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EL LEGADO SYRENA #1

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SINOPSIS

G

alen, príncipe de los Syrena, busca en tierra a una chica que, según ha oído, puede hablar con los peces. Es mientras Emma está de vacaciones en la playa

que conoce a Galen. Aunque su conexión es inmediata y poderosa, Galen no está plenamente convencido que Emma sea la chica que está buscando. Eso es, hasta que un encuentro mortal con un tiburón prueba que Emma y su don pueden ser lo único que salve a su reino. Necesita su ayuda… sin importar el riesgo.

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1 Traducido por Phoebe

CHOCO CONTRA él como si me hubieran empujado por detrás. Él no se mueve, ni un centímetro. Sólo sostiene mis hombros y espera, quizá esté esperando que recobre el equilibrio, quizá esté esperando que recupere mi orgullo. Espero que tenga todo el día. Oigo a la gente que camina por el muelle, y me los imagino observando. En el mejor de los casos, piensan que conozco a este chico y que nos estamos abrazando. En el peor de los casos, me vieron tambalear como una morsa drogada hacia este completo extraño porque miraba hacia abajo en busca de un lugar donde dejar nuestras cosas de playa. En cualquier caso, él sabe lo que pasó. Él sabe por qué mi mejilla está aplastada contra su pecho desnudo. Y hay una evidente humillación que espera a cuando me atreva a elevar la vista hacia él. Le echo una ojeada a las opciones que pasan por mi cabeza como un libro abierto. Opción uno: correr tan rápido como mis sandalias me lo permitan. La cosa es que tropezar con ellas es parcialmente responsable de mi actual dilema. De hecho, una de ellas falta; probablemente se atoró en una grieta del muelle. Apuesto a que Cenicienta no se sintió así de estúpida; pero bien pensado, ella no era tan torpe como una morsa drogada. Opción dos: pretender que me he desmayado. Ponerme laxa y todo; babear, incluso. Pero sé que no va a funcionar porque mis ojos aletean demasiado como para fingir, y además, la gente no se sonroja cuando está inconsciente. Opción tres: rezar por un rayo. Uno mortal, de esos a los que se siente venir porque el aire se estremece y la piel hormiguea—al menos eso dicen los libros de

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ciencias. Podría matarnos a ambos, pero en serio, él debería haberme prestado más atención a mí cuando vio que yo no estaba prestando nada de atención. Durante un segundo, creo que mis plegarias son respondidas porque sí siento un hormigueo por todos lados: se me pone la piel de gallina y mi pulso se siente como electricidad. Entonces me doy cuenta: proviene de mis hombros, de sus manos. Última opción: por amor de Dios, despegar mi mejilla de su pecho y disculparme por la embestida atrevida, luego, alejarme cojeando sobre mi única sandalia antes de desmayarme. Con mi suerte, el rayo sólo me lisiaría, y él de todas formas se vería obligado a cargarme a algún lado. Por lo tanto: hazlo ahora. Me alejo cuidadosamente de él y miro hacia arriba. El fuego en mis mejillas nada tiene que ver con que haya una temperatura de 27 grados centígrados bajo el sol de Florida, y sí todo que ver con el hecho de que acabo de tropezarme con el chico más atractivo del planeta. Fabulantástico. —Est… ¿Estás bien? —pregunta él, con incredulidad. Creo que puedo ver la forma de mi mejilla hendida en su pecho. Asiento. —Estoy bien, estoy acostumbrada a esto. Lo siento. Me sacudo sus manos, dado que no las aparta de mis hombros. El hormigueo permanece, como si dejara una parte de sí mismo en mí. —¡Por Dios, Emma! ¿Estás bien? —Chloe me llama desde atrás. El calmado zapateo de las sandalias de mi mejor amiga sugiere que no está tan preocupada como suena. Como la corredora estrella que es, ya estaría a mi lado si pensara que estoy herida. Suelto un quejido y volteo hacia ella, sin sorprenderme que esté sonriendo tan ampliamente como el ecuador. Sostiene mi sandalia, que intento no arrancarle de la mano. —Estoy bien. Todo el mundo está bien. —digo. Giro de vuelta hacia el chico, quien parece volverse más deslumbrante con cada segundo que pasa—. Tú estás bien, ¿verdad? ¿Sin huesos rotos ni nada?

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Él parpadea y asiente levemente. Chloe deja su tabla de surf contra la baranda del muelle y le tiende la mano, que acepta sin quitar sus ojos de mí. —Soy Chloe y esta es Emma —nos presenta—. Usualmente traemos su casco, pero esta vez lo dejamos olvidado en la habitación del hotel. Yo ahogo un grito. También intento decidir qué tipo de flores le llevaré a su funeral después que la estrangule hasta que la vida abandone su cuerpo. Me debería haber quedado en Jersey, como dijo mamá. No tendría que haber venido aquí con ella y sus padres. ¿Qué tenía que hacer yo en Florida? Vivimos en la costa de Jersey; si ya viste una playa, las viste todas, ¿no es cierto? Pero noooooo. Tenía que venir y pasar lo que quedaba de verano con Chloe, porque este sería nuestro último verano juntas antes de la universidad y bla, bla, bla. Y ahora se está vengando de mí por no haberla dejado usar mi identificación para hacerse un tatuaje la noche anterior. ¿Pero qué esperaba? Yo soy blanca y ella es negra. Y ni siquiera tengo un buen bronceado, soy blanca al estilo turista canadiense. Si el tipo puede confundirla a ella conmigo, entonces, no debería hacerle a nadie un tatuaje, ¿verdad? Sólo la estaba protegiendo; pero resulta que ella no se da cuenta de eso. Puedo asegurar, por esa mirada en sus ojos—la misma que usó cuando reemplazó mi desinfectante de manos por lubricante íntimo—, que está a punto de tomar lo que queda de mi orgullo y patearlo como un burro. —Um, no nos dijiste tu nombre. ¿Te dijo su nombre, Emma? —pregunta ella, como si me diera pie. —Lo intenté, Chloe. Pero como no iba a decírmelo, lo tacleé —respondo yo, poniendo los ojos en blanco. El chico estira un poco los labios. Esta casi sonrisa da una pista de cuán roba aliento podría llegar a ser una real. El hormigueo aparece de nuevo y me froto los brazos. —Ey, Galen, ¿estás listo para…? Todos nos giramos hacia una chica pequeña de pelo negro que toca el hombro de él; se detiene a media frase cuando me ve. Incluso si estos dos no compartieran el

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mismo pelo corto y oscuro, los mismos ojos violetas y la misma piel perfecta y olivácea, yo sabría que eran parientes debido a su rasgo más dominante: su hábito de mirar fijamente. —Soy Chloe. Esta es mi amiga Emma, quien aparentemente acaba de darle un cabezazo a tu novio Galen. Estábamos a mitad de la disculpa. Me pellizco el puente de la nariz y cuento diez Mississippi, aunque cincuenta Mississippi parecen más apropiados. Esa cantidad me da más tiempo para fantasear sobre desbaratar una de las nuevas trenzas de Chloe. —Emma, ¿qué pasa? No te está sangrando la nariz, ¿verdad? —gorjea ella, disfrutando de la situación. El hormigueo se congrega en mi barbilla en el momento que Galen la levanta con el nudillo. —¿Te sangra la nariz? Déjame ver. —Ladea mi cabeza de un lado a otro mientras se inclina más cerca para tener una mejor visión. Y alcanzo mi umbral de la vergüenza. Tropezar es bastante malo; tropezar contra alguien es mucho peor, pero si ese alguien tiene un cuerpo que podría poner celosas a las esculturas—y piensa que te rompiste la nariz contra uno de sus pectorales—, bueno, ahí es cuando tropezar está a un segundo de la eutanasia. Él se queda claramente sorprendido cuando yo aparto su mano y doy un paso atrás. A su novia/pariente parece tomarle por sorpresa que yo imite su postura: brazos cruzados y ceño profundamente fruncido. Dudo que alguna vez ella se haya enfrentado al umbral de la vergüenza. —Dije que estoy bien. No hay sangre, ni daño. —Esta es mi hermana Rayna, —presenta él, como si la conversación se hubiera encaminado en esa dirección de manera natural. Ella me sonríe como si la estuvieran obligando a punta de cuchillo: con ese tipo de sonrisa que proviene puramente de los buenos modales; del tipo de las que le

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obsequias a tu abuela cuando te regala el suéter que estuvo tejiendo, del color de la calabaza podrida. Pienso en ese suéter ahora, mientras le devuelvo la sonrisa. Galen mira la tabla de surf abandonada contra el barandal de madera. —Las olas de por aquí no son muy buenas para surfear. La charla no forma parte de sus dones. Al igual que su hermana, se siente obligado por los buenos modales; pero, al contrario que ella, no hay hostilidad debajo, sólo incomodidad, como si estuviera fuera de práctica. Como parece que está haciendo el esfuerzo por mi bien, coopero. Finjo contemplar las crestas esmeralda del Golfo de México, de las olas que chapotean perezosamente contra la costa. Un hombre hundido en el agua hasta la cintura sostiene a un pequeño sobre su cadera, y salta con el oleaje cuando llega a su máxima altura. Comparadas con las olas de casa, la marea de aquí me recuerda a los niñitos paseando en la feria. —Lo sabemos. Sólo la traemos para flotar —dice Chloe, sin importarle que Galen en realidad me estuviera hablando a mí—. Nosotras somos de Jersey, así que sabemos cómo luce una verdadera ola. Cuando ella da un paso al frente, Rayna da uno hacia atrás. —¡Ey, eso es raro! —exclama mi amiga—. Ustedes dos tienen el mismo color de ojos que Emma. Nunca antes había visto algo así, siempre pensé que se debía a que ella es monstruosamente pálida. ¡Ay! Eso va a dejar una marca, Emma —se queja ella, frotándose sus recién pellizcados bíceps. —Genial, eso espero. —espeto yo. Quiero preguntarles acerca de sus ojos—el color parece más bonito en contraste con el tono oliváceo de la piel de Galen—, pero Chloe ha descalabrado todas mis oportunidades de recobrarme de la vergüenza. Tendré que estar satisfecha de que mi papá—y Google—estuviera equivocado durante todo este tiempo; mi color de ojos simplemente no puede ser tan raro. Claro, él practicó la medicina hasta el día que murió, dos años atrás. Y seguro, Google nunca me ha decepcionado antes; pero, ¿quién soy yo para discutir contra la prueba viviente de que este color de ojos realmente existe? Nadie. Lo que es conveniente, ya que no quiero hablar más; no

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quiero forzar a Galen a ninguna otra conversación incómoda. Y no quiero darle a Chloe ninguna otra oportunidad de profundizar la oleada de calor en mis ardientes mejillas. Sólo quiero que este momento de mi vida termine. Me abro paso más allá de Chloe y agarro la tabla de surf. Como buen mérito, ella se apretuja contra la baranda mientras yo paso de vuelta. Me detengo ante Galen y su hermana y digo: —Fue un placer conocerlos a ambos. Siento haber chocado contra ti. Vámonos, Chloe. El chico parece querer decir algo, pero yo me aparto. Ha sido un buen tipo, pero no estoy interesada en entablar una discusión sobre la seguridad del nadador—ni de ser presentada a ningún otro pariente hostil suyo. Nada de lo que pueda decir cambiará el hecho de que el ADN de mi mejilla quedó untado en su pecho. Tratando de que no parezca una marcha, me abro paso entre ellos y me encamino escaleras abajo, hacia la inmaculada arena blanca. Escucho a Chloe detrás, que acorta la distancia entre ambas con una risita, y me decido por los girasoles para su funeral.

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2 Traducido por Phoebe

LOS HERMANOS se inclinan con los codos apoyados sobre la baranda, mientras observan cómo las chicas a las que acaban de conocer se quitan las camisetas para dejar a la vista sus bikinis y se meten al agua, con la tabla de surf flotando entre ambas. —Seguramente esté usando lentes de contacto —dice Rayna—. Se hacen lentes de ese color, ¿sabes? Él sacude la cabeza. —No está usando lentes de contacto. La viste tan claro como me estás viendo a mí. Ella es de los nuestros. —Estás loco. Ella no puede ser una de los nuestros. Mira su cabello, ni siquiera se lo puede llamar “rubio”, es casi blanco. Galen frunce el ceño. El color de pelo lo había confundido a él también… pero eso fue antes de haberla tocado. El simple contacto de sostener su brazo, cuando ella tropezó, dispersó cualquier duda. Los Syrena siempre son atraídos por los de su especie, lo que los ayuda a encontrarse unos a otros a través de kilómetros y kilómetros de océano. Usualmente esa atracción está limitada a transmitirse a través del agua, donde pueden sentir la presencia de uno de los suyos. Nunca ha oído nada sobre que haya ocurrido en tierra alguna vez—y nunca lo percibió con tanta fuerza, punto—pero sabe lo que sintió. Él no hubiera… no podría haber reaccionado de esa forma con un humano, especialmente teniendo en cuenta lo mucho que los desprecia. —Sé que es algo inusual… —¿Inusual? ¡Es imposible, Galen! Nuestros genes no vienen con la opción “rubia”.

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—Deja de ser tan dramática, ella es de los nuestros. Puedes ver lo mala que es siendo humana; pensé que iba a golpearse la cabeza contra la baranda. —Está bien. Supongamos que por una rara casualidad, ella descubrió cómo decolorar miles de años de genética de su pelo. Ahora explícame por qué está saliendo—no, vacacionando—con humanos. Está rompiendo la ley justo enfrente de nuestros rostros, chapoteando en el agua con su odiosa amiga humana. ¿Por qué, Galen? —Tal vez no sabe quiénes somos, —responde él, encogiéndose de hombros. —¿Qué quieres decir? ¡Todo el mundo sabe quiénes somos! —Obviamente no. Nunca la habíamos visto antes, ¿recuerdas? —¿Estás deshidratado? —resopla ella—. La chica puede ver nuestra marca, no es como si la estuviéramos escondiendo. —Quizás crea que es un tatuaje. —sugiere él. —¿Un qué? —Mira a tu alrededor, Rayna. ¿Ves las marcas en el tobillo de esa joven humana? —Señala hacia un hombre subiendo las escalinatas—. ¿Ves a ese macho? Tiene por todos lados marcas a las que los humanos llaman “tatuajes”. Puede ser que ella pensó… Rayna levanta la mano. —Para. Ella hubiera reconocido el tridente si fuera una de nosotros. Galen asiente. Rayna está en lo correcto. Un Syrena reconoce a alguien de la realeza por el pequeño tridente azul ubicado en sus estómagos—y, dado que ellos están vestidos para la playa humana, es visible en ambos en aquel preciso momento. Entonces, ella tiene cabello rubio—blanco—, y no los reconoce como miembros de la realeza. Sin embargo, él sabe lo que sintió. Y ella sí tiene los mismos ojos… —Ay, no. —gime Rayna. —¿Qué?

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—Estás poniendo esa cara. —¿Qué cara? —La cara que pones cuando piensas que estás en lo correcto. —¿Lo estoy? Observa a Emma, que está sentada a horcajadas sobre la tabla de surf, salpicando oleadas de agua salada a la cara de su amiga, sin piedad. Sonríe. —No iremos a casa, ¿verdad? —inquiere Rayna, apoyándose contra la baranda. —El doctor Milligan no suele llamar por cosas sin importancia. Si él piensa que algo es interesante, probablemente lo sea. Puedes irte si quieres, pero yo iré a investigar. El doctor Milligan es uno de los pocos humanos en los que Galen confía. Si el hombre pensara contarle a alguien acerca de la existencia de los Syrena, lo hubiera hecho el día en que Galen salvó su vida, hace tantos años atrás. En cambio, el doctor devolvió el favor negando haber visto alguna vez a Galen—incluso cuando sus compañeros de buceo llamaron a la prensa. Desde entonces, ambos construyeron su amistad compartiendo sushi, nadadas al atardecer y, lo más importante, información. Milligan es un oceanógrafo bien conectado y altamente respetado, además de ser el director del Gulfarium aquí en la costa; está en una excelente posición para monitorear las actividades de sus colegas de profesión. Cuando Galen recibió el día anterior el correo de voz urgente del doctor Milligan acerca de la Syrena rubia que visitaba el Gulfarium en forma humana, nadó hacia el golfo en un día. Si el doctor Milligan está en lo correcto en cuanto a las habilidades de Emma, había encontrado más que simplemente a una Syrena rompe reglas; el buen doctor podría haber hallado la llave para unir dos reinos. Pero dado que la discreción no es la especialidad de Rayna—cuando era más pequeña, solía incluso delatarse a sí misma—, Galen sabe que debe guardarse esa información en secreto. Además, tampoco está seguro de que él mismo se la crea. E incluso si decide creer, si llega a poder confirmarla, ¿Emma hará lo que debe? Y, ¿dónde ha estado? ¿Y por qué? Todo sobre Emma es un misterio. Su nombre no se

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originó con los Syrena, ni su pelo ni su piel. Y la forma en la que sus labios se tornaron rojos cuando se sonrojó casi lo dejó sin aliento. —¿Qué? —pregunta su hermana. —Nada. Despega su mirada de Emma. Ahora me tiene murmurando mis pensamientos en voz alta. —Te lo dije, estás perdiendo la cabeza —Rayna hace un sonido de arcadas y se retuerce las manos alrededor del cuello—. Esto es lo que va a hacerme nuestro padre si vuelvo a casa sin ti otra vez. ¿Qué debo decir cuando pregunte dónde estás? Cuando pregunte por qué estás tan obsesionado con los humanos. “Pero, padre, ésta es una bonita rubia con unos lindos lentes de contacto.” Galen frunce el ceño. —Va a lamentar no haberse interesado en ellos. Al menos Grom se muestra razonable al respecto, es sólo cuestión de tiempo antes de que nos descubran y… —Lo sé, lo sé —se queja su hermana arrastrando las palabras—. Sé cuánto odias a los humanos, rayos sólo estaba bromeando. Por eso es que te seguí, ¿sabes?, en caso de que necesites ayuda. Galen se pasa una mano por el cabello y se recuesta sobre la baranda. Su hermana melliza lo sigue a todas partes como si fuera un pez con ventosas, pero ser de ayuda no tiene nada que ver. —Mmm, ¿estás segura de que no tiene nada que ver con asentarte con…? —Ni siquiera lo digas. —Bueno, ¿pero que se supone que debo pensar? Ya que Toraf le pidió a padre tu… —¡Toraf es idiota! Toraf había sido el mejor amigo de ambos desde que habían nacido. Eso hasta que, recientemente, había dejado claras sus intenciones en cuanto a Rayna. Al menos

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había tenido el buen sentido de esconderse y esperar a que las amenazas de muerte por parte de ella cesaran; pero ahora ella le otorga algo peor que las amenazas: la completa indiferencia. Ninguna cantidad de súplicas o persuasión por parte de Toraf ha logrado ablandarla; pero ya que cumplió veinte esta primavera—dos años después de la edad normal de apareamiento—su padre no pudo encontrar ninguna buena razón como para no acceder a la unión. Toraf es un buen candidato y la decisión está tomada, independientemente que Rayna decida ignorarla o no. —Estoy empezando a creer que tienes razón. ¿Quién querría unirse con un animal salvaje? —dice Galen, sonriendo. —¡No soy un animal salvaje! Tú eres el que se aísla de todos, prefiriendo la compañía de los humanos sobre la de tu propia especie. —Es mi responsabilidad. —¡Porque tú lo pediste! Esto es verdad. Galen, robando un viejo dicho humano sobre mantener a tus amigos cerca y a tus enemigos aún más cerca, pidió permiso a su hermano mayor, Grom, para servir como embajador de clases ante los humanos. Éste, siendo el próximo en la línea al trono, estuvo de acuerdo en la necesidad de ser cuidadosos con los pobladores de la tierra. Le concedió a Galen inmunidad exclusiva ante la ley que prohíbe la interacción con humanos, reconociendo que un poco de comunicación podría llegar a ser necesaria para un bien mayor. —Porque nadie más lo haría —contesta Galen—. Alguien tiene que observarlos. ¿Realmente estamos teniendo esta conversación otra vez? —Tú empezaste. —No tengo tiempo para esto. ¿Te quedas o te vas? Ella se cruza de brazos y hace sobresalir su labio inferior. —Bueno, ¿qué planeas hacer? Yo digo que la arrestemos. —¿Nosotros? —Ya sabes a qué me refiero.

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—Supongo que lo mejor es que la sigamos por un rato y la observemos. — declara él, encogiéndose de hombros. Rayna empieza a decir algo, pero en cambio ahoga un grito. —Tal vez no tengamos que hacer eso, —susurra, con los ojos grandes como galletas de mar. Sigue la trayectoria de su mirada hacia el agua, donde una sombra oscura avanza con decisión debajo de las olas, en dirección a donde las chicas comparten su tabla de surf. Galen maldice en voz baja. Tiburón.

