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Merab Tello

Inverosimil

STROMBUS 3


ISBN 970-94258-9-1

Inverosímil Merab Tello Primera edición, octubre 2007 © Merab Tello, 2007 nidia.mateos@gmail.com © Editorial Strombus, 2007 editorialstrombus@hotmail.com http://strombuseditorial.blogspot.com Portada: xxxxxx de James Ensor, 1897 Diseño: © Sergio Santiago Madariaga maquinahamlet@gmail.com http://www.samsaraeditorial.com Todos los derechos reservados. Impreso en México

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Creí que estas hojas estarían vacías de ti, pero si en mi corazón aún te encuentras vivo, tan vivo como la primera vez, entonces seguirás presente en todas las páginas siguientes.

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LORENZA Y MERCARIO Se registró esta historia al comienzo del siglo, cuando las cartas aún servían para que los enamorados se comunicaran. Un relato que el tiempo no podrá borrar hasta que el alfabeto deje de existir o hasta que los hombres dejen de hablar español. Estoy segura que eso no sucederá jamás, así que el recuerdo de mi relato pasará al olvido hasta que el amor deje de convulsionar corazones o hasta que nadie lea más allá del título. Esta es una de esas típicas historias que comienzan con lentitud y desaparecen sin un final, porque las historias verdaderas terminan hasta que dejan de existir los dos enamorados. Mientras sigan teniendo memoria los que una vez se amaron las historias de amor seguirán viviendo, envejeciendo. No morirán ni con el tiempo, la distancia o los demás. El que una vez amó sufrirá las consecuencias. Querer va más allá de cualquier entendimiento humano, porque es “algo” que podemos sentir pero la fuente de su poder no se encuentra en los mares terrestres o bajo la superficie de Europa, América o Asia. El que se atreve a probar de las delicias del “amor” no podrá controlar nunca su poder, así que será poseído por la magia que de este emana sin poder escapar de su hechizo jamás. El amor es uno de esos pecados permitidos por la religión, es un castigo para quien se entrega sin condición.

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Este es uno de esos cuentos que se imaginan en las noches, en las canciones, en las películas. Que se huelen de lejos y dan asco; que se miran a través de los cristales y se pegan en la mente como miel. Es un cuento dulce que empalaga e impide respirar. No se puede ser libre si se desea amar. Un cuento que nadie desea vivir pero que no impide ser escrito, o por lo menos recordado. No comenzó una noche de verano bajo la luna y las estrellas. No hubo ratones, ni hadas, ni príncipes valientes. Es más, ya no recuerdo cómo es que estos dos personajes se encontraron uno frente al otro y se enamoraron. Talvez nunca hubo ese preludio romántico que hace que ambas partes se atraigan de una forma incontenible. Probablemente nunca se miraron a los ojos antes de comenzar con el ritual del noviazgo. Lo que sí puedo escribir es que ambos decidieron comenzar algo que nunca creyeron marcaría sus cuerpos, sus almas hasta el fin del tiempo. Ella era una chica no muy rara para ser normal y no muy normal para ser rara. Él era alguien más en este mundo, que pudo haber sido cualquiera, pero que al final de todo tenía que ser él. Ella y él, como una canción. Un par más dispar pero real. Porque lo real no tiene que ser ideal, para ser ideal tendría que ser anormal o fuera de lo terrenal. Pero eran ellos como pudieron haber sido otros. Los astros predijeron su final sin desenlace. El final llegó el día que no lo pidieron; el desenlace 8


no aparece aunque lo imploren, lloren o anhelen. Las lágrimas ya no brotan de sus ojos, ni de sus corazones. Parece que ya comprendieron que no son las lágrimas las que secan el alma, sino las que le dan vida. Ahora ya no hay llanto para el corazón marchito, porque el recuerdo llegó para torturar las almas de aquellos enamorados. Llegó para ser el verdugo que los acompañará en toda relación, en todo momento, en la vejez, en los días de lluvia, en los días de celebración. El recuerdo es la amargura que se quedará en sus vidas hasta la muerte. Pero sin hacer más largo este preludio, comenzaré escribiendo lo que se confesaron en cartas, en aquellas hojas que quedaron como testigos de lo que un día fue todo para ellos. Los protagonistas de esta historia no olvidan, pero tampoco recuerdan el amor que los unió ayer. Ya no saben las palabras que llegaron a pronunciar; los sentimientos que nacieron cuando se tomaron de las manos o la pasión que despertaron sus labios al besarse. La vida se olvida de los bellos recuerdos, de las emociones que hacen feliz al ser humano. En cambio trae a la memoria aquellos sentimientos de desesperación; los que hicieron que el cuerpo doliera. He aquí la historia que pretende recordar lo que se ha dejado en el tiempo, pero que aún duele. -El motivo de esta carta es para que sepas que me interesas y mucho. Quiero preguntarte algo. Aunque no hablamos y casi no nos conocemos, me 9


gustas mucho y te quiero proponer que nos conozcamos más, para que después podamos ser algo más que amigos. Por favor respóndeme por carta por si me “bateas” ya no sienta tan feo. -“Más valen dos que uno...si caen, el uno levanta al otro. Si dos se acuestan juntos entrarán en calor, ¿uno solo cómo va a calentarse?” Por eso necesito y quiero que tú seas ese otro. -Quiero decirte que me gusta estar contigo, aunque sea poco el tiempo que podamos estar juntos. Hay veces que me tengo que conformar con verte desde mi lugar, y ver lo linda y bonita que eres. -Tengo dieciocho años. No soy bonita y tengo cara de sangrona. Puedo ser cariñosa, pero casi siempre no. Mido 1.60centímetros y peso unos 53 kilogramos. Soy muy poco sociable y no tengo muchos amigos, pero los que tengo son suficientes. Suelo ser mandona y caprichuda. Me gusta que las cosas se hagan sin error alguno y no soy paciente. Creo que las relaciones sexuales antes del matrimonio son peligrosas, pero no me opongo. Me gusta escuchar música, pero prefiero cantar. No practico ningún deporte, en cambio me gusta ir de compras, leer, ver televisión. Debo confesarte que a veces pienso que todo sería mejor si yo no existiera. Amo mirar las puestas de sol mientras tomo una taza con café. -Tres meses me tomó enamorarme de ti. Tres meses me costó decirte “te amo”. Me enamoré y lo sé, porque te he entregado lo más valioso de mí: el 10


