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La elegancia y lo demรกs Nico Granada


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1 La elegancia El hombre usa corbata y la mujer zapatos de taco alto. La corbata, que es larga y tal vez roja, representa el falo erecto, lleno de sangre. Los zapatos de taco alto permiten conservar la condición bípeda, al mismo tiempo que elevan los glúteos y hacen retroceder ligeramente la vulva, emulando la invitación coital del cuadrúpedo. Por eso, cuando frente a las puertas de un restaurant muy caro, el hombre de corbata le dice a la mujer de taco alto: las damas primero, es porno.


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2 Justicia Al burro lo metieron preso: pateó a alguien y/o robó una manzana del mercado. Algunos protestaron, argumentando que un burro era incapaz de cometer delito alguno: no tenía conciencia, voluntad y cosas por el estilo que la Justicia requería para poder juzgar. Ésta, sin embargo, pidió únicamente la cola. Para poder jugar, además, ya traía los ojos convenientemente vendados.


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3 Eñe Se cargaron a la araña. Por ende, y sin su previa agilidad, un elefante se balanceaba sobre la tela de una spider. Pronto tres o cuatro sobre la web de una spider. Pero hoy en día, elefantes interesados en balancearse on a spider web tienen que, primero, saltar un muro, luego de lo cual deben esquivar disparos xenófobos.


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4 Melanoma -Suspendé el corecoguá -rezó el hombre, cansado de andar sin saber qué onda por la vida ante un dios solar que no hacía otra cosa que aparecer y desaparecer en un ciclo tekoreí que resultaba en un aburrimiento cósmico de la pesada. -Dale -le contestó el sol-, pero entonces juguemos otra cosa. -Sí, sí, lo que quieras, pero que dé más gusto. Acto seguido el sol miró hacia otro lado y, como de costumbre, se hizo de noche. El hombre se quedó esperando, preguntándose qué se le ocurriría al astro rey para hacer su vida más interesante. Cerca del amanecer, escuchó una voz que retumbó en el horizonte:


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-Un. Dos. Tres. -¡Qué! ¿Dónde? –saltó el hombre desconcertado. -¡Miro! A ver quién se anima ahora a salir de la sombra.


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5 Machismo Era él una alfombra humana. Sus hijos no se quitaban los zapatos antes de entrar a la sala; nadie enseñó al perro a realizar sus funciones fisiológicas en el patio; en el cumpleaños de su esposa apareció con una nueva aspiradora. Ella lo reprendió por machista y por tanto no lo aspiró nunca.


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6 La heladería dialéctica. Él le compra un helado y ella se derrite. Tesis: chúlina. Pero él está tan caliente que antes de llegar a la mesa es el helado el que termina derretido. Antítesis: perro. Por ende, ella toma el cucurucho vacío y se lo incrusta en un ojo. Él, que nunca la entiende, con el sobrante la mira inclinado como un cachorro confundido. Síntesis: perro chúlina. Para qué darle más vueltas, hoy lo harán de cuatro.


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7 Texto A y B se conocen. Lo primero y último que hablan es: -¿De qué colegio sos? -Equis. -Ah. -Ah ¿qué? -Analfabeto. Y y Z, mirando sobre sus hombros, los escuchan: -¿Viste lo que le dijo? -Sí, ¿qué tiene? -Es mbore, ¿no te parece? -A ver, ¿vos de qué colegio sos? -Jota. -¿En serio? Qué bien, ¿y le conocés a M? -No. -¿Y a N, el que se sentaba debajo de M y que después le cambió por Ñ?


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-Tampoco. -Entonces también sos un analfabeto, pero funcional. -Qué boludez, no estoy de acuerdo con nada de esto. -O sea que además sos un resentido social. -¿Y eso exactamente qué es? -El punto final de tu texto.


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8 Agua y jabón Construyeron un museo a las palabras. A las malas. Uno entraba lleno de problemas y salía más aliviado. Luego de aprender y proferir toda clase de groserías, algunas muy novedosas, uno podía lavarse la boca con jabón, más aún si había ido con su mamá y ésta, furiosa, amenazaba con arrojarle un zapato de no hacerlo. Pero siempre había quien se negaba y, antes que el calzado materno pudiera volar y partirle la frente, los guardias del museo aparecían mangueras de bombero en mano. La señora notaba entonces que apuntaban hacia ella, por lo que muy despacio dejaba caer el zapato y sonreía, en vano.


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9 Memoria Me acuerdo de la cocinera manca. Me acuerdo que la cocinera manca me defendió, tomó una escoba larga y le dio una estocada en la ingle a la niñera, que defendía a mi hermana. Me acuerdo de la niñera que durmió la siesta. Me acuerdo que, muy despacio, repté entre sus piernas para oler su sexo. Era como un monstruo que dormía la siesta, él también. Me acuerdo que en ese lugar olvidé algo. Quienes hacen esto de pequeños no se acuerdan si fue a propósito. Yo me acuerdo. Mi esposa me pregunta por qué sólo quiero hacer el amor después del almuerzo. -Sos una o sos la otra, decidite –respondo y me doy la vuelta, cierro los ojos pero no duermo: espero.


