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La imagen

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Alquilamos esa casa porque no pensamos que pudiera haber algo mejor ni más parecido a lo que buscábamos. La entrada era una delicada pero robusta puerta de listones de madera, no tan baja como para resultar incómoda de abrir, pintada de blanco a nuevo y con herrajes negros. El señor Peter la abrió con elegancia y nos dio paso, a Laureen y a mí, al paradisíaco jardín de rosales y fresias. Para ser franco, diré que esas eran las dos especies que mis limitados conocimientos me permitían reconocer, pero la variedad de formas, colores y fragancias era abrumadoramente encantadora. Algo así como cuando uno es pequeño y recibe para Navidad un regalo que lo deja sin aliento. Y no es que no se me de bien la jardinería, de hecho creo que lo mejor que podría pasarle a cualquier planta es quedar bajo el cuidado de mis manos. Es sólo que jamás pude recordar más de seis o a lo más una decena de nombres. Todo el lateral oeste del jardín estaba compuesto por una sucesión de cinco grandes árboles de sombra, separados uno de otro por una tupida ligustrina que nos garantizaba la necesaria privacidad. Desde la entrada, un discreto camino de pequeñas baldosas se dirigía hacia el último de los árboles y se adentraba por el costado de la casa, hacia lo que supuse la entrada a la cocina. En el centro del jardín había cuatro grupos de rosas de diversos colores, encerrando una pequeña selva de plantas de tallos muy largos con hojas asaetadas, por detrás de la cual reinaban fresias blancas y amarillas trepando a una glorieta de hierro diestramente trabajado. Hacia la derecha, un camino ancho de grava conducía a la entrada principal, cuya puerta quedaba protegida del sol o la lluvia por un gracioso techo de tejas verdes, y corría paralelo al sendero para el automóvil. Éste conducía hacia la parte posterior de la casa. La entrada, pues, daba al norte, y junto a la puerta de entrada se veía una enorme ventana, siempre sombreada ya que de hecho, según nos contara el señor Peter, jamás, ni en verano, daba el sol sobre ese lado de la casa. “Pertenece al dormitorio matrimonial”, nos reveló nuestro anfitrión con una amplia sonrisa; a los pies de la ventana había una planta, tupida en extremo, a la que no recordé haber visto con frecuencia y que parecía sostener la ventana. He sido modesto en mi descripción. No he hecho justicia de las flores de vivos colores que rodeaban la vereda de la casa, ni de aquellas otras de color pálido y aroma embriagador que estallaban desde todo el cerco lateral a la puerta. Mientras el pequeño Jack se perdía detrás de la selva de rosas, corriendo, saltando y riendo, Laureen me miró con los ojos humedecidos y llevándose las manos al pecho exclamó: - ¡Oh, Alan, esto es…! Y al mismo tiempo dijimos: - ¡…magnífico! Nos abrazamos y nos echamos a reír. Se trataba de una broma entre nosotros. Siempre decimos que cuando decimos algo al mismo tiempo, algo bueno nos está por suceder. Y algo muy bueno nos sucedió, porque a los pocos días concluíamos con el papeleo que nos hacía nuevos inquilinos de esa fantástica casa, cuyo interior, por supuesto, estaba en armonía con el jardín, y que como corolario de todas sus perfecciones nos daba como vecinos al señor Peter y a su esposa, la señora Madelaine, un matrimonio de ancianos encantadores que vivían al lado de la casa que acabábamos de alquilarles. Recuerdo que el día que firmamos el contrato Jack estaba tan encantado con la casa que tratando de no ser oído le preguntó a mi esposa: 2