corazón. Eres para mí un seño que se hace realidad. Pero que si no es real, no quisiera despertar. -Antes de hacer preguntas, abrázame. Cuando tengamos un problema o estemos apunto de discutir y sientas el impulso de alejarte de mí, mírame a los ojos y abrázame. -No tengas miedo a enamorarte. El miedo no nos trae nada nuevo; no temas, conf ía. Ámame como si fuera el último día que pasas conmigo. Ámame cada día y deja que el miedo se lo lleve el viento. Yo también quiero estar contigo cuando quieras llorar o gritar; cuando te sientas feliz. -¡Niño! Sé que no te gusto así, que me preferías con el cabello largo. No me interesan los comentarios de los demás: si parezco un niño o un presidiario. Yo solo quería saber tu veredicto. -Quiero estar cerca de ti, juntos como novios. -Eres tan dulce como la miel, pero la miel se debe comer de a poco sino harta. -Traté de estudiar pero no pude porque estaba pensando en ti. Lo bonita que te veías hoy en la escuela, lástima que no pude estar contigo. Ahora que intentaba estudiar fui a buscar una goma y encontré una carta tuya. La escribiste antes de que fuéramos novios, solo que ahora si puedo contestar todas tus preguntas. Eres lo más importante en mi vida, eres la única que me puede hacer feliz o triste. Eres tan especial que me encierro en mi mundo para solo pensar en ti. Chiquita, te amo y eso será por mucho tiempo. 11


-Si tu pasión la música es, tu canción déjame ser. -Esto es lo más lindo que me han escrito. No sé si primero te doy las gracias o te doy un beso. -Si el amor es ciego, entonces no te amo porque yo sé quien eres y así te amo. -¡Ay, que te puedo decir! Gracias por estos dos años excelentes, han sido lo mejor para mí. Hemos pasado muchísimas cosas, pero aún nos faltan más. -Niño, mientras leía todas tus cartas, encontré esto: “Por medio de la presente, hacemos constar que los reclusos aquí mencionados serán unidos en santo matrimonio bajo la autoridad ejercida por los jueces autorizados por el TAIMA. Los jueces pueden disponer de las novias cinco minutos después de la boda. El Sancho y La socia quedan libres de cualquier problema ocasionado por la atención y cariño prestados”. -Me pusieron a pensar qué pasaría si perdiera alguno de mis sentidos. No podría vivir sin uno de mis sentidos. Qué sería de mí si ya no pudiera ver tu carita que me enloquece, o si dejará de oír tu dulce. No puedo imaginar que toco tu piel y no te siento. Gracias te doy a ti y a Dios porque te puedo disfrutar de muchas formas. -Sé que estás muy aburrido. Tienes una cara de hueva que no puedes con ella. Aunque...espera, el profe me ha pedido le entregue un libro... te decía que...espera, me mandaron un papelito... ¿En qué me quedé? Ese tal Heráclito sufría de desamor. Se12


gún dice que los sentimientos son cosa absurda y que el pensamiento debe rechazarlos.... espera que el profesor me va a quitar la hoja. -Espero que hallas soñado conmigo, si no me voy a poner muy triste. Quiero decirte que yo también te quiero muchísimo y que no tienes qué pensar que esto se va acabar. Mejor piensa en lo mucho que nos queremos ahora. -Para empezar no sé qué decir, me siento muy triste y no he podido dormir. Quisiera poder terminar con esta incertidumbre. No hemos hablado, ni siquiera un simple saludo. Me desespera no saber qué es lo que te pasa. En el momento que escuchas sus palabras, sonríes. ¿Cómo no reconocer el timbre de voz que escuchaste por más dos años? La voz más tierna y dulce que tuvo la capacidad de hacerte feliz. Esa voz que quisieras escuchar cada vez que contestas el teléfono, al despertar cada mañana y que la extrañas desde ese día que la dejaste de oír. Esa voz que te robó la razón, la que te hizo imaginar lo inimaginable y que te hizo llorar y reír en un mismo instante. La voz que deseaste nunca se ahogara en el silencio y que no quisiste compartir con nadie, porque cuando era suave tenía el poder de seducir. Pero ya no dice las palabras que te hicieron morir de amor, ahora sólo habla por hablar...por conservar la amistad.

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- Espero que esta sea la última carta que envíe con tu nombre. A veces creo escuchar tu voz. Es que dolió muchísimo, el corazón se desprendió de mi pecho y necio resistió apartarse de ti. Pero por fin logré amarrarlo con grandes y gruesas cadenas que le evitaron latir; sólo así logré hacer una vida sin ti. Fingí no necesitar de tu calor y a veces te dibujé sosteniendo mi terco corazón. Pero lo peor vino cuando a la gente se le olvidó y dejó de preguntar por nosotros dos. Me voy, pero no porque quiera, sino porque debo marcharme; porque le escribo a este papel, a la nada...a mí. Garabateo para el tiempo, que guardará estas palabras mientras pueda hacerlo. Pero cada vez que piense en ti seguiré muriendo, porque todo acabó, porque ya no es. En mi pecho el amor se hace viejo.

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ME DEJÓ PLANTADA, OTRA VEZ. Habían quedado de verse en el café que estaba sobre la avenida Insurgentes, frente al edificio Siqueiros. Después de que Camila se fue a la universidad, él no la había visto desde hace 4 años atrás probablemente. Estaba emocionado mientras escuchaba la dulce voz de Camila en el teléfono, diciéndole que llegará a tiempo, pues sólo lo esperaría una hora. Después de las 7 ella se marcharía. El muchacho hipnotizado por la voz femenina, respondió con un “te extraño”. De esa manera se dio por terminada la llamada. Sabía que Camila hablaba en serio, tenía que bañarse, cambiarse y salir lo más pronto posible al lugar de la cita. Era la oportunidad de volverla a ver. Esta vez le diría todo; no dejaría nada en el corazón, ya no más. Llegaría una hora antes de lo establecido, para que este momento no se le fuera a escapar por culpa de un inadvertido retraso. En la regadera, al compás del agua, escribía en su mente el guión tele novelesco de aquel reencuentro; el correr del tiempo en cámara lenta y los suspiros de la canción más melosa que podían ocurrírsele eran parte de la trama que se escenificaría ese 12 de agosto, y que estaría protagonizado por él mismo. Se perfumó con la colonia más deliciosa y cara que tenía, se puso la chaqueta y salió en el auto. El sol se ocultaba y el aire fresco bailaba junto con su cabellera dorada, su mirada se encontraba perdida entre los autos y avenidas mientras en la ima15