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10 Minero En la mina del pueblo no se podía trabajar más que acostado, era tan angosta que no había sitio para hacerlo de pie. A la noche uno llegaba a casa y, cansado, se acostaba de nuevo: en el sueño de todos las cobijas eran tierra. Por lo tanto, cuando bajaron el ataúd de aquel minero, de modo vertical, nadie pudo evitar echarse a reír, literalmente.


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11 Rojo sobre blanco La gallina puso huevos para ganar el partido. Pero 茅stos se abrieron antes que el 谩rbitro diera el pitazo final. La gallina estaba entre el amor a la camiseta o el amor a los hijos. Confundida al no poder decidir, chut贸 uno hacia el arco rival. Casi gol, peg贸 en el palo.


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12 Paracaídas La mujer soñó que el paracaídas no se abría, que el condón se rompía, que después de diez segundos paría, un pájaro, y también que éste podía llevarse volando sólo a uno. Despertó en el suelo, adolorida, y se paró para ver al hombre desnudo con las patas extendidas, a lo largo y ancho de la cama, abrazando, además, su almohada (la de ella).


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13 Plan B Pasó su vida intentando doblar el avión de papel estratosférico. Cuando por fin pudo y, telescopio mediante, vio que su obra estaba a punto de cruzar al espacio exterior, notó que se prendía en llamas. Todo lo que él quería era que llovieran cenizas, de todos modos. Se sintió satisfecho. En un sentido similar, el problema de Ícaro, desesperado, era que no tenía un deseo escondido, un deseo B.


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14 Decisión Llegado un punto en su vida, un hombre se enfrenta a dos opciones: la nostalgia o la fatiga. Un movimiento respiratorio puede ser disfraz. “El suspiro es al corazón lo que el jadeo es a la muerte del corazón. No confundamos lo romántico con lo cardíaco, che,” dice el hombre con preinfarto. Su viuda no se decide.


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15 Número equivocado Usted se ha comunicado con el centro de atención telefónica del número equivocado al que siempre llama. Le recordamos que nuestro horario de atención no es éste, así que ahora no. Si lo desea puede dejar un mensaje y su número telefónico después del tono, y le devolveremos la llamada en la brevedad. Y así, todos los días de su puta vida, le devolveremos la misma llamada: a ver qué se siente.


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16 Fobia De bebé lo habían echado al suelo de cabeza. Años después compraba todo con mango antideslizante: cepillo, afeitadora, cuchillo, tenedor. Cuando estuvo a punto de hacerle incrustaciones en la espalda a su novia, fue evidente que su miedo a que se le resbalaran las cosas se le había ido de las manos. Su madre se sintió obligada a confesar.


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17 Fanatismo El fotógrafo ciego tenía un discurso muy interesante sobre la percepción no visual, tanto que se ganó muchos adeptos. Varios de ellos deseaban posar para su cámara y, aunque no siempre lo lograban, se lanzaban como acróbatas para salir en algún súbito encuadre. El fotógrafo ciego se hizo famoso por sus retratos táctiles: las caídas eran, a todas luces, muy dolorosas.


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18 Culpa El amigo del héroe está a punto de ser descuartizado por el malo de la historia, como suele suceder, por lo que intenta comunicarse con su cuate para solicitarle ayuda. Sin embargo, el celular no tiene señal. El celular nunca tiene señal, en ese momento, de modo que el amigo termina siempre en pedacitos. Por alguna razón incomprensible, el héroe mata al malo, pero, en lugar de seguir haciendo justicia, carga saldo.


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19 Superhéroe Con máscara subo a la terraza y miro hacia abajo, calculo y escupo. Soy el único con una saliva capaz de perforar el cráneo de los malos. Pero sólo de los malos, no de los buenos. Éstos piensan que fue un pajarito, luego de sentir algo húmedo y espeso en la cabeza. Dicen que es buena suerte, ¿o eso era pisar caca? No me acuerdo, pero conozco al superhéroe que caga en el camino de los malos, no de los buenos.


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20 Fantasma Toda la vida estuve enamorado, luego murió y quise seguirla, cosa que hice. Después de morir, uno se convierte en fantasma, que, tal como sospeché, no es otra cosa que una sábana blanca con dos ojos y una boca. Ni nariz ni pies ni nada. No está mal, uno va flotando por ahí sin hambre ni sed. Ahora, el problema es que todos los fantasmas son iguales, lo que me lleva al dilema que cada uno parece sufrir: cómo carajos la encuentro.


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21 Mosquito Existe una especie de mosquito infernal que, al picar a un ser humano, produce en ĂŠste alucinaciones eternas. No importa que el mosquito muera aplastado contra una pared blanca. No importa que la manche. No importa nada, el ser humano picado escucha el insoportable zumbido del bicho por el resto de su vida, que no suele ser mucho, ya que resulta imposible que vuelva a dormirse.


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22 Niño ring rajen El niño toca timbre de la casa abandonada y sale corriendo. Por supuesto, nunca sale nadie. Todos los días igual. Cierta mañana el timbre no funciona, el niño entra y después de un rato sale, toca el timbre, que ya funciona, pero esta vez se queda y espera.


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23 Niño mensaje El niño roba el teléfono celular del saco de su padre. Corre y se esconde debajo de la cama. Revisa el buzón de mensajes y encuentra uno de la amante. En lugar de contárselo a su madre, responde: pipí cacá. Nadie sabe cómo ha aprendido a leer, escribir, o a teclear tan rápido en el celular.


