como una equivocación. Nada de envalentonarse, mira que ese juguete no representa ninguna jodida seguridad al lado de lo que portan los otros. Es sólo un asunto de imagen el que la cargues… Desde que empezó a trabajar con Los Oscuros, Mario Sangría nunca se preguntó por lo que significaba su participación en el grupo aquel. Pero esa vez lo sintió distinto. Le parecía como si, en realidad, debería ir con la disposición de echar mano a su pistola si la situación lo requería. Ahora, si bien no se negó a portar el arma, consciente estaba de que en modo alguno sería capaz de empuñarla y disparar. Sabía cómo, eso sí. Las clases de tiro que tuvo en su época de aspirante a la Marina no fueron en vano. Y ese, justamente, fue uno de los requisitos que le exigieron Los Oscuros para entrar a participar en sus actividades. Sólo en ese momento comprendió por qué. Tras deambular por los alrededores, Sangría llegó a la dirección. Golpeó la puerta de la forma convenida, pero nadie abrió. Lo intentó un par de veces más, y al no obtener respuesta alguna, comenzó a ponerse nervioso. Algo podría resultar mal, muy mal, si él no dejaba el condenado paquete en esa casa. Así funcionaban estas cosas, los trabajos fallidos se pagaban muy caros. Dio la vuelta a la casa, intentando mirar a través de una de las ventanas laterales. Era una casa cercana a la Laguna Redonda y de un piso, por lo que no le sería difícil precisar si había o no moradores dentro. Sin embargo, los gruesos visillos le impidieron ver con claridad en su interior. Se percató, entonces, de que una ventana un poco más alta que 50

las otras estaba semiabierta. Tomó unos tarros y los apiló a modo de escalera, no lo pensó dos veces y subió para intentar entrar a la casa. A esas alturas, sobre su sentido común -que le indicaba largarse a toda prisa- pesaba el enfado de sus jefes por la operación fracasada. Calculó bien la altura, aunque en el momento en que se disponía a entrar, el paquete se enganchó con la ventana, de tal suerte que cayó hacia adentro de forma estrepitosa, rompiendo el vidrio y desencajando una parte del marco. Los múltiples y pequeños cortes que sufrió como consecuencia de la caída, fueron lo de menos. El estruendo seguro había alertado a algún vecino, pensó. O peor aún. A alguien que estuviera dentro de la casa. Se limpió como pudo, muy rápido, y comenzó a recorrer el inmueble. Desenfundó la pistola. Salió de la habitación en que estaba, recorrió el baño y luego pasó al living. El misterioso encargo se soltó de sus manos y su rostro se desencajó, al encontrarse con tres sujetos salvajemente acribillados, que yacían sobre la alfombra, en medio de un charco de sangre. Todo parecía indicar que las víctimas habían recibido unas cuantas ráfagas de balas. No dudó un segundo que se trataba de algún ajuste de cuentas entre hampones. Cuando consiguió reponerse del impacto, Sangría decidió salir de allí lo más pronto posible. Corrió hacia una puerta trasera que había visto, y presuroso dio la vuelta, con tan mala fortuna que justo en el instante en que salía por el antejardín, un hombre lo interceptó. -¿Qué hay, Sangría? Andamos en las mismas parece… cómo están los señores… Mario lo empujó y corrió calle abajo, despavorido, sin saber adónde ir ni a quién informar de su macabro hallazgo. Tan desesperado corría, que la pistola se le cayó a media cuadra del lugar y, pese a que se dio cuenta, no tuvo el va51


lor de volverse a recogerla. Todo mal. Ahora el sujeto que lo identificó y a quien ni siquiera conocía, seguramente lo responsabilizaría de lo ocurrido en la casa, cuando se percatara. Así fue. Y antes de encontrarse con Los Oscuros, Mario se enteró por otro colega que estaba siendo buscado por el resto de la banda para dárselas. Su cabeza tenía precio. Y no, él no se sentía un hombre rudo. Cuando vio los tres cadáveres acribillados estuvo a punto de orinarse. Por definición social y policial, era un peligroso pandillero, un sucio y despiadado hampón, seguramente también drogadicto. Sin embargo, Mario estaba muerto de miedo por lo que podía pasarle. Y estaba desarmado para más remate, sin la menor posibilidad de enfrentarse con sus enemigos en igualdad de condiciones. Se encontraba en medio de una guerra de pandillas, la policía pronto comenzaría a perseguirlo también. Una situación realmente jodida. En medio de este clima tormentoso sobre su cabeza, Mario Sangría decidió mandar todo al diablo y salir a dar una vuelta por las calles desiertas de la ciudad. Llegó hasta la Costanera, y caminó desprevenidamente contemplando a la distancia las luces del puente ferroviario reflejadas en las aguas del río. “Este no es territorio de nadie, puedo andar tranquilo”, pensaba. Caminó un buen trecho. De vez en cuando algún sujeto lo abordaba para pedirle un cigarrillo, y Mario se lo quitaba de encima amistosamente, para evitar algún conflicto. De pronto, divisó un grupo de al menos seis individuos que se desplazaban por la vereda de enfrente. Escuchó que mencionaban su nombre, y pronto se dio cuenta de que los sujetos le apuntaban. Aceleró el tranco, y entonces el grupo cruzó la calle hacia su dirección. Lo estaban siguiendo.

res, aunque claro estaba que no lo buscaban para ofrecerle una taza de café. “Al menos, no parecen andar con armas de fuego, si no ya me hubiesen disparado”, pensó. Dobló por una calle en dirección al río, pero pronto se percató de que la callejuela desembocaba en un túnel ferroviario. No tenía más opción que entrar, de lo contrario sus perseguidores lo molerían a golpes, si es que no lo secuestraban para llevárselo a sus jefes… Ya no estaba seguro de lo que podría pasarle, sólo que no sería nada bueno su escarmiento. Se metió en la oscuridad aquella, corrió con bastante cuidado (andaba sobre durmientes y no veía absolutamente nada). Cuando pensaba detenerse, en medio del túnel, escuchó algunos gritos que venían desde la entrada. Avivó el tranco y se percató que el túnel desembocaba nada más ni nada menos que en el puente ferroviario, que cruzaba el río Bío Bío. El mismo puente cuyas luces reflejadas en las aguas del río había observado momentos antes desde la Costanera. No tenía alternativa. Si se devolvía, era inminente el encontronazo con su tropel de perseguidores. Si continuaba, debería equilibrarse muy bien para no caer al agua, desde una altura prácticamente mortal, tomando en cuenta además la fuerte corriente del río. Se armó de valor –tuvo muy poco tiempo para hacerlo- y se decidió a cruzar el puente. Con gran habilidad comenzó a atravesar el río. A poco andar se percató de que algunos sujetos continuaban su búsqueda, en las mismas condiciones que él, saltando de durmiente en durmiente. Se apuró.

Un remolino de imágenes cruzaron los pensamientos de Sangría. Empezó a correr, primero sólo trotando, luego con todas sus fuerzas. No sabía quiénes eran sus perseguido-

Mario Sangría tenía ya la mitad del puente recorrido, y le había sacado una distancia considerable a los sujetos, cuando al mirar hacia delante, tuvo una horrible visión. Un tren de carga comenzaba a cruzar el puente desde la

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otra orilla. Sintió cómo un frío espasmo le sacudió por completo. La muerte estaba cerca, y acudía presurosa en su búsqueda. Miró hacia atrás, dándose cuenta de que sus perseguidores no se habían percatado del tren, y seguían avanzando frenéticamente en su dirección. Sangría avanzó algunos trancos más, y entonces comenzó a sentir la vibración producida por el tren de carga. Al principio era un temblor ligero, pero crecía paulatinamente, hasta que consiguió desestabilizarlo por completo. No pudo seguir avanzando. La pesada máquina de carga estaba ya muy cerca. Pensó rápido, pero su racionalidad era interrumpida repetidamente por recuerdos, nostalgias y remordimientos. Las imágenes pasaban furiosas por su mente. Con la misma ira violenta y destructora de la máquina que le arrebataría la vida, si no pensaba pronto en una salvación. El tren se aproximaba, y a medida que lo hacía, se hacía cada vez más insoportable equilibrarse –aun gateandosobre los durmientes. Ya no le preocupaban en absoluto sus perseguidores. Mario pensó entonces en el pedazo de durmiente que sobraba a cada lado de los rieles. Parecía suficiente como para salvarse de la arremetida de aquella bestia de hierro. Optó por su izquierda, se abrazó con todas sus fuerzas a la parte libre del durmiente, y dejó caer sus piernas. Cerró los ojos y apretó los dientes: lo peor pasaría muy pronto. Fuera lo que fuera. Cuando el tren pasó a su lado, pensó que el pitear de su tardía sirena era el inevitable sonido de la muerte. El durmiente crujía, el puente entero crujía, y la angustia de Sangría era cada vez más grande. No resistió la tentación de abrir los ojos, fueron sólo unos breves segundos, pero le bastaron para observar el vacío a sus pies, el coloso atravesando furioso sobre su cabeza, y dos o tres cuerpos que caían al río, algunos metros más allá. Sus perseguidores no habían sido tan astutos. Menos mal un poco de suerte, 54

pensó. Unos momentos más resistiendo y todo acabaría. Debía ser fuerte. Podía empezar su vida de nuevo, largarse de la ciudad, aclarar las cosas y dejarlo todo, rezarle a algún santo en agradecimiento o encomendar su vida a alguna noble causa que lo ameritase. Su mujer. Debía recuperarla si salía de ésta. Faltaba cada vez menos para volver a empezar. El tren pasó. No sin esfuerzo se levantó para continuar cruzando el puente a gatas. Sentía los brazos destrozados de dolor por el esfuerzo. Pero estaba vivo, y aquello era una gran cosa, algo que podía festejar. Al menos, ya no tenía la presión de ningún rufián siguiéndole. Cayeron a las aguas del río y sólo dios sabía si sobrevivirían. Era muy poco probable que así fuera, de todos modos. Cuando le restaban no más de veinte durmientes para llegar a la orilla, Mario se detuvo. Se incorporó, y el proceso le tomó varios minutos. Tenía miedo de caer. Caminó lentamente, porque quería terminar de cruzar el puente de pie, con dignidad. Fue entonces cuando tropezó, y de nada le sirvió aletear, porque de igual modo se desplomó de cabeza por el lado derecho de la línea. Gritó aterrado mientras caía a ese horrible vacío. Demoró en caer bastante menos de lo que preveía, y en el momento exacto en que tocó la superficie de las aguas del Bío Bío, se despertó. Gritó una y otra vez de pura desesperación. Se pensó muerto, forcejeó una y otra vez contra las sábanas y frazadas que le cubrían. Comenzó a sentirse levemente afiebrado, hasta que su mujer lo zamarreó para sacarlo al fin de aquel último resplandor de su pesadilla. Le dirigió una mirada tierna y compasiva, y sin decir palabra se volteó enroscándose como una lombriz. Mario llevaba tres noches con el mismo mal sueño. Y aquel día comenzaba a trabajar para el diario local. Era un ta55


bloide sensacionalista de cuarta, pero le daría lo suficiente como para pagar las masivas deudas heredadas de su prolongada cesantía. Se levantó, se dirigió a la cocina y bebió un poco de leche. Fue al baño, volvió a la cama y al fin se durmió.

Húmedas calles delirantes Salí del trabajo. La Universidad parecía tener un poco más de vida que lo habitual. Naturalmente, no se trataba de las luces bajas, ni de la oscuridad bohemia que ofrecía con habitualidad su entorno nocturno. No. Alegres grupos de muchachos y jovencitas iban y venían por el campus, algunos cantaban, y otros fumaban, bebían o charlaban con demasiado interés acerca de algo. De vez en cuando un ramillete de hermosas estudiantes se cruzaba frente a nosotros. Entonces Pey, Lobo y yo improvisábamos algún piropo que, por lo general, rozaba la vulgaridad y producía una mirada odiosa, un desprecio o una extraña sonrisa de espanto en los rostros de aquellas ninfas. Nos acercamos a un bar ubicado frente a la Universidad; llevaba exactamente once horas sin beber. Entramos y ordenamos lo de siempre. Al cabo de un rato de darle a la cerveza, un tipo se arrimó a nuestra mesa y, casi gritando, me preguntó por qué lo miraba con tanto interés. Parecía bebido y confundido, por lo que decidí ignorarlo. El sujeto comenzó a ponerse malo, y en un momento temí que vomitara sobre mí, por lo que le di un medido empujón que le hizo casi irse de espaldas. -¡No tenías por qué empujarme! –aulló. -Escucha, tú no tenías por qué venir a molestarme. No te miraba a ti, miraba a tu novia, que se acaba de largar al verte en ese estado. No la culpo –le respondí. -¡Canalla! ¡Bellaco!

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No respondí a sus insultos. Me limité a echar unos cuantos sorbos seguidos a mi bebida y a reiniciar el diálogo con Pey y Lobo. A los pocos instantes noté que llegaron dos de seguridad para llevarse al beodo, que continuaba balbuceando algunos improperios. Para colmo, mientras era sacado del local, le dio por vomitar y lo hizo grandiosamente, dejó el pasillo regado de una sustancia acuosa y amarillenta, revolviendo el estómago a más de alguno. -Se lo merecía. Estaba entorpeciendo el trabajo de los demás… -comentó Pey.

o conseguir arrastrarme yo y mis acompañantes a la suya. -Hola, ¿puedo preguntarles por qué miran con tanta insistencia hacia nuestra mesa? –dije sonriendo y clavándole los ojos a la que me pareció más linda. -Infeliz, ¿ya no te acuerdas de mí, cierto? –contestó sorpresivamente la que me pareció menos agraciada. Su rostro no me pareció en modo alguno familiar. -Disculpa, ¿te conozco?

-¿Cuál trabajo? –preguntó Lobo.

-Cínico, eres un maldito cínico… César ¡Sí, ése es tu nombre!

-El trabajo de venir aquí y empiparse de licor hasta la embriaguez. No es fácil, no todos lo consiguen… -agregó.

-¡Sí, maldita sea, pero qué demonios tengo que ver contigo!

-¡Estás loco!

La chica se mostró muy perturbada con mi presencia allí. Hizo el ademán de levantarse y enfrentarme, pero sus dos amigas la contuvieron. Opté por sonreír y largarme dignamente de su mesa. Volví muy confundido y me senté. Ya habían llegado los otros dos. Pey me sirvió un vaso y me lo bebí de un trago. Las tres jovencitas no nos quitaban los ojos de encima. Me sentí un poco enfermo, no recordaba de dónde pude haber conocido a esa chica.

-Todos lo estamos, de una forma u otra. Alguna razón le encontré a Pey. En ese instante ingresaron al bar tres estudiantes, cuya belleza cautivó de inmediato a varios de los que estaban en la barra. Se sentaron a dos mesas de nosotros. Era la única disponible, los días jueves usualmente el local no daba abasto. Compraron tres botellas de cerveza y se veían muy animadas. Continuamos bebiendo. En un momento, Lobo se levantó y fue al baño. Pey, en tanto, lo acompañó hasta la barra para comprar sopaipillas. Yo me quedé en la mesa, encendí un cigarrillo –había bebido lo suficiente como para desear fumar- y eché un vistazo a mi alrededor. Las tres chicas que ocuparon la última mesa disponible dirigían unas cuantas miradas hacia nuestra mesa. Parecía ser que definitivamente estaban animadas y buscaban algo de acción. Decidí levantarme e ir donde ellas, buscarles conversación y arrastrarlas a nuestra mesa, 58

Lobo comenzó a hablarnos de su oscura relación con una bailarina, siendo a ratos interrumpida la conversación por alguna grosería dirigida hacia mi persona, por cortesía de la desconocida. Decidimos marcharnos de ahí, cambiar de bar. Era una noche muy extraña. En eso sonó el teléfono de Pey: su hermano necesitaba que le recogiera en el Terminal de buses pasada la medianoche. Pey andaba en la camioneta de sus padres y estaba condenado a hacer hora con nosotros. Decidimos mandar al diablo los bares y sus jodidas confusiones. Caminamos hacia el estacionamiento de la universidad. 59


- Vamos por una promo y se acaba el asunto –sugirió oportunamente Lobo.

cuentes! –gritaba la anciana.

-¿Y dónde la bebemos?

-¡Éntrese ahora mismo o no le quedará vidrio en pie! –le grité en un desesperado intento para que se callara.

-En el primer lugar que nos parezca adecuado.

-¡Ustedes no saben quién soy!

-De acuerdo –aceptó Pey.

-Si no estamos muy equivocados, ¡usted es una vieja chiflada! –gritó no recuerdo quién de mis acompañantes.

Fui hasta un rincón, a espaldas de los guardias universitarios y oriné largo y tendido. Una vez acabada la faena subí a la camioneta y nos dirigimos a la licorería más cercana. Compramos una botella de ron y un paquete de latas de cerveza. Al día siguiente nos esperaba una larga jornada de trabajo, por lo que decidimos moderar la ingesta de alcohol, a nuestra manera, claro está. Llegamos luego a una de las áreas verdes posteriores de la Remodelación Paicaví, frente a una estación de servicio. A lo lejos se escuchaba la algarabía de una fiesta, posiblemente universitaria. Lobo salió a comprar cigarrillos, al volver comentó. -Había tres tipos hablando con uno de los empleados, le preguntaban dónde podían conseguir pasta, o coca, no alcancé a escuchar muy bien. El bombero les indicó que una cuadra más allá y partieron enseguida. -Se arriesgan demasiado. Un amigo andaba en la misma una vez y terminaron asaltándolo entre cuatro, llegó a su casa desnudo y todo aporreado… -replicó Pey. Me serví un vaso bien fuerte, y cuando estaba ya terminándomelo escuchamos gritos provenientes de una ventana del edificio de enfrente. Una señora parecía muy alterada por nuestra presencia en aquel lugar. Y eso pese a que, precisamente, desde un departamento de su edificio provenía la música estridente y el bullicio que oíamos. -¡Voy a llamar inmediatamente a la policía! No se puede vivir en paz con gente como ustedes en las calles, ¡delin60

-¡Soy Gabriela, la presidenta de todos estos edificios! Entonces no pude resistir la tentación –tal vez por efecto de esas copas de más- y recogí una piedra del tamaño de una naranja y le apunté a la señora. Horrorizada, de pronto se entró y apagó la luz. Yo arrojé el proyectil, pero sólo conseguí darle al marco de la ventana, por lo que no hubo daño. Pasaron un par de minutos y la luz continuaba apagada, por lo que intuimos que había llamado a la policía y decidimos echarnos a volar inmediatamente. Eran las diez y media de la noche cuando arrancamos de la Remodelación. Dimos varias vueltas, y en una de ellas nos cruzamos con una patrulla cuyas balizas iban encendidas. Pasado el susto inicial, decidimos dónde terminar de beber lo que nos quedaba. -Pudiera ser que los polis echen una vuelta por el cuadrante –se apuró en decir Pey. -Vamos más lejos, donde sea, al diablo –eché un trago de mi vaso. -Conozco un buen lugar, dobla a la izquierda, yendo hacia el Cerro La Pólvora –comentó Lobo. -Vale. 61


Así, dimos varias vueltas por calles para mí desconocidas. En un momento no tuve la menor idea de dónde me encontraba, lo que sumado a la ingesta excesiva de licor me produjo un sentimiento de extrañeza. Habíamos puesto música y se escuchaba fuera de la camioneta. La gente de este lugar parecía ser menos conflictiva, nadie salió de su casa para jodernos. En un momento, me bajé a orinar, estaba muy oscuro. Me metí entre dos arbustos, y apunté en dirección a sus raíces. En ese instante algo se movió debajo del follaje. Me eché hacia atrás, asustado, y entonces emergió desde los arbustos un anciano desgarbado y sucio, un vagabundo.

Me ha llamado docenas de veces, pero no escuché mi teléfono, ¡maldita sea!

-Disculpe, joven. No quise importunarle, orine en paz. Hace tiempo que estos arbustos ya no son acogedores como antes –explicó el anciano antes de desaparecer en la oscuridad de la calle.

- Pero estás ebrio, ¡ni siquiera deberías andar manejando en ese estado!

Oriné y antes de volver a la camioneta me senté en la vereda –vaso de ron en mano- y contemplé la absorbente oscuridad de la calle. La música que salía del vehículo inundaba el ambiente, pero ninguno de los escasos transeúntes parecía ofenderse por su alto volumen. En algún momento, la calle pasó de parecerme un lugar extraño a un lugar mágico. Miré hacia el Cerro La Pólvora, me distraje observando sus múltiples luces rojas destellantes. Varias radios y compañías telefónicas tenían sus antenas enclavadas en el cerro. Miré las ventanas iluminadas de las casas y pensé en cómo se verían las cosas desde allá arriba. Me sentí mejor, acabé mi vaso y entré al vehículo. Estuvimos canturreando viejas canciones antes de que sonara el celular de Pey. No habló mucho, su interlocutor le interrumpía a cada momento. Su rostro cambió de expresión y cortó.

Enfilamos hacia el Terminal y al llegar vimos a un sujeto esperando, manos en los bolsillos, en un oscuro rincón del frontis. -¡Hasta cuándo tengo que soportar tu embriaguez! –le gritó a Pey, quien se lo tomó con humor, tal vez demasiado, y echó a reír burlonamente. -Estoy aquí, es lo importante – respondió al fin.

