__MAIN_TEXT__

Page 1


La Revista de Noticias de la Villa

EDITORIAL

Felices fiestas, ánimo y mucha esperanza Estimados lectores, cuando nos encontramos ante los últimos coletazos de este año 2020, afrontamos unas fiestas y tradición que la maldita pandemia va a condicionar y que a pesar de todo confiamos en que cada uno de vosotros pase lo mejor que sea posible. Se marcha un 2020, que muy pocos imaginábamos iba a ser tan complicado, donde la pandemia mundial no solo ha dejado un reguero de muerte, dolor, y enfermos, sino que se ha cebado especialmente en las economías más desfavorecidas y ha perjudicado enormemente al comercio, en especial a la pequeña y mediana empresa. Despedimos un año caracterizado por las calamidades generadas de la pandemia, miramos con optimismo y esperanza a un horizonte cercano, el 2021. El año que viene será el año en que la población mundial consiga vacunarse y por ende superar esta crisis sanitaria internacional. Pero es en cada uno de nosotros donde realmente reside la ardua tarea de reconducir una crisis generada por la pandemia. Y lo debemos de hacer, ayudándonos los unos a los otros, cumpliendo con las normas dictadas para contener los contagios y contribuyendo en la medida de nuestras posibilidades para ayudar a nuestros convecinos. Más temprano que tarde volveremos a ver la luz al final del túnel y con la ayuda de todos, de las instituciones, las administraciones públicas, del sector privado, de todos y cada uno de nosotros… superaremos las vicisitudes y regresaremos a nuestra ansiada normalidad. Hasta entonces, ánimo, feliz Navidad y que seáis muy felices.

3


4

La Revista de Noticicias de la Villa

La Navidad de otros tiempos Oro Incienso y Mirra

Juan Manuel Ramírez Tocón Yo vivía en la Calle Calvo Sotelo, hoy La Plata, donde al mediodía de los domingos y días festivos el municipal de guardia colocaba el disco de prohibido el paso a los vehículos y convertía esta vía principal en el lugar de encuentro de nuestra gente. Cine de verano, terrazas, comercios... todo lo necesario para disfrutar de un pueblo que se sacudía las chinches al ritmo que marcaba la llegada de industrias, asfalto y ladrillos dejando los zahones y los aperos de labranza guardados en el baúl de nuestra historia. Pero en aquella incipiente década de los setenta, mi calle cambiaba en vísperas de Navidad. Los enormes escaparates de Galerías Ferrer se transformaban; los pequeños electrodomésticos, las mágicas lavadoras de ventanas redondas, las aparatosas aspiradoras, las cocinas de butano con esos hornos que convertirían en escombros las hornillos de carbón, las neveras americanas que harían desaparecer los tarros de cristal llenos de conservas de la huerta y aquellos anuncios con señoras con delantales enclaustradas en una sociedad machista, todo desaparecía en una noche donde los duendes trabajaban a destajo para llenar el espacio de juguetes. Las flamantes motoretas, la última muñeca de Famosa, los geyperman con pelo y barba, el coche capota con ruedas enormes, los castillos de mil piezas, los nuevos Cine Exin y el coche dirigido de Stasrsky y Hutch nos convocaban, como a moscas, entre decenas de balones, diávolos y una locomotora que, tras darle cuerda, andaba loca al ritmo de la cucaracha. Ese escaparate era el oro de Mesopotamia con el que Gaspar cubría nuestros sueños, los sueños de los niños y niñas de la generación del yogur, de nuevos colegios, de paseos y plazas llenas de juegos, de zancos, de aros, de piedras redondas de mármol con las que ganábamos la estampa del último fichaje de nuestro equipo, de correveidiles con mensajes llenos de amores con trenzas y parches de cuero en la ropa heredada; el oro de la ilusión y la esperanza que nos enriquecía un alma empanada de carencias.