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24 Ni単o juguete El ni単o llora porque lo que m叩s desea en el mundo es una Cajita Feliz. Su madre se la compra. El ni単o toma el juguete y lo deja en el centro de la mesa. Luego saca la hamburguesa y las papas. Con el dedo hace un agujero en el medio de la hamburguesa, introduce una larga papa frita y juega. Lo hace sin dejar mirar el juguete, abandonado en el centro de la mesa.


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25 Ni単o ruido El ni単o hace ruido de siesta: su padre se levanta y le pega con cinto. El ni単o hace ruido de siesta: su padre se levanta y le pega con cinto. El ni単o hace ruido de noche: su padre tiene miedo.


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26 Niño canica El niño guarda canicas. Le han dicho que el mundo era una canica con la que un dios juega, y que por eso suceden todas las cosas, las buenas y las malas. Por eso él nunca juega con las suyas. Se divierte pensando que, de ser también sus canicas mundos, sus habitantes mueren lentamente de aburrimiento.


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27 Niño negocio A la madre del niño se le cae el cabello de los nervios. El niño lo recoge con paciencia. Con tijeras, papel e hilo arma bolsitas y, sobre su vereda, vende el té helado. A las otras mamás del barrio se les cae el cabello de los nervios, que él compra de los demás niños. Pronto inaugura sucursal en el barrio de a lado. Ponele nerviosa a tu mamá que es negocio, les dice a todos en la escuela.


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28 Niño caída Al niño le gusta el tobogán: algo sube en su vejiga mientras cae, nostálgico, y sospecha es la razón por la cual, al final del parto, al bebé le dejan mear sobre la enfermera, que sonríe igual. Lo ha visto en la tele. No le parece justo que ya no sea así, la caída y las ganas son las mismas. Por ende, luego de tirarse en el tobogán de la piscina, se acerca flotando con sigilo hasta cualquiera, que sonría.


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29 La risa de los puentes Yo era rígido y frío, yo era un puente y estaba tendido sobre un barranco. Boca arriba, veía las nubes pasar y dibujar caricaturas, pésimos chistes, aunque de todas formas no podía evitar reír, pero eso más bien se debía a que los viajeros, al cruzar, me hacían cosquillas con sus pies. Entonces, el teléfono empezó a sonar. Si iba y lo atendía, los que me atravesaban en ese momento caerían y, en el fondo, los recibiría un río bravo y hambriento; no que otra cosa hubiese sido menos peor, claro. Luego del sexto timbre, la máquina contestadora inició la grabación. Era el río. Sabía que yo estaba ahí. -Te estoy viendo ahí arriba- gritaba- atendeme el puto teléfono. ¿Pero qué podía hacer yo? Las nubes no me daban consejo alguno, seguían haciendo su show, malísimo, conmigo como espectador cautivo.


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-Bueno, por lo menos date vuelta que te quiero mostrar algo- dijo el río. Yo, que era un curioso sin remedio, no lo pensé ni un segundo más y giré sobre mí mismo, sólo para darme cuenta del enorme error que había cometido, mientras veía que los viajeros caían a una muerte segura. Sin embargo, para mi sorpresa, no me miraban a mí, con recriminación, sino a las payasadas que realizaban las nubes: se cagaban de risa. -¿Ves?- continuó el río- No es que las nubes no sean buenas en lo que hacen, sino que, simplemente, vos sos rígido y frío, un triste puente tendido sobre un barranco, sin sentido del humor. Cortó y splash.


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30 Androide paranoico Tres días atrás me telefonea a distancia mi vieja, que aún no estaba preocupada por la gripe porcina. Mamá, le digo, éste es el foco de la epidemia, y es mortal, pucha digo. Todos en esta ciudad quemamos bulbo, sin embargo el foco sigue funcionando igual. Pero no, ella está entusiasmada por otra cosa, luego de haberse dedicado una semana a dormir a medias mientras cuidaba de mi viejo delirante, que tuvo dengue. Al fin puede hacerlo con tranquilidad, mi vieja, y me sale con esto. Mi hijo, soñé una película, era de ciencia ficción. Está feliz, fascinada con su sueño. Bueno, contame, le digo desganado porque está claro que lo va a hacer igual, aunque le diga lo contrario. Entonces me dice que en el futuro ya no hay sufrimiento. Joder. En serio ya no hay, insiste. ¿Qué le dice uno a su madre que sueña con un mundo sin sufrimiento? -Mami…


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-No, atendé: la gente se muere igual, como siempre, pero es diferente. Por ejemplo, imaginate que en un accidente se muere tu hijo. -Se puede morir de gripe porcina tambiénrespondo. -No importa de qué, entonces el gobierno agarra y lo reemplaza con un robot igualito, que te lo mandan a tu casa. Claro, al muerto se lo llevan a no sé dónde. -Creo que ya vi esa película, mamá. -No, pero esperá, la gente nunca se entera que es un robot, nunca llora la pérdida de un ser querido. Ese trauma ya no existe. -¿Y al final? -Al final de la película me doy cuenta de lo que hace el gobierno. -¿Cómo? -No me acuerdo. -¡Kore! -Escribí y inventá vos. -E inventá, mamá, e. -Bueno entonces.