Entonces, Pey lo abrazó y comenzó a saltar y bailar con él, quien apenas se movía y, al vernos a Lobo y a mí riéndonos a mandíbula batiente, no pudo menos que esbozar una incómoda sonrisa. Para el viaje de vuelta, Pey cedió inteligentemente el lugar de conductor a su hermano. Fue un viaje de lo más silencioso, interrumpido sólo a ratos por sonidos inoportunos, como el sofocamiento de un eructo o un bostezo liberador. Al fin, Lobo y yo nos bajamos en el centro de la ciudad. Optamos por rematar en un bar conocido por ser lugar de encuentro de desempleados, oficinistas y empleados de supermercados y tiendas. Faltaban algunos minutos para las tres de la mañana, y no de dejé de pensar en lo duro que sería resistir la horrible resaca por la mañana.

-Mi hermano lleva dos horas esperándome en el Terminal. 62

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Reminiscencias Caminaron por la ciudad rápidamente, aunque sin un rumbo claro. La situación era complicada. Ellos estaban por todos lados. Ellos les pisaban los talones. Sin importar dónde estuvieran, jamás se encontrarían suficientemente a salvo. Algunos meses atrás habían aceptado jugar el complicado juego. Pusieron unas cuantas banderas dentro de sus corazones, y salieron a la calle como personas nuevas. Alguna vez soñaron con cambiar el mundo. Ahora soñaban con que el mundo no les cazara. No querían saber nada de nada, o al menos eso decían a sus pocos amigos. Y sin embargo, una nueva situación terminó por hacerles continuar su camino. Después de aquella infernal noche de verano, en un perdido hotel de la Avenida Manuel Rodríguez, sus vidas cambiaron para siempre. Siguieron juntos como siempre, claro. Pero la policía los tenía identificados. Milagrosamente escaparon de la sucia pensión donde alojaban, en medio de una lluvia de disparos. Pese a todo, decidieron no abandonar la ciudad. Y ahora caminaban de la mano, como una pareja cualquiera. Como si fueran camino de algún centro comercial, de alguna heladería, de algún romántico paseo. Llegaron hasta una casa de seguridad. Un taxi detenido frente a la vivienda los alertó. Al dar la vuelta se dieron cuenta de que no estaban solos. Entonces él alistó su arma por precaución. Nostálgico AK-47. Ella hizo lo propio con una antigua granada de mano. Dos tipos descendieron del taxi. Vestían de civil, usaban gafas oscuras y armas de grueso calibre. Ella detectó el movimiento a sus espaldas y les arrojó su granada. Se escucharon los primeros disparos, seguidos de la explosión. Él rafagueó a los agentes y oyó gritar a uno de 64

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ellos. Echaron a correr por los pasajes aledaños a la Laguna Redonda. Mientras lo hacían, creyeron escuchar sirenas y disparos por todas partes. Llegaron hasta un pequeño taller, desde donde alguien les hizo una seña, pero no confiaron. Siguieron adelante. Subieron, subieron y subieron. Desde allí arriba la ciudad lucía como un animal fatigado. Algunas barricadas ardían más abajo. Hicieron una pausa. Escucharon los helicópteros. Por primera vez vieron el mítico almacén de doña Teresa. Aquel querido almacén. De él sólo habían escuchado buenas historias. Entraron un tanto nerviosos, pero terminó por ser un buen momento. Afuera los agentes corrían de un lado a otro. Cuando la prensa llegó al lugar pudieron seguir por televisión el resto de la persecución. Se les hizo muy tarde, y terminaron por aceptar el alojamiento, el café y las galletas de doña Teresa. Había sido una jornada difícil.

De juerga por el Maestro Estábamos terminando de editar los textos que llenarían las sucias hojas de El Culo del Maestro, cuando empezamos a darle al whisky. Sería la revista literaria underground que la rompería, sería una leyenda, pensábamos. Quedaba la mitad de una botella que había escondido entre mis ropas al salir una noche levemente borracho de La Tía Olga. En el baño del departamento que compartíamos junto a Lobo en la Remodelación Paicaví, un gásfiter poco experimentado intentaba desesperadamente detener la inundación que producía su nefasto accionar sobre el estanque del wáter. Adicionalmente, se nos había acabado hasta la última hoja de yerba. -No puedo escribir ni un puto párrafo más sin yerba, aquí terminamos por hoy, Oscar -protestó Largo. -En fin, al menos queda algo para beber. Es lo que hay. Tengo unas hojas puestas a secar… Oímos un estruendo en el baño. No me levanté de mi asiento, pero tampoco continué el diálogo. Comencé a hojear un libro de Wilde. De fondo se escuchaban Los Tres: quieta el agua y frío el volcán ceniza y piedra no encenderán Eché un buen trago desde la botella. Largo eructó. El departamento quedaba en un cuarto y quinto piso. Viejo, húmedo y con las cañerías y los estanques malos. La noche anterior se nos había cortado la luz del primer piso. Condenados corredores de propiedades. Nunca estaban allí cuando se les necesitaba. Nunca respondían por las múltiples fallas que presentaban los departamentos ruinosos que arrendaban a los estudiantes, ni a los vagos. Fui a por

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mi guitarra.

una pareja. Ella lo zamarreaba a él.

-Apuesto a que con el tiempo tendremos un team de quinceañeras, que le repartirán El Culo del Maestro a los automovilistas, y a las señoras que van a buscar a sus hijos pequeños a la escuela…

-¡Claro que estás puesto, imbécil, crees que no me doy cuenta de la mierda que te metes por la nariz! Por la virgen, pedazo de mierda, por la virgen a la que prometiste que cambiarías… -entonces se echó a llorar, y él volvió al bar, dejándola allí, gimiente.

-Puede ser, pero supongo que deberíamos tomarlo como la evolución de los tiempos. Oímos un nuevo estruendo. Más fuerte que el anterior, seguido de un alarido descomunal. Después vinieron las malas palabras. -¡Maldita cañería! ¡Maldito departamento! ¡Maldito trabajo que me hace andar gateando entre la mierda! El gásfiter estaba borracho. Había estado bebiendo mientras trabajaba. Llevaba consigo una de pisco. Probablemente llegó ebrio. El baño era un desastre, mucho peor que antes. Se había roto una esquina del estanque y para colmo el sujeto pasó a llevar el pilar del lavamanos. Además, de algún lado había salido un montón de excremento. Le dije que se fuera a descansar, que volviera por la mañana. Estaba claro que llamaríamos a otro gásfiter. Él lo sabía, pero lo asumió con mucha dignidad. No se puede ser borracho e incompetente. La incompetencia se acepta socialmente sólo a los ladinos lúcidos y a los ciudadanos intachables, a los perdidos en sí mismos, no a los borrachos. Se levantó y pude notar que su ropa estaba embetunada. Tenía adheridos un buen número de cataplasmas de mierda. Un asco. Se marchó sin lavarse, entre tropezones y eructos malamente contenidos. Con Largo acabamos el whisky y decidimos ir al Neruda. Faltaban diez minutos para el primer martes de agosto del año que se te ocurra. Largo me aseguró que el lugar aquel estaría abierto. No se equivocó. Afuera del local peleaba 68

Entramos al bar y nos ubicamos en la única mesa que quedaba desocupada. Ordenamos cerveza a una mesera que desde un comienzo nos miró feo. Nos la trajo, tragó saliva y disparó: -Hemos tenido algunos problemas con los borrachos. Son mil trescientos pesos, páguenme altiro porfa… No había como estar en casa. Pagamos y comenzamos a servirnos. De pronto vimos a Barba Roja. Lo acompañaba una jovencita de la que no recuerdo su nombre. Nos reconoció y ambos se instalaron en nuestra mesa. Mientras conversaban animadamente, me dediqué a examinar la infinidad de carteles pegados en la pared contigua a nuestra mesa. De fondo sonaban los Smiths. En un momento pensé en que la necesidad de frecuentar los bares jamás me abandonaría. Mientras uno estuviera en medio del ruedo, resultaba menos fácil perderse. Mientras, en la mesa de enfrente un hombre de gran estatura y bigote leía su horóscopo. A juzgar por su rostro desencajado, parecía que se le venía encima un aluvión de desgracias. Vaciamos unas cuantas botellas de cerveza. En un momento se acercó la mesera. -Jóvenes, tienen cinco minutos para beber lo que les queda. Estamos por cerrar. Lo bebimos, pues, y los cuatro emprendimos rumbo hacia el Fusión. Hacía un frío de puta madre. 69


Bajamos por la Diagonal y cruzamos los Tribunales hacia Castellón. De entre unos arbustos emergió un sujeto algo colocado, pidiéndonos cigarrillos. -Suelten los cigarrillos, que se creen, estúpidos mosqueteros, ¡entréguenme sus cigarrillos ahora!… De pronto, tomó impulso y nos embistió. Cuando estaba a punto de conectar el empujón a Largo, este se hizo a un lado y el sujeto fue a dar detrás de unas plantas exóticas, que de noche siempre me parecían de aspecto carnívoro. Escuchamos un grito y no volvió a salir de allí. Imaginé que las plantas lo habían ingerido como cena. Tal vez estúpidamente, deseé que así fuera. Seguimos caminando por Castellón. Ella me habló del borracho, de sus crisis de pánico nocturnas y de su primera vez con un eyaculador precoz. Yo pensaba en que me estaba bajando el hambre, y debía hacer algo pronto para remediarlo. Al llegar a la Avenida Los Carrera, una mujer gorda y desastrada se lanzó a los brazos de Barba Roja.

Decidí mandarlos al diablo, comprar una ración suficiente de cerveza, y volver a casa. Al despedirme noté que Barba Roja escarbaba frenéticamente sus bolsillos, buscando una bolsa plástica de emergencia. Tenía el vómito acumulado en su boca. Al llegar al departamento, Lobo estaba sentado en el viejo sofá intentando secar un cigarrillo que se le había caído dentro de una taza de café. Parecía borracho. Compartimos un par de cervezas, después me fui a mi pieza a continuar bebiendo. Me tendí en la cama y comencé a releer unos poemas de Baudelaire que no eran los mejores. Desperté congelado a las cinco y media de la mañana con los lentes puestos: el libro me había caído encima, pero debido a mi estado no fui capaz de despertar.

-Esta noche puedo ser tuya, lindo jovencito. -No puedo ahora, ando con unos amigos… -Por lo menos dame un cigarrillo, te enseñaré una teta… Seguimos caminando, y llegamos al Fusión. Golpeamos tres o cuatro veces, pero nadie se dignó a abrirnos la puerta. Malditos clandestinos, siempre se joden a alguien al final, usualmente a los bebedores que guardan celosamente su secreto. En tanto, la gorda y desastrada mujer nos espiaba desde la esquina, estando ahora acompañada de dos sujetos de mal aspecto. Barba Roja se sentía mareado, y temía vomitar en cualquier momento. Largo intentaba muy sutilmente propasarse con la jovencita que nos acompañaba, pero ella no se abría. 70

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El bar triste Tras veinticuatro horas de forzada abstinencia –condenada acidez- decidí visitar el bar Luces Azules, uno de los tantos de la calle Ongolmo. Aquel me resultaba de lo más familiar, después de haber pasado tantas noches bebiendo y escribiendo, bebiendo y buscando conversación con una que otra señorita, bebiendo y cabeceando sentado en sus mesas, o bebiendo solitariamente y con el alma destrozada. El local era atendido por sus dueños, un matrimonio relativamente joven, quienes por lo general esbozaban una grata sonrisa al ver llegar a sus clientes y atenderlos. Esa fría noche de miércoles no le sonrieron a nadie. Entré, ordené una cerveza como siempre y encendí un cigarrillo. Pude darme cuenta en seguida que algo no andaba bien en el rostro de Paty –esposa- cuando me alcanzó la botella. Sus ojos estaban algo más rojos de lo habitual (consumía mucha yerba escondida en el baño), y parecía como enrabiada con alguien. Entonces apareció desde un costado de la barra Martín –esposo- y antes de extenderme su mano eructó estruendosamente. Estaba borrachísimo. Me senté en la primera mesa frente a la barra y comencé a verter lentamente la cerveza en mi vaso. Me serví horriblemente y derramé algo de licor en la mesa. Volví a la barra a solicitar un paño para secar el derrame. Pude darme cuenta que Paty y Martín discutían discreta aunque violentamente. -Eres un hijo de puta, te he regalado los mejores años de mi vida y lo has cambiado por licor y un par de tetas… ¡cómo puedes hablarme de confianza! -Escucha, Paty, yo te amo… que te amo más que a las tetas… que a las tuyas… que a las de ella… 72

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-¡Borracho infeliz! Entonces se percataron de que estaba frente a ellos, y me facilitaron un trapo tan pestilente que terminó mojando aún más la superficie de mi mesa, además de añadirle un delicado olor a vómito. Cambié de lugar. Ahora estaba en diagonal a la barra y pude ver cómo Paty empujó a Martín. Pese a la música, pude escuchar una parte del diálogo: -A la mierda, eres como todas las mujeres, te importan más los rumores que la lealtad de mi pija… -Toma esta cerveza y vete a beber… tenías que bailar con ella ¿cierto?... siéntate en esa mesa y piensa en lo que has hecho… ¡no me toques, rufián! Paty tenía un trasero inmenso. Siempre he sido un hombre de pechos, pero en ese momento pensé que un culo así al menos merecía respeto. Luego censuré mis pensamientos y comencé a beber. Acabé prontamente la botella y fui a por otra. Esta vez Paty me sonrió. -¿Quieres que programe alguna canción en especial? -Claro que sí. Me gustaría escuchar L.A. Woman, de los Doors. Tomé el botellón y me fui a sentar. A los tres minutos treinta apareció en el televisor el video clip de la canción que pedí. Miré a Paty. De nuevo me sonrió. Pronto lo superarán, pensé. Vi entonces a Martín sentado frente a mí, llorando apagadamente. Tomé mi vaso y me senté junto a él. Le palmoteé dos veces la espalda. -Hombre, esta noche ya pasará. De lo único que tienes que preocuparte es de la resaca de mañana.

enojaría conmigo… te juro que no volví a correrme con ella, no pude… -Martín, no pareces un mal tipo. Dale tiempo y tal vez te perdone… Me levanté y volví a mi mesa. Martín, en tanto tomó una servilleta que había sobre la mesa, y con una habilidad sorprendente para alguien tan ebrio –sé que no soy el más apropiado para decirlo- hizo una flor de papel. Se levantó tambaleante y caminó hacia la barra. Puso la flor en las manos de Paty. -Perdóname… sabes que no sería capaz… -Sé de lo que eres capaz, Martín… -No, no lo sabes, por ti sería capaz de quemar esta pocilga, de apagar las luces, o sea de encender… ¡mierda! Y vomitó. No encima de ella, claro. Alcanzó a desviar el vómito hacia donde estaban las copas. Fue un desastre, de todas formas. Pero Paty no le dijo nada. Me miró y sonrió por tercera vez esa noche. La ira se despedía lentamente de su rostro. Sujetó con fuerza a su borracho Martín, le dirigió una de las miradas más tiernas y compasivas que he visto. Acto seguido, con otra servilleta limpió las salpicaduras de vómito que él tenía en su chaleco. Lo había perdonado. Me alegré de que así fuera. -Maldito borracho, te amo tanto… -Sabes que nada más es cierto… que te amo… que te amo a ti, por dios…

-Patrañas, Oscar, no debí haberlo hecho… sabía que se

No se besaron. Él había vomitado y lo comprendí. Pedí otra cerveza, y me di cuenta de que querían hacerlo. Oh, el amor, pensé. Apuré el tranco. El alcohol comenzaba a hacer lo suyo. Garabateé algunas ideas en un trozo de papel,

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lo arrugué después y lo guardé en mi bolsillo. De pronto, se encendieron las luces del bar. Ellos estaban abrazados por detrás y sonreían. Un arcoiris a sus espaldas hubiera sido perfecto. Seguro él le está agarrando el trasero y la tiene tiesa, pensé. Luego pensé en que estaba demasiado borracho para ello. Los clientes comenzaron a marcharse. Algunos estudiantes abandonaban el bar tambaleándose. Un viejo de gorra yacía abrazado a su mesa. Un gran charco bajo su silla parecía indicar que se había meado. Acabé mi cerveza y me levanté. Me despedí con una seña del ahora matrimonio feliz. Comenzaba a sentirme ebrio. Antes de salir fui al baño.

Post scriptum: han pasado alrededor de tres años desde que esta historia tuvo lugar. Lamento muchísimo que el terremoto que afectó el sur de Chile, y de forma especial a Concepción en febrero de 2010, haya derribado este bar. No he vuelto a saber de sus dueños. El local se ubicaba a metros de la Sociedad Martínez de Rozas, otro emblemático bastión bohemio que el fuerte sismo se encargó de arrebatarnos. Las ruinas del Luces Azules han servido de guarida, de baños públicos y de residencia a perros vagos. Una pena.

Eran cerca de las doce de la noche, y disfruté la vuelta al departamento que arrendaba en la Remodelación Paicaví. Caminé con mis manos en los bolsillos. Llegando a la Avenida Los Carrera se me acercó un tipo flaquísimo. -Hermano, necesito mil pesos para ver a mi hermanita. Es lo que cobra por una francesa, oh dios, está tan descarriada que no sé… -Lo siento, me lo bebí todo, de todas formas quizás deberías visitarla… Seguí caminando y llegué a mi hogar. Todo estaba en calma en el departamento 45 de Paicaví 982. Me alegré profundamente de haber vivido ese día, luego me acosté. Milagrosamente, desperté al otro día sin resaca.

- FIN 76

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Gipsy Love Gipsy Love. Así se llamaba la chica, ahora lo recuerdo. Atendía un bar de cuarta en la Avenida Paicaví. El público del local se repartía en timadores callejeros, vagabundos, ex convictos y fracasados de toda índole. La primera vez que fui a parar allí fue una tarde en que debía recibir el premio de un concurso literario. Al final, llegué atrasado a la ceremonia, borracho, y el premio se lo dieron a otro, o a otra, ya lo he olvidado. Cuestión de política, en fin. Pero la había conocido a ella y aunque suene estúpido ese fue el mejor premio que pude tener ese día. Aquella noche, después del cóctel de rigor, recorrí los bares del sector aledaño a la Universidad del Bío Bío. No andaba solo, Largo me acompañaba. Andaba tan borracho como yo, habíamos comenzado dándole a la cerveza desde muy temprano. De cada local nos guardábamos un recuerdo, preferentemente ceniceros y vasos. Cuando salimos del último bar, una chica nos siguió cuadra y media, simulando correr y gritando como endemoniada: -Chicos, esperen, se les ha olvidado cancelar la última cerveza… -Era cortesía de la casa, ¿lo olvidas? –atiné a responder, haciendo lo posible por modular impecablemente. -¡NO! Los encontré interesantes y les busqué charla, eso es todo, pero esta chela no iba de regalo ¡páguenme por favor! -Yo le pagaré, Oscar, no te preocupes –dijo finalmente Largo. Entonces la tomó de la cintura y la besó. Un beso contun78

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dente, pese a los forcejeos de la señorita para salvar su honor. Mierda, pensé, otro de sus exabruptos, de nuevo la posibilidad seria de terminar durmiendo en una celda… Pero ella se quedó muy quieta cuando echamos a correr.

chito y luego bailaba, cómo decirte, erótica… mente ¿me entiendes?

Finalmente, volvimos al departamento que arrendábamos en la Remodelación Paicaví, y tras vaciar los últimos botellines de cerveza que quedaban en el refrigerador, me fui a acostar.

-Todo iba bien, yo ganaba mucho dinero así. Nadie me tocaba siquiera, te lo prometo por la santa memoria de mi madre.

Todo fue paz hasta el día siguiente. A la hora del almuerzo fui a probar las económicas colaciones que ofrecía el bar de Gipsy Love. Un verdadero servicio de utilidad pública y asistencia social para los golpeados estómagos de los alcohólicos que lo frecuentábamos. Me atendió cordial y coqueta como siempre. Y, en el momento en que le pedí una cerveza, se sentó a mi lado y comenzó a relatarme una historia. -Te va a parecer estúpido lo que te voy a decir. Yo quería ser actriz, y aunque no soy vieja, me parece que no habrá ya muchas novedades en mi vida. El problema es que trabajé un tiempo en el espectáculo… neón, plumas, ya sabes…, con una amiga nos aburrimos de lo sucio que era aquello, y nos largamos. Y aquí es donde me ves ahora. -Sí…, pero imagino que tú sabías lo sucio que era aquello desde antes de tomar parte… ¿o no? –pregunté y luego eché un profundo sorbo. -Bueno, sí, un poco. El problema es que en un principio todo iba bien. Yo subía al escenario tres veces por noche. La primera, en bikini. La segunda me desnudaba, y en la tercera…, pues bien, en la tercera esparcía crema en mis pechos y en mi entrepierna…

-Desde luego.

