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Retales de mi infancia

por Estefanía Ferrer del Río

V

erano -¡quién lo quisiera ahora mismo! 35º a la sombra. Paseaba con mis perros por una calle paralela al paseo marítimo maldiciendo el bochornoso calor, deseosa de un chapuzón en condiciones que aliviara mi sofocación, pero no era posible. Llegué a un quiosco y me paré a observar los helados –como agua de mayo-, y fui consciente de mi mortalidad. Sí, suena extraño, hay quien vive sin temor a riesgos, hay quienes optan por ser cautos y pasar la vida en silencio y hay a quien –por inspiración divina como a mí- le sobreviene en un instante la aceptación –o, al menos, la consciencia- de la muerte. Allí nos hallábamos unos perros ansiosos de proseguir su paseo y yo, anonadada entre la gran variedad de productos congeloazucarados, en ocasiones, a desorbitados precios –a este paso, cuando mi generación seamos padres, ¡tendremos que hipotecarnos por un puñado de chucherías! Y la nostalgia vino a mí. Se apoderó de mi desvaído corazón. ¡Qué recuerdos maravillosos conservo de aquellos días de estío, cuando no alcanzaba ni un metro de estatura y siempre les pedía a mis padres el mismo helado! Su imagen –para la posteridad, porque, como casi todo lo referente a mi infancia, ya no existe: Xuxa, Arale, ese helado…- sobrevuela mi apetito, tan sabroso, tan refrescante…tan lejano. Y no hace tanto, apenas dos décadas -¡caray! Dos décadas ya. Pensamos que somos jóvenes, que tenemos toda la vida por delante y erramos. Nuestra infancia parece tan cercana, pero no lo es, hemos emprendido un camino de no retorno en donde no hay más remedio que seguir y alejarse. Hace no más de 10 años esperaba con gran ilusión la Navidad, esa época en la que, a pesar de ser consciente de que ni Papá Noel, ni los Reyes ni nada que se le asemeje eran los verdaderos artífices de la llegada de mis regalos navideños, sólo el hecho de tener a toda mi familia junta y ver sus amplias son-

risas al darme -y darnos- los regalos, era algo extraordinario para mí. Había años en los que ni tan siquiera conseguía conciliar el sueño de la expectación por que llegara aquel día. Y llegaba y me pasaba las horas, los días y las semanas disfrutando de lo regalado: un juego de mesa, una muñeca, un videojuego, una cámara, etc. Luego venía Pascua y, con ella, la tradición que tenían mis abuelos de escondernos huevos Kinder® a lo largo y ancho de su campo para que mi prima y yo los fuéramos encontrando –siempre quien más descubría era yo, de ahí que se entienda mi constitución…ósea-, y los cumpleaños, que eran como festejos no del paso de la vida, sino la celebración de un número más. Y no nos damos cuenta hasta que lo observamos desde la distancia que nos impone el tiempo, pero esos años son parte del pasado, la etapa de nuestra infancia ya está cerrada, la ilusión que sentíamos no volverá porque ha ido evolucionando y es más madura, es diferente. Y toda esa felicidad, esa inocencia, esa alegría, ese entusiasmo y esa ilusión van difuminándose con el tiempo. Vas madurando y vas entendiendo que la Navidad, al igual que el cumpleaños, no es más que un paripé –ya no hay ni pizca del sentido deseo de reunirnos y celebrar que, por suerte, estamos todos un año más-, que los regalos no son regalos, son encargos anticipados de algo que necesitamos o queremos, pero que pedimos de antemano para no compartir momentos incómodos de gestos falsos de agradecimiento -¡cuánto me gustaba a mí todo cuanto me regalaban de pequeña, hasta los calcetines! Y, en definitiva, me doy cuenta de que los recuerdos de mi infancia, arrinconados, dan paso a las vivencias diarias que van perpetuándose poco a poco en mi memoria, afincándose, a la espera de ser ellos los, de nuevo, marginados en aras de futuras experiencias ¿inolvidables? Y, mientras, el tiempo pasa y cada instante es tiempo irrecuperable, mas no nos queda más remedio que seguir caminando y sembrar en nuestra consciencia lo que será el fruto de nuestros recuerdos, para poder un día cosecharlos y sonreír.

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NOEmeLIA la revista nº 4 diciembre 2013  

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