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Exhibición y restitución de restos humanos de la colección del Museo de Ciencias Naturales de La Plata: apropiación simbólica y material del espacio en la disputa entre dos proyectos político-culturales

Nicolás Trivi Departamento de Geografía Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación Universidad Nacional de La Plata

RESUMEN El trabajo busca analizar la polémica sobre la exhibición y restitución de restos humanos pertenecientes a miembros de los pueblos originarios de América desde algunas herramientas de la geografía cultural. Se presenta la conformación del estadonación argentino como un proyecto político que implicó la apropiación material de extensos territorios ocupados por pueblos independientes, y su apropiación simbólica a través del pensamiento científico positivista. El rol de la ciencia es profundizado con el estudio de la conformación del Museo de Ciencias Naturales de La Plata como su máximo exponente. Finalmente, se presenta la disputa por la restitución de restos como una confrontación entre dos proyectos político-culturales antagónicos -el de la ciencia positivista afín a los intereses del estado burgués, y el del movimiento indígena latinoamericano- que repercute sobre la política de exposición del Museo, y que cuenta con aspectos de sumo interés para ser abordados y profundizados desde la geografía cultural, posicionamiento político mediante. Palabras clave: Museo de La Plata, apropiación del espacio, restitución de restos, proyectos político-culturales


Perdurables e inmarcesibles son los laureles que el Oficial Argentino ha conquistado en el campo de batalla. ¡Que confundan más y más en una aureola inextinguible los fulgores de Marte con los resplandores de Minerva, son nuestros íntimos deseos! Adolfo Doering

Introducción: apropiación material y simbólica del espacio La conformación del espacio geográfico supone una multiplicidad de relaciones entre la sociedad y el espacio que ocupa, habita, transita, transforma. Podemos pensar esta relación en términos de apropiación, de incorporación a la esfera de influencia y/o conocimiento. La apropiación social del espacio se da en dos planos fundamentales: el plano material (de las prácticas espaciales, de la transformación económica del espacio) y el plano simbólico (de las representaciones espaciales, del pensamiento, el conocimiento, la ciencia y los saberes populares). Distinguibles entre sí sólo en términos analíticos, la comprensión cabal de su complejidad obliga a considerarlos como inseparables, íntimamente ligados, sintética y dialécticamente imbricados. Este movimiento de apropiación material-simbólica del espacio está lejos de ser pacífico y tranquilo. Por el contrario, está atravesado por las contradicciones, jerarquías, solidaridades, relaciones de poder y de producción que caracterizan la organización interna de un grupo social, o bien las rivalidades, alianzas, intercambios y conflictos que se dan entre distintos grupos y clases sociales. Además de las resistencias y obstáculos que opone el medio natural a su transformación. La apropiación del espacio es un hecho social, económico, político y cultural, constitutivo de la organización de la sociedad, de su conformación y construcción. En otras palabras, no hay sociedad sin espacio, y sin apropiación de éste. Los dos planos de la apropiación son inseparables en tanto establecen diversas relaciones entre sí. La apropiación simbólica conceptualiza, abstrae, dota de sentido a la apropiación material. También la dirige, legitima y justifica. En este caso, lo simbólico produce materialidades, y se convierte en guía y programa de las prácticas espaciales.


Por otro lado, las necesidades y problemas materiales de la sociedad fundamentan, originan, disparan, ciertas representaciones simbólicas de la sociedad y el espacio que ocupa (o pretende ocupar). Y como la sociedad se vertebra por conflictos y disputas entre grupos, sectores y clases, la misma apropiación del espacio será objeto de controversia, de lucha. La orientación y dirección de la apropiación y producción del espacio será el resultado de relaciones de poder de diversa índole, donde se pondrán en juego tanto los frutos materiales de la apropiación como las representaciones, discursos y narraciones sobre el espacio y sus aspectos simbólicos. De esta manera, una determinada clase social puede elaborar un discurso espacial, una determinada representación del espacio para constituir y proponer/imponer al resto de la sociedad un determinado proyecto, que se erigirá como vector de la apropiación material. Este proceso, que puede ser asimilado al concepto gramsciano clásico de hegemonía (López, 2003), tiene entre sus mecanismos básicos el establecimiento de una determinada toponimia. Nombrar un territorio, o bien una región socialmente construida, es incorporarlo al ámbito del pensamiento y la acción social, “es impregnarlo de cultura y poder” (Claval, 1999:173). La apropiación simbólico-material del espacio lleva a su institucionalización, lo cual repercute sobre la cohesión interna de un grupo social al establecer límites, fronteras, un adentro y un afuera que es espacial, social, cultural y político. Los límites establecidos, por el solo hecho de no ser naturales, caídos del cielo, sino históricos, son consecuencia de disputas, conflictos y luchas que se dan en el interior de la sociedad o entre grupos sociales separados que ocasionalmente entran en contacto. “De allí la comprensión de las luchas entre las clases (pero también entre los sexos, las razas, las confesiones, etc.) como luchas de representación, que ponen en conflicto las imágenes que los grupos o los poderes creen dar a sí mismos, y las que, contra su voluntad, les son impuestos por sus competidores” (Chartier, 1990:44). La conformación de las representaciones del espacio, cuando forman parte de un proyecto acabado de apropiación del espacio, implica la participación de aparatos teórico-filosóficos de gran envergadura, como pueden ser, en el caso que vamos a estudiar, el pensamiento positivista europeo y las culturas originarias de América, en tanto dispositivos conceptuales que abarcan todas las esferas de la vida social. El objetivo de este trabajo será analizar cómo se da la disputa entre el proyecto político cultural positivista europeo y el de las culturas originarias americanas alrededor de un conflicto puntual como es el de la restitución de restos humanos que forman parte de la colección del Museo de Ciencias Naturales de La Plata; y dar cuenta de la dimensión geográfica de esta disputa en tanto formas contrapuestas de apropiación simbólica y


material dele espacio, que se traducen en determinadas discursividades espaciales simbólicas asociadas a reivindicaciones territoriales materiales, concretas.