Melchor también formó parte de esa postal de ilusiones Él nos trajo el incienso de la India con el que nos separábamos de ese escaparate y nos dábamos de frente con la resignación de una realidad en la que debíamos valorar la riqueza de lo que tenemos. En la noche de reyes llenábamos de nervios la habitación compartida con el abuelo y proyectábamos en el techo el escaparate de Ferrer mientras la voz temblorosa de una generación sabia nos decía, como aquel rey de barba blanca, que siempre hay que pensar en aquellos que no tienen la suerte de ver los escaparates. Y por supuesto, Baltazar. El rey etíope era el preferido de casi todos los niños y niñas. Baltazar, con su mirra, nos defendía a todos los hijos, como si todos juntos fuésemos el camino hacia el futuro de un pueblo que saludaba al progreso con el orgullo del esfuerzo y el trabajo de nuestros antepasados. Atrás quedaban las huertas, los mulos cargados de carbón, las aguaoras, los lateros y todos los oficios que llamaban a los postigos de las puertas en busca del trueque para seguir adelante. Igual que llegaron... se fueron. El escaparate se llenó de nuevo de cacharros con cables y carteles de señoras de películas, mientras nosotros, los niños y niñas, volvimos a las pizarras y a llenar el paseo y las plazas de los juegos con los que crecimos entre bollos con chocolate y las voces de las madres que daban por finalizado el día.


La Revista de Noticicias de la Villa

10

Los Barrios, la epidemia de fiebre amarilla de 1804, y la barriada de El Lazareto José Manuel Algarbani Profesor de Historia del IES Carlos Cano. Cronista de la Villa de Los Barrios

D

ejando de lado algunas pandemias globales que no han tenido tanta influencia en la población de Los Barrios en general (peste, viruela, sarampión, SIDA, cólera o Ébola), hay dos que han cambiado la historia de nuestro pueblo; la fiebre amarilla de 1804, y la denominada “gripe española” de 1918-1919. Ambas, junto a la que estamos padeciendo cambiaron y cambiarán nuestras vidas. Nos centramos en este artículo en la epidemia de fiebre amarilla que asoló Los Barrios durante los meses de septiembre a diciembre de 1804. La mal denominada “gripe española” de 1918, tuvo una importante incidencia en Los Barrios. Con una población de unos 6.700 habitantes, afectó, entre octubre y noviembre de 1918, a 499 contagiados según la prensa de la época, y posiblemente fueron un número mayor. Se desconoce el número de muertos, pero las investigaciones más serias estiman que murieron del 10 % al 20 % de los infectados. En aquella época los médicos aconsejaban curar el virus con café, tabaco, ajo y coñac. La pandemia actual, el Covid-19, a fecha de 8 de junio en Los Barrios, ha contagiado a 31 personas y ha habido 6 fallecidos, con una población actual de unos 24.000 habitantes. Los Barrios tiene en su historia episodios muy relacionados con las grandes epidemias a lo largo de su historia más reciente. Incluso la barriada del Lazareto, le debe su nombre a la pandemia de fiebre amarilla que asoló España y nuestro municipio en 1804.

La fiebre amarilla de 1804 y el Lazareto de Los Barrios El 11 de septiembre de 1804, se alojó en la posada del pueblo de Los Barrios, el soldado de caballería del cuartel de Santiago, Manuel Ruiz. Su muerte, ocurrida en la madrugada del día 13, hizo sospechar al médico municipal Joaquín de Bobadilla, que podría tratarse de una enfermedad de contagio. Con este soldado venían otros doce, y ya habían dejado dos enfermos en Cádiz y Medina. La Junta de Sanidad comenzó inmediatamente a tomar medidas como enterrar el cadáver con precaución y poner en cuarentena la posada. Pero ya era tarde, el roce del enfermo y sus compañeros con una gran parte del pueblo había sido considerable. Este soldado del Regimiento de Santiago proveniente de Cádiz, trajo la enfermedad de allí, donde ya estaba más avanzada la enfermedad. Ya los médicos estaban alarmados cuando a los 15 o 16 días de la muerte