ginación reproducía la película que había filmado durante la ducha. Volvió de aquel viaje al momento que se percató del ruido estridente que golpeó con tal fuerza su tímpano, que en su cerebro se produjo un dolor que le nublaba la vista, así que entre nubes logró mirar que frente a él, como si no hubiese cristal, una placa de metal enorme cubría todo el parabrisas. Escuchó voces que describían aquella escena catastrófica y mientras intentaba descifrar lo que decían, una oscuridad inmensa lo rodeó todo. Por fin, después de tremendo lío, se encontraba de pie al otro lado de la avenida, frente al café donde habría de encontrarse con su amada. Faltaba poco para las seis. Él contemplaba desde lejos las mesas y las sillas. Sonreía, pues sabía que muy pronto la vería aparecer, con su figura delgada, con su cabellera negra y sus ojos grandes y azules, como el cielo mismo. Esperó de pie en la acera contraria. Esperó. Dieron las seis y fue entonces que apareció en la esquina la figura más esbelta. Sus piernas volaban el vestido rojo, y ella caminaba al compás de los rayos del sol de aquella tarde soleada. Era Camila, llegando con la misma seguridad de la vez que se marchó. Él, quedó petrificado, su corazón se detuvo y no pudo ni siquiera dar un paso para ir a su encuentro. Hubiera querido correr y estrecharla entre sus brazos, como hizo el primer día que la extrañó. Él seguía de pie, del otro lado de la calle. 16


Camila escogió sentarse en la mesa cuyo cristal daba justo a la avenida. La joven que él había despedido hacía tanto, estaba convertida en toda una mujer, segura de sí misma, y radiante. El miedo invadía al hombre inmóvil de la banqueta contraria. Recordaba su cabello, su tan peculiar y delicioso olor, y sus manos largas y delgadas, huesudas como la muerte misma. Tenía miedo. ¿En quién se había convertido su amada; la mujer que un día lo fue todo para él? Pero quería verla, quería oír su risa. Deseaba intensamente conversar con ella, contarle de sus nuevos amigos y del nuevo negocio que manejaba por Polanco. Camila sonreía para sí, apretaba nerviosamente una mano contra la otra. Él sabía que pronto el nerviosismo femenino se convertiría en el coraje frustrado, pero no avanzaba, ni un paso. Seis filas de autos y un cristal los separaba. Camila miraba la hora cada cinco minutos; él no avanzaba. Ella esperaba, él la miraba. Dieron las siete. Pronto Camila se marcharía, así se lo había asegurado por el teléfono. Después que ella se marchara a la universidad, creyó que olvidarla sería cuestión de tiempo, pero los días y los años habían hecho que el sentimiento creciera con intensidad. Cada noche esperaba que volviera. Cada día callaba el corazón con estrés y rutina. Dieron las 8 y Camila no se había marchado. Ella tomaba la tercera taza de café con una deliciosa ga17


lleta. Cruzaba las piernas y ya no miraba entre la gente, sus ojos vagaban en la nada. Dieron las nueve. Camila sacaba del bolso una pluma. Él recordó todas las cartas que una vez ella le escribió. Las había leído cada tarde de lluvia cuando el corazón se ponía melancólico; le ayudaban a sentirse cerca de aquella mujer. Las nueve y media. La sombra del vestido rojo desapareció en la esquina, que ahora el farol alumbraba. La vio alejarse y sintió como el corazón se le destrozaba; y una lágrima rodó por su alma. Cruzó la calle, atravesó el tránsito y entró al café. Se acercó a la mesa y encontró una nota, escrita en una servilleta. “Me dejaste plantada, otra vez”. Un mesero dice haber escuchado al viento rugir un: “Aún te amo”. Que tontería, como si los muertos se pudieran quejar.

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INVEROSÍMIL Una lágrima blanca y salada recorre la mejilla de Mari. Su rostro hinchado esconde sus ojos color miel y sus mejillas rosadas se inflan con cada suspiro de melancolía. La vida salta detrás de un ojo y se aventura sobre la suave y tersa piel que cubre el cuerpo desnudo.¡Qué triste es la tarde cuando duele el corazón! La chica recoge su cabello y lo enreda entre sus manos blancas, delgadas y largas. Dos pedazos de seda que son herencia de su madre. Mari observa las piedras duras debajo de sus pies y no juzga, sino que contempla la belleza de las lisas rocas. ¡Qué triste es el mar cuando duele el corazón! El cabello posa sobre los hombros agotados de la pobre joven que llora sobre la arena y las pequeñas rocas. Se extingue el sol sobre las piernas desnudas y se esconden los pies debajo del polvo tibio. Mari oculta su cabeza entre los muslos mientras su respiración aumenta y se agolpa en el cuerpo frágil, escuálido. ¡Qué dolor se siente al caer el sol! La arena es de oro cuando el sol se despide y las olas acunan la canción de la noche. Una melodía lenta y armónica, sin notas ni instrumentos, sólo las olas golpeándose entre sí. La roca que sostiene a Mari es fuerte e imponente, pero no se atreve a estrechar el alma de la niña de mimbre. Ella es joven, es frágil y llora cuando el mar detiene su ruego. Un crujido, un chirrido agudo, estridente sale como mugido de la boca seca de la pequeña doliente. 19


¡Qué horror se refleja en el rostro esquelético del corazón muerto! Mari eterniza la tarde en sus ojos. El amarillo y rosa, el rojo y violeta se posan en los labios carnosos de la sexy niña. El viento le habla al oído con voz suave y tierna. Le cuenta del niño que duerme en la luna y que quiere bajar a calmar sus dolores. Ella, con una mueca de aprobación, levanta la mirada y pide perdón. Se coloca de rodillas sobre la arena pedregosa e implora perdón al que un día la creó. Se muerde las manos, se traga los puños y a rabietas grita pidiendo al cielo un poco de consuelo y le ruega la cura. La tarde se extingue y Mari quiere sepultar sus huesos al fin de la mar. ¡Mari no llores, la vida comienza cuando se sabe que la muerte está cerca! Los cabellos vuelan con el aire rabioso que juega junto al lamido cuerpo. La cabellera larga y negra se atora en la boca que no deja de preguntar. La fosa oscurecida que se ahoga en la garganta de la nena despide aliento de pena, de daño, de muerte. Las lágrimas blancas se secan en la arena y el dolor se resbala por las rocas que parecen indiferentes ante la desesperación de aquél corazón joven. Las llamas consumen los pechos que seducen la vista, el sexo. Caen estas dos virtudes debajo de la blusa blanca y transparente. Lloran los pechos porque los ojos de Mari ya no son suficientes desagües, los ríos de sangre fluyen hirvientes dentro de las venas que un día ardieron de pasión. El sol se despide y arroja a los pies de la nena la desesperanza, esa 20