- ¿Tendremos que dejar esta casa algún día, mamá? El señor Peter, fingiendo hablar por hablar, comentó, poniéndole una mano cariñosa sobre su cabecita: - ¿Sabes, Jack? Siempre es bueno dejar las despedidas para otro momento. Por ejemplo, para cuando nos tengamos que despedir. Esas simples palabras resolvieron toda la angustia de Jack, quien nunca más sintió obstáculos para disfrutar de su nueva vivienda. Así era el señor Peter. A él siempre lo vería vestido de claro, de ese color que oscila entre el blanco y amarillo, y a la señora Madelaine, de negro. Bueno, eran encantadores para mí, de esos que cualquiera diría “así quiero yo llegar a anciano, así quisiera que fuera mi matrimonio”, ya que Laureen aún no había tenido oportunidad de conocer a la señora Madelaine, a quien yo había visto un par de ocasiones en que fui a charlar con el señor Peter. De hecho, aún el contrato sólo lo firmó el señor Peter, ya que la señora Madelaine no pudo concurrir por problemas de salud. - No faltará ocasión. Tiene la salud muy delicada, pero ya les haremos una visita –le dijo una tarde el señor Peter a Laureen, para agregar de inmediato:- Si no es molestia, claro está. - ¡Oh, no, señor Peter! –replicó Laureen-. Será magnífico. Cuando, un par de semanas más tarde, consideramos que podíamos dar por concluida la mudanza y la decoración, nos pareció una buena idea dar una cena para los amigos. De modo que un sábado a la noche invitamos a Hyatt y Gwen, quien además trabajaba junto con Laureen, y a Selton y Sarah, quienes tenían un hijo, John, de la edad de nuestro Jack y con quien, por suerte, se llevaba muy bien. Selton, Hyatt y yo tomábamos unos tragos por el jardín, en donde por supuesto yo oficiaba de orgulloso anfitrión haciendo notar tal o cual bondad de la propiedad, cuando Selton, que se había retrasado unos pasos, comentó con aire risueño: - No nos habías dicho que te habías vuelto religioso, Alan. Sorprendido, me di vuelta y noté que Selton observaba algo entre los matorrales de rosas en el centro del jardín. Nos acercamos con Hyatt. Oculta entre las plantas y bajo la glorieta de hierro, ocupando un lugar pequeño pero a todas luces central en el jardín, había un monumento de piedra de un metro de altura rematado por una pequeña ermita con una imagen dentro, protegida por un cristal. Me sentía como un experto en astrofísica a quien sorprenden sumando dos más dos igual a cinco. Evidentemente, mi entusiasmo por el jardín me había impedido darme cuenta de la existencia de semejante construcción, para la que sencillamente no tenía explicación alguna. Hyatt y Selton me palmearon y se echaron a reír, lo que aproveché para exclamar: - ¡Guau! Como les iba diciendo, no conozco del todo esta casa… Y me sumé a las risas de mis amigos. No me costó nada identificar la imagen. Y, ya en la cena, volví a explicar que se trataba de santa Rita, a la que conocí por haber sido una de las devociones preferidas de mi abuela paterna, quien era una ferviente católica.

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- No es una santa exenta de cierta superstición –agregué-. Corren rumores de que cobra sus favores, y a veces bastante caro. Hay una frase en español que lo explica con rima: “Santa Rita, santa Rita, Con una mano te da Con la otra te quita”. Sonrieron cuando la traduje. Por cierto yo estaba convencido de que Jack había descubierto el monumento pero que había conservado el secreto para mantenerlo como objeto de sus juegos. Sin embargo siempre me aseguró no haberlo visto hasta que lo encontró Selton. Era difícil de creer, con todas las veces que él había recorrido el jardín de arriba abajo. Al día siguiente amanecí de un humor estupendo. Laureen aún dormía, al igual que Jack. Tomé el periódico y me fui a leerlo al jardín. Al cerrar la puerta de la cocina, miré y me paré con el periódico cerrado en la mano. Ahí estaba. ¡Bienvenida a mi casa! La viera o no, la ermita de la santa era ya parte del paisaje de mi hogar. Las plantas la tapaban como el primer día y no tenía ninguna necesidad de hacer caso de ella. Pero ella estaba allí. En realidad no me molestaba demasiado su existencia, sino su irrupción en la mía. De haberla visto el primer día con seguridad hubiera de todos modos alquilado esta casa, y dudo que Laureen fuera de la opinión contraria. Pero el punto es que no la vi, y esa posibilidad de aceptarla no existió. Ella me obligó a convivir con ella. Era como la letra pequeña de un contrato engorroso. Simplemente apareció, se aseguró de estar dentro de unos planes que no la incluían necesariamente y, una vez dentro, exclamó “¡hola, aquí estoy!”