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3 Traducido por Brayan Calderon y Azhreik

SALPICO agua suficiente en la cara de Chloe como para apagar un incendio en una casa pequeña. No quiero ahogarla, sólo quiero exfoliar sus ojos con sal marina. Cuando ella piensa que he terminado, abre los ojos—y la boca. Gran error. La próxima ola enjuaga su úvula en la parte posterior de la garganta y llega a sus pulmones antes de que pueda tragar siquiera. Se atraganta, tose y se frota los ojos como si hubiera estado durmiendo. —¡Genial, Emma! ¡Conseguiste mojar mi nuevo cabello! —barbota—. ¿Ahora estas feliz? —Nop. —Te dije que lo sentía. —Se suena la nariz con la mano y luego arroja los mocos al mar. —Asqueroso. Y lo siento no es lo suficientemente bueno. —Bien, te lo compensaré, ¿Qué es lo que quieres? —Déjame sostener tu cabeza bajo el agua hasta que me sienta mejor. —Digo, cruzando los brazos. Lo cual es difícil cuando se está montando una tabla de surf que se balancea por la estela de una lancha rápida que pasa. Chloe sabe que me pone nerviosa estar tan lejos, pero aferrarme a la tabla sería un signo de debilidad. —Voy a dejar que hagas eso, porque te quiero. Pero no te va a hacer sentir mejor. —No lo sabremos con seguridad hasta que lo intente. —Mantengo contacto visual y me siento un poco más erguida.

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—Bien. Pero aún seguirás luciendo albina cuando me dejes levantar. —Mece la tabla y hace que me agarre para equilibrarme. —Saca tus mocosas manos de la tabla de surf, y no soy albina, sólo blanca. — Quiero cruzar los brazos otra vez, pero casi nos volcamos esta vez. Tragarme el orgullo es mucho más fácil que tragar el Golfo de México. —Más blanca que la mayoría —Ella sonríe—. La gente pensaría que estás desnuda si llevaras mi traje de baño. —Echo un vistazo al bikini de tirantes blanco, que contrasta hermosamente con su piel de leche chocolatada. Me atrapa mirándola y se ríe. —Bueno, tal vez podría broncearme mientras estamos aquí. —digo, ruborizada. Siento que me ablando y odio eso. Sólo por esta vez, quiero permanecer enojada con Chloe. —Querrás decir que tal vez podrías conseguir una quemadura mientras estamos aquí. Por cierto, ¿te pusiste protector solar? Niego con la cabeza. Ella también sacude la cabeza, y hace un sonido de chasqueo, idéntico al de su madre. —No lo pensaste. Si te hubieras puesto, te habrías resbalado inmediatamente del pecho de ese chico, en lugar de quedarte pegada de esa manera. —Lo sé, —gimo. —Tiene que ser el hombre más ardiente que he visto en mi vida, —dice, abanicándose para enfatizar. —Sí, lo sé. Choque contra él, ¿recuerdas? Sin mi casco, ¿recuerdas? Ella se ríe. —Odio decírtelo, pero él todavía está mirándote. Él y su hermana grosera. —¡Cállate! Suelta una risita. —Pero en serio. ¿Cuál de ellos crees que ganaría en un concurso de miradas? Iba a decirle que se reuniese con nosotros esta noche en

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Baytowne, pero podría ser del tipo acosador empalagoso. También es una lástima, hay un millón de rinconcitos oscuros en Baytowne para que ambos se acurruquen… —Oh-por-todos-los-cielos, Chloe, ¡alto! —Me río y tiemblo, al mismo tiempo, y sin querer me imagino caminando por la villa de Baytowne Wharf con Galen. La villa es exactamente eso; un pueblito tranquilo de tiendas turísticas en medio de un campo de golf en la playa. Al menos durante el día, aunque por la noche... ahí es cuando los clubs de baile despiertan y abren sus puertas a todos los fiesteros bronceados que rondan con sus daiquiris por los andadores adoquinados. Galen se vería muy bien bajo las luces parpadeantes, incluso con camisa puesta.... Chloe sonríe. —Ajá. Ya estás pensado en ello, ¿eh? —¡No! —Ajá. Entonces ¿por qué tus mejillas están rojas como la salsa picante? —¡No-oo! —Me rio y ella también. —Entonces, ¿quieres que vaya a pedirle que se reúna con nosotras? Asiento. —¿Cuántos años crees que tiene? Se encoge de hombros. —No aterradoramente mayor, pero lo suficiente para que yo le signifique cárcel. Por suerte para él, tú acabas de cumplir 18…. lo que… ¿me acabas de patear? —Mira el agua, pasa la mano sobre la superficie como para ver mejor—. Algo me golpeó. Pone las manos alrededor de sus ojos y los entrecierra, inclinándose tan cerca que una buena ola podría golpear su barbilla. La concentración en su rostro casi me convence, casi, pero yo crecí con Chloe—hemos sido vecinas desde tercer grado. Me he acostumbrado a las serpientes de goma falsas frente a mi puerta, sal en el tarro de azúcar y envoltura de plástico extendida por todo el asiento del inodoro—bueno, en realidad, mamá fue víctima de esa. El punto es que Chloe ama las bromas casi tanto como ama correr. Y esto sin duda es una broma. —Síp, te pateé, —le digo, rodando los ojos.

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—Pero… pero no puedes alcanzarme, Emma. Mis piernas son más largas que las tuyas y no te alcanzo… ¡Ahí está de nuevo! ¿No sentiste eso? Yo no lo sentí, pero vi la sacudida de su pierna. Me pregunto cuánto tiempo ha estado planeando esto. ¿Desde que llegamos aquí? ¿Desde que nos subimos al avión en Jersey? ¿Desde que cumplimos doce? —Sí, claro, Chloe. Vas a tener que hacer algo mejor que eso si… Su grito hiela la sangre; sus globos oculares están casi fuera de su órbita, y las arrugas de su frente se ven como escaleras. Agarra su muslo izquierdo, apretándolo tanto que una de sus uñas postizas se zafa. —Basta, Chloe! ¡Esto no es divertido! —Me muerdo el labio, tratando de mantener mi demostración de indiferencia. Otra uña se zafa. Se estira hacia mí, pero no me alcanza. Su pierna se sacude adelante y atrás en el agua, y grita de nuevo, sólo que mucho, mucho peor. Agarra la tabla con ambas manos, pero sus brazos tiemblan demasiado para permanecer sujeta. Lágrimas reales se mezclan con el agua de mar y el sudor de su cara. Sus sollozos vienen en grandes bocanadas, como si no pudiera decidir si quiere llorar o gritar de nuevo. Y yo me convenzo. Me lanzo, sujeto su antebrazo, y la retengo junto a la tabla. La sangre nubla el agua a nuestro alrededor y, cuando ella la ve, sus gritos se vuelven frenéticos, inhumanos. Entrelazo mis dedos con los suyos, pero apenas me devuelve el agarre. —¡Agárrate de mí, Chloe! ¡Levanta tus piernas sobre la tabla! —No, no, no, no, no, no, no, —solloza, ahogándose entre respiraciones. Todo su cuerpo tiembla, y sus dientes castañetean, como si de alguna manera estuviéramos a la deriva en el océano Ártico. Y la aleta es todo lo que veo. Nuestras manos se separan, grito mientras la tabla de surf se inclina y Chloe es arrancada de ella. El agua amortigua su grito cuando la jala bajo la superficie. Quedan los rastros de sangre conforme ella se convierte en una sombra, yendo a más y más profundidad, más lejos de la luz, del oxígeno, de mí.

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ANNA BANKS —¡Tiburón!

DARK GUARDIANS ¡Tiburón!

¡Ayuda!

¡Alguien

que

por

favor

nos

ayude!

¡Tiibuuuroooón! Agito los brazos y grito, doy patadas y grito, reboto arriba abajo en la tabla de surf—y grito y grito y grito. Me bajo de la tabla, la paro en el aire y la agito con todas mis fuerzas. El peso me empuja hacia abajo y el terror y el agua me envuelven. Por un segundo, tengo cuatro años otra vez y me estoy ahogando en el estanque de mi abuela. El pánico se apodera de mí como lodo pegajoso, pero a diferencia de entonces, estoy atada a la realidad. No me desprendo; no dejo que mi imaginación tome el control. No sueño con un bagre y una lobina rayada empujándome a la superficie, rescatándome. Tal vez es porque soy mayor, tal vez es porque la vida de alguien más depende de que permanezca calmada. Cualquiera que sea la razón, mantengo sujeta la tabla de surf y me empujo hacia arriba, tragándome parte de una ola cuando emerjo. El agua salada me irrita la garganta aun cuando el aire fresco me hace expulsarla. Las personas en la orilla son motas, se mueven como pulgas sobre un perro. Nadie me ve, ni los que toman el sol, ni los que nadan cerca de la orilla, ni las mamás que buscan conchas con sus niñitos. No hay botes, ni jet ski cerca; sólo agua, cielo y el sol del atardecer. Mis sollozos se convierten en hipo que me quema los pulmones. Nadie puede oírme, nadie puede verme, nadie va a venir a rescatar a Chloe. Empujo la tabla de surf hacia la orilla. Si las olas la llevan hasta allí, tal vez alguien verá que su propietario no regresó con ella, tal vez incluso recordarán a las dos chicas que la traían, y tal vez nos buscarán. Muy en el fondo, siento que estoy observando mi vida alejarse flotando sobre esa tabla brillante. Cuando escruto el agua bajo mí, siento que estoy observando la vida de Chloe alejarse flotando junto con ese débil rastro de sangre, borrosa y débil tras cada ola. La opción está clara. Meto en mis pulmones todo el aire que puedo sin que se salga y entonces me sumerjo.

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4 Traducido por Silvifu

DEMASIADO TARDE. Tan rápido como es, Galen llega demasiado tarde. Se impulsa a través de la corriente, mientras el suelo del golfo se inclina más y más. Cada vez que oye los gritos desesperados de Emma, se impulsa con mayor fuerza, más fuerte de lo que nunca se había impulsado antes. Pero él no quiere verlo, lo que fuera que le estuviera pasando para hacerle gritar así, no quiere verlo. A estas alturas sabe que esos gritos le perseguirán para siempre, no quiere añadir a su tormento la visión de los sucesos. Chloe ya ha dejado de gritar; no quiere pensar en lo que eso significa. Y se niega a pensar cuánto tiempo ha pasado desde que ha dejado de oír a Emma. Aprieta los dientes y atraviesa el agua tan rápido que no puede ver delante de él. Finalmente, finalmente las encuentra. Y llega demasiado tarde. Gime cuando ve a Emma, que aferra el brazo flácido de Chloe, tira, lo jala y lo retuerce, luchando para sacar a su amiga de las fauces del tiburón toro. No ve que cada sacudida, cada tirón, cada centímetro que ella gana sólo desgarra más carne de la pierna de Chloe; y no ve que su amiga dejó de pelear hace mucho. Ella y la bestia están en guerra. El tiburón se agita y se retuerce, imitando las acciones de ella, y llevándolos a ambos hacia aguas más profundas, pero Emma no lo va a dejar ir. Galen mira alrededor, alerta por otros contrincantes que la sangre podría atraer. Pero la bruma de color rojo se está disipando—Chloe está casi drenada. ¿Por qué Emma no cambia? ¿Por qué no salva a su amiga? Las dudas se entremezclan con remordimientos. Se traga la erupción de bilis que se eleva por su garganta, Rayna tiene razón. Ella no es uno de ellos, si lo fuera, habría salvado a su amiga. Habría cambiado, habría llevado a Chloe a un lugar seguro; todos los Syrena sanos pueden nadar más rápido que un tiburón.

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Estaba equivocado. Emma es humana, lo que significa que necesita oxígeno. Ahora. Empieza a dirigirse hacia ella, pero se detiene. Los minutos que ha estado luchando con el tiburón deberían haber minado sus fuerzas, pero sus tirones se están volviendo más fuertes. Algunas veces, incluso le hace avanzar hacia aguas menos profundas. Le está plantando cara a un tiburón toro. Galen recuerda al Doctor Milligan decir que los humanos producen algo llamado adrenalina, lo que los hace más fuertes, les da más energía cuando lo necesitan para sobrevivir. Tal vez el cuerpo de Emma está produciendo adrenalina adicional... ¿Por qué piensas en ello? Incluso si es adrenalina, ella es humana. Necesita ayuda. ¿Y dónde está Rayna? Debería estar aquí ahora, con esos inútiles humanos que se llaman a sí mismos salvavidas. Salvavidas que se sientan en sus altas sillas de madera, y mantienen una escrupulosa vigilancia sobre la playa para que nadie con bikini se ahogue en la arena blanca. Galen no tiene tiempo para esperar a ningún salvador adolescente. Incluso si Emma está produciendo suficiente adrenalina para estar aquí abajo, es un milagro que el tiburón no se haya rendido con Chloe y la haya atacado a ella. De nuevo comienza a acercarse, y por segunda vez, se detiene. Es sólo que… ella no parece necesitar ayuda. Su pálida cara esta contorsionada en una mueca de enfado, no de miedo, no de angustia, sólo de furia. Su pelo blanco flota a su alrededor como un aura, sacudiéndose en reacción retardada con cada uno de sus movimientos, gruñe y gruñe frustrada. Los ojos de Galen se abren mientras ella levanta la pierna para patear. Sus piernas humanas no son lo suficientemente potentes como para hacer daño; el agua frena el movimiento, mitiga la fuerza del golpe. Aun así, consigue golpear en el ojo, y el impacto es suficiente para hacer que la bestia se aleje. No se va, sólo rodea a las chicas en un amplio círculo, y luego nada directo hacia ellas. Galen carga. Es el más rápido de su especie, puede llegar a ella antes que el tiburón, llevársela, y probablemente incluso cambiar de nuevo a su forma humana antes que ella lo vea. Pero ¿por qué molestarse en cambiar de nuevo? Está en forma

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mimética en estos momentos, su piel imita el agua a su alrededor. Lo único que vera es un pegote acuoso llevarla hasta la orilla. Incluso si él se des-mimetiza, si se deja ver, nadie la creerá si lo cuenta. Le insistirán que perdió la consciencia, ha bebido demasiada agua de mar, que estaba demasiado traumatizada para saber lo que vio. Pero él quiere que ella lo sepa, quiere que lo vea. Por alguna razón sin sentido, él quiere que Emma le recuerde; porque esta será la última vez que la verá. No hay necesidad de seguirla, de vigilarla. Después de hoy no tiene interés en ella. Una humana no puede unificar a su pueblo, ni siquiera una despampanante. ¿Despampanante? Rayna tiene razón… ¡Te has vuelto loco! Gime y acelera. El grito de Emma casi hace que se atragante. —¡Alto! —grita. Galen se detiene, pero Emma no le habla a él. Está hablando con el tiburón. Y el tiburón se detiene. Emma envuelve los brazos alrededor de Chloe y la abraza contra su pecho, apartando a su amiga del ataque. —¡No puedes tenerla! ¡Déjala en paz! ¡Déjanos a las dos en paz! El tiburón se da la vuelta, se va como si estuviera de mal humor. Galen jadea, lo observa hasta que el suave vaivén de la cola desaparece en la distancia. Trata de comprenderlo. Porque sabe, sabe con total certeza, que los tiburones toro no se retiran. Agresivos y despiadados, son unas de las criaturas más temidas entre los Syrena y seres humanos por igual, los más propensos a atacar a los jóvenes de una u otra especie. Y éste sencillamente cedió su comida, su presa por derecho. La atención de Galen vuelve a Emma cuando oye su sollozo ahogado. Todavía está sujetando a Chloe, y se están hundiendo. Emma patea y bracea con el brazo libre; su rostro no está enfadado, pero está lleno de angustia, miedo, agotamiento. Emma luce como un ser humano normal. Galen oye un ruido que se acerca, el suave repiqueteo de un barco cada vez más cerca. Rayna, ¿pero, llegará a tiempo? Cada segundo que pasa se drena el espíritu de

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lucha de Emma. Su patear se vuelve errático, su brazo se mueve sin ningún objetivo claro. Galen está paralizado por la indecisión. Ella no es humana—no lo puede ser. La adrenalina puede ayudar a un ser humano a aguantar la respiración, pero no durante tanto tiempo. Además, los seres humanos no hablan bajo el agua, en especial considerando que al hacerlo sacrifican preciado oxígeno. Y los tiburones toro no retroceden ante seres humanos—especialmente una tan insignificante como Emma; sin embargo, tampoco retroceden ante los Syrena. A menos que el Doctor Milligan tenga razón, a menos que Emma tenga el don de Poseidón. Pero si es una Syrena ¿por qué no cambió? Podría haber salvado la vida de su amiga. ¿Por qué no cambia ahora? Seguramente sabe que su amiga está muerta. ¿Por qué hacer un espectáculo luchando en forma humana? ¿Puede percibirme de la forma en la que yo la percibo? Galen agita la cabeza, no hay tiempo suficiente para considerar estas cosas. Por alguna razón, Emma está dispuesta a ahogarse para permanecer en forma humana. Y Galen no lo va a permitir. Se lanza hacia ella. El barco es visible a poca distancia, rompiendo las olas de la superficie. De una manera u otra, Emma se salvará. El barco para sobre su cabeza y Galen se detiene. Puede alcanzar a Emma si es necesario. Una luz blanca atraviesa el agua, y el haz de luz se posa en Emma y Chloe; es la primera vez que Galen nota la ausencia de luz natural, el sol debe de haberse puesto totalmente. Dos humanos se zambullen y nadan directamente hasta las chicas. Galen sabe que Rayna debe estar abordo, dirigiendo la luz; sin la habilidad de los Syrena de ver en el agua, esos inútiles humanos nunca podrían haberlas encontrado, ni siquiera con un foco. Emma les cede a Chloe a los salvavidas, asintiendo hacia ellos en muestra de entendimiento cuando sacan a su amiga sin vida de su agarre protector. Los dos intercambian una expresión de sorpresa mientras patalean hacia la superficie. Levantan a Chloe hasta el bote, pero no antes que Emma vislumbre su pierna… un

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hueso colgando de la rodilla al tobillo. Su grito de angustia disipa lo último de su oxígeno, lo último de su voluntad de luchar. Su cuerpo cae inerte y sus ojos se cierran. Galen la rodea con los brazos antes que se hunda un centímetro. Sin hacer caso de los dos chapoteos al otro lado del barco, empuja a Emma hacia la superficie y a los brazos de su hermana. Rayna la levanta entonces por encima del borde de la embarcación. Cuando Galen vuelve al agua, localiza a los dos salvavidas y rueda los ojos. Aún no comprenden que Emma ya está segura abordo; se quedan ahí inmóviles, no están dispuestos a buscar más allá de la distancia de un brazo. Sin el foco, estas criaturas lamentables no pueden ver nada. Si Galen no estuviera aquí, Emma estaría muerta. Enfurecido, se lanza entre ellos. La inercia los hace girar como remolinos diminutos. Oye sus gritos asustados mientras se aleja nadando. *** Galen saca su traje de baño de debajo de la roca, con una playa llena de seres humanos, había tenido que quitárselo en el agua. Se lo pone, hunde los pies en el suelo fangoso, y camina hacia la orilla. Rayna lo espera, sentada en la arena con las rodillas contra el pecho. Retuerce una prenda de ropa entre las manos hasta que se parece a una cuerda; Galen la reconoce como la camisa que Emma llevaba puesta la primera vez que la vio sobre el muelle. Incluso a la luz de la luna, ve que su hermana está llorando. Él suspira y se sienta a su lado. Ella acepta que le rodee los hombros con el brazo, sin pelear, incluso le apoya la cabeza en el pecho cuando él se acerca. —Chloe está muerta, —Se ahoga. A pesar de su veneno, su hermana se preocupa por la vida, sea humana o no. Asiente. —Lo sé, no llegué a tiempo. Rayna resopla. —Galen, esto es algo en lo que no puedes tomar la responsabilidad. Dije que estaba muerta, no que tú la mataste. Si tú no pudiste llegar a ella, entonces nadie habría podido.