Eudioptus avellanedae, Plagiodontes rocae1: Ciencia y política en la constitución del estado-nación argentino Para comprender el conflicto por los restos del museo platense debemos remontarnos a la segunda mitad del siglo diecinueve, momento en el cual el proyecto sarmientinomitrista, triunfante en Caseros primero y en Pavón después, se vuelca a la tarea de consolidar el estado-nación argentino. La segunda etapa de la revolución industrial impulsaba la conformación de un mercado internacional de materias primas y manufacturas, en el que serán incluidos por la fuerza vastos territorios del mundo entero mediante la expansión militar de las potencias imperialistas europeas. América del Sur tiene la particularidad de que esa labor expansiva fue llevada a cabo por las clases dominantes locales de origen local, que contaban con un fluido contacto con las élites europeas. Las oligarquías y embrionarias burguesías autóctonas adoptarán el modelo europeo de estado-nación territorial para afirmar su predominio y así insertarse en el mercado internacional como productores de materias primas, consumidores de manufacturas, y receptores de inversiones directas en infraestructura y bienes de capital. En el caso argentino, la oligarquía terrateniente porteña logró prevalecer sobre el ímpetu de las provincias del interior, dando lugar al extraño híbrido de federalismo unitario que caracteriza a nuestro país desde entonces. Además de una motivación económica, el triunfo del proyecto porteño tuvo otros dos componentes fundamentales: -la construcción de un consenso, una hegemonía y una identidad nacional; -la apropiación y consolidación del dominio político sobre un conjunto de territorios pertenecientes a pueblos americanos autónomos. Ambas operaciones tendrán un cimiento ideológico que hunde sus raíces en lo más profundo del pensamiento filosófico de la modernidad, y en uno de sus principales productos: el pensamiento científico positivista. La consolidación de la sociedad industrial durante el siglo XIX se enfrentó con dos problemas sino inéditos, al menos nunca antes vistos con tanta intensidad: la cuestión social, hija bastarda de las ciudades industriales; y el encuentro con el otro, consecuencia inevitable de la expansión colonial e imperial. Algunos elementos del 1

Nombres científicos de dos especies de caracoles bautizados por su descubridor, Adolfo Doering, en homenaje a Nicolás Avellaneda y Julio Argentino Roca (Podgorny; Lopes, 2008).


pensamiento ilustrado del siglo anterior se perfilarán como instrumentos aptos para dar respuesta a la situación, cristalizando en una corriente filosófica y científica y en una ideología política encargada de legitimar el rumbo elegido por la burguesía. De hecho, el positivismo fue causa y efecto de muchos de los descubrimientos científicos del siglo, y gracias a su inclinación por el monismo metodológico, el empirismo inductivo y las analogías organicistas, justificó el orden social y las relaciones de producción y las de poder que les daban cabida.

De este modo, la oligarquía argentina no tuvo resquemores a la hora de adoptar este esquema para llevar adelante sus planes, otorgando a los “hombres de ciencia” del país, algunos venidos de Europa, otros miembros de familias tradicionales, el poder de elaborar una serie de discursos que crearán un consenso sobre la necesidad de incorporar los territorios de la Pampa, la Patagonia y el Chaco al dominio del estado argentino. El objetivo declarado era civilizar esos territorios a través de dos mecanismos: -transformarlos y hacerlos producir económicamente, gracias a la inversión extranjera; -conocerlos, para incluirlos en el patrimonio y el saber de la nación en vías de fortalecerse. ¿Qué papel jugaban los pueblos originarios pampeano-patagónicos y chaqueños en esta trama? Pues bien, no es algo fácil de explicar en dos palabras. Estos pueblos, hasta ese momento en contacto con la sociedad criolla pero políticamente soberanos, fueron objeto de grandes polémicas entre aquellos que querían asimilarlos a la nación argentina y aquellos que deseaban eliminarlos. El impacto de las teorías de Charles Darwin había puesto el problema en el tapete, al plantear serios interrogantes sobre los orígenes del hombre y de la vida sobre el planeta. Los pueblos americanos eran vistos por los científicos positivistas como “muestras vivientes” de un pasado remoto, pero también como la encarnación del segundo término de la tristemente célebre oposición entre civilización y barbarie. Estaba fuertemente instalada la idea de que los pueblos americanos tenían sus días de autonomía contados, y su única salida era asimilarse a la civilización europea…o quedar en el camino. No eran pocos los que afirmaban, en debates parlamentarios y periódicos, pero también en las nacientes revistas y publicaciones científicas, que la solución era su eliminación definitiva. El paradigma positivista decimonónico situaba a las ciencias naturales, en plena efervescencia de extraordinarios replanteos y rupturas teóricas, como modelo absoluto de cientificidad. Sus presupuestos metodológicos y epistemológicos se trasplantaban sin


