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Pinturas especiales

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Por qué trabajar en el cementerio de la Chacarita era lo necesario para ir a vivir a las sierras de Córdoba, no lo supe hasta algún tiempo después. Pero de hecho lo fue. Y podría pensarse que un muchacho joven va a preferir siempre una gran ciudad antes que la vida excesivamente calma de un pueblito en medio de la eterna siesta cordobesa. No era mi caso. Además, vivir en la gran ciudad trabajando en el cementerio no es lo que más chapa te da para conquistar chicas, y no sé si eso fue lo primero que pensé, pero habrá sido lo segundo: era mucho más posible que una serranita me diera bola aunque yo fuera linyera, antes que una porteña se fije en el que limpia las tumbas aunque, lo que no ocurría, ganara fortunas con ese trabajo. Fue para noviembre, creo, que conocí al hombre de la pinturería. Yo pasaba mis mañanas manteniendo más o menos arregladas las tumbas de mi sector, más o menos desarregladas aquellas que carecían de visitantes frecuentes, y dedicaba al mate con mis compañeros y a ocasionales lecturas del suplemento deportivo el tiempo asignado para el cuidado de aquellas tumbas a las que ya no visitaba nadie. Una de esas mañanas de sol estaba sentado de espaldas contra una de las paredes pequeñas sobre las que se fijan las canillas para que la gente saque el agua para las flores, cuando lo vi. Me asusté un poco porque tenía el aspecto de esos tipos de mucho dinero, que te vuelven loco porque quieren el césped del cantero así y así, y estas flores sí y aquellas no, y que después que te emputecieron bien la vida por culpa de alguien que ya se murió, te guiñan un ojo y te tiran dos monedas. Y que, por supuesto, si no hacés lo que ellos quieren, agarráte porque se quejan en la oficina y te mandan a las bóvedas. Bajé el diario, me olvidé de quién le había ganado a quién, y le dije adiós a la idea de que quizás había pasado desapercibido: mi camisa de trabajo decía, con letras naranjas bien chillonas, “Dirección General de Cementerios”. El tipo dudo que pasara por atractivo, a excepción del atractivo que les produce a las mujeres el poder. Parecía que le salía poder de todos los poros. Era más bien grandote, tenía un bigote que afirmaba su imagen, y un traje que parecía escupirte en la cara: “Acá mando yo, ¿sí?”. Y estaba indudablemente serio. Hasta que, para mi sorpresa, se llevó una mano al bolsillo del pantalón y con una inclinación de cabeza me sonrió como si fuera un amigo. Y luego se marchó. “Cagué”, fue todo lo que atiné a pensar. Y ya sabía lo que vendría: el tipo volvería acompañado del jefe y en cuestión de un ratito yo estaría en el espantoso sector de las bóvedas. Y ahí sí que tendría tiempo para leer el suplemento deportivo, pero por Dios que eso era lo último que se le ocurría a cualquiera que trabajara ahí. Frío, húmedo, sombrío… y con todas esas historias que se contaban. Me lo había dicho Pascualito el día que empecé, con un brazo sobre mis hombros y hablándome con la seriedad del director técnico que está por sacar a la cancha a su jugador estrella. - A las bóvedas no, ¿me entendés? Con el laburo hacé lo que se te cante el culo, pero nunca hagas una boludez tan grande que te manden a las bóvedas. - ¿Y qué es una boludez tan grande?- le pregunté. Me miró con una mezcla de lástima, burla y compasión. - La que sea… y que se de cuenta el jefe. Eso aumenta el tamaño de la boludez, ¿me entendés? 2


Y se quedó mirándome con los ojos muy abiertos y las cejas arqueadas, casi ordenándome haber entendido. Para terminar de convencerme me hizo una especie de visita guiada por ese sector. - ¿Ves? Aquel es Simón, aunque él no lo sabe, o no se acuerda. Se olvidó una mañana muy oscura en la que algo le pasó y apareció corriendo y llorando por la oficina del jefe… con los pantalones todos cagados. ¿No me creés? Desde entonces si le decís Simón no te da cinco de pelota. Le tenés que decir Purti, como dice que le decían las voces… Quizás porque ese día también estaba nublado hubiera preferido salir rápido de ahí y enfilar para el lado de las tumbas que me habían asignado. Pero Pascualito, al que le faltaban poco más de dos años para jubilarse y quien, después de tanto tiempo, “le tomé cariño a este trabajo, ¿sabés?, ya vas a ver, te va a pasar lo mismo”, quiso rematar la anécdota. - Seguro te preguntarás por qué siguió laburando en las bóvedas si tuvo una experiencia tan mala, ¿no? Iba a decir algo pero Pascualito, chasqueando la lengua negativamente y diciéndome que no con el dedo índice, no me lo permitió. - No, no, no. No es que el jefe es un turro y no lo quiso sacar. No señor. O sea, el jefe es un turro, sí, pero él mismo se asustó tanto que le ofreció a Simón pasarlo a oficinas. ¡A oficinas! ¿Vos sabés lo que es eso? Pero a Simón se le chifló el moño de verdad, y él pidió, suplicó seguir en las bóvedas. ¿Y ves aquel otro de allá? - Sí, señor Pascual, pero qué le parece si mejor no me muestra mi sector. Se frenó, me sonrió con sorna, y con un tono muy condescendiente, como que sabía que había logrado asustarme, dijo: - Sí, pibe, tenés razón. ¡Ah!, nada de señor Pascual. Pascualito. Creí que simplemente me había hecho pagar el derecho de piso. Pero todas las historias que fui escuchando después con el correr del tiempo, me convencieron de que la locura tenía cierta predilección por atrapar a los que trabajaban en las bóvedas. No creía demasiado en fantasmas pero, fueran alucinación o realidad, a mí que me dejaran tranquilo con mis tumbitas bien a cielo abierto. Así que, con ese objetivo, hice lo único que me quedaba hacer para retrucarle al tipo cuando viniera con mi jefe: tiré el diario en un cesto y me puse a trabajar como si me pagaran mil pesos por centímetro cuadrado de tumba arreglada. Pero el tipo elegante no volvió ese día. Lo hizo al día siguiente y me encontró sacando lustre a las placas como un descocido. Me estuvo estudiando un buen rato pero, sorprendiéndome una vez más, se las tomó con un gesto que no fue de satisfacción, sino de contrariedad. Con los días, y al no reaparecer el tipo, se me fue pasando el celo laboral. Las placas brillaban, el césped estaba bien cortado, cada piedrita blanca estaba en el lugar que el universo le había deparado, y yo francamente no tenía qué carajo hacer. Por eso estaba nuevamente sentado con la espalda apoyada contra el murito de la canilla leyendo el suplemento deportivo. Hasta que, cuando iba a girar una página, levanté sin querer la vista y lo vi de nuevo ahí. Como si no hubiera pasado el tiempo, estaba vestido igual 3