-Te creo. -Y entonces al pervertido de mi jefe se le ocurrió empezar a drogar a los clientes, y nos mandaba a revisarles los bolsillos. Eso no nos gustó nada a ninguna de las dos. Así es que decidimos dejarlo, y como era un tipo mafioso, decidimos huir. Eso es lo que pasa en el norte, guapo, no todo es amor y sol por allá. -Me lo imaginaba. -Sí, ¿y tú no tienes historias? -Algunas, pero no tan divertidas… -Me acuerdo que una vez bailaba sobre el escenario, cuando un tipo empezó a meneársela allí mismo, frente a mí… -Es que tienes un cuerpo muy bonito, sabes… -eché un buen trago a mi cerveza, ella me miró y sonrió.

-Llámale chochito, por favor… -Bueno, entonces en la tercera esparcía crema en mi cho-

-…y recuerdo que llegó otro gallo que parece que era mi admirador y le vació su vaso sobre el miembro. Se armó una pelea… participaron casi todos. Yo me escondí detrás de la barra, y veía cómo pasaban para el otro lado unos tipos, luego de que les golpearan. Incluso me cayó uno encima, sangraba mucho, me dejó toda salpicada el condenado. Imagínate que estaba desnuda y con el coño lleno de crema.

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-Chochito, corazón. -Chochito, sí… chochito. En otra oportunidad, mi jefe me pidió que le bailara en privado al mayor de la policía. Yo me negué, pero me chantajeó con los pagos, así es que finalmente accedí. El hombre se la meneó un rato, pero parece que estaba demasiado borracho y se encolerizó de que no se le parara. Al final, terminé tomándome su whisky añejado 12 años, y dejándolo allí sumido en su borrachera. -Un gran golpe… -Sí. - ¿Y fueron muchos? - ¿Muchos qué? -Los clientes que debiste satisfacer antes de que te largaras… -¡No, ya te dije que yo no me prestaba para eso! No voy a negarte que a algunas cosas me viera obligada a acceder. Eran tiempos difíciles, pero lo importante es que lo dejé, y para siempre. Como ves, ahora tengo un empleo en blanco, contrato, imposiciones, y varios borrachos admiradores… jaja. -Sí.

Una vez me pidió que la invitara a algún sitio, después de su turno me dijo que la pasara a buscar. Llegué un poco antes para alcanzar a beber una cerveza. Noté de inmediato que se había arreglado más de lo normal. Bajo el riguroso delantal lucía un bonito vestido. Se lo hice saber, pero su comentario se limitó a una sonrisa coqueta. Al llegar la hora, se presentó frente a mi mesa sin delantal. Me pareció entonces que Gipsy Love era una de las mujeres más hermosas que había visto en mi vida. Salí con ella del brazo, y nos dirigimos al Club de Caza y Pesca, que quedaba a algunas cuadras del bar. El lugar tenía alguna categoría, y deseaba llevarla allí. De alguna forma, consideraba que se lo merecía. Fuimos caminando despacio, pero tuvimos la mala fortuna de que un chubasco se dejó caer furioso sobre nuestras cabezas, cuando estábamos a medio camino. Corrimos a refugiarnos bajo un paradero, pero fue inútil: quedamos mojados hasta los huesos. -Al diablo los planes, -le dije- disfrutemos de la sensibilidad de este clima que no se aguantó el deseo de lavar nuestras vidas. Echamos a correr bajo la lluvia. Aquello fue de lo más mágico. Corrimos mientras las hojas de los árboles se desprendían, pero el viento no nos tocaba. Éramos sólo nosotros y la lluvia.

Salí del bar. Tenía que pagar unas cuentas. Mi rutina diaria con Gipsy Love consistía en almorzar en su local, beber unas cuantas cervezas después y largarme a hacer mis asuntos, hasta el otro día. Así pasaron algunas semanas. Cada vez me revelaba alguna anécdota nueva, muy interesante, era una gran fuente de historias bizarras. Por eso me gustaba. Aunque pueda parecer increíble, había algo genuinamente inocente en ella.

Para cuando paró el chubasco, nos encontrábamos abrazados bajo un poste cuya luz titilaba. Nos abrazamos, y entonces Gipsy Love comenzó a llorar muy despacio, casi imperceptiblemente. Bajé la cabeza y quise besarla, pero por alguna estúpida razón no me atreví a hacerlo. Luego de eso, ella insistió en largarse.

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-Habrá otro momento, no te preocupes… -me insistió.


Mezcalina

-Éste es el momento. -No. Me voy, me siento muy feliz, hazme el favor de dejarlo así. Entonces, rápidamente hizo parar un autobús, me besó en la mejilla y se subió. No me hizo señas cuando arrancó. Ahí me quedé parado por varios minutos, cuestionándome lo sucedido una y otra vez. Cuando al fin creí comprenderlo, me marché a casa caminando con tranquilidad. Pasé aquella noche tumbado en mi cama, mirando el techo, con el único consuelo de una botella de ron a mi lado. Nunca más volví a almorzar en el bar de Gipsy Love, aunque tengo la certeza de que después de esa furiosa lluvia jamás volvió a esperarme como antes…

Me senté a terminar de escribir. En realidad, sólo tenía un título: Decálogo de Maldiciones para Quienes Nos Atormentan. Escribí un par de líneas, y entonces comenzó a llover a chuzos. Las hostiles gotas golpeaban furiosas mi ventana, y el reflejo de las luces de la calle le daban un aspecto mosaico, casi artístico al deslizamiento del agua a lo largo del cristal. Me había servido dos vasos con jugo de mezcalina. Me quedé un buen rato contemplando la lluvia a través de mi ventana. Luego intenté retomar mi escritura, pero Lobo se asomó por la puerta. -Será mejor que vengas a ver esto, nos estamos inundando… -¿Por qué, maldición? -La ventana rota de la pieza de Largo, otra vez. -¡Mierda! Para el cumpleaños de Largo, algunos amigotes se colaron en su pieza a colocarse con yerba o lo que encontraran. El caso es que a uno de ellos le dio por vomitar, y en un acto verdaderamente animalesco, rompió un vidrio de la ventana y esparció sus vómitos desde las alturas, vivíamos en un quinto piso. El caso es que por esos días el cumpleañero solía andar muy puesto, y se le olvidaba una y otra vez reponer el vidrio. Aquello producía dos efectos: andábamos más friolentos que de costumbre, y el viento y la lluvia hacían estragos. -Bien, vamos a ponerle un pedazo de plástico a esa mier-

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dosa ventana, qué se le va a hacer… Cortamos un pedazo de plástico y confeccionamos una buena muralla de contención para el agua. Estaba en plena faena de pegado del plástico, cuando una nueva oleada de mezcalina comenzó a hacerme efecto. Me quedé paralizado al ver las siluetas que dibujaban los edificios de enfrente en el plástico. Mis dedos se fundían en el vidrio, eran parte del paisaje de allá afuera, con la lluvia recorriendo el espacio como lágrimas errantes, provenientes de quién sabe qué clase de ser. Algo iluminaba todas las luces. Cada resplandor parecía una aureola de vida, y extrañaba, pese a todo, el delicado canturreo de los pájaros. Sentíame tan lejos del cielo. Y, sin embargo, qué maravillosa era la experiencia de enloquecer víctima de estas luces tan difusas y nobles. En esa noche húmeda, cada luz correspondía a un camino, ofrecíase generosa y amante al desorientado y solitario caminante. Un humo cruzaba el ambiente, alguien encendía una antorcha afuera de la habitación. Seguro intentaría iluminar su camino hacia donde nosotros nos encontrábamos. Seguro querría alcanzar la frecuencia exacta de nuestros pensamientos. Pero ese pedazo de vidrio tenía su verdad, y yo la mía. Inquieto esperaba a ser examinado, aunque jamás percibí mayor sentimiento de seguridad en su solidez. El viento me atravesaba como una corriente furiosa. ¡Qué hubiese dado yo por reducir mi tamaño y ser conducido ciegamente por los aires por esa brisa invernal! Como un espermio maldito que surca los cielos en la búsqueda de aquello que con su insólita belleza habrá de encenderle el ansia de fecundar.

siones desconocidas, hacia parajes henchidos de enigmas y fascinantes resplandores… Sin embargo, de qué servía todo aquello, si su alma seguía tan aferrada a los inútiles pilares de la carne. Si no era capaz de volar como los pájaros sin temor a extraviar su vuelo. Si no estaba dispuesto a dejar su condición de absurdo portador de una sabiduría lúcida e inútil, para posicionarse en el honroso escalafón de peregrino de los sutiles paraísos que rodeaban su existencia. Pero quién podría creerle a un tipo intoxicado cinco pisos más arriba de donde ellos estaban… Quién podría poner sus manos al fuego por lo invisible y, sin embargo, ciegamente consensuado. Existen los valores, cierto. También las categorías, y, mejor aún, un considerable número de amantes de las clasificaciones. No deberíamos necesitar más. Pero ahí están todas esas angustias, todas esas soledades y todos esos vacíos, todas esas guerras y esos suicidios. Ahí están todas esas cuentas bancarias cuyos poseedores reventaron buscando la felicidad, fugaz como sus chequeras y como el plástico de sus tarjetas de crédito. ¿Tenemos la obligación de aferrarnos a algo? Y si así fuera; si fuera como un condicionante natural, ¿nos habremos aferrado a lo correcto en estos miles años de evolución? O simplemente, ¿el hombre es un animal demasiado influenciable, que necesita escoger un guía sólo por la flojera de pensar por sí mismo la salida a su particular laberinto?

Y sí. El hombre había creado aviones gigantescos, colosales globos aerostáticos que surcaban pomposamente los cielos, incluso naves espaciales que arrancaban hacia dimen-

Oh dios, pensaba, hay tantos autodenominados pensadores y filósofos allá afuera… tantos poetas sin más verso que el vacío de sus propias conciencias… Mejor ni hablar de los sabios: la sabiduría ancestral, que caracterizaba a los líderes jefes de tribu de nuestros antepasados, ha sido violentamente suplantada por la ambición, la deshonestidad y, peor aún, por la incompetencia y el egoísmo. Máscaras, máscaras y más máscaras. Y aquellos que juegan a ser profetas con sus billeteras rebosantes. Pregúntale a Coelho.

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Y hay quienes incluso rinden culto a las instituciones que perpetúan este fraude valórico: hijos de puta.

en una espada o un turbante. Y ahí estuvieron, jodiéndose sus existencias como pueblos.

Y mis dedos están sumergidos en este pedazo de plástico. Recibo el saludo nocturno de los árboles: cómo se reirán de nosotros. Han estado tanto tiempo antes que nosotros y seguimos creyendo que hemos sido los más astutos.

Y todo esto mientras pego un pedazo de plástico. Al final, el parche duró unos minutos y luego la lluvia y el viento lo arruinaron. El cuarto terminó inundado y nosotros resfriados. Cuando me aburrí de las luces de la calle, me tendí en mi cama y cerré los ojos. Entonces, el vacío. El viaje, las manos del chamán de triste mirada conduciéndome a los rincones del mundo invisible. Un poco de horror también, como correspondía, ya dije que no hemos sido sabios ni nobles.

La gente acostumbra a huir de las verdades incómodas como los zancudos del humo de ramas secas. Muy poca es la combustión dentro de sus almas. Pareciera que atrofian sus emociones, por miedo a perder alguna dignidad seguramente inútil. Los hombres prefieren ser colonizados por el desencanto, como si algún día les hubiera dado por aferrarse a una creencia que les hubiese supuesto un desafío. La memorización inútil de mitos y rituales es una dudosa forma de existir en los escalones del perfeccionamiento del espíritu humano. Es posible que cuando algún llamado maestro haya llegado a la verdad, sus propios discípulos han terminado interpretando lo que es ininterpretable por la mente humana y su racionalidad tradicionalmente estéril, menoscabando y torciendo el verdadero significado de lo desconocido. Lo ancestral pareciera ser lo único sagrado, y no hablo de rituales orgiásticos ni de bárbaros sacrificando críos al pie de una montaña. Hablo de quienes tuvieron una vez, frente a sí, algo que sí era sagrado, pero no por su forma, si no por su fondo. El rito por el rito es absurdo y decadente. Sólo le sirve al creyente enceguecido, pero la sabiduría no es algo en lo que se pueda creer, simplemente se sabe, se conoce y entonces se respeta.

Y, sin embargo, quién podría decir que nuestro planeta, nuestra tierra no es hermosa. Quién podría negarse a decir que todo sería muy distinto si fueran otros los habitantes y no nosotros. ¿Quién se considera realmente inteligente? Por favor, estemos claros en algo: ninguno de nosotros fue lo suficientemente puro o astuto, como para venir a parar aquí.

Miremos a los moros y a los cristianos. Asesinándose los unos a los otros, ofreciendo ríos de sangre en sacrificio para cada uno de sus respectivos dioses, que eran posiblemente el mismo dios. Ah, pero lo olvidaba: no eran los mismos ritos. Veían la salvación de sus almas en una cruz, 88

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Mantis religiosa Carmela se levantó de la cama a la diez en punto. Hacía mucho calor aquella mañana de enero. Mientras tanto, y a varias cuadras de allí, César seguía batiéndoselas con una descomunal resaca, heredada de una agitada noche de intoxicación y jodienda. Sacó dos monedas del bolsillo y marcó su número. -¿Carmela? -Sí, hola. Tú debes ser César, supongo… -Sí ¿A qué hora te parece bien juntarnos? -A las doce puede ser. Justo en ese momento, un helicóptero pasó muy bajo donde estaba César, provocando un ruido ensordecedor. La comunicación se interrumpió por unos segundos. Una vez que pasó la bestia volante, él retomó el diálogo. -¿Estás en tu departamento de Los Conquistadores? -Sí, acabo de levantarme. Me ducho y salgo, ¿vale? -De acuerdo, nos vemos. No lo olvides, dos pesos en Café Calambria. -No lo olvidaré, nos vemos… César entró a un bar cualquiera del centro de Concepción y ordenó una botella de cerveza. Preciso le era quitarse esa resaca antes de juntarse con Carmela. Ella le parecía una diosa: principalmente simpatía, sencillez y belleza, desde luego. Tenía unos pechos realmente hermosos, en buena 90

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forma y abundantes. El problema se reducía a que cada vez que deseaba verla y estar cerca de ella, debía comprarle una dosis. Amor. Coca. Era una de las mejores dealers de la ciudad, según le habían comentado. Pensaba largarlo todo ese día y no tener que gastar buena parte de su escuálido sueldo en droga. Sonó su celular.

rarse y, aprovechando la conmoción, se largaron sin pagar. Caminaron apuradamente hacia la plaza que estaba frente al café y llegaron a la pileta que estaba en el centro. En eso dejó de temblar. Se sentaron en un banco de madera, frente a la pileta. Todo había vuelto a la normalidad. Carmela disparó:

-César, ya estoy en el Calambria, no querrás hacerme esperar ¿o sí?

-Mira, reconozco que me resultas simpático. Si me invitas a salir mañana por la noche, creo que te diría que sí.

-Voy enseguida, en dos minutos estoy allá.

-Me harías el hombre más feliz del mundo.

Se bebió de un trago su vaso y salió apurado del bar. Llegó jadeando al lado de la sensual Carmela. La saludó con un beso en la mejilla, como un caballero.

-Bueno. Pero de antemano te aviso que no estoy dispuesta a escuchar sólo cursilerías de ese tipo; no salgo con drogadictos, pero tampoco con tontos del culo, ¿estamos?

-Los dos pesos están bajo el azucarero. Me tomé la molestia de pedir café y galletas de agua, espero no te moleste pagar la cuenta.

-Por supuesto, claro. Fue la cerveza, me vuelve cursi; cuando estoy sobrio suelo ser más espontáneo y apasionado….

-Carmela, yo…, tengo que decirte algo. En realidad no me gusta la coca, toda esa mierda que te compro se la doy a mi hermano menor para sus fiestas universitarias. Es la única forma de estar cerca de ti. Yo… creo que te amo, Carmela. La chica miró a su alrededor, creyó comprenderlo todo y miró inquisitivamente a César. Hizo el ademán de levantarse, pero se contuvo. Llegaron las dos tazas de café y las galletas de agua. Carmela tomó una galleta y la trozó por la mitad, llevándose luego una mitad a la boca, la posó en sus labios, después la retiró.

-¿Y entonces por qué bebes? -Necesito una justificación para aspirar toda la coca que te compro… no era cierto lo de mi hermano menor… -Ya me lo suponía, vale. Entonces mañana por la noche me pasarás a buscar, supongo. -Así es, sin falta pasaré por ti a las nueve. -Hasta mañana.

En ese momento sacudió a la ciudad un fuerte temblor. En un comienzo, ambos quedaron perplejos, sin embargo, al ver que la gente que les rodeaba comenzó a levantarse, pálida y preocupada –el remezón seguía- optaron por pa-

Se despidió con otro beso en la mejilla, ella se levantó y caminó perdiéndose entre la multitud. Una diosa, una auténtica diosa, pensó César. Él enseguida volvió a la taberna donde estaba, Otto Schop era su nombre. Ordenó otra botella de cerveza y se dirigió al baño. Abrió la primera bolsita, dispersó un montoncito hasta dividirlo en dos. Utilizando su cédula de identidad vencida cortó las dos lí-

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-La próxima vez que me lla…


neas y, por medio de un billete doblado en forma de tubo, aspiró una línea por cada agujero de la nariz. Había cierta clase en hacerlo con el billete. Al día siguiente, César pasó a buscar a Carmela a su departamento. Siempre supo dónde vivía, pero ambos habían convenido hacer las transacciones fuera del lugar. Los viejos vecinos de esos edificios solían ser muy observadores, entrometidos y especuladores. Carmela lucía un vestido negro escotado. César apuró un vaso de whisky sólo para no venirse en los pantalones. Al parecer, ella había estado haciendo tiempo bebiendo, de hecho, la botella había sido bajada en buena parte. Brindaron haciendo chocar sus vasos con hielos. Luego, Carmela sacó algo de su blanca mercancía. Aspiraron con el mismo billete. Otra vez un billete. Se besaron con violencia, dejaron sus copas sobre la mesa y se sentaron en el sofá de cuero negro. César le quitó el vestido y se lanzó a sus tetas frenéticamente. Ella le correspondió con maestría. Lo hicieron como dos insanos. Carmela se metió al baño para limpiarse, al tiempo que César extrajo un revólver desde su chaqueta. En cuanto salió del baño, Carmela fue interceptada por César.

-Pero Carmela, yo… -¡Mereces morir cobardemente asesinado por la espalda, hijo de puta! Y sonaron dos disparos. César cayó pesadamente al suelo y en vano intentó alcanzar el arma que había soltado su mano. Murió antes de llegar hasta ella. Carmela le puso el pie encima y le susurró al oído -Ni polis, ni mexicanas, ni angustiados. Sólo te tenía ganas, niño listo. Ahora, jódete. Acto seguido, Carmela fue a su pieza y se vistió relajadamente. Además, se perfumó cuidadosamente. Digitó un número en su teléfono, se sirvió otro whisky, encendió la televisión, y se sentó a esperar a que llegaran quienes le ayudarían a deshacerse del cuerpo de César. Le pareció una simpática coincidencia que la televisión transmitiera a esa hora un documental acerca de la mantis religiosa: la mágica especie de insectos cuyas hembras asesinan a los machos una vez consumado el acto sexual. Sonrío y cambió de canal, buscando las noticias regionales.

-Dame toda la coca que tengas ¡ahora, condenada perra! -De acuerdo, búscala tú mismo en el tercer cajón del mueble donde está el teléfono -contestó la chica. César –aún sin estar vestido del todo- se volvió a buscar la valiosa mercancía. Hay por lo menos medio kilo, pensó al verla. Sin embargo, al darse la vuelta notó que Carmela le apuntaba. -Preferiría que no te dieras la vuelta, infeliz. 94

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Unas copas de buen vino Antonio le agarró el trasero a Carla, pero ella ni se inmutó. Entonces probó con sus pechos, comenzó a recorrer con la yema de su dedo índice el breve espacio que separaba a ambos pequeños volcanes. Pero tampoco consiguió más que indiferencia. Acercó su mano, ya como última tentativa, a su vagina. Pero antes de conseguir algo interesante, Carla lo detuvo: -Antonio, ¿no crees que ya es tiempo de que hagamos otras cosas? -Tienes razón. Debería darte por atrás mientras me recitas algo de Baudelaire… -¡Mierda, en lo único que piensas es en sexo! Yo también siento ganas, pero necesito que respetes mis tiempos… Antonio se volteó, murmuró algo y aplastó su cabeza contra la almohada. Carla, en tanto, se recostó boca abajo, siguió hojeando un antiguo catálogo de moda. De pronto ella levantó lentamente una pierna. Antonio interpretó eficientemente la señal y se abalanzó sobre ella. Lo hicieron con velocidad. En verdad, ambos se vinieron muy rápido. Después, el silencio. Después: -Deberíamos ir al Treintas. Tengo ganas de unas cuantas empanadas… -Me parece muy bien. Déjame arreglarme y partimos. Llegaron, pues, al local. Se instalaron, llamaron a un camarero. Un tipo muy alto. -Tráiganos media docena de empanadas y dos botellas del 96

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mejor vino que tenga… -soltó Antonio. Acto seguido, ambos encendieron cigarrillos. En el lugar tres músicos tocaban algo de jazz. En tanto, una anciana escarbaba frenéticamente en su cartera. Era evidente que había bebido más de lo permitido por su bolsillo. Finalmente la dejaron ir, no sin antes advertirle que no volviera a aparecerse por allí… Llegó el pedido y comenzaron a servirse. Acabaron el buen vino, y pidieron otra botella. -Deberíamos ahora recordar viejos tiempos y pasar la noche en aquel motel de la Avenida Manuel Rodríguez – sugirió Carla. -¿Ese donde el tipo aquel murió con su pene erecto? -No. El que está a dos cuadras…

-Al Motel Itálico, por favor. No se moleste en entrar, basta que nos deje afuera: conocemos el camino. -Muy bien, como usted diga, señor –fue la lacónica respuesta del conductor. En la habitación había un jacuzzi, jabones aromáticos, esencias afrodisíacas y, dentro de un velador un misterioso tónico para retardar la eyaculación. Ordenaron una botella de champaña y dos cajas de preservativos: sería una gran noche. Desde luego, eran incompatibles tal cantidad de preservativos y tal cantidad de alcohol. Lo sabían, sólo que les gustaba presumir. Se quitaron la ropa y se sumergieron en las tibias aguas del jacuzzi. Era una noche muy calurosa. Lo hicieron enjabonados y al borde de la embriaguez. Mucha risa, aunque algunas complicaciones técnicas en la penetración.