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-Mamá. -¿Qué? -¿Y si ya todos eran robots y no había luego más humanos? -Eh, ¿verdad? Puede ser- responde, calla un segundo y luego exclama como un niño que encuentra algo que le gusta- ¡Y yo también!


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31 Proxeneta chúlina Mi tía Rosa, que años después tomaría las suficientes pastillas para adelgazar y terminar del tomate, en ese entonces seguía cuerda. Además tenía un novio que se fue de viaje. Yo tenía tres años y era aún el único individuo de la siguiente generación familiar –el primer hijo, nieto, sobrino, por lo que estaba claro desde un principio que recibiría algún tipo de soborno. Era lo usual: un pobre diablo se moría de ganas por darle masa a una tía, de modo que primero tenía que darme a mí, como mínimo, masas de confitería. El proxeneta chúlina en mis zapatitos no tardó en convertirse en un hijo de puta exigente. Si me encontraba satisfecho con el regalo, inflaba mis cachetes en una sonrisa atragantada, mi tía se derretía y, sin darse cuenta, su sistema biológico aprobaba al candidato como posible progenitor. Después me dejaban solo y no requerían de mis servicios por un largo rato.


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Por lo visto, el novio de mi tía Rosa traía los ojos rojos desde hacía un buen tiempo, ya que apareció de su viaje con una gigantesca caja de chocolates. Era temática, sus condenados dulces tenían forma de astronautas y naves espaciales. ¿Qué se suponía que tenía que hacer yo allí, solo? No tuve otra que cumplir mi rol de voraz monstruo extraterrestre. Después dicen que la tele es la que incita a la violencia, cuando cualquier osito, azucarado y masticable, certifica la ancestral carroñería de nuestra especie oportunista. Terminé en el hospital, cubierto de baba y chocolate, con un empacho de novela, por lo demás, peligroso. Mi tía abuela, médica, puteaba contra el chocolate mientras ordenaba un lavado de estómago. Yo deliraba mi protesta: beniiito totolate. Una y otra vez. Así fue como descubrí el abuso, aunque no, no el hartazgo. Mi tía abuela igual: descubrió otra anécdota familiar que repetir los domingos por el resto de su vida.


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32 Voy a cagar acá Catalina, bajo la luna llena me transformo en gordo. En un gordo gigantesco, así, de repente. Pocas horas después estoy endeudado hasta el cuello -aunque éste no se note-, poseído por un arranque salvaje de glotonería. Si no hay ningún lugar cerca que sirva veinticuatro horas, soy capaz de tragarme lo que encuentre: a tu hijo, a tu perro, a vos no. Porque no. Al día siguiente, me cago a mí mismo. Me siento en el water, mis feroces nalgas se desparraman hacia los costados y por el centro caigo yo, en versión delgada, aunque tampoco saludable. Me arrastro de allí con dificultad y algo embarrado para dejar atrás la carcasa de un gordo sentado. Es un envase hueco, pero sólido y al parecer resistente. Me mira. Acabo de cagar a la inversa y el resultado, una obesa estatua de mí mismo, me mira. Lo hace como si aún tuviese algo


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adentro. Se la llevo a un amigo al que le encantan estas boludeces sobrenaturales, y me sale con que mi regordete cascarón tiene la mirada de un Buda, aunque autóctono y estreñido, razones por la que incluso podría ser más efectivo, ya que por un lado sabría reconocer los males particulares que aquejan a nuestro pueblo y, por el otro, el tipo tiene cara de que haría un gran esfuerzo. De qué estás hablando, le digo. Me lo pide de regalo. Le repito que es una cagada, a fin de cuentas. Me contesta que es al revés, que en sentido estricto eso sería yo. Luego, de un aparador saca un desinfectante en aerosol y me lo rocía encima, con ritmo ceremonioso y, si mis ojos no me joden, en forma de cruz. Salgo de su casa decidido a no volver. A lo largo de los días se lo muestra a la gente y no pasa mucho tiempo antes de que le adjudiquen toda clase de intervenciones milagrosas. A mi amigo se le ocurre entonces construirle una fuente para que los crédulos arrojen monedas y


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pidan deseos. El problema con eso es que al final la llena de aceite y éstos fritan allí unas croquetas bendecidas que él vende. En ese lapso suceden otra luna y otra experiencia dolorosa de abandonar mi cuerpo sobre las patas de su propio excremento. Lo dejo tirado en el patio, pero a la semana alguien entra de noche y se lo lleva. Pronto me entero que el pueblo de a lado ya tiene su santa barriga sobre un altar y que el promedio del salario de sus habitantes ha aumentado diez por ciento. De repente me dan miedo mis transformaciones. Me preocupa mi seguridad y, en efecto, no tarda mucho para que intenten secuestrarme. Se me hace que soy la gallina de los gordos de oro. Me salvan mi amigo y varios seguidores, quienes luego me relatan sobre el cisma de los cinco kilos. Al parecer, la estatua del pueblo vecino es un gordo que, si se le mira bien, aparenta cinco kilos más que el primero y, por lo tanto, aseguran que es más poderoso. Me muestran dos fotos, no veo ninguna diferencia. De todos modos, mi amigo y sus seguidores se han