escrúpulos a las ciencias de la sociedad, en proceso de formación e institucionalización, como la antropología y la sociología. En el caso de la geografía, el determinismo ambientalista instrumentó una aproximación a las relaciones entre el hombre y el medio inclinada al estudio de la naturaleza y su influencia irrebatible sobre la sociedad. Debemos sumar el interés político y militar por trazar favorablemente los límites con el expansionista estado chileno para posicionar a la disciplina geográfica como un corpus de conocimiento en ideales condiciones para convertirse en la ciencia del avance de la frontera militar, civilizatoria y cognoscitiva sobre el mundo indígena. El trabajo de varias décadas de exploradores, viajeros, y luego naturalistas y cartógrafos, con trabajos pioneros como el de de Moussy para la Exposición Universal de 1867 (Navarro Floria, 1999), frecuentemente respaldado financiera y políticamente por el gobierno nacional, y más tarde institucionalizado a través de entidades como el Instituto Geográfico Argentino y la Sociedad Geográfica Argentina (creadas en 1879 y 1881, casualmente los mismos años de las campañas roquista sobre la Pampa y la Patagonia, y del general Victorica sobre el Chaco respectivamente), tendrá en la metáfora del desierto su creación teórica y discursiva más acabada. Su potencia y versatilidad semánticas le permitieron cumplir varias funciones y objetivos: -primero, resumir en un solo concepto una serie de conocimientos botánicos, zoológicos y geológicos sobre el medio, lo cual daba status científico a la geografía como disciplina; -segundo, invisibilizar y cosificar a los pueblos americanos como meros atributos del territorio a ser estudiados, en el mejor de los casos, en el mismo plano que la composición edáfica o las especies más representativas; -tercero, crear la sensación de vacío espacial de borrosos límites entre lo social y lo natural, a ser “llenado” por el tándem militar-económico-gnoseológico del estadonación y sus aparatos productores de sentido. La ambivalencia sobre la imagen de los territorios conquistados, señalada por Susana López (2003) para la Pampa y la Patagonia, y por Carla Lois (1999) para el Chaco, que primero fueron vistos como espacios determinantes de formas “inferiores” de organización social, y luego como receptáculos ideales para la laboriosa mano del inmigrante y de la potencia transformadora de las inversiones extranjeras, demuestra por sí sola la intencionalidad política de esta producción de conocimiento. Para terminar de explicitar la funcionalidad de la disciplina geográfica en ese entonces, y el rol específico de gran relevancia que cumplió en el proyecto político de los creadores del estado argentino, no podemos hacer nada mejor que darles la palabra a los propios protagonistas:


“Dos etapas tiene la posesión de los desiertos por la industria y el comercio: la primera pertenece a la espada, la segunda al geógrafo. La una despeja el campo y cuando avisa que no hay batallas que librar, aparece el segundo eslabón de la esplendorosa cadena del progreso armado con los instrumentos de la ciencia, con que investiga, reconoce y analiza los tesoros que la naturaleza archivó allí.” Carlos Moyano (1854-1910), marino, explorador y funcionario argentino. Compañero de Moreno en varias expediciones y director de la Oficina de Límites Internacionales del Ministerio de Relaciones Exteriores entre 1891 y 1896. (Extraído de López, 2003)

“Carácter americano antiguo, que no desdice de las líneas griegas” 2: El Perito Francisco Pascasio Moreno y el Museo de Ciencias Naturales de La Plata como objetivación del proyecto político-cultural del estadonación argentino La expansión militar sobre los territorios pampeano-patagónicos y chaqueños, y las expediciones científicas que la precedieron, acompañaron y sucedieron, dieron lugar a una compleja trama de relaciones de poder entre los científicos, los coleccionistas, las instituciones científicas y los políticos, alrededor de las cada vez mayores colecciones de piezas arqueológicas y paleontológicas que llegaban a las ciudades argentinas. De hecho, las excavaciones, profanaciones y los trofeos de guerra generaron un importante mercado de piezas del que participaron tanto coleccionistas como políticos e incluso instituciones europeas de gran renombre. A través de este mercado, protagonizado en primera instancia por el coleccionista aficionado, se irá abriendo paso primero la figura del científico y luego la del museo como institución concentradora y centralizadora de un saber que funcionaba como pilar de la identidad y la conciencia nacionales. La figura del Perito Moreno tiene la particularidad de condensar en la obra y pensamiento de una sola persona buena parte de este proceso. Francisco Pascasio Moreno (1852-1919) se inició como coleccionista desde pequeño, interesado por los avances científicos de la época. Gracias a sus contactos personales y familiares contó con fondos públicos para realizar diversas expediciones a la Patagonia, donde se apropió tanto de fósiles y ejemplares de especies vegetales y animales contemporáneas, como de restos humanos, a través de profanaciones o bien como trofeos de guerra.

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Comentario del Perito sobre las líneas arquitectónicas del proyecto del Museo. (Extraído de Morosi, 1990)


Dos hechos marcan su pasaje del rol de simple coleccionista al de científico y hombre de Estado, o, como dice Mónica Quijada (1998), nation-builder: -el título de doctor honoris causa otorgado en 1878 por la Universidad de Córdoba, sin una carrera académica formal de por medio; -la donación de su colección privada a la provincia de Buenos Aires en 1877, que dio lugar a la apertura del Museo Arqueológico y Antropológico de Buenos Aires, del cual fue designado director. (López, 2003) Los servicios brindados a la patria por Moreno prosiguieron con su reconocida labor de peritaje para el establecimiento de los límites internacionales con el estado chileno, y el impulso dado a la creación de los parques nacionales. Y culminaron, poco antes de su muerte, con la participación en una institución destacada por la defensa inclaudicable del ser nacional: la Liga Patriótica Argentina.

Pero volvamos al Moreno director del museo… Como dijimos anteriormente, la exploración de los territorios conquistados por el estado argentino se hizo en gran parte desde instituciones científicas, algunas de ellas creadas especialmente para cumplir tal propósito. La alianza entre producción científica e intereses políticos nacionales prosperó gracias a la introducción de un tercer elemento, creación original de la modernidad decimonónica: el museo. La ola de creación de museos de la Argentina de fin de siglo (Museo Histórico Nacional, de 1891; Museo Naval de la Nación, de 1892; Museo Nacional de Bellas Artes, de 1896, entre otros), se correspondió con la tendencia de los países centrales de concentrar en un espacio edilicio específico una serie de objetos con la intención de clasificarlos y exhibirlos para su comparación. De allí se derivó un diseño intencionado del espacio para conciliar dos objetivos distintos: -la actividad estrictamente científica, de estudio, elaboración y producción teórica; -la exhibición y divulgación destinada a un público general no especializado. La conjugación de las dos funciones del museo decimonónico, especialmente en aquellos destinados a las ciencias naturales como el de La Plata, no fue un proceso exento de conflictos y debates, pero a la larga permitió reunir en un único espacio la producción de conocimiento y su proyección sobre las masas en tanto requisitos indispensables para cimentar una nación moderna, acorde a los tiempos que corrían. Irina Podgorny y María M. Lopes, en El desierto en una vitrina: museos e historia natural en la Argentina, 1810-1890 (2008), definen al museo moderno como el lugar de la “educación de la mirada” dentro de los valores de la burguesía, entre los que