carta que quita toda duda y hace que el corazón descanse en el olvido. El cuarto de la soledad es oscuro y frío, congela los huesos y palidece la piel. La oscuridad que se siente es tal, que crea la sensación de estar muerto; es pensar que todo fue un sueño y que siempre se estuvo solo, todo parece ser mentira y entonces ya sólo se acepta la monota rutina de muerte. La espalda de Mari es sombra oscura frente al inmenso océano. Ella, encorvada, es estatua que ha poseído la sal del mar. Se columpia sobre sus piernas dobladas y de repente, de un golpe desaparece, como si la arena se la tragara. Mari se tira sobre la playa. El cuerpo se alarga y las extremidades descongeladas se confunden con las olas que amenazan para desaparecer el esqueleto que parece fundirse entre la arenisca. El calor carboniza el ser que vive dentro de la niña y ella se convierte en un cuerpo vacío, carente de todo sentido. Mari ya no existe, se la ha llevado el mar. Se ha convertido en agua, en vapor, en rayo de sol. La tarde la tomó de la mano y le sanó el corazón y ella se marchó. Si algún día la encuentras caminando sobre la tierra no la podrás reconocer, porque el cuerpo delgado que descansa tirado junto al mar decidió despojarse del alma que era Mari. Cuando el niño de la luna logra estar en medio del cielo, observa el cuerpo de la chica desplomado sobre la tierra. La luna conmovida se acerca para 21


mirar si el cuerpo duerme o yace muerto. La luz ilumina el rostro afilado de la pequeña mujercilla. El niño observa el brillo hermoso de su cara, el rostro casi desfigurado no ha perdido la ternura ni la atracción. Aún respira aquél cuerpo inverosímil, pero no responde a las caricias del niño plateado. ¡Mari duerme mientras las estrellas cruzan el cielo, astros vigilando que los muertos permanezcan en las tumbas y que las princesas continúen soñando con bellos príncipes!

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PUTARE No soy una puta, por favor no me llamen así. Puede que sea horizontalmente accesible, pero no soy una mujer de la mala vida. Soy una mujer como todas: me gusta ser útil y pensar que soy sexy. Me gusta trabajar para ganar dinero e ir de compras. Me gustan los hombres y el sexo, pero eso a todas les pasa. El otro día estaba en el cine y me topé con una Doña. Ella estaba toda indignada porque no podía creer las imágenes que estaban pasando en la pantalla. (Era una tipa cogiéndose a un cabrón que conoció en un bar) Pero más indignada estaba yo, porque repetía a cada rato en voz baja -puta, puta, puta- ¿Qué tiene la gente contra las putas? Siempre son despreciadas y tratadas como animales. Ellas por lo menos hacen un trabajo digno. En cambio los ladrones, asaltantes, violadores, asesinos, ellos sí, que todo el mundo los odie. No hacen ningún bien a la sociedad, en cambio las sexo-servidoras por lo menos contribuyen a la humanidad. ¿Con qué? Con lo más hermoso de la vida: el placer. La vida es una mierda, nadie es feliz. La felicidad no existe, y lo único que nos acerca a ella es el placer. El placer por lo que quieras: la comida, el dolor, el amor, la pasión, el sexo, el sado, etc. Yo las defiendo, porque mi trabajo es parecido, pero no soy una de ellas. Yo soy una mujer decente que no anda con cualquiera. Yo escojo a mis acom23


pañantes y disfruto de lo que hago. Aunque nadie sabe qué es lo que hago. La gente no comprende la diferencia ni ve mi trabajo como un trabajo, por eso no puedo confiar en nadie. El silencio es mi único aliado; las paredes, mis guardaespaldas y el sexo la razón de mi existir. Aunque debo confesar que hay veces en que me gusta sentarme en el café que está por mi calle y ver desde allí a toda la gente. Me gusta imaginar e inventar las vidas de las mujeres, ya sean pobres o ricas. Sé que al final todas quisieran tener una vida como la mía. Porque soy como Superman, una mujer con dos personalidades: la mujer decente y ordinaria. Vivo dos vidas y eso es agotador. Me pongo mi disfraz y salvo la vida de aquellos que necesitan encontrar un poco de felicidad en este mundo podrido. Salvar, pero quién me salva a mí. Hay noches que siento un gran vacío, como todo superhéroe. Hay veces que salvar al mundo todas las noches no es suficiente. Quisiera poder ser una ordinaria chica que busca sentirse a salvo en los brazos del príncipe azul. Pero a nosotras, que contamos con estos poderes, no se nos permite ser ordinarias, porque eso es sólo cualidad humana. No me pueden llamar puta, porque lo que hago va más allá de lo comprensible. Mi cuerpo es sólo el medio que se me ha otorgado para brindar a los humanos felicidad de poquito en poquito, de noche en noche. Mi castigo es morir. Mi cuerpo se pudre y mis huesos se secan. Mis lágrimas son sinónimo 24


de trabajo y mis gemidos de éxito. No me llamen puta, porque no saben lo que es morir todos los días y cargar con un secreto que todos miran pero nadie se atreve a confesar. Parece que al final soy la oscuridad que se necesita para respirar. Soy como el payaso que no puede dejar de sonreír. Soy como la luna que no puede dejar de brillar. No me llamen puta porque mi nombre es Malena.