del soldado, y cuando el levante, que fue muy abundante esas semanas, cambió a poniente, seis enfermos que ya eran sospechosos quedaron contagiados. Vivían en casas que estaban contiguas a la puerta de la posada donde se alojaron los soldados, por su frente y por su costado, en una especie de plazoleta de unas sesenta varas de largo (unos 300 metros) y unas doce varas de ancho (unos 60 metros). Debido a este hecho, el comandante general del Campo de Gibraltar, Francisco Javier Castaños, organizó una comisión para inspeccionar y atender la salud pública de su distrito y el médico Tadeo Lafuente fue enviado a los Barrios, en octubre de 1803. Él, junto a los dos médicos que tenía Los Barrios, intentaron atajar la epidemia. A su llegada, se practicaron en los parajes sospechosos, las medidas propias de la época, fumigación de ácido nítrico, y se circunvaló y cerró la plazoleta y el recinto de todas estas casas. En estos momentos, ya se estaba comenzando a construir un lazareto, en las afueras del municipio.


La Revista de Noticias de la Villa Un lazareto es un lugar donde se alojan a enfermos contagiosos para tratar enfermedades infecciosas, en muchos casos estaban más enfocadas a la reclusión de estos enfermos sin ningún cuidado médico, ni de salubridad. A las casas donde sus moradores comenzaban a tener síntomas, se les ponían inmediatamente guardias de sanidad en sus puertas. La población se oponía a las disposiciones de las autoridades sanitarias. Solo cuando las muertes fueron muchas, fue cuando comenzaron a comprender la importancia de las medidas sanitarias, y ya era tarde. Incluso algunas casas ocultaron su contagio, por no querer estar bajo las indicaciones de las autoridades sanitarias. Esto hizo que la enfermedad se disparase, y que estuviese amenazada la salud del pueblo en su conjunto. Se pusieron guardias sanitarios por todas partes y se acrecentó la necesidad de concluir el lazareto, que tuvo también muchos problemas y dilaciones. La única solución que se daba en ese momento fue la de sacar a los enfermos del pueblo y enviarlos al lazareto, costeado por la Junta de Sanidad del municipio. La idea era aislar cada enfermo en una choza pequeña construida de ramajes y palma, en el aire puro y libre del campo. La choza estaba ventilada y había una absoluta renovación del aire, lo que no había en las casas del pueblo, que carecían de la ventilación necesaria. Incluso durante diciembre, donde hubo malísimos temporales de lluvia y vientos, se invitó a los enfermos de las chozas a que pudiesen ser trasladados al hospital, contestando todos que se quedaban, a no ser que fueran obligados por violencia. Cada choza estaba separada 18 varas (unos 15 metros), y no era necesario alejarla demasiado de la población. Fue-

11 ron 36 chozas de enfermería y 46 para los que debían estar en cuarentena y convalecencia. Se construyeron en estas fechas dos lazaretos en la comarca, el de Los Barrios, y otro en la playa de Getares de Algeciras. La construcción del lazareto tuvo muchos detractores en este pueblo, estos defendían que era preferible que se aislasen en el hospital de la Caridad, el actual centro de mayores del Paseo, que en aquellos años estaba enteramente aislado, muy ventilado, y era una buena construcción. Como fue imposible resistir a los defensores del aislamiento en el hospital de la Caridad, se concedió que cada enfermo pudiese elegir su destino, ya fuese el lazareto o enfermería de chozas, como también se denominó, o el nombrado hospital de la Caridad, incluso se permitió caseríos en el campo, siempre que se quisiese costear las correspondientes guardias sanitarias. A principios de noviembre de 1804 y en medio de grandes dificultades, se comenzó a trasladar a los enfermos al lazareto, se le permitió que pudiesen ser acompañados de uno o dos personas, y se comenzó por los que empezaban a caer enfermos, no se movieron a los más graves. Se impusieron penas a las familias que ocultasen a sus enfermos, se ofrecieron premios y “un sigilo escrupuloso” a los delatores de enfermos. También se estableció la figura de los comisarios de barrio, que pasaban diariamente lista y visitas domiciliarias. Los Barrios en 1804, tenía una población de 2500 habitantes aproximadamente, de 3000 almas (cada uno de los miembros de cada familia) habla Tadeo Lafuente, y setecientos vecinos (los varones mayores de edad cabeza de familia).


