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RECUERDOS

Alumnos de 4ยบ de la SES de Masquefa. Curso 2010-11 Profesora Noelia Hernรกndez


Como diría el poeta “no puedes volver atrás porque la vida ya te empuja. Sin embargo siempre quedan los recuerdos que permanecen en algún lugar de nuestra memoria, esperando latentes a que un olor, un sonido, un tacto determinado los despierte y acudan atropelladamente a nuestro presente en el momento más inesperado, provocando , cariño, amor, tristeza, alegría, pero sobre todo nostalgia. Es precisamente este viaje en el tiempo, el que han realizado los alumnos de cuarto de la Ses de Masquefa. Ellos, que aún se encuentran cerca de su infancia, pero que cada vez se alejan más rápido de ella, han sabido recuperarla y evocarla, haciendo uso de variados recursos, y en especial de su imaginación . Fruto de este ejercicio creativo, en el que estoy convencida que han tenido la oportunidad de reencontrarse con su yo interior más íntimo, surgen estos relatos tan estupendos y nostálgicos que tenéis la oportunidad de leer. Noelia Hernández Manzanares


PALABRAS PARA JULIA Tú no puedes volver atrás Porque la vida ya te empuja Como un aullido interminable Interminable Te sentirás acorralada Te sentirás perdida o sola Tal vez querrás no haber nacido No haber nacido Pero tú siempre acuérdate De lo que un día yo escribí Pensando en ti, pensando en ti Como ahora pienso

Otros esperan que resistas Que les ayude tu alegría Que les ayude tu canción Entre sus canciones Nunca te entregues ni te apartes Junto al camino, nunca digas: No puedo más y aquí me quedo Entonces siempre acuérdate De lo que un día yo escribí Pensando en ti, pensando en ti Como ahora pienso

La vida es bella, ya verás Como a pesar de los pesares Tendrás amigos, tendrás amor Tendrás amigos Un hombre solo, una mujer Así tomados de uno en uno Son como polvo, no son nada No son nada Entonces siempre acuérdate De lo que un día yo escribí Pensando en ti, pensando en ti Como ahora pienso

La vida es bella, ya verás Como a pesar de los pesares Tendrás amigos, tendrás amor Tendrás amigos No sé decirte nada más Pero tú debes comprender Que yo aún estoy en el camino. Pero tú siempre acuérdate De lo que un día yo escribí Pensando en ti, pensando en ti Como ahora pienso José Agustín Goytisolo


EL BOSQUE Desde los seis años hasta que tuve diez, mi padre me llevaba todos los domingos a recorrer el tramo del bosque que pasaba justo por debajo de nuestra casa apuntalada sobre una colina. A mí me gustaba bajar allí,, porque podía saltar en los charcos de barro y colgarme de las curiosas lianas que colgaban de los árboles, y a él le gustaba que yo le acompañase, porque se divertía viéndome mientras anotaba en su cuaderno el estado del páramo. Ese bosque era enorme, y se extendía en forma de pasillo, rodeando un arroyo que nunca se secaba del todo, por mucho que dejase de llover. Los árboles eran altos y de hojas oscuras, las más bajas marrones, y se mezclaban con arbustos espinosos y algunas flores rojas o amarillas. El camino era difícil porque muchas veces estaba cortado en algunos sitios por la misma vegetación, y había que dar la vuelta y volver otra vez al sendero principal. En invierno hacía tanto frío que el agua se helaba entre las ramas de las plantas, y en verano llovía y todo se cubría con un barro espeso con el que jugaba y me manchaba el impermeable. El bosque se alimentaba del susurrar del viento incesante, y del cantar de los pájaros, y del croar de las ranas, y del sonido de mis pasos, y del silbido que producía el bolígrafo de mi padre al deslizarse sobre las láminas del cuaderno. Ahora hará seis años que ya no vuelvo allí porque mi padre enfermó y dejó e llevarme, y cuando él murió las hojas del bosque se cerraron sobre sí mismas, y el camino dejó de ser transitable. Pero siempre será parte de los mejores recuerdos que tengo, no sé si felices, pero lo serán. Judit Saugar 4º