-Imagina lo que debió haber sido para su familia recibir el cuerpo con el pene como un mástil.

Luego se secaron y comenzaron a revisar la programación de los canales ofrecidos por el circuito de televisión. Un asco. Antonio sacó de entre sus ropas una libreta de apuntes. Escribió algunas palabras cuando Carla le interrumpió la faena.

-A mí, después de todo, me parece un gesto de dignidad humana, soberbio…

-¿Cuándo me escribirás una carta como las que me solía escribir cuando acabábamos de conocernos?

-No lo sé. En fin… ¿Vamos?

-Cuando vuelva a acabar de conocerte, amor. -¿Y eso cuándo será?

-¡Pobre hombre!

-Vale, terminemos esta botella y nos largamos. Salieron, pues, del local. No sin antes regatear el precio. Al fin, les aplicaron un descuento: eran viejos clientes, estaban borrachos y más les valía deshacerse de ellos. Detuvieron un taxi. 98

-Cuando se aproxime algo importante… para los dos, que nos haga reencontrarnos como dos extraños, sin serlo… como cuando nos conocimos la primera vez… siempre supimos que estaríamos juntos, ¿no? -Sí, pero… 99


-Ese es el punto. Debemos renacer por caminos separados, pero juntos de alguna manera. Y conectados. Antonio detuvo su extraña reflexión, para descorchar la botella de champaña. Sirvió dos copas. Luego de beberlas, Carla comenzó muy lentamente a ponerse mala. De un salto le montó encima. -Pues bien, esta noche me ganaré una carta tuya, sea como sea… maldito escritor. Acto seguido salió del cuarto en ropa interior, ante la atónita mirada de Alfredo. -Carla, ¿Qué demonios haces? ¡Regresa aquí, maldita sea, no me vengas con tus arrebatos otra vez! Salió en su búsqueda, desnudo como estaba. Carla le había tomado cierta ventaja, y había abierto la puerta de una habitación contigua. Allí se encontró a un tipo con la espalda enrojecida a latigazos. Una dama vestida entera en cuero negro era su verdugo. -¡Mierda! –exclamó el tipo al verla entrar y salir con la velocidad de un rayo por una ventana. La dominatrix ni siquiera se alcanzó a percatar. Siguió dándole de latigazos en la espalda como si nada. Antonio no daba con la habitación por la que se había escabullido Carla. Golpeó dos o tres puertas. Al fin, se decidió por la correcta. El tipo yacía ahora recostado y la mujer de los cueros negros se ajustaba un cinturón de pene plástico. Reconoció al sometido.

Carla consiguió al fin llegar hasta donde se encontraba la escalera por donde se subía a la terraza del motel. Así lo hizo, y una vez arriba –en la soledad más absoluta- se quitó el sostén y le mostró sus tetas a media ciudad. De más está decir que estaba en su máximo punto de colocación alcohólica. Antonio llegó minutos después, no sin esfuerzo. Ambos se sabían de memoria el motel, por lo que, si bien no era la primera vez que subían a la terraza, sí lo era entrando en habitaciones ajenas y borrachos. -¡Vamos a bajar de inmediato, Carla! -Espera a que salga el sol, luego nos iremos… ¡Sólo faltan unas horas! -¡Ha sido suficiente, por la mierda! Abajo, un par de guardias desesperados arruinaban los íntimos momentos de los clientes, preguntando pieza por pieza: -¿Pasó por aquí un flaquito con el pene al aire? Antonio tomó a Carla del brazo y la forzó a bajar. Ella se resistía bastante bien para estar tan intoxicada. Apretó sus prominentes senos contra Antonio, realizó unas maniobras fabulosas y consiguió ponérsela tiesa. Comenzaron a hacerlo allí mismo, aunque la intoxicación no les permitió terminar como debían a ninguno de los dos. Sin embargo, como escena había estado de puta madre, convinieron. Los guardias, en tanto, habían desistido de la búsqueda y optaron por llamar a la policía.

-Que pase buenas noches, señor concejal. Voté por usted y lo volvería a hacer, descuide -improvisó Antonio. El tipo había sido, en verdad, concejal, pero no ejercía desde hacía meses: la bebida.

El descenso fue algo más complicado que la subida. Sin embargo, lo consiguieron. El problema es que debían pasar nuevamente por la habitación del ex concejal. Se instalaron a espiar el estado de cosas desde la ventana. Escucharon los gritos de la autoridad comunal. Estaba muy colocado, al igual que la dominatrix; sus adicciones eran de

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conocimiento público. -¡Maldita ramera, te dije que era sólo mímica, una cuestión de fantasía! ¡No tenías ningún derecho a meterme esa porquería! -¡Viejo indecente, sólo para atormentarte te diré que soy compañera de tu hija! ¡Se llama Marlén! ¡Se llama Marlén! -Ahora sí que la pagas, ¡De ésta sí que no sales! Carla y Antonio vieron que el concejal sacó un revólver de entre sus ropas, desparramadas en el suelo. La apuntó. Ambos despertaron inmediatamente de sus respectivas borracheras. Se prepararon para presenciar lo peor. El concejal disparó. Fue un tiro certero, de hecho, la chica se derrumbó sin gritar siquiera. La pareja se miró con mezcla de horror y desconcierto. Por ningún motivo podían ser vistos. Aparentemente, no recordaba la escenita de su paso por la habitación. Siguieron observando, ahora muy cautelosamente. El concejal, guardó la pistola, echó a llorar como un crío. A gritos. Luego marcó un número en su celular. -Quiero denunciar que se ha cometido un crimen… sí, homicidio. No, hombre no, ni mujer tampoco, era una ramera… yo fui. No le diré quién soy hasta que aparezcan, payasos. Apunte la dirección. Carla volvió a abrocharse el sostén. Antonio se tomaba la cabeza. No podían volver a su habitación por otra ventana. Pero si seguían allí afuera, podrían relacionarlos con el crimen y ser inculpados de algo. De un momento a otro, el concejal salió con destino a la recepción del motel y aprovecharon de pasar. Evitaron mirar hacia el cadáver de la 102

chica. Recorrieron el pasillo semidesnudos, pero ninguno de los curiosos que habían salido de sus cuartos les increpó. Mejor aún. Nadie los vinculó con lo que había pasado, aparentemente. Entraron a la habitación, se vistieron a toda prisa, y se dispusieron a marcharse. Todo había comenzado con aquellas empanadas de mariscos y con las botellas de buen vino. Otra vez el alcohol, pensaron para sí. La policía no tardaría en llegar, pero no necesitarían sus declaraciones. El concejal yacía en el piso, inmovilizado por dos dependientes del motel. Lo iba a confesar todo, aunque tal vez omitiera la penetración anal de la que fue víctima. Su hija lo odiaría para siempre, de todas maneras. Una dependienta se paró en mitad del pasillo y vociferó: -¡Quien no quiera tener problemas por su estadía acá esta noche, que se vaya ahora mismo! Ambos se marcharon rápidamente. Divisaron a lo lejos las balizas de los carros policiales, pero se metieron por una calle aledaña para no ser vistos. Se produjo una estampida del motel. Varios fueron los que salieron desnudos. Un tipo muy gordo salió de la mano con su novia: aún llevaba el condón puesto en su pene flácido. Otros dos salieron envueltos en una misma sábana. Parecían participantes de una carrera en saco. A la mañana siguiente, Carla despertó mientras Antonio le manoseaba el culo. Tenía una resaca espantosa, desde luego, pero se alegró al encontrar una carta de Antonio en su velador.

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Escuchando a Cerati Llegué a mi departamento de la Remodelación Paicaví pasadas las nueve. Entré a mi cuarto, puse la radio y me tendí sobre la cama. Comenzó a sonar Cerati. Miré a través de la ventana las luces de la ciudad. La progresiva decoloración del cielo se mezclaba con los innumerables avisos publicitarios, colocados estratégicamente sobre las azoteas de los edificios céntricos. Estiré mi mano bajo la cama y encontré una botella de whisky barato hasta la mitad. Sonreí y eché un trago largo. Me sentí mucho mejor. Sonó mi celular. Era Chelo. Otra de sus fiestas. La última vez, una pareja había terminado arrojándole maceteros a los transeúntes desde el balcón, hasta que llegó la policía y se los llevó a todos. Pero no tenía nada más que hacer aquella veraniega noche de sábado. Acordé llegar a las diez y media. A esa hora me levanté de la cama –no quedaba casi nada de whisky- y me metí a la ducha con botella y todo. Alguien había dejado abierta la ventanilla del baño, y por ahí se colaron dos hormigones. Comenzaron su asedio. Tomé la manguera de la ducha y les apunté hasta conseguir que se fueran por el desagüe. Me vestí y me dispuse a salir rumbo al departamento de Chelo. En los pasillos de mi edificio fui atacado por decenas de hormigones. Casi me trago a uno de ellos al intentar maldecirlos. Durante toda la tarde, varios aviones cisterna habían combatido unos cuantos focos de incendio en el Cerro Caracol, en el otro lado de la ciudad. Sin embargo, los muy cabrones pajarracos se las ingeniaron para volar hasta los sectores residenciales y seguir haciendo de las suyas. Derribé a unos cuantos. Después opté por caminar de manos en los bolsillos y con la boca bien cerrada. Compré una botella de pisco en un garito de Avenida Los 104

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Carrera. Después enfilé hacia Barros Arana, la calle donde residía entonces Chelo. Toqué el citófono, y casi al instante percibí que un escupitajo cayó a mi lado, proveniente desde el balcón de su departamento, en el cuarto piso. Oí unas risitas. Tomé un botellín de cerveza que había en la vereda y lo lancé hacia arriba con todas mis fuerzas. Las risas pararon y me abrieron de inmediato la puerta. -Bienvenido Oscar, qué bueno que viniste, nos estábamos quedando sin combustible… -Sí… aquí estoy. Chelo, necesito orinar. Hice una seña a unos cuantos que me saludaron en el living, y entré al baño apresuradamente. Una chica buscaba su celular en la tina… parecía muy afectada con su extravío, por lo que me dispuse a orinar sin que me importara su presencia. Pasé desapercibido. Al salir, fui abordado por un sujeto al que no había visto antes. Tenía puestas gafas, y su camisa tenía una mancha de licor de considerable tamaño. Estaba colocadísimo. -Amigo, vivimos en un país que se hace cada día más viejo, la culpa es de las mujeres: cada día son más exigentes. Ni tú ni yo podremos tener jamás el cuerpo de un dios griego… pero yo tengo la solución a los problemas con las chicas… Me mostró una caluga de color rosado, parecía una goma de borrar gigante. Me explicó que era un poderoso estimulante sexual para el ganado. Me vendía a tres mil pesos la dosis, pero yo había gastado todo mi dinero en el pisco. Le recomendé ofrecer el mágico veneno a un grupo de sujetos de lentes, que conversaban animadamente en un rincón del living. Parecían los indicados. Me serví un vaso bien fuerte y me acerqué a Dientes de Sable. Después de intercambiar algunas impresiones, respecto a la autoestimulación erótica de las hormigas africanas, 106

fui a por otro vaso. Piscola cabezona. Entonces noté que Chelo y otro más forcejeaban para sacar del departamento al tipo del estimulante sexual. Sin embargo, fueron convencidos por él para dejarle tomar un trago más, y luego marcharse. En la cocina, Miguelón apuraba una botella de tequila, mientras a su lado bailaba animadamente una jovencita. Comenzó a hablarle algunas cosas al oído, pero a ella parecieron no gustarle del todo, pues se dio la vuelta y lo abandonó, dejándolo a solas con el licor. Miguelón se dio cuenta de que lo observaba, me miró y se encogió de hombros. Después hizo un brindis a la distancia. Se me acercó una chica llamada Isabel. Nada mal. Un cuerpo esculpido en gimnasio, un trabajo en una aburrida oficina, y una creciente necesidad de emociones extremas. Parecía realmente interesante. Es más, todo iba demasiado bien hasta que comenzó a hablarme de las voces. -Al principio no me gustaban nada, me ponían nerviosa. Pero mi terapeuta me aconsejó aceptarlas, después de todo eran simples voces. Debía ignorarlas y punto. Un día desperté y no las oí… comprendí que se habían marchado para siempre, ¡me habían abandonado! Las voces esto, las voces esto otro. Que no pensara que estaba loca, que ya se había aguantado seis horribles meses de internado en el siquiátrico, y que se sentía maravillosamente recuperada. Una bendición de dios. Al principio le creí, e intenté seguirle el juego. Incluso me serví otro par de vasos escuchándola. Pero entonces: -¡Dios mío, qué espanto más grande! ¡Los hielos de tu vaso dibujan a un hombre decapitado! ¡Fíjate! Había visto toda una escena en mi inocente vaso de pisco. No lo soporté más. Me despedí con un frío beso en la 107


mejilla, le cerré un ojo y me fui. Ella sonrió. La última vez con una esquizofrénica terminé destrozando junto a ella la habitación de un motel. Todavía no terminaba de pagar los daños, de hecho. De mi bella esquizo no supe más.

Entonces el tipo, en un acto verdaderamente irracional, mordió la caluga y salió disparado de la habitación. Un loco rematado, de esos con voluntad suficiente para materializar sus demenciales ideas. Muy peligroso, pensé.

Salí al balcón y pronto me vi solo en medio de dos parejas que se besaban apasionadamente. Tenía una pareja a cada lado. Los tipos estaban frente a mí, mientras que sus chicas me daban la espalda. Necesitaba respirar algo de aire, y los ignoré a todos. De pronto se me ocurrió mirar levemente hacia mi derecha, y entonces me percaté de que uno de los tipos tenía los ojos abiertos y me miraba mientras besaba a su chica. Entrecerraba los ojos. Le sonreí, me acerqué y le agarré el trasero a su chica. Ella se dio la vuelta y lanzó una carcajada estridente. Demasiado ebrios como para hacerlo esta noche, pensé. Les sonreí y me fui a por más pisco.

Vacié de un trago lo que me quedaba, me despedí de Chelo, y salí de su pieza. El tipo del afrodisíaco vacuno se había derrumbado en medio del living y, aunque no puedo afirmarlo, me pareció haber visto que algo de color gris salía de su boca. Yacía sobre la alfombra y a nadie parecía importarle, la gente seguía hablando, bailando y riendo a su alrededor. Abrí la puerta y salí.

Entré, me serví un último vaso, y caminé hacia la puerta. En aquel corto trayecto, me di cuenta de que tambaleaba ligeramente. Algo no andaba del todo bien con la motricidad de mis piernas. En medio de un descanso de la estridente música, se escuchó un ruido como de forcejeo, seguido de un alarido. Aparentemente se había armado una discusión en la pieza del anfitrión. -¡Aquí no, degenerado, en mi departamento no permito que uses esas porquerías! – exclamó furioso Chelo.

Al bajar las escaleras del edificio, escuché a una pareja conversando animadamente un poco más abajo. Me asomé por la baranda y vi a una atractiva jovencita tomada de la cintura por Miguelón. Me los topé en la salida. Era Isabel. -¡Que pasen una buena noche chicos! -les grité modulando lo mejor que pude, mientras caminaba a tumbos por calle Janequeo hacia mi departamento. -¡Eso está garantizado, Oscar, garantizado! –me respondió Miguelón, perdiéndose luego en la extraña bruma nocturna de Concepción.

-¿Ah, sí? pues dejemos que las damas lo decidan, yo lo traía de puro buena onda no más… -¡Te dije que no! O te largas o te echamos a patadas. -¡No vuelvo nunca más a una de tus fiestas de mierda! – exclamó el tipo sosteniendo la gran píldora en sus manos. -¡Favor que nos haces, desgraciado! 108

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El arte de vivir Roberto lo tenía arrodillado frente a sí, y en ningún momento dejaba de apuntarlo con su pistola. De pronto bajó su cierre y pensó en orinarlo, pero después cambió de idea y le indicó que se la chupara. El Rudo se negó y Roberto apretó el gatillo. Bañado en sudor y sangre llegó caminando a su casa. Allí le esperaba como cada noche Sonia, su compañera. -Has tardado más de lo habitual, y vienes todo ensangrentado. ¿Qué te pasó?, ¿qué hiciste? – le inquirió. -Vamos, no te hagas la desentendida, sabes muy bien a qué me dedico. -¿Cuándo te buscarás un trabajo decente, por dios? -En cuanto me haga rico siendo justiciero… -¿Justiciero?, yo le llamaría sicario. Además, nunca te harás rico así; te obligan a trabajar a deshora, arriesgas tu vida sirviendo a esos infelices que además te pagan una miseria. -Eso no es cierto, mujer, ¿acaso te falta algo?, maldita sea, ¿es que no puedes ponerte un segundo en mi lugar? -¿Qué hay de mi lugar? El Estado secuestra cada noche a mi esposo y le obliga a cometer los más horrendos crímenes contra quienes no tienen defensa alguna… ¡ustedes son un montón de cobardes! –explotó la chica. Roberto se exasperó a tal grado que tomó a Sonia y la zamarreó, luego continuó vociferando, aún con sus ropas ensangrentadas. 110

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-¡Soy quien mantiene este hogar, no tienes el menor derecho a reprocharme nada, ve a cocinarme algo y después más vale que estés dispuesta! -Pero Roberto, hoy yo no puedo… Entonces él la abofeteó de ida y vuelta. Sonia cayó sobre la cama y Roberto, cual desquiciado animal, se abalanzó sobre ella y no paró de golpearla hasta hacerla sangrar. Luego se levantó, se quitó la camisa y se metió a la ducha. Sonia se limpió la cara y fue a la cocina. Se sentía, herida, roja y alterada. Era la primera vez que algo así sucedía. Tal vez había sido consecuencia de las misteriosas pastillas que él tomaba desde que entró en aquel extraño escuadrón policial. Triste y súbitamente, quien fuera el hombre de su vida se transformó en una bestia. Mientras tenía una lata de atún en la mano, se dio cuenta de que el arma de Roberto yacía a un costado de la cama. Sin pensarlo dos veces la tomó. Alguna vez, él le había enseñado cómo usarla. Roberto salió del baño cubierto sólo con una toalla. Tenía ojos insanos. Sonia se sintió confundida con la situación, hasta que el hombre gritó: -¡Chúpamela, nena! Y ella descargó tres tiros.

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Delirium tremens Se sentó frente al computador, a esperar a su novia. Era poco después de las ocho y media, pero estaba verdaderamente oscuro. Pese a los consejos de su médico, su familia y sus amigos, se aprovisionó de suficiente licor para esperarla. Ella llamaría, y él tendría entonces que bajar de su departamento a buscarla. Eran tiempos difíciles. Se levantó y caminó hacia el cuarto de baño. Acostumbraba a llevar su teléfono móvil a mano, incluso en el baño. Alguien llamó, era Sofía, su novia. -¿Aló, César? -Hola, dime. -Llegaré un poco más tarde de lo que te dije. Esto se va a poner muy bueno, así es que ojalá tengas buen aspecto cuando me vayas a buscar a la calle. -No sé a qué te refieres… -Sí que lo sabes. Desearía que no bebieras. -Ah, ya. Nos vemos. César cortó, enrolló un poco de papel higiénico en su mano, se limpió y lavó sus manos con abundante jabón. Volvió a su cuarto, destapó una botella de ron y mezcló el licor con bebida en un vaso grande, en iguales proporciones. Desde hacía unos tres meses, estaba verdaderamente enganchado con el ron. Al principio, no le llamaba demasiado la atención. Pero luego se puso de moda entre sus camaradas de juerga y le dio por beberlo a diario. Por las noches 114

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era exquisita diversión. Algunas mañanas, casi una medicina. La mayor parte de las veces le atribuía aquel valor al alcohol. Incluso, para espanto de quienes le frecuentaban, comenzó a coleccionar las botellas vacías en su habitación. Daban varias vueltas a su cama y escritorio. Sofía tropezaba casi a diario con alguna.

rectamente en el primer bar que encontró. Siempre tenía sed. Y ahora estaba frente al computador, esperando a su novia, con demasiado licor a su alcance.

Su teléfono sonó de nuevo; Juan, un viejo camarada.