. Con tales pensamientos, pero dispuesto a que santa Rita no arruinase mi domingo, dejé el periódico sobre uno de los sillones del jardín y me fui hacia la panadería dos cuadras calle arriba. Había tenido ocasión de comprobar que allí hacían unos pastelillos que irían muy bien con el desayuno. Eso fue lo que necesité para que mi mañana de domingo volviera a ser estupenda, y ver mi cerca desde unos cuantos metros antes, cuando volvía a casa, tan blanca al sol, me hizo sonreír. Abrí la cerca, pasé y volteé para cerrarla. Al darme vuelta casi me llevo por delante a la señora Madelaine. - ¡Señora Madelaine! –exclamé- Casi me mata de un susto. No exageraba demasiado, pero mi susto cambió a sorpresa: la señora Madelaine llevaba en la mano un gran ramo de flores del jardín, con fresias y rosas amarillas incluidas, por supuesto. La mujer notó que había puesto la mirada en las flores. - Son para la dueña de las flores –dijo con una espléndida sonrisa, que tenía algo de malicia y algo de complicidad, como cuando se espera que el interlocutor perciba una broma. - Mi madre –dijo por fin luego de una pausa, sin perder la sonrisa y haciéndome sentir el perdedor del juego-. Ella plantó estas rosas. Hoy es día de los muertos. Como si no hubiera más que agregar para explicar su presencia en el jardín, terminó allí la frase y sin abandonar su sonrisa se marchó. 4


Me sentí tentado de detenerla o bien de seguirla; me había parecido tan invasiva su actitud que quería pedirle, sin faltar a los buenos modos, que en futuras ocasiones, rogando que no las hubiera, avisara antes de pasar a nuestro jardín y cortar flores, que por supuesto no le negaríamos. Después de todo, el arrendamiento otorga una propiedad, aunque sea transitoria. Pero me estaba acostumbrando demasiado bien a la vida tranquila y feliz, de modo que decidí posponer cualquier acción para otro momento. Cuando uno se siente bien y seguro, puede elegir cuándo hablar y cuándo callar. Se trataba, por otro lado, de gente amable con una verdadera capacidad de comprensión. El señor Peter y la señora Madelaine eran de esa gente. De modo que dejé el paquete con los pastelillos sobre el cristal de la mesa blanca de hierro, tomé el periódico y me senté con deleite en el sillón en que lo había abandonado. Fue al abrirlo cuando reparé en que la señora Madelaine no sólo le llevaba flores a la madre, sino que además se había ocupado de poner unas cuantas en un vaso con agua junto a la imagen de santa Rita. Se me ocurrió pensar que éramos muy afortunados de que el señor Peter y la señora Madelaine no llevaran, además, una dieta a base del pasto del jardín que les alquilábamos; de seguro los hubiéramos tenido en casa un rato antes de cada almuerzo y de cada cena. Ya no me sentía tan bien. Habíamos alquilado la casa. Alquilar significa disponer del uso de algo a cambio de cierta suma de dinero, que por cierto no había sido tan baja y que ya habíamos pagado. Debía aclarar el tema de los límites. Bueno, pero luego. Bastante luego de leer el periódico, por supuesto. - Hola mi amor. Laureen me abrazaba por detrás y me daba un tierno beso en el cuello. - Si eres una buena niña y preparas té, quizás te dé un pastelillo… El día permaneció espléndido, el tipo de domingo que mantiene bueno el ánimo de todo el mundo; quizás por eso me pareció una muy buena ocasión para abordar al señor Peter acerca de las flores. Sabía que él gustaba dar un pequeño paseo luego del almuerzo, de modo que permanecí en el jardín y al escuchar sus pasos salí al camino que daba a su casa. - Buenas tardes, señor Peter –dije, tratando de mostrar una afabilidad que en verdad me inspiraba ese hombre que había envejecido con la capacidad de ser sabio y alegre a un tiempo. También me ocupé de medio cruzarme