LA BUHARDILLA Recuerdo subir estas escaleras sigilosamente para pasar desapercibida junto a tÍ, silenciosas, divertidas y, a la vez, temerosas de ser percibidas. Recuerdo llegar aquí, nerviosas, pendientes de no hacer ningún ruido que pudiera llamar la atención, hablando con una voz muy baja y tocando las cajas y bolsas con mucho cuidado. Era nuestro lugar, prohibido pero nuestro. Raramente conseguíamos el permiso para subir tranquilamente, y si lo conseguíamos era para bajar al instante, porque nos obligaban o porque nosotras mismas lo decidíamos, porque, quieras o no, era un lugar misterioso y en cierto modo nos asustaba, y porque sin aquella tensión que se siente cuando haces algo prohibido perdía parte de su encanto. Antes esto estaba... menos ordenado, digámoslo así. Estaba lleno de cajas y bolsas enormes de ropa, espejos, colchones, muñecos y juguetes olvidados. Nos encantaba curiosear allí, siempre encontrábamos algún juego divertido, digno de bajar a la habitación, aunque solo fuera para un día, unas horas incluso. Luego me marchaba y lo olvidábamos. Recuerdo que queríamos remodelarlo: esas maderas de suelo, aquel colchón de asiento y aquel otro de respaldo, aquellas sábanas colgadas, las cajas apelotonadas en las puntas, allí donde el techo de dos aguas nos impedía el paso con toda comodidad, aquel lugar que ya preveníamos tapar con el colchón de respaldo. Siempre subíamos con ese propósito, esperando una buena reacción por parte de nuestros padres, pero nunca lo hacíamos. Sinceramente, me quedé con las ganas, las veces que lo empezábamos bajábamos orgullosas de nuestro proyecto. El calor allí se hacía insoportable, el sol daba de pleno en las dos únicas ventanas de madera que ya no cerraban muy bien y que estaban llenas de trozos de aquella espuma empleada para cubrir las paredes. Nos entreteníamos quitándola mientras sonaba la música de moda del momento. Solía ser un “Verano 2002” o un disco grabado por nuestra tía, las letras de cuyas canciones sabíamos a la perfección después de tantas reproducciones. Usábamos un karaoke porque así, de paso, podíamos hacer el tonto con el micrófono, pasándonoslo simulando entrevistas y conciertos y diciendo frases sin sentido ni contexto alguno alargando las vocales de casi todas las palabras. No sé porqué, pero aquel lugar polvoriento, aquella buhardilla nos gustaba, como tu solías decir, nos daba independencia. Ariadna Olivas 4º


SIEMPRE ESTARÁS EN MÍ Desgraciadamente había llegado la hora de decirte adiós, ésa que nunca esperaba. No podía imaginar cuando llegaría este momento, ni cómo yo estaría tan segura de entrar en esa habitación donde solamente se podía escuchar el ruido de tu respiración y el de una máquina conectada a ti. Pero lo hice. Solo abrazarte pude volver a recordar ese gran olor que te diferenciaba de las demás personas, ése que tanto me recordaba a la fragancia de las flores de primavera. Pero también pude notar tu piel tan suave y completamente lisa como siempre. En ese instante recordé todas aquellas tardes que pasábamos juntas untándonos las manos con cremas hidratantes que tonificaban la piel para poder presumir de ellas en verano. Me contenía pero no pude más. Fue sentarme en la silla y echar a llorar junto con todos nuestros familiares que también te rodeaban. Lo único que deseaba en ese momento era verte bien y tener la esperanza de encontrarnos dentro de unos años otra vez. De repente, en mi interior, una corriente de aire recorría mi cuerpo y me incitaba a salir fuera a dar un paseo para poder desconectar un poco. Mi tía decidió acompañarme y llevarme a cenar. Cuando llegamos al restaurante nos tomaron nota y al cabo de un rato nos trajeron los platos. No podía ser verdad, solo probar la comida empecé a recordar todas esas veces en las que me quedaba a cenar en casa de mis abuelos, cuando mis padres se iban, todas esas veces en que ella me preguntaba que qué me apetecía para cenar y yo le respondía con mi voz de niña que quería un bocadillo de jamón serrano, ésa en que mi madre se llevó a mi hermano de urgencias y tuve que acudir rápidamente a su casa y al final del último plato me regalaba una chuchería, etc. Demasiados recuerdos...Al regresar al hospital la pude ver de nuevo con mis propios ojos, que poco a poco empezaban a fabricar pequeñas gotas de agua que derramaban por mi cara. Lamentablemente fue tu último día junto a todos nosotros.


