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Brian pensaba demasiado últimamente. Se distraía en el trabajo, no tenía una buena relación con su familia y sus demás relaciones no estaban resultando como él esperaba. Seguía pensando demasiado. Entonces tomó la decisión de alejarse completamente de todo y vivir durante un tiempo en una vieja casa que sus ancestros tenían en un pequeño bosque cerca de la ciudad. El lugar era tan pequeño que sólo había seis casas y concluyó que allí sería perfecto para descansar, pensar todo lo que quisiera y además dedicarse a escribir música con su piano, el cual sabía tocar desde pequeño. Tan apresuradamente tomó esa decisión que sólo sus padres se enteraron que dejaba la ciudad y, aunque no estaban de acuerdo, debieron respetar la elección de su hijo porque estaba muy decidido. Lo que más le costó fue dejar a su madre con la cual tenía una relación muy especial, pero al momento de marchar simplemente secó sus lágrimas, tomó sus maletas y subió a su auto, pues, necesitaba ese descanso. Llegó al lugar en plena tarde de un día muy caluroso de primavera con la única intención de bajar sus maletas y encerrarse en la vieja casa pero fue sorprendido por uno de sus vecinos. “Mi nombre es Alan”, dijo él y sin dejar que Brian se presente comenzó a contar su vida. Trabajaba en un pequeño negocio de la ciudad pero vivía hace años en ese tranquilo hogar porque siente que el aire fresco de allí es especial. Siguió hablando de su familia, de su vida personal, de asuntos televisivos hasta que de pronto por fin cesó su relato. “Mi nombre es Brian”, dijo el nuevo habitante y


dando la excusa de que debía desempacar entró rápidamente en su casa. Tardó bastante en dormirse la primera noche ya que no estaba acostumbrado a los sonidos nuevos: el fuerte viento, algunos pequeños animales que caminaban sobre el techo e incluso en un momento le pareció oír el llanto de un bebé. Al día siguiente salió a recorrer un poco el lugar pretendiendo evitar a su vecino Alan y tuvo suerte ya que no se lo cruzó. Quería conocer el bosque y en el camino se encontró con una pareja que saludó sonriente y amablemente con un movimiento de manos pero sin pronunciar una sola palabra. Al llegar a la espesura, el viento comenzó a soplar más fuerte y comenzó a sentir escalofríos. A unos pocos metros del lugar había una casa rodeada de arbustos en la cual pudo divisar gracias a una ventana que había una mujer amamantando a su hijo. Continuando con su recorrido encontró un manzano y pensó en arrancar una de sus frutas pero al acercarse notó que en un árbol cercano había un joven que lo saludaba sonrientemente. Brian arrancó una manzana y se fue rápidamente del lugar. Regresando a su vivienda vio a un hombre en el portal de una de las casas vecinas sentado en una silla mecedora al cual le preguntó si sabía algo acerca del chico sentado en el árbol. El sujeto simplemente lo miró fijamente y luego volvió a bajar la mirada sin responder absolutamente nada. Esto asustó un poco al nuevo residente así que caminó apresuradamente hacia su morada y cerró con dos vueltas llaves. Durante la madrugada del día siguiente tuvo que sacar la basura, la cual debía depositarla en un enorme contenedor que se encontraba cerca de la carretera para que el camión de la basura pudiera recogerla. En el no tan largo trayecto fue acompañado por una anciana que llevaba una pequeña bolsa de basura en la que parecía no llevar muchas cosas y hasta parecía innecesario salir de noche a deshacerse de tan poca cosa. Ya no tan sorprendido, Brian notó que la señora tampoco se dignaba a dirigirle ni una sola palabra y sin temor alguno dijo en voz alta: “¿es que nadie sabe hablar aquí?” pero a la vieja mujer no pareció importarle mucho. Mientras regresaba a su casa apurando el paso porque la mirada triste de la anciana, la cual se quedó en la carretera, lo angustiaba un poco, se encontró con Alan. -Cuánto tiempo sin verte, Brian ¿te has adaptado bien al lugar? -Sí, gracias por preguntar. -¿Sabes? He traído cerveza de la ciudad ¿Te apetecería tomar un poco en mi casa?


