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El obsequio

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Sir Hannibal John Westjungle abandonaba sus plantaciones y los acres que obtuviera en reconocimiento a sus servicios a la corona. Dos sequías consecutivas, sus criados de confianza diezmados por la malaria y la inquietante cercanía de los masai, que al monótono canturreo de sus ritos iban perdiendo las inhibiciones para aproximarse, lo convencieron de volver a la isla y probar, quizás, el éxito editorial de sus aventuras en el continente oscuro volcadas al papel. Se llevaba de regreso, sí, sus trofeos, sus cabezas, el oro obtenido a cambio de las primeras cosechas y unas cuantas piezas de marfil, amén de la mayor parte de su mobiliario y enseres personales. Mas se sentía sinceramente en deuda con el cuantioso personal que, silenciosa pero fielmente, le había servido durante esos años, acaso de entre los más prósperos de su vida. Desconocía sus más profundas emociones, ocultas tras esas expresiones negras y constantes, pero sin duda nada hubiera podido hacer sin sus manos. Por esta razón es que aquella mañana había reunido a los que la malaria hubo respetado, alrededor suyo, a la entrada de la casa que tan sólo en un par de días pasaría a ser carne de los pastizales. Y tras unas breves, simples y escogidas palabras, procedió a la entrega de los presentes. Nagumbu desempeñaba el papel de jardinero, actividad que lo mantenía siempre cerca de la casa de la finca. Sir Hannibal había cobrado particular afecto por Nagumbu, de manera que cuando en alguno de sus paseos matutinos pasaba el señor junto al atareado Nagumbu lo tomaba durante algún rato como confidente de sus reflexiones. Nagumbu solía compensar estas demoras quedándose casi hasta el anochecer completando sus numerosos quehaceres. Con frecuencia Sir Hannibal, hombre cultísimo, llevaba a Nagumbu al amplio salón comedor y mientras el empleado permanecía de pie, tal la devoción que el señor le inspiraba, Sir Hannibal le leía fragmentos enteros de la Enciclopedia Británica que apoyaban sus puntos de vista. Todo hacía parecer, sin embargo, que Nagumbu permanecía absorto en sus propias cavilaciones. Por eso, y en conmemoración de tan gratas horas unidos por la cultura, Sir Hannibal John Westjungle le entregó esa mañana a Nagumbu un tomo de la enciclopedia, uno cualquiera elegido al azar, comprometiéndose a no reponerlo nunca para mantener así viva la memoria de su criado. Op Kaluma había bajado de lo más boscoso de las montañas…

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El obsequio  

Extracto del cuento contenido en el libro "Nictograma".