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TABLAS DE CARNICERO

poesía (5)


NURIA RUIZ DE VIÑASPRE TABLAS DE CARNICERO Ilustraciones de Félix Fradejas

lucesde:gálibo


© 2010, Nuria Ruiz de Viñaspre © 2010, Arturo Borra y Laura Giordani (del prólogo) © 2010, Félix Fradejas (de las ilustraciones) © 2010, Luces de Gálibo (Gorbs Comunicació scp), Girona .......................... Diseño y dirección de la colección: Ferran Fernández Maquetación: Zaranda & Jo .......................... isbn: 978-84-937302-6-0 .......................... Depósito legal: ma--2010 Imprime: Imagraf Impreso en España / Printed in Spain .......................... Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. .......................... Luces de Gálibo donará el 1 por ciento de los beneficios producidos por la venta de este libro a la ong Acción en Red.

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LOS HOLOCAUSTOS SILENCIOSOS

Vi la serenidad en los ojos de las reses destinadas a los cuchillos industriales y los caballos inmóviles en la tristeza; después, la cal, su luz en los ancianos, y grandes grietas habitadas por lamentos. Antonio Gamoneda, Libro del frío Después de taparlos decidieron iniciar las diligencias. El sospechoso podía ser un joven pálido, empleado en un matadero. O un maquinista. O el conductor de un circo itinerante. Para velarlos dispusieron sillas polvorientas. Apagaron las luces y los cristales del techo se abrieron como ojos en blanco. Esther Ramón, Reses

Desde las ya clásicas reflexiones de Adorno y Hork heimer, efectuadas en 1947, acerca de la industrialización de la muerte llevada al extremo

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por el nazismo, no nos sorprende —aunque nos espante— que nuestra sociedad, para sostenerse en su opulencia, sacrifique como reses a multitud de humanos des-rostrados, convertidos en anónimos, en otredad radical (con el fin de eximir de la conciencia de su crimen tanto a ideólogos como a sus serviles ejecutores). La operación de construir al Otro como absolutamente extraño prepara las condiciones para su reducción a lo no-humano, para su constitución en objeto sacrificable. Tablas de carnicero ahonda en esa dirección de lo siniestro que nos atraviesa en lo cotidiano. Los «sospechosos» somos nosotros mismos, en cuanto participamos en esas prácticas. Para avanzar en dicho señalamiento, Nuria Ruiz de Viñaspre se centra en una de las dicotomías fabricadas por nuestro sistema de trituración: si hay carniceros, también debe haber, por necesidad, seres reducidos a reses, en su sentido zoológico y en su sentido etimológico. Sin esta reducción doble (a la mera animalidad y a la pura cosa), la operación quizá podría seguir reproduciéndose, pero sin el higiénico desapego que implica la serialización de la matanza, rigurosamente organizada por una cadena de producción de polaridades. Sólo esa cadena hace posible la despersonalización o deshumanización de los demás. Llegados a ese punto, dar el golpe de gracia no parece ser tarea especialmente desagradable o difícil.

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En este contexto, Tablas de carnicero no remite a una reflexión metafísica sobre la muerte en general, sino que ahonda en la oscura intuición del destino cortado a fuerza de cuchilla. En última instancia, también los matarifes trabajan para el Amo Absoluto de la Muerte, como hubiera dicho Hegel. No hay hipérbole: la opulencia mal habida —¿y cuál no lo es en las condiciones materiales del presente?— implica reducir la medida de lo humano a la báscula, a la equivalencia general de las cantidades abstractas. Lo que se contabiliza no son sujetos: son cuerpos mercantilizados, cuerpos desesperanzados, entregados a la resignación de la espera en la fila del matadero, ese conglomerado industrial que desmembra en «redes de tortura» lo que pudiera haber de individual (de indivisible) en el individuo. Que en sociedades precedentes existió el canibalismo, que la devoración del prójimo no es un invento moderno ya lo sabemos; la cuestión, aquí, más que construir falsas constantes antropológicas, es analizar cómo hemos llegado al punto de poder construir procedimientos rutinizados para seguir con esta práctica sin que nos tiemble el pulso, sin que nos afecte en lo más mínimo nuestra hipócrita moral de rebaño. La paradoja de toda esta escena es que quienes hoy se constituyen en victimarios mañana serán víctimas: el pasaje, al contrario, está asegurado.