De pronto, escuchó un ruido proveniente del primer piso de su departamento. Echó un vistazo desde la puerta de su habitación. Estaba oscuro, y nadie más podía estar en casa, los demás ocupantes estaban lejos, muy lejos.

-¿Estás solo, zorro?

Retomó la concentración en los versos…

-Así es.

Una joven ha sido desflorada Frente a los azules ojos de su madre Rodeada por media docena de oscuros monjes Acarició sus pechos antes de entregarse a su padre

-¿Te apetece tomarnos unas cervezas en el Luces Azules? -Lo siento, pero estoy intentando escribir. Que sea otro día, ¿vale? -Muy bien. Cuídate. Cortó. Bebió un poderoso sorbo de su vaso. Lo redujo a la mitad. Encendió un cigarrillo. Empezó a escribir su poesía mierdosa: Una rosa llora solitaria en medio de un huerto Mientras cientos de almas se fraguan alrededor Gracias a los ignorados suspiros de los muertos… Se sirvió otra ronda. Hacía mucho calor. Y sed. Bebió rápidamente, desobedeciendo la prescripción médica. Una semana antes su doctor le había dicho: -César…, un par de borracheras más como la última y el licor te tendrá enganchado de las pelotas. No te bastará con la fuerza de voluntad de la que tanto te jactas… Debes comprometerte a dejar la bebida, por dios…

Sentía que no le nacía tan fácil como antes. Acaso fuera por su cabeza ofuscada por efecto de la bebida. Antes no le ocurría, las borracheras solían ser gentiles herederas de creatividad y producción literaria. Se sintió confundido y de un momento a otro volvió a escuchar ruidos en el primer piso. Lo ignoró. -¡César! Detuvo su teclear. Alguien le había llamado por su nombre. Se levantó y caminó por el departamento, buscando al misterioso invitado, pero no encontró a nadie. Regresó a su cuarto. -¡César! Reprimió su incipiente temor. Miró por la ventana hacia la calle, mas nadie había cinco pisos más abajo. Acabó su vaso y se sirvió otro, y otro más. -¡César!

Y él se marchó de la consulta sin decir palabra. Se metió di-

No estaba dispuesto a dejarse llevar por la sugestión. Echó

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otro trago. -¡No huyas de mí, César! ¡Por tí he venido! Se tomó la cabeza con ambas manos. Estaba recién comenzando, al parecer. A un amigo le había pasado hacía muy poco. Entonces se rió mucho de su historia del pelícano y de las flores carnívoras, con senos hermosos y brazos verdes, delgados, y sus besos venenosos. No obstante, algo sucedía dentro de su cabeza esa noche. Una sensación de miedo se fue adueñando lentamente de César. Al menos, por el momento, sólo se reducía a voces. Era algo tolerable. No era fácil ignorar a sus oídos, pero sería peor aun intentar minimizar algo que pudiera ver. Cerró sus ojos y sus pensamientos comenzaron a girar en torno a su madre. Su mente era como un caballo desbocado, galopando ciego por una pendiente verde, bajo un cielo que cobijaba a dos arcoiris, amándose el uno al otro, enredados. Éxtasis. Veía a su madre mirándole por la ventana del segundo piso, en la casa de su infancia, esperándole. Era aún un adolescente, venía de jugar a la pelota con unos amigos. En casa no estaba el padre. Se había marchado, acaso retornaría. Pero allí estaba ella, con la sonrisa celestina de siempre, esperando a que él llegara para servirle once. Los rayos del sol se reflejaban en sus pupilas, dándole un color muy parecido a la miel. Y él, que se sentía tan cansado y triste, al doblar la esquina y ver a su madre detrás del visillo recuperó su ánimo. Pero entonces el rostro de su madre cambió de expresión. Pareció como si una repentina angustia fulminara sus otrora alegres facciones. Echó a llorar y descorrió el visillo, abrió la ventana y recién en ese momento se percató de las lágrimas que suavemente resbalaban por sus mejillas. No quiso ver más. Abrió los ojos.

traposa y la boca reseca. Pronto se percató de que sudaba. Sintió un escalofrío, y luego una sensación de húmedo calor le recorrió el cuerpo. No alcanzó a poner sus labios en la copa, cuando sobrevino lo peor. El rostro angustioso de su madre se apoderó de la pantalla de su computador. NO. No podía ser real, frotó varias veces sus ojos para desprenderse de la fatídica imagen. ¿Por qué lo buscaría su madre?, ¿qué querría de él, si hace muy pocos días había estado con ella? En esa ocasión, una vez más le había manifestado su preocupación por su adicción al alcohol. Los rumores de sus ininterrumpidas borracheras habían llegado hasta aquel pueblo de mierda donde vivía su madre. Lo evitó, contestó con evasivas, omitió las últimas informaciones. Al final, no consiguió tranquilizarla. Pero no recordaba haberla visto llorar. Sus manos temblaban. Se sentía débil, impotente de llevar a cabo algún movimiento que requiriera mucha fuerza. -¡César! Miró sin interés hacia su lado. Su madre le miraba desde el umbral de la puerta de su habitación. No recordaba haberla abierto. No recordaba cómo había empezado a beber. Pestañeó con fuerza, pero ella seguía allí, mirándolo con la misma cara de angustia y desesperanza. Finalmente, le habló. -Mira cómo me tienes, César… ¿acaso lo merezco? -Tú no existes, no estás aquí. Estás muy lejos, además te quiero. -No voy a lastimarte, hijo mío…

César se incorporó y se sirvió otro trago: sentía la lengua

Y entonces César percibió una agitada respiración que venía desde sus espaldas. Se dio la vuelta y vio a su madre

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clavándole los ojos, blanquecinos y fuera de sus órbitas. Gritó de horror. Se levantó de un salto, pasando a llevar su vaso, que derramó abundante licor en el piso. Salió a toda prisa de la habitación y se metió en el baño. Cerró la puerta con seguro. -¡César, hijo, abre esa puerta! César levantó la tapa de la taza y vomitó largo rato. Luego cayó en un estado de somnolencia etílica. Permaneció largo rato abrazado a la taza, con parte del vómito escurriéndosele como una curiosa especie de barba alrededor de su boca. De pronto despertó. Se mantuvo con los ojos abiertos y aguzó el oído; al parecer su pequeño trance alucinatorio había terminado. Salió de la habitación a tientas. El departamento estaba a oscuras. No recordaba por qué no había encendido las demás luces. Oprimió todos los interruptores que pudo, hasta hacer algo de luminosidad. Volvió a su cuarto y entonces sonó su teléfono. Temblaba su voz. -¿César? -Hola Sofía, ¿c-cómo está la fiesta? -Muy bien, en media hora más me voy para allá, te marco el teléfono para que bajes a buscarme… -Está bien, intentaré mantenerme despierto, maldición… -¿Has estado bebiendo? -No, qué va. -Mmm… pues nos vemos un rato más, chau. Se había acabado la bebida, por lo que César comenzó a 120

echar tragos esporádicos de ron puro. Intentó continuar escribiendo, pero su creatividad literaria volaba en una dimensión paralela a sus ideas… Bajo el living de mi hogar encontré el cadáver de un niño pequeño Primero divisé al fantasma de rasgadas vestiduras atravesando paredes Luego supe que el cuerpo putrefacto era yo con mis ojos devorados por los cuervos ¡Maldita inocencia, maldita inocencia! Sus manos temblaban más que antes, y los escalofríos se multiplicaban. No estaba bien, la embriaguez se estaba poniendo mala. Luego vinieron las convulsiones, pero no estaba dispuesto a vomitar una gota más de la mezcla de alcohol y bilis. Se recostó y cerró los ojos. De pronto se sintió rodeado por pequeñas presencias. Se resistía a abrir los ojos, la estaba pasando mal. Pero su duda pudo más, lo que vio entonces le horrorizó de forma tal que erizó hasta su última célula capilar: estaba rodeado de crustáceos dotados con grandes tenazas, que abrían y cerraban con cierta rapidez. Allí en medio de su cama, en plena ciudad, en un quinto piso, rodeado de hostiles crustáceos. Escuchaba el sonido de sus tenazas, mas no se acercaban. Aparentemente se sentían conformes con amedrentarlo; aun así estaba horrorizado y gritó un par de veces. Pronto se silenció por miedo a que los animalillos le atacaran. Sonó su teléfono, que estaba sobre el escritorio. Le costaría un infierno llegar hasta él y, sin embargo, sacó cojones de quién sabe dónde y –ojos cerrados- se incorporó a medias, contestó llorando, como un animal herido. -¡Ya voy, Sofía, aunque estoy en medio de la playa, con soles dorados y crustáceos proletarios organizados! 121


-¿De qué mierda hablas, César? Tenemos que conversar ¡estoy segura de que estuviste bebiendo! -Te equivocas, es el licor quien me ha bebido, y se ha intoxicado con mi veneno de histeria… -Cierra la boca y baja a buscarme, infeliz, que ya voy llegando. Cortó. Se percató que los crustáceos habían desaparecido, aunque estaba seguro de que sólo se habían ocultado momentáneamente. Sabía de treguas. Su vida entera había consistido en una. Se levantó, no sin recelo y aún espantado. Tomó su chaqueta y bajó las escaleras del edificio. En medio de las paredes del inmueble parecía ocultarse el rostro de su madre, y una que otra tenaza. Salió a la calle, muy colocado y con restos de vómito en su camisa y salpicaduras en pantalones y zapatos. Caminó hacia la esquina de la Avenida Los Carrera con Paicaví. Ahí estaba Sofía. -Hola. Disculpa el atraso, me dormí; he tenido una noche desquiciada. -Estás bebido y vomitaste ¡Prometiste no volver a hacerlo! -Soy hombre de palabra: jamás lo prometí. -Lo juraste por tu madre. -Mi madre me ha salido hoy hasta en el fondo del retrete, mañana la llamaré por teléfono. Ahora no quisiera saber nada más de ella, si eres tan amable. -Necesitas comer algo, vamos al servicentro. 122

César estaba demasiado aturdido como para oponerse. Caminó como un autómata, llegaron al local y ordenaron sandwich, papas fritas y bebidas con abundante hielo. Sofía obligó a César a tomarse un café cargado. Él no lo había percibido, debido a su bestial embriaguez, pero lo cierto era que Sofía andaba también ligeramente colocada. Seguramente había sido el pisco sour, pero su propia borrachera le había devuelto la lucidez. Una vez satisfecho, César salió de la mano de Sofía, en dirección a su departamento. Faltaban diez minutos para las cinco de la madrugada. Él caminaba tambaleante. Así llegaron a casa, y se desvistieron. No estaban ni los crustáceos, ni su madre, ni las voces quejumbrosas: César se sentía mejor. “Sobreviví, no volverá a ocurrirme algo así”, pensaba. Apagaron la luz y se metieron en la cama. A los pocos segundos se escucharon unas sirenas de bomberos. César estaba realmente obsesionado con los incendios, por lo que se incorporó de un salto y miró por la ventana. A lo lejos, detrás de unos edificios, se veía una gruesa columna de humo. Excitado, César remeció a Sofía y ella se levantó a mirar. La gran cantidad de humo, y el resplandor de las llamas –que seguro alcanzaban varios metros de altura- la motivaron a llamar a la radio donde trabajaba como periodista. -Aló, ¿saben algo del incendio? -Una fábrica de baldosas, calles Ejército y Castellón, intencional al parecer, obra de pandilleros embroncados con el dueño…. –contestó una voz del otro lado. -Ah, ya. Ambos se quedaron un buen rato mirando el combate a las llamas por parte de bomberos, a la distancia. Luego se vol123


vieron a acostar, esta vez durmieron, aunque César despertó dos veces producto de demoníacas pesadillas. Después de tres horas, ambos se levantaron –resacas incluidas- y no alcanzaron a tomar desayuno. Había muerto el dueño de la empresa donde trabajaba Sofía, y debía correr a su trabajo, aunque fuera domingo. César, en tanto, tomó una micro y se dirigió a ver a su madre.

Alucinaciones Rodolfo timbró los últimos papeles y escarbó en el bolsillo interior de su chaqueta. Extrajo un papel muy arrugado. Ahí estaba la nueva dirección de Eliana. Ordenó de mayor a menor media docena de libros de actas que yacían dispersos sobre su escritorio, se puso la chaqueta y se largó desde la oficina donde trabajaba. -¿Qué día es hoy? –preguntó a su secretaria antes de abrir la puerta. -Hoy es viernes, señor –respondió. -Gracias, Alicia. Hacía muchos fines de semana que no tenía un panorama, en verdad. -Que pase un buen fin de semana, señor –contestó su secretaria, mientras soltaba su pelo. -Lo haré, pierda cuidado. Nos vemos el lunes a las ocho, como de costumbre. Adiós. -Adiós, señor. Rodolfo bajó las escaleras y fue hasta el estacionamiento. Mientras el motor de su viejo coche se calentaba, encendió un cigarrillo. Eliana, su ex esposa, necesitaba verlo después de tres años. Bien sabía que no se trataba de una cita amorosa. No del todo, al menos. Seguramente necesitaba arrebatarle alguna valiosa información, o proponerle algún deshonesto trato. Duraron cinco años casados. Los cuatro primeros años fueron realmente felices, pero entonces ella quedó cesante y fue a parar al mismo puesto de captador de clientes

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que desempeñaba Rodolfo… en la empresa rival. Y desde que comenzó a trabajar para la competencia, las cosas no marcharon bien. Las discusiones por motivos laborales se hicieron frecuentes y pronto comenzó a nacer entre ellos una voraz y desleal competencia. Así, los éxitos laborales de uno y otro terminaron dinamitando el amor. Después de un año de aporreos y furias, decidieron separarse.

-Me recuperé con creces de tu último intento de sabotear a mis clientes… si a eso te refieres.

Sin embargo, pasados algunos meses volvieron a verse a cada tanto, hasta que en una oportunidad Eliana exigió a Rodolfo que le proporcionara algunos datos de su compañía, para poder valerse de ellos para captar un importante cliente. Rodolfo se negó y entonces se separaron brusca y definitivamente… hasta esa noche.

-Honestamente no sé si debería creerte alguna cosa, Eliana.

Rodolfo buscó en el citófono el número del departamento de Eliana y llamó dos veces. Una fría voz le contestó. -¿Quién es? -Soy Rodolfo, Eliana. El portón eléctrico crujió y se abrió, y entonces Rodolfo entró al ascensor. Al llegar al noveno piso, encontró la puerta del departamento de Eliana entreabierta. La empujó suavemente y entró. Eliana se encontraba sentada en el sofá, de piernas cruzadas, elegante falda corta y un escote lo suficientemente pronunciado como para llamar su atención. -¿Cómo te encuentras Rodolfo? Hacía mucho que no nos veíamos… más tiempo del que una ex esposa esté dispuesta a aceptar… -Permíteme ser descortés, Eliana, pero ¿qué te traes entre manos?

-Rodolfo, no hay razón alguna para que menciones las grietas oscuras de nuestro pasado. No creerás que te he invitado a mi nuevo departamento para que hablemos del trabajo ¿o sí?

-Vamos. No seas tan duro. Quítate esa gruesa chaqueta, aquí dentro no hace frío. De hecho, hace mucho calor. Discúlpame, vuelvo enseguida, sírvete un trago si gustas. Rodolfo se quitó la chaqueta y se sentó, pero inmediatamente se levantó y fue hasta la barra del sofisticado bar ubicado en un costado de la habitación. Se preparó un whisky a las rocas. Eliana tenía buen whisky. Ya se había olvidado de lo que era el buen whisky. Las constantes quitadas de clientes por parte de Eliana le habían desfondado más de una vez en el último tiempo, por lo que no se permitía licencias. Sin embargo, se traía entre manos un proyecto verdaderamente importante. Una cartera nueva de grandes clientes. Dinero a raudales. Tal vez por eso se sentía con la seguridad necesaria para encarar a la arpía de Eliana. No conseguiría reírse de él otra vez. Incluso estaba dispuesto a irse a la cama con ella y luego abandonarle allí, dejarle tirada como a un rival ya derrotado, para pronto degustar las exóticas fragancias del olimpo del triunfo...

-¿Entre manos? Nada. Sólo quería saber qué había sido de la vida de mi gran amor de juventud…

Eliana regresó y se preparó un whisky a las rocas, había atendido una llamada. Seguramente de alguno de mis antiguos clientes, pensó Rodolfo.

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-Rodolfo, sé que hemos pasado por muchas situaciones desagradables estos últimos meses… -¿Te refieres a tu nefasta influencia en mi vida laboral? -No le llamaría así, pero escucha, eso no es lo importante… -No, qué va. -Rodolfo, aunque no lo creas, te he extrañado muchísimo. -Pues, las únicas noticias de ti las he sabido por boca de los clientes que me continúan siendo leales, y no han sucumbido a tus tentadores artilugios comerciales -Rodolfo, a veces lamento muchísimo que no hayamos alcanzado a tener hijos. Tal vez mis palabras te puedan parecer precipitadas, pero… -¡Eso jamás! Tus palabras siempre me han parecido falsas, pero nunca precipitadas. -Reconozco que estamos muy lejos de ser los compañeros que un día nos comprometimos a ser, pero cada mañana siento en mi pecho una extraña sensación, como de querer recuperar lo que hemos perdido. -Eliana, han pasado muchas cosas y esto requiere una conversación profunda. Te propongo que vayamos al Barros 13, cenemos y luego nos volvemos y conversamos todo lo que requiera ser conversado. No sería capaz de enfrentarme a una charla seria acerca de nuestro pasado con el estómago vació. -Veo que tus modales no han cambiado mucho… ¡acepto encantada tu invitación!

-Entonces, ¿es una cita? -No intentes llegar muy lejos... es la primera después de mucho tiempo. Ambos terminaron sus tragos. Eliana se dirigió a su cuarto a arreglarse, Rodolfo entró al baño. Al salir Eliana ya estaba lista. Lucía espléndida. -Sólo me gustaría pedirte una cosa… ¿me dejarías conducir a mí? Es que acabo de obtener mi licencia y sería maravilloso poder estrenarla en esta oportunidad. -Como quieras. Rezo los domingos y espero que sea suficiente para que Dios se apiade de mi compungida alma, en caso de que terminemos ensartados en un poste. -¡Vamos, no seas tan duro! ¿Es que acaso no confías en mí? -¿Tendría algún motivo para confiar en ti? Eliana no contestó y ambos salieron del departamento. Al llegar a Barros 13, Rodolfo le ajustó la silla a Eliana, un gesto del cual él mismo se asombró de ser capaz de realizar. Pero fue caballero. Pidieron la carta y seleccionaron carnes y verduras. Además de sus respectivos aperitivos. En cuanto llegaron los platos, Rodolfo se dedicó principalmente a engullir, sin prestar demasiada atención a lo que Eliana le decía. Sólo cuando escuchaba alguna frase que le produjera un leve atragantamiento, colocaba atención y respondía. -¿Si una mujer que amaras te lo propusiera aquí y ahora aceptarías tener un hijo con ella?

-No recuerdo haber mencionado que yo pagaría la cuenta…

-No he conocido aún a esa mujer… -se limitó a responder y siguió devorando su plato.

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Cuando ambos hubieron terminado el postre, Rodolfo pidió un bajativo. Eliana se abstuvo. -Tengo que conducir de vuelta, ¿lo olvidas? -Entonces continuaré esta charla a mi manera. Rodolfo llamó al mozo y ordenó un whisky. Eliana comenzó a mirarlo provocativamente a los ojos. Rodolfo ya sabía lo que se venía, sin embargo, quería hacerlo lo más bizarro posible, con el objetivo de consumar su venganza de una manera perfecta. La desecharía, estaba seguro, pero antes le daría una lección. Dejaría que se entregara como una vil ramera en busca de algún ambicioso objetivo. Entonces se lo negaría y la dejaría ahí, mancillada. Luego, él se elevaría hasta el infinito con su nueva cartera de clientes. Seguro trataría de sacarle información. No escatimaría el menor artilugio. Incluso durante el furioso éxtasis de la intimidad, pensaba Rodolfo, Eliana podría intentar arrebatarle algún dato, alguna ficha o algún apellido de interés. Debía ser un personaje frío pero maldito al mismo tiempo. Luego de un par de vasos más, Rodolfo pidió la cuenta y la canceló íntegramente de su bolsillo, pese a la insistencia de Eliana en pagar la mitad. De allí se dirigieron a una concurrida salsoteca, ubicada algunas cuadras más allá del Barros 13, en la calle Serrano. Hasta el momento, el plan de Rodolfo estaba dando perfecto resultado, ya que a su juicio seguía llenando de expectativas la cabeza de Eliana. Con el objetivo de poseer control absoluto de sus actos, interrumpió su consumo de alcohol, y bebió jugo de frutas por el resto de la noche.

la tibieza de sus labios rojos. Entonces susurró. -Quiero que tiremos toda la noche, como antes. Sé salvaje, hazme lo que quieras y por dónde quieras. Te quiero malo, muy malo; ya sabes que me he portado mal… Rodolfo tomó aquellas tórridas palabras como una señal. La señal. Se sentía muy fresco, pese a haber dejado hacía mucho su vida bohemia. La invitó a largarse lo antes posibles de la salsoteca para ir hacia el departamento. Dicho y hecho, ambos se fueron a toda prisa del lugar. Dentro de sí, Rodolfo sentía ya muy cercano el triunfo que le reportaría su venganza. Iba sentado obedientemente en el asiento del copiloto, con la ventanilla abierta, los apropiados blues de Clapton a todo volumen y la brisa de la noche otoñal de Concepción en su rostro. Las pocas estrellas visibles serían testigos de su victoria. Al llegar al departamento, Eliana se sacó los zapatos de tacón y se recostó sobre el sofá blanco y reluciente. Rodolfo se quitó la chaqueta y la camisa, pero Eliana le interrumpió. -Espera. Te tengo una sorpresita. Dame un minuto. -Dispones de cuarenta y cinco segundos. Eliana se dirigió entonces a su cuarto. Sacó un sostén de encaje que le resaltaba más aún su excelente busto. Luego extrajo del cajón de su velador un pequeño frasco. Untó las puntas de sus dedos en él y luego esparció suavemente una aromática crema en sus pezones. Luego los sopló para que secaran pronto y, como una profesional, se ajustó el fabuloso corpiño.