obviamente se encontraba la ciencia positivista. El museo era el lugar de la educación del pueblo, donde se le inculcaban, al igual que en la escuela, los valores y la conciencia de nación, gracias a la exposición de una serie de objetos que demostraban los avances de la ciencia (ergo, de la nación) en un espacio pensado y construido para favorecer la visualización de lo que se quiere transmitir. Si cruzamos este análisis con el que realiza Michel Foucault en La verdad y las formas jurídicas (2005), podemos incluir al museo en la lista de las formas arquitectónicas de la sociedad disciplinar, caracterizada por vigilar y examinar constantemente a sus individuos. En el caso del museo, tenemos la particularidad de que el público es espectador y espectáculo a la vez, ya que mientras disfruta de las colecciones, es adoctrinado en los valores que éstas transmiten; y a su vez es vigilado constantemente (en su momento con vigilantes, hoy con cámaras) para que no ose arruinar o robar los objetos expuestos.

Profundicemos el análisis de la historia y la arquitectura del Museo de La Plata para ver su correspondencia con los enunciados de Podgorny y Lopes y de Foucault. Decíamos que Moreno se convierte en director del Museo Arqueológico y Antropológico de Buenos Aires (MAABA) en 1878. Al año siguiente se da la campaña militar de Roca, y cinco años después la de Victorica. Se da un crecimiento exponencial de la recolección de objetos de toda índole. Paralelamente, en el seno de las élites gobernantes se da el conflicto por la federalización de la ciudad de Buenos Aires, que desencadena la fundación de la ciudad de La Plata el 19 de noviembre de 1882. La flamante capital de la provincia más rica del país será en sí misma un monumento al progreso de la nación, con su diseño urbanístico de avanzada y su arquitectura faraónica. El MAABA entró en la lista de instituciones y poderes que fueron trasladados a La Plata para dotar a la nueva capital del patrimonio necesario para ejercer su función. En ese momento, se le presenta a Moreno la posibilidad de dar un salto de calidad en términos políticos y científicos. En 1884 se inicia la construcción del Museo de Ciencias Naturales de La Plata, a cargo de los arquitectos Henrik Aberg y Carl Heynemann, y con la permanente supervisión de Moreno. Con el objetivo de ser “un canto de optimismo al futuro del país” (Teruggi, 1994:19), el Museo se construía en base a la colección del MAABA; la donación hecha por Estanislao Zeballos, otro reconocido saqueador de la pampa y la Patagonia; la expropiación encubierta de la colección paleontológica de una de las personalidades científicas de la época, Florentino Ameghino; y finalmente el resultado de las expediciones que acompañaron las campañas militares, a las que se les agregaron las que Moreno organizaba desde La Plata.


Tanto la ubicación como el diseño del museo hablan a las claras de las aspiraciones y concepciones de su director. Por empezar, la ubicación original dentro del eje monumental de la ciudad fue cambiada a instancias del Perito por la del Paseo del Bosque, pulmón verde que debía destinarse a recibir un complejo de edificios dedicados a la producción científica y su difusión que nunca llegó a construirse y del que el Museo era sólo una parte (Morosi, 1990). El edificio cuenta con estilo neoclásico, típico de los edificios públicos de la época, que resalta su carácter monumental. La impronta palladiana del complejo se nota tanto en su planta de cruz griega rodeada de dos semicírculos, como en el pórtico principal de explícitas reminiscencias grecolatinas, en cuyo frontón triangular reluce una escultura alegórica de potente carga simbólica: una mujer, personificación de la Ciencia, descubre el manto de ignorancia que tapa a la Tierra.

Alegoría de la Ciencia que decora la fachada.

La filiación cientificista del conjunto se refuerza con los bustos de personalidades que decoran los planos rectilíneos de la fachada, entre las que se destacan Charles Darwin, autor de la teoría más importante de la época; Alcides d´Orbigny, uno de los geógrafos pioneros de la descripción de la Patagonia; y Alexander von Humboldt, reconocido naturalista reivindicado hoy en día desde la geografía.

Los rostros adustos de los grandes pensadores de la época prestigian la fachada del Museo


Sin embargo, lo que otorga peculiaridad al complejo arquitectónico es primero la presencia amenazante de los dos esmilodontes (conocidos vulgarmente como “tigres diente de sable”) que custodian la escalinata de acceso. Y segundo, la decoración “americanista” del edifico, inspirada por el propio Moreno, que se presenta desde los arquitrabes laterales hasta los interiores, convirtiendo a motivos mesoamericanos y andinos en una constante.

Motivos “americanistas” presentes en la decoración exterior e interior del edificio.

La organización de la exposición de las piezas sigue el diseño de la planta principal, articulando sucesivamente las salas de acuerdo a lo que Moreno llamó el “anillo biológico”, inspirándose en el evolucionismo darwinista. La idea del director consistía en que el espectador viajara desde el mundo inanimado del mineral hacia la evolución dela vida animal y vegetal, y culminara el recorrido con la evolución de la especie humana. De este modo se tenía un panorama de los avances de la geología, la biología, la botánica, la zoología y finalmente la antropología y la arqueología, gracias a la presencia de restos, cadáveres, utensilios y “ejemplares vivos” de los pueblos vencidos en la guerra, testimonios de un pasado evolutivo que pasaba a formar parte de la nación para deleite de sus ciudadanos.


La pregunta que da pie al inicio del recorrido.

Célebres grandes mamíferos pampeanos.

“Pangea comienza a dividirse. Hace 190.000.000 años”

“India Mataca Norteña-Pilcomayo.”