Al día siguiente al dirigirnos hacia el tanatorio, pude escuchar una canción que me dedicó mi cuñada y que más tarde yo te dediqué a ti, porque, ahora, cada vez que la escucho me acuerdo de una abuela tan importante y especial que nunca olvidaré, que llamaba cada día a mi madre preguntando por todos nosotros. Ese fin de semana fue malo para mí y para todos, y sé que voy a continuar derramando lágrimas por tu ausencia, pero en el fondo estoy tranquila porqué te fuiste contenta, con todo el amor y el cariño de los que de verdad te han querido y continuarán haciéndolo. Ya habían pasado un par de días de lo ocurrido y decidimos ir a casa de mis abuelos a recoger toda su ropa para lavarla y guardarla en un sitio donde la pudiéramos conservar en buenas condiciones. Fue otro día duro, porque mi madre, mis tías y yo entramos en su habitación y un aire frío la envolvió. Empezamos a sacar la ropa poco a poco y a meterla en bolsas. Pero yo me detuve en seco. Entre mis brazos colgaba una camiseta que le regalé a mi abuela para su cumpleaños, ese gran recuerdo a su lado celebrándolo toda la familia y disfrutando de ello al máximo. También, en ese mismo instante, me acordé de todas las noches navideñas en que a ella le encantaba jugar al bingo y siempre se llevaba algún dinerillo. Nunca olvidaré esa gran sonrisa de felicidad que adornaba su cara. Así que mientras recordaba todas esas cosas continuaba llorando sin parar. Sabía que no era el fin de nuestras vidas. En ese momento todos nos sentíamos hundidos, sin saber cómo avanzar, pero pensamos que todo lo ocurrido era ley de vida, que no podíamos rendirnos a esas alturas y que poco a poco llegaríamos a superarlo gracias al apoyo que nos daríamos los unos a los otros y por la gran suerte que todos habíamos tenido al disfrutar de una persona tan importante y especial en nuestras vidas. Marta Alastruey 4º


PERÚ Sinceramente, describir un lugar especial de mi infancia, solo un lugar es imposible para mí, ya que hace mucho tiempo que estoy en este país que acogió. Me doy cuenta de aquellos lugares de mi infancia, y todos son especiales para mí, no podría describir uno, ya que me engañaría a mí misma. Aún cuando cierro los ojos, puedo oler, un olor a pescado, a mar…puedo escuchar la fina brisa de la costa en mis odios; oír las olas rompiéndose al chocar en las rocas. Oír a la gente en el mercado gritando: ¡Casera!, Cuánto tiempo sin venir por aquí… ¿Qué le pongo?, ¡pollo a siete soles el kilo!, fresca verdura. Aún recuerdo esos pases estrechos y un poco oscuros, donde a cada paso encontraba un puesto con determinados productos frescos, de variados colores. Aún puedo oír las risas de algunos clientes al escuchar el último chismorreo de por ahí. Vienen lugares a mi memoria de mi gran hogar… La mesa grande en el salón de mi abuela, donde nos sentábamos todos a comer cuando había reunión familiar, mayores y niños. En mi gran familia reíamos a carcajadas, como si estuviéramos en un circo. Pero cuando recuerdo eso siento la harmonía de una cariñosa familia, donde nos sentábamos tíos, tías, primos y primas, abuelos y abuelas, madres y padres. Era un momento de comunicación entre nosotros. Ahora me doy cuenta que esa escena de nuestro hogar, puede ser un lugar muy especial.


Otro lugar especial, aunque suene raro, es mi colegio. Ese lugar donde conocí a todos los amigos, que han estado conmigo desde que llegué al colegio por primera vez. Al entrar por ese gran portón celeste, nos esperaba el portero que nos saludaba con una gran sonrisa: ¡Buenos días niños! Al rato subía con mi uniforme hacia la segunda planta, entraba a mi clase, y veía el rostro de todos mis compañeros, que me recibían con una gran sonrisa. Me sentaba en mi pupitre individual y al cabo del rato, venía la directora. Nos levantábamos, la saludábamos y desfilábamos hasta el patio. Todo esto lo hacíamos de forma automática, ya que estábamos acostumbrados. Cantábamos el himno nacional de nuestro país, Perú, con la mano en el corazón. Al acabar la directora procedía a decir: ¡Firmes!, ¡descanso! ¡atención!. Para mí el colegio era aburrido, pero ahora que lo recuerdo, sé que fue un lugar muy especial, ya que fue donde me brindaron educación, donde me cuidaron y donde pasé gran parte de mi felicidad.