que la primera vez. “Yo también”, pensé para mí, tocándome instintivamente la inscripción bordada con hilo. Dirección General de Cementerios. El tipo sonreía. “Seguro que está pensando: ´por fin te voy a cagar`”, me dije. Y acto seguido, muy conforme de sí mismo, el hombre giró sobre sus talones y se mandó a mudar. Bajé la cabeza esperando que me pusieran la soga al cuello, y me dije que ya que estaba por quedarme sin laburo (porque a las bóvedas, ni en pedo), por lo menos no valía la pena deshacerme del suplemento deportivo. Valía unos pocos centavos, pero dentro de un rato cada centavo me resultaría muy difícil de conseguir. Me sorprendió que ese rato fuera más breve de lo que había imaginado, porque cuando me quise dar cuenta, allí estaban. El murito de la canilla de un lado me tenía a mí, recostado contra él con las piernas abiertas y las manos en medio sosteniendo el diario. Del otro lado estaba la canilla. Y a mi izquierda, un camino de baldosas que se abría paso entre un espacio de tierra y pasto amarillento, hasta terminar en una callecita de asfalto cinco metros más allá. Cuando terminé de levantarme ya estaban, el tipo elegante y mi jefe, en esa desembocadura donde la baldosa llegaba al asfalto. “Te movés rápido para cagar a un trabajador, hijo de puta, ¿eh?”, pensé. Mi jefe nunca intentaba ser amable, ni lo parecía, pero inclinando la cabeza para que la sombra de la gorra le cayera sobre los ojos, parecía bastante peor. Me miró como para asesinarme, hizo pasar el escarbadientes de un lado a otro de la boca y luego le preguntó a mi entregador: - ¿Está seguro? - No tengo dudas –le respondió mi entregador a mi verdugo, y a continuación, para que de verdad no quedaran dudas, levantó el brazo y me señaló, agregando:- Ese. - Y bué –dijo mi verdugo-, si usté lo dice. Miguel, vení querés. Es increíble la altivez que te da haber perdido todo. Te plantás frente al que te quitó todo como si fueras el ganador. Me acerqué despacio todo lo asquerosa y sobradoramente que pude, haciendo alarde de mi diario en la mano, y me paré frente a mi jefe pero mirando al sujeto con la cabeza ladeada. - El señor quiere ofrecerte algo –me dijo mi jefe; nos miró a los dos de uno a otro varias veces, como si no pudiera terminar de entender algo, y luego agregó, antes de irse:- Bué, usté sabrá. Yo le avisé. Y alzando un poco la visera como saludo, pegó media vuelta y se fue en dirección a la oficina sacudiendo la cabeza. - Y bien –dijo el hombre; su voz sonaba alegre pero al mismo tiempo como la de alguien acostumbrado a decidir-, al grano: ¿te ves trabajando en Mina Clavero? Buen clima; no es un trabajo duro, veo que sabés de eso –iba a quejarme pero no me dejó-, muy buen sueldo, hablamos de dos o tres veces mejor que ahora… y, creo que lo más importante –miró en derredor con vaguedad, pero de manera que yo lo percibiera-, atenderás a gente que aún camina. Abrí la boca antes de saber qué iba a decir, pero afortunadamente antes de darse cuenta que yo no sabía qué decir el tipo sacó de su traje una tarjeta con la velocidad de un duelo en el lejano oeste, y me la alargó, haciendo un gesto con la otra mano. - No tenés que contestarme ahora. Pensálo. Y antes de esperar, con lo que hubiera notado que tampoco sabía qué contestar, giró sonriendo y se fue. 4


Leí la tarjeta. Con una letra agradable y elegante decía: Claustro Nero Casa “La Sierra” Pinturas en general Av. Mitre 1750 Mina Clavero (03544) 466611 CÓRDOBA Al dorso, mi hada madrina con saco había escrito con birome un número de teléfono con prefijo de Buenos Aires. Cuando por la tarde salí del cementerio llamé al señor Claustro, redondeamos unos detalles, y cuando corté caí en la cuenta que esa tarde había colgado la camisa con el bordado de la Dirección General de Cementerios en el vestuario del cementerio, para no volver a descolgarla nunca más. Me tiré en mi cama boca arriba con las manos atrás de la cabeza y sonriéndole al techo como un boludo, mientras me caían las lágrimas. Ni se me ocurrió pensar que debería haber sido más cuidadoso antes de ponerme tan contento.

Pero así era. Estaba loco de contento. Y además con dinero encima que me había dado el tal señor Nero, algo a cuenta y lo del pasaje. En los días que siguieron caminaba por la calle como si flotara y saludaba a todos como si me hubiera ganado el Quini. Entré a tomar un café (¡un café!) y me lo pedí, ante la cara de asombro del mozo, con dos medialunas (¡dos medialunas! ¡Podía gastar sin preocuparme, y había decidido tomarme un café con dos medialunas!). Debo haber estado así, sonriéndole al aire, un buen rato, porque cuando junté los labios para el primer sorbo de café noté que el café no estaba tan caliente y que me dolían las mejillas. Había dos chicas muy arregladitas contra la ventana cruzando el salón en diagonal. Le clavé la mirada a la que más me gustaba y dije para mis adentros, en parte a mí y en parte a ella: “Que te espere unas semanitas, a ver si no te da bola. En unas semanas, además de esta pinta, me vas a agarrar con un buen laburo y bastante más plata en la billetera. Ahí hablamos”. Es que el tema de las chicas no había sido un tema menor. Para nada. De hecho, creo que había sido el más mayor de los temas. Yo estaba lejos de ser uno de esos flacos cuya mayor aspiración podía ser que una chica le tenga lástima. Con mi metro setenta y cinco, mi color tostado adquirido en largas horas de lectura del suplemento deportivo al sol, y mis brazos bastante gruesos de cada tanto levantar peso (picos, palas, cruces, esas cosas, aunque también hubiera podido tratarse de pesas en algún gimnasio), si al entrar en algún boliche había tres minitas charlando, era seguro que al menos dos se me quedaban mirando, para luego hacer comentarios acerca de lo que acababan de ver; y con frecuencia tenía uno o dos amigos cerca para al menos quedarse con las migajas. Pero el que elegía era yo. Bueno, suena casi a paraíso terrenal, pero siempre me echaban del Edén ni bien se me ocurría la puta idea de sincerarme y contar en qué trabajaba. Una vez, por el Once, con tres amigos encaramos a cuatro chicas no sin antes aclarar yo que la rubiecita era para mí. Después me enteré que la rubiecita había murmurado entre su grupo que el de pelito negro, o sea yo, era para ella. Hubo tanta onda de entrada y la pasamos tan bien, 5