En un momento, mientras bailaban, Eliana apegó su boca al oído derecho de Rodolfo, hasta rozarlo suavemente con

En cuanto Eliana salió de su habitación, un impaciente Rodolfo quedó impresionado con lo que vio. Jamás, en sus

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cinco años de matrimonio, su mujer le había parecido más hermosa a como lucía esa noche. Tan grande y benigna fue la impresión, que hasta llegó a reprocharse los oscuros pensamientos con que había abordado aquella cita, y la cruel frialdad con que esperaba humillar a su ex mujer. En una fracción de segundo, pensó en que tal vez ella realmente le deseaba de vuelta como su marido y padre de sus futuros hijos. Entonces ella se sentó a su lado y, mientras suave e hipnóticamente recorría con las yemas de sus dedos su abultado escote, Rodolfo echó fuera corbata y camisa, para luego besar a Eliana. El primero fue un beso sencillo, pero el segundo evidenció toda la pasión conyugal que por más de tres años estuvo sumida en la indiferencia primero y el olvido después. Luego vino el momento para Rodolfo de besar aquellos senos tan magníficos que tenía frente a sí. Comenzó por recorrerlos lentamente con su lengua, bordeando los contornos de las areolas color manjar de Eliana. Pronto se dio cuenta de que tenían un sabor fuera de lo común. Era un sabor dulce y extremadamente delicioso. Succionó frenéticamente. Primero un pezón, luego el otro, y así sucesivamente por un buen rato. Cada vez le parecía más exquisito su sabor. -Querida, ¿con qué manjar has aderezado tus pechos para que se sienta tan increíble devorarlos a besos? -Yo creo que es el tiempo que han esperado por tus labios y tu lengua lo que los ha puesto así.

la alfombra besando y succionándolos una y otra vez. Un buen rato después, Eliana se incorporó y debió empujar levemente a Rodolfo para poder hacerlo. Al separarse de Eliana, Rodolfo sintió como si despertara de un sueño. Se sintió muy mareado, y aunque en un comienzo pensó en disimularlo para no arruinar el momento, el vaivén de su cabeza se le hizo insostenible. Pronto comenzó a ver, en lugar de a Eliana, a una figura casi divina que le hablaba con voz mística y profunda. -Ahora eres mío, pequeño Rodolfo. -Sí que lo soy. Soy… tuyo. No sé qué me pasa, mi diosa, ohhh, no quise decir eso mi diosa ohhh dios, otra vez… Entonces, Rodolfo cayó en un estado de extraña somnolencia. Frente a sus ojos pasaron imágenes de todo tipo. Muchas de ellas correspondían a situaciones que había vivido en los últimos días. Eliana le formulaba preguntas y él visualizaba y describía sus respuestas. No podía dejar de relatar todo lo que veía. A ratos abría los ojos y entonces notaba a Eliana sentada en el sofá, con sus pechos aún al aire, tomando nota de lo que él le decía. Sin embargo, era inútil tratar de contenerse. Le estaba relatando su vida novelada y con lujo de detalles. -¡Qué hermoso ese día martes! El aire se sentía mucho más liviano después de esa reunión con el gringo estúpido de Henry Standford. ¡Ja!, pero qué suerte habérselo ganado a la arpía de mi ex mujer…

-Creo que… te amo, querida.

A veces balbuceaba cosas como la siguiente:

La escena duró varios minutos. Eliana sentada en el sofá, erguida y colocando sus pechos en la posición correcta, sus brazos colgando a los lados, y Rodolfo arrodillado en

-Sé exactamente como ganarme a la firma de los Gómez, y al petulante que representa a los abogados Irizábal. Pero con la firma de los chinos Hu & Meng tengo mi horizonte

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seguro. ¡Prepárate para tu fin, Eliana! Rodolfo estuvo así por espacio de una hora, cuando de pronto sintió que era sujetado de los brazos por dos sujetos bastante más fornidos que él. Inútil era intentar dialogar, debido a que sólo tenía palabras para describir lo que veía en sus alucinaciones. Tampoco se sentía con fuerzas para gritar. La última imagen que tuvo de Emilia fue cuando los matones lo sacaban del departamento. Se había puesto una polera que no dejaba ver mucho…, y parecía repetirle una y otra vez la misma frase… -¡Ni siquiera vas a recordar a qué hora saliste del trabajo, idiota!

En la marcha Iba caminando por la calle. Llevaba ya varios días sin probar la bebida. Y entonces vi que de pronto el tránsito había sido interrumpido por manifestantes. Portaban carteles explicando sus demandas, al parecer algunos de ellos eran pescadores, otros cesantes, la mayoría aparentemente eran estudiantes. Incluso, andaba uno vestido de viejo pascuero. Portaba un cartel que decía: SUBAN LOS SUELDOS, HIJOS DE PUTA. Me pareció muy simpático. Me uní a ellos. Resultó ser que venían marchando desde el otro extremo de la ciudad, desde la Universidad. Se dirigían a la Intendencia o algo así. Eran alrededor de quinientos. Algunos llevaban tambores y otros bailaban. Varias chicas llamaron mi atención. Comencé a caminar con ellos. Algunas caras me parecían conocidas, pero no me acerqué a nadie. Era octubre y el tiempo andaba medio raro. De pronto se puso a llover. Una lluvia descomunal. Algunos de los manifestantes, los menos, huyeron despavoridos a refugiarse bajo alguna techumbre de los locales comerciales del centro de Concepción. En cambio, la mayoría siguió marchando y empapándose. A mí siempre me ha gustado la lluvia, así es que me daba lo mismo quedar echo sopa. El Viejo Pascuero también eligió mojarse. Hubo unos cuantos truenos. Un par de bombas de ruido pasaron desapercibidas por la acción de los truenos. La Naturaleza también estaba protestando. Y así llegamos hasta las afueras del edificio de la Intendencia. Pude notar que varios a mi lado sacaron huevos. En fin, pensé, me hace falta un poco de ejercicio y arrancar de la policía suele ser bastante divertido. Paró de llover en el momento en que un cinturón de Fuerzas Especiales de la policía se colocó en la puerta del edificio, para evitar

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que algún manifestante entrara. Asimismo, un carro lanza aguas y otro lanza gases terminaron por rodearnos. La masa empezó a gritar, pidiendo la renuncia de las autoridades. Había estallado, al parecer, un nuevo caso de corrupción, y entonces el gobierno echaba mano a su fuerza para menguar las exigencias, de la misma gente que los situó en el poder. Estaba tratando de comprender esta cuestión cuando algunos comenzaron a arrojarles huevos a los policías. Decenas de huevos cayeron sobre los uniformados jactanciosos detrás de sus cascos, sus garrotes y sus escudos. Quedaron como si hubiesen desfilado bajo una enorme bandada de gaviotas diarreicas. En ese momento empezó la trifulca. El guanaco actuó y nos dejó a varios levemente más mojados de lo que ya estábamos. Y la policía se trenzó a palos con los pescadores, quienes estaban adelante. Un buen montón de estudiantes comenzó a arrojar piedras y botellas a los polis. Y entonces el carro lanza agua se dio la vuelta y volvió a machacar al grupo donde me encontraba. Corrí sin saber hacia dónde, porque una parte del chorro me pasó cerca, y los ojos me ardían horriblemente. Pese a todo, pude advertir que se acercaba un piquete de policías hasta nosotros. El Viejo Pascuero forcejeaba con dos polis. En un momento parecía perdido, le habían tomado muy bien, estaba con un brazo en su espalda, pero consiguió zafarse con el brazo que tenía libre. Luego empujó a un policía, cogió su cartel que estaba en el suelo y le atizó a su segundo adversario, quien dio dos vueltas antes de desplomarse. Acto seguido, el Viejo corrió todo lo que pudo hasta volver a meterse en la masa, donde lo protegieron. Tomaron a un estudiante muy cerca mío. Una niña se abalanzó sobre los uniformados, tratando de defenderlo, pero un poli la tomó del pelo y la arrojó al suelo con violencia. 136

Aquello no me gustó nada. Pensé en la aguerrida actitud del Viejo Pascuero. Consideré su valor y mi habitual cobardía. En ese instante quise sentirme como él. Me acerqué y le saqué la madre al policía. Me tiró un bastonazo que esquivé bastante bien me había servido eso de estar algunos días sin beber. Le lancé un derechazo en la visera del casco. No le dolió, pero le molestó bastante, porque le oí quejarse. Entonces, los otros del piquete, al ver lo que sucedía, dejaron a un lado al muchacho y me vinieron encima. Al mismo tiempo, un grupo de pescadores se metió a defenderme. Pero los polis astutos alcanzaron a rociarme los ojos con un delicioso gas aerosol. No veía nada y comencé a repartir golpes al que le cayera. Me llegaron varios, pero los aguanté dignamente. Incluso, de un tirón le quité el botón de un bolsillo a un poli, pero no alcanzó a darse cuenta. Me lo guardé y justo me tomaron entre dos y a punta de garabatos me condujeron hacia la micro. Mientras era transportado por dos valerosos uniformados tontos del culo, pasó por la calle un antiguo compañero de universidad. No nos llevábamos bien entonces. Ahora tampoco. Trabajaba para el gobierno. -Oscar, ¿por qué no dejas de meterte en problemas y te buscas un trabajo? -¿Y por qué no buscas una anguila y te la metes por el culo? –alcancé a responderle antes de que me subieran al bus. Adentro había cerca de veinte manifestantes, además de una anciana que no se cansaba de repetir. -Sólo salí a comprar el pan, mijito por dios… Me senté, pero pronto me di cuenta que el bus no daría abasto. Cada cinco minutos traían a una docena de ma137


nifestantes capturados. Me paré, cediendo gentilmente el asiento a una señorita (falso, sucedía que estaba demasiado mojado para sentarme). Para cuando la policía consiguió disolver la protesta, llevaba más de media hora arriba del bus. Algunos prisioneros lograban escabullirse, aprovechando los descuidos de nuestros captores. Pero yo estaba demasiado lejos de la puerta. Me resigné. Pedí un cigarrillo a mis colegas y me lo dieron enseguida. Le di seis o siete piteadas y lo pasé. Se subieron algunos polis, y la micro arrancó. Directo a la comisaría. Alguien gritó: -¡Que me la chupe el paco Bezmalinovic!

mentos, de dirección, una fotito para el archivo de “hintelijensia” policial, y nos dejaron partir. Salí de la comisaría, a esas alturas la tarde se había compuesto y el sol emitía sus últimos rayos para ese día. No me sentía aporreado en absoluto, había sido un buen ejercicio. Caminé calle abajo, en dirección al centro de la ciudad. Me percaté de que mis ropas se habían secado satisfactoriamente, y me sentí formidablemente bien. Había salido prácticamente ileso de la batalla. Parecía sin duda el momento indicado, tenía dos mil pesos en mi bolsillo. Entré a un bar de calle O’Higgins, ordené un plato de sopaipillas y una botella de cerveza para empezar.

Entonces, uno de los efectivos se acercó a un jovencito con aspecto hippy, y vociferó: -¡Muérdeme la mano, animal, muérdeme la mano para secarte en la cárcel! Aquello nos provocó risa a varios, pero los centuriones no se percataron. De pronto el poli se puso malo y empezó a ponerles a todos la mano entre los dientes para que le mordieran. También a la señora del pan. Pero nadie hizo lo que ordenaba, y entonces enloqueció. -¡Si nadie me quiere morder la mano, me la morderé yo solo y luego los acusaré! Al parecer se le pasó la mano con el mordisco, y se hizo una herida fea. Gritó de dolor el muy tarado, víctima de sus propios colmillos. No volvió a decir palabra hasta que nos bajamos. El resto del viaje prosiguió en tranquilidad. Nos bajaron del bus. Algunos, que estábamos al fondo, aprovechamos de orinar antes de que nos sacaran. Comprobación de docu138

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Rita Lind Tres y media de la tarde. Afuera de la habitación en el Hotel Macedonio, hace un calor poco esperable para una tarde invernal. Dentro del cuarto, Rita Lind abre con dificultad el frasco de pastillas que acostumbra a llevar en su cartera. De pronto, suena el teléfono. Era Paredes –separado, un hijo no reconocido-, su antiguo jefe. Cuando ella dejó el trabajo, el tipo comprendió que Rita pasaba de ser una simple calentura. -Rita, escúchame, por favor no cuelgues. Ya sé que no quieres saber nada de mí, pero… -Paredes, estoy cansada de tus penosos llamados… -Por favor, no sigas llamándome Paredes, llámame… -¡Paredes, Paredes, maldito Paredes! ¿Acaso no te das cuenta de que podría ser tu hija? -No digas barbaridades… ¿has estado bebiendo? -No, no después de aquella media botella de whisky. -¡No, por dios! -No metas a dios, no sabe nada de esto. -Dime dónde estás. -Púdrete, cabronazo. -¡Que me lo digas, maldita sea! -Hotel Macedonio, Avenida Manuel Rodríguez 1183. 140

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-Voy para allá, no hagas ninguna locura, quieres… Rita Lind estaba tendida de abdomen sobre la cama, jugando a apilar las pastillas. Eran todas del mismo color y eso terminó por abrumarla. De alguna forma, no tenía gracia tragarse todas esas píldoras uniformadas… no se sentía capaz de tolerar semejante agresión. Tenía el whisky, podría ayudar. Finalmente, cogió la botella y comenzó a beberse lo que quedaba, despacio. El cuarto era una indecencia. Parecía sacado de algún relato policial; seguramente, más de alguna atrocidad se había cometido allí. Las cortinas eran verdes, aunque descoloridas y con manchas de todos colores y espesuras. La decoración se limitaba a dos cuadros: uno de ellos mostraba a Marilyn Monroe, poniendo especial acento en su voluptuoso lunar. El otro cuadro mostraba una foto de Mohammed Alí con un rival noqueado, tendido en medio del ring. Alguien le había dibujado un monstruoso pene al legendario campeón. La historia de Rita Lind y Paredes comenzó cuando Rita, una joven y atractiva psicóloga ingresó a trabajar en la empresa donde Paredes hacía de responsable de área. Luego de unas cuantas decepciones amorosas, Rita decidió alejarse del mundo para ordenar sus ideas. No contaba, sin embargo, con el poder que sobre sus decisiones ejercería una creciente depresión, seguida de un salvaje instinto autodestructivo.

tamborileo en la frente a cada uno de sus participantes. Aquello casi le cuesta el puesto a Paredes y, pese a todo, la chica decidió no esperar el resultado del sumario y se largó ese mismo día de la oficina. Cuando Rita Lind renunció a su trabajo, Paredes la llamó a un rincón y le propuso matrimonio. La chica lo rechazó, aunque como una forma de agradecerle sus constantes atenciones, accedió a salir con él una vez. Aquella cena fue para Rita un mero trámite, y aunque su antiguo jefe le pareció más simpático e incluso más humano que antes, ninguna otra idea pasó por su cabeza. En cambio, el corazón de Paredes quedó flechado. Aquella chica que pasaba por una simple empleada tenía detrás de sí un mundo que de inmediato le fascinó. No todos los días se conocía a una joven psicóloga que gustara de la bossa nova, de Wilde y de Poe, y que además pintara y escribiera desgarradores poemas. Luego de aquel encuentro, en varias oportunidades Rita lo rechazó. Sin embargo, Paredes se las arreglaba una y otra vez para estar con ella. Claro que en el último tiempo, la psiquis de Rita no andaba del todo bien. Sus constantes ataques autodestructivos, su adicción a los estimulantes y su creciente afición por el alcohol le jugaban continuamente malas pasadas. Pero esto, lejos de espantar al recatado señor Paredes, le reblandecía aun más su rígida mentalidad, al punto de ser doblegado todo razonamiento en función de su amor por la joven.

A Paredes poco le importaban las diversas historias que se contaban de Rita en la oficina. En reuniones directivas, se habló de empleados que la habían visto deambular de bar en bar más de una noche. Pero él se dedicó a defender una y otra vez a la joven, empeñando en más de una ocasión su palabra por demostrar que tales acusaciones eran infundadas, e incluso infames. Ello hasta que un día Rita irrumpió colocadísima en un consejo directivo y coronó con un

Rita, que se había dormido con la botella en su regazo, despertó de pronto con los golpes en la puerta de su habitación.

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-¡Rita, abre enseguida la puerta! –bramó del otro lado Paredes.


La chica fue al baño, se lavó la cara, cepilló sus dientes y al fin abrió la puerta. Paredes la abrazó y le dio un gran beso en la mejilla. Olía a tabaco y a salsa de ajo, apestaba, en definitiva.

-Mierda, no. Quiero llevarte al bar donde tuve mis mejores borracheras… está a pocas cuadras de aquí… un día te pregunté distraídamente si lo conocías… y me dijiste que no, hoy es el momento de que lo conozcas.

-¿Qué te propones?

-Sí, tiene clase, te advierto que me siento mareada.

-No me vengas a hacerte el ofendido, no te debo nada Paredes… -respondió con pésima modulación Rita, consecuencia directa de su borrachera.

-¿Tomaste alguna de esas pastillas?

-Creo que te debes una explicación a ti misma, Rita – afirmó gravemente.

-¿Sí o no?

-Ya tuve suficientes explicaciones. -¡Pero si apenas estás empezando a vivir! -O a morir…, no me vengas a hablar como un anciano decrépito Paredes, ¿por qué no bebes una copa conmigo?… -Debo volver a la oficina en veinte minutos, tú conoces el horario. -¡Al diablo los horarios, hay una botella al lado de la ventana, justo detrás de ti! Paredes escarbó detrás de un viejo escritorio de madera, roído en gran medida por las termitas. Sacó la botella, echó un trago, luego se la pasó a Rita Lind, quien también se sirvió. En diez minutos la habían bajado a la mitad, y Paredes ya no se sentía en condiciones de ir a trabajar. Llamó a la oficina y se excusó. -Vístete, voy a llevarte a un lugar que necesitas conocer… -Si es una iglesia te juro que vomitaré en el altar. 144

-No, es decir sí…

-No me presiones, por favor… -Tú no tienes remedio… al diablo, si falté a la oficina no será para irme temprano a casa… Apurados, ambos intentaron salir de la habitación al mismo tiempo por la estrecha puerta. Luego de chocar se rieron, luego se abrazaron y se besaron. Cerraron la puerta, avanzaron abrazados y besándose hacia la cama. Rita lo arrojó de espaldas, bajó la cremallera de Paredes y se metió su pene en la boca. Comenzó a bombear salvajemente. Los estimulantes hacían lo suyo. Luego él la montó y tras unos cuantos caderazos se vino formidablemente. Paredes sintió que aquel polvo justificó los quince años de timbres y firmas en aquella estúpida oficina. Rita Lind, simplemente se dejó llevar. Antes de salir se bebieron lentamente lo que quedaba de la botella y tomaron dos de aquellas pastillas blancas cada uno. Al día siguiente seguro no recordarían nada de nada. Magia de verdad, no se cansaba de repetir Rita. Paredes la seguía, la seguiría en todo a partir de entonces. Salieron del hotel tambaleándose. Doblando la esquina, Rita vomitó parte del cóctel y Paredes le limpió los labios y parte de su ropa con su pañuelo de tela. Iban camino del Oji145


tos. Iban camino de la noche brumosa que comenzaba a despertarse.