12 En los poco más de tres meses que duró la epidemia, unas 300 personas fueron contagiadas y hubo 112 víctimas, además de veintitantos difuntos que se encuadraron en muertes dudosas. Todo sucedió en pocos meses, en un pueblo como Los Barrios donde morían anualmente 30 o 40 personas.

Además del pueblo de Los Barrios, los protagonistas fueron, el médico municipal Joaquín de Bobadilla, el padre capellán de los contagiados Fray Juan de San Miguel, mercenario descalzo, y el guardián interno del lazareto de chozas Francisco Salsa. Pero el protagonista que pasó a la historia de la medicina española y a la historia de Los Barrios es el médico Tadeo Lafuente.

La Revista de Noticicias de la Villa Tadeo Lafuente, médico consultor de los Reales ejércitos, estuvo comisionado varias veces como inspector de salud pública en el Campo de Gibraltar. En una de sus estancias en Los Barrios, Lafuente escribió un interesante libro que planteaba un método curativo sobre la fiebre amarilla que ha quedado en la historia de la medicina, Lafuente resumía su método curativo de la siguiente forma; “El resultado no es que solo la quina es la que produce estas curaciones admirables; es primero, su cantidad; segundo, el instante forzoso en que debe comenzarse; y tercero, el momento preciso en que se debe concluir de tomarla. Con que falte una de estas condiciones, podemos hacer cuenta que no se ha hecho nada”. En la intrahistoria de Los Barrios, nos queda el nombre de la ubicación del Lazareto, donde hoy día se encuentra una de las barriadas más populosas del municipio, que recibe el mismo nombre; El Lazareto, y la plaza principal de esta barriada que acertadamente se llama “médico Tadeo Lafuente”. Incluso hubo un proyecto para la construcción de un Lazareto en Los Barrios en 1929, que no se llevó a ejecutar por los condicionantes políticos de la época, pero eso es otra historia.


La Revista de Noticicias de la Villa

16

Panadería Los Remedios

Artesanos de un moderno pan tradicional Alfonso Pecino López Etnógrafo. Asociación PALESTRA

E

n la parte alta de la calle La Plata se emplaza la Panadería Los Remedios, un genuino santuario del pan en Los Barrios.

la alimentación, falsos mitos respecto al pan, novedosas formas de elaboración y otros aspectos causaron una bajada en el consumo de este alimento imprescindible. Sin duda, fueron momentos nada fáciles y con decisiones por tomar.

Los Remedios se abre al público por su despacho de pan, de lo más coqueto y de unas vistas exquisitas. Tras él se sitúa el obrador, el espacio fabril donde el equipo de trabajadores convierte sencillos ingredientes en magníficas piezas de calidad superior. Al frente de la empresa, Antonio Ortega Rodríguez, digno seguidor de la saga de panaderos que inició su padre, José Ortega Gómez a mediados del siglo pasado. José, cuyos primeros pasos en el oficio los había dado en el horno que su familia tenía en la finca Las Haciendas, adquirió la actual panadería en 1952. La tahona ya existía en esta ubicación desde principios del siglo XIX siendo regentada por diversas familias hasta llegar a sus manos. Antonio Ortega, hijo de José y su esposa María Rodríguez, Maruja, que aún sigue viviendo en la casa familiar, tomó el relevo de su padre a su temprana muerte en 1983, haciéndose cargo del negocio familiar con tan solo 27 años, aunque ya desde los 13 había comenzado a trabajar en él. Antonio recuerda aquellos años en que el pan y las panaderías vivían tiempos de cambio. Como alimento básico, en “el pan nuestro de cada día” también se reflejaban las transformaciones de una sociedad española que mudaba a marchas forzadas. Nuevos hábitos de vida y formas de trabajo, nuevas prácticas y modas en