que me juré nunca jamás de los jamases decirle de qué trabajaba. Para evitar que alguno de mis amigos metiera la pata y me mandara al frente con las amigas habíamos acordado que yo era preparador físico en Atlanta. Eso me permitiría no levantar sospechas si nos citábamos cerca el cementerio. Todo marchaba sobre rieles. Hasta que llegué a convencerme de que había conocido a la madre de mis hijos. Me había enamorado hasta las pelotas, y me di cuenta de dos cosas: no podía seguir mintiéndole a Flavia (así se llamaba) acerca de algo tan importante como mi trabajo; y segundo, no tenía por qué seguir siendo ese mi trabajo. Pero si mantenía ese orden peligraba nuestra relación. Mejor hacer al revés. Mejor primero cambiar de trabajo y después contarle la verdad. Habíamos salido los ocho a celebrar que hacía seis meses que estábamos juntos. Nada mejor que volver al boliche donde nos conocimos, y después cada uno iría al telo donde quisiera. Si también en eso hubiera invertido el orden, nunca hubiera tomado tanta cerveza, y si no hubiera tomado tanta cerveza no me hubiera puesto tan alegre ni tan boludo como para creer que estaba frente a una diosa, Diosa de verdad, en el sentido religioso, omnisciente, que todo lo comprendería y aceptaría. - Flavia –le dije mientras nos cagábamos de risa de alguna cosa-, te tengo que contar algo. - ¡Uh, uh! –chilló ella, a la que tampoco le faltaba cerveza- ¿Hay algo que todavía no me hayas mostrado? –y deslizó una mano por ahí cerca. - No, en serio. Mario, que estaba mucho más en pedo que yo, dejó de reírse, levantó los ojos y me miró serio. Tendría que haber atendido lo que me quería decir esa mirada. - ¿Qué? ¿Qué pasa, Migue? –me preguntó Flavia, que lo captó a Mario, casi tratando de dejar de reírse. - Es… es sobre mi trabajo –dije con una voz que me pareció asombrosamente sobria. - ¿Entrenás mañana? Uh, che, no me digas que te tenés que levantar temprano –dijo poniéndose seria-. ¿Sabés lo que tenía pensado para mañana a la mañana? –y apoyó su cabeza en mi pecho, y por última vez sentí el perfume de su pelo. El gesto de Mario era mucho más preocupante. Diría que era desesperado. Se mordía el labio inferior, miraba el techo y sacudía la cabeza. Beto se había puesto serio también y jugaba con el vaso de cerveza sobre la mesa. El Colo miraba el suelo, y las chicas respectivas empezaban a dejar de sonreír. Se entenderá que use esta metáfora: el clima empezaba a ser, en mi cabeza, el de un entierro. - Fla –arranqué-, yo no soy entrenador de ningún club. Te mentí para que me dieras bola, y después mantuve la mentira porque te amo y no te quiero perder -¿se me podía ocurrir algo más estúpido para decir? Flavia me miró. Estaba seria. De pronto se puso a reír, me golpeó en el pecho con la mano y me dijo: - ¡Dale, boludo! ¡No ves que no te sale! Yo me empecé a matar de risa (el alcohol había hecho lo suyo), los chicos me siguieron (Mario pensó que volvíamos a estar a salvo) y las chicas siguieron a los chicos. 6


- No, en serio –dije cuando pude dominarme un poco-. Te mentí, Fla. - ¿Ah, sí? ¿Y a qué se dedica mi Schwarzeneger? ¿Sos espía internacional? - No: cuido tumbas en el cementerio. Ya no me reía. Flavia percibió que iba en serio, porque era algo así como la estatua de la risa, con la risa dibujada pero inmóvil y sin que le saliera ni un sonido. - Pero te juro que estoy por cambiar de trabajo. Te amo, Flavia. Los ojos de Flavia se entornaron y empezaron a echar chispas que no eran por el alcohol, y la sonrisa se fue transformando en una mueca de asco y odio. - Vos me estás cargando. Vio a mis amigos, uno a uno, y comprobó que nadie se reía. La cereza de la torta la puso Beto, que mirando al suelo y rascándose la cabeza, comentó: - Y bué. - ¿Cómo que cuidás tumbas, Migue? - ¿Qué, por si se las quieren robar? –preguntó una de las chicas, creo que Cris, la que salía con Mario; suelen ser insólitas las estupideces que se te ocurren cuando no querés aceptar de una vez la noticia que te están dando- ¿Sos custodio, Migue, es eso? - No boluda –dijo Rita, con cara de haber entendido clarito-, quién se va a robar una tumba. Es sepulturero, o limpia las tumbas. O algo así. Creo que voy a vomitar. Flavia ahora me miraba con los ojos muy abiertos, la boca entreabierta y los labios tan delgados que no se veían, respirando agitada. Recordé a los All Blacks empezando el rito mahorí. Se puso de pie, agarró su cartera y se fue, sacándose con una arcada mi mano de encima cuando la quise agarrar de una muñeca. Cris y Rita la siguieron. Verónica, la que salía con Beto, fue más parsimoniosa; se puso de pie, haciendo trompita con los labios tarareó algo del tema que estaban pasando mientras sacudía la cabeza, agarró su vaso de la mesa, tomó, se pasó la lengua por los labios, apoyó el vaso nuevamente en la mesa justo cuando yo pensaba recibir en mi cara lo que quedaba de cerveza, y luego, mirando a los chicos, preguntó: - ¿Y ustedes? ¿Hacen la calle por Godoy Cruz? ¿O qué otra sorpresita tienen? Y después sí, se fue. Es dura la vida del trabajador de cementerios.