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Se pellizca el puente de la nariz. —Esperé demasiado tiempo para intervenir. —Galen… —Olvídalo. ¿Qué hay de Emma? Rayna suspira. —Estaba bien para cuando llegamos a la orilla, la dejaron montarse al camión blanco con Chloe. —¿Pero, cómo está? Ella se encoge de hombros. —No lo sé. Respira, y llora. Galen asiente y suelta el aire que no sabía había estado reteniendo. —Entonces ella está bien —Su hermana se aleja y se inclina hacia atrás. Él deja caer su brazo, pero no la mira—. Creo que deberías irte a casa, —dice tranquilamente. Rayna se levanta y se gira hacia él, de modo que bloquea la luz de la luna. Planta los pies en la arena, con las manos sobre las caderas. Aun así no se espera que ella grite como lo hace. —¡Ella no es una de nosotros! Es una humana patética que ni siquiera pudo salvar a su propia amiga. ¿Y sabes qué? ¡Incluso si ella es una de nosotros, no quiero saberlo! ¡Porque entonces tendría que matarla por dejar morir a su amiga! Galen está de pie antes que ella pueda terminar la última frase. —Si es humana, la odias, y si es Syrena, también la odias. ¿Lo he entendido bien? —Trata de evitar el tono defensivo en su voz. Su hermana probablemente tendría una opinión diferente si acabara de ver lo mismo que él; pero no fue así. Y él no estaba listo para decírselo; ni lo que el Doctor Milligan dijo, ni tampoco cómo había actuado el tiburón; va tener que ser paciente con sus ideas equivocadas sobre Emma. Y va tener que hacerlo mejor que esto. —¡Ella no es Syrena! Si lo fuera, la percibiríamos, Galen. Eso lo hace callar. Había asumido que Rayna pudo percibir a Emma de la misma manera que él, ya que es su gemela. ¿Pero, quién había oído alguna vez de percibir a otro Syrena sobre tierra? ¿Se lo había imaginado? ¿Podría ser que simplemente se sentía atraído por una humana? No. Él sabe lo que sintió cuando la tocó. Esto quiere decir algo, ¿verdad?

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—Espera —Rayna dice y apoya el dedo índice en su pecho desnudo—. ¿Me… me estás diciendo que la percibiste? Él se encoge de hombros. —¿Entraste en el agua? Ella inclina la cabeza hacia él. —No, estuve en el barco todo el tiempo. —¿Entonces cómo sabes si puedes percibirla o no? Ella cruza los brazos. —Deja de contestar mis preguntas con preguntas, eso sólo funcionaba cuando éramos pequeños. Galen se encoge por dentro. No hay ningún modo de explicárselo a su hermana sin parecer tonto. Y su respuesta sólo conduciría a más preguntas; preguntas que no eran de su incumbencia, al menos por ahora. Él también cruza sus brazos. —Todavía funciona a veces. Recuerda hace unos días cuando nos topamos con ese pez león y… —¡Basta ya! Te juro por el tridente de Tritón que si no contestas… Galen se salva por el débil sonido de música que viene de debajo de sus pies. Ambos se alejan un paso y escuchan. Galen da con cuidado patadas a la arena a su alrededor, buscando el teléfono móvil. Lo encuentra en el último timbrazo, lo recoge, y lo sacude. Este teléfono no luce igual que el que Rachel—su autoproclamada asistente humana—le compró. Es rosa, con pequeñas joyas por toda la cubierta. Presiona un botón, y una foto de Emma y Chloe aparece en la pantalla. —Ah —dice Rayna, con la frente arrugada—. ¿De quién… de quién es? —No sé —Comprueba la llamada perdida, pero sólo dice, "Mamá". Sacude la cabeza—. No sé decirte a quién le pertenece. —¿Lo sabría Rachel? Él se encoge de hombros. —¿Hay algo que Rachel no sepa? —Incluso el Doctor Milligan admite que Rachel probablemente podría ser la humana viva más llena de recursos. Galen nunca le ha contado sobre el pasado de ella, o cómo la encontró, pero

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si el Doctor Milligan estaba impresionado, entonces también lo estaba él—.Vamos a llamarle. —No contestará a este número, ¿verdad? —No, pero llamaré al número seguro y dejaré un mensaje. —Marca el número 800 que ella insistió en comprar. Se dirige a una empresa falsa, como Rachel lo llama: una “empresa fantasma", se supone que vende pólizas de coches. Casi nunca recibe llamadas, pero cuando las recibe, no contesta. Sólo devuelve las llamadas de Galen. Cuando oye la voz que le indica dejar un mensaje, dice: —Rachel, llámame a este número, no tengo mi celular. Tengo que saber de quién es este teléfono, ambos nombres si puedes averiguarlo. Ah, y tengo que saber dónde está Jersey y si tengo suficiente dinero para comprarlo. Cuando cuelga, Rayna le mira fijamente. —¿Ambos nombres? —Galen asiente. —Ya sabes, como los nombres del doctor Milligan son Jerry y Milligan. —¡Ah! Sí, olvidé eso. Rachel dijo que ella tiene más nombres que una guía telefónica. ¿Qué significa eso? —Quiere decir que tiene tantos nombres que nadie puede descubrir quién es. —Sí, eso tiene sentido —refunfuña Rayna, dando patadas en la arena—. Gracias por la explicación. El teléfono suena y el número seguro brilla en la pantalla. —¡Ey!, Rachel. —Hola, monada. Puedo conseguirte el nombre para mañana, —dice ella, y luego bosteza. —¿Te desperté? Lo siento. —Ay, sabes que no me importa, bomboncito. —Gracias. ¿Qué hay de Jersey? Ella se ríe. —Lo siento, cielo, pero Jersey no está en venta. Si lo estuviese, mi tío Sylvester ya lo poseería.

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—Bien, entonces necesitaré una casa allí. Probablemente también otro coche. Se gira para alejarse de su hermana, que parece podría comerse la pobre camisa de Emma. Prefiere que lo haga, si eso impide que lo muerda. Después de un largo silencio, Rachel dice, —¿Una casa? ¿Un coche? ¿Qué vas a hacer en Jersey? Suena bastante serio. ¿Todo bien? Trata de poner algo de distancia entre él y su hermana antes de susurrar: — Puede… puede que vaya a la escuela allí un tiempo. Silencio. Comprueba la pantalla para asegurarse que la señal es buena. —¿Hola? —susurra. —Estoy aquí, bebé. Tú sólo, uh, me sorprendiste, eso es todo —carraspea—. ¿Así que umm… qué tipo de escuela? ¿Instituto? ¿Universidad? Sacude la cabeza hacia el teléfono. —Aún no lo sé. No sé exactamente cuántos años tiene ella… —¿Ella? ¿Vas a comprar una casa y un coche para impresionar a una chica? ¡Ah, que dulzuuuuuura! —No, no es así. No exactamente. ¿Podrías dejar de chillar, por favor? —Ah, no, no, no, no dejaré de chillar. Voy contigo, este tipo de cosas es mi especialidad. —Definitivamente no —dice, pasándose una mano por el pelo. Rayna agarra su brazo y grita—. Deja el teléfono ahora. —Hace un ademán para que se aleje y recibe un gruñido. —Oh, por favor, Galen, —dice Rachel, su voz es acaramelada—. Tienes que dejarme ir. Y además, vas a necesitar una madre si quieres registrarte en la escuela. Y no sabes nada sobre ir de compras. Me necesitas, bomboncito. Aprieta los dientes, en parte porque Rayna le está torciendo el brazo al punto de que truena y en parte porque Rachel tiene razón: no tiene ninguna pista sobre lo que hace. Se quita de encima a su hermana rápidamente y le lanza arena con una patada, por si acaso, antes de alejarse más allá en la playa.

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—Bien —dice—, puedes venir. Rachel chilla y luego aplaude. —¿Dónde estás? Iré por ti. —Galen nota que ya no suena cansada. —Uh, el doctor Milligan dijo Destin. —Bien. ¿Dónde está Destin? —Él dijo Destin y dijo Florida. —Bien, entendido. Déjame ver… —Escucha un cliqueo al fondo—. Bien, parece que tendré que volar, pero puedo estar allí para mañana. ¿También viene Rayna? —No, ni en un millón de años. El teléfono le es arrebatado de las manos. Rayna se aleja corriendo con él, gritando mientras corre. —¡Puedes apostar que voy! Y tráeme un poco de esas galletas de limón, lo harás ¿verdad Rachel? Y algo de esa cosa brillante para ponerme en los labios cuando estén demasiado secos. Galen se masajea las sienes pensando en lo que está a punto de hacer. Y en lugar de eso, considera secuestrar a Emma.

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5 Traducido por Mj1994

EL AMANECER IRRUMPE de manera inoportuna y borrosa por las ventanas del salón. Gimo y me cubro la cabeza con el edredón, pero no sin antes ver la cara frontal del viejo reloj de madera en la esquina. Elegí el salón para dormir porque es la única habitación que tiene un solo reloj. Toda la noche me permito admirar el reloj de madera, siempre y cuando no lo mire de frente. La última vez que fallé, eran las dos de la madrugada. Ahora son las seis. Lo que significa que, por primera vez desde que murió Chloe, he dormido durante cuatro horas seguidas. Lo que también significa que mi primer día como estudiante de último curso en el instituto empezará en dos horas. No estoy preparada para esto. Me deshago de las mantas y me siento. El ventanal me muestra que no es de día, ni de noche, pero la luz de fuera es grisácea. Parece que hace frío, pero sé que no es así. El viento susurra en contacto con la hierba de las dunas en nuestro pórtico trasero, haciendo que parezca una reunión de bailarines de hawaianos. Me pregunto cómo se verá el mar esta mañana. Por primera vez desde que Chloe murió, decido comprobarlo. Abro la puerta corredera de cristal, hacia una cálida brisa de agosto. Un rápido salto en el último escalón del pórtico trasero y mis pies descalzos se hunden en la arena fresca. La playa es un sitio privado, y me abrazo a mí misma, mientras tomo el camino entre las dos grandes dunas que hay frente a nuestra casa. Más allá de ellas, hay una pequeña colina, lo suficientemente grande para bloquearme la vista del océano desde el salón. Si hubiera dormido en mi habitación anoche, ahora mismo podría ya estarme empapando del amanecer desde mi balcón, en la tercera planta.

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Pero mi habitación está llena de cosas de Chloe. No hay nada en mis estanterías, en mi escritorio, o incluso en mi armario que no tenga nada que ver con ella. Premios, fotos, maquillaje, ropa, zapatos, animales de peluche, incluso mis sábanas (un collage que hicimos juntas, a base de fotos de nuestra infancia, para un trabajo de clase). Si me llevo de mi habitación todo lo que esté conectado con Chloe, mi habitación estaría vacía. Tal y como me siento por dentro. Paro a unos pocos pasos de la arena mojada y me dejo caer, juntando las rodillas a mi pecho. La marea mañanera es una buena compañía cuando no quieres estar rodeado de gente. Tranquiliza y consuela, y no te pide nada; pero el sol sí. Cuanto más se alza, más me recuerda que el tiempo no se detiene, no hay escapatoria. El tiempo transcurre sin importar si estás mirando el viejo reloj de madera de tu abuelo o el sol. Mi primer día de instituto sin Chloe ha llegado. Me limpio las lágrimas de los ojos y me levanto. Aprieto los talones en la arena a cada paso que doy de vuelta a casa. Mamá me espera en los escalones del pórtico, alisa su bata con una mano y con la otra sostiene una taza de café. Apoyada contra la balaustrada de la casa, parece una aparición en su bata blanca—salvo porque las apariciones no tienen una melena negra, ojos azules impactantes, o beben café expreso. Sonríe del modo en el que una madre le sonríe a una hija que se encuentra abrumada por la pérdida. Eso hace que mis lágrimas se derramen más rápido. —Buenos días, —dice, palmeando la madera a su lado. Me siento, me echo hacia ella y dejo que me rodee con sus brazos. —Buenos días. —digo con un tono áspero. Me ofrece la taza y bebo un sorbo. —¿Quieres desayunar? —Me aprieta el hombro. —Gracias, pero no tengo hambre.

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—Necesitas algo de energía para tu primer día de instituto. Puedo hacer tortitas, tostadas francesas. Tengo todo para hacer unos huevos a la jardinera. Sonrío. Los huevos a la jardinera son mis favoritos. Coge todo lo que encuentra y lo pone en mis huevos: cebolla, pimientos, champiñones, tomate y cualquier cosa que tenga o no tenga que ver en una tortilla. —Claro —le digo levantándome. *** Huelo el aroma desde el baño e intento saber qué es mientras salgo de la ducha. Huele mucho a jalapeños, lo que me hace cambiar de humor. Tiro mi toalla en la cama y retiro una camiseta de un gancho del armario. No tuve ganas de ir a comprarme ropa nueva para el instituto, así que mis antiguos compañeros de clase tendrán que aceptar mi ropa de siempre (camiseta, vaqueros, y sandalias). De todas maneras, eso es lo que todo el mundo llevará en dos semanas, cuando los nuevos se quiten sus atuendos cuidadosamente planeados. Me hago un moño flojo en lo alto de la cabeza y lo aseguro con un lápiz. Alcanzo mi bolsa de maquillaje y me paro a pensar. El rímel no es una buena idea hoy, quizá algo de base. Cojo la botella; el tono es “porcelana”; y la azoto en mi tocador con disgusto. Es como poner corrector en una hoja en blanco, sin sentido. Además, puedo ser porcelana por mí misma. Prácticamente estoy hecha de porcelana estos días. Bajando las escaleras, un aroma picante llega a mi nariz. Los huevos a la jardinera son maravillosos. Están apilados uno encima de otro, humeantes y llenos de cosas. Es una lástima que, en su mayor parte los mueva de un lado a otro en el plato. El vaso de leche al lado permanece intacto, innecesario. Miro el viejo lugar que mi padre solía ocupar, encabezando la mesa. Hace ya dos años que el cáncer se lo llevó, pero aún puedo recordar la manera en la que plegaba el diario al lado del plato. La manera en la que él y Chloe peleaban por la sección deportiva. La forma en que la funeraria olía igual en el funeral de él que en el de ella.

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Me pregunto cuántos sitios vacíos puede mirar una persona antes de empezar a hundirse. A través de la mesa, mamá me desliza una llave hacia el plato, escondiendo su expresión detrás de su taza de café. —¿Te apetece conducir hoy? Me sorprende que no la haya envuelto con un “pista, pista”, o quizá una etiqueta en la que se lea “necesitas hacer cosas normales como conducir tú misma”. Asiento, mastico, miro la llave. Mastico algo más, agarro la llave y la guardo en mi bolsillo. Doy otro bocado. Mi boca debería estar ardiendo, pero no saboreo ni noto nada. La leche debería estar fría, pero es como agua de grifo. Lo único que arde es la llave en el bolsillo, desafiándome a tocarla. Pongo los platos en el fregadero, cojo mi mochila, y me dirijo al garaje. Sola. *** Siempre y cuando nadie me abrace, estaré bien. Me dirijo a la entrada del instituto Middle Point, mirando a los chicos que conozco desde preescolar. La mayoría tienen suficiente sentido común como para sólo lanzar una sonrisa simpática en mi dirección. De todas maneras, algunos me hablan, pero nada demasiado peligroso, sólo cosas neutrales como “Buenos días” y “Creo que tenemos la tercera hora juntos”. Incluso Mark Baker, el Mariscal de campo/Dios de Middle Point, me lanza una sonrisa de apoyo a través de la pintura de guerra de los colores del instituto en su cara. Cualquier otro día, le enviaría un mensaje a Chloe para informarle que Mark Baker sabe de mi existencia; pero la razón por la que no lo hago es la misma razón por la que él sabe que existo: Chloe está muerta. Todos perdieron a su estrella de atletismo, sus derechos a jactarse. En unas pocas semanas, ni siquiera se darán cuenta de que falta algo. Sólo seguirán adelante. Olvidarán a Chloe. Sacudo la cabeza, pero sé que es cierto. Hace unos años, una estudiante de primero, que iba montada en la parte de atrás de la moto de su hermano, murió cuando él se saltó una señal de alto y se chocó contra un coche. Flores y cartas

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llenaron su taquilla, el cuerpo estudiantil puso velas en el estadio de fútbol, y el delegado de clase dijo unas palabras en el pequeño homenaje que la escuela preparó para ella. Estaba en algunos clubes conmigo, en algunas clases también. Puedo ver su cara perfectamente, pero no recuerdo su nombre. Pruebo la combinación de mi taquilla. Se abre al tercer intento. Miro dentro, se siente tan vacía como realmente lo está. El pasillo necesita un rato para vaciarse, pero espero hasta que lo hace. Cuando está tranquilo, cuando las clases tienen por fin sus puertas cerradas, cuando el pasillo deja de oler a perfume y colonia, cierro la taquilla tan fuerte como puedo. Y me siento bien. Como llego tarde a clases, me veo obligada a sentarme en primera fila. La última fila es ideal para divagar o para usar el celular, pero no tengo a nadie a quien mandar un mensaje. Hoy, podría divagar incluso en una montaña rusa, así que la primera fila es tan buena como cualquier otra. Echo un vistazo a mí alrededor mientras el señor Pinner reparte la lista de normas de la clase. Aviones cuelgan con cuerdas desde el techo, cronogramas pegados en las paredes, y fotos en blanco y negro de las pirámides de Egipto adornan un tablón de anuncios cercano. Historia solía ser mi asignatura favorita, pero en vista de mi situación, ya no lo siento así. El señor Pinner va por la norma número tres cuando levanta la vista, hacia la parte posterior de la clase. —¿Puedo ayudarle? ¡Ya está violando la regla número uno! ¿Alguien la recuerda? —Llegar a tiempo. —dice una voz aburrida desde atrás. —¿Es esta la clase de Historia Mundial? —pregunta el supuesto violador de normas. Su voz es firme, confiada, todo lo contrario a lo que debería ser, dado que ha violado la número uno. Oigo a algunos arrastrar los pies en sus sillas, posiblemente para conseguir verlo. —La única —dice el señor Pinner—. A menos que, por su puesto, se refiera a la que está al otro lado del pasillo—. Se ríe entre dientes de su broma.

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—¿Es o no Historia Mundial? —vuelve a preguntar el estudiante. Una oleada de susurros cobra vida, y sonrío al horario que estoy mirando. El señor Pinner aclara su garganta. —¿No me escuchó la primera vez? Dije que sí es Historia Mundial. —Le escuché la primera vez, pero no lo dijo claro. Incluso los más remilgados se ríen. El señor Pinner se mueve inquieto con la hoja de las normas restantes en la mano y se sube las gafas por la nariz. —¡Glorioso! —La chica detrás de mí susurra a su vecina, y ya que no puede estar hablando del señor Pinner, pico el anzuelo y me doy la vuelta. Y la respiración se me queda atascada en la garganta. Galen. Está de pie en el umbral; no, está llenando el umbral; sin llevar más que una carpeta y una expresión irritada. Y me está mirando fijamente. —Ven y tome asiento aquí adelante, joven. Y puede sentarse aquí durante el resto de la semana también. No tolero la impuntualidad. ¿Cómo se llama? —dice el señor Pinner. —Galen Forza, —responde sin quitarme los ojos de encima. Después se dirige al escritorio libre que hay a mi lado y toma asiento. Empequeñece la silla hecha para un adolescente normal. Mientras se amolda a ella para ponerse cómodo, el susurro de unas cuantas chicas del fondo empieza a cobrar vida. Quiero decirles que él está incluso mejor sin la camiseta, pero tengo que admitir que una camiseta ajustada y unos vaqueros gastados casi le hacen justicia. Aun así, su presencia me hace estremecerme. Galen ha sido la clave de mis pesadillas estas últimas semanas, lo que no ha sido nada salvo una recreación inconsciente del último día de vida de Chloe. No importa si duermo durante cuarenta minutos o durante dos horas; me doy de bruces con él, oigo a Chloe acercándose, me siento avergonzada, todo de nuevo. A veces le pregunta si quiere ir a Baytowne con nosotras y él accede. Todos nos marchamos juntos en lugar de entrar en el agua. A veces el sueño se mezcla con otro diferente, en el que me estoy ahogando en el estanque trasero de la casa de mi abuela.

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Los hechos se suceden juntos como cataratas de colores; Chloe y yo caemos al agua, y un banco de bagres se materializa de la nada y nos empujan a la superficie. El bote de papá nos está esperando, pero noto el sabor de agua salada en lugar de aire. Aunque preferiría tener el sueño con el final verdadero; es horrible verlo una y otra vez, pero no dura mucho, y cuando me despierto, sé que Chloe está muerta. Cuando tocan los finales alternativos, me despierto pensando que está viva. Y la pierdo una y otra vez. Pero los estremecimientos nunca están en mis sueños. De hecho, me había olvidado de ellos. Por eso, cuando aparecen ahora, me sonrojo. Y mucho. Galen me dirige una mirada de perplejidad, y por primera vez desde que se sentó, me fijo en sus ojos: son azules, no violetas como los míos, como cuando estábamos en la playa. ¿O lo eran? Podría jurar que Chloe comentó sobre sus ojos, pero mi subconsciente podría haberlo creado, del mismo modo que crea mis finales alternativos. Una cosa está clara: no me inventé el hábito de mirar fijamente que tiene Galen, o la manera en la que me hace sonrojar. Me vuelvo hacia mi escritorio, poniendo las manos sobre este, y dirijo los ojos al señor Pinner. —Bien, señor Forza, no olvide donde está sentado, porque es donde estará hasta la semana que viene. —dice el señor Pinner, dándole a Galen una hoja con las reglas. —Gracias, no lo olvidaré. —le contesta Galen. Algunas risas nerviosas se extienden por atrás de nosotros. Es oficial, Galen tiene un club de fans. Mientras, el señor Pinner habla sobre… bueno, realmente no tengo ni idea de lo que está hablando. Todo lo que sé es que los estremecimientos se convierten en algo más, fuego; como si hubiera un río de lava fundida entre mi escritorio y el de Galen. —¿Señorita McIntosh? —dice el señor Pinner. Y si no recuerdo mal, la señorita McIntosh soy yo. —Eh… ¿perdone? —digo.