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escabullido hace un par de noches y lo han dinamitado. Ahora sólo nuestro pueblo tiene un Gordo de la Abundancia, único y original, custodiado en su propio templo. Dicen que no pueden darse el lujo de que otras iglesias obtengan imágenes más rechonchas y poderosas, que se modificaría la incipiente ruta de peregrinación de la región y se estropearía el derrame económico que varios inversionistas predicen que ocurrirá en el pueblo, razón por la que no están dispuestos a arriesgar su dinero sin garantías. Me comunican la terrible noticia: soy el rehén de mi propio sorete. Sólo puedo cagar acá, bajo la atenta mirada de unos locos vestidos con papel higiénico que me abrazan al salir de un inodoro hecho a medida. Mientras tanto, la cruzada de los cinco kilos causa estragos en la región, cuya economía está volcada a la persecución bélica de gordos milagrosos,


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mientras su población adelgaza hasta casi desaparecer. Un predicador de peso normal anuncia la contradicción que esto conlleva y, si bien unos flacos lo ponen a dieta hasta matarlo porque en el fondo habló mal de su gordo, pronto los ánimos se tranquilizan y optan por la diplomacia: ante cada plenilunio un pueblo distinto organiza un gran banquete, que yo devoro en su mayor parte, mientras todos se ponen a bailar hasta el amanecer o, por lo menos, hasta que a mí me den ganas de evacuar. Cada mes el santo, o sea yo, aparece con cinco kilos más. A nadie parece preocuparle, pero si esto sigue así indefinidamente, atajate.


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33 Minúsculas crueldades Minúsculas crueldades fungen de terapia y, al mismo tiempo, lo contrario. Una mujer ejecuta el estereotipo: lava cubiertos en una cocina con una ventana que da al patio, a través de la cual ve a su niño pequeño que, encendedor en mano, derrite cordones de colgar ropa, de polietileno, sobre una fila de hormigas que se desintegran al contacto. La mujer amaga el grito de regaño, pero en eso ve una cucaracha que camina muy cerca de su mano y, en lugar de aullar para encajar en su perfecta representación de moderna ama de casa, con su esponja enjabonada la empuja con gentileza a la pileta. La cucaracha tarda un rato en ahogarse. Los ojos de la mujer hipnotizados. En otro cuarto de la casa el padre, sentado en su escritorio, levanta muy lentamente la mano. Tarda, el mosquito sospecha de muchas cosas, pero no de él. Los ojos del hombre hipnotizados. De repente, deja caer la mano abierta con


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violencia sobre la mesa. Al mismo tiempo, pero en el patio, el niño es empujado con gentileza a la piscina. Es muy pequeño para tardar en ahogarse. En la orilla, la mujer aún lleva la esponja enjabonada, los ojos hipnotizados. El hombre, sentado en su escritorio, gira muy lentamente la mano, pero en lugar de encontrar el cadáver del insecto en su palma, allí hay un niño aplastado, minúsculo, y unas gotas de sangre caen sobre unos papeles importantes. Afuera, la mujer despierta de su ensueño homicida para encontrar a un mosquito gigante que flota en el agua, muerto, pero intacto.


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34 Set de cubiertos para desayunar -Déme uno de esos. -¿Éste? -No, el de lado, el cuchillo para untar manteca. El viejo de rostro poroso que atendía el negocio tomó el utensilio y se lo alcanzó, dirigiéndole una mirada oblicua y media sonrisa. Él desvió la mirada, aunque tomó el cuchillo y entregó el dinero. Salió caminando despacio, sin girar el cuello en ningún momento para detenerse a mirar a los costados. Los miraba de todos modos, de reojo. A la media cuadra empezó a correr, de la nada, pero no había nadie en la calle que pudiera notar y sobresaltarse ante su explosivo arranque. Era temprano. Corriendo cruzo la calle cuando el semáforo estaba en verde, por lo que alguien que pasaba manejando dijo haber visto un caballo loco, pero


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su acompañante dijo que no, que no había pasado nada enfrente, borracho, para luego proponer un cambio de chofer. Corriendo atropelló e hizo volar a una abuelita que estaba en su camino, que traía una bolsa de mercado repleta y desde siempre había estado destinada a la postración y a la conversión religiosa, proponiéndose fundar una orden, como cualquier ocioso encamado, lo que no tendría efecto alguno al morir en pocas semanas a causa de las magulladuras. Corriendo también pasó frente a tres tiendas donde bien pudo haber comprado el utensilio, aunque la verdad era que no había un motivo escondido más allá de la distancia. Por fin llegó a su casa, y lo primero que hizo fue meter un pan de sándwich en una de las mixteras que le enviaron el día de su boda. Le habían regalado todos los modelos del mercado. Claro que ninguno de los invitados se dignó en regalarle un solo set de cubiertos. Saltando subió las escaleras y entró al baño. Frente al espejo vio con excitación que la camisa


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blanca que llevaba puesta estaba transparente. Con los dedos en pinza la despegó con cuidado de su piel, parte por parte, inclinándose un poco hacia delante. Luego desprendió los botones lentamente para no chorrear. Se quitó la camisa y la torció sin apretarla, colocó un vaso debajo y fue exprimiendo primero un poco, luego hasta la última gota de sudor. Volvió a la cocina y, después de dejar el vaso lleno sobre la mesa, desenchufó el aparato y extrajo la tostada. Levantó un brazo, tomó el cuchillo para untar y lo acercó a su sobaco. Una y otra vez lo arrastró a través del pelambre y la gelatina. Fue acumulando una cantidad considerable de una sustancia semitransparente con un fuerte olor, reminiscente a fermentación láctea, o quizás a otra cosa no muy distinta. Entonces untó la manteca infernal de su catinga sobre la tostada, se sentó y desayunó. Su reluciente y nueva esposa, que se había levantado de la cama esperando un romántico plato de huevos revueltos, lo espiaba desde la