Bueno, todo eso había terminado. Y si bien pensé que sería bueno ir a verla a Flavia antes de viajar, y darle una oportunidad, y contarle que ahora sí, que era cierto, que había cambiado de trabajo y que podíamos empezar una vida nueva juntos, preferí pensar que ella se lo había perdido, y que una minita que me rechazaba sólo porque tenía un trabajo tenebroso no se merecía estar a mi lado cuando la suerte parecía empezar a tratarme como si estuviéramos en el mismo equipo. A cuenta de futuros cobros, pagué yo una cena con Mario, Beto y el Colo (el único que contaba nuevamente con pareja estable), y una semana después me subí a un micro en Retiro, uno de la mejor categoría de la Chevallier, con el pasaje pago por el señor Nero, o don Claustro, como lo empecé a llamar, rumbo a Mina Clavero, dejando por aquí una tía solterona que por fin sería dueña de toda su casa, que no me había ido a despedir para baldear la vereda, y unos cuantos amigos que hacían planes para ir a visitarme en algún momento 7


del verano. Nada ni nadie me ataba a ningún lado, y aunque más de una vez eso estaba lejos de gustarme, la puta, ahora me hacía sentir extraordinariamente bien. Después de la película que pusieron mientras nos repartían la cena caliente, me tapé con la manta y me dormí profundamente.

Me desperté a la altura de Dolores, con la certeza de haber soñado algunas cosas desagradables aunque no las podía recordar. En todo caso, bastó con mirar por la ventanilla el que en adelante sería mi paisaje para sentir que empezaba una nueva y genial vida. - Mi paisaje –me dije-, hasta que yo lo decida. Porque, claro está, me sentía dueño de mi futuro. Bajé en la terminal de Mina Clavero, y al hacerlo me di cuenta que era el único pasajero que quedaba en el micro. Dos viejas de unos asientos adelante mío se habían bajado ya, en Merlo o en Dolores, y nadie quedaba en el piso de arriba. Noté además que el mío era el único micro, y que además de la plataforma donde éste estaba, había unas cinco o seis plataformas más, todas vacías. Recordé la terminal de Retiro, llena de micros y gente, y no pude evitar sonreír. Una chica de jeans y grueso pullover negro de cuello alto, que desde el fondo me había echado el ojo, también había desparecido. Me pregunté qué pensaría ella si supiera que yo había trabajado en un cementerio; pero rápidamente me saqué la idea de encima. - Eso es el pasado –me expliqué-. Ahora me la podría levantar cuando quiera. Esperé a que abrieran el buche y retiré mi bolso y, al girar, casi me llevo puesta a una chica que, si tenía buenos atributos, estos estarían escondidos por la cantidad de ropa. Pero era hermosa, con un gorro de lana roja que le dejaba caer un mechón castaño sobre los ojos oscuros. - ¿Vos sos Miguel? –me preguntó; la voz, con una inconfundible y re dulce tonada cordobesa, le hacía juego con el resto. - Me llamo Carmela –me dijo estirándome la mano-, me manda el señor Nero. “Esto se pone cada vez mejor”, me dije; le tomé la mano, la traje hacia mí y le di un buen beso en la mejilla bastante cerca de la boca. Una sonrisa, entre ingenua y cómplice, me dijo que no le había disgustado. “Cada vez mejor”, me repetí. El señor Claustro había estado en todo. Me había buscado una casa sobre la calle Tessandori, cerca de la San Martín. Me sobraba. Desde allí no estaba muy cerca de la pinturería, al menos eso me parecía las mañanas de bajo cero, en especial cuando decidía cruzar el río por el puente colgante. Pero nunca me pareció mal un poco de ejercicio. Claustro Nero era dueño de la mejor pinturería de Traslasierra. Había empezado como un simple corredor de Alba y luego de unas buenas temporadas logró abrir su propio negocio, al cual, por surtido y buenos precios, venían a comprar pintores desde Salsacate a Dolores. Pero el verdadero secreto de don Claustro era lo que él llamaba “mis pinturas especiales”. Aparentemente, había habido un accidente. Mi predecesor en la pinturería, 8


un tal Félix, había dejado caer un tarro grande de una pintura roja. Grande… como de diez litros. El impacto produjo la apertura del tarro y un chorro, del ancho de la boca, salió dejando el tarro lleno sólo en sus tres cuartas partes y un amplio sector del cerámico blanco del depósito decorado con una gruesa capa roja. Por desesperación y porque era lo que tenía a mano, le agregó vinagre a lo que quedaba de pintura, un resto de aceite de cocina y algo de antióxido, de otra marca, que había sobrado de cuando pintaron la carpintería metálica antes del verde agua brillante que ahora lucía. Y luego cerró la lata, la limpió y la puso en la estantería. El empleado en cuestión se la vendió servicialmente a una viejita a la que le gustaban los colores vivos para puertas, marcos y ventanas. La vieja volvió a los tres días hecha un basilisco. Decía que la pintura no la dejaba dormir, que por las noches crujía y que, en todo caso, el color que había tomado conforme pasaban las horas no tenía nada que ver con el color que ella había pedido y que figuraba en la etiqueta. A don Claustro no le costó reconstruir los hechos. Entendió de pronto a qué se debía esa aureola en la cerámica blanca, acerca de la que sólo había recibido evasivas cuando preguntó la causa, y la disminución repentina de aguarrás, como así también por qué unos días atrás había tenido que comer la ensalada condimentada con sal y agua, y por qué el antióxido que planeaba llevarse a su casa se había evaporado. Eso convirtió a Félix en mi predecesor. Dicen que se volvió a Tulumba. Sin embargo, otros tres días después volvió la mujer a quien se había vendido la pintura mezclada, con un gran paquete de tortas fritas. La vieja no sabía cómo agradecerle a don Claustro por la pintura. Desde que había pintado las ventanas, marcos y puertas, no había vuelto a entrar en su casa ni una sola mosca, y hasta los rosales que estaban bajo las ventanas, siempre a punto de morirse de una peste resistente a todo lo que le había echado, habían empezado a vivir en una especie de primavera propia, desarrollando el mejor color que hubieran tenido en los pétalos, como las espinas más robustas y largas. Y a varios metros de la tapa del pozo, no menos de una docena de escorpiones estaban muertos. - ¡Qué pintura, señor Nero, qué pintura! –exclamaba la vieja. Y salió del negocio dejando a don Claustro con la boca abierta encima de las tortas fritas y con los ojos de los empleados clavados en él. A don Claustro le quedaban dos posibilidades: llamar al empleado al que había echado, pedirle disculpas y pedirle que repita la mezcla que había tenido efectos tan sorprendentes, o, con un costo menor para su orgullo, tratar simplemente de encontrar solo esa mezcla. Optó por lo segundo. Lo primero, sobre todo en un año electoral en el que Claustro Nero se candidateaba para intendente, quizás hubiera sido bueno para favorecer su imagen pública, hubiera quedado como un tipo que sabe reconocer sus errores y que no era soberbio. Finalmente decidió que todo eso no convenía a la brillante carrera política que estaba por inaugurar, y además temía por su salud, ya que nada, juraba, le hubiera pasado al pobre de Félix si hubiera declarado su accidente pero, ¿quién podía asegurar que algún día, al derramar accidentalmente el vinagre del señor Nero, no lo fuera a reemplazar por aguarrás? El punto es que, desde entonces, don Claustro no abandonaba el negocio cuando cerraba a la hora de la siesta. Y que cuando los empleados volvían por la tarde lo 9