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—El Titanic, señorita McIntosh —dice, al borde de la desesperación—, ¿Tiene alguna idea de cuándo se hundió? Oh, Santo Cielo, pues claro. Me obsesioné con el Titanic durante unos seis meses después de que lo estudiásemos el año pasado. El año pasado, antes que tuviera ese rencor hacia la historia, por el paso del tiempo. —El 15 de abril de 1912. El señor Pinner se siente complacido al instante. Sus labios delgados se abren en una sonrisa que le hace parecer que no tiene dientes porque sus encías son muy grandes. —Ah, tenemos un hacha en historia. Muy bien, señorita McIntosh. La campana suena. ¿La campana? ¿Ya hemos pasado los cincuenta minutos de la clase? —Recuerden, chicos, estudien la hoja de normas. Duerman con ella por la noche, coman con ella, llévenla al cine. Es la única manera de aprobar mis clases. — grita el señor Pinner sobre la masa de alumnos que salen por la puerta. Le doy a Galen la oportunidad de salir primero. Abro mi carpeta, meto alguna hoja de cuaderno vacía y vuelvo a poner la cinta para apretar la carpeta. No se mueve. Genial. Me levanto, cojo mis cosas y lo miro al pasar a su lado. La lava reaparece en mi cadera cuando me agarra, como si me estuviera marcando a fuego con su tacto. —Emma, espera. Recuerda mi nombre. Lo que significa que recuerda que casi me noqueo con su pecho desnudo. Ojalá me hubiera aplicado la base de porcelana esta mañana, al menos, eso habría cubierto algo de mi rubor. —Hola —le digo—. No creí que me recordarías —Me doy cuenta de unas cuantas miradas que vienen desde el fondo de la clase. Algunas de sus fans se han quedado atrás y están esperando tranquilamente su turno—. Bueno, bienvenido a Middle Point. Seguramente tienes clases ahora, así que ya nos veremos. Me agarra más fuerte cuando intento irme.

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—Espera. Le lanzo una mirada a su agarre y me suelta. —¿Sí? —le digo. Mira hacia su escritorio, pasa una mano por su pelo negro. Recuerdo que el don de Galen no es precisamente hablar mucho. Finalmente, mira hacia arriba. La confianza ha vuelto a sus ojos. —¿Crees que podrías ayudarme a encontrar mi próxima clase? —Claro, pero es muy sencillo. Hay tres pasillos aquí. El 100, el 200 y el pasillo 300. Déjame ver tu horario —Busca en su bolsillo y me lo pasa. Echándole un vistazo le digo—: Tu próxima clase es en la clase 123. Lo que quiere decir que tienes que ir al pasillo 100. —¿Pero puedes mostrarme dónde es? Reviso mi horario para ver a donde me toca ir a mí, sabiendo que aunque mi siguiente clase fuese en la otra punta del instituto, lo llevaré a la clase 123. Por suerte, mi clase también es en la 123: Literatura inglesa. —Uh, de hecho, también tenemos la próxima clase juntos. —le digo medio disculpándome. Me sigue fuera de la clase y sigue mi ritmo lento mientras reviso nuestros horarios para ver cuántas clases tendrá que soportar mi incómoda compañía; y cuántas clases tendré que soportar el sonrojarme. La respuesta es en todas. Suelto un gemido, en voz alta. —¿Qué? —dice él—¿Pasa algo? —Bueno, es sólo que… parece que tenemos exactamente el mismo horario. Siete clases juntos. —¿Y hay algún problema? Sí. —No. Quiero decir… bueno no es un problema para mí, pero… sólo pensé que quizá preferirías no tenerme cerca después de lo que pasó ese día en la playa.

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Él me agarra y me empuja fuera del tráfico de estudiantes hacia una fila de taquillas. La intimidad del movimiento llama la atención de algunos que pasan. Algunas de su club de fans se detienen detrás de él, esperando a que yo acabe mi turno. —Quizá deberíamos ir a un sitio más privado para discutirlo. —dice suavemente, acercándose. Mira a nuestro alrededor tratando de hacerme entender. —¿Privado? —chillo. Él asiente. —Te agradezco que hayas sacado el tema. No sabía cómo hacerlo yo, pero es más fácil así para los dos ¿no crees? Y si cooperas, puedo conseguirte indulgencia. Trago. —¿Indulgencia? —Sí, Emma. Obviamente, te das cuenta de que podría arrestarte ahora mismo. Lo entiendes ¿no? Oh, Santo Cielo. ¡Vino hasta aquí para presentar cargos por agresión! Me va a denunciar ¿Va a denunciar a mi familia? Tengo 18, puedo ser denunciada oficialmente. El calor de mis mejillas es en parte una vergüenza de “mátame ahora” y en parte una ira de “dónde hay un cuchillo cuando lo necesitas”. —Pero fue un accidente. —siseo. —¿Un accidente? Tienes que estar de broma —dice pellizcándose el puente de la nariz. —No, no estoy de broma. ¿Por qué iba a embestirte a propósito? ¡Ni siquiera te conozco! Y de todas maneras, ¿cómo sé que tú no te tropezaste conmigo, eh?—. La idea es absurda, pero deja hueco para duda razonable. Por su expresión, puedo ver que él no había pensado en eso. —¿Qué? —Le cuesta seguirme el hilo, pero ¿qué esperaba yo? Ni siquiera puede encontrar su clase en un instituto con sólo tres pasillos; que me encontrara con tanta facilidad al otro lado del país parece más milagroso que un sujetador push-up.

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—He dicho, que tendrás que probar que me topé contigo intencionalmente, que quería hacerte daño. Además, hablamos sobre el asunto en el momento… —Emma… —… y dijiste que no te habías hecho daño…. —Emma. —… pero la única testigo que tengo de mi lado está muerta… —EM-MA. —¿Me has escuchado, Galen? —me giro y le grito a los espectadores en el pasillo al mismo tiempo que suena la alarma—. ¡CHLOE ESTÁ MUERTA! En primero lugar, correr no es una buena idea para mí, correr con lágrimas nublándome la visión es aún peor; pero correr con lágrimas nublándome la vista y llevando sandalias, es una falta de respeto hacia la vida humana. Empezando con la mía propia. Así que, no me sorprendo cuando la puerta de la cafetería se abre en mi cara. Me sorprendo un poco cuando todo se vuelve negro.

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6 Traducido por Carmen Lima

SE ESTACIONA en el camino de acceso de la no tan modesta casa que le pidió a Rachel no comprar. Apaga el motor de su no tan modesto coche, y cuelga su mochila llena de libros sobre su hombro. Encuentra a Rachel en la cocina, sacando unos filetes de pescado del horno. Lleva puesto un delantal sobre un vestido a lunares, y el pelo, que es un caos de rizos negros, está amarrado en una cola de caballo. Resopla en un intento de quitárselos de la cara mientras se gira y le sonríe. —¡Hola, monada! ¿Cómo estuvo tu primer día de escuela? —Cierra la puerta del horno con la cadera. Él sacude la cabeza y acomoda un taburete junto a Rayna, quién está sentada en la encimera pintándose las uñas del color de un pargo rojo. —Esto no funcionará. No sé lo que estoy haciendo, —responde. —Bomboncito, ¿qué sucedió? No puede ser tan malo. Él lo confirma. —Lo es. Dejé inconsciente a Emma. Rachel escupe el vino dentro de su vaso. —Oh, dulzura, uh… esa clase de cosas han sido mal vistas por años. —Bien. Le debías una —Rayna ríe disimuladamente—. Ella lo empujó en la playa, —le explica a Rachel. —¿Oh? —exclama Rachel— ¿Así es como consiguió tu atención? —Ella no me apartó de un empujón, tropezó sobre mí —responde él—. Y no la puse fuera de combate a propósito. Huyó de mí, así que la perseguí y… Rachel sostiene en alto su mano. —Está bien. Para ahí. ¿Nos visitará la policía? Sabes que eso me pone nerviosa.

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—No, —replica Galen, poniendo los ojos en blanco. Si los polizontes no han encontrado a Rachel para ahora, no van a hacerlo. Además, después de todo este tiempo, la policía no seguiría buscando. Y las otras personas que quieren encontrarla piensan que ella está muerta. —De acuerdo, bien. Ahora, volviendo al punto, bomboncito. ¿Por qué escapó de ti? —Por un malentendido. Rachel levanta las manos. —Lo entiendo, bomboncito. Lo entiendo, pero a fin de que pueda ayudarte, necesito saber los detalles. Nosotras las chicas somos criaturas complicadas. Él se pasa una mano por el pelo. —Ni que lo digas. Primero ella es agradable y cooperativa, y de pronto me grita a la cara. Rayna se queda sin aliento. —¿Ella te gritó? —Cierra de un golpe la botella de esmalte en la encimera y señala a Rachel—. Quiero que también seas mi madre, quiero que me inscribas en la escuela. —De ninguna manera. Pones un pie fuera de esta casa, y te arrestaré, —le responde Galen—. Y ni siquiera pienses en meterte en el agua con esa pintura humana en tus dedos. —No te preocupes, no me meteré para nada en el agua. Galen abre la boca para contradecirla, para decirle que mañana vaya a casa y se quede allí, pero entonces ve su expresión exasperada. Le sonríe. —Él te encontró. Rayna se cruza de brazos y asiente. —¿Por qué no puede simplemente dejarme en paz? ¿Y qué crees que es tan gracioso? ¡Eres mi hermano! ¡Se supone que me protejas! Él se ríe. —¿De Toraf? ¿Por qué haría eso? Ella niega con la cabeza. —Estaba intentando atrapar algunos peces para Rachel, y lo percibí en el agua, cerca. Salí tan rápido como pude, pero probablemente sabe que lo hice. ¿Cómo me encuentra siempre?

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—Uy, —suelta Rachel. Ambos la miran. Ella le dirige una sonrisa de disculpa a Rayna. —No me di cuenta que ustedes dos estaban en conflicto. Él apareció en el pórtico trasero buscándote esta mañana y… yo lo invité a cenar. Lo siento. Galen le dice, —Rachel, ¿qué ocurre si alguien le ve? Rayna añade, —No. No, no, no, él no viene a cenar. Rachel se aclara la voz y cabecea afirmativamente hacia detrás de ellos. —Rayna, eso es muy doloroso. Después de todo lo que hemos pasado, —habla Toraf. Rayna se eriza en el taburete, gruñendo ante el sonido de su voz. Le envía una mirada helada a Rachel, quien se hace la que no lo nota mientras exprime una rebanada de limón sobre los filetes. Galen se baja de un brinco y saluda a su amigo con un manotazo firme en el brazo. —Oye, renacuajo. Veo que encontraste uno de mis trajes de baño. Es bueno ver que tus habilidades de rastreo todavía están intactas después del accidente y demás. Toraf clava los ojos en la espalda de Rayna. —Accidente, sí. La próxima vez, mantendré mis ojos abiertos cuando la bese. De ese modo, no volveré a estamparme accidentalmente la nariz en una roca. Tonto de mí, ¿verdad? Galen sonríe. Toraf es uno de los mejores rastreadores en la historia Syrena. Su habilidad para detectar a otros de su clase es afilada, pero más que eso, él puede llegar a cualquiera de ellos. Reconoce no sólo la presencia de otro Syrena, sino que después de pasar poco tiempo con ellos, puede identificarlos individualmente y desde distancias imposibles. Y la única a la que él es más sensible está mirando fijamente, de una forma enfermiza, un cuchillo sobre la encimera. —Rayna, tu pareja ha venido de tan lejos para verte. Estás siendo grosera. ¿Por qué no te alejas de la encimera? ¿Ahora? —le pide, su tono es de advertencia. No está de humor para pelear con uno de ellos. Si Rayna hace algún movimiento, él se verá forzado a doblegarla. Si la trata bruscamente, Toraf se dará por ofendido y lo tratará

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toscamente. Además, tiene hambre y los filetes están casi lo suficientemente fríos para comer. Rayna se empuja hacia atrás y gira con el taburete. —Él no es mi pareja. Toraf se aclara la voz. Galen pone los ojos en blanco, pero Toraf le da una mirada de advertencia y sacude la cabeza casi imperceptiblemente. —Esperaba que tus sentimientos hubiesen cambiado para ahora, mi princesa. Sabes que no encontrarás a algún otro que esté más dedicado a ti que yo. He estado siguiéndote desde antes que pudieras nadar recto, —le explica Toraf. Aunque las palabras son arrojadas a la ligera, Galen sabe que siente cada una de ellas. —Que es la razón por la que confiaba en ti —replica Rayna—. Me conocías mejor que Galen, sabías que no quería tener una pareja nunca. Me dejaste pensar que estabas de acuerdo con mi decisión; pero todo este tiempo, estabas pensando robarme mi libertad tú mismo. —Guau, qué vergüenza, Toraf —exclama Rachel desde el fregadero—. ¿Alguien tiene hambre? —Estoy muriendo de hambre, —responden al unísono Galen y Toraf; Rayna pone los ojos en blanco y va dando pisotones hacia la mesa. *** Se desploman pesadamente en la playa iluminada por la luna. Toraf sacude el exceso de agua de su pelo sobre Galen, quien devuelve el favor tirando un puñado de arena en su cara. Galen se apoya en los codos y contempla el cielo nocturno lleno de estrellas. Niega con la cabeza. —¿Cuándo vas a decirle? Toraf se despereza al lado de su amigo, descansando las manos detrás de la cabeza. —¿Decirle qué? —Que ya están emparejados. Toraf sonríe. —Creo que me conoce demasiado bien, Alteza. —No me llames así. ¿Cuándo accedió mi padre?

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—En realidad él no hizo, Grom nos enlazó. Galen se vuelve de lado, apoyando su cabeza sobre el codo. —Ella intentará revocarlo, lo sabes. Grom técnicamente aún no es rey. —Sí, técnicamente lo es. Y entre nosotros, espero que tengas una excusa fantástica para no haber estado allí. Oh, por cierto —Se acerca y golpea a Galen en la mandíbula—. Eso es por permitirle a tu hermana ocultarse en tierra contigo. He pasado las últimas dos semanas pensando que ambos estaban muertos. Galen se sienta, frotándose la mandíbula. No puede rebatir eso, Rayna infringió la ley permaneciendo en forma humana por más de un día. Ella no tiene la inmunidad que Galen tiene, pero incluso su inmunidad no se extiende hasta aquí, y él lo sabe. Toraf lo sabe, también. —¿Así que… quieres decir que no puedes detectar a Rayna en tierra? —Sabes que no podemos detectarnos unos a otros en tierra, Galen. —Sí, creía que lo sabía. Un momento, ¿acabas de decirme que Grom es rey? ¿Cuándo ocurrió eso? Toraf se sienta. —Ante todo, no me gusta tu tono. Me dispuse a buscarlos, para llevarlos a la ceremonia. Así que no te comportes como si hubieran estado accesibles todo el tiempo. Desde hace dos semanas —repite—. ¿Y qué quieres decir con que creías? Estoy sentado a tu lado y no me puedes percibir. Galen niega con la cabeza. —No. No a ti, de todos modos. —De acuerdo, estás diciendo que puedes percibir a alguien... en tierra. No te creo. Galen se restriega los ojos. —Lo sé, casi no lo puedo creer yo. No se lo he contado a Rayna, ya dijo que no puede percibirla a ella y… —¿Ella? ¿Quién ella? —Su nombre es Emma, el Doctor Milligan la encontró. —Se lo cuenta todo a Toraf, de cómo el Doctor Milligan dejó un mensaje en el celular de Galen, de cómo

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fue a Florida a investigar por sí mismo la afirmación del doctor, de cómo Emma le ordenó al tiburón que se fuera. De cómo ella tiene el hábito de chocar con las cosas. Toraf guardó silencio durante mucho tiempo. Entonces habló, —Esto no tiene sentido. ¿Cómo puede ser una de nosotros? Si lo es, entonces habría dañado la puerta, no al revés. Su cabeza habría dejado una abolladura en ella. —Lo sé —replica Galen, asintiendo—. Al principio, pensé que ella lo estaba fingiendo, pero cuando la levanté, no se sonrojó. Estaba inconsciente, sin duda alguna. —Aun si no lo fingía, ¿cómo puede ser una Poseidón, Galen? La única heredera del rey Antonis murió en la explosión —Galen niega con la cabeza—. No tiene sentido, ¿verdad? No importa cuántas veces repase los hechos, no los puede encajar con Emma. Hace mucho tiempo, antes que Galen y Rayna nacieran, su hermano, Grom, estaba comprometido con la hija del rey Antonis, Nalia. Lo que Galen oyó al respecto es que estaban muy enamorados, un enlace perfecto entre las casas Tritón y Poseidón. La ley requiere que los herederos primogénitos de cada casa sean emparejados, cada tercera generación. Para la mayoría es una obligación a cumplir, una orden que se lleva a cabo. Casi nunca ocurre que los primogénitos realmente deseen emparejar, pero esos dos fueron diferentes. Todo el mundo insistía que esos dos habían establecido un vínculo desde la primera vez que se vieron cara a cara; pero antes de su ceremonia de emparejamiento, se pusieron a discutir (acerca de qué, nadie recuerda o nadie lo cuenta) pero Nalia terminó huyendo de Grom. Aparentemente, él la persiguió—directamente hacia una mina colocada por los humanos, quienes al parecer en ese momento estaban en guerra en todo el mundo. Grom fue gravemente herido, los mejores rastreadores de ambos reinos revisaron minuciosamente todas partes. Después de unos días, anunciaron que Nalia probablemente debió haber volado en pedacitos. Ya viudo, el desolado rey Poseidón acusó a Grom de matar intencionalmente a su única hija. A continuación, Antonis prometió nunca tomar otra pareja, nunca volver a engendrar una heredera—por consiguiente eliminó cualquier probabilidad de

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que su descendencia recibiera en herencia los dones de los Generales, Poseidón y Tritón. Cuando declaró enemiga a la casa Tritón, los dos reinos se dividieron para siempre. Grom nunca ha hablado de eso, nunca ha mostrado sus sentimientos respecto a nada de eso; excepto por el hecho de que nunca escogió a otra pareja. Pero ahora no tiene opción. Si Grom tomó oficialmente las riendas del reino de su padre, la ley requiere que seleccione una pareja. Y si Emma es de Poseidón, entonces ella está obligada a cumplir con esa ley. —No tiene sentido —repite Galen otra vez—. Pero sé lo que vi. Ella habla con los peces, y la escuchan. Ella es definitivamente de Poseidón. Toraf exhala en una bocanada. —¿Entonces, donde ha estado todo este tiempo? ¿Por qué escogió la compañía de humanos por sobre la nuestra? —Eso es lo que estoy tratando de averiguar, idiota. —Escucha, piscardo 1 , no quiero ser demasiado crítico, pero realmente no parece que sepas lo que estás haciendo. ¿Amenazarla con arrestarla? ¿Perseguirla por el vestíbulo? Ese no eres tú, ¿no crees? —Estaba frustrado. ¿Te das cuenta lo… lo… sensuales que son las hembras humanas? Diez minutos después de atravesar esas puertas, un enjambre de ellas me siguió. Por todas partes. ¡Incluso las hembras adultas en la oficina me dieron señales de apareamiento! Rachel lo llama hormonas, piensa que las hormonas hicieron que Emma actuara tan extraña y también huyera. —Pero si Emma tiene hormonas, eso significaría que es humana. —¿Me estás oyendo? No puede ser humana, tiene nuestros ojos. Y no hay forma de que pudiera sentir a un humano de esa manera. Toraf sonríe. —¿Cómo qué? ¿Cómo se siente? —Deja de sonreír como si supieras algo, no es así. 1

Phoxinus phoxinus. También conocido como pescardo o foxinus, es un pez pequeño, que no suele superar los 10 cm de longitud. Su cuerpo es alargado, y la cabeza grande en comparación.