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BICICLETAS MOJADAS Esta foto es parte de la colección de silencios de Sophie. Ella mantiene la imagen pegada a la pared de color rosa que forma parte de su pieza. La escena es marca de un amor no pasajero en su vida, por eso te cuento lo que hoy descubrí al observar la foto de Sophie. El piso está húmedo y el cielo que se refleja en la salpicadura de las bicicletas está nublado. La tarde está por desaparecer y la gente desapareció. Sólo quedan las huellas de la vida y talvez de la felicidad. Una tarde ella andaba de compras bajo el sol sofocante de la pequeña ciudad. Su vehículo nuevo la llevó por los mangos y las fresas, después por la leche, la pasta y el aceite. Cerraba los ojos cuando una ráfaga fresca de viento la alcanzaba mientras recorría las calles calurosas. El sudor escurría de su cuello y las bolsas de sus brazos. Ella no podía describir la satisfacción que sentía su mirada bajo el sol en movimiento. Muy poco sabía de la felicidad pero los segundos de viento, sol y velocidad la llenaban y la hacían no necesitar nada más. Ella regresó a casa y lloró. Él tenía miedo a la oscuridad. En las noches dormía con una lámpara encendida hasta que el sol aparecía y lo obligaba a levantarse. Odiaba los días 26


de calor, odiaba que el sol lo acompañara mientras caminaba. El sudor le resbalaba por las piernas y el calor le hacía estar de mal humor. Odiaba tener que andar a pie para llegar a cualquier lado, los zapatos le quemaban en el pavimento ardiente. No soportaba el suspiro del aire tibio en su nariz -es para querer arrancase la vida- se decía en voz baja. Sophie tiene la mala o buena costumbre de pegar fotos en todas las paredes de su casa. Todas las imágenes me ponen melancólica, toda su colección es de soledad. Ella es una romántica empedernida. No es mi tía, ni mi amiga, ni siquiera habla conmigo cuando voy a visitarla. Aunque creo que no necesito de palabras para darme cuenta que ella tiene el corazón muerto. Dos bicicletas bailan con el viento de la noche. Una rosa, la otra azul. como dos enamorados que se juran eternidad. Calladas se comunican y se adoran, se marchitan y se oxidan con la lluvia de la mañana, del día, de la tarde que está por caer. No se sienten solas, se miran y todo desaparece. Sólo ellas dos, juntas, sin necesitar de nada, de nadie para ser felices. Son felices; sonríen, se aman. Ella odia los días de calor, porque tiene que andar de falda sobre el vehículo rosa. Pero ama leer libros cuando el sol ilumina su habitación, puede leer con claridad. Come en el café y lee mientras saborea el 27


postre. Lee mientras espera y escribe cuando alguien llega. Le gusta mirar a la gente: su ropa, su forma de caminar y de mover la boca al hablar. No se aburre con facilidad, aunque no es una chica muy divertida. Ella es una chica de mejillas rosas y uñas blancas. Él escucha música mientras come en el café. Usa una computadora mientras ingiriere la lechuga. Es flaco como cualquier palo y lo único que mira es el monitor plano de su máquina portátil. Es distraído y lee noticias, artículos de ciencia y a Poe. Ella ha decidido caminar y ha dejado su bicicleta rosa en la entrada del restaurante. Camina hacia su trabajo y camina hacia su casa y ha abandonado el vehículo en la lluvia. Duerme con pijama negra y se acuesta en la cama de sábanas moradas. Deja el libro de Paz sobre la mesa blanca que acompaña a la cama cuando ella no está. Duerme como un muerto. Él es feliz. Ha comprado el mejor artículo de su vida: le ayudará a no pasar malos ratos bajo el sol y le permitirá ir de allá para acá sin la necesidad de sudar como un salvaje. Por fin encontró un vehículo al alcance de su bolsillo. –No es nueva pero es útil. No es cómoda, pero recorreré las distancias en menor tiempo-. Deja la bicicleta frente al café, porque esta noche dormirá con su amigo.

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Se conocieron una mañana, después que la lluvia pasó y el viento cesó. Ella es rosa y él azul. Las bicicletas platicaron de Poe, de Paz, de ciencia y de estilística. Discutieron de los días soleados y lluviosos, de lo importante que es la sociología y la ingeniería. Confesaron que el silencio no siempre es la mejor compañía. Ella y él se enamoraron. Ella amaneció muerta en las sábanas moradas. Antes de dormir aspira polvo que la haga olvidar el silencio y la soledad. Él y su amigo fueron asaltados en el café por la noche. Él por fin vio la muerte venir y corrió hasta alcanzarla. Sophie mira con tristeza todo lo que está a su alrededor. Ella mira las fotos antes de dormir porque sabe que no tiene a nadie más. Mira las bicicletas y sé que ellas le cuentan de cuánto se quieren y se adoran. Ella sonríe a las bicicletas porque sabe que son felices. Sophie camina dentro de su cuarto rosa despidiéndose todas las noches de sus imágenes, en especial de las bicicletas. Ella piensa que cada noche podría ser la última.

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DANIA Dania se asomó por la ventana azul, quiso saber si ya había dejado de llover. El agua corrió enfadada por las hojas y las flores, el líquido se desplomó en la tierra y desapareció en los charcos. La gente se escondió detrás de los paraguas y los animales en las jaulas, los agujeros. La calle quedó desnuda. Dania colgó su cabello sobre el hombro derecho y dejó la huella de su aliento sobre el cristal mohoso. Los labios rojos se mordieron uno contra el otro y los ojos se dilataron cuando contemplaron la soledad de la acera. Las nubes eran azules, casi negras. Para Dania la vida era una figura huesuda. El cuerpo le habló: gotas de sudor brotaron de la frente blanca, sus manos temblaron y el cerebro sufrió en la indecisión. Ella miró a través del cristal y no pudo ver nada. No vio que las mariposas se despojaron de sus alas para poder huir del ataque. No pudo ver que las hormigas corrieron hacia su refugio sin perder la formación y que las ratas se convirtieron en polvo cuando la lluvia las aniquiló. Pobre Dania, escuchó que afuera la guerra comenzó pero sólo sintió su cuerpo palidecer. El brazo izquierdo se acercó al rostro y detuvo las ganas de vomitar. Los dedos largos y frágiles intentaron entrar en la garganta para alcanzar la manzana que se había atorado en el esófago. Dania estiró el cuello para dejar salir el bocado descompuesto y 30


las manos se le batieron de baba, jugos gástricos y papilla. Se tiró al suelo para impedir que la mezcla se posara sobre su ropa, sus pechos, sus piernas. Dieciocho años se inclinaron en cuatro patas sobre la alfombra blanca. La nariz tocó el suelo hasta que los pulmones recuperaron el aliento, y mientras la cabeza decidió sentir felicidad y culpabilidad al mismo tiempo. El sentimiento de impotencia carcomió el enorme corazón y el hambre devoró los intestinos de la gigante Dania. En la ventana cayeron toda la tarde y noche las gotas gruesas y desabridas. Los caminos se llenaron de silencio y las aves se escondieron en las ramas de los eucaliptos. Los focos que alumbraron las avenidas mojadas se fundieron. Afuera, la oscuridad se asomó por la ventana.