en su camino y detenerme, mostrando así mi intención de iniciar una conversación. - Buenas tardes, Alan. ¿Cómo está la familia? –me preguntó, dando cuenta de mi gesto, deteniéndose y quitándose el sombrero. - Todos muy bien, señor Peter, gracias por preguntar. A propósito, hemos estado hablando con Laureen acerca de las flores del jardín. - ¡Oh, sí! –exclamó, apoyando suavemente su mano libre en mi hombro e invitándome a acompañarlo en la marcha que él reanudaba, haciéndome volver sobre mis pasos-. Espero que te gusten las flores como a mí, Alan. - Sí, claro. Pero… señor Peter, no quisiéramos que usted se moleste, pero… ¿sabe?, con Laureen… nos gusta nuestra intimidad, nuestra privacidad. El señor Peter se detuvo, perdiendo algo de la sonrisa que exhibía. 5


- Oh, entiendo. - No queremos dejarlo sin sus flores –proseguí-, es sólo que quisiéramos que si quieren algunas de ellas –me ocupé de remarcar lo de algunas-, usted o la señora Madelaine, por favor nos avisen. El señor Peter volvió a poner su mano sobre mi hombro y se detuvo, y pensé que ahora quería que nuestra conversación fuera tan breve como lo había sido nuestra caminata. - Comprendo –dijo-. Se quedó pensativo un rato con los labios y las cejas fruncidos mirando el suelo. Luego agregó: - Es que, ¿sabes, Alan? Debo cortar las plantas. - Las podaremos nosotros, señor Peter. El señor Peter me miró a los ojos. Luego sonrió y dijo. - Bien Alan, no hay problema. ¿Eres bueno con las plantas? No pude evitar reírme. - ¡Señor Peter! Sólo acepto su pregunta porque no me conoce, de lo contrario pensaría que está bromeando. ¡Soy de los mejores! - Bien Alan, nos vemos. Y como no me gusta andar de malas con nadie, confié en no haberlo herido sin intención. La señora Madelaine también podría haberme herido sin intención al ingresar en el jardín sin pedirlo primero, pero creo que esa es la base de una buena convivencia, no sentirse afectado ni vivir con la sospecha de haber afectado a otros. Nadie es tan poderoso, y a nadie hay que otorgar tanto poder. Luego de unos pasos, el señor Peter alzó un dedo admonitorio y dijo sin volverse: - Cuida mucho de las necríferas, Alan. - Descuide, señor Peter –contesté sonriendo. Sonriendo y prometiéndome buscar en el diccionario “necríferas”. - Alan, eres un tanto terco cuando te lo propones –me dijo Laureen por la noche luego de acostarnos-. ¿Qué mal pueden hacernos unas flores junto a una imagen? –Se quedó pensando-. Alan, ¿no te estarás volviendo supersticioso a fuerza de evitar la religión? - Cariño –respondí-, ¿qué estás diciendo? No me molestan las flores junto a la imagen. Me molesta que para que haya flores junto a la imagen alguien entre en nuestro jardín sin consultarnos primero, y corte las flores que él quiera sin consultarnos tampoco. - Son los dueños –me respondió, y se quedó mirándome como si ello fuera una especie de verdad revelada explícalo-todo. - Y nosotros sus inquilinos –acoté-. Cariño, si él quería seguir haciendo uso de sus derechos de dueño de la casa no tenía por qué alquilárnosla. Escucha, ¿por qué no entran a prepararse el desayuno y se toman por las tardes una siesta en nuestro dormitorio? ¡Son sus dueños! - Alan, estás tratándome mal. No tienes por qué alzarme la voz. - ¡Pero es que no la estoy alzando, Laureen, es mi tono natural! 6


- Pues naturalmente hablas alto. Y deberías hablar como una persona civilizada; naturalmente, claro. No me extraña que te lleves mal con el señor Peter. ¿Es que no puedes ver que son gente buena? - ¿Es que no puedes ver que no lo niego por decir que quizás, y sólo quizás, no tomó a bien lo que le dije? Cariño, tú misma dijiste que no te gustaría que se sigan metiendo. - ¡Pero Alan! De ahí a… a… ¡oh, cielos, Alan! No me gusta hablar de mi vida privada; ya lo dije y lo reitero: me gusta la intimidad familiar. Pero viene a cuento aclarar que ese no fue el mejor diálogo de nuestra historia matrimonial. Sin embargo, en lo sucesivo se vio confirmada mi creencia en la bondad del