encontraban con los ojos inyectados en sangre, el pelo despeinado y los brazos manchados hasta los codos con distintas sustancias… que no tenían olor a pintura. Una estantería del depósito recibió el pomposo cartel, escrito en severas letras negras por el mismo señor Nero, que decía “PINTURAS ESPECIALES”. Alguno pensaba que la candidatura lo estaba chiflando. - Si vienen a buscar pintura repelente, me avisan, ¿está claro? –sancionó un día. Porque había otra cosa, además de la existencia de ese estante, que también ocurría: a nadie estaba permitido acercarse a ese estante. Y don Claustro estaba decididamente extraño. Más de una vez las empleadas, al pasar cerca suyo, lo escuchaban murmurar cosas como: - Claro… ¡claro! No, eso no… si le pusiera… Y otras veces: - Si pudiera… si yo pudiera… Y así pasaban las semanas. Una tarde, cuando entraron los empleados, lo encontraron especialmente desprolijo. La camisa por fuera del pantalón, la lana del pullover pegoteada por todos lados; y un olor amargo muy, muy penetrante que los obligó a abrir el ventiluz y a morirse de frío hasta la hora de cierre. A esa hora, o sea pasadas las veintiuna, lo vieron a don Claustro cargar febrilmente dos tachos en la parte trasera de su cuatro por cuatro y alejarse hacia el sur. Y luego alguien lo vio pasar cerca del cementerio. A la mañana siguiente don Claustro Nero lucía perfectamente afeitado y peinado, con su exquisito perfume habitual y su elegancia clásica detrás del mostrador. Y una sonrisa como la que tendría cualquiera que, de golpe y luego de mucho esfuerzo, se encuentra con una gran cantidad de poder en sus manos. Otra vez era alguien por quien valía la pena poner un voto. Y ese día, antes del cierre, sentenció: - Sé que desde que no está Félix ustedes están trabajando más. Pero eso está por cambiar –sonrió-. Mañana viajo. Voy por un empleado de lujo. Yo sé dónde encontrarlo. Y viajó a Buenos Aires.

Carmela era la empleada de confianza de don Claustro. Es decir, la empleada en quien él más confiaba, pero eso no parecía comprometer la discreción de Carmela, ya que de toda la historia de las pinturas especiales me enteré por boca de ella; y cabe mencionar que al principio del relato exhibía una sonrisa de lo más graciosa, el tipo de sonrisa que de a poco me hizo perder la cabeza por ella, pero hacia el final, parecía que mucha gracia no le hacía. Parecía realmente… ¿angustiada?, por los desvelos inventivos del jefe. El plantel de la pinturería se completaba con Clelia, una mujer gruesa que pasaba los cincuenta, de ánimo siempre alegre salvo cuando estaba cerca del señor Nero, por quien sentía auténtico pánico, y Alfredo, o Fredy, un tipo de unos cuarenta a quien tardé sólo quince minutos en tomarle bronca; que fue el tiempo que me tomó darme cuenta de sus intenciones con Carmela. Bueno, cabe mencionar aquí que a la semana mis sentimientos para con Fredy eran correspondidos con creces, ya que por alguna razón que todavía no 10