El sol quemó el día. Del suelo subió un vapor denso causado por la humedad, la lluvia y los rayos calientes, entonces una cucaracha decidió pasear entre las hojas empapadas e intentó cruzar el río que dividía su casa en dos. Una mosca voló cerca de las flores blancas que adornaban las calles y un escarabajo nadó dentro de una hoja del rosal. La casa de la esquina presumió una ventana azul y detrás de ella descansó la chica recostada sobre la cama de bolas amarillas. Los brazos largos se estiraron hasta la cintura y su cabello oscuro se en31


maraño en la almohada. La mano izquierda mostró manchas rojas y moradas porque sus dedos sufrieron un sueño de muerte. La cama no despertó ni cuando el sol se quiso asomar. La pared de color rojo miró quieta los fantasmas que trajo el viento al entrar en la habitación. Los juguetones espíritus tiraron los libros de la mesa y entraron al baño para lavarse los dientes. Abrieron los cajones y se probaron vestidos verdes, cafés, negros, blancos. Se peinaron sus rubias cabelleras y no reconocieron sus cuerpos cuando miraron el grande espejo que daba la espalda a la puerta. Se acercaron al lecho que escondió entre las sábanas a una delgada calaca. Los traviesos se pusieron serios cuando vieron el rostro pálido y seco de Dania. Los ojos de la momia estaban rodeados por una gama de colores grises y negros que ahogaron los pequeños ojos de la durmiente. La frente amplia no pensó, la nariz ensangrentada no inhaló y el vientre vacío no pareció tener vida. Los fantasmas se inclinaron para besar el cuerpo desnudo, mal oliente y monstruoso. El beso de la muerte devolvió la vida al cuerpo de Dania. Ella abrió los ojos y encontró que otro día había comenzado a correr sin pedir permiso. Aquella mañana nació el sufrimiento. Dania resucitó esta mañana, la mañana de ayer y la anterior.

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TUXPAN DE LAS FLORES Flores no tiene, pero es verde, muy verde. Las mujeres ya no usan rebozos, pero todas las mañanas se levantan temprano para ir por el pan recién salido de los hornos. Un desfile de canastas listas y dispuestas camino abajo. Un desfile hacia arriba de pan caliente, nixtamal y leche fresca. Es un lugar que me aburre. Su silencio me estrangula y su olor me da nausea. Tuxpan es un pueblo que se sostiene boca arriba en la montaña, mientras contempla los sembradíos del valle. El aire es fresco y claro. Es un pueblo que lucha con el pasado y el futuro. Le tiene envidia a la modernidad pero no puede olvidar su pasado. Tres calles suben y bajan: la chueca, la nueva y la de la amargura. Tres muchachos caminan hacia abajo, rumbo al jardín porque ya es de noche y hay que dar vueltas. Los carros pasean por todas las calles mientras intento ver la tele en la sala de la casa que huele a vieja, a humedad. Martina camina jorobada porque los años le pesan. Va con su cubeta llena de masa para las tortillas. Ella tiene los pensamientos en la leña y las manos en las bolsas del suéter café. Mientras camina, el cuerpo le tiembla dentro del vestido y sus pies andan solos porque ya se saben el camino. Por la noche me recuesto en una cama pandeada. La oscuridad que se asoma a la ventana me deja 34


ciega y los grillos no paran de cantar. El silencio me deja sorda. El lugar más popular es el mercado. Las fresas grandes y rojas, las zarzamoras amoratadas, las guayabas y los duraznos rociados de agua fresca. Las calabacitas, el quelite, el camote, los chiles. La carne fresca, las tortillas hechas a mano, el queso de la negra que se sienta a la entrada con sus hijos oscuros. Lo único que me gusta es comer pambazos y elotes. Teresa hace un mole de guajolote delicioso. Chile negro, cacahuates, chocolate, semilla de calabaza, chile mulato, tortilla tostada, chile pasilla, el mejor guajolote de los que cría y las manos pequeñas y viejas que muelen todo en el metate. Detesto cuando mi abuela mete el guajolote en una cubeta con agua hirviendo. Las plumas mojadas apestan toda la casa. La Terminal de Autobuses es una esquina junto al jardín. Allí venden un delicioso ate de guayaba, de membrillo y durazno. El muchacho que atiende el puesto se pasa las horas sentado bajo la sombrilla blanca que le cubre del sol. Para él las horas no existen y el día es peor que la noche. Mira la avenida principal y se entera de todo y de todos. Los autobuses vienen y traen gente de aquí, de allá. Los camiones se llevan a las mujeres bonitas fuera del pueblo y dejan la desesperanza como pacto de trueque. 35


Cuando me voy me da tristeza porque dejo ese pueblo que me da asco. Me gusta ver sus montaĂąas verdes y su cielo claro, transparente. ExtraĂąo el olor de las tortillas, del pan caliente y de mi abuela que impregna toda la casa, vieja y hĂşmeda.

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CÉSAR Jorge no lo sabe, pero él es una versión muy parecida a la humana: es un SE-1. Camina con todo el cuerpo sin mover los brazos y sin mirar alrededor. Come con cubiertos, no habla cuando mastica y usa diez servilletas para limpiarse los labios delgados e incoloros. El chico tiene diecinueve años y vive en una calle vacía de todo progreso tecnológico, intelectual, cultural y emocional. Le gusta dormir en el piso liso y frío junto a su cama, donde del lado derecho permanece recargada sobre la pared una guitarra y en el otro extremo una mesa carga el ordenador que siempre se mantiene encendido. Es un niño si lo escuchas hablar, pero se convierte en hombre si lo miras de perfil. Cuando era un infante amaba la risa y el deporte, ahora se encierra en la habitación de cuatro paredes color azul y, a veces se sienta sobre la cama mientras piensa en música. Su amiga y compañera es de cuerda y lo único que sabe decir es: re, mi, fa, sol. Jorge pasa horas junto a la guitarra; tararea, toca, copia, inventa. Pierde la mirada cuando imagina que un día estará presentando su repertorio frente al público fanático. Sueña con ver caer montones de dinero mientras graba sus creaciones. Una banda, dinero, música, amigos, carros, ropa, mujeres; todo encerrado entre cuerdas. Pero para él la satisfacción no se encuentra en el frenesí de los admiradores, ni en la 37