-Preferiría que no. -¡Vamos! No puedes decirme que no. -La verdad es que es muy temprano. Además tenía pensado tocar… -El piano… Lo sé. Te he oído. Eres muy bueno. Será en otra ocasión entonces. Alan se retiró y Brian por fin pudo entrar a su hogar y sentarse en un living a componer y a relajarse un poco. Le preocupaba demasiado las actitudes de los habitantes del lugar pero prefirió no pensar demasiado en eso y lo logró gracias a su piano. Cuando tocaba lograba olvidarse de todos sus problemas y se sentía muy a gusto haciéndolo con tanta tranquilidad. Esa tarde fue a la ciudad a hacer una enorme compra para no tener que regresar en un buen tiempo y luego de guardar todo en sus respectivos lugares volvió a dar un paseo por el bosque y para su sorpresa otra vez vio al joven subido al árbol. -¡Oye! ¿Quién eres tú?- se atrevió a gritar Brian. -¡No! -¿No? ¿No qué? -¡No! -¿Necesitas ayuda? ¿Hace cuánto estás ahí arriba? -¡No! -¿Por qué no bajas? Podrías lastimarte. -¡No! Prefirió no continuar con ese diálogo tan absurdo y luego en el camino a su vivienda se cruzó a la misma pareja de la otra vez por la cual fue saludado de la misma manera: sonriente y amablemente pero sin una sola palabra. También vio al sujeto sentado en la silla mecedora exactamente en el mismo sitio de su portal y desgraciadamente volvió a encontrarse con Alan, quien le invitó a tomar una cerveza nuevamente, pero se negó con la excusa de que debía terminar un informe, lo cual no era para nada cierto. A la madrugada del día siguiente volvió a sacar la basura y otra vez fue acompañado de la anciana silenciosa. Prefirió simplemente ignorarla y cuando regresó a su casa se dio cuenta de que le faltaba deshacerse de unos cuantos papeles inservibles. Le sobraba energía ya que había dormido bien y no le importó volver a caminar hacia el contenedor de basura pero lamentablemente en el camino fue acompañado por Alan. Al regresar, cuando estaban a unos pocos metros de la casa Brian, su vecino volvió a hacerle su invitación y él no tuvo más opción que aceptar. “Sólo una visita. ¿Qué puede pasar?” pensó.


Una vez adentro Alan cerró con llave y le indicó a su invitado dónde se encontraba el living para que pudiera pasar y sentarse. Cuando ambos estaban sentados frente a la televisión y con una cerveza en sus manos, Brian por fin se atrevió a preguntar: -¿Qué le sucede a la gente de este lugar? -¿A qué te refieres? -Todas las noches oigo a ese bebé llorando, siempre veo a un joven subido a un árbol que sólo dice “no” y el resto de los habitantes no me dirige una palabra. -¿Realmente quieres saberlo? -Por eso pregunto ¿no? -Buen punto. La respuesta es simple: son fantasmas. -Sí, claro- dijo Brian riendo. -La madre y su hijo fueron asesinados por su marido, el joven se cayó del árbol y la última palabra que gritó fue “¡No!”. -Estás asustándome, Alan. -La anciana fue atropellada mientras sacaba la basura, el hombre de la mecedora sufrió un infarto mientras se encontraba descansando en su silla. -Creo que es suficiente. No es gracioso. -La pareja que tan alegremente te saluda eran patinadores. Ella murió de un golpe en la cabeza durante una competencia y él se suicidó a los dos días. -Si esto es cierto ¿por qué sigues aquí? -Yo soy el demonio que los mantiene aquí. Sus espíritus no están listos para marchar. -Lamento no creerte, Alan. Voy a irme, tengo cosas que hacer. -¿Por qué puerta piensas irte? Al escuchar esa pregunta se levantó de su asiento, se acercó al lugar donde antes estaba la salida y vio que ya no había puerta. Su desagradable vecino comenzó a reírse a carcajadas de manera diabólica e hizo que Brian entrara en desesperación, tomara una silla de madera y la arrojara por la ventana. Ésta se partió en pedazos y por fin pudo escapar de ese espantoso lugar. Misteriosamente había oscurecido y el viento había empeorado. Aún oía la risa malvada de su vecino y a lo lejos también se escuchaba el llanto del bebé y el “¡No!” del chico del árbol. Entró de inmediato a su casa, buscó las llaves del auto y comenzó a correr hacia su vehículo cruzándose a la pareja de patinadores que lo saludaban alegremente ignorando la oscuridad repentina y la gran ventisca.