Otro lugar especial es Buena Vista, donde toda la familia se reunía para subir la cruz al cerro. Era un lugar humilde pero hermoso, lleno de vegetación, y en medio de eso una pequeña capilla, unas ruinas y una cancha de fútbol. Puedo escuchar aún el sonido de la música, puedo verme aún bailando con seis años junto a mi prima y toda la familia. Después de eso aún recuerdo esa pequeña cancha de fútbol donde mis primos hacían una contra entre ellos. Al acabar íbamos a la capilla, unos cuantos levantaban la cruz y nos encaminábamos por senderos llenos de insectos, pero respirando aire puro. Cuando llegábamos al cerro, algunos se quedaban y otros subían junto a la cruz hasta la cima donde se erguía la capillita de la cruz. Aún recuerdo los metros que subíamos los que nos atrevíamos, el pitido en el oído a medida que ganabas altura. Pero no me daba miedo ya que subía acompañada de gente que quería y me quería, y eso… aunque fuera pequeña me empujaba a seguir. Lugares especiales…tengo muchos. Cada momento que tecleo para describir, me vienen a la mente muchos que me producen nostalgia, tristeza pero felicidad. Fueron los lugares de mi infancia, donde nací y crecí. Mi corazón llora e implora volver a verlos. Lugares donde pasé momentos sencillos, a los que no había dado importancia, pero que en verdad fueron especiales para mí. Rita Grace López 4º


Solía veranear una semana en el pueblo de mi abuelo el mes de agosto. Es un pueblo más bien pequeño, con casas grandes y antiguas y una iglesia románica que sobresale entre todos los edificios. Cuando me levantaba con el fresco aire matinal de la montaña andaba con mi abuelo entre los polvorientos caminos hasta una fuente, de la que ya no recuerdo ni el nombre. Refrescaba mi cara colorada con la cristalina agua procedente del pantano más cercano, y volvíamos al jardín donde durante las calurosas tardes, Rocío Paloma y yo solíamos jugar bajo la sombra de un peral a vestir y despeinar decenas de muñecas. Cuando el sol se escondía entre las montañas todos los niños nos reuníamos en la pequeña plaza, en la que jugábamos al escondite. A media noche, mi abuela me recogía, me arropaba y finalmente me dormía con el croar de las ranas. Andrea Sanz 4º


EL LUGAR DE MIS SUEÑOS Las hojas se movían al compás del viento. Los reflejos del sol se filtraban entre las hojas. Todo estaba tranquilo, solo se escuchaba el aire. Me sentaba al lado de una piedra y observaba las pequeñas mariposas que se posaban en las ramas. Todas perfectas, silenciosas y felices. Todo estaba en orden, a la derecha mi muñeca favorita sentada en un confortable cojín rosa, y a la izquierda, una roca de colores que utilizaba para sentarme. Ésta tenía diferentes tonalidades ya que escribía mis secretos con una tiza de un color diferente cada vez. Todo estaba tranquilo hasta que escuché mi nombre. Entonces me dirigí hacia las ramas y las aparté con un dedo. Una claridad me abrumaba. Los rayos del sol me sorprendieron. Mi madre me llamó. Ya no volvería a ese lugar. Me cambié de casa y todo cambió. Ahora que ya soy mayor siempre recuerdo aquel lugar. Era mi cueva, ubicada al final del jardín, donde las ramas y las hojas que cubrían la entrada, la transformaban en un lugar acogedor. Nunca olvidaré mi infancia. Virginia Mena 4º


RECUERDOS DE UN VERANO EN LA PLAYA

Las olas rompen enérgicamente y se mezclan con la fina arena formando una suave espuma que, finalmente se funde en el agua hasta avanzar a pocos metros de mí toalla. El sol de verano calienta mi espalda. El gentío charla, se divierte, juega con el agua, pasea por la orilla. Otros, pasean privilegiadamente con sus barcos, balanceándose de un lado a otro, cerca del horizonte, que separa el mar y el cielo. Mis pies hundidos entre la arena, conde se alzan decenas de castillos, castillos de barro que son producto de la inventiva, el esfuerzo, la alegría y la infancia de muchos niños. Desde mi toalla, mar cielo, color, se funden junto al olor y el tacto de las páginas, páginas de un libro: recuerdos de un verano en la playa. Andrea Sanz 4º