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Más tarde que pronto, casi todos habrán de ser inutilizados, reducidos a vacas que esperan su turno, «con un gancho que cuelgue del cielo», a excepción de los amos, que, otra vez con Hegel, acceden al «goce de la cosa», a pesar del miedo, de los vallados que cercan los accesos, de los ejércitos que custodian el paso. La mutilación y la alteración de la sintaxis vienen de una mutilación no-poética más radical: el excedente de humanos deshumanizados que son sometidos al matadero. Otra vez, el excedente no impide el hambre. Porque, si hay algo que no obstruye la opulencia del primer mundo, es la carencia incluso entre sus filas. El capitalismo —ya lo sabemos— no tiene patria. incluso la más afilada de las vacas aquella de la lengua azul la que come hierba sin lengua la de la carne sin boca la más cenceña de todas —casi muerta— la de las cien costillas rotas incluso ésa tiene cuatro estómagos me pregunto cuántos huesos de más tiene respecto al niño más enjuto En esta situación que es drástica —a pesar de los consuelos de mercado y del habituamiento de la propia víctima— el gesto subversivo por excelencia

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no puede ser más que devenir uno mismo animal: afirmarse en aquello que aparece estigmatizado, condición necesaria para ser despojado de la condición de igualdad, para ser producido como rebaño dispuesto al sacrificio. Precisamente es el camino que Ruiz de Viñaspre transita, sin por ello olvidar la heterogeneidad que sobrevive incluso en nuestra pertenencia común al mundo de las reses. Dicho de otro modo: no todas las vacas somos idénticas. Algunas pacen, otras miran y se enfilan, algunas quizá procuran quedarse atrás y ser postergadas hasta la próxima carnicería e incluso no faltan aquellas que mugen, a falta de lengua inteligible. No es que sobren los diagnósticos al respecto. Pero, cuando se está en el matadero, forjar fugas (colectivas) o rebeliones no parece ser un lujo. La humanidad sangra y no debería asustarnos repetirlo cuando la ceguera persiste. El problema sigue siendo cómo pensar otra morada y hacer concebible un sueño que evite la inmolación continua. Con laconía, como aquello que se gesta en un espacio de oscuridad, Ruiz de Viñaspre arriesga algunas trazas, proponiendo una apertura para un presente infinito, y así «abrir tu cuerpo hasta que se curven/ mis otros huesos —aquellos otros más insólitos». En efecto, los huesos insólitos constituyen posibilidades inexploradas de lo humano. Una humanidad no

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reducida a res, no cosificada. Apuesta por lo desconocido, entonces, como posibilidad reprimida de lo político, que choca constantemente con las persignadas actitudes cotidianas (condensadas en el «así son las cosas»). La resignación, cuando no el conformismo, está ahí, incluso cuando ya nos enfilan o nos toca estar del otro lado del espectáculo televisado del genocidio, de las guerras o todas las llagas ajenas acumuladas en la retina, más o menos insensibilizada, como si al final también el sufrimiento extendido pudiera reutilizarse en algún escaparate de un centro comercial como estrategia de marketing. La res es sometida a la predación humana y esa predación necesita proyectar lo repudiado afuera, en eso que, a pesar de todo, nos alimenta. Si algo había de sacro de ese animal en India, en Occidente se convierte más bien en depositario de una existencia cosificada, en figura de explotación. Más aún: permite mostrar la naturalización de la muerte del Otro, incluyendo la muerte de la naturaleza —facilitada por los dispositivos mediáticos, pero también por un sentido común cotidiano que, llamativamente, apela a la «naturaleza humana» para explicar este proceso. En conjunto, la reducción de lo humano a mera cosa es evidencia de la «irracionalidad de la razón capitalista», como hubiera señalado H. Marcuse. A pesar de ello, la tensión está ahí, irreductible. Ruiz

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de Viñaspre lo señala: «vienen las contradicciones», y ahí está esa otra razón crítica que pone en cuestión la profanación de la vida que se efectúa en nombre de algún Dios cruel. Para decirlo de otra manera: Tablas de carnicero remite a esa escena donde se pasa por la cuchilla lo otro y eso otro es también el medio ambiente, la diversidad de especies, en suma, la Tierra-matriz. Podría hablarse así de un sentido ecológico del poemario, pero una ecología que incluye al ser humano como parte de ese «reino» que estamos destruyendo. Un enfoque así, crítico ante esa mirada antropocéntrica propia de una razón instrumental descontrolada, es también una advertencia: sin esos compromisos ético-políticos básicos frente al entorno natural y social, nuestra existencia misma queda comprometida de muerte. Nuestra constitución vacuna no impide interrogar fisuras o resquicios. Ninguna omnipotencia cabe conferir a un sistema que, a pesar de su poderosa capacidad asimiladora, tiene huecos por todas partes y resistencias más o menos fragmentarias pero efectivas. Puede que el dolor del otro siga siendo del otro, más o menos intransferible. Que nuestro devenir animal no sea un simple lazo com-pasivo, sino comprensión anticipada de nuestra propia vulnerabilidad. En cualquier caso, sentir-con-elotro y situarse de forma desafiante en su condición inferiorizada es la opción que elegimos quienes