Retomando el enfoque de Foucault, quien decía que la sociedad moderna se caracterizaba por producir espacio según el modelo de la cárcel ideal de Bentham (conocido como el panóptico), podemos ver que el museo platense siguió ese patrón de una manera literal. No sólo conformó un espacio de exhibición para la educación y vigilancia de la ciudadanía, sino que fue prisión y tumba para los logko mapuce Inakayal, Foyel y Saiweke; la mujer de Inakayal y su familia; la hija de Foyel, Margarita; Eulltyalma, selk´nam; y Maish Kensis, yamana. Tomados como prisioneros durante la guerra, luego de un calvario por algunos lugares como la isla Martín García, terminaron formando parte de la colección del Museo. Fueron expuestos en vitrinas aún estando vivos, como testimonio viviente del pasado de la nación argentina. Algunos como Foyel pudieron regresar a su tierra, pero en calidad de ciudadanos argentinos, no como miembros de sus pueblos soberanos. El resto trabajó como empleado del Museo, y una vez muertos (algunos en circunstancias sospechosas), pasaron a engrosar la colección de restos humanos, utilizados en la sala de exposición de antropología biológica y en las investigaciones científicas que albergó la institución. Foucault dice que el control institucional de los individuos durante la modernidad se da primero al nivel del tiempo de existencia total del mismo, y más tarde pasa por “controlar, formar, valorizar, según un determinado sistema, el cuerpo del individuo” (Foucault, 2005:133). Estas personas, primero prisioneros de guerra, luego empleados/prisioneros/objetos de colección del Museo, sufrieron este control institucional con una intensidad inédita:


mediante la violencia fueron puestos a disposición del museo para que sobre ellos se ejerciera un poder político, económico y epistemológico que se continuó incluso luego de su muerte. La exposición del esqueleto de Maish Kensis en la sala de antropología biológica, por ejemplo, significaba el dominio político del estado argentino sobre su pueblo; su cosificación como objeto de estudio de la antropología biológica; su conversión en material pedagógico y propagandístico de la educación pública; y su explotación económica mediante el cobro de la entrada al público. El Museo fue abierto al público el 19 de noviembre de 1888 y en 1906, año en que Moreno dejó el cargo de director, pasó a formar parte de la Universidad nacional de La Plata, creada el año anterior a partir de la nacionalización de la universidad provincial. Así se profundizó su perfil el perfil científico del Museo, al que se le agregó la función docente como parte de la Facultad de Ciencias Naturales, sin que por eso se discontinuara la exhibición pública. La Ley Nacional 9.080 de Nacionalización de ruinas y yacimientos arqueológicos y paleontológicos de interés científico (sancionada el 26 de febrero de 1913), en cierta medida cierra este período con la consolidación de un aparato científico con apoyo estatal, relegando el comercio de objetos al plano de la ilegalidad. En base a lo recién expuesto nos atrevemos a afirmar que el Museo de La Plata, en tanto símbolo, institución, monumento y complejo edilicio, constituye una cabal materialización y objetivación del proyecto político-cultural y territorial del Estadonación burgués argentino. Legitimado desde la ciencia positivista, marca una apropiación simbólica y material de una serie de territorios, sustentada en el exterminio, asimilación y cosificación como objetos de estudio científico, de un conjunto de pueblos americanos.


“Ya que vas a escribir, dijo, cuenta de mi pueblo, pobreza y dolor sólo trajo el progreso, la cultura de la traición y los indios en los museos.” La Renga, “Lo frágil de la locura”

¿Quién necesita el pasado?: la disputa por la exhibición y restitución de restos humanos del Museo En la introducción a la compilación Who needs the past? Indigenous values and Archaeology (1988), Robert Layton cuestiona algunos presupuestos sobre los que se ha movido la teoría y la práctica antropológicas del siglo XX, tanto en su variante funcionalista como estructuralista: -la afirmación de que las culturas orales no occidentales carecen de memoria histórica y viven en un limbo de presente eterno como el gato que describe Borges en “El Sur”; -la oposición tajante entre concepciones cíclicas y lineales del tiempo; -la creencia de que la arqueología es inmune a todo tipo de control social y político sobre el pasado de un determinado pueblo gracias a su objetividad científica. Entonces se pregunta qué puede ofrecer la arqueología tradicional a un pueblo consciente de que los restos de su pasado son un recurso cultural vital para el presente. Y concluye afirmando que, en el Tercer Mundo, donde la expansión europea de la modernidad es un parte aguas histórico, los arqueólogos son parte de un aparato de dominación política que ha socavado la cultura de pueblos enteros, quienes ahora le dan un papel identitario fundamental a su pasado pre-colonial. La reflexión de Layton resulta muy útil para introducir el conflicto político que atraviesa el museo en estos días.