MI SAN JUAN Mi San Juan es mar, es pólvora, arena y carmín. Es olores, colores, sabores. Es días en Blanes los 23 de junio de cada año, hasta que poco a poco se esfumaron junto al humo de los fuegos artificiales. Solíamos ir temprano, aprovechando así los largos días de sol de verano. Eran horas bajo el sol, tocando la fina arena de playa que se deslizaba y escondía por todos los rincones de mi cuerpo. Eran el dejarse llevar por las olas, el chapotear y sumergirse, el olor de sal que purificaba mis pulmones. Al caer la tarde nunca faltaban los cremosos helados que se fundían en mi paladar, aliviando el fuerte pero tan especial calor de verano. Acompañado siempre de un paseo por el paisaje marítimo, disfrutando de la brisa con el mismo olor a sal que tenía el agua. Hasta que al llegar la noche tocaba ir a ese restaurante. Era el mismo restaurante de cada año. No se salía de lo normal, pero era nuestro restaurante. Degustábamos platos de pescado, marisco y arroces. Tan frescos que aún conservaban el sabor y olor a mar, haciéndome volver en un bucle infinito a los mismos recuerdos. Y después de cenar, cuando la Luna se había apoderado del trono del Sol ,abría mi caja de petardos para encenderlos y lanzarlos a la orilla del mar. Estallidos que aún resuenan en mi cabeza, luminosas fuentes de color, cohetes que se elevaban hasta donde mi vista no lograba alcanzar. Y ese olor a pólvora, que junto a todo lo demás, marcaba mi San Juan. Christian Segovia 4º


GALLETAS DE CHOCOLATE No hacía un buen día, era lunes, y eso ayudaba mucho a que fuera así. N había salido el sol, el cielo estaba invadido por las nubes, no tardaría en llover. La gente caminaba apurada por la calle, una madre acompañaba a sus escandalosos hijos a la escuela, un hombre con camisa blanca, corbata formal y su maleta de negocios que iba a trabajar, un grupo de universitarios medio adormilados que apenas hablaban entre ellos: todos ellos con caras largas, les esperaba un día duro. En ese momento, parecía que no existiera ningún motivo por el que pudiera alegrarme el día. Pero de repente, el milagro ocurrió. Dejé de andar y me quedé quieta, plantada en medio de la calle. -No, no puede ser…- me dije- Ese olor… Giré la cabeza en todas direcciones, en busca del lugar de donde provenía. Un bar, una tienda de ropa, una agencia de viajes y una pastelería. No podía ser otra, tenía que venir de esa pastelería. Me dirigí corriendo, sin pensármelo. Era un poco vieja, pero a la vez muy bonita, con el escaparate lleno de pastas y galletas de todo tipo. - Hola guapa, ¿Deseas algo?- Me dijo una anciana con su moño y su bata blanca estampada de flores lilas.


Casi no la escuché, mis ojos desesperados buscaban el producto que había en mi mente. Y Allí, entre un cruasán enorme de chocolate y un donut de crema, estaba lo que yo tanto buscaba. _ Perdona…¿quieres algo?_ me repitió un poco asustada. Esta vez sí que la escuché, y rápidamente le respondí. _ Póngame cuatro galletas de esas de chocolate. _Oh, son muy buenas ¡eh! ¡Pues claro que eran buenas! Yo lo sabía mejor que nadie, bueno que nadie tampoco, sólo había alguien que lo sabía mejor que yo: mi abuela. Ella, siempre que iba a su casa, hacía unas galletas idénticas a ésas. Tan sólo bajar del coche, ya sentía el olor de chocolate desde el jardín. Estaba alucinando. Pensé que después de su muerte jamás volvería a sentir ese olor, y a saborear ese sabor. Por un momento me entristecí, la echaba tanto de menos. _Son 2€ con 90 jovencita. _Le di 3€ y, sin ni siquiera esperar el cambio, salí disparada de la tienda.