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—Pues bien, ¿cómo es entonces? ¿Soy un rastreador, recuerdas? Tal vez puedo echarte una mano en esto. Galen está de acuerdo. Si alguien le puede ayudar a entender la sensación, es un rastreador. —Se siente como… como… forcejear con un rayo eléctrico. Y entonces cuando nos tocamos, es como nadar sobre el respiradero de un volcán: caliente, en todas partes. Pero es más que eso. ¿Sabes cómo se siente cuándo uno de los nuestros está cerca? Sientes su pulso, y simplemente sabes que está allí. Toraf lo confirma. —Pues bien, no es igual con Emma, no exactamente. No estoy sencillamente consciente de ella, estoy… estoy… —¿Atraído hacia ella? Galen mira a su amigo. —Sí, exactamente. ¿Cómo lo supiste? —¿Recuerdas al rastreador que me entrenó? Galen asiente. —Yudor. ¿Por qué? —Pues bien, él me dijo una vez… ¿Sabes qué? Olvídalo, es estúpido. —Lo juro, Toraf, voy a sacarte de un golpe cada uno de los dientes si… —Él dijo que eso significa que ella es tu pareja —susurra—. Y no simplemente cualquier pareja, tu pareja especial. Sientes el llamado por ella, Galen. Galen pone los ojos en blanco. —He oído eso antes, Romul dice que eso es un mito, nadie tiene una pareja especial. —Y como el Tritón vivo más viejo, Romul lo sabría. Galen comenzó a visitarle años atrás cuando se convirtió en embajador ante los humanos. Romul le enseñó todas las leyes Syrena, la historia de su especie, y la historia de la relación con los humanos. También le enseñó acerca del comportamiento de machos y hembras—mucho antes de que sus padres siquiera pretendieran que lo supiera. Normalmente, cuando un macho Syrena alcanza los dieciocho, se siente atraído hacía varias hembras dignas de emparejar.

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Después de pasar tiempo con cada una de ellas, puede percibir a la más adecuada para producir herederos y proveer compañerismo. Sin embargo, en los casos de “el llamado”, sólo se sentiría atraído por una—y aquélla sería su pareja perfecta en todos los aspectos. Se cree que el llamado también produce a la descendencia más vigorosa posible, que es algo en la sangre Syrena que asegura la supervivencia de su especie. Unos cuantos entre los Syrena todavía creen en eso. Y Galen no es uno de ellos. —Algunos creen que Grom sintió el llamado por Nalia —indica Toraf suavemente—. Tal vez es un rasgo familiar. —Pues bien, ahí es donde te equivocas, Toraf. No se supone que sienta el llamado por Emma. Ella le pertenece a Grom, es el primogénito, Tritón de tercera generación. Y ella es claramente de Poseidón. —Galen se pasa la mano por el pelo. —Creo que si Grom fuera su pareja, él habría encontrado a Emma de alguna manera, en lugar que lo hicieras tú. —Eso es lo que consigues por pensar. No encontré a Emma, el Doctor Milligan lo hizo. —Está bien, contéstame esto —dice Toraf, agitando un dedo hacia Galen—. Tienes veinte años de edad. ¿Por qué no has seleccionado una pareja? Galen parpadea. Nunca lo ha pensado, en verdad. Ni siquiera cuando Toraf pidió a Rayna. ¿Eso no debería haberle recordado su estatus de soltero? Sacude la cabeza, está dejando que los cotilleos de Toraf le afecten. Se encoge de hombros. —He estado ocupado. No es que yo no quiera, si eso es lo que estás diciendo. —¿Con quién? —¿Qué? —Nombra a alguien, Galen. A la primera hembra que te venga a la mente. Intenta bloquear la visión de su nombre, su cara; pero no lo detiene a tiempo: Emma. Se encoge de miedo. Es sólo que hemos estado hablando tanto de ella, naturalmente

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que ella es lo más fresco en mi mente, se dice a sí mismo. —No hay nadie aún, pero estoy seguro que la habría si pasara más tiempo en casa. —De acuerdo. ¿Y por qué es que estás siempre ausente? Tal vez vas en busca de algo y ni siquiera lo sabes. —Deberías recordar que estoy ausente porque observo a los humanos, como es mi responsabilidad. También deberías recordar que son la verdadera razón por la que nuestros reinos están divididos. Si nunca hubieran colocado esa mina, nada de esto habría ocurrido. Y ambos sabemos que ocurrirá de nuevo. —Vamos, Galen. Si no puedes contármelo a mí, ¿a quién puedes decírselo? —No sé de lo que hablas. Y no creo que tú tampoco lo sepas. —Entiendo si no quieres hablar de eso, yo tampoco querría hablar de eso. Encontrar a mi pareja especial y entonces entregársela a mi propio hermano. Saber que ella se apareará con él en las islas, apretándolo contra ella… Galen lanza un gancho a la nariz de Toraf y la sangre salpica en su pecho desnudo. Toraf cae hacia atrás y sujeta su nariz, tapando sus fosas nasales. Luego se ríe. —Supongo que ahora sé quién enseño a Rayna cómo golpear. Galen masajea su sien. —Lo siento, no sé de dónde vino eso. Te dije que estaba frustrado. Toraf se ríe. —Eres tan ciego, piscardo. Sólo espero que abras los ojos antes de que sea muy tarde. Galen se mofa. —Deja de vomitarme supersticiones encima. Te lo dije, sólo estoy frustrado. No hay nada más que eso. Toraf ladea la cabeza y aspira algo de sangre. —Así que los humanos te siguieron a todos lados, ¿te hizo sentir incómodo? —Eso es lo que acabo de contarte, ¿verdad? Toraf asiente pensativamente. Luego suelta, —Imagina cómo debe sentirse Emma entonces.

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—¿Qué? —Piensa en eso. Los humanos te siguieron por un edificio y eso te hizo sentir incómodo. Tú seguiste a Emma a través de la Gran Tierra, entonces Rachel se asegura que estés en cada clase con ella. Luego cuando ella intenta escapar, la persigues. Me parece que la estás asustando. —Algo así como lo que tú estás haciendo con Rayna. —Eh, no creo que sea lo mismo. —Idiota, —masculla Galen. Pero hay algo de cierto en la observación de Toraf. Quizá Emma se siente asfixiada. Y ella obviamente todavía se siente triste por Chloe. Tal vez tenga que llevar las cosas con calma con Emma. Si puede ganar su confianza, tal vez le abrirá el corazón acerca de su don, acerca de su pasado. Pero la pregunta es, ¿cuánto tiempo necesita? La renuencia de Grom para emparejarse será sobrepasada por su obligación de producir un heredero. Y ese heredero debe provenir de Emma. Toraf interrumpe sus pensamientos. —¿Sabes de quién necesito consejos? —Él señala con la cabeza hacia la casona detrás de ellos—. De Rachel. —En verdad, no los necesitas, —responde Galen, poniéndose de pie. Estira una mano para ayudar a su amigo. —¿Por qué dices eso? —La experiencia de Rachel se enfoca más en las líneas de comunicación. No necesitarás preocuparte por la comunicación cuando Rayna se entere que ya están emparejados. —¿Estamos qué? —Ambos se dan vuelta y encuentran a Rayna, quien se ha detenido a media zancada en la arena. Las emociones en su cara cambian de la sorpresa a la furia asesina, en toda la extensión de la palabra. —¡Vas a pagar un precio especial por eso, piscardo! —grita Toraf antes de alcanzar el agua. Galen sonríe cuando Rayna se desliza entre las olas en una persecución sedienta de sangre. A continuación se dirige hacia la casa para conversar con Rachel.

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7 Traducido por Phoebe

TOMO EL estuche de maquillaje y me embadurno base porcelana por toda la cara. La presión me hace hacer una mueca y envía un fuerte dolor hacia las cuencas de mis ojos. Al menos no tengo un moretón. Los moretones—y los granos—se destacan especialmente bien sobre la piel blanca. Me unto sobre los labios un poco de brillo transparente y frunzo la boca en forma de beso frente al espejo, luego me limpio. ¿A quién engaño? Esa cosa pegajosa me molestará todo el día. El tubo de rímel se burla de mí desde el lavabo, en el baño, retándome a ponerme un poco. Yo acepto el desafío— no corro peligro de llorar hoy. Agarro el tubo y le doy a mis pestañas dos buenas aplicaciones. Es gracioso cómo dormir un poco, algo de maquillaje y mucha meditación puede hacerte sentir otra persona; una versión más fuerte de ti misma. Mamá quiere que falte al colegio un día más, pero eso no va a suceder. Me pasé todo el día de ayer en la cama, alternando entre el llanto y el sueño. Finalmente, a la medianoche, los lagrimones se detuvieron y mi cerebro empezó a trabajar. Esto es lo que decidí: Chloe se fue y nunca más va a volver. Y la forma en la que me estuve comportando la lastimaría. Durante al menos una hora, cambié de lugares con ella en mi mente: yo estoy muerta y Chloe está viva. ¿Cómo lo manejaría ella? Lloraría, estaría triste, me extrañaría, pero no dejaría de vivir. Ella permitiría que la gente la confortara, dormiría en su propia habitación y sonreiría ante los recuerdos a la hora de dormir. Y probablemente golpearía a Galen Forza; lo que me lleva a la otra cosa que decidí: Galen Forza es un idiota. Los detalles son borrosos, pero estoy bastante segura de que él tiene algo que ver con mi accidente del lunes. Además, es un poco raro. Más allá de su hábito de mirar fijamente, él sigue apareciéndose de la nada. Y cada vez que

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lo hace, yo actúo con la gracia de un rinoceronte en sancos. Es por eso que cambiaré mi horario tan pronto como llegue al colegio, no hay ninguna razón por la que deba humillarme durante siete clases por día. Sonrío con satisfacción ante mi plan mientras alejo una silla de la mesa. Mamá me sirve huevos a la jardinera hoy también, y esta vez me los como; incluso pido una segunda porción. Ella coloca un vaso de leche en la mesa para compartirlo entre las dos y, accidentalmente, me lo trago entero. Ni siquiera miro hacia el lugar de papá, o el de Chloe. —Debes de sentirte mejor, por lo que veo —dice mamá—. Pero desearía que te quedaras en casa un día más. Podríamos tener un día de chicas, tú y yo. Alquilar alguna película romántica, comer chocolate y beber refrescos de dieta, intercambiar algún chisme del barrio. ¿Qué dices? Me río, lo que hace que mi cabeza palpite como si mi cerebro estuviera intentando escapar. Cuando lo pone de esa manera, quedarse en casa suena tentador, y no sólo por lo del chocolate. Observar a mamá tratando de actuar femeninamente sería entretenido de por sí. Nuestro último intento de un día de chicas comenzó con una pedicura y terminó con un rally de camiones monstruo. Eso fue hace cinco años, y también fue su última pedicura. De todas formas, yo ya decidí que hoy comienza el resto de mi vida normal. Arrastrar un edredón y medio galón de helado hacia el sofá se siente como la salida fácil, y arriesgarme a otro rally de camiones monstruo me parece algo tan atractivo como que me crezca una tercera fosa nasal. Por lo que, levantando mis platos y llevándolos hacia la pileta de la cocina, digo: —En realidad, de verdad quiero ir al colegio. Cambiar un poco de escenario, ¿sabes? ¿Qué te parece si lo dejamos para otro momento? Ella sonríe, pero sé que no es sincera porque no se le marcan las arruguitas en los ojos. —Seguro. Otra vez será.

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Yo asiento y agarro las llaves de mi auto. Antes de que encienda las luces del garaje, ella está detrás de mí, tironeando de mi mochila. —¿Quieres ir al colegio? De acuerdo, pero no conducirás. Dame las llaves. —Estoy bien, mamá, de verdad. Te veo a la noche. —Le planto un rápido beso en la mejilla y me giro nuevamente hacia la puerta. —Qué bien. Dámelas. —dice, mientras extiende la mano. Yo aprieto la llave en mi puño. —¿El lunes prácticamente me empujaste hasta el auto y ahora quieres que te dé las llaves? ¿Qué fue lo que hice? —¿Que qué hiciste? Bueno, para empezar, usaste tu rostro para frenar el balanceo de la puerta de la cafetería. Golpeteo de pie: comprobado. Cejas enojadas: comprobadas. Tono de “estoy-apunto-de-castigarte”: comprobado, comprobado, comprobado. Todas las señales están ahí: estoy en problemas, y no sé por qué. —Em, ya dije que estoy bien. El doctor Morton dijo que podía reanudar mis actividades normales si me sentía mejor. Y estoy a punto de llegar tarde a la escuela. El doctor Morton no había dicho tal cosa, pero como era el mejor amigo de papá, esperó a que mamá saliera de la habitación para decirme que probablemente yo tenía una concusión. Él sabe cuán obsesiva puede llegar a ser; mi madre tiene una declaración jurada archivada en el colegio en la que se establece que no deben llamar a una ambulancia para mí en caso de emergencia, como la oficina del doctor Morton está cruzando la calle… —A la escuela, ¿eh? ¿Estás segura de que ahí es a dónde vas? Su mano continúa extendida, esperando por una llave que no le voy a dar. Luego de unos segundos sin recibir nada, se cruza de brazos. —¿A dónde más podría estar yendo con mi mochila y mis libros? —Ah, no sé. ¿Tal vez a la casa de Galen Forza?

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Síp, esa no la vi venir. Si así fuera, tal vez hubiera podido frenar el rubor que brota sobre mis mejillas. —Em, ¿cómo conoces a Galen? —La señora Strickland me contó sobre él, me dijo que estabas discutiendo con él en el pasillo y que estabas molesta cuando saliste corriendo para alejarte de su presencia. Dijo que el chico te cargó él mismo hasta la oficina cuando te chocaste contra la puerta. Yo sabía que él había tenido algo que ver con mi accidente, y mamá había hablado con la directora sobre eso. Mis labios se han vuelto tan secos que creo que al pasar mi lengua por ellos encontraré polvo en su lugar. El rubor se extiende por todo mi cuerpo, incluso hasta mis orejas. —¿Él me cargó? —Dijo que Galen no se apartó de tu lado hasta que el doctor llegó hasta allí. Morton agregó que el chico no quería volver a clase hasta que él le aseguró que ibas a estar bien —Su pie golpetea más rápido contra el suelo, luego se detiene—. ¿Y bien? Yo parpadeo. —¿Bien qué? ¿Mi madre acaba de gruñir? Lanza los brazos hacia arriba y camina hacia el fregadero de la cocina, se inclina hacia atrás y se aferra a la encimera hasta que sus nudillos se asemejan a frijoles blancos. —Creí que éramos cercanas, Emma. Siempre pensé que te abrirías conmigo sobre estas cosas, que te sentías cómoda para contarme lo que fuera. Pongo los ojos en blanco. ¿Te refieres a como cuando casi me ahogo y tú te reíste en mi cara cuando te conté cómo un pez me había salvado? ¿A quién engaña? Ambas sabemos que papá era mi bote de basura paternal, el receptáculo paterno con quien yo podía desechar mis emociones. ¿Piensa que, porque

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me ofreció una manta y chocolate, yo le voy a entregar las llaves de mi diario íntimo? Para nada. —Sé que ya tienes dieciocho —resopla—. Lo entiendo, ¿está bien? Pero no lo sabes todo. Además, no me gustan los secretos. Mi cabeza da vueltas. El primer día de “el resto de mi vida normal” no está resultando como lo planeé. Sacudo la cabeza. —Creo que sigo sin entender qué es lo que me estás preguntando. Ella pisa fuerte con el pie. —¿Cuánto hace que estás saliendo con él, Emma? ¿Cuánto hace que Galen y tú son pareja? Oh-Cielo-Santo. —No estoy saliendo con Galen —susurro—. ¿Cómo es que llegaste a pensar eso? —¿Cómo es que lo llegué a pensar? Tal vez deberías preguntarle a la señora Strickland. Ella es la que me contó lo íntimos que parecían parados allí en el pasillo, y también me dijo que Galen estaba fuera de sí cuando no despertabas, hasta se quedó apretando tu mano. ¿Íntimos? Dejo que mi mochila se deslice por mi hombro y caiga hacia el suelo antes de caminar lentamente hacia la mesa y sentarme en la silla. La habitación se siente como un inmenso carrusel. Me siento… ¿avergonzada? No. Estar avergonzada es como cuando derramas cátsup sobre tu entrepierna y deja una mancha roja sobre una zona sospechosa. ¿Mortificada? No. Estar mortificada es cuando experimentas con la loción bronceadora y olvidas ponerte un poco sobre los pies, por lo que luego parece como si estuvieras usando calcetines con tus sandalias y tu vestido playero. ¿Desconcertada? Síp, eso es. Desconcertada de que después que yo le gritara— oh, sí, ahora recuerdo que le grité—, él levantara mi cuerpo inerte, me llevara en

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brazos todo el camino hacia la enfermería, y se quedara conmigo hasta que llegara la ayuda. Ah, y también sostuvo mi mano y se sentó a mi lado. Acuno mi cara en mis manos, pensando en lo cerca que estuve de ir al colegio sin saber nada de esto. En lo cerca que estuve de dirigirme a Galen para decirle que se metiera sus hormigueos en donde todos los pensamientos de las chicas habían estado desde que llegó aquí. Lanzo un gemido entre los dedos entrelazados. —Nunca podré verlo a la cara de nuevo. —digo, sin dirigirme a nadie en particular. Desafortunadamente, mi madre piensa que le estoy hablando a ella. —¿Por qué? ¿Rompió contigo? —Se sienta a mi lado y aleja mis manos de mi rostro—. ¿Es porque no quisiste dormir con él? —¡Mamá! —chillo—. ¡No! Ella aleja bruscamente sus manos. —¿Quieres decir que sí te acostaste con él? Le tiemblan los labios. Esto no puede estar pasando. —Mamá, ya te lo he dicho: ¡no estamos saliendo! Gritar es una idea tonta. Mis latidos me estremecen las sienes. —¿No estás ni siquiera saliendo con él y ya se acostaron? Se está retorciendo las manos. Las lágrimas encharcan sus ojos. Un Mississippi… dos Mississippi… ¿Está hablándome en serio?... Tres Mississippi… cuatro Mississippi… Porque juro que estoy a punto de irme… Cinco Mississippi… seis Mississippi… Bien podría dormir con él, ya que voy a ser acusada de eso de todas formas… Siete Mississippi… Ocho Mississippi… Oh, Santo Cielo, ¿realmente acabo de pensar eso?... Nueve Mississippi… Diez Mississippi… Habla con tu madre. Ahora. Mantengo mi voz educada mientras digo:

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—Mamá, no he dormido con Galen. A menos que cuente estar tendida al lado de él, inconsciente, en la cama de la enfermería. Y no estamos saliendo, nunca hemos salido. Es por eso que él no tendría razón para romper conmigo. ¿Me faltó algo? —¿Sobre qué estaban discutiendo en el pasillo, entonces? —En realidad no me acuerdo. Todo lo que recuerdo es que estaba enojada con él. Créeme, voy a descubrir por qué, pero en este momento, voy a llegar tarde al colegio. Me muevo con cuidado lejos de la silla y hacia mi mochila, que está en el suelo. Inclinarme para agarrarla es incluso más estúpido que gritar. Desearía que mi cabeza simplemente siguiera hacia adelante y se cayera. —Así que no recuerdas de qué hablaron. Definitivamente deberías quedarte en casa y descansar, entonces. ¿Emma? ¡Emma, no te marches sin mi permiso, jovencita! Ella no viene tras de mí, lo que quiere decir que esta conversación está

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terminada. *** Me estaciono en mi lugar y reviso mi maquillaje en el espejo retrovisor. Mi base de porcelana oculta el rubor tan bien como un vidrio aumentador. Está destinado a ponerse peor si me cruzo con Galen. Respirando hondo, abro la puerta al tiempo que suena el timbre. La oficina principal huele a pintura fresca, crujientes hojas de cuaderno y café. Firmo mi retraso injustificado y espero por mi pase para el pasillo. La señora Poindexter, una amable mujer mayor que trabaja en esta oficina desde que era una amable joven, saca un bloc de notas de un cajón y garabatea en él. Se la puede reconocer en las viejas fotos de la facultad porque, como entonces, todavía se acomoda el blanco pelo en forma de colmena, usando la cantidad suficiente de spray de cabello como para captar la atención de la EPA2. Ah, y muestra más el escote que la mayoría de los vestidos de baile de fin de curso.

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Agencia de Protección Ambiental. Avocada a proteger la salud de los humanos y el medio ambiente.


