Page 6

rodillas, y medias negras, de lana, que llegaban hasta aquellas, de manera que entre faldas y medias debían poner un doble candado de castidad a cualquier intento de ver, o dejar ver, un centímetro de piel. El régimen estricto del colegio daba como único respiro el paseo de los domingos por la tarde, sin uniformes y lejos de las miradas religiosas, aunque largo sólo de hora y media. Lejos de las miradas religiosas, hasta que un domingo el paseo de las muchachas coincidió con el que salieron a dar las monjas, siendo Ambrosia sorprendida a una cuadra de distancia, junto con su amiga inseparable, con la falda encima de la rodilla. Luego de la cena, en el rato anterior a la oración nocturna, Sor Calixta se le acercó a Ambrosia, quien deambulaba distraída por el corredor y que a la tarde no se había sabido vista por la monja, y le susurró al oído, mientras con el lomo del breviario golpeaba suavemente el dorso de la rodilla, de nuevo cubierta por faldón y medias: - Más baja la falda, hija. Los chavales se excitan con esta parte. Ambrosia, echando mano a esta reconvención devenida en receta, la cogió con rapidez y la puso en práctica asiduamente. No nos llegan los resultados. También sabemos de tía Ambrosia que a los cincuenta y siete años era viuda. Por aquel tiempo y por aquellos lares, en un acuerdo tácito de uniformes, era fácil distinguir el estado civil de las mujeres mayores de cuarenta por el color de su vestido. Gris era el de las casadas, que vivían reprochándole a la vida la ceniza que habían tenido que echar sobre los mejores años de su vida, alimentando gallinas o agarradas a una escoba de mangosanto; historia que hubiera sido muy otra de haberse casado con ese mozo Manuel, o Antonio, o cualesquiera otros hombres cuyas mujeres actuales renegaban por la ceniza que habían tenido que echar sobre los mejores años de sus vidas. Marrones eran las faldas y los batones de las solteras, color de la tierra estéril y polvorienta, evitada por los caminantes porque asfixia con el calor o se trepa a los ojos con el viento del otoño. El color de la tierra que una y otra vez quitaban de las casas con la escoba de mangosanto; el color desmalezado del gallinero paterno que debían mantener bien provisto. Y a cualquier edad, el negro era el color de la soledad y sus tormentos, avivados en el recuerdo de cada palabra que pudo haber sido y no fue, recuerdos que eran despenados uno a uno con cada pasada de la escoba de mangosanto sobre el suelo polvoriento, o cada vez que la viuda contemplaba a una gallina sin su gallo, detrás del oxido del alambre tejido. A los cincuenta y siete años Ambrosia era viuda de esposo, pero no de amores ni de pretendientes. Quizás por eso, así como jamás vistió el gris reglamentario en vida del finado, jamás su atuendo fue íntegramente negro con el cambio de estado civil. Al menos de la cintura para arriba. Siempre una blusa colorida, siempre pañuelos vistosos; siempre, cuanto más no sea, ribetes y bordados blancos. “La vida está viva”, decía. Y aún cuando sus zapatones y sus medias eran negros, le conferían en realidad un aire de autosuficiencia que fascinaba y atraía, y al mismo tiempo no permitía entrever los lados flacos de su personalidad. Porque Ambrosia, en realidad, temblaba de temor a encariñarse, por el miedo de perder lo amado; y cuando de pie, con las manos entrecruzadas sobre su faldón a la altura de la cintura, abría su recibidor a algún 5

El jardin de las almuercas  

Parte del cuento "El jardín de las almuercas", perteneciente al libro "El jardín de las almuercas".

El jardin de las almuercas  

Parte del cuento "El jardín de las almuercas", perteneciente al libro "El jardín de las almuercas".