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confiamos en la igualdad humana, una igualdad que no niega la diferencia, sino que evita jerarquizarla en términos de poder o distribución de privilegios. Es el grito —el mugido, si se prefiere— que nos cabe ante tanta mansedumbre instruida, ante este sosiego imbécil, zoológico, de la mirada que contempla cómo se llevan a nuestros semejantes sin que se asome la rebelión. Lo dice con ironía Ruiz de Viñaspre: este devenir terrible es la montaña rusa de la vida así que sólo creo en lo que reza la presentadora diaria del telediario Tablas de carnicero, pues, retoma un símbolo que permite introducir lo no-poético en lo poético, poniendo en entredicho la separación purista de lo estético y lo mundano. Sólo una poesía que interroga la herida puede escapar al autismo de los bellos sentimientos en plena devastación. Tras la huella de poetas como A. Gamoneda o más recientemente E. Ramón, Ruiz de Viñaspre se despoja para hablar del mundo sangrante en que vivimos. Necesitamos más voces que nos recuerden la sangre que abona nuestro bienestar. En ese sentido, la poeta acepta aquí esa compleja tarea, constituyendo una cruda redescripción del presente, sin complacencias. Acaso si nuestro apetito sólo pudiera construirse

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ahí, en ese holocausto silencioso, más nos valdría morir de inanición. Arturo Borra y Laura Giordani Alzira, 29 de agosto de 2009

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nos endurecemos a todo aquello a lo que nos acostumbramos Montaigne


EN LA BALANZA OSCURA


el peso del amor en la balanza oscura una brisa delgada una navaja finísima que corta el corazón y lo acerca a la muerte duplicando su vida Rafael-José Díaz


in crescendo la paz que venía de los ojos del buey... Clarice Lispector

la paz que venía de los ojos del buey-prado

el peso del amor que venía de la paz que venía de los ojos del buey-prado el disparo que atraviesa el peso del amor que venía de la paz que venía de los ojos del buey-prado la apilada carne tras el disparo que atraviesa el peso del amor que venía de la paz que venía de los ojos del buey-prado la mosca-novia que acribilla la apilada carne tras el disparo que atraviesa el peso del amor que venía de la paz que venía de los ojos del ahora buey-muerto

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la cadena no se detiene nunca simplemente porque haya un animal vivo Martín Fuentes (matarife)

de camino al matadero

viste el sol por vez primera y en esa zona de aturdimiento llevabas en el rostro aquella luz extraña tenías una expresión entre un ayer y su mañana como este eterno hoy como este mediodía tu semblante se alargaba hasta el día siguiente de tu gran mentón mientras tu cuello vivo se aferraba al resto de tu desesperado cuerpo

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¿por qué razón habrá el caballo de parecernos siempre desnudo y no el ganado vacuno? M. A. Ortega

no la toquéis más

no despellejéis la costumbre de su traje su cuerpo es hoy el tesoro que exprime la mano más cobarde esta res que yace a vuestro lado lleva su futuro despedazado en alguna pradera o calle bombardeada soltad sus pequeños trozos de carne saltando por los aires soltadlos

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hay una res muerta extenuada en el aire con las patas como fusiles disparando balas al cielo de su establo

qué quieto estoy soy ese animal muerto en el asfalto frío de una mesa de carnicero en el último suspiro fue lanzada desde el tejado de aquel alto edificio estrellando sus huesos contra unos granos de arena —qué quieta y pesada está esta vaca muerta con esa extraña sonrisa dibujada en su rostro como diciendo soy el ejemplo del mundo en el deshielo de este prostíbulo ¡qué extravagante oración de cenizas! ¡qué negligentes nosotros llevando tanta arcilla en los ojos! ¡cuánto estiércol y cuánto escombro en este carnaval de vacas gordas!

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nunca aprendimos la diferencia

del destino de la cuchilla que disecciona nos pasamos la vida construyendo mesas de carnicero sobre el esbozo de nuestras propias mesas de comedor ÂĄquĂŠ gran fiesta de comensales vacunos!