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—Estamos todos tan contentos de que se sienta mejor, señorita McIntosh. Sin embargo, parece que todavía tiene un buen chichón en la cabeza, —me dice con su voz infantil. Dado que no hay ningún chichón en mi cabeza, lo tomo como una ofensa, pero decido dejarlo pasar. —Gracias, señora Poindexter. Parece peor de lo que en verdad es, sólo está un poco sensible. —Síp, yo diría que la puerta se llevó la peor parte. —interviene él junto a mí. Galen firma también en la hoja de retrasos injustificados, debajo de mi nombre. Cuando su brazo roza el mío, se siente como si mi sangre se convirtiera en agua hirviendo. Me giro para enfrentarlo. Mis sueños en realidad no le hacen justicia. Largas pestañas negras, olivácea piel perfecta, corte de mandíbula propio de un modelo italiano, labios como… por el amor de Dios, ten algo de dignidad, boba. Se acaba de burlar de ti. Me cruzo de brazos, levanto la barbilla, y digo: —Tú sabrás. Él sonríe, me saca de un tirón la mochila y se aleja. Tratando de ignorar la ráfaga de su aroma mientras la puerta se cierra, miro a la señora Poindexter, quien suelta una risita, se encoge de hombros y pretende ordenar unos papeles. El mensaje es claro: él es tu problema; aunque, qué gran problema que tienes. ¿El chico había utilizado sus encantos para nublar los sentidos del personal docente también? Si empezara a robarles a los niños el dinero de sus almuerzos, ¿también soltarían una risita ante eso? Gruño entre dientes y salgo de la oficina pisando fuerte. Galen está esperándome justo afuera de la puerta, y casi me estampo contra él. Se ríe y me sujeta por el brazo. —Creo que se te está volviendo un hábito. Después de recobrar el equilibrio—después de que Galen me ayuda a recuperar el equilibro, en realidad—, clavo mi dedo en su pecho y lo acorralo contra la pared, cosa que hace que su sonrisa se ensanche.

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—Tú… me… estás… irritando. —lo acuso. —Lo he notado. Trabajaré en ello. —Puedes empezar devolviéndome mi mochila. —No. —¿No? —Exacto: no. La estoy cargando por ti, es lo menos que puedo hacer. —Bueno, no puedo discutir contra eso, ¿verdad? —Me inclino para alcanzarla, pero él se mueve y me bloquea—. Galen, no quiero que la cargues. Ahora basta, llego tarde a clases. —Yo también llego tarde, ¿recuerdas? Eso es verdad. Dejé que me distrajera de mi agenda. —En realidad, tengo que volver a la oficina. —No hay problema. Te esperaré aquí y luego te acompañaré a la clase. Me pellizco el puente de la nariz. —De eso se trata, voy a cambiar mi horario. No voy a estar más en tu clase, por lo que deberías irte. Estás violando seriamente la regla Número Uno. —¿Por qué vas a cambiar tu horario? —pregunta cruzándose de brazos—. ¿Es por mí? —No. —Mentirosa. —Más o menos. —Emma… —Mira, no quiero que tomes esto como algo personal. Es sólo que… bueno, algo malo pasa cada vez que estoy cerca de ti. Alza una ceja.

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—¿Estás segura de que es por mí? Quiero decir, desde donde yo estaba pareció que tus sandalias… —Como sea, ¿de qué discutíamos? ¿Estábamos discutiendo, verdad? —Tú no… ¿No recuerdas? Niego con la cabeza. —El doctor Morton me dijo que tal vez perdería algunos recuerdos a corto plazo. Aunque sí recuerdo haber estado enojada contigo. Galen me mira como si yo fuera una criminal. —Estás diciendo que no recuerdas nada de lo que dije, nada de lo que tú dijiste. La forma en la que me cruzo de brazos me hace recordar a mi madre. —Eso es lo que estoy diciendo, sí. —¿Lo juras? —Si no vas a decirme, entonces dame mi mochila. Tengo una concusión, no los brazos rotos. No estoy incapacitada. Su sonrisa podría conseguirle un lugar en la portada de cualquier revista del país. —Discutíamos sobre a qué playa querías que te llevara. Íbamos a ir a nadar después de clases. —Mentiroso. Con M mayúscula. Nadar y ahogarse están en mi lista de tareas en algún lugar por debajo de parir un puercoespín. —No, espera, tienes razón. Discutíamos sobre cuál es la verdadera fecha en que se hundió el Titanic. Ya habíamos arreglado que iríamos a nadar a mi casa. Las campanas resuenan en mi cabeza, pero no aquellas que deberían estar sonando si esto fuera cierto. No recuerdo haber hablado sobre la playa en absoluto, aunque sí me acuerdo de haber respondido la pregunta sobre el Titanic en la clase del

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señor Pinner. Incluso Galen, haciendo uso de su sonrisa como elemento persuasivo, no podría haberme hablado sobre meterme en el agua. ¿Verdad? —Yo… No te creo —decido mientras hablo—. No me hubiera enojado tanto sólo por una fecha. Histórica o de otro tipo. —A mí también me sorprendió. —Se encoge de hombros. Levanto una ceja. —¿Por qué discutirías sobre una fecha, en cualquier caso? Puedes googlearlo en cualquier lugar y obtendrás la misma respuesta. —Cierto. Puedes buscarlo en la Red de Redes Mundial 3 . ¿Alguna vez te preguntaste de quién es exactamente la red? —¿Qué? —Lo que quiero decir es: ¿alguna vez te has puesto a pensar que sólo sabes aquellas cosas que ellos quieren que sepas? —No —niego con la cabeza—. No voy a caer en eso; estás tratando de distraerme. ¿De qué estábamos discutiendo realmente? —¿Qué crees tú que estábamos discutiendo? —Para ya. Estás respondiendo mis preguntas con más preguntas. Y además es bastante bueno en eso. Estoy muy impresionada conmigo misma por darme cuenta, especialmente teniendo una concusión. Él parece impresionado también. —¿Estás segura de que no lo recuerdas? Me parece que tu mente está funcionando bastante bien. —¿Sabes qué? Olvídalo. Fuera lo que fuera, te perdono. Dame mi mochila así puedo volver a la oficina. Estamos a punto de que nos pesquen de todas formas, por estar parados aquí.

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Galen dice World Wide Web, cuya abreviación es WWW.

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—Si de verdad me perdonas, entonces ya no tienes por qué ir a la oficina. — Aprieta su agarre de las asas de mi mochila. —Ay, Santo Cielo, Galen, ¿por qué aún estamos teniendo esta conversación? Ni siquiera me conoces. ¿Qué te importa si cambio mi horario? Sé que estoy siendo grosera. El chico se ha ofrecido a llevarme mis cosas y a acompañarme a clase. Y, dependiendo de en qué versión de la historia crea, él, o ya me había invitado a salir el lunes o lo acaba de hacer indirectamente hace pocos segundos. Nada de esto tiene sentido. ¿Por qué yo? Sin hacer ningún esfuerzo puedo pensar en al menos diez chicas que me sobrepasan en apariencia, personalidad y color de piel. Galen puede atraer la atención de cualquiera de ellas. —¿Qué? ¿No tienes una pregunta para mi pregunta? —pregunto luego de unos pocos segundos. —Es sólo que me parece tonto que cambies tu horario simplemente por una discusión sobre cuándo el Titanic… Extiendo mis manos hacia él. —¿Es que no ves lo raro que es esto para mí? —Estoy tratando, Emma, de verdad. Pero creo que has tenido un par de semanas bastante duras que ahora te están pasando factura. Dijiste que cada vez que estás cerca de mí, algo malo sucede; pero no puedes saber con certeza si eso es cierto, a menos que pases algún tiempo conmigo. Como mínimo deberías ser consciente de eso. Algo está mal conmigo. Esas puertas de la cafetería deben de haberme dado una buena paliza; de otra forma, no estaría alejando a Galen de esta manera. No con él rogándome, no con la manera en que se inclina hacia mí, no con la forma en la que huele. —¿Ves? Te lo estás tomando de forma personal cuando en realidad no hay nada personal al respecto. —susurro. —Es personal para mí, Emma. Es verdad, no te conozco bien, pero hay algunas cosas que sí sé de ti. Y me gustaría saber más.

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Un vaso lleno de agua helada no podría enfriar mis mejillas. —Lo único que tú sabes sobre mí es que soy una amenaza contra la vida cuando uso sandalias. Que mis ojos no encuentren su mirada obviamente le molesta, porque levanta mi barbilla con la curva de su dedo. —Eso no es todo lo que sé —aclara—; conozco tu mayor secreto. Esta vez, al contrario que en la playa, no aparto su mano. La corriente eléctrica en mi pies prueba que verdaderamente estamos tan cerca el uno del otro, que nuestros dedos se tocan. —No tengo ningún secreto —digo, fascinada. Él asiente. —Finalmente lo entendí: en realidad no sabes nada sobre tu secreto. —No tiene sentido lo que dices. O soy yo la que apenas puede concentrarse, porque accidentalmente miré sus labios. Tal vez sí me habló de ir a nadar… La puerta de la oficina principal se abre, y Galen me toma del brazo y me lleva hacia una de las esquinas. Continúa arrastrándome pasillo abajo, hacia el aula de Historia Mundial. —¿Eso es todo? —pregunto exasperada—. ¿Simplemente vas a dejarlo así? —Eso depende de ti —dice Galen, mientras nos detiene a ambos frente a la puerta—. Ven conmigo a la playa después de clases, y te lo diré. Se estira para alcanzar el picaporte, pero yo sujeto su mano. —¿Me dirás qué? Ya te he dicho que no tengo ningún secreto. Además, no nado. Sonríe y abre la puerta.

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—Hay muchas cosas para hacer en la playa aparte de nadar —Luego, me atrae hacia él de la mano, tan cerca que creo que me va a besar. En vez de eso, me susurra al oído—: Te diré de dónde viene tu color de ojos. Como me quedo boquiabierta, coloca suavemente su mano sobre la parte baja de mi espalda y me empuja dentro del salón de clases. Luego me deja en paz.

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8 Traducido por Andrés_1987

SUENA LA CAMPANA FINAL y los estudiantes se escurren por cada hendidura del edificio rojo, los frenos del autobús silban en la distancia mientras los chicos de los grados hacen un corro apretado para abordar, los de preparatoria se dirigen en gruesa manada hacia el estacionamiento y se aprietan como un coágulo alrededor de Galen y su para nada modesto automóvil. Galen se apoya contra la cajuela, asintiendo aprobadoramente a los machos jóvenes que admiran su vehículo y evitando el contacto visual con las hembras que le admiran otras cosas. La ola de estudiantes se convierte ahora en un embotellamiento lleno de bocinas, el cual disminuye mientras los autos llenos de estudiantes emigran hacia la autopista. Galen escucha tras de si a alguien en una patineta, que hace un reconocimiento sensorial del asfalto junto con un gruñido de dolor. Observa el automóvil estacionado al lado del suyo, pero ¿Dónde está? Se pregunta. Cuando Emma aparece por la puerta principal, el aire entre ellos parece crujir con electricidad mientras fija la mirada en sus ojos, pero Emma no sonríe. Aunque está decepcionado por su apatía, Galen se aleja del auto y la alcanza antes que ella pueda dar diez pasos. —Déjame cargar tu mochila, pareces cansada ¿estás bien? Emma no opone resistencia al asunto de la mochila esta vez, en vez de ello se la pasa de buena gana y agarra su cabello blanco para echárselo a un lado. —Tan sólo tengo dolor de cabeza, ¡Oye! Te saltaste un día completo de clases después que peleaste conmigo por mi cambio de horario. Galen sonríe. —No lo pensé de esa forma, simplemente sabía que no podrías concentrarte en las clases si me quedaba, porque estarías todo el día molestándome por lo de tu secreto y ya has perdido suficiente escuela.

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—Gracias papá —dice ella rodando los ojos. Una vez que llegan a sus respectivos autos, Galen arroja la mochila de Emma en el asiento trasero de su convertible. —¿Que haces?—dice ella. —Creí que habíamos hecho planes para ir a la playa. Emma se cruza de brazos. —Tú hiciste planes, así que puedes ir solo. Galen también cruza los brazos. —Pero si lo habíamos acordado el lunes, justo antes que te golpearas la cabeza. —Mmm sí, dale que dale con lo mismo. Sin pensarlo, Galen le toma la mano, Emma ensancha los ojos, se encuentra tan sorprendida como él. ¿Qué estoy haciendo? —Perfecto, así que si no recuerdas que te lo pedí, entonces te lo pido en este momento. ¿Vendrías por favor conmigo a la playa? Ella se libera de su agarre mientras observa algunos niños pasar, quienes de inmediato cubren sus susurros con una carpeta amarilla. —¿Que tiene que ver la playa con mis ojos? Y ¿porque llevas lentes de contacto sobre los tuyos? —Rach... Er, mamá dice que me ayudaran a pasar más desapercibido, dice que mi color natural sólo atraería atención innecesaria. Emma resopla. —Oh si, definitivamente ella está en lo correcto, los ojos azules te hacen ver tan común. De hecho, faltó poco para que no notara tu presencia aquí. —Eso hiere mis sentimientos Emma. —dice él sonriendo maliciosamente. Ella ríe por lo bajo. —Consideraré perdonarte si vienes conmigo a la playa. Emma suspira. —No puedo ir contigo, Galen.

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El peina su cabello con una sola mano. —Te soy honesto Emma, no sé hasta cuando pueda aguantar tus rechazos. —dice Galen inesperadamente. Excepto por Emma, Galen no recuerda haber sido rechazado jamás, Obviamente estaba el hecho de que pertenecía a la casa real, o tal vez porque tampoco es que pasara mucho tiempo con su propia especie o el hecho de que pasaba aún menos tiempo en compañía de las hembras Syrena. De hecho ahora que lo pensaba, Galen no pasaba tiempo con nadie más que con Rachel y esta última le regalaría su corazón aun palpitante si Galen se lo pidiera. —Lo siento de veras, pero esta vez no se trata de ti, bueno, en realidad sí un poco. Mi mamá… bueno, ella piensa que estamos saliendo. —Sus mejillas y sus labios, se ponen de un rojo intenso. —¿Saliendo? —¿Qué significaba “saliendo”? Trata de recordar lo que le explicó Rachel, dijo que era fácil de recordar porque era casi lo mismo que, que… ¿Cuál era la rima? Y entonces lo recuerda “Es fácil de recordar porque saliendo rima un poco con apareando y ambas son casi lo mismo.” Había dicho ella. Parpadea hacia Emma—. ¿Tu madre piensa que nos estamos apare… perdón, saliendo? Emma asiente mientras se muerde el labio. Por alguna razón que no puede explicar, esta situación le complace bastante, Galen se recuesta contra la puerta del pasajero y dice: —Bueno, pero ¿qué importa si así lo cree? —Le dije que no estábamos saliendo esta misma mañana, ir contigo a la playa me haría quedar como una mentirosa. Se rasca la nuca. —No entiendo, si le acabas de decir que no estábamos saliendo, ¿porque ella tiene la idea contraria? Emma se relaja contra la puerta del conductor de su propio auto. —Bueno, eso es básicamente culpa tuya, no mía. —Creo que estoy perdido.

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—Es por la forma en que me cuidaste cuando me golpeé la cabeza, algunas personas se percataron de ello y le contaron a mamá, ella piensa que he estado escondiendo mi supuesta relación, que te he mantenido en secreto, porque ella piensa que hemos estado, estado… —Saliendo. —le ofrece Galen, no puede entender por qué la está pasando tan mal al hablar de salir con él. Si eso significa lo que él cree; pasar más tiempo con un humano en particular, para evaluar si él o ella resultan ser una buena pareja. Los Syrena hacen lo mismo, sólo que le llaman seleccionar. Una Syrena puede seleccionar una pareja en cuestión de días. Se había reído cuando Rachel le dijo que los humanos pueden salir por años, tan indecisos. Sin embargo, en su cabeza oyó como un susurro la voz de Toraf que le decía que era un hipócrita, Tienes 20 años, ¿Por qué no has seleccionado una pareja? No es que Galen fuera un indeciso, simplemente no había tenido tiempo para seleccionar debido a la responsabilidad de vigilar a los humanos, si no fuera por eso, ya habría sentado cabeza. ¿Cómo podría Toraf llegar a pensar que Galen no había seleccionado a causa de Emma? Hasta hace tres semanas, ni siquiera sabía que ella existía. Emma asiente y luego sacude la cabeza —Saliendo, sí, pero ella piensa que nosotros estamos, eh, más que saliendo. —Oh —dice pensativo. Luego sonríe maliciosamente—. Oh. —La razón por la que sus labios se vuelven de su color favorito es debido a que la madre de Emma piensa que ellos están saliendo y apareándose. El rubor se extiende por su cuello hasta desaparecer de vista bajo su camiseta, probablemente Galen debería decir algo que la hiciera sentir menos incómoda, pero avergonzarla de esta forma es mucho más divertido. —Bueno, entonces lo menos que podría hacer es darnos algo de privacidad. —¡Oh, Santo Cielo! —dice mientras agarra violentamente su mochila del asiento y marcha apresuradamente hasta la puerta del conductor de su propio auto, antes de que pueda quitarle el seguro a la puerta, él le quita las llaves de los dedos y las mete apresuradamente en el bolsillo delantero de sus vaqueros.

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Emma actúa apresuradamente para tratar de recuperarlas, pero se detiene de golpe cuando se da cuenta de donde tiene que ir a pescarlas. Nunca la ha visto de este tono de rojo, Galen ríe. —Cálmate, Emma; estoy bromeando, por favor no te vayas. —Si, pues no es gracioso, deberías haberla visto esta mañana, estaba a punto de llorar y mi mamá nunca llora. —Emma se cruza de brazos y se relaja sobre la puerta. —¿Lloró?, eso es bastante ofensivo. Ella suelta una pequeña risa —Es un insulto para mí. Piensa que estamos, estamos… —Más que saliendo. Ella asiente. Da unos pasos hacia ella y coloca su mano a su lado sobre el auto. Galen se recuesta un poco sobre ella, una corriente eléctrica parece oscilar dentro de la espina dorsal de Galen. ¿Qué haces? —Pero ella debería saber que no me ves de esa forma, que algo así nunca cruzaría tu mente. —murmura. Ella desvía la mirada, satisfaciendo su pregunta no dicha… sí ha cruzado por la mente de Emma, de la misma forma que cruza la suya. ¿Cuán a menudo? ¿También siente el voltaje entre ellos? ¡A quién le importa, idiota! ella pertenece a Grom, ¿Acaso vas a dejar que unas pocas chispas anulen la posibilidad de unir por fin a ambos reinos? Retrocede apretando los dientes, sus bolsillos son el único lugar seguro para sus manos en este momento. —Porque no me llevas a conocerla, ¿piensas que eso la haría sentir mejor? —Mmm. —Se pasa el cabello para el otro lado de la cabeza, su expresión encaja en algún sitio entre la conmoción y la expectación. Emma tiene todo derecho a estar aprensiva ya que Galen ha estado entreteniéndose con la idea de besarla desde hace una o dos semanas. Ella juega nerviosamente con la manija de la puerta—. No me dejará ir a ninguna parte, especialmente contigo, a menos que te conozca primero. —¿Debería tener miedo?

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Emma suspira —Normalmente te diría que no, pero luego de esta mañana. — Se encoge de hombros. —Qué tal si te sigo a casa y así puedes dejar tu auto, entonces ella podrá interrogarme y cuando vea lo encantador que soy dejara que te lleve a la playa conmigo. Rueda los ojos —Sólo no seas demasiado encantador, si eres demasiado complaciente es posible que no te crea. Simplemente no sobreactúes ¿ok? —Esto se está volviendo complicado. — dice Galen quitándole el seguro al auto de Emma. —Tan sólo recuerda que esto es tu idea y tu culpa, si te estás acobardando, ahora es el momento de retirarte. Galen suelta una risa ahogada y abre la puerta para ella. —No me pierdas en la carretera. *** Emma arroja su mochila en la encimera y asoma la cabeza escaleras arriba — Mamá ¿podrías bajar un segundo?, tenemos compañía. —Claro, dulzura. Estaré allí en un minuto, acabo de recibir una llamada, así que voy apurada. —Es la respuesta que obtienen del piso superior. Galen hunde las manos en los bolsillos, ¿Porque estoy nervioso?, es tan sólo otra humana a la que tengo que engañar. Sin embargo, todo depende de que esta humana le acepte. Ganarse a la madre de Emma es tan importante como ganarse a Emma misma. Si su madre llegase a oponerse podría volver su tarea más difícil, costarle más tiempo. Logra calmarse un poco, si no hubiera practicado con Rachel estas dos semanas antes de entrar a la escuela no estaría intentando esta jugada. Rachel fue minuciosa, lo preparó para lo que ocurriría en la escuela y cómo debía actuar, lo que ciertas frases significaban, lo que debería vestir y cuando hacerlo, también pulieron sus habilidades al volante. Hasta anticipó que podría llegar a conocer a la madre de Emma, sólo que

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no bajo circunstancias de interrogatorio. Ahora Galen desea haberla llamado mientras estaba en camino hacia aquí. Mientras contempla de nuevo la idea de raptar a Emma, observa la habitación desde su ventajoso punto de la cocina. Puede observar por completo la planta baja, cuya única cosa en común en la decoración es el tema de la falta de combinación entre los electrodomésticos, los muebles y la pintura; nada combina. Todas las habitaciones están abiertas y sin puertas, como si le dieran la bienvenida y las dunas de arena recubiertas de hierbas se asoman por la enorme ventana como si estuvieran espiando el interior. Todo esto es ya suficiente para tomarle afecto a la casa y hace que la casa que Rachel le compró parezca fría e impersonal, sin embargo, lo que lo hace ponerse en verdad celoso son las fotografías que cubren cada pared de cada habitación, fotos de Emma. Su vida completa cuelga de esas paredes, y si no encuentra la forma de convencer a su madre de sus buenas intenciones, podría no tener la oportunidad de volver a mirarlas. Galen escucha pasos ahogados en las escaleras, la madre de Emma emerge enganchando algo a su camisa, cuando ve a Galen se detiene. —Oh. Galen sabe que la expresión sobresaltada en su cara es un eco de su propia expresión, ¿Es que acaso esta mujer es una Syrena? todos sus rasgos gritan que sí, su cabello oscuro, su piel y su constitución muscular, todo excepto los ojos azules, ojos que lo examinan con familiaridad, casi como si supiera quién es y porque está aquí. Así pues, con un solo parpadeo esos mismos ojos azules cambian de modo guardián a modo anfitrión. Emma rompe el hielo con gracia —Mamá, este es nuestro visitante, su nombre es Galen Forza. Él sonríe y le ofrece la mano para saludarla justo como Rachel le instruyó — Hola señora McIntosh, es un placer conocerla.