Una vez en la ciudad se dirigió a la casa del último familiar que habitó unos días en la casita del bosque: su tío abuelo, pretendiendo averiguar todo lo posible acerca de ese extraño lugar. -Yo que tú no regresaría ahí- dijo su tío abuelo. -Sólo quiero saber qué diablos sucede allí. -Son siete fantasmas que están atrapados por una razón. Pero no sé cuál es esa razón. -Alan, el demonio, los mantiene en este mundo. Él me lo dijo. -Él no es un demonio, está loco. Es uno de los siete fantasmas. -¿Entonces no serían ocho? -La anciana de la basura, el hombre de la silla mecedora, la pareja patinadora, el chico del árbol, la madre asesinada por su esposo y Alan. -¿Y el bebé que llora? -¿Cuál bebé? No hay ningún bebé. -Lo he visto. También se escucha su llanto. -Olvídate de eso, Brian. Es peligroso. -Quiero ayudar a esos fantasmas. -En ese caso… Pregúntale a Alan. No puede hacerte daño, sólo jugar con tu mente y tu imaginación. Es el único que puede comunicarse con los vivos. Es bipolar y por eso sólo se te acerca una de cada dos veces que sales de tu casa. -Eso es cierto. -Hagas lo que hagas no caigas en su juego o podrías quedar atrapado en un sueño. No le temas, no puede hacerte daño. -No te preocupes. No caeré en eso. -¿La última vez que saliste de tu casa Alan te habló? -Estuve en su casa. Escapé, entré en la mía y luego salí a por el auto. -Entonces debes volver a entrar en tu casa y volver a salir. -De acuerdo. Muchas gracias, tío. Brian volvió al lugar decidido a averiguar cuál era la causa de todo lo que allí sucedía ¿por qué Alan puede comunicarse con los vivos? ¿Por qué se oye el llanto de un bebé? ¿Qué es lo que mantiene atrapados a los fantasmas? Entró en su vivienda dando un gran suspiro, volvió a salir, se sentó en su portal y en unos pocos minutos apareció su vecino Alan. “¿Te apetece una cerveza, amigo?”. Brian aceptó sin dudar y lo siguió hasta su casa. Apenas puso un pie dentro del hogar del fantasma comenzó a sentirse mareado y luego de un parpadeo sintió que caía en el vacío. Seguía cayendo y todo era oscuridad hasta que se estrelló contra el suelo pero pudo levantarse sin dolor ni lastimadura alguna. Apareció en un cuarto bastante tétrico, las paredes eran de ladrillo