Breve historia de amor en la Remodelación Paicaví Carlos salió a regar los primeros atisbos de las semillas de cannabis, que había sembrado en los maceteros de su balcón. Era una tarde muy soleada en la Remodelación Paicaví de Concepción. Habitaba un departamento del cuarto piso, con una vista magnífica hacia la Laguna de las Tres Pascualas. Se agachó y vertió suficiente agua en cada uno de sus cinco maceteros. De pronto giró su cabeza hacia la izquierda, y entonces la vio. Marcela tendía ropa interior en su balcón –dos pisos más abajo que el de Carlos- con una sonrisa en su rostro. Llevaba jeans azules y una polera café escotada. No se percató de que Carlos la observaba sino hasta pasado un buen rato, cuando contemplaba la laguna casi por rutina. Él era lo suficientemente tímido como para resistir la mirada frontal de ella. Miró a su alrededor, y se dio cuenta de que habían pasado algunos minutos en los cuales no apartó sus ojos de la figura de Marcela. Al fin se volteó a observarla, y sus miradas se encontraron por primera vez. Luego ella se entró y no volvió a salir. Ninguno de los dos muchachos, estudiantes ambos aunque en universidades distintas, dejó pasar el momento. Él sacó entereza de quién sabe dónde, y decidió bajar las escaleras del edificio y llamar a su puerta. La invitación estaba hecha, así lo pensaba. Se sintió muy nervioso al comienzo, pero una vez que bajó la segunda hilera de escalones, la seguridad volvió dentro de sí. Toc, toc, toc. -Hola, mi nombre es Carlos y quería saber cómo te llama-

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bas. Estoy dispuesto a aceptar una invitación a pasar. -Hola, me llamo Marcela. Me temo que no podré hacerte digno de tal invitación… mi pololo está conmigo. Ahora está en la ducha por eso te abrí la puerta, él no me dejaría conversar contigo. Lo siento. -Si fuese tu pololo, no me iría a la ducha sin tu compañía… Marcela sonrió, avanzó hacia él y le dio un beso en la mejilla. Acto seguido se entró. Carlos subió con más ansiedad que cuando bajó. Una vez de vuelta a su departamento, se dedicó a planificar sus siguientes acciones. En los días sucesivos, arrojó casi un centenar de aviones de papel al balcón de Marcela. La gran mayoría se desvió por efecto del viento, pero los que llegaron a su destino, rebanaron lentamente el corazón de su amada con hermosísimos versos y dedicatorias. Por su parte, el pololo de ella, odiaba el balcón y nunca salía, por lo que, sin saberlo, los aviones de papel se transformaron en un excelente medio de comunicación. Después se le ocurrió otra idea, bastante más osada que la anterior. Como con el pasar del tiempo se interiorizó de la rutina de Marcela, se decidió por algo más efectivo que las cartas voladoras. Improvisó una escalera con algunas tablas que por ahí consiguió. Averiguó los días en que ella lavaba y, por lo tanto, ponía ropa a secar en su balcón. Con la ayuda de su invento trepó hasta allí y se la encontró. Su pololo no estaría en casa esa vez. Él lo sabía. Cuando a ambos se les pasó la impresión de verse en tal situación: él, emergiendo encaramado por fuera del balcón, desde el aire, y ella siendo sorprendida con un sostén recién lavado en sus manos, se besaron frente a la laguna. Luego, Carlos bajó por la misma frágil estructura de su confección.

llegó hasta su puerta. Por supuesto, Carlos la invitó a pasar. Tomaron once y hablaron mucho respecto de cada uno. Después se fueron a su cuarto y lo hicieron. Fue un polvo magnífico. Parecía como si se conocieran de siempre; como si ésta fuera una más de las tantas vidas en que ya habían coincidido; como si llevaran treinta años de casados. Una maravilla de polvo. A los dos meses ya tenían su propia rutina: salían de clases a las siete de la tarde y enfilaban de inmediato hacia su departamento. Los domingos, martes y jueves Marcela se quedaba donde Carlos. Los lunes y miércoles era al revés. Los viernes cada uno viajaba hacia la respectiva casa de sus padres. Rara vez salían. Él se pegaba en el computador. Los juegos, los malditos juegos de simulación. Ella continuó lavando con la misma frecuencia, con la diferencia de que ahora lavaba además algunas prendas de Carlos. Ambos se duchaban por separado y en sus respectivos departamentos. Lo hacían un par de veces al mes y les parecía suficiente. Un día Marcela se fue a un bar con unas amigas después de clases, y se atrasó. Carlos puso el grito en el cielo. Estuvieron una semana peleados. Pero élla lo volvió a hacer unas cuantas veces, pese a las correspondientes rabietas de su amante. En una oportunidad, Marcela vio a Carlos en una fotocopiadora del centro de la ciudad acompañado de una de sus compañeras de curso. En un momento, él la abrazó. Entonces Marcela se acercó y le hizo tal escándalo que algunos transeúntes terminaron acercándose y aplaudiendo la “representación”. Pero siguieron juntos.

Una semana después, Marcela terminó con su pololo y

Lo peor quizás fue que ella empezó a beber un poco más de la cuenta. Apareció varias veces un tanto borracha en el departamento de Carlos. A éste le molestaba tanto, que más de alguna vez llegó a abofetearla. Cosa rara: Marcela se sentía engañada por Carlos, y cada espectáculo que éste le montaba por su embriaguez le hacía un poco de gracia.

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Carlos empezó entonces a tomar calmantes. Al principio eran una o dos, después cinco o seis píldoras. En dos ocasiones terminó en el hospital como consecuencia de una sobredosis. Pero salió adelante. Una tarde, mientras ella lavaba ropa, Carlos se acercó y la abrazó por detrás, Marcela se dio la vuelta y se besaron. En el balcón, como la primera vez. Entonces él -que había colocado la escalera confeccionada con sus propias manos en su lugar- bajó por el balcón. Ella lo comprendió inmediatamente. Era el fin adecuado, la poesía perfecta. Carlos volvió a su departamento, salió al balcón y cogió un racimo de los cogollos que habían crecido en sus maceteros. Los fumó mientras contemplaba cómo el sol abandonaba su brillar sobre las aguas de la Laguna de las Tres Pascualas…

Bebedor solitario Dejé mi departamento a las nueve en punto. Me dirigí, como cada tarde, al bar más cercano. Normalmente, cruzaba la Remodelación Paicaví y observaba atentamente a los demás transeúntes. A cierta distancia, todos parecían serios e interesantes. Muy pocas veces era realmente así. Por eso prefería beber solo; nunca me lo cuestioné de forma seria. Una cuadra antes de llegar al Bar Frío, noté que dos jovencitas que parecían universitarias se dirigían al mismo bar. Lucían hermosas y despreocupadas, como buena parte de las jovencitas. Una era morena, de cabellera larga, polera blanca y pantalones color café claro. Y un culo de diosa, desde luego. La otra tenía el pelo castaño claro, vestía jeans muy ajustados y sin las inútiles carteras posteriores. En seguida las imaginé a ambas amándome desquiciadamente entre las sombras de una noche rojiza, lujuriosa y perversa. Entré al bar con mi pene erecto. Lo disimulé lo mejor que pude mientras ordenaba una cerveza en la barra. Entre tanto, las señoritas no necesitaban acudir a la barra para pedir lo suyo, ya que en cuanto los dependientes del bar las vieron entrar, corrieron para atenderlas. Me senté en un rincón y comencé a servirme. Ese día cumplía dos meses sin fumar. Decidí hacer un alto en el asunto y compré un par de cigarros sueltos. Entonces, se levantó de su mesa y caminó hacia mí una de las señoritas de culo hermoso y sonrisa de dientes blanquecinos y perfectos, de gloriosos amaneceres en su tibio y pronunciado regazo, del renacimiento madrugador del sol, y de los dioses dorados que danzan desnudos a sus espaldas.

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-¿Tienes un cigarrillo que me vendas?

co exactamente el sitio perfecto para aquello.

-Mira, conozco el juego. Deseas que me congracie frente a tu belleza y te lo obsequie…

-¿Cuál es ese sitio?

-Puedes comprar uno en la barra.

-Pues, el bar de la esquina siguiente, el de calle Cruz. El solo hecho de entrar es complicado, siempre debes derribar a alguien para poder hacerlo. Por cierto, ¿cuáles son sus nombres?

-Pero quiero comprártelo a ti.

-Alicia – contestó la morena de labios carnosos.

Dejé el asunto hasta ahí y le di uno de mis cigarrillos. Recibí a cambio las monedas.

-Pilar –respondió a su vez la chica de la polera blanca y escotada.

-¿Podemos sentarnos contigo?

Estuvimos bebiendo un buen rato. De vez en cuando ambas se levantaban para ir al baño. Cosa de mujeres, pensaba. Jamás he podido creer en las ingenuas respuestas que dan las mujeres, para explicar su comportamiento dual, al momento de satisfacer sus necesidades fisiológicas. Luego fue mi turno de orinar. Una vez dentro del baño, una inquietud me atormentó. Seguía sin poder entender lo que querían aquellas jovencitas. Digo, no tengo problemas con mi autoestima, pero aquello era demasiado bueno para ser verdad. Luego me reproché a mí mismo por mi actitud tan derrotista y perdedora. Siempre buscándole la quinta pata al gato. Tenía sentadas en mi mesa a dos atractivas jóvenes, aparentemente dispuestas a todo por divertirse, y yo estaba ahí, sujetándome patéticamente mi pene y preguntándome por sus reales intenciones. Medité profundamente esta cuestión mientras lo sacudía. Me miré al espejo y me dije: hoy la vida te sonríe de verdad, como siempre lo deseaste. Desde hoy tendrás otras historias que contar, además de tus desastrosas borracheras y tus excesos. Hoy te comportarás como el perdedor con suerte que eres. Y esas señoritas sabrán lo que es bueno. Serás al fin bendecido por sus generosos atributos.

-No. De verdad, mira, aquí tengo las monedas.

-Desde luego, pediré otra cerveza. -¡Excelente! No pude dejar de cuestionar la situación. Mi vida amorosa nunca se había caracterizado hasta entonces porque me llovieran las ofertas de compañía femenina. Tampoco ahora. Pero entonces no comprendía el súbito entusiasmo de aquellas beldades por buscarle conversación a un bebedor solitario. Demasiado tarde lo comprendería… -¿Vienes frecuentemente a este bar? –preguntó la morena. -Casi a diario, es un lugar tranquilo –respondí, al tiempo que me sentí profundamente impresionado por los labios carnosos y sensuales de mi interlocutora. -¿Acaso no te gusta ver un poco más de acción? –continuó preguntando la morena. -Desde luego, entonces voy a los bares del centro. Incluso, si deseara terminar la jornada golpeando a alguien conoz152

Salí del baño y volví a la mesa. Ellas me esperaban. 153


-El sol se está ocultando, ¿te parece bien si vamos a bailar? –preguntó Alicia, acercando su cara y cruzando los brazos para pronunciar su escote. -Me parece perfecto, pero creo que necesito otra cerveza. -Oh, ya te la hemos comprado –se anticipó Pilar, tomando su cartera y preparándose para ir al galpón de atrás del mismo local, habilitado como pista de baile. -Señoritas, ustedes son encantadoras y poseen un gran sentido práctico, dos cualidades que hacen a una mujer irresistible ante mis ojos. Marchamos, pues, hacia la pista de baile. Alicia tomó la cerveza y yo superé totalmente mi timidez, al punto de tomarlas a ambas por la cintura y caminar de esa forma los tres juntos hacia el final del pasillo. Otros bebedores me miraban a los ojos. Pensé en la envidia que sentirían. Una vez en la pista de baile, me dejé conducir por ambas, que se movían muy bien. Luego de algunos minutos de baile continuado, me bajó la sed, y decidí ir hacia la mesa donde estaban nuestras cosas y beberme la cerveza que me habían comprado tan gentilmente las jovencitas. Reconozco que le encontré un sabor más amargo que de costumbre, pero no le presté mayor atención. Me la bebí de dos largos tragos. Me levanté para seguir bailando. En tanto, Alicia y Pilar habían estado bailando solas y rechazaron a cuanto pretendiente se les acercó. Aquello me puso más alegre de lo habitual y bailé desenfrenadamente, incluso besé a ambas en un par de ocasiones. Jamás me había divertido tanto en mi vida, pensaba mientras lo hacía. Toda la mierda que había sembrado en antros de mala muerte, los amores equivocados, todo tenía entonces su recompensa. Al fin.

ello, un extraño y repentino mareo. Mientras caminaba errático hacia el baño, me era preciso sujetarme de cuanta mesa y baranda hubiese en el camino. La cabeza me daba vueltas y la vista se me nublaba cada vez más. Para colmo de males, el baño de hombres resultó estar ocupado. Intenté colarme a la mala en el baño de señoritas, con tan mala fortuna que fui detectado por el único guardia, un poco prepotente que, al suponer por mi condición que estaba muy pasado de copas, resolvió sacarme del bar. Mientras intentaba hilvanar alguna explicación coherente –encontraba imposible haberme emborrachado de ese modo sólo con cerveza-, Alicia y Pilar se dieron cuenta de la situación y discretamente se acercaron a la puerta y me tomaron de los brazos. Entonces todo cobró sentido dentro de mi vapuleada cabeza. Sin duda, las chicas con rostros y cuerpos de ángeles, se las habían arreglado para echarle algo a mi bebida. Posiblemente le colocaron alguna droga que me dejaría grogui y con mis bolsillos a su merced. Intenté zafarme de ellas, pero me resultaba imposible; simplemente, mis fuerzas me abandonaban lentamente. Así, era conducido –casi arrastrado- por ellas por la calle. Seguro me llevarían a alguna guarida, donde procederían a despojarme de mis pertenencias. Después me arrojarían bajo un árbol o al medio de la calle, ya no les importaría. Divagué en que al fin y al cabo no conseguí seducirlas, y en que todo parecía tan fácil en un momento…

Pero entonces me vinieron ganas de orinar, y junto con

De pronto, en una esquina divisé una patrulla de carabineros detenida. Aquella debía ser mi salvación. En seguida, pensé en que si alcanzaba a llegar hacia ella estaría salvado. Echando mano a mis últimas fuerzas y lucidez, conseguí zafar un brazo, empujar a Alicia y liberar mi otra extremidad. Eché a correr –cojeando y tambaleando- en dirección a la patrulla. Escuchaba a mis espaldas los pasos urgentes de ambas doncellas malignas, quienes en vano intentaron recapturarme. Mientras le hablaba a través de la ventanilla

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al conductor, sentía que me patinaban las palabras: -Señor Policía, fui víctima de estas ladronas… son unas harpías, envenenan el alma y luego el cuerpo de sus víctimas… son tan bellas que a uno lo hacen creer en sí mismo… peligrosas, oficial… ¡Ayuda!

contra usted, encontramos estos frascos de narcótico en sus bolsillos. Falló, Silva. Las jovencitas se dieron cuenta a tiempo, lo engañaron y lo hicieron beber de su propio veneno. Luego nos lo entregaron para que lo apresáramos, ¿o usted cree que fue una coincidencia que estuviéramos justo en esa esquina esperándolo?

Entonces me desplomé y fui incapaz de volver a levantarme. De hecho no pude mover un músculo y mi mente lentamente se fue a negro…

-¡Infames!

Cuando desperté, estaba en una celda. La cabeza me dolía horriblemente, y no había allí quién pudiera darme una aspirina o algo semejante. Escuché algunas voces que provenían del pasillo.

-¡Fueron ellas, bellacos!

-Al fin se ha despertado. Veamos ahora qué tiene que decirnos. Llegaron dos polis. Yo estaba tendido sobre un duro banco de metal. Uno de los polis comenzó a punzarme las costillas con su luma. -¡Déjame en paz, desgraciado! –le grité.

-Cállese la boca, que aquí somos autoridad.

-Todo lo que diga será usado en su contra. Seremos honestos, Silva. En cuanto esas señoritas declaren, puede usted estar seguro de que pasará una larga temporada en la cárcel. Es lo que se merece, ni más ni menos. Ahí me quedé, sentado en el duro banco por espacio de dos días. Después de un tiempo, alguien consiguió que me absolvieran. Las jovencitas nunca declararon, por supuesto. Y no se les volvió a ver por esos lados. Seguro habrán jodido a alguien más.

-Más respeto, bandido. Aquí somos autoridad. -De acuerdo. ¿Detuvieron a las chicas? -Por supuesto que no. Estás en graves problemas. Es un delito muy grave el intentar narcotizar a las muchachas para que te concedan favores… Es asqueroso. -¡Ya lo sabía! Ahora, dígame cómo es eso de que no las agarraron, si venían conmigo… -Silva, usted es de lo peor. Intenta envenenar a esas chicas. Eran muy lindas, por eso las eligió. Tenemos pruebas 156

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Cómplices Le advirtieron que no se volviera a acercar a Elisa, pero Eugenio insistió. Esta vez se disfrazó de empleado de aseo y la abordó en el baño del Luncheonette, en pleno centro de la ciudad. -¿Qué estás haciendo aquí, Eugenio? Por el amor de dios, entiende de una vez que no puedo seguir viéndote. Mi marido me está esperando en la mesa de enfrente y… Entonces él la besó. Más de una vez. Fueron los besos más dulces y sublimes que concebiría. Ella lo abrazó, tratando de contener las lágrimas tanto como podía. Fue un abrazo fuerte, profundo, íntimo. Los ojos de ambos brillaron entonces como dos estrellas cómplices y vagabundas, como una pareja desterrada de algún nostálgico infierno nocturno. En un momento ella le dio la espalda. -No puedo seguir viviendo así. Te amo y lo sabes, pero Lucio me posee. Con su dinero, con su poder o con lo que sea, jamás me dejará ir de su lado. -Al diablo con Lucio, maldito mafioso. Yo soy el único que puede darte la felicidad que te mereces. Es tu decisión: puedes escoger entre pudrirte en una jaula con barrotes de oro, o estar dispuesta a dar la vida por tu libertad. Ambos sabían que no tenían elección. Lucio era un conocido empresario de negocios turbios. Sus finanzas tenían origen en rubros tan proscritos como la prostitución, el narcotráfico, las peleas clandestinas y la política. Adicionalmente, tenía un reconocido puesto en la sociedad como dueño de un par de fundaciones dedicadas a la caridad. La 158

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iglesia le miraba complaciéndose de poseer entre sus filas a aquel justo siervo... Lucio no daba puntada sin hilo, y cuando resolvió devolverle la tranquilidad a la familia de Elisa, lo hizo pensando desde el comienzo en la extorsión. La propuesta para la familia San Martín fue un callejón sin salida. Se quedaría con la hija del medio, y mucho trabajo le costó a Elisa convencer a Lucio de que la tomara a ella, y dejara en paz a su hermanita de trece años. A la familia le llevó bastante trabajo el asumir que debían entregarle a una de sus hijas al mafioso Lucio, para que les fuera devuelto su derecho a tener los nervios compuestos. La vida del padre dependía de ello. Elisa tenía veintiocho años; Eugenio, veintinueve. A ella Lucio le prohibía trabajar, mientras que Eugenio lo hacía en una farmacia. Ganaba lo necesario para pagar el arriendo, y según como anduvieran las comisiones por la venta de tranquilizantes, se daba un gustito los fines de semana. Precisamente en una de estas salidas fue cuando conoció a Elisa. Coincidieron en la entrada de un local del Barrio Estación. En aquella ocasión, ella aprovechó la ausencia de su esposo para escaparse de su casa por una ventana, burlando de este modo la atenta vigilancia del par de matones encargados de su custodia. De aquel mágico momento habían transcurrido tres largos y tortuosos años. Y ahora estaban allí los dos. Abrazados en el baño de un restaurante como dos fugitivos. Bastaría con que Lucio los viera salir a ambos del baño para que los liquidara. Tal vez no en el mismo lugar, pero estaban demasiado conscientes de que no existía un solo pedazo de tierra en el mundo donde las garras del crimen no pudieran encontrarlos.

ban de una vida dichosa junto a Elisa. Mientras se miraban pensaron en el cruel destino que les había deparado una existencia de disfraces. Las lágrimas a las que ambos ya estaban por igual de habituados, no tardaron en manifestarse desde sus ojos, embriagados del pequeño momento. Pasaron los minutos y ella no volvía a la mesa de Lucio, quien empezaba a impacientarse. Llamó a una camarera, pero no obtuvo respuesta. Se lamentó de haber andado solo. Decidió ir a buscarla al baño de damas. Pero una inesperada trampa le aguardaba. Apenas cruzó la puerta, un fuerte golpe propinado desde sus espaldas le derribó. Una vez en el suelo, a Eugenio le fue fácil inmovilizarlo, para luego, cómodamente sustraerle las llaves de su coche y el fajo de billetes que acostumbraba a portar de pura petulancia. Salieron apurados del baño, no se molestaron en pagar la cuenta. Pero el guiño de una camarera tuvo la complicidad suficiente para hacerles sentir seguros. Tomaron el coche de Lucio y Eugenio condujo hacia su casa. Pasaron a recoger un par de cosas, y volvieron al auto. Mientras iban a toda velocidad alejándose de Concepción, cerca de Tomé, ella sacó la mitad del cuerpo por la ventana y gritó hasta quedar afónica. De ahí se les perdió el rastro. Hay quienes dicen haberlos visto en una ciudad del sur. Se habrían teñido el pelo, y aparentemente estarían felices con su nuevo look. Otros, en cambio, señalan que Lucio no soportó la afrenta y se habría disparado en la sien frente a sus hombres. Tal vez nadie sabe lo que dice.