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Ella lo alcanza a la mitad del recorrido y acepta su mano, su agarre es confiado pero no prepotente, además no le produce el menor resquicio de cosquilleo, no es que estuviera esperando electricidad, pero ya que esta mujer es la madre de Emma era una posibilidad. Viéndola más de cerca nota pequeñas sombras grises en su pelo; señales de envejecimiento, un rasgo definitivamente humano. Su tono de voz es la epitome de la cortesía, pero sus ojos azules y sin lentes de contacto hasta donde logra observar, están sobresaltados y su boca nunca se cierra por completo. —Oh, ¿Galen? —Voltea hacia Emma—¿Este es Galen? Galen logra notar que está intentando formularle a Emma una pregunta con doble intención. Una que no tiene nada que ver con que él sea un Syrena. Mete las manos en los bolsillos y abandona el escrutinio de la señora McIntosh en favor de memorizar cada hilo de la interesantísima alfombra. Galen no puede hacer contacto visual sabiendo que ella, en este momento, está imaginándose lo que supuestamente él y Emma hacen en la intimidad. ¡Idiota! No está preocupada del porqué Galen, el Syrena, estaría aquí en su casa, sino por Galen, el chico humano. Emma se aclara la garganta. —Síp, el mismo. —Ya veo... ¿nos disculparías por un momento, Galen? Emma, necesito hablarte un momento, en privado, en el piso de arriba. Sin esperar ningún tipo respuesta de ninguno de los dos empieza su ascenso, y antes que Emma pueda seguirle le obsequia una mirada de “te-lo-dije” y Galen la acepta con un asentimiento de cabeza. Ya que no se siente con la libertad de vagabundear por la casa y ojear todas las fotos, Galen se limita a mirar de mala gana por la ventana hacia la duna de hierba, sin verla realmente. Del piso superior no se escuchan ruidos ni gritos, lo cual no sabe si interpretar como una buena o mala señal, ya que los humanos resuelven los conflictos de diferentes formas y totalmente diferente de los Syrena, de hecho, cada individuo humano tiene una forma diferente. Los Syrena buscan la ayuda de un mediador para mantener un punto de vista imparcial sobre los asuntos, pero los humanos casi nunca lo hacen, recurren al griterío, las peleas o incluso al asesinato. Su primer encuentro con Rachel es la prueba máxima de esto último, la habían atado a un bloque de cemento y

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se hundía en las aguas del Golfo de México. Galen solo tenía trece años en ese entonces, pero recuerda vívidamente lo rápido que ella se hundió y cómo se retorcía, parecía carnada viva y gritaba por encima de la cinta que cubría su boca. Los nudos sobre su cuerpo estaban tan apretados que se dejó los dedos ensangrentados y en carne viva tratando de desatarla. Cuando la hubo llevado a la playa, Rachel le suplicó que por favor no la abandonara allí, Galen no quería quedarse, pero ella temblaba con tanta fuerza que pensó que podría morir esa misma noche. Grom recién le había enseñado cómo encender una fogata, algo que la mayoría de los Syrena no aprenden sino hasta que es tiempo de consumar su emparejamiento en las islas; así que atrapó algunos peces y los asó para ella. Con refrenada curiosidad, le hizo compañía mientras comía, cualquier otro humano adulto hubiera sospechado al ver su cola, pero no Rachel. Ella la ignoró de tal forma que incluso pensó que no la había notado, hasta que mencionó que había dedicado los últimos treinta años de su vida a guardar los secretos de los demás, que su caso no tenía por qué ser diferente; así que se quedó con ella toda la noche mientras dormía a ratos. En la mañana, Galen anunció que era hora de separarse, pero ella insistió que quería devolverle el favor, a lo cual Galen accedió de mala gana. Como pago por salvarle la vida, le pidió que le contara sobre los seres humanos. Rachel se reunió con él en la playa, cada noche, en un lugar llamado Miami y le respondió todas las preguntas que se le ocurrieron y otras tantas que ni siquiera sabía cómo formular. Una vez que Galen sintió que la deuda estaba saldada, insistió de nuevo en tomar rumbos diferentes, fue allí cuando ella ofreció ser su asistente. Dijo que si quería aprender de los humanos y proteger a su especie de ellos, necesitaría sus dotes particulares, cuando le pregunto a qué se refería, ella dijo: —Puedo hacer casi cualquier cosa, de hecho ese fue principalmente el motivo por el que trataron de matarme, bomboncito. En el lenguaje humano existe algo llamado “saber demasiado”. —Y ya muchas veces Rachel ha demostrado de lo que es capaz. Su broma recurrente es que Galen es la criatura no humana más rica del planeta.

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Al oír pasos que suenan en la escalera, la ensoñación del pasado se desvanece, voltea para mirar a la madre de Emma dar su último paso al área del comedor, con Emma detrás de ella. La señora McIntosh se acerca y coloca un brazo alrededor de Galen, la sonrisa en su cara es genuina, pero la de Emma es más como una línea recta y además, está ruborizada. —Galen, es un placer conocerte —dice, mientras lo conduce a la cocina—. Emma me dice que quieres llevarla a la playa detrás de tu casa, ¿a nadar? —Sí, señora. —Su transformación lo hace ponerse cauteloso. Ella sonríe. —Bueno, te deseo suerte para meterla en el agua. Debido a que estoy un poco apurada no te puedo seguir hasta allí, así que sólo necesitaré ver tu licencia de conducir, mientras Emma va hasta tu auto y anota tu matricula. Emma rueda los ojos y arrastra los pies hasta una gaveta de armario para sacar un bolígrafo y papel, azota la puerta tras de sí cuando sale; lo cual hace tintinear los platos de la pared. Galen asiente y saca su cartera, le pasa su licencia falsa a la señora McIntosh, quien la estudia para luego hurgar en su bolso en busca de algo para escribir. Apunta cuidadosamente en su mano, mientras dice: —Sólo necesito el número de tu licencia en caso de que algún día tengamos problemas, pero no creo que alguna vez vayamos a tener problemas, ¿no es así, Galen? Porque tú siempre traerás a mi amada hija, mi única hija, a tiempo a casa ¿no es verdad? Él asiente y luego traga. Ella le devuelve la licencia, cuando la ha guardado agarra su muñeca, lo hala hacia ella, mira hacia fuera y vuelve a mirarlo. —Dime ahora, Galen Forza ¿Estás o no estás saliendo con mi hija? Genial… aún no le cree a Emma. y si de todas formas no le cree, ¿para qué seguir intentando convencerla de lo contrario? si ella piensa que están saliendo, el tiempo que quiere pasar con Emma parecerá una actividad normal de pareja, pero si le dice que no están saliendo y aun así quiere pasar tiempo con Emma entonces se verá

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realmente sospechoso. Posiblemente hasta se aventure a espiarlos y eso sería menos que ideal. Así pues, afirmar que sale con Emma es la única manera de asegurarse que empareje con Grom. Las cosas se ponen cada vez mejor. —Sí —dice—. Definitivamente estamos saliendo. Ella entrecierra los ojos. —¿Porque me diría Emma lo contrario? Galen se encoge los hombros —Tal vez está avergonzada de mí. Para su sorpresa, suelta una risa ahogada. —Lo dudo seriamente, Galen Forza —Su buen humor dura poco, ya que lo agarra por el cuello de la camisa—. ¿Estás durmiendo con ella? Durmiendo… ¿Acaso dijo Rachel que dormir y aparearse eran la misma cosa?, salir y aparearse son algo parecido, pero dormir y aparearse… ¡Son exactamente lo mismo! Galen sacude la cabeza —No, señora. Ella alza una ceja, incrédula —¿Porque no? ¿Hay algo malo con mi hija? Eso es inesperado, Galen comienza a sospechar que esta humana puede sentir una mentira con la misma destreza que Toraf puede rastrear a Rayna. Todo lo que la señora McIntosh busca es honestidad; pero la verdad haría que lo arrestaran. Estoy loco por su hija… pero estoy reservándola para mi hermano. Así que sazona su respuesta con la franqueza que ella parece ansiar. —No hay nada malo con su hija, señora McIntosh, le dije que no estamos durmiendo juntos, no que no quisiera hacerlo Ella inhala fuertemente y luego exhala, aclarando la garganta mientras trata de alisar las arrugas que ha dejado en su camisa, entonces le palmea el pecho, —Buena respuesta, Galen, buena respuesta. Emma abre de par en par la puerta del garaje y se detiene súbitamente. —Mamá, ¿qué estás haciendo? La señora McIntosh se aleja con paso majestuoso hasta la encimera. —Galen y yo sólo charlábamos, ¿qué te demoró tanto?

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Galen ahora supone que su habilidad de percibir una mentira probablemente está relacionada con su habilidad para decir una. Emma le echa una mirada extrañada, pero él se limita a encogerse de hombros de forma casual. Su madre agarra un juego de llaves de la pared del refrigerador y codea a su hija mientras sale, pero no antes de agarrar el papel de su mano. Se da la vuelta en la puerta. —Ah, y ¿Galen? —¿Sí, señora? —Haz que tu madre me llame para agendar su número en mi celular, —Sí, señora. —Que la pasen bien chicos, no llegaré a casa hasta tarde, pero tendrás que estar en casa a las nueve, dulzura ¿no es así, Galen? —Sí, señora. Ni Emma ni Galen dicen nada hasta que escuchan el auto salir de la entrada. Aun entonces esperan unos segundos más. Emma se recuesta contra el refrigerador, Galen le está tomando afecto a esconder sus manos en los bolsillos. —Así que… ¿de qué charlaban tú y mi mamá? —pregunta ella, fingiendo desinterés. —Tú primero. Ella sacude la cabeza —No, no, no quiero hablar de ello. Él asiente. —Pues yo tampoco. Por unos pocos segundos, miran todo en la habitación, menos el uno al otro. Finalmente Galen dice —Así que, ¿no quisieras cambiarte? —Esa idea es fabulantástica, bajo en seguida. —Casi se echa a correr para subir las escaleras.

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9 Traducido por Phoebe

NOS DETENEMOS EN el camino empedrado, y tengo que inclinarme en el asiento para poder apreciarla por completo. La casa playera de mis sueños. Cuatro pisos, tal vez cinco—dependiendo de si esa casilla en lo alto es una habitación o no. Todo madera, pintado de verde mar con ventanas blancas. Un enorme pórtico principal, completado con mecedoras blancas que hacen juego con unas macetas de madera, rebosantes de pensamientos rojos. Una reja de hierro forjado lleva hacia la parte posterior, desde la cual se debe poder apreciar la vista de la playa. Nos adentramos tanto en la arboleda con el coche, que pensé que terminaríamos en el agua antes de lograr llegar hasta su casa. —Linda casita. —le digo. —Te la cambio. —Cuando quieras. —¿De verdad? ¿Te gusta? —Parece estar genuinamente complacido. —¿Qué más se puede pedir? Se aleja un poco y estudia la casa como si fuera la primera vez que la ve. Asiente. —Es bueno saberlo. Subimos los tres escalones del pórtico, pero agarro su mano antes que alcance a tomar el pomo de la puerta. El contacto envía calor a través de mi cuerpo, calentándome hasta la médula. —Espera. Se detiene a mitad del movimiento y se queda mirando fijamente mi mano. —¿Qué? ¿Pasa algo malo? ¿No estarás cambiando de opinión, verdad?

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—No. Es sólo que… tengo que decirte algo. —¿Qué? Fuerzo una risa nerviosa. —Bueno, la buena noticia es que no tendrás que preocuparte más por mis rechazos. Galen sacude la cabeza. —Esa es una buena noticia, pero lo dices como si no lo fuera. Tomó una profunda bocanada de aire. ¿Dónde hay un buen rayo cuando lo necesitas? Porque, incluso aunque respire profundamente miles de veces, esto seguirá siendo humillante… —¿Emma? —Le dije a mi mamá que estábamos saliendo, —le suelto abruptamente. Ahí está. ¿No se siente mejor así? Nop, nop, para nada. Pese a que su sonrisa me sorprende, más que nada, me fascina más allá del pensamiento racional. —¿Estás bromeando? —me dice. Niego con la cabeza. —Es lo único que se creería. Por lo tanto, ahora… ahora tendrás que fingir que estamos saliendo juntos si vienes a mi casa; pero no te preocupes, no tienes por qué volver allí otra vez. Y en unos pocos días, fingiré que rompimos. —No, no lo harás —se ríe—. Le dije exactamente lo mismo. —¡No bromees! —¿Por qué, qué dije? —No, me refiero a que, ¿de verdad le dijiste eso? ¿Por qué harías semejante cosa?

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—Por la misma razón por la que tú lo hiciste —se encoje de hombros—. No hubiera aceptado un “no” por respuesta. La comprensión de que ambos podríamos haber tenido la misma conversación con mi madre hace que este bonito pórtico comience a dar vueltas. Luego, este bonito pórtico comienza a tener puntitos negros por todas partes. Cuando éramos pequeñas, Chloe y yo solíamos dar vueltas y vueltas en la silla de la oficina de mi padre. Una vez, ella me giró tan rápido y por tanto tiempo, que cuando me levanté caminaba en la dirección completamente opuesta a la que pretendía hacerlo. Como las niñas que éramos, encontrábamos aquello muy divertido, como ingerir helio para luego hablar como una ardilla. Ahora, sin embargo, no es tan entretenido. Especialmente ya que la cara de Galen desapareció detrás de un punto negro. —Ay, no. —¿Emma? ¿Qué pasa? El resto del pórtico es absorbido dentro del gran agujero negro de mi visión. El tapete de bienvenida debajo de mí cabecea como un bote de remos en un huracán. Me estiró para alcanzar la puerta o la pared o a Galen, pero de alguna forma le erro a los tres. De repente, mis pies pierden el equilibrio y mi rostro se estampa contra su pecho por segunda vez en mi vida. Esta vez, mi única opción es aferrarme a él. Oigo la puerta abrirse y cerrarse. El infierno producido por su tacto es la única cosa de la que estoy segura. Todo lo demás—como dónde queda arriba, abajo, la derecha y la izquierda— parece escaparse. —Yo… yo seguramente vaya a desmayarme. Lo siento. —Te tendí en el sofá —Me da un apretón—, ¿está bien? Asiento para indicarle que sí, pero no suelto su cuello. —Dime qué necesitas. Me estás asustando. Escondo mi cabeza en su pecho. —No puedo ver nada. No quiero acostarme porque… porque no voy a saber en dónde estoy.

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Ahora, el mundo ha dejado de girar. Decido que sus brazos son el lugar más conveniente para estar en estos momentos. Hasta que empiezo a caer. Grito. —Shhh. Todo está bien, Emma. Fui yo que me senté; estás en mi regazo — Acaricia mi pelo y me mece hacia atrás y hacia adelante—. ¿Es tu cabeza? Dime cómo puedo ayudarte. Cuando asiento contra su pecho, las lágrimas de mis mejillas se infiltran en su camisa. —Tiene que ser por mi cabeza. Esto nunca me había pasado. —Por favor, Emma, no llores. Se tensa cuando yo río sobre su camisa. Como castigo, mi cabeza palpita. —Apuesto a que te estás arrepintiendo de haberme traído aquí. —Yo no diría eso. —responde, relajándose. Su tono es como un bálsamo. Dentro de los confines de sus expertos brazos, mi cuerpo se relaja más allá de mi control. El pánico fluye lejos de mí, como el agua que se derrama de un vaso roto. Mis ojos se rehúsan a abrirse. —Estoy algo cansada. —¿Pero, está bien que duermas? Todo lo que he leído sobre heridas en la cabeza dice que no deberías ir a dormir. Aunque, mientras dice esto me permite encoger las piernas, acurrucar mi hombro contra su axila y ubicarme mejor en su regazo. Además, asegura mi nueva posición ajustando el agarre de sus brazos. El calor hierve entre nosotros y me envuelve como un abrigo de invierno. Hacerse un ovillo contra un bloque esculpido de granito no debería ser así de cómodo. —Creo que eso es cuando recién te golpeas. Estoy segura de que no pasa nada si me duermo ahora. Quiero decir, ya dormí anoche, ¿verdad? Y, en realidad, no estoy segura de poder mantenerme despierta en este preciso momento.

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—Pero… no te estás desmayando, simplemente vas a dormir, ¿no? Hay una diferencia. —Nada más dormir —Bostezo—. Tal vez solo necesite una siesta. Galen asiente contra mi pelo. —En verdad parecías cansada hoy cuando terminaron las clases. —Ya puedes ponerme sobre el sofá. Él no se mueve; se limita a continuar meciéndome. Mantenerse alerta es un callejón sin salida justo ahora. —¿Galen? —¿Mmm? —Ya puedes soltarme. —No estoy listo aún. —Aprieta su agarre.

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—No tienes que sostener… —¿Emma? ¿Me puedes oír? —Eh, sí. Puedo escuchar bien, lo que no puedo es ver… —Eso es un alivio. Porque por un momento pensé que no me habías escuchado cuando dije que no estoy listo todavía. —Imbécil. —Duerme. —dice, mientras ríe contra mi pelo. Es la última cosa que recuerdo. *** Lo malo es que él no sigue sosteniéndome; lo bueno es que puedo ver. Echo un vistazo alrededor de la habitación, pero todavía no trato de sentarme. Si tuviera que adivinar, diría que aún estoy en la casa de Galen. Todo en este cuarto grita “lujo”: arte del cual te das cuenta que es caro porque es muy feo; muebles de formas extrañas que fueron hechos más para ser observados en vez de para dar comodidad; un enorme


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televisor de pantalla plana colocado en la pared sobre la chimenea; la manta de cachemira que me cubre, tan suave que no molestaría ni a alguien con quemaduras de sol. Y sí, también tiene vista a la playa. La pared trasera es una ventana de cristal al completo. Ni siquiera hay dunas que bloqueen la vista. Incluso acostada, puedo ver las olas ondulando y la tormenta formándose en la distancia. Incorporarme es un gran error por dos razones: primero, hace que mi cabeza palpite y que mi visión se vuelva irregular; y segundo, hace que alguien grite: —¡Gaaaaaaaaleen! Gruñendo, cubro mis oídos y me retiro hacia mi cueva de cachemira. —¡Por el tridente de Tritón, Rayna, vas a despertarla! ¿Rayna? Fabulantástico. La hermana grosera de Galen, pero esa voz no le pertenece a él. ¿También tiene un hermano? —Ya está despierta, aliento de calamar. ¿Por qué otra razón lo llamaría? —Bueno, pero él no está aquí, princesa. Oigo a alguien arrastrar los pies y me siento casi lo suficientemente curiosa como para espiar desde mi manta. Pero, en lugar de eso, la frazada es arrebatada de mi cara. Rayna me mira fijamente y me señala. —¿Ves? Te dije que ya estaba despierta. El chico a su lado niega con la cabeza y se inclina hacia mí. —¿Emma? Me sorprende ver un nuevo par de ojos violetas. Y, por supuesto, este chico es de buen ver, también—no tan hermoso como Galen, pero, sinceramente, ¿quién lo es?—, con el mismo abundante pelo negro y la misma piel olivácea que Rayna y su hermano. Como respuesta a su pregunta, yo asiento. —Emma, soy Toraf. Supongo que ya conoces a Rayna.