El despacho de pan. Auxi y Pepi sus perfectas encargadas

Las empanadillas de batata o cabello de ángel siempre un capricho exquisito

Para bien, Antonio y su familia decidieron mantenerse firmes ante las nuevas olas en el sector y las orientaciones de la demanda y perseverar en la línea tradicional continuando con la panificación artesanal, sin caer en los cantos de sirena de la panadería industrial. El reto era seguir haciendo lo mismo, aunque incorporando los necesarios cambios. Antonio recuerda cuando en aquellos sus primeros años, en Los Barrios, se consumía mucho más pan que ahora, y que eran las teleras de pan de campo de 1 ó 2 kg y los bollos lo que más se gastaba… los trabajos eran más duros y las gentes, desde los niños a los mayores, eran mucho más activos, y eso se notaba en la forma y cantidad de consumo del pan. Los nuevos escenarios requerían nuevas presentaciones y productos. También vinieron innovaciones en la infraestructura de la panadería, especialmente, en el obrador, donde el horno de leña de ladrillo fue reemplazado por un horno eléctrico giratorio. Fue el adiós a aquel horno,


El equipo panadero en pleno proceso de formación de las piezas

entrañable y aún recordado por los vecinos del centro del pueblo. Sus olores nocturnos se convertían en auténticos aromas y en el indudable adelanto del rico pan que llegaría a la mesa al amanecer. Igualmente, novedades en la forma de trabajar y nuevos requerimientos impusieron la incorporación de nueva maquinaria de ayuda a las tareas más sufridas. Así aparecieron en el obrador amasadora, refinadora, cámara de fermentación, carros de enfriamiento, cortadora-rebanadora de pan… Aunque otros, como la entrañable y muy veterana balanza de pesas sigue ejerciendo su labor calibrando, cada noche y una a una, cientos y cientos de pesadas. La jornada de trabajo es otro de las cuestiones que han sufrido ciertas variaciones. Aun manteniéndose el arraigado y sacramental horario nocturno, dos equipos de trabajo se han dispuesto en turnos de tal manera que comparten y hacen más llevaderas las horas de madrugada. Esto permite alargar las horas de trabajo hasta el mediodía y la atención a la producción de la dulcería, no sujeta a las imposiciones horarias del pan. De este modo, el proceso de elaboración se ha conseguido mantener de forma auténticamente artesanal. Aún

con el apoyo de la maquinaria, son las manos y destrezas de los panaderos, Víctor Jiménez, Ángel Gómez y Juan Guerrero, las que van dando “vida” a la hornada. La sencillez de ingredientes y tecnología para la fabricación del pan, contrastan con los conocimientos y pericias de estos especialistas que por mérito propio son considerados verdaderos maestros. Después de más de 8000 años desde de los primeros y remotos panes, siguen siendo los mismos “simples” ingredientes: harina, agua, sal y la alquimia que aporta la masa madre y las levaduras, los que permiten tan deliciosa y nutritiva obra. Es mucho el patrimonio cultural que se concentra en una telera de pan o cualquier otra pieza. Y puestos manos a la obra, cuatro son las reglas sagradas para que el pan presente su máxima calidad y sea una pieza sobresaliente: la preparación de la masa, el amasado, el reposado y el horneado. Así, la sala de trabajo se convierte en un auténtico y pausadamente agitado “juego de tetris”. Cada pieza, cada movimiento de los actores y los equipos están ordenados y acompasados. Todos se mueven, todos se paran, todos pasan, van y vuelven, nadie ni nada choca… Parece como si sucediera en el obrador una especie de