Una vez fuera, decidí sentarme en un banco que había enfrente, donde permanecía un hombre mayor con un perro. Abrí la bolsa que contenía las galletas. Me costó lo suyo, con los nervios me temblaban las manos. Pero finalmente conseguí abrirla, y rápidamente me puse una galleta en la boca. No me lo creía, igual que el olor, el sabor también era idéntico. De repente la tristeza se me borró de golpe, y me vinieron a la mente miles de recuerdos buenos con la abuela. Me levanté las otras galletas me las comería más tarde. Las nubes se empezaron a dispersar, y mas de un rayo de sol se filtró en la ciudad. Ya no hacía frío. _Que pases un buen día- me dijo el hombre del perro con amabilidad. Ahora la gente parecía no tener prisa, y sus caras largas se habían convertido en alegres. Bien mirado, quizás no sería tan mal día como me esperaba. Laia Marzo 4º


EL COMPÁS DEL VERANO A partir de ese verano de 2004, empecé a darme cuenta del peculiar sonido que envolvía nuestra cas a mediados de julio cada año. Con el paso del tiempo, cada vez anhelaba con más ganas esa época del año en la que todo parecía estirarse y reblandecerse, y dejar a un lado los problemas cotidianos, donde todo tomaba un baño de sol. Todos los veranos, mi prima Ariadna venía a pasar los meses de calor a la vieja casa de campo donde mi madre y yo habitábamos todo el año, y nos sentábamos a leer en la repisa del tejado que daba al norte y se proyectaba la sombra de los árboles del jardín, mientras se nos pegaban los vestidos con estampados de flores en el cuerpo y nos rendíamos al sofocante calor. Me acuerdo muy bien: el “fru-fru” de las hojas de los árboles mecidos por un leve viento, el sonido lejano de mi madre trabajando en la cocina, el suave trinar de los pájaros y el murmullo de los quehaceres de las casas vecinas. Era como si el verano tuviera su propio envoltorio, como un caramelo y eso era lo mejor de todo. Judit Saugar 4º


RECUERDOS Lo toco y un escalofrío recorre mi cuerpo. Es tan suave y tan blando, tan único y especial….Cada vez que cojo ese enorme oso de peluche viajo a un hospital, acompañada por mi familia, para asistir a uno de los momentos más mágicos de la vida y llego al 28 e noviembre de 2008.

Está durmiendo en los brazos de su madre, no tiene ni cuarenta y ocho horas de vida. Se la ve saludable pro a la vez débil. Con el ruido se despierta, pero parece conservar la calma, dicen que será un chico tranquilo. Lo cojo en brazos y sonríe, sonríe con la mayor inocencia que pueda existir en este mundo y quedo asombrada por la gran fragilidad que esa pequeña persona esconde en su interior. No deja de mirarme, sus ojos son grandes y azules como el mar, me podría perder en ellos cada vez que los miro. Es un momento feliz, de los más felices creo yo, todos estamos emocionados e ilusionados. Todos los ojos de esa habitación van dirigidos al nuevo miembro de la familia, a pesar de que hablan y ríen sin parar de temas que no tienen nada que ver con él.


Le doy el peluche, un oso de color marrón oscuro, con un círculo en la barriga de color beige, igual que el interior de las orejas. Tiene muchos años, me lo regalaron a mí cuando era pequeña y siempre me había acompañado en mi infancia, pero ahora toca dárselo al más pequeño. Vuelve a sonreír y le dejo en su cama. Pienso que un bebé es parecido al chocolate, una vez lo pruebas te enganchas y no puedes parar de comer; pues en estos momentos mi cuerpo tiene esa sensación, no puedo dejar de estar con esa persona tan tierna ,tan natural, tan bonita. Es imposible mirar hacia otro lado, mis ojos están hipnotizados por él. Huele a limpio, pero sobre todo a colonia de bebé Nenuco. La habitación estaba envuelta en una atmósfera pura, sensible, esperanzadora, cálida y sobre todo familiar. Pero después vuelvo a la realidad y me encuentro con el oso de peluche en las manos, al lado de mi primo de dos años y medio, que nació un 28 de noviembre de 2008. Xènia Martí 4º


RELATOS ESCRITOS POR LOS ALUMNOS DE CUARTO DE LA SES DE MASQUEFA DURANTE EL CURSO 2010-2011. PROFESORA NOELIA HERNÁNDEZ MANZANARES

Las imágenes expuestas en esta revista pertenecen al banco de imágenes del ITE ( Instituto de Tecnologías Educativas ).

Recuerdos  

Relatos cortos cuyo tema central son los recuerdos de la infancia.

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