sin pintar y bajó dos antorchas había un piano tocado por una persona que de espalda se parecía mucho a él. Se acercó para visualizar su rostro y vio que era él mismo, mucho más viejo y desarreglado. Sus dedos estaban sangrando, parecía que tocaba el piano sin detenerse desde hace años, pero aún así estaba sonriendo. Esa imagen lo asustó un poco pero recordó que sólo era un sueño así que se alejó unos pasos y gritó: -¡Alan! ¡Sé que esto no es real! ¡No caeré en tus juegos! Su versión más vieja comenzó a tocar más fuerte su instrumento, empezó a reírse a carcajadas girando la cabeza más de lo humanamente posible y el fuego de las antorchas se hizo más potente. Brian intentó tranquilizarse y volvió a gritar: -¡Ya es suficiente, Alan! ¡Sólo quiero hablar! ¡No me creeré esta idiotez! Comenzó a sentirse mareado y luego de un simple parpadeo apareció sentado en el living de su vecino con una cerveza fría en su mano. Alan apareció caminando tranquilamente en la habitación y se sentó junto a su invitado unos segundos en silencios para luego preguntar: -Bien, veo que te han informado que no puedo hacerte daño. -Así es. Sólo quiero ayudarlos y tú eres el único que puede hablarme pero ¿por qué? -Porque soy un demonio. -¡Alan! Sé que no eres un demonio. Ya es suficiente. -Está bien. ¡No lo sé! No sé por qué puedo hablarte. -¿Sabes qué es lo que los mantiene aquí? -El último en nacer. -¿El último en nacer? -Su vida continúa. -¿Hablas del bebé? -Si quieres ayudarnos sálvalo. -¿Cómo? ¿Es seguro entrar en la casa de la mujer asesinada? -La cerveza se ha terminado, amigo. Creo que deberías irte. Brian vio que su vaso estaba vacío a pesar de no haber tomado ni un pequeño sorbo de la bebida y cuando levantó la mirada apareció en el portal de la casa de Alan. Caminó cautelosamente hacia la casa de la madre fantasma y tocó la puerta con tres golpes pero al no obtener respuesta en varios minutos decidió entrar. Apenas lo hizo comenzó a oír los gritos desesperados de una mujer que estaba siendo golpeada por un hombre con aspecto desagradable y mucho olor a alcohol. -¡Aléjate! ¡Aléjate!- gritó la mujer para la sorpresa de Brian. -¡Señor! ¿Qué hace? Déjela en paz.


Intentó separarlo de la dama, pero sus brazos sólo atravesaron lo que sería una imagen del recuerdo de la mujer. Ella lo miró y volvió a decirle: -¡Aléjate! -Debo llevarme al bebé, señora. -¡No! ¡El bebé no! -Sino me lo llevo usted vivirá eternamente este recuerdo. -Es lo único que tengo. -Pero él merece tener una vida. Al igual que usted la tuvo. Lamento la forma en la que terminó, pero él tiene la oportunidad de tener un final feliz. La mujer comenzó a llorar desconsoladamente mientras seguía siendo golpeada por su marido y le indicó a Brian que la habitación del niño quedaba arriba. Él fue a por el bebé y lo encontró llorando sobre su cuna, parecía que su llanto era incesante, pero apenas lo tomó en sus brazos dejó de llorar. Bajó rápidamente por las escaleras y la mujer sonriendo a pesar de los golpes de su recuerdo le dijo: -No sé quién eres pero gracias. -Mi nombre es Brian, señora. Ya no tendrá que vivir este maldito recuerdo jamás. Qué descanse en paz. Al salir de la vivienda observó su interior por la ventana y vio que todo estaba vacío y lleno de telarañas. Estaba cerca del árbol donde se encontraba otro de los fantasmas así que se acercó y vio que tampoco estaba allí. Con el bebé aún en sus brazos buscó a la pareja de patinadores, al hombre de la silla mecedora, a la mujer de la basura y a su amigo Alan, pero todos se habían ido. Tal vez Alan era el único capaz de comunicarse con él fuera de su casa pero el amor de la madre aún se mantenía intacto después de la muerte y permitió que el bebé sobreviviera. Esto fue lo que causó que los fantasmas no pudieran marcharse del lugar, pero valió la pena para salvar la vida de una criatura.

7 Fantasmas  

Brian se muda a un pequeño bosque a unos kilómetros de la ciudad y nota una actividad extraña y repetitiva en los habitantes del lugar

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