llegaba a entender yo había alcanzado la pole position en las preferencias de don Claustro, y andábamos como chanchos. El café que se empezó a tomar en el negocio era el que yo elegía; la factura y los criollitos dejaron de ser los de Manjares y empezaron a ser los de Las Delicias, por elección mía; y hasta empecé a manejar una especie de caja chica para los gastos de los almuerzos los sábados, un asado en el patio trasero del negocio, que hacía Fredy… de mala gana porque quien disponía las compras era yo. Pero lo más importante fue que don Claustro me asignó en exclusiva la responsabilidad de entregar los pedidos de pinturas especiales, que empezaban a menudear. Los de pintura insecticida sobre todo. Pero no sólo esos. Y para esa tarea me asignó “la chata”, una Chevrolet Silverado modelo ’88 que conservaba hecha un quirófano. Y como yo pasé además a ser el encargado de llevarle la recaudación las noches que él no se quedaba hasta la hora de cierre, la chata pasó de hecho a ser como de mi propiedad. Y no era una picardía de mi parte. Don Claustro mismo me dijo: - Escúchame, no me vas a pedir permiso para usarla los fines de semana, ¿no? Y me guiñó un ojo sonriendo de costado y dándome un codazo cómplice en el brazo. No le pedí permiso, entonces; y Carmela, cuyos atributos ocultos bajo la ropa de invierno para entonces también me habían hecho perder la cabeza, estaba más que contenta. El uso de la Silverado pasó a incluir, alguna que otra vez, pasar a buscarlo a don Claustro por la casa cuando se levantaba sin ganas de manejar su Toyota Civic. Pero juro que no me molestaba. Y no hablo sólo de que me sintiera obligado a pasar a buscarlo de buena gana por el giro que le había dado a mi vida a partir del día que me fue a buscar al cementerio de la Chacarita. Hablo del camino que debía recorrer. Debería dar las gracias a don Claustro por cada vez que me pedía ir a buscarlo, y de hecho empecé a desear que lo hiciera. Él vivía en Brochero, más o menos a cincuenta metros del río Panaholma, y para llegar debía seguir por la Mitre, atravesar la rotonda, saludar el monumento desde el cual un cura con un crucifijo en alto parecía querer exorcisarme, seguir hasta la YPF y tomar a la derecha por un camino de tierra. Una mañana de viernes debía pasar por el correo antes de ir a buscar a mi benefactor. Mi tía todavía estaría barriendo la vereda, baldeando el patio o limpiando algo, pero después de todo le haría bien alguna noticia del sobrino único; de modo que en la rotonda esquivé el crucifijo, agarré para la derecha y, tras escuchar algunas menciones sobre mi madre al querer entrar en la San Martín, estacioné frente al correo. Luego de mandar la carta se me ocurrió que, si en vez de intentar volver a la rotonda, con el riesgo de que alguien vuelva a evocar a mi progenitora, seguía derecho por la San Martín, iría para algún lado no muy lejos de la casa del señor Claustro. Y eso hice, regalando a mis ojos, sin saber que lo haría, con uno de los paisajes más agradables que alguna vez hubiera visto. La San Martín, ahora estrecha y de doble mano, se prolongaba cerca de un kilómetro más allá del correo; el último tramo de ese kilómetro se tiene a la izquierda un bonito bosque de álamos plateados y otras yerbas, unos metros más allá del cual corre el río Panaholma, y que te prepara para lo que se viene. Al final de ese kilómetro un puente cruza el río, y yo lo tomé por intuición. Entonces, comienza un camino de tierra serpenteante según el curso del río, que ahora está a la derecha. Y entre el camino y el río, crece una arboleda alta y espesa de ramas, que me acompañó a lo largo de unos 11


tres kilómetros. Yo me sentía metido adentro de una postal. Las ramas peladas, a través de las cuales se veía el río allá abajo y la costa de enfrente, los bancos y mesas de cemento y las parrillas de los recreos aguardando los asados de la próxima temporada, las ramas caídas, las “colas de zorro”, los teros, las garzas. En tanto, a mi izquierda, los locales de los recreos, ahora cerrados, y una línea discontinua de casas con cercas de madera y alegres jardines, que parecían sonreír y decirte “¡Je! ¿Viste qué lugarcito nos echamos?”. Dios, qué espectáculo. Detuve la chata a mitad camino, me acerqué al barranco y me estuve allí qué sé yo cuánto tiempo, sin escuchar ningún sonido humano. Por fin un tero me recordó que don Claustro me esperaba. Subí a la pick up y continué con la rutina de ese día, mientras sentía que ahora también el paisaje había hecho algo de su parte para atraparme el corazón. El resto de ese viernes transcurrió más feliz que de costumbre; hasta Fredy me parecía menos estúpido. Y para alegría de Clelia don Claustro salió temprano, por lo que esa noche debía llevarle la caja, lo cual, ante la perspectiva de volver a hacer el camino que me había enamorado a la mañana, estaba muy lejos de molestarme. Era una noche apenas fresca. Me despedí de Carmela con un piquito y un hasta luego, ya que la pasaría a buscar, me subí a la Silverado y unos segundos después doblaba por la rotonda y tomaba el camino de la costa. Recuerdo haber pensado que era una suerte salir con una chica que vivía sola, porque eso evitaba un montón de vueltas y permisos que normalmente hay que pedir. Me reproché por un pensamiento tan poco generoso y me dediqué al paisaje. En el puente bajé la velocidad para mirar el río hacia su naciente y hacia donde corría, y entonces caí en la cuenta de que había alguna diferencia entre el día y la noche. Y esa diferencia no era agradable. A ambos lados del puente, en especial hacia la naciente, que era para donde yo debía ir, el río era una boca de lobo; y cuando agarré la costanera, el cuadro a mi derecha era tenebroso. Era como si el espacio exterior se abriera ahí mismo donde terminaban los árboles de los recreos, sobre todo porque en la vereda de enfrente no se veía una sola luz. Los focos del alumbrado de la costanera daban una luz amarillenta y débil, las tulipas estaban llenas de insectos muertos y el haz de luz de cada uno no llegaba a tocarse con el del vecino, de manera que entre el área de influencia de un foco y la del otro, la chata recorría varios metros en profunda oscuridad. Los dueños de las pocas casas salpicadas entre los recreos no parecían apiadarse de los imposibles transeúntes encendiendo alguna luz externa. Eso, suponiendo que hubiera alguien viviendo en ellas en esa época del año. Encendí las luces altas y corrí el culo hacia atrás en el asiento. Las luces de la chata daban existencia fugaz a las mesas y los asientos de cemento solitarios, a las parrillas, las matas de pasto reseco, las “colas de zorro” fantasmales y los árboles impávidos. Todo cobrando vida al ser barrido por la luz de los focos de la chata, para perderla inmediatamente después. Y ahora hacía mucho, mucho frío. Había dejado atrás el cartel del camping municipal. Me di cuenta que viajaba tenso, con los brazos y los hombros rígidos y algo volcado contra el volante. Volví a acomodarme sobre el asiento al tiempo que giré la cabeza hacia la boca de lobo. El sobresalto casi me hace chocar y debí hacer un enorme esfuerzo por controlar la camioneta, que amenazó primero irse contra la línea de casas y luego treparse al sector arbolado e ir a dar contra una parrilla. Con la pirueta terminé quitando los pies de los 12