La discusión sobre la concepción museológica que se basa en la exhibición de restos humanos se inicia a nivel mundial en los años setenta, con los primeros reclamos de restitución. En el año 1988 se da el primer reclamo al museo platense, por parte del Centro Indio Mapuche Tehuelche de Chubut, concerniente al cadáver de Inakayal. Pese a la negativa del Consejo Superior de la UNLP, la restitución se concreta en 1994, cuando los restos de Inakayal son devueltos a Tecka, provincia de Chubut. Ese mismo año, la reforma de la Constitución Nacional incluye un artículo donde se reconoce la “preexistencia étnica y cultural” de los pueblos originarios, lo cual señala un avance, si bien formal, para la lucha de estos pueblos. El año 2001 es otro hito de esta historia: en junio son devueltos a Leuvucó, provincia de La Pampa, los restos de Panquitruz Güor, conocido como Mariano Rosas. Y en diciembre el Congreso Nacional sanciona la Ley Nac. Nº 25.517, no reglamentada aún, para poner a disposición de los pueblos originarios los restos de sus antepasados que formen parte de la colección de cualquier institución pública. (La Pulseada, septiembre de 2006). En 2003, cuando una comunidad proveniente de Tiahuanaco, Bolivia, se acercó hasta el Museo para realizar una ceremonia y se encontró con la vitrina donde se exhibían las momias de dos pequeños niños, originarios de la misma tierra, se evidenciaron y agudizaron los dos planos del conflicto. El primer plano es el de la exhibición de restos humanos en vitrinas, destinada al público con una impronta pedagógica y turística, comercial. Allí el problema es el derecho que se arroga el museo de exponer los restos de los antepasados de culturas aún vivas, obtenidos mediante la violencia simbólica que implica la excavación y profanación de una tumba. El reclamo del retiro de exposición, similar al que se da con respecto a los tres niños hallados en 1999 en el volcán Llullaillaco y apropiados por el Museo de Arqueología de Alta Montaña de Salta, apunta a lo que Luis Massa (2006) denomina la fetichización de los restos para su consumo turístico. El segundo plano de la disputa va más allá de la exhibición pública y penetra a niveles más profundos. Tiene que ver con la práctica científica de investigar los restos arqueológicos sin el consentimiento de las comunidades a las que pertenecen. Llegamos al punto crítico del debate, donde tambalean hasta los planteos científicos más progresistas y formalmente antipositivistas. Es allí donde algunos investigadores admiten la posibilidad de que las comunidades originarias impongan su voluntad de no exhibir los cuerpos de sus ancestros, pero no que los mismos sean devueltos a su lugar de origen, aduciendo que sería una pérdida irreparable para el patrimonio del Museo. Por ejemplo, escuchemos a Héctor Pucciarelli, jefe de la división de Antropología Biológica: “Sería un perjuicio para el Museo si se hace un despoblamiento masivo de estos cuerpos. A través de ellos podemos comprobar cómo eran las costumbres y modos de vida de otras culturas. Además, la principal función del museo es educar a través de la observación.” (La Pulseada, septiembre de 2006)

Como si esta institución fuera la única en condiciones de proteger (lo que queda de) estas culturas...


El año 2006 marca una escalada del conflicto, a partir del accionar del Grupo Universitario de Investigación en Antropología Social (GUIAS). Los estudiantes avanzados de la carrea de antropología de la Facultad de Ciencias Naturales que componen este colectivo, se dieron la tarea de identificar los restos humanos presentes en los depósitos del Museo, recopilando toda la bibliografía disponible en los mismos archivos. De esta manera arribaron a resultados escalofriantes, como el hallazgo del cuero cabelludo, una oreja y el cerebro de Inakayal, lo cual demostraba que la restitución de 1994 había sido incompleta. GUIAS, hasta este momento, identificó 35 cuerpos pertenecientes a miembros de distintos pueblos sudamericanos, entre los que se destaca, por ejemplo, el de Kajfvkura. Hoy en día continúa la identificación de restos y la investigación del pasado oscuro del museo, la intervención de figuras como Carlos Spegazzini y Alejandro Korn y de científicos ligados al Tercer Reich, y las conexiones del museo con el Hospital Psiquiátrico “Melchor Romero”. A partir de su labor se reavivaron diversos pedidos de restitución, como el llevado a cabo por la fundación paraguaya LINAJE con respecto a todos los restos de los miembros del pueblo Aché; el de la Comunidad Cacique General de las Pampas Cipriano Catriel relativa a los miembros de la “tribu Catriel”; y el del la Coordinadora de Organizaciones Mapuche con respecto a Kajfvkura y el resto de los miembros de los pueblos del Wajmapu. Por otro lado, el grupo GUIAS logró que el Honorable Consejo Académico de la Facultad sancionara, en septiembre y octubre de 2006, el retiro de exhibición de los restos humanos de los pueblos originarios americanos; y que para el estudio de estos restos a nivel científico “se deberá contar con el expreso consentimiento de las comunidades interesadas” (Pepe-GUIAS; 2008: 67) El 22 de agosto de 2006 fue retirado el esqueleto de Maish Kensis de la sala de antropología biológica. Y el 13 de septiembre de ese año se prosiguió con la totalidad de los restos de la sala. Podemos notar que estas dos resoluciones del HCA atacan los dos aspectos del problema antes expuestos: la exposición pública, y la utilización científica de los restos. No lo resuelven, claro está, pero al menos tienen un enfoque global del mismo. Hoy en día, la sala está cerrada por remodelaciones, y en la puerta se puede ver el siguiente cartel:


“Esta sala se encuentra temporalmente cerrada debido a un cambio en la política de exhibición de restos humanos del Museo de La Plata. En este sentido el Museo ha decidió atender: los reclamos de no exhibición realizados por descendientes de pueblos originarios de nuestros territorios; las sugerencias de códigos éticos internacionales para los museos; el espíritu de la actual legislación nacional en referencia al tema. La remodelación de esta sala incluye el proyecto, en ejecución, de mejora del estado de conservación de los cuerpos momificados y su relocalización en un ambiente que permitirá la realización de los rituales que los descendientes deseen efectuar.”

Mientras tanto, la sala de etnografía, rebautizada “Espejos Culturales”, presenta una muestra enfocada en rescatar el valor de las culturas originarias. Introduce la temática condenando la conquista española y las campañas del roquismo; se preocupa por mostrar las culturas americanas aún vivas y vitales, pese al genocidio sufrido; y concluye el recorrido con un texto de nada más ni nada menos que Eduardo Galeano, dejando un mensaje de esperanza y resistencia cultural. No obstante, en ningún momento se menciona la participación de los creadores del museo en las campañas militares, ni se problematiza la llegada de los objetos de la colección a la ciudad.