La Revista de Noticicias de la Villa

18 danza melódica de madrugada. Eso sí, una danza en el calor tan peculiar de las tahonas y en el aroma de ese olor tan evocador… el olor a pan horneándose. Y es también una danza de colores. Iniciar en el color blanco de la harina de trigo, tornar al crudo de la masa y, de ahí, consumar con el tostado de las piezas recién sacadas del horno. Es la magia de llegar con lo sencillo a uno de los alimentos más antiguos y esenciales de la Humanidad.

Y aún un mayor inventario de dulcería salidas de las manos expertas de los hermanos José Antonio y Javier Ortega y de Olimpia Guillén. Aquí destacan mantecados, mantecados de sidra, pastitas perrunas, pasta flora, bollos de leche, cakes, corintas, suizos, magdalenas, empanadillas de boniato o de cabello de ángel, borrachuelos, roscos fritos, tortas de aceite o de pellizco, torrijas, rocos caseros, coquitos, japonesas… Una magnífica producción de un equipo bien asentado en la familia Ortega, con Antonio a la cabeza, reforzado con su esposa Inmaculada Pacheco y sus hijos José Antonio, Javier y Auxiliadora, y el apoyo de sus hermanas Pepi, Sara y Susana. Un equipo que nos permite disfrutar del privilegio del pan y los dulces tradicionales elaborados artesanalmente con ese sello tan peculiar que imprime la Panadería Los Remedios. Sea por muchos años.

¡¡Los piquitos!! La pieza más simpática… Cuántos miles de miles han salido de esta tahona

Es la magia con la que la Panadería Los Remedios hace llegar al despacho, tan bien atendido por Auxi Ortega y Pepi García, y a nuestras mesas un amplio catálogo de panes, blancos o morenos, de distintos pesos y formas: teleras, barras gallegas, bollitos, molletes, bollos de fibra, baguettes, montaditos, pan de molde, panes de hamburguesa, piquitos (¡¡UUmmm, y qué piquitos¡¡)

La coordinación de las tareas en el obrador es una exigencia innegociable

Antonio y sus hijos José Antonio, Auxiliadora y Javier junto al horno


La Revista de Noticicias de la Villa

20

Bartolo, “el Pájaro” La vida te cruza en el camino a personas genuinas. Esas que aportan lo que el paso de la vida sólo puede generar. Esas cuyo rostro rezume vida, capaces de transmitir lo que un libro no puede dar. Así es la persona cuya pedagógica vida vamos a reseñar. Andrés Muñoz Muñoz