pedales y, para aumentar mi horror, el motor se detuvo. Con las manos temblando quise arrancar, pero primero di contacto con la llave pero apreté el freno; luego puse el pie en el acelerador y lo apreté a fondo, pero todavía temblando por lo que acababa de ver quité la llave de la cerradura y, peor aún, se me cayó. No me quedó otra que sumergirme a buscarla, y literalmente se me pararon los pelos de la nuca de pensar lo que podía encontrar al levantar la cabeza y volver a mirar hacia afuera de la cabina. Cuando logré recuperar la llave, pude ponerla por fin en la cerradura mientras escuchaba mi respiración y me latían las orejas. Dije algunas palabrotas y logré arrancar. Lo hice en segunda, la camioneta tosió un poco, volví a putear y por fin logré tomar cierta velocidad. - Vi mal. ¡Qué boludo! ¡Yo también!, me asusto de cualquier pavada… -me dije. Pero giré nuevamente la cabeza hacia mi derecha; y allí estaban. Las parrillas estarían frías, seguramente, y no despedían humo. Pero los asientos de cemento estaban ocupados. Ante las mesas, ante cada mesa, estaban sentadas cuatro personas, una en cada asiento. Sumamente pálidas. Si me lo preguntan, digo que no, que no parecían gozar de buena salud, que parecían… muertas, todas en sus largas túnicas. Hombres, mujeres, pelos canosos y negros y rubios, rostros lisos y rostros arrugados. Y todos, al impacto de la luz delantera de la camioneta, volvían sus caras, y me miraban. No a la Silverado o a la luz. Me miraban a mí. Terminó el sector de los recreos, y con él las mesas y los asientos de cemento, y las personas que no parecían rozagantes de vida. Y volví a tener a mi derecha un enorme vacío negro. Una boca de lobo, muy abierta. Suspiré con algo que supuse alivio. ¡Qué estúpido! ¿Alivio de qué? Había terminado la alucinación, pero empezaba la pesadilla de saber que me estaba volviendo loco. Reí histéricamente, me froté la frente con las manos y, entonces, antes que pudiera frenar, atropellé a un anciano, vestido como todas las personas que acababa de ver, que se había parado frente a la chata. Con la frenada golpeé contra el volante. Sentí un dolor agudo en el pecho que me hizo cerrar los ojos y apretar los dientes, y me doblé el dedo gordo de la mano izquierda, pero reaccioné y me obligué a bajar para prestar algún auxilio al viejo chiflado que se había cruzado. Agarré la manija y al hacerlo me golpeé el dedo lastimado, y vi las estrellas. Me apreté la mano izquierda bajo el brazo derecho y cruzando la mano derecha abrí la puerta. Me bajé de la camioneta. Hacía mucho frío, estoy seguro porque las nubes de vapor que largaba al respirar eran bastante espesas, y salían una atrás de la otra. Caminé hasta varios metros detrás del vehículo. Atrás de la Silverado no había nadie. Caminé de espaldas a la chata hasta chocarme la espalda contra la caja. Y de golpe me volví religioso. - No, Dios, decíme que no. Y me agaché temblando para mirar debajo de la camioneta. Tampoco había nadie ni nada allí, y creo recordar que hubiera preferido encontrar al viejo hecho trizas. Tropezando las manos sobre el costado de la Silverado llegué hasta el frente. Ningún rastro de haber embestido nada. Me tiré adentro de la cabina, arranqué y no quité la vista del frente. Sentía terror hasta de mirar por el espejo retrovisor. Cuando por fin terminó el camino de tierra que bordea el río, agarré una calle también de tierra y unos doscientos metros después estaba 13


sobre la ruta bien iluminada por donde pasaban algunos autos cuyos conductores seguramente ignoraban que el tipo que acababan de cruzarse venía de pegarse el cagazo de su vida, y que tenía que llegar con urgencia a un baño. Así se lo hice saber a mi jefe, después de golpearle la puerta como un poseído y ni bien la hubo abierto. - Necesito el baño, don Claustro. Creo que algo me cayó mal, o tomé frío, o… - O te vas a cagar encima si no pasás de una vez. Por el pasillo, la puerta del fondo, señor ministro. Recuerdo que alcancé a bajarme la ropa, pero después me llevó un buen tiempo dejar limpio el borde del inodoro y el suelo alrededor. Cuando por fin pude salir del baño, don Claustro me esperaba de pie en el living. - Vení, Miguel –me dijo-, acercáte. Así hice, y no sé por qué pero tuve la certeza de que ese tipo se burlaba de mí. Creo que se había dado cuenta, no sé cómo, de que casi me hice en los pantalones, y que entonces se burlaba. Después me daría cuenta de que lo que él sabía era otra cosa. - Necesito que mañana abrás vos. ¿Te puedo pedir ese favor, no es cierto? Dije que sí con la cabeza. - ¡Eso es, muchacho! –exclamó sin alzar la voz al tiempo que me ponía una mano sobre el hombro y me apretaba contra su cuerpo-. Sabía que podía contar con vos. Para qué estamos en este mundo si no es para hacernos favores, ¿no? Traté de sonreír. Estaba bastante lejos de sentirme cómodo. “Este tipo se dio cuenta”, me dije. “Uf, encima mirá el olor que dejé en el baño”. Entonces reparé en su mano sobre mi hombro. “¿Y si es puto?”, me pregunté. “¡Ay, Dios, sacáme de esto!”. - Mirá, estas son las llaves. Clelia me dijo que no podía estar temprano, que va a llegar a eso de las diez. ¿Vos podés estar a las ocho, no? Volví a decir que sí con la cabeza, y volvió a apretarme. - ¡Muchacho! –exclamó de nuevo-. Clelia me tiene miedo, ¿sabés? Es una cagona – dijo entrecerrando los ojos y con una sonrisa cómplice-. En cambio vos no –y agregó como extasiado mirando al techo- ¡Por eso! Por eso vos vas a ser ministro. Y ella cuanto mucho limpiará mi oficina… ¡o la tuya! Me palmeó la espalda y soltó una carcajada escalofriante. - Porque cuando yo sea presidente te voy a nombrar ministro. ¿Cómo te ves como ministro, eh? ¡Ja! No te lo esperabas, ¿eh? De Mina Clavero a la rosada. ¿Qué cartera te gustaría? ¡Elegí, che! La que quieras. Tuve que hacer un verdadero esfuerzo por hablar, porque la pregunta esta vez no era de las que se pueden responder moviendo la cabeza. - Y, bueno, para pedir… qué sé yo, tal vez me gustaría… - Yo ya lo pensé. ¡Pienso en todo, che, qué hijo de…! ¡Ministro de Comunicaciones y Culto! ¿Qué tal, eh? - Bien, don Claustro. Bueno, don Claustro –hablaba mientras me iba hacia la puerta con una resolución que no sé de dónde saqué-, lo dejo que me esperan. ¡Ah! Aquí está la recaudación –y tiré con bastante puntería sobre la mesa el sobre con el dinero, que había guardado en el bolsillo posterior del pantalón. Tuve un escalofrío de pensar que quizás hubiera quedado en el pobre sobre, un pequeño recuerdo de mi descompostura. 14