“…Cada promesa es una amenaza; de cada pérdida, un encuentro. De los miedos nacen los corajes; y de las dudas, las certezas. Los sueños anuncian otra realidad posible y los delirios, otra razón. Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para transformar lo que somos. La identidad no es una pieza de museo, quietecita en la vitrina, sino la siempre asombrosa síntesis de las contradicciones nuestras de cada día.” El libro de los abrazos Eduardo Galeano

El Museo vive en este momento un proceso de disputa, donde se enfrentan dos proyectos político-cultural-científicos opuestos. Por un lado, el proyecto hegemónico que, pese a algunos retoques, conserva el paradigma cientificista que le da al investigador la potestad de apropiarse de lo que crea necesario para llevas a cabo sus objetivos. Esta es la denuncia de Fernando Pepe, uno de los integrantes del grupo GUIAS, a una radio platense: “Cada día que pasa hay excavaciones de arqueólogos, por ejemplo en Salta en este momento están excavando 30, 40, 50 cuerpos y los van trayendo para el Museo; continuamente, día a día, el Museo acrecienta su patrimonio. (…) el resto de la comunidad científica está a la altura de las circunstancias, pidiendo que se retire [la colección de restos]. Pero siempre hay un núcleo pequeño pero muy fuerte que son los que estudian restos humanos, jóvenes entre 25 y 35 años que se niegan a perder el material para sus tesis doctorales; ahí encontramos el núcleo más fuerte de oposición, en jóvenes.” (La Flecha, FM Estación Sur, 27 de mayo de 2008)

El tercer piso del Museo, restringido al público, atestado de reliquias.

Por otro lado, el proyecto encarnado en este caso por GUIAS, que parte de lo que Luis Macas llama “la necesidad política de una reconstrucción epistémica de los saberes ancestrales” (2005). Es decir, una propuesta distinta sobre las formas de producir conocimiento, que implica primero la reparación histórica de los crímenes cometidos; y segundo, la posibilidad de poner en primer plano la voz de estos pueblos, para que sean ellos mismos los que tomen la palabra, y así encarar la tarea de producir conocimiento en un marco de respeto e intercambio igualitario entre culturas.


Desde ya que GUIAS no se ahorra la crítica radical de las prácticas científicas hegemónicas inherente a su posicionamiento. Teniendo en cuenta que el Museo, pese a la aparente calma de sus vitrinas, salas y pasillos, es escenario de una tenaz lucha entre estos dos proyectos políticos y científicos, lo cual nos recuerda la sentencia de Podgorny y Lopes “los museos, más allá de sus significados simbólicos y mensajes transmitidos, constituían y constituyen una estructura material, un espacio donde tienen lugar distintas actividades y prácticas científicas, modeladas a partir de las especificidades de cada institución y de los conflictos y alianzas escondidas tras sus historias y sus puertas.” (Podgorny; Lopes, 2008: 26)

¿Por qué la disputa por la exhibición y restitución de restos es un problema abordable desde la geografía cultural? Como hemos visto, las conquistas territoriales del estado argentino estuvieron precedidas, acompañadas y atravesadas por un proceso de apropiación simbólica del espacio conquistado, lo cual derivó en la construcción de instituciones científicas y educativas entre las que se encuentran el Museo y la Universidad platenses. Omitir la directa vinculación entre ciencia y política expansionista, escudándonos en esa anticuada entelequia llamada “objetividad científica”, es ser cómplices del genocidio. Mientras tanto, el proyecto de los movimientos indígenas del continente parte de una defensa de sus territorios ancestrales en pos de la recuperación de su soberanía como pueblos independientes, que conlleva una producción descolonizada del conocimiento. Se trata pues de dos proyectos político-culturales que implican una determinada concepción (y apropiación material-simbólica consecuente) del territorio. De allí que el reclamo de la restitución no es para nada inocente. Subyace en él una perspectiva y una intencionalidad políticas muy claras. Fernando Pepe lo explica mejor que nadie: “El quid de la cuestión es que si los restos de Inakayal hay que restituirlos a Tecka (su lugar de origen), quiere decir que Tecka es de Inakayal, que ése es su pueblo. Por eso lo importante de la restitución, más allá de que descanse ahí, estamos hablando de que es su territorio. Y la lucha de los pueblos hoy es por que les devuelvan el territorio.” (La Flecha, FM Estación Sur, 27/5/08)

Presentado el problema en términos que a la geografía tal vez le resulten más cómodos y familiares, resta saber si estamos a la altura del desafío que significa tomar partido en esta disputa. Y sobretodo, resta saber de qué lado nos posicionamos. La cuestión pasará por la capacidad que tengamos de articular problemáticas geográficas clásicas con nuevas perspectivas teóricas, que no tengan miedo de entrometerse en debates filosóficos y epistemológicos, para llegar a una comprensión profunda y totalizadora de las múltiples dimensiones de la relación entre cultura y espacio. En el camino, las relaciones de poder que estructuran eso vínculos entre cultura y espacio no podrán ser ignorados, ya que se trata de un requisito básico para la


elaboración de saberes críticos conscientes de su posicionamiento ético-político, y socialmente relevantes. El rol jugado por los geógrafos en los hechos narrados hasta aquí no hace más que imponer la necesidad de reflexionar sobre la funcionalidad de nuestra disciplina. De no enfrentar este desafío dependa tal vez que, por razón o por omisión, por no hacernos cargo de las andanzas de nuestros referentes y homenajeados, corramos el riesgo de terminar como simple ornamento del templo del saber instituido.