B

artolomé Herrera Calvente, conocido como Bartolo “el Pájaro”, nació el dieciséis de marzo de 1943, en la finca de San Carlos del Tiradero (Los Barrios), ubicada en pleno corazón del Parque Natural de Los Alcornocales. Es el sexto de nueve hermanos. Criado en el seno de una familia humilde, tuvo una dura infancia. Su época, y la precaria situación económica de su casa, propiciaron que se curtiera en el mundo laboral desde muy temprana edad. Junto a sus padres y hermanos vivió su infancia en el Tiradero, a escasos metros del Cortijo de Tejas Verdes. Dos chozas contiguas de doce metros cuadrados cada una formaban el hogar familiar. En una de ellas pernoctaban sus seis hermanas, y en la otra él junto a sus dos hermanos. A los 6 años, ya ayudaba a su padre y familia en tareas de carboneo, saca de corruca y venta de poleo. Para esta última, se servía de un burro con el que transportaba hasta dos arrobas de género a los puntos de venta del Puente Hierro o Facinas. Con 11 años se ganó su primer jornal, fueron 25 pesetas diarias a repartir con su primo Juan Antonio, por recoger monte para su quema. Para él, trabajar en el campo resultaba muy duro, jornadas intensas en las que no existían los sábados ni los domingos, sólo se descansaba el Viernes Santo. Bartolo relata la dureza de los fríos y lluviosos inviernos del Tiradero. Todo se hacía difícil sin dinero, sólo vestía con lo puesto, no había otra muda de ropa. Si se mojaba se quedaba mojado y era al llegar la noche cuando su madre se encargaba de encender la candela y secar la ropa de todos. Desde niño eran frecuentes las idas y venidas al pueblo a por la compra. Bartolo narra con detalle y entusiasmo el itinerario de sus trayectos, con especial alusión a su paso por los tres Molinos (alto, medio y bajo), y por el cortijo del Bálsamo. Eran unos veinticinco kilómetros de ida y vuelta, y los hacía a pie o en burro. Bartolo define su vida en el campo como de mucha miseria, su familia casi no tenía para comer. Sin posibilidad de ir a la escuela, su vida se limitaba a sobrevivir, pero a pesar de ello reconoce haber tenido una infancia feliz. Recuerda con especial cariño las pelotas de trapo que le cosía su hermana para jugar. A los 21 años se trasladó al pueblo, Los Barrios. La vida urbana supuso un giro radical en su vida. En el pueblo entabló su primer grupo de amigos. Para él, la existencia de


La Revista de Noticias de la Villa

21

cine, médico, tiendas o transporte resultaba llamativa. Sin lugar a dudas su nueva vida se tradujo en oportunidades y progreso. Bartolo cuenta con mucho orgullo el origen de su apodo. Fue su bisabuelo, Antonio, el que se dedicaba en Facinas a la caza de pajaritos para su venta, de ahí el apodo del “Pájaro”. A lo largo de su vida ha ejercido dos profesiones, corchero y encofrador. De la primera cuenta que salió de novicio a los 16 años de edad durante el descorche de la finca la Gredera, y en la segunda se inició una vez afincado en Los Barrios. Conserva una brillante e inquebrantada memoria, que le permite, además de poder describir palmo a palmo su añorado Tiradero, recitar poesías de su época. Sirva de ilustración un fragmento de la poesía que un tal Pablo “Zolapa” compuso en el descorche de San Carlos del Tiradero del año 1953. Se vino con el Naranjero un muchacho de Algeciras a las corchas del Tiradero y días antes de salir de Los Barrios para arriba buscó de mozo Zocato, Perniles y Saliva, y de cocinera se trajo a Paca la Colilla, y a su madre se la trajo “pa” sentarla en una silla y le llevara el control

En el año 2017, Bartolo y su primo Juan decidieron restaurar el derruido horno de pan familiar que su abuelo construyó entre finales del siglo XIX y primeros del siglo XX. Ubicado en la vía pecuaria que discurre entre el Jaramillo y Tarifa, a la altura de la finca de Ojén, eran veinte las teleras de pan de dos kilogramos las que se podían hornear en su interior. Visitar el restaurado horno junto a Bartolo supone la grata experiencia de retrotraerse en el tiempo, y poder vislumbrar a través de su mirada la esencia de aquel niño feliz. A sus 77 años y con una vitalidad admirable, continúa con su humilde vida dedicándola a su familia, amigos y disfrutando de su huerto, aunque realmente lo que le sigue apasionando son los reencuentros con sus orígenes, sus visitas a su querido Tiradero. Apenas surge la oportunidad, ¡allí va Bartolo! Como bien dice él: “yo tengo mucha fe en el Tiradero”.

Gracias por regalarnos el relato de toda una lección de vida.


Profile for noticiasdelavilla

Revista de Nacvidad 2020 los Barrios  

Publicación Comercial y promocional de la Villa de Los Barrios

Revista de Nacvidad 2020 los Barrios  

Publicación Comercial y promocional de la Villa de Los Barrios

Advertisement