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YO TAMBIÉN ESTOY SUBIDA EN ESTA MONTAÑA RUSA


por lo dem谩s la vida y la muerte se van como en esta monta帽a rusa: con cinco segundos de emoci贸n para una y cinco segundos de emoci贸n para otra. [...] lo bueno de todo esto es que nada dura eternamente


morimos mirando girando

e

n cualquier momento la vida da un giro y te gira y te giran y giras y ellas mueren girando vacas giradas que ruedan en un carrusel de reses enfermas —tiovivo aturdido llamado lapso— y en esa atracción de etílicas ferias agonizan borrachas de sangre ellas giran y giras con ellas y lo que es víctima es victimario en manos de otro matarife nuevo es el carrusel de la vida donde postreras gotas de vida giran y giran desde sus lenguas azules y sus hilos de baba ruedan y ruedan en este tobogán de gargantas rotas —columpio de cercenadas muertes—

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la lengua de una vaca es el tobogán azul de los niños

incluso la más afilada de las vacas

aquella de la lengua azul la que come hierba sin lengua la de la carne sin boca la más cenceña de todas —casi muerta— la de las cien costillas rotas incluso ésa tiene cuatros estómagos me pregunto cuántos huesos de más tiene respecto al niño más enjuto

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LA TABLA DE DAMIEN HIRST


«das belleza al horror, ése es tu mayor talento», le decía a Djuna su amiga Emily Coleman Djuna Barnes


si los mataderos fueran transparentes, acabarĂ­amos todos siendo vegetarianos Paul McCartney

aquella vaca tenĂ­a la fuerza

de un gran barco encallado en el ocĂŠano enfermo de una vitrina y ahora ahora se extingue sola suspendida dentro de ese cristal en equilibrio pobre vaca ciega

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VACA-HIRST O LA PIRÁMIDE INVERTIDA


Fui a los bosques porque quería vivir conscientemente para enfrentarme a los hechos esenciales de la vida para ver si era capaz de aprender lo que ella me tuviera que enseñar y para no descubrir, cuando llegara mi muerte, que no había vivido. H. D. Thoreau


los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata Eduardo Galeano

ninguno de nosotros sobrevivirá a nuestro propio peso seguiremos comiendo y bebiendo frente a un televisor que va sumando muertos en nuestro contador casero

nuestro contador casero aquel calendario de muerte sujetado con un imán en la pared frigorífica de nuestro pecho y que reza algo así como ¡no interrumpir nunca la comida por el muerto de la tele! ¡no interrumpir nunca la comida por el muerto de la tele! ninguno de nosotros —telespectadores expectantes— sobrevivirá a nuestras propias vacas mancilladas sólo el mundo resistirá porque el mundo es un establo por eso la colina nunca será ceniza

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eso sí —televidentes ya muertos— nos parecerá distinta retransmitirán nuestras propias muertes mientras recordamos aquella sentencia antigua imantada en el frigorífico de nuestro pecho: ¡no interrumpir nunca la comida por el muerto de la tele! ¡no interrumpir nunca la comida por el muerto de la tele! será una muerte sin tregua es cierto sin lucha sin afán y sin lamento y seremos ejemplo para abatir las cabezas de las reses más orgullosas del mundo como una luz tenue que muere en la sombra como una tempestad en el establo que nos embolsará más allá del límite radiante de alguna colina verde pero entonces vienen las contradicciones —o sea la razón

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ÍNDICE


PRÓLOGO (9) EN LA BALANZA OSCURA In crescendo (25) Saben que van a morir (26) De camino al matadero (27) No la toquéis más (28) Taxidermistas (29) Caricatuada criatura (30) La espera asfixia la propia ambigüedad (31) Hay una res muerta extenuada en el aire (32) Taladraron su cuerpo (33) Cabeza de vaca (34) Nunca aprendimos la diferencia (35) Ella (36) Adelante (37) Parturientas vacas (38) YO TAMBIÉN ESTOY SUBIDA EN ESTA MONTAÑA RUSA En cualquier momento (43) Incluso la más afilada de las vacas (45) Con una luna de cuchilla corva (46) La vaca robusta se traga a la escuálida y fea (47) Soy una vaca porque un corazón de orca (48) La vaca equilibrista (49) ¿Cómo comerme el sexo de una vaca? (50) Aquella mañana (51) La vaca muerta que os habla ya ha hecho el amor (52)


En mi cuadra (53) Si yo pudiera pintar (54) Dicen de la gravedad que es la fuerza (55) Vacas locas (56) LA TABLA DE DAMIEN HIRST Propongo abrir tu cuerpo (61) Aquella vaca tenía la fuerza (62) Fuera de los límites del establo (63) Al final del largo día (64) Escribo (65) Cuántas veces he saboreado tu carne (67) Allá lejos (68) ¿Qué apartarías de una tabla de carnicero? (69) ¿La vida de una res es un fenómeno extraño? (71) ¿Es que no veis las balas? (72) VACA-HIRST O LA PIRÁMIDE INVERTIDA Ninguno de nosotros sobrevivirá a nuestro propio peso (77) Las reses no creemos en héroes (79) Un carnicero debe comportarse como un hombre (82)


Extracto del libro Tablas de carnicero de Nuria Ruiz de VIñaspre  

Libro Tablas de carnicero (Luces de Gálibo Editorial 2010) de Nuria Ruiz de VIñaspre. Ilustraciones: Félix Fradejas

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