Noviembre de 2008


POST SCRIPTUM-JULIO DE 2010 La intención de esta breve actualización es la de dar cuenta de una serie de hechos de gran relevancia ocurridos durante los casi dos años transcurridos desde la realización del trabajo, que a nuestro entender ratifican nuestra perspectiva de análisis. Por empezar, debemos señalar que en marzo de 2009 fue reabierta la polémica sala de Antropología Biológica del Museo, con una nueva muestra titulada “Ser y pertenecer: un recorrido por la evolución humana”. La misma cuenta con un estilo renovado, similar al de la sala de etnografía, que apunta a una mayor interacción con el visitante y a plantear interrogantes de una forma didáctica sobre la evolución biológica y cultural de la especie humana, buscando poner en evidencia la complejidad de la relación entre el visitante, el museo, su colección y los intereses sociales involucrados. Las novedades más importantes de la reapertura son el retiro de exhibición de las momias andinas, así como de la mayoría de los esqueletos presentes en la muestra precedente. El recorrido finaliza con la exhibición de un paquete funerario egipcio y de una momia de la cultura Guanche de las Islas Canarias, y con un video realizado por la Unidad de Medios Audiovisuales de la FCNyM. El mismo lleva como título “Prácticas y representaciones en torno a los restos humanos” y encara la temática general de los rituales funerarios de las distintas culturas, para luego abordar el rol de la antropología biológica en la investigación de restos humanos. Lo destacable es que el video señala también las disputas que se dan entre la investigación científica y los intereses de quienes tienen relaciones culturales y/o de parentesco con los restos (aunque de una manera un tanto lavada que no menciona los intereses políticos que sostienen la práctica científica), y da cuenta de los procesos de restitución que involucraron a la colección del Museo. El segundo acontecimiento que no queremos dejar de señalar es el acto oficial de restitución de los restos de la joven Aché llamada Krygi (más conocida como “Damiana”), ocurrido el 10 de junio de 2010, a la Federación Nativa Aché del Paraguay. Un nuevo paso hacia la reparación histórica, que sin embargo entraña una nueva disputa: la Federación Aché reclama también la devolución de todos los objetos relativos a su pueblo que forman parte de la colección del museo que fueron obtenidos mediante la violencia, ofreciendo a cambio una cantidad igual de objetos donados voluntariamente. La práctica científica se sacude hasta sus cimientos. Finalmente, para concluir reafirmando nuestra perspectiva de que el Museo (también la facultad a la que pertenece, y por ende la UNLP) es escenario de tensión y lucha constante, más allá de su aparente calma, queremos recoger el testimonio informal de un compañero del primer año de la carrera de Antropología, quien nos aseguró que en las clases se trabaja normalmente con piezas humanas con rótulos del tipo: “Indio; procedencia desconocida.”


FUENTES CONSULTADAS • • • • • • • • • • •

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BADENES, DANIEL. “Trofeos de guerra”. La Pulseada, septiembre de 2006, La Plata. “El Museo acrecienta día a día su patrimonio de restos humanos”. La Flecha, FM Estación Sur, 27/5/2008. Extraído de http://argentina.indymedia.org. CHARTIER, ROGER. 1990 “La historia cultural redefinida: prácticas, representaciones, apropiaciones.” Punto de vista nº 39. CLAVAL, PAUL.1999. La geografía cultural. Buenos Aires, Eudeba. FOUCAULT, MICHEL. 2005. La verdad y las formas jurídicas. Buenos Aires, Gedisa. GOTELLI, A. “El museo restituyó los restos de una joven aché.” Artículo /14 nº26, 2/7/2010. GUIAS. 2010. “Damiana vuelve a los suyos”. Boletín de divulgación electrónica. LAYTON, ROBERT. 1988. Who needs the past? Indigenous values and Archaeology. Londres, UNWIN HYMAN. LONKOPAN, MANUEL. “La última prisión del Lonko Inakayal”. Azkintuwe, 21/9/2006. Extraído de http://argentina.indymedia.org. LÓPEZ, SUSANA. 2003. Representaciones de la Patagonia. Colonos, científicos y políticos (1870-1914). La Plata, Ediciones Al Margen. LOIS, CARLA. 1999. “La invención del desierto chaqueño. Una aproximación a las formas de apropiación simbólica de los territorios del Chaco en los tiempos de formación y consolidación del Estado Nación argentino.” Scripta Nova nº 38. MACAS, LUIS. 2005. “La necesidad política de una reconstrucción epistémica de los saberes ancestrales.” En DAVALOS, PABLO (comp.) Pueblos Indígenas, estado y democracia. Buenos Aires, CLACSO. MASSA, LUIS. 2006. “Los niños del Llullaillaco y su exposición.” La Tempestad. MOROSI, JULIO. 1990. El origen del Edificio del Museo de La Plata. La Plata. Fundación Museo de La Plata “Francisco Pascasio Moreno”- CIC. NAVARRO FLORIA, PEDRO. 1999. “Un país sin indios. La imagen de la Pampa y la Patagonia en la geografía del naciente estado argentino.” Scripta Nova nº 51. NAVARRO FLORIA, PEDRO. 2000. “La Patagonia como innovación: imágenes científicas y concreciones políticas, 1779-1879.” Scripta Nova nº 69. PEPE, FERNANDO-GUIAS. 2008. Identificación y Restitución:”Colecciones” de restos humanos en el Museo de La Plata. La Plata, el autor (2º ed.). PODGORNY, IRINA. 2000. El Argentino Despertar de las Faunas y de las Gentes Prehistóricas: coleccionistas, estudiosos, museos y universidad en la creación del patrimonio paleontológico y arqueológico nacional. Buenos Aires, Eudeba. PODGORNY, IRINA; LOPES, MARIA MARGARET. 2008. El Desierto en una vitrina: Museos e historia natural en la Argentina, 1810-1890. México DF, LIMUSA. QUIJADA, MÓNICA. 1998. “Ancestros, ciudadanos, piezas de museo. Francisco P. Moreno y la articulación del indígena en la construcción nacional argentina (siglo XIX).” Estudios Interdisciplinarios de América Latina y el Caribe. “Reapertura de la Sala de Antropología del Museo de La Plata”. La Flecha, 30/4/2009. Extraído de: http://laflecharadio.wordpress.com/2009/04/30/reapertura-de-la-sala-deantropologia-del-museo-de-la-plata/ TERUGGI, MARIO. 1994. Museo de La Plata 1888-1988. Una centuria de honra. La Plata, Fundación Museo de La Plata “Francisco Pascasio Moreno”. (3º ed.)

Exhibición y restitución de restos humanos del Museo de Ciencias Naturales de La Plata  

Análisis desde el punto de vista de la geografía cultural sobre la disputa alreddor de la exhibición y restitución de restos humanos de la c...