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puerta entreabierta, pero en lugar de asquearse o armar escándalo, tomó valor para entrar a la cocina y admitir: -Ya corrí, salté, trepé y no, no hay caso, nunca sudo. Nunca sudé en mi vida. Ella bajó la cabeza y él escuchó su ligero lloriqueo. Con ternura le extendió el cuchillo y le declaró su amor: -¿Querés? A lo que ella alzó su mirada temblorosa, brillante, para responder con voz enamorada: -Si sobra nomás. Él levantó el otro brazo.


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35 El ninja pynandí1 contra el contrera coprofílico Las cigarras dejan de rascarse sus patas y, por fin, el mundo puede salir del trance kaigüe que provoca su ruidito de mierda. Anochece. Las hormigas a las que ese día les tocó trabajar vuelven en fila a su nido, plagueándose porque el ochenta por ciento restante de la colonia se estuvo rascando sus subterráneos huevos sin hacer nada, y también porque el imbécil que escribió la fábula que decía que la cigarra era una bohemia tekoreí y que toda hormiga era lo máximo porque se ganaba la miga de pan con el sudor de su frente era, realmente, un imbécil. Todo el mundo sabe que la cigarra es una obsesiva compulsiva, pobre infeliz, que se rasca donde no 1

Personaje imaginado por Ale Fretes y Chepi Giménez, y detallado posteriormente por una ronda de amigos fumados. Ésta es una interpretación, de lo que recuerdo. Malandro copyleft, el ninja está abierto a los relatos que se le ocurran a los perros, en la misma línea de su personalidad aquí esbozada.


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le pica, sólo para picarle los oídos a la gente de bien. O sea, sí, seguía siendo una cagada, pero no por las razones que exponía ese imbécil. Eso decían las hormigas en fila hasta que un chorro de orín les aguaba la puteada. Puteaban por ende más, pero el ninja pynandí no les hacía caso. Estuvo chupando toda la siesta, como de costumbre; pero, como el ninja pynandí era ninja, podía atajarse la meada hasta que dejaba de chupar y, entonces, de un solo disparo interminable podía inundar tu casa, de modo que los perros le pedían que hiciera uso de sus habilidades ninja para saltar al techo y mear en la canaleta o, en todo caso, si estaba muy tatare y podía romper las tejas, que mejor saliera a la calle a orinar sobre el veinte por ciento de la colonia tekoreí de hormigas que ese día, para su desgracia, tuvo que laburar. -Ninja hijo de puta, kaurapó de mierda, andá a laburar y meale a tu abuela, pelotudo.


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Eso le gritaban las hormigas. A veces el ninja pynandí, que les escuchaba clarito, claro, porque era ninja, se dignaba en responder: -Perdón, hormigas, pero yapiró. Y seguía meando hasta que todas terminaban ahogadas. Más o menos esto era lo que hacía el ninja pynandí, en el interín que respiraba aire o tragaba birra. Quizás el ángulo o el color cambiaban pero en el fondo siempre era lo mismo. Era orín y tenía mal olor. Chupaba todo el día y después meaba sobre tu cabeza, a vos que te matabas laburando todo el puto día, para así poder seguir chupando y meando sobre la cabeza de alguien más que laburara todo el puto día. Era increíble. Lo que pasa es que era ninja. Por imposible que parezca, alcoholizado y todo, podía saltar más alto que tu cabeza, la cual quedaba a merced de la precisa,


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que era su pija. Ahí le aplicaba una de las suyas: -Paraguayo nunca mea solo. Y se cagaba de risa. Una risa kachia’i. Vos le querías asesinar pero, impotente, le decías: -Entiendo, pero yo no estoy meando. Y mientras abrías la boca para pronunciar estas palabras de protesta un poco del líquido que chorreaba por tu cara te entraba en la boca. Entonces te dabas cuenta que eras su compañero de meada, quiérase o no. Te dabas cuenta que él era paraguayoité y que vos le acompañabas, mientras meaba, porque vos también estabas ahí, sólo que debajo. O sea que no estaba solo. O sea que él tenía razón. Él era ninja. Vos no. Casi nunca se veía obligado a usar el machete que colgaba de su espalda, le bastaba agazaparse sobre la rama de un mango hasta cagarte la


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existencia. Le terminabas dando tu plata, tu celular, tu champión, tu pelo largo que ibas a vender en la peluquería por un millón doscientos. Dejabas todo ahí, a lado del árbol, como si fuera una ofrenda al pombero. Es que, sí, la verdad es que era una ofrenda al pombero, que no fue otra cosa que un ninja pynandí de antaño, un peajero cualquiera, del monte, un extorsionista mitológico. En síntesis, otro hijo de puta más, redundante. Pero, de vez en cuando, aparecía un contrera y el ninja pynadí tenía que ganarse el trago con el sudor de su frente, que luego se secaba con el pañuelo colorado o, si éste estaba atado alrededor de su boca y nariz por debajo de los ojos, como acostumbran los ninjas de las películas, usaba su remera blanca agujereada que decía: "Icho Planás intentedente". Aparecía entonces el opositor éste, típico contrera que le buscaba la quinta pata al gato, al perro, a todo, hasta a las cosas que sólo tenían dos o a los minusválidos que