Y ahora estaban allí los dos. Él disfrazado de empleado de aseo para poder cogerla de la cintura y olvidar por un breve momento los infranqueables obstáculos que le separa160

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Una noche extraña Lobo y yo entramos a El Baile con dos litros de cerveza fría a nuestro favor. Fue una noche de diciembre que comenzó de forma extraña, cuando una voz muy calmada llamó a mi celular para decirme “están friendo diablos bajo tu departamento”. Alterado, bajé las escaleras a toda prisa con el corazón en la mano. Hacía meses había dejado la venta clandestina de alcohol, y aquella era la contraseña de problemas. Al mirar, sólo encontré a Lobo aspirando los últimos estertores de un cigarrillo. “Te asuste, eh”, dijo antes de lanzar la carcajada. Iba a ser una gran noche. Quise atizarle, pero en vez de eso lo invité a dar una vuelta por los bares del otro lado de la ciudad. Entramos a El Baile cantando un antiguo bolero. Nos sentamos en la única mesa que quedaba vacía. Al lado, una pareja conversaba muy cerca el uno del otro. Al frente, se encontraba todo un destacamento de oficinistas que, a gritos, discutían algo de las últimas ventas de su empresa y en cómo ello había afectado su vida sexual. Ordenamos cerveza. Dado nuestro estado, la camarera exigió que canceláramos de inmediato. Le pagamos, sí, pero para ella no habría propina. Habremos estado conversando una media hora, cuando de súbito se levantó el novio de la pareja que ocupaba la mesa de al lado, presumiblemente al baño. No pasó ni un minuto desde que se había ido y uno de los oficinistas de terno oscuro, camisa, corbata y barriga fofa se acercó a la señorita. Le dijo algo así: -Discúlpeme Señorita, usted me ha parecido muy hermosa y me gustaría tener la oportunidad de conocerla. Aquí está mi tarjeta. Por favor no la bote, sólo considere que tendrá un mejor partido conmigo. Corto millón y medio al mes. 162

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Nada más piénselo.

lle había dos tipos discutiendo, uno de ellos semidesnudo.

La mujer lo miró sorprendida, sin decir palabra, y acto seguido Barriga Fofa se sentó nuevamente junto al resto de la manada, vanagloriándose de sentirse todo un hombre, el jefe de la tribu. No pasó mucho antes de que otro de los oficinistas que, a diferencia de los otros vestía de terno claro, se acercó a la dama para anotar, al reverso de la tarjeta de su colega, su propio número. Lobo y yo contemplábamos incrédulos el decadente espectáculo. Era algo así como un ofertón de individuos, ofreciéndose de la peor forma. Era el precio de ir a esos lugares, habitualmente repletos de individuos vacíos, absurdamente sonrientes y agobiados de exitismo barato, despojados de toda luz, energía y creatividad.

-¡Devuélveme mi camisa, tarado, la broma ya terminó!

Llegó el novio, se enteró de lo ocurrido, e increpó a uno de los donjuanes de escritorio, rutinarios y pornoadictos. El tipo se ofendió y se armó la rosca. El novio humillado propinó un feroz frentazo a su adversario, quién cayó en la mesa que compartían dos señoras, derramando sus bebidas. Las viejas emitieron un sonido parecido al de un urinario atascado. Yo me serví más cerveza y me acomodé para mirar. De naturaleza pendenciera, Lobo era un amante de las riñas en los bares. Incluso si no estaba en su territorio. Se acercó a uno de los oficinistas mientras balbuceaba “maldito idiota, recibirás lo que mereces”. Lanzó un golpe que por fortuna no conectó. Ello hubiera significado una horda de corbatas en tonos grises sobre nuestras cabezas. Vi volar un escupo que fue a parar en el vaso de la novia. Finalmente, los propios gorilas que lo acompañaban detuvieron al oficinista, quien tenía la cara roja de machucada. “¡Te salvaste desgraciado!”, alcanzó a vociferar antes de que sus amigos le cerraran la boca. Terminamos nuestra cerveza y nos largamos. La pareja nos dio las gracias y no supe por qué. Caminamos hacia el bar más cercano; había que rematar la noche. Al final de la ca164

-¡Pues tendrás que arrancármela a mordiscos, maldito ladrón de esposas! Encendí un cigarrillo y nos quedamos a contemplar la escena. Comenzaron a discutir más acaloradamente. Hubo un empujón, luego se abrazaron y se largaron a llorar juntos. El mundo está demente, eso lo sabemos. Miles de años de civilización y todavía vivimos a punta de policías, armas, celos, ambición, cárceles y manicomios. Seguimos nuestro camino doblando calle abajo. En la puerta de Don Pedro había dos policías, uno le enseñaba al otro su luma mientras le explicaba que cada una de las marcas que tenía su bastón era la huella del impacto en el cráneo de algún desdichado. No me sorprendió. A menudo los polis golpean a diestra y siniestra, como si tuvieran que alimentar periódicamente sus lumas. Se hizo tarde, nos vino el bajón y decidimos comer algo. Lo más cercano era el casino de la bencinera, a dos cuadras de donde estábamos. Enfilamos hacia allá. Una madre nos ofreció a su hija adolescente en parte de pago por una cajetilla de cigarrillos. No aceptamos. Al llegar a la estación de servicio todo fue paz y tranquilidad. Antes de salir Lobo fue al baño, debió empujar a un adolescente borracho para poder entrar, y una vez en el interior se dio cuenta de que no había confort. No me especificó lo que hizo a partir de ese momento. Salimos del servicentro con la convicción de que algo había sido raro aquella noche. Yo creo que todo lo que vivimos fue simplemente lo que los diablos frieron esa noche para nosotros.

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Sobredosis El problema fue que ella se había enamorado de él en la peor etapa de su adicción. Ahora era diferente. Las cosas marchaban mejor con sus padres, encontró un empleo aceptable como editor de espectáculos en un diario local, y hasta se mudó a un bonito departamento en las cercanías del Terminal Collao. Pero Martina se había quedado con su imagen de perdedor, de escritor fracasado, de borracho cocainómano. No parecía alegrarse por su fabulosa recuperación. En sólo seis meses, Jorge Domínguez consiguió impensados resultados con la terapia que le pagaron sus padres. Bajó diez kilos y, desde luego, recuperó su voluntad. Aún se emborrachaba de cuando en vez, pero el asunto era más llevadero para sus cercanos. Por eso, cuando ese viernes llamó a Martina a la Enfermería donde trabajaba, lo hizo con la mejor disposición de pasarlo bien esa noche. -Martina, acabo de reservar una mesa para los dos en el Almendra, ¿te parece bien si nos juntamos a las diez para la previa? -Claro, saliendo de acá me voy a casa, tomo once, me arreglo y me voy a tu departamento. -Quizás deberías llevar esa polera azul que tanto me agrada. -Quizás… -Martina… 166

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-¿Sí?

trándole una gruesa suma de dinero mensual.

-Te amo. Me alegro de seguir junto a ti después de todo lo que ha pasado. Me alegro de que te las hayas arreglado para aguantarme durante todo este tiempo; prometo recompensarte de la manera más dulce que puedas imaginar…

Antes de conocer a Martina, Federini consiguió graduarse con distinciones de psicólogo, carrera a la que entró pensando en ayudar a otros chicos con sus mismos problemas. A ella la conoció en un céntrico café, cuando trabajaba de mesera para costearse los estudios de enfermería.

-Vale, a mí también me agrada estar contigo. A las diez en tu departamento. Un beso.

-Quisiera que vivieras conmigo, aunque sé que es apresurado –le dijo un día Federini.

A Domínguez no le importaba no ser correspondido en sus constantes declaraciones de amor por Martina. Los hechos –claro está- valían más que las palabras, y año y medio de implacable adicción no pudieron alejarla de su lado.

Ella aceptó. Se mudaron a una casa pequeña, ubicada frente a la Plaza Cruz. Los primeros meses fueron hermosos y enriquecedores para ambos. Pero la rutinaria tranquilidad de la vida hogareña comenzó a no sentarle del todo bien a Martina, ávida de nuevas experiencias.

“Cómo no la voy a querer -decía constantemente a sus amigos- si esta mujer no sólo salvó mi vida, sino mi capacidad de amar. De no ser por ella, la coca me hubiese transformado en un condenado zombie”. Ellos asentían silenciosamente… El problema era que Martina era algunos años mayor que Jorge, vivía en una permanente búsqueda de emociones, y no le importaba mayormente que fuera a costa de la ruina de sus acompañantes. Su último novio, antes de Jorge Domínguez, fue un tipo de su edad de apellido Federini. Descendiente de italianos, las continuas infidelidades tanto de su padre como de su madre, acabaron por deteriorar sus relaciones familiares. Siendo todavía un mozuelo, Federini acabó apuñalando a su padre, en defensa de su madre. Al final, su acto fue incomprendido por ambos, siendo expulsado de su hogar contando con apenas dieciséis años. Eso sí, la familia acalló los escandalosos rumores que comenzaron a circular, poniendo al joven al cuidado de una hermanastra, y suminis168

Entonces empezaron a salir con más frecuencia. Y con más frecuencia ocurría que ambos llegaban a casa de madrugada, borrachos y armando tal escándalo que los vecinos terminaban por arrojarles objetos con tal que se callaran y les dejaran dormir. La policía también se hizo un invitado permanente. Federini no tardó en ausentarse en su trabajo, producto de las descomunales resacas que arrojaban como resultado sus incursiones bohemias junto a Martina. Un día, su jefe directo lo sorprendió devolviendo todo lo ingerido la noche anterior en el baño. Los sonidos guturales que acompañaron la vomitada fueron de tal magnitud que se escucharon desde su oficina. A partir de ese día, Federini le dio a las pastillas tres veces por día. Las primeras semanas obtuvo excelentes resultados, por lo que Martina lo arrastraba una y otra vez a salir y hacer locuras. Fueron numerosos los controles de identidad que terminaron con la pareja tras las rejas. Multas por conducción en estado de ebriedad –antes de que el 169


sencillo coche quedara inutilizable-, multas por ofensas a la moral y las buenas costumbres –Martina acostumbraba a desnudarse y desnudarlo a él en plena vía pública-, y los cientos de cajas de estimulantes y botellas de pisco minaron el presupuesto de la pareja. Un día Federini despertó sin mucha resaca, lo que le permitió pensar racionalmente las cosas. Martina se había ido al trabajo cerca de las nueve de la mañana. Al regresar, encontró una nota sobre la mesa de la cocina. Nunca volvió a saber de él, aunque antes de desaparecer se preocupó gentilmente de pagar el arriendo de ese mes. Pasaron dos años y Martina conoció a Jorge Domínguez. La historia fue más o menos similar, con la salvedad que conoció a Domínguez siendo éste ya un cocainómano empedernido. Sin embargo, sus arranques de locura fueron tomados e incluso conducidos por Martina. Se divirtió bastante con él, hasta que los padres del joven lo hicieron internarse en una clínica de rehabilitación por alrededor de cuatro meses, tiempo que fue una verdadera eternidad para Martina. Volviendo a esa noche, ella se puso la polera azul. Pese a sus reparos iniciales, el color se adaptaba de manera muy favorable a su pelirroja cabellera. Cerca de las diez, él la volvió a llamar. -¿Dónde estás? -Ya estoy llegando, baja a buscarme y compramos algo para tomar.

chocante, camufló sus sentimientos como si de sus propios deseos se tratara. -Jorge… -¿Sí? -No nos vendría mal una línea, ¿sabes? -Martina, ya sabes que dejé el polvo hace más de dos meses, y no me sentaría bien que te colocaras junto a mí. -Dame el número de Claudio, yo lo llamo, me empolvo y vuelvo junto a ti en quince minutos. -Martina, se suponía que ésta iba a ser nuestra noche… Comenzaron a discutir. Que cuando ella quería drogarse él no la acompañaba. En cambio, ella lo había acompañado por meses. Tenía un demencial sentido. Jorge cayó en la trampa, y con tal de evitar que se largara sola a casa de Claudio, la acompañó. Media hora más tarde ambos gritaban pirados, desde el pequeño balcón de su departamento de Avenida Collao: -¡Ustedes, los del paradero, son un montón de puercos! -¡Mírame cuando te hablo, condenado vejestorio: desde hoy me adorarás como a un dios!

Caminaron lentamente hacia una licorería ubicada en los alrededores. Pero ella no necesitaba alcohol, sino que extrañaba la adrenalina que le provocaba la desmejorada condición de su compañero. Sin embargo, para no parecer

Martina miró a Jorge gesticular groseramente a quienes pasaban por la calle, y comprendió que el asunto comenzaba de nuevo. Sin embargo, no parecía tan divertido como antes. Es más, toda la escena montada por Jorge –quien a esas alturas estaba atrincherado en su balcón, resistiendo las pedradas, escupos e insultos de los molestos transeúntes- le pareció en extremo patética. El hombre no se so-

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-De acuerdo.


brepondría jamás a semejante recaída, luego vendrían sus padres y la culparían –con toda razón-, de todo. Lo mejor era deshacerse de él, y en estas condiciones todo parecía muy favorable a sus propósitos. Luego, sería el turno de Claudio, quien podría inculparla de inducir su muerte. Así las cosas, Martina fue hasta el sofá donde había dejado su cartera, y extrajo de ella una jeringa y un diminuto frasco. Preparó el veneno en el baño, al tiempo que cortó una última línea sobre el lavamanos. De vuelta al living, Jorge se metía y metía líneas… Desafortunadamente para Martina, no contaba con la traicionera pureza de aquella línea en el baño. Corría el riesgo de una sobredosis. Comenzó a sentirse muy mal llevando a cabo su plan: -Toma esto, mi amor, es más rápido y mañana no padecerás esa molesta secreción… -¿Qué es eso? –interrogó Jorge, mientras Martina se instalaba a sus espaldas con la jeringa en la mano, a duras penas sosteniéndose en pie. -Confía en mí, en unos segundos volarás más alto que nunca… Él se entregó. Pero antes de que Martina pudiera inyectarlo, se desplomó en el suelo, y abundante sangre empezó a salir de su nariz. Colocado, desesperado y paranoico como estaba, Jorge Domínguez perdió la razón al ver a su novia agonizante. Tratando de entender la situación, tomó el teléfono y marcó un número de emergencia. Cuando Martina empezó con las convulsiones, optó por hacer desaparecer toda evidencia, y no encontró nada mejor que aspirar toda esa coca, aunque en eso se le fuera la vida…

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La noche y la eternidad No consigo recordarlo. Abro los ojos y estoy en este lugar tan… mierda, ni siquiera sé cómo describirlo. Gris, supongo que gris y metálico, como el color de una prisión. Pero no tiene olor a cárcel, por lo menos. Dios mío, yo pensé que ya lo tenía superado… mis tres últimas mujeres me lo advirtieron un par de veces antes de abandonarme. En aquellos casos, la escena fue más o menos parecida. Yo despertaba –usualmente desnudo y un poco mareado aún- y estaba solo. Solo. Una nota escrita con lápiz de labios en el espejo del baño hubiese sido demasiado bello… no, a las tres les venía mejor arrojarme objetos. Esa era su especialidad. Aquello era lo que les hacía auténticamente únicas. Y ahora estoy en este lugar que apesta. Mierda. Huele a mierda de roedor… Bien, vamos haciendo memoria. Yo estaba en aquel bar, el de los neones azules. Estaba solo como siempre, en mi rincón. Yo y mis condenados recuerdos. Hacía dibujos en mi libreta. Intentaba dibujarle el culo a la dama de la barra, pero siempre fallaba en la proporción. Nunca he sido un buen dibujante. Oh mierda, estoy esposado. Ese guardia receloso entró y me puso esposas, como si el cuerpo me diera para escapar. Este dolor de cabeza inhibiría hasta al más curtido de los fugitivos. Resaca. Tengo mil historias. El cumpleaños de mi hija, por ejemplo. Esa noche llegué tarde a la casa de mi ex esposa, muy tarde. Mi hija ya se había dormido, pero quedaban los parientes. Los malditos parientes. Claro, ellos siempre culebreaban por ahí, se bebían mi cerveza y nunca iban por más. Con saquear mi casa y hablarle mal de mí a mi mujer les bastaba. Bastardos. Cuando entré lo primero que hice fue abalanzarme sobre el bocazas ese. Conseguí atizarle un par de veces, antes de que llegaran los polis y me espo173


saran… peor que ahora. Tuve que pasar una resaca bestial encerrado en un calabozo, acompañado de un sujeto que se excitaba pellizcándose los pies. Pensé que había aprendido la lección, insisto, realmente lo pensé… Ahora lo recuerdo, llegó una chica a mi mesa. Me pidió fuego. Encendí su cigarrillo y algo más que brilló en sus ojos. Se sentó a mi lado. No me puedo recordar de qué hablamos, pero hablé bien. Cambiamos de local y ni idea a partir de entonces. Ahora este guardia viene y me quita las esposas. Creo que está jugando conmigo. Mi resistencia consiste en mirarle a los ojos y en no decir palabra. No sé si será útil como estrategia. Uh. Un flash. Anoche bailé, aunque no sé si con la misma chica que salí de ese bar. Oh, mierda, esto es tan difícil. Una tortura. Era un lugar con luces de todos colores y yo estaba en medio, con un vaso en la mano. Es una desgracia no poder controlarse. Sé que algunos se ríen del abuso de alcohol y todo eso, pero a la larga casi todas las pesadillas terminan siendo ciertas. Tenía un primo que estaba colgado de la botella y una noche fue a parar a una reunión de rehabilitados. Al principio, según me contaron después, todo anduvo bien: estuvo quietecito, cantó los tres salmos reglamentarios y según me recalcaron, nada hacía sospechar lo que vendría. En medio de la sesión, se levantó y caminó hacia una especie de altar, se bajó los pantalones y roció de orina el agua bendita. Horrorizados, los rehabilitados lo tomaron por loco y trataron de sacarlo del recinto. Lo hicieron, pero no pudieron evitar que otros dos perdidos que allí se encontraban recuperándose lo siguieran calle abajo. Fueron hasta el bar más próximo y se emborracharon hasta la inconciencia. Lo último que supe de él fue que lo arrestaron por robarle la cartera a una señora de edad. La doña tenía lo suyo sí, porque según dicen las malas lenguas, a pocos carteristas los arrestan desnudos en la cama de su víctima. Bueno, supongo que ésa es otra historia, por lo que me abstendré de emitir comentario al174

guno. No lo condeno. Yo continuaré bebiendo, eso sí; descarto una rehabilitación, no la quiero. La bebida me hace feliz, tan feliz que hasta el peor amanecer es como una floreciente primavera. Sí, el mundo sin licor es algo que no se puede sobrellevar, una pesadilla peor que el delirio más cruel, una aberración… OHHHH ¡DIOS MÍO! Ohh, ¡maldita sea! Estoy helado hasta los huesos. Otro flash. Maldita mente humana… sus mecanismos pueden ser tan crueles… ¡como todo el maldito mundo! Una pala, una fosa. Ahora miro mis manos y están negras y tengo esas callosidades en mis dedos. Dios mío, cavé una fosa. ¿Para quién? Si sólo pudiera recordarlo. Ya no soporto este dolor de cabeza. Recuerdo la lluvia. En algún momento llovió, o algo me mojó, eso explica que esté empapado. ¿Dónde? ¿Por qué? Son tantas las preguntas que ahora me atormentan. Me han dado un mendrugo de pan que ni siquiera me atrevo a tocar. Estoy temblando, hace cuatro años no era una mala persona. No, todo esto no puede ser cierto…, y sin embargo me siento despierto, aterradoramente despierto. Ese vigilante ha venido y me ha dicho unas cosas espantosas de las que me considero imposibilitado de poder realizar. Ahora me transporta por un callejón inmundo, pestilente. No pensé que existían lugares tan horrendos en mi tierra; en fin, uno siempre acaba descubriendo lo peor… tarde o temprano, pero siempre. El destino se las arregla para hacerse irreversible. Me sorprendo de estar pensando estas barbaridades, hablo como si fuese a morir… y ciertamente no voy a morir… ¿o sí? No, yo jamás pude haber hecho algo semejante. Al diablo lo que me diga este estúpido vigilante. Al diablo lo que me gritan esos rostros fundidos y agónicos desde sus mazmorras. Desde ahora no le creo a nadie, ni siquiera a mi propia sombra, que me hace recordar una terrible persecución, a 175


través de las húmedas baldosas de un callejón. No, yo nunca he tenido que huir de nadie. Pero mierda, esto huele tan mal... ¡Qué hice! Ahora han encajado una soga en mi cuello, y probablemente sea el fin de mis días. De pronto se ha oscurecido, ha caído la noche. Pero me siento tranquilo. Lo que sea que haya hecho, ¡perdonadme! suplico a mis verdugos. Ellos ignoran mis palabras; actúan como si estuvieran impedidos de oírme. Ha terminado todo para mí, me han subido a ese banco, y ahora esperan la orden final. No tengo miedo de morir, pero me aterra no saber el porqué. Es el último segundo de mi último minuto de mi última hora. El sol libera sus primeros rayos. Decido que aquella sea la última imagen que guarden mis ojos. Alcanzo a ver que el verdugo se acerca. ¡Golpea de una vez este débil piso de madera y acaba con mi vida, mal nacido! ¡Al menos no moriré de rodillas! Ya no siento dolor. ¿Qué es esto? Parece mi último recuerdo, estoy perdiendo la capacidad de recordar. ¿Mi madre? ¿He vuelto a nacer? Yo no entiendo, ¿quién soy ahora? ¿Qué lugar es éste? Si he asesinado, si he sido ruin, si he cavado una fosa para echar su cuerpo exánime, ¿Por qué esta ternura? ¿Por qué me abrazas y me das a beber de tu pecho? ¿Me he liberado, o sigo siendo un prisionero? ¡No me salen las malditas palabras! ¡Respóndeme! ¡Sálvame!

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AL AIRE LIBRO Editores Darwin Rodríguez & Claudio Ramírez COMITE EDITORIAL Darwin Rodríguez Claudio Ramírez Egor Mardones Patricio Guerrero



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