sensación de estar sobre el escenario o los números incrementados en la cuenta de banco, la felicidad radica en el éxito de verse independiente. Jorge tiene una voz dulce y pegajosa como la miel. Es débil y grave que a veces se le atora en la nuca. El oído del joven es sensible a cualquier sonido armonioso o discante y sus ojos leen un lenguaje sin palabras que se traducen en el sentido de la existencia misma, porque el significado de las cosas viaja en ondas por el aire. Para él la vida tiene sonido. El amor suena forte que parece quemar la piel, la risa es grave y piano al oído, el fútbol es estridente, los carros son sonidos cedentes y graves, mientras que un emparedado es ritardando. Lo único que Jorge no puede escuchar es la voz que gime desde dentro de su ser pidiendo comprensión... aceptación. El defecto de este prototipo es que tiene un corazón más grande. Los sentimientos no pueden gobernar a la razón en este mundo de personas normales, por eso Jorge siente que no encaja en ninguna parte. El chico es una rareza para la especie humana y eso lo excluye de todo y de todos. Jorge piensa que de alguna forma el mundo parece ligeramente pequeño. El poco espacio le hace encorvar el cuerpo y sus pulmones se asfixian porque el aire es insuficiente. La dermis es cárcel de la felicidad y la epidermis es un lazo que ata el aliento de vida dentro del organismo putrefacto y le imposibilita vivir. Las manos de Jorge quieren hacer, construir, crear. Su cerebro imagina, dibuja y ma38


quina, pero todo se paraliza en un suspiro. El diseñador de este ejemplar olvidó poner en el cuerpo del adolescente además del querer, el hacer. La tierra es un lugar extraño, una jaula que le impide escuchar su enemistad con los seres que le rodean. No entiende por qué siente repulsión hacia la humanidad, todo lo que hacen, piensan, comen y sienten son cosas que no puede soportar. Para Jorge los estudios son la ciencia más agotadora e inútil, los amigos son la cosa más absurda que pudo inventar el hombre y la gente es falsa, imbécil y ciega. -Los hombres viven solo el momento cruel; opinan pero no respetan, adivinan pero no olvidan, aman pero no dejan amar. Jorge es una sombra sentada en la arena blanca. El mar rosa y azul ensordece al chico y le deja soñar y pensar. Sus cabellos se confunden en la negrura de las sombras, y su piel blanca se ilumina con la luz que deja el sol al anochecer. Jorge pretende entender. Hila, recuerda, intenta unir las piezas pero no parece haber respuesta a ninguna de sus preguntas. Sentado mira su vida navegar sobre el océano infinito mientras la incertidumbre llega con las olas del mar junto a sus pies. Entonces él observa perdidamente el cielo en busca de una luz que esclarezca las dudas nublosas de su cerebro. Pero sólo se forma un hueco en el cielo que permite a Jorge admirar el paraíso, un lugar exótico, lleno de colores vibrantes y de risas ensordecedoras, es 39


entonces que él se pregunta si será que pertenece a otra especie de ser no humano. La silueta de su espalda dibuja una escena de profunda pena. Sentado en la arena, mientras juega con los caracoles, no se resigna a pensar que nacer y morir son la rutina suicida del humano, si es que él forma parte de la raza que ocupa este planeta tierra. Jorge no es alguien común, tiene el don de ser diferente...único. Su cuerpo es ligero y cuando cae en el mar no se hunde, sólo escucha llorar a las olas cuando encallan en la playa. Cuando camina por el bosque, las plantas, los insectos, los animales lo llaman para conversar y cuando sube a las montañas escucha el sonido melodioso del silencio. El cuerpo del chico es un aparato musical: sus manos son delicados instrumentos y su cuello melodiosa voz. Sus oídos no sólo escuchan, él se une en una sola voz con los sonidos que nacen más allá de las nubes. Jorge no lo sabe, pero su corazón despide un olor que es irresistible para toda clase de humano fémina. Su boca es capaz de pronunciar las palabras más dulces que jamás nadie haya escuchado y su risa es atracción fatal para sus amantes. Sus brazos fuertes pueden cargar toneladas de acero pero su corazón no es capaz de latir tan fuerte como el de un enamorado. Él sólo piensa en lo dif ícil que es encajar en todo. 40


Es una imagen inmóvil debajo del cielo. Jorge se detiene para mirar la infinitud del universo cuando cae la tarde. Observa sin cesár la oscuridad profunda y entonces le llena de melancolía, la siente viajar en sus venas como lava ardiendo. -Talvez mis verdaderos padres me olvidaron en la jungla terrestre mientras huían de la guerra devastadora que se llevaba acabo en el cielo. Pero el escondite que me mantenía vivo se trasformó en hábitat civil y entonces mi madre ya no me reconoció. Talvez pensó que estaba muerto. Su agonía aumenta con los días porque el pensamiento de ir a casa se posesiona de todo su ser. La piel le parece sangrar cada noche al soñar que es feliz, que regresa al mundo al que pertenece. Pero el tiempo pasa y los músculos se le hinchan porque no soportan la lentitud de las horas que les impide crecer. Una tarde lluviosa, cuando el sol se escondía detrás del cielo, Jorge fue atraído hacia el techo de su casa. Subió por las escaleras que estaban en el patio y mientras subía una sensación de miedo hizo vibrar el cuerpo desnudo del chico. Sus pies descalzos ascendieron lentamente hacia el infinito. Succionado por un aire caliente, el cuerpo de Jorge se volvió invisible para los mortales. El aire ríe, el mar canta, la tierra tiembla a carcajadas porque el chico que miraba el cielo ya preparó maletas y parece que nunca volverá. 41