señor Peter y su esposa. Algunas veces, por la tarde, lo veía pasear con la señora Madelaine, ella siempre vestida de oscuro y él llevándola del brazo con el cuidado y la veneración con que se lleva una reliquia. Era una mujer muy afortunada, sin dudas. Era una lástima que Laureen siguiera sin conocerla, ya que salía de casa o entraba en ella con el destiempo necesario para nunca cruzarla. Ningún cambio volvió a verse en nuestro jardín a excepción de los producidos por mi esposa, por mí o por la pelota de Jack. Y nuestros saludos, al cruzarnos por las tardes o en la mañana temprano, habían vuelto a ser los de siempre, como si nada hubiera pasado. Las flores en la ermita se fueron secando y por fin colgaban del vaso, dentro del cual las mojaba un líquido turbio que lucía bastante desagradable. A modo de precaución y por respeto a las creencias de la señora Madelaine, lo vacié, lo lavé y lo devolví a la ermita un sábado por la noche. A la mañana siguiente, cuando me disponía a leer el periódico, descubrí un nuevo, multicolor y sin dudas fragante ramo de flores haciéndole compañía a santa Rita. Me senté a leer pero no podía concentrarme en las letras del periódico. Apenas si percibía lejanamente algo parecido a una página de periódico delante de mis ojos. La imagen de santa Rita, nuestra privacidad, las flores… De lo que no me gustaría reconocer como furia incipiente surgió, de pronto, una idea que me pareció brillante. Con una sola movida podía resolver todo, el celo del señor Peter por sus plantas, el deseo de la señora Madelaine de llevarle flores a su madre provenientes del que había sido su jardín, su devoción por santa Rita y el deseo de Laureen y mío propio (aunque a veces temía que fuese sólo mío) de no volver a ver invadido un espacio por el cual habíamos pagado buen dinero. Luego de cenar dejé a Jack jugando con Laureen y salí por la puerta lateral, y tomé el camino angosto de pedregullo hacia la casa del señor Peter. Casi llegaba a su verja cuando su figura de blanco se recortó en la oscuridad, saliendo de su casa. - ¿Todo bien, señor Peter? - Alan. ¿Cómo está la familia? - ¡Oh, muy bien! Gracias por preguntar. ¿La señora Madelaine? Tal vez no le gustara al señor Peter que le preguntaran por su esposa, pero cada vez que yo lo hacía notaba en su voz cierto embarazo al contestar. Ya era tarde en todo caso. - Madelaine… bien, gracias, peleando con su jaqueca. Pero bien, fuera de eso. 7


- Oh, ya veo –exclamé, con la fuerte sensación de que el malestar de la señora Madelaine me obligaba a redoblar el tacto en la estrategia que me había fijado-. Espero que no sea nada –dije. - Seguro, pronto volverá a las andadas. ¿Sabes, Alan? La admiro, es una mujer con mucha energía. - Sí… -trataba de estudiar mis modos antes de que el más mínimo sonido asomara de mi boca-, y muy devota. No deja de colocar flores junto a su santa. - Así es –repuso el señor Peter, y pude sentir que comenzaba a alzar los puños-, y también las lleva a su madre –el viejo no sólo estaba en guardia; también pegaba. - ¿A la tumba de su madre? No quiero ser indiscreto, señor Peter, pero nunca veo a la señora Madelaine salir de casa con aspecto de viajar tan lejos. - ¿Y quién habló de tumba, Alan? Le pone flores al retrato de su madre. Lo tiene colocado en una especia de altar, junto a una pequeña estampa de santa Rita. A la manera china, ¿sabes? Altar familiar, esas cosas. - ¿Sabe? –arremetí antes que se torciera el rumbo de la conversación-, me preguntaba si la señora Madelaine no querría tener cerca de ella la imagen de santa Rita. El señor Peter se detuvo y me miró entornando los ojos como si contemplara un extraño espécimen. - ¿De qué hablas, Alan? - Pues… yo… me preguntaba si no querrían que les dé la imagen. No quisiera… no quisiera que nuestra conversación del otro día interfiera en la devoción de su esposa…

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Extracto del cuento contenido en el libro "Las muertes de Marlene y otros relatos".