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no tenían. El ninja pynandí le descargaba encima esperando tranquilamente que el person dejara sus pertenencias y este idiota, en vez de facilitar las cosas, levantaba su jeta mandaparte y abría la boca. Mientras tragaba, gritaba sus consignas, que sonaban más bien a gárgaras: -¡Resis-glug-tencia civil glug-coprofílica! Abajo el glug-capitalismo y viva el Che. Glug. -Mba'e glug pio, nde cheboludo infeliz. Y el ninja pynandí saltaba, giraba, daba tres vueltas carnero y, si no tenía ganas de limpiar después su machete con su remera de Icho Planás, caía arrodillado y lanzaba su estrella ninja, de color blanco, que zumbaba velozmente hasta clavarse en el rojo corazón de ese comunistacateura. La sangre empezaba a caer y, mientras la camisa del fiambre absorbía color, se iba dibujando la bandera colorada, adornada con estrella y todo, que ahí se quedaba para gloria del


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glorioso. Lindo espectáculo. -¡Viva el glorioso partido colorado! -Hip. -Hip. -Hip, perdón, tengo hipo. -¡Hurra! Así celebraban los vagos del barrio, mientras chupaban fiado en la vereda frente a la despensa, cuando aparecía saltando de tejado en tejado el ninja pynandí, como gato con panza de cervecero, rompiendo todo, para finalmente caer exactamente en la silla de cable rojo que se reservaba siempre vacía por si él aparecía. Todo despensero sabía que tenía que caer en el acto un cajón, mitad gratis, mitad pagada con la plata del meado, o del estrellado. No había tipo más calidad que el ninja pynandí.


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36 No al Che, Sí al Nde The revolution will not be televised. Gil Scott-Heron Nde Guevara hizo su revolución esperándote detrás de las esquinas. Genio del camuflaje, era un tipo preparadísimo para la guerrilla urbana. Vos doblabas sin preocupaciones y te encontrabas frente a su cara pegada a la pared. Cara de stencil. Vos tranquilo, los muros de la ciudad estaban llenos de estas boludeces de los bolches, pero de repente su mano salía mágicamente de la pared y te agarraba muy fuerte del brazo. Te decía: -¡Nde! -¡¿Eh?! ¿Qué pio? -respondías asustado al darte cuenta que no era pintura. -¿Nde pio capitalista? -¿Qué? -Capitalista. -No, ¿qué lo que decís?


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-No seas bola, nde. -Que no te digo. Mirá, no tengo un peso. -¿Y qué vamos a hacer entonces? -Y yo qué sé, ¿la revolución? -Eh... ¿a cuántas revoluciones anda tu llanta? -Ndera, ¿querés que ande descalzo pio? -¿Tenés vergüenza o qué? La revolución ko no va a salir en la tele, nde. Poco tiempo después, Nde Guevara y varios de sus seguidores arrojaban cientos de championes, en su mayoría robados, al presidente imperialista que estaba de visita. El hecho de que varios tuvieran mal olor, o incluso que le acertaran unos cuantos, pasó desapercibido, lo cual era comprensible: hace tiempo y en otro país alguien lo había intentado sin éxito con un zapato, por lo demás propio, y ya entonces el gesto había tenido más que suficiente repercusión. Pero ahora, qué le vas a hacer, la revolución no fue televisada: era poco original. Vos fuiste de los pocos boludos que esperaron con ansias frente a la pantalla. Callado,


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tenĂ­as la vana esperanza de que tu Topper, caĂąo alto y revolucionario, volara como es debido y reventara el ojo de ese cerdo capitalista.


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37 La hora de la empanada La hora de la empanada: todos los albañiles salen a la vereda. La mayoría las acompaña con pancito y Coca de litro en botella de vidrio, porque el sabor es distinto a la que viene en botella de plástico. Las mujeres parecen botellas de Coca, canta El General, un tipo con voz de retardado rodeado de mujeres, en su videoclip, y seguro que también en la vida real, dado el caso que haya sabido administrar la plata recaudada con sus antiguos éxitos, lo cual parece improbable si lo juzgamos meramente por la voz; no importa, el asunto es que al escucharla querés morirte o arrojarle una botella de Coca Cola en la cabeza. La de vidrio, claro, aunque si tiene que ser de plástico al menos que esté llena. A los albañiles no les hace ninguna falta que le canten que las mujeres parecen botellas de Coca,


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lo saben, ni tampoco que con las de antes, de vidrio, después de beberlas queda mejor sabor de boca que con las de ahora, de plástico; mujeres de vidrio y de plástico, esto es. De todos modos, los albañiles piropean a todas. Cuando van a pasar por la vereda que está frente a una obra en construcción las mujeres, en especial las de plástico, levantan la nariz para activar el mecanismo que cierra las orejas, y cruzan la calle. Ahora bien, lo que pasa es que al alzar la nariz también se alzan los ojos -esto en general es anatómicamente inevitable-, y justo enfrente a la obra hay un enorme cartel, allá arriba, que publicita un producto femenino. El problema es que la modelo que sostiene o está utilizando el producto no sólo es de plástico, sino que además es de un plástico inalcanzable. No importa cuánto se esfuerce la mujer que ha cruzado la calle: químico, bisturí, tereré con apio y esa bicicleta