LA MUDA Era la chica muda que siempre se sentó en la última butaca en una de las esquinas del salón. La verdad es que no tengo la certeza de que fuera muda, pero nunca pronunció una sola palabra, nadie la escuchó hablar durante el año que cursó en nuestra preparatoria. No llegué a conocerla bien, sólo sabía que era una de esas personas extrañas que suele traer la vida a la tierra. Se llamaba Nora...Noelia...Norma. La verdad tampoco supe su nombre, talvez se llamaba Alma o Roxana, aunque tenía cara de Mirta, pero yo siempre le dije “La muda”. Ella era una chica blanca, de cabello café claro, lacio y largo, tan largo que a veces se le enredaba en la mochila que llevaba sobre la espalda. Le sucedía muy a menudo, en especial los días que hacía mucho frío, no tengo la menor idea de por qué. No usaba lentes, sería el colmo, pero tenía un look desaliñado. Era alta y delgada, y cuando pasaba caminando por los jardines del colegio podíamos ver debajo del suéter gigante y del pantalón de “cholo” que siempre usaba, un cuerpo delicado y bello. Admito que ella era muy bonita, pero el cabello impedía que su rostro resplandeciera. Pero lo que siempre me llamó la atención fueron sus labios, eran hermosos. Recuerdo que desde mi banca la observaba. Cuando el profesor salía y todos mis compañeros hacían relajo, yo volvía la cabeza a escondidas para que nadie me pudiera ver 42


y entonces clavaba mis ojos en su labios color rosa dulce. Me gustaba verlos porque eran suaves y brillantes, me hacían imaginar cuentos de princesas y novelas de amores eternos. Siempre tuve cierto rechazo hacia ella y ahora me doy cuenta que era porque envidiaba sus tierna boca. Siempre pensé que era una lástima que ella no tuviera novio porque ningún chico probaría el delicioso labio inferior de aquella chica rara. Alma no tenía amigos, no hablaba con los maestros y nunca supe cómo hacía para pedir la orden en la cafetería. Se sentaba sola, se quitaba la mochila, la dejaba en la banca junto a ella y sacaba un libro, cada semana era uno diferente. Alguna vez alcancé a ver el título de uno de ellos, era un libro gordo y pequeño, se llamaba El nombre de la rosa. Recuerdo que cuando llegó, todos la mirábamos feo, nos reíamos de ella, y a veces yo también le aventaba restos de mi comida. Ella sólo se agachaba, seguía comiendo y se encogía de hombros, como si quisiera ser parte de alguno de los personajes del libro. Todos los días era lo mismo, hasta que después del mes todos nos fuimos acostumbrando a su rareza y pronto dejamos de verla porque ya era parte del ambiente. Después hasta los profesores tropezaban con ella, era cómo si hubiera dejado de existir. Pero para mí ella seguía viva, era como si me estorbara y no dejaba de molestarme su existencia. En mi círculo de amigas fue el tema de conversación por un par de meses, subsiguientemente yo fui la 43


única que hablaba de ella y siempre tenía que explicar a todos que había en el salón una chica muda. Nunca entendí cómo era posible que el mundo se olvidara de ella, una chica tan rara no podía pasar desapercibida. Sólo una vez entablamos comunicación. Yo estaba caminando rápido hacia mi salón, a la clase de Química, porque ya era tarde y estaba buscando entre mis cosas el trabajo que tenía que entregar cuando, de repente, levanté la mirada y ella estaba allí, de pie en medio del pasillo, sola y mirando fijamente hacia mí. Entonces, sin explicación comencé a caminar más despacio, mis pies resistían a seguir moviéndose y no sabía por qué. Asustada volví la cabeza a todas partes para pedir ayuda pero no había nadie, sólo la muda y yo. Me llené de pánico y cuando menos lo pensé estaba frente a ella, sin poder mover un solo dedo. Me puse derechita y la miré sin decir nada. Detrás del cabello enmarañado que le cubría la mirada pude ver unos ojos grandes, azules como el mar del Caribe, sus pestañas eran largas y gruesas; su mirada me embrujó. No recuerdo cuánto tiempo pasó, pero ella intentó decirme algo ese día y no lo comprendí porque estaba asustada. Al fin, desperté del sueño y el miedo se apoderó de mí otra vez. Intenté gritar pero mi garganta se había congelado, quería hablar y no podía, abría la boca y no emitía ningún sonido. La muda agachó la cara y me dejó en libertad, inmediatamente corrí hacia el salón y recuerdo que ese día 44


no pude hablar con nadie y mi corazón no dejó de latir vertiginosamente. No hablé de esto con nadie, cada vez que quería contarlo una fuerza invisible ataba mi boca y no podía pronunciar palabra. Desde entonces decidí olvidar lo sucedido, aunque hay noches que revivo el momento claramente como aquella vez. Terminó el semestre y todos nos fuimos de vacaciones. Ese año viajaría a París y conocería a mi tía Lucha, la única hermana de mi padre, estaba tan feliz por el paseo que olvidé mirar por última vez los labios de la muda. No pensé en ella ni en lo sucedido mientras estuve fuera del país, hasta que regresé el primer día de clases al colegio el siguiente año. Saludé a todas mis amigas y les conté de París y de las cosas que había visto, me senté en la primer banca roja de la segunda fila y coloqué mi bolsa en la de atrás. Fue en ese momento que la extrañé, a la chica muda de labios tiernos y rosas, de ojos tan azules como el mar y con la cabellera café cubriéndole toda la cara. Me puse triste. Todos los días al comenzar el día volvía la cabeza e imaginaba mirar unos labios mudos y hermosos, eso me llenaba de felicidad y entonces podía continuar con mi día. Un año y medio después nos graduamos, y en la foto no apareció el recuerdo de Mirta, ni su sombra, ni una greña de su pelo. Han pasado diez años desde entonces y hoy decidí salir a caminar al parque que está cerca de mi casa. Tenía la tristeza hasta los pies, mi novio se 45


había marchado un par de horas antes a China y no podía contener el dolor, por eso decidí pasear un rato para que el aire fresco limpiara mis lágrimas. Salí con la cabeza hacia el piso mirando la sombra de las nubes que formaban dinosaurios, hombres gordos y cachetones. Entonces sentí que las piernas se me paralizaron, levanté la mirada horrorizada y lo único que vi fue a una chica sentada en una banca, mirando hacia el profundo infinito. Usaba jeans, playera polo, converse y traía el cabello recogido. Caminé hacia el lugar donde estaba la chica y me puse frente a ella. Cuando sintió mi presencia me miró y pude ver entre gruesas lágrimas sus ojos color azul pálido. En ese momento nos reconocimos, y con felicidad miré sus labios que ahora estaban blancos, secos y sin vida. Me conmoví y sentí que la amaba. Me senté junto a ella, tomé su mano y le entregué mis penas y sentí su dolor. Lloramos toda la tarde hasta que el sol se ocultó, sin decir ni una sola palabra.

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COLOFÓN

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Inverosímil