Don Claustro, desde donde se había quedado, me guiñó un ojo como si comprendiera algo que yo hubiera querido decirle. - Claro, Miguelito, cómo no. No quiero demorarte, y… pasála bien, che. Lo miré a los ojos no sé si enojado o sorprendido. Él me miraba sonriendo. Sí, de golpe ya no lo veía como al tipo que me había transformado en Gardel. Ahora me parecía que era un hijo de re mil putas y que de algo se estaba divirtiendo. O tal vez fuera cierto que la candidatura lo había chiflado. - Manejá con cuidado. ¡Ah!, te sugiero que vayas por la ruta. El camino de tierra está muy… estropeado. Y alzó la mano mientras yo abría y salía. Por supuesto que volví por la ruta, y lo hice jurándome que jamás en la vida volvería a andar, de noche o de día, por el camino al costado del río. Lo que siguió, por supuesto, fue la noche menos erótica de mi vida. No pude zafar de mi compromiso con Carmela, pero de lo único que tenía ganas era de meterme en la cama tapado hasta los pelos, o de volverme idiota mirando la televisión quinientas horas sin parar. Carmela no paraba de decirme que me notaba raro y, aunque creo que estaba absolutamente en lo cierto, aproveché la excusa para enojarme con ella como mejor atajo para salir de la licuadora en que se había convertido mi cabeza. Después de todo ya tendría tiempo de pedirle perdón. Eso esperaba, al menos. Carmela se fue. Una vez solo, me dediqué a gastar el pocillo de café revolviéndolo durante no menos de una hora, al cabo de la cual estaba igual, por lo que me maldije en varios idiomas: tal vez me hubiera despejado más hacer otra cosa con Carmela y no enojarme. Pagué y me fui a casa. Soñé estupideces toda la noche, aunque cuando desperté sólo sabía que había soñado estupideces sin poder recordar ninguna. Sin embargo, me desperté sin sueño y con la certeza de que ese día comprendería. Y me sentía eufórico, como si por fin supiera que no me estaba volviendo loco.

Llegué al negocio tratando de aparentar que nada había pasado. Carmela no respondió a mi “buenos días”, así que ni intenté un beso, mucho menos cuando empezó a festejarle a Fredy las gansadas que decía. Y Clelia era la confidente de Carmela, lo entendí en ese momento cuando tampoco respondió a mi saludo y miró al techo con expresión de suegra ofendida. Y hacia el mediodía, exactamente cuando vinieron a pedirme un par de latas de “pintura repelente”, empecé a sentirme mal. No mareado, aunque podría decir que sí para tratar de explicar lo que me pasaba. Era como si un olor penetrante, de esos que obligan a girar la cara, se me hubiera pegado a las fosas nasales. Noté que el malestar se volvía más agudo con cada entrada mía en el sector de las “pinturas especiales”. Hasta que, al retirar una de esas latas, en el fondo del estante, vi una de las que usaba el señor Claustro para sus mezclas, que evidentemente había sido abierta y usada, y que presentaba todo su costado chorreado de un color… ¿verde petróleo? Puede ser. El olor venía sin dudas de esa lata, y ahora era tan fuerte que me obligó a cerrar los ojos. Me di media vuelta con los tarros de pintura repelente para ir al salón de ventas, pero al hacerlo me choqué con el señor Claustro, y casi me hizo gritar. 15


Me sentí bastante peor cuando caí en la cuenta de que había cerrado la puerta del depósito, y que ya no sonreía. - Disculpe, casi lo atropello, me pidieron esto, ¿vio?, ya salgo… Pero me frenó con una mano en el pecho y me miró absolutamente serio. - Ministro es poco, Miguelito. Jefe de Gabinete, Consejero Personal. No sé. Pero no me defraudes. Los consejeros saben guardar los secretos, ¿no? - Supongo –me oí decir. Abrí la puerta y salí, justo para escucharlo a Fredy, sobre el fondo musical de FM Travel, decirle a Carmela: - … y la ratita le dice: “Y bueno, don elefante, si me lo pide así”. Carmela estalló en una carcajada festejando el chiste que acababa de escuchar, carcajada que no se hizo más sonora pero sí más cruel cuando yo aparecí y ella me dirigió una mirada rápida. - “¡Si me lo pide así!” –exclamó, y se volvió a reír. Clelia se reía también pero cuando apareció don Claustro a mis espaldas se transfiguró y empezó a mover sin sentido cosas que había sobre el mostrador. - ¿Esas son para mí, no? –me despabiló el cliente. Por la tarde, en un momento en que quedamos separados del resto, el señor Claustro me dijo algo sobre mi aspecto. - Estás pálido, che. ¿Te sentís bien? - Sí –contesté-, creo que sí. Bueno, no muy bien. Torció la cabeza y frunció las cejas como preguntándome qué le quería decir. El problema era que en realidad yo no le quería decir nada. - Creo que me hizo mal el olor de… de esas pinturas. - Ayer ya te veías así. No sé si me quería sacar de mentira verdad, pero decidí contestar cualquier cosa y seguir el hilo de la historia que se inventara él. Él también quería jugar, pero yo no sería el ratón. - Bueno, es que ayer ya había sentido ese olor. - Y te hizo mal. - Claro. - ¿Y cuáles fueron los síntomas? - ¿No se acuerda que llegué descompuesto a su casa? - Sí… lo recuerdo bien –bajó la voz-. Y lo que creo es que si ayer no me dijiste nada del olor de la pintura pero anoche estabas descompuesto, algo te pasó en el medio. Algo que pensás que no deberías contarme para que no te tome por loco. Pero creéme, Miguelito, soy el primero con quien deberías hablar. Curiosamente, sentí un alivio enorme. Pensé que don Claustro podía ser un maniático, un desgraciado, un santo o lo que fuere, pero en ese momento sentí que era cierto, que si había alguien con quien yo podía sincerarme y que me entendería, ese era don Claustro. La puta, cómo no iba a entenderme. - Gracias, don Claustro. Lo voy a tener en cuenta… 16


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Pinturas especiales  

Extracto del cuento contenido en el libro "Pinturas especiales".

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