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que no se va a ninguna parte. Todo es inútil, y ella lo sabe. Al respingar la nariz, clausurando las orejas, ha dejado indefensa la mirada, permitiendo que la imposibilidad de llegar a ser como la usuaria del producto se impregnara en sus ojos bien abiertos, de modo que ahí la vemos caminando, con el culo y la nariz bien arriba, y la autoestima en sentido contrario, rápidamente acercándose a la vereda, a esa que está opuesta a la de la obra donde están comiendo esos puercos albañiles, dios la guarde, no sea que mientras se llevan a la boca la empanada y se les derrama una gota de aceite y un trozo de locote sobre la remera agujereada, comparen el órgano sexual de ella con el alimento que ingieren. Típico. Valle, sagua'a, pila, así murmurará ella según sea la edad que tenga. El único inconveniente es, como dijimos, que en este momento su vanidad acelera en picado como un avión que parece kamikaze, aunque en realidad se le ha apagado el motor, que es justamente el


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objetivo del anuncio: que toque fondo y se rompa en pedacitos, ya que la única manera de unirlos de vuelta será comprando el producto. Y eso que éste nunca es pegamento, literalmente, aunque eso hasta podría llegar a ser interesante. Por lo tanto, la mujer está a punto de decidir la compra, sintiéndose fea, y gorda, deprimente situación que la obliga a bajar automáticamente la cabeza con tristeza, sólo un poco, y ¡zas!, se le destapan las orejas y un coro de ángeles vulgares acude al rescate desde la vereda de enfrente: mamita, bombón, bebé y hasta referencias a tu empanada, mi amorrr, que ni el peor eufemismo te molesta, porque por dentro te hacen sonreír, aunque sin quitarte la cara de culo, claro, que eso es etiqueta. Lo cierto es que no corrés a comprar ese producto carísimo cuyo fabricante, entre otras cosas, ha gastado un dineral en hacerte sentir como la mierda, así que mejor usás la plata para hacerte un brushing y, de paso, le preguntás a la peluquera qué otro está mejor y es más barato. Ella te recomienda uno que hace su comadre,


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artesanalmente, y que sĂ­, viene en botella de vidrio, pero que no, no de Coca.


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38 La ética magnética y el esfínter del capitalismo, por Max Webo. En cierta región vivía la gente más haragana de la que se tuvo noticia: de nacimiento, todos tenían un pesado imán en el culo. Se quedaban sentados en el suelo, día tras día. La mayoría de los frutos se pudrían y algunos animales solían morir por mero descuido. Luego éstos también se pudrían. A nadie parecía importarle demasiado el hedor. Asimismo, había hamacas. Un día, alguien de nariz quisquillosa decidió tomar cartas en el asunto y modificar las apacibles condiciones de vida de la población. No hubo impedimento para tamaña empresa, nadie tuvo ganas de levantarse y decirle que no. Instaló placas de metal sobre los techos y, siendo que todos tenían un imán en el culo, acabaron con la cabeza colgando, pegados de súbito al cielo raso, observando el mundo del revés. En ese momento,


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a decir verdad, nadie tuvo ninguna epifanía que esa modificación de la perspectiva bien podría haberles provocado, con excepción de los pensamientos derivados a la hora de evacuar boca abajo. Ahora bien, es un hecho que la cabeza carece de músculos para bombear de regreso el exceso de sangre acumulada a causa de la fuerza de gravedad; en consecuencia, para compensar tal situación, el resto del organismo debe hacer el doble de esfuerzo para irrigar las extremidades inferiores. La gente sudaba enrojecida, toda al mismo tiempo, cosa que nunca antes había sucedido. Los habitantes se enfrentaban así a un complicado dilema: el costo calórico de no hacer nada resultaba considerablemente superior al de la actividad. Para descansar, entonces, no quedaba más que trabajar, agarrarse del techo, o sea del suelo, y trabajar. Es una contradicción, por


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supuesto, pero cuando uno lleva una latosa barra magnética en el trasero no tiene mucho con qué negociar. De todas formas, la economía empezó a mejorar. La gente laburaba aunque les diera calambre y pronto la producción nacional excedió por mucho las necesidades internas, razón por la que no quedaba más opción que persuadir, en buena onda o del revés, a los demás países para que consumieran los productos de sus nalgas hiperactivas. Se convirtieron en potencia. En otras latitudes distribuyeron entre sus ciudadanos largos y gruesos imanes, suficientes para levantar el peso de un adulto, con la esperanza de que tuvieran la mente abierta, entre otras cosas. Uno podía ver a sus amigos, aquellos con ansias de progreso al menos, caminar chuecos con los ojos entrecerrados y el ceño fruncido, mientras trabajaban activamente con la mirada puesta en un futuro menos incómodo. La religión protestante vio en peligro su papel en la historia. Ordenó a sus feligreses utilizar un crucifijo


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magnético porque, si había que hacerlo, al menos que fuera Él y no cualquier cuerpo extraño.

*** noviembre 2009 nicogranada@gmail.com


La elegancia y lo demás  

Cuentos y microcuentos de Nicolás Granada, 2008/2009.

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