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¿Toraf? ¿De verdad sus padres le pusieron Toraf? Pero no lo pregunto y me limito a asentir. —Escucha, no tienes que levantarte ni nada por el estilo. Galen sólo fue… eh… él fue a nadar. Estará de vuelta realmente pronto. Intercalo mi mirada entre ellos y más allá de la playa. Sacudo la cabeza. —¿Qué? ¿Qué anda mal, Emma? —me pregunta. Me cae bien Toraf. Parece estar genuinamente preocupado por mí, incluso sin aún haberme conocido. Rayna luce como si quisiera pisotear mi cabeza y terminar el trabajo que empecé con la puerta de la cafetería. —Tormenta. —pronuncio la única palabra que logro encontrar entre los puntos de mi visión. —Estará de regreso antes que empiece a llover —Toraf sonríe—. ¿Puedo conseguirte algo, para comer, para beber? —¿Un taxi? —sugiere su compañera. —Ve a la cocina, Rayna —le indica él—. A menos que estés lista como para buscar una isla. No estoy segura de cuán lejos está la cocina, pero parece como si la chica pisoteara fuerte durante unos largos cinco minutos. Encontrar una isla no parece el castigo adecuado por ser grosera, pero dado a que tengo lastimada la cabeza, les doy el beneficio de la duda. Además, siempre está la posibilidad de que me haya imaginado todo. —¿Te molesta si me siento? —me pregunta Toraf. Niego con la cabeza. Él se acomoda en el borde del sofá y vuelve a extender la manta sobre mí; espero que interprete mi asentimiento como un “gracias”. Toraf se inclina un poco y me susurra: —Escucha, Emma, hay algo que me gustaría preguntarte antes de que Galen vuelva. Oh, no te preocupes, es una pregunta con un “sí” o un “no” como respuesta. No hace falta que hables.

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Espero que interprete mi asentimiento como un “Claro, ¿por qué no? Eres agradable”. El chico mira alrededor, como si estuviera a punto de atacarme en vez de hacerme una pregunta. —¿Sientes… eh… una sensación de hormigueo… cuando estás cerca de Galen? Esta vez asiento con los ojos bien abiertos y espero que lo capte como un “Oh Santo Cielo, ¿cómo te enteraste de eso?” —¡Lo sabía! —sisea—. Escucha, apreciaría que no le mencionaras esto a Galen. Ambos estarán mejor si él lo descubre por su cuenta. ¿Me lo prometes? Espero que tome mi asentimiento como un “Este es el sueño más raro que he tenido”. Todo se vuelve negro. *** No tengo que abrir los ojos para saber que la tormenta está aquí. La lluvia abofetea el vidrio en oleadas y un constante estruendo de truenos ruge alrededor. ¿O es mi estómago? Mientras soy atraída de vuelta hacia la conciencia, los flashes de los relámpagos penetran entre mis párpados como luces estroboscópicas. Espiando a través de los pequeños agujeros de la cachemira, abro los ojos. Las luces de la estancia están apagadas, lo que hace que mi visión de la tormenta sea similar a estar contemplando fuegos artificiales. Lo apreciaría más si el tentador olor a comida no se estuviera burlando de mi estómago vacío. Cuando me incorporo para volver a sentarme, la cachemira se escurre hacia el suelo. Permanezco quieta y me agarro al sofá, esperando a que la habitación empiece a dar piruetas alrededor de mí o a que mi visión se evapore. Tuerzo mi cabeza de un lado al otro, para arriba y para abajo, y todo alrededor. Nada. No mareo, no desvanecimientos, no palpitaciones. El destello de un relámpago deja un rastro en la estancia, y cuando se vuelve a ir, mis ojos lo siguen de vuelta hacia el mar. En el reflejo de la ventana distingo una figura parada detrás de mí. No necesito voltearme para ver

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quién es el que crea tal contorno—o quién es el que hace que mi cuerpo se convierta en toda una granja de piel de gallina. —¿Cómo te sientes? —me pregunta. —Mejor. —le respondo a su reflejo. Galen salta por encima del sofá y me toma de la barbilla para doblar mi cabeza de un lado a otro, para arriba y para abajo, y todo alrededor, mientras observa mi reacción. —Acabo de hacer eso —le digo—. Nada. Él asiente y me suelta. —Rach… Mi mamá llamó a la tuya y le contó lo que pasó. Creo que tu madre llamó al doctor, y él le explicó que eso es bastante común, pero que deberías descansar por unos días más. Mi mamá insistió en que te quedaras aquí esta noche, dado que nadie merece conducir con este clima. —¿Y mi madre estuvo de acuerdo con eso? Incluso en la oscuridad, no se me pasa por alto su sonrisa. —Mi mamá puede ser bastante persuasiva. Al final de la conversación, tu madre hasta sugirió que ambos faltemos al colegio mañana y pasemos el rato acá, para que tú puedas relajarte. Por supuesto, siempre que la mía se quede en casa supervisándonos. Tu mamá dijo que no te quedarías en casa si yo iba al colegio. Un destello de la tormenta ilumina mis mejillas ruborizadas. —Porque ambos le dijimos que estamos saliendo. Él asiente. —También dijo que hoy deberías haberte quedado en casa, pero que te habías encaprichado por salir de todas formas. Sinceramente, no me había dado cuenta de que estuvieras tan obsesionada con… ¡Auch! —Trato de volver a pellizcarlo, pero él me agarra de las muñecas y me jala hacia su regazo como a un chico al que le van a dar una paliza—. Iba a decir “con la historia” —se ríe.

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—No, no ibas a hacerlo. Déjame levantarme. —Te dejaré. —Pero no lo hace. —Galen, déjame levantarme ahora… —Lo siento, todavía no estoy listo. —¡Ay, no! —jadeo—. El cuarto está dando vueltas otra vez—. Me quedo quieta, tensa. Entonces, la habitación sí da vueltas, cuando él me endereza y me vuelve a tomar de la barbilla. La mirada de preocupación grabada en su rostro me hace sentir un poco culpable, pero no lo suficiente como para mantener mi boca cerrada. —Siempre funciona. —le digo, ofreciéndole mi mejor sonrisa de “ja ja, eres un crédulo”. Una risita desde la puerta de entrada corta lo que, puedo asegurar, está a punto de ser una buena reprimenda. Nunca he oído a Galen maldecir, pero su ceño fruncido luce como si una palabra de cinco letras estuviera a punto de salir de su boca. Ambos nos volteamos para ver a Toraf observándonos con los brazos cruzados. Él también está usando su sonrisa de “ja ja, eres un crédulo”. —La cena está lista, niños —anuncia. Sí, definitivamente Toraf me cae bien. Galen pone los ojos en blanco y me saca de su regazo, se pone de pie de un salto y me deja ahí. En el reflejo, lo veo golpear con su puño el estómago de Toraf mientras pasa por su lado. El agredido gruñe, pero la sonrisa nunca deja su rostro. Luego, inclina la cabeza hacia mí para que los siga. Mientras pasamos por las habitaciones, trato de admirar la rica y sofisticada atmósfera, los pisos de mármol, las horribles pinturas. Pero mi estómago produce sonidos propios de una perrera a la hora de la comida. —Creo que tu panza está haciendo llamadas de apareamiento, —me susurra Toraf cuando entramos en la cocina, lo que hace que me sonroje lo suficiente como para que él se ría a todo volumen.

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Rayna está frente a la encimera, sentada al estilo indio sobre un taburete, mientras intenta pintarse las uñas de los pies con los seis colores diferentes que se encuentran alineados delante de ella. Si está intentando hacer que sus uñas parezcan algo que no sean los M&M’S, tiene un buen camino por delante. Mmm… M&M’S… —Emma, me gustaría que conocieras a mi madre. —me dice Galen. Coloca su mano sobre la espalda de la mujer y la hace dar un paso delante de la estufa, en donde está revolviendo una olla más grande que un neumático. Ella extiende una mano cubierta con un guante de cocina para estrechar la mía y lanza una risita cuando le doy el apretón. La madre de Galen es la persona más italiana que haya conocido alguna vez: grandes ojos marrones; cabello negro y enrulado, apilado sobre su cabeza como si fuera ropa para lavar; y pintalabios de un color rojo chillón que hace juego con los tacones de diez centímetros que tiene que usar para alcanzar la parte superior de esa olla. —Estoy tan entusiasmada por conocerte, Emma —me dice—. Ahora sé por qué Galen no paraba de hablar sobre ti. Su sonrisa parece contradecir el mérito de décadas de líneas fruncidas propagándose desde su boca. De hecho, es tan genuina y cálida que casi llego a creer que está realmente entusiasmada por conocerme. Pero, ¿eso no es lo que dicen todas las madres cuando son presentadas a las novias de sus hijos? Tú no eres su novia, tonta. ¿O acaso ella también cree que estamos saliendo? —Gracias, supongo —agradezco genéricamente—. Estoy segura de que él les habrá contado un millón de veces lo torpe que soy. Porque… ¿de qué otra manera se supone que puedo interpretar aquello? —Un millón uno, en realidad. Desearía que hicieras algo distinto, para variar. —interviene Rayna, arrastrando las palabras y sin mirar hacia arriba. Esta chica realmente ha abusado de mi paciencia. —Podría enseñarte cómo pintar dentro de los bordes. —le respondo.

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La mirada que ella me dirige es capaz de agriar la leche. Toraf pone sus manos sobre los hombros de Rayna y la besa en lo alto de la cabeza. —Yo creo que estás haciendo un excelente trabajo, mi princesa. La chica se bambolea para apartarse de su agarre y mete bruscamente el pincelito del esmalte de vuelta en su botella. —Si eres tan buena con eso, ¿por qué no te pintas los pies? Probablemente estén lastimados todo el tiempo debido a que vives chocándote contra todo. ¿Estoy en lo correcto? Sí, ¿y? Estoy a punto de aclararle algunas cositas—como, por ejemplo, cuánto se arruina el efecto de tener bonitos pies mientras se usa una falda y se está sentada al estilo indio—, cuando la madre de Galen coloca gentilmente una mano sobre mi brazo y se aclara la garganta. —Emma, estoy tan contenta de que te sientas mejor. Estoy segura que la cena va a completar tu recuperación, ¿tú no? Asiento. —Bueno, es tu día de suerte, cariño, porque la comida ya está lista. Galen, ¿podrías sacar esa cacerola del horno? Y Rayna, ¡sólo has puesto la mesa para cuatro! Toraf, ¿serías tan amable de agarrar otro juego de cubiertos? No, en el otro armario. Gracias. Mientras da las órdenes, me conduce hacia la mesa y aleja una de las sillas. Después que embiste con el asiento detrás de mis piernas hasta que yo caigo sentada sobre él, la mujer se precipita sobre sus tacones de vuelta hacia la estufa. Toraf coloca el plato delante de mí tan rápido que éste se bambolea como si fuera una moneda dando vueltas. —Ups, lo siento —se excusa. Le sonrío. Él golpea el plato con su mano para hacer que pare, luego arroja un cuchillo y un tenedor sobre él. Cuando está bajando mi vaso, Galen le atrapa el antebrazo y se lo arrebata de las manos.

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—Esto es vidrio, idiota. Seguramente habrás escuchado hablar de él —lo reprende. Luego deposita el vaso sobre la mesa como si se tratara de un huevo agrietado y me guiña un ojo. Me alegra que se haya quitado los lentes de contacto; sus ojos son los más lindos de entre todos los ojos violetas que hay por aquí—. Lo siento, Emma. No está acostumbrado a tener compañía. —Muy cierto. —afirma Toraf, sentándose junto a Rayna. Cuando todos estamos sentados, Galen usa un guante de cocina para quitar la tapa de la enorme cacerola moteada ubicada en el centro de la mesa. Y yo casi vomito. Pescado. Cangrejo. Y… ¿eso es pelusa de calamar? Antes que pueda pensar una versión amable de la verdad—preferiría comerme mi propio dedo meñique antes que ingerir mariscos—, Galen deja caer el trozo más grande de pescado en mi plato, luego chorrea sobre él con su cuchara una mezcla de carne de cangrejo y escalope. A medida que el olor se abre camino flotando hacia mi nariz, mis probabilidades de seguir siendo amable disminuyen. La única cosa que se me ocurre es hacer como si tuviera hipo en vez de arcadas. ¿Qué fue lo que olía hace un rato que me hacía agua la boca? No pudo haber sido esto. Pincho con el tenedor el filete y le doy vuelta, pero se siente como si torciera mis propias tripas. Lo hago puré, lo trozo, lo mezclo todo. No importa lo que haga, ni como luzca, no puedo llevármelo a la boca. Una promesa es una promesa, haya sido o no un sueño. Incluso si el pez que me salvó en el estanque de la abuela no hubiera sido real, los falsos conjurados por mi imaginación de verdad me confortaron hasta que llegó la ayuda. ¿Y ahora se supone que debo comerme a sus primos? No, no puedo. Dejó mi tenedor y bebo un poco de agua. Siento a Galen mirándome. Con mi vista periférica veo a los demás llevándose el pescado hacia los rostros, pero no Galen; él está quieto, con la cabeza ladeada, esperando a que yo coma un pedazo primero. ¡De todos los momentos para actuar como un caballero! ¿Qué pasó con el chico que, apenas unos minutos atrás, me despatarró sobre su regazo como si yo tuviera tres años? De todas formas, no puedo hacerlo. Aparte, ni siquiera tienen un perro como para alimentarlo debajo de la mesa, cosa que solía ser mi plan recurrente en la casa de la abuela de Chloe. Incluso, ella una vez empezó una guerra de comida para sacarme

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de aquel problema. Echo un vistazo alrededor de la mesa, pero Rayna es la única persona a la que apuntaría con está porquería. Además, me arriesgo a tener esta cosa sobre mí, lo cual es casi igual de malo que tenerla dentro de mí. —¿No tienes hambre? —Galen me da un codazo—. ¿No te estarás sintiendo mal de nuevo, no? Esto atrae la atención de los demás. El alboroto de la comida se detiene y todos me miran: Rayna, irritada porque su glotonería fue interrumpida; Toraf, sonriendo con superioridad como si yo hubiera hecho algo gracioso; la madre de Galen, luciendo la misma mirada preocupada que su hijo. ¿Puedo mentir? ¿Debería mentir? ¿Qué pasa si me vuelven a invitar? ¿Y si preparan mariscos, sólo porque mentí esta vez? Decirle a Galen que me duele la cabeza no me salva de futuros aperitivos marinos. Y decirle que no tengo hambre no tendría sentido, puesto que mi estómago continúa gorgoteando como un desagüe vaciándose. No, no puedo mentir. No si quiero volver alguna vez, cosa que así es. Suspiro. —Odio los mariscos. —admito. La repentina tos de Toraf me sobresalta. El sonido que produce al atragantarse me recuerda al de un gato que lucha contra una bola de pelo. Enfoco mi mirada en Galen, quien se ha quedado tan rígido como una estatua. Dios, ¿esto es lo único que su madre sabe cocinar? ¿O rehuí a la receta de la familia Forza, ganadora del premio a la cocina del pescado? —Tú… ¿Quieres decir que no te gusta este tipo de pescado? —pregunta Galen con diplomacia. Desesperadamente quiero asentir y decir: “sí, es eso, no me gusta este tipo de pescado”. Pero eso no va a evitarme tener que comerme la montaña de escalope y de carne de cangrejo que hay en mi plato. Niego con la cabeza. —No, no es sólo este tipo de pescado. Odio todos. No soporto comer ninguna clase de criatura marina, apenas puedo soportar el olor. Linda forma de hundirte a ti misma, ¡estúpida! ¿No podía simplemente haber dicho que no me gustaba? ¿Era necesario decir que odio hasta el olor? ¿Y por qué me estoy

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sonrojando? No es un crimen sentir nauseas de los mariscos. Y, por el amor de Dios, no como nada que todavía conserve sus globos oculares. —¿Pretendes decirme que no comes pescado? —me ladra Rayna—. ¡Te lo dije, Galen! ¿Cuántas veces te lo he dicho? —Rayna, mantente callada. —pide sin mirarla. —¡Estamos perdiendo nuestro tiempo aquí! —La chica golpea su tenedor contra la mesa. —Rayna, dije… —Oh, ya escuché lo que dijiste. Pero ya es hora de que tú escuches a alguien más, para variar. Ahora sería un buen momento para desmayarme. O diez minutos atrás, antes de que desvelaran la sorpresa de mariscos; pero no me siento para nada mareada, o cansada. De hecho, ver a Rayna despotricando parece estar encendiendo una extraña carga en la habitación, haciendo chispear a nuestro alrededor una energía oculta. Por lo que, no me sorprendo cuando Galen se pone de pie, tan rápido que su silla cae al suelo. Me levanto yo también. —Vete, Rayna. Ahora. —rechina. Cuando Rayna se pone de pie, Toraf la imita. El joven mantiene su expresión neutra. Tengo la sensación de que él ya está acostumbrado a este tipo de arranques. —Sólo la estás usando para distraerte de tus verdaderas responsabilidades, Galen —escupe ella—. Y ahora nos has puesto a todos en riesgo. Por ella. —Ya tenías conocimiento de los riesgos antes de venir, Rayna. Si te sientes expuesta, vete. —dice Galen con frialdad. ¿Responsabilidades? ¿Expuesta? Estoy esperando a que alguien admita que forman parte de algún culto para gente de ojos violeta, en el que yo no fui iniciada. —Creo que no entiendo. —confieso.

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—Oh, bueno, eso es realmente horrible, ¿no es verdad? —Y, volviéndose hacia Galen, agrega—. Parece como si tú siempre intentaras apartarme. —Parece como si tú nunca escucharas. —Soy tu hermana, mi lugar es contigo. ¿Quién es ella para nosotros? —Inclina su cabeza hacia mí. Me alejo de la mesa para poner distancia entre la hermana de Galen y yo. La energía en la habitación dejó de ser una chispa para convertirse en un infierno en toda regla. —¿Estás bien? —me pregunta Galen—. Deberías sentarte. Rayna rodea la mesa y agarra el respaldo de una silla. —¿Por qué sigues aquí, Galen? Ella obviamente no es nada más que una patética humana, que ni siquiera pudo salvar a su propia amiga. Por supuesto, ya sabemos lo sanguinarios que son, cuán pocas razones necesitan para matarse entre ellos. Tal vez la dejó morir a propósito. —¿Qué acabas de decir? —Me alejo de la encimera. —¡Rayna! —vocifera Toraf—. ¡SUFICIENTE! —Emma, no sabe de lo que está hablando, —interviene Galen, tirando de mi muñeca para acercarme de nuevo hacia sí. La sonrisa de Rayna es feroz cuando dice: —Oh, sí, lo sé, Emma. Sé exactamente de qué estoy hablando. Tú-Mataste-A-Chloe. Nunca antes he estado en una pelea. Aunque técnicamente esto no contará como tal: esto será homicidio. Por primera vez en mi vida, la precisión reemplaza a la torpeza. Incluso estando con los pies descalzos, corro lo suficientemente rápido como para dejarla sin aliento. Embistiendo su estómago con mi hombro, la levanto de las piernas y corro con ella a toda velocidad hacia la pared más cercana. La chica es más musculosa que yo. Hasta hace dos segundos, ella pensaba que era la que estaba más enojada. Pero Rayna no sabe qué significa realmente estar enojada más allá de lo posible, y yo estoy a punto de instruirla al respecto.

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La chica aprieta los dientes por el impacto. —¿Ves Galen? ¡Su verdadera naturaleza está saliendo a flote! La golpeo tan fuerte, que mi puño y su cara deberían estar rotos, pero ambos aún funcionan bien, porque ella me da un cabezazo justo entre los ojos y yo uso la misma mano para abofetearla en la oreja. De alguna forma, nos las arreglamos para llevar nuestra pelea hacia la estancia. Soy vagamente consciente del forcejeo de Galen y Toraf. La madre del primero está gritando como si le hubieran amputado una pierna. Abusé de la confianza de esta casa, nunca volveré a ser invitada. Mis posibilidades con Galen terminaron cuando derribé a su hermana. Y cuando la golpeé. Y justo ahora, cuando la pateo tan fuerte que le dan arcadas. Por lo que, cuando dice “¿Es esto lo que le hiciste a Chloe cuando la tenías bajo el agua?”, no tengo nada que perder. Es por eso que impulso mi hombro hacia sus costillas, la levanto del suelo y nos lanzo a ambas a través de la pared de vidrio, hacia la tormenta de afuera.

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10 Traducido por Jk2005

DURANTE LOS cinco segundos que pasan revolviéndose sobre el lecho de cristales rotos, Galen intenta que el corazón no se le salga del pecho. Cuando Emma se mueve—entonces gruñe cuando Rayna se levanta—él ya es capaz de respirar. Rayna se escuda cuando Emma le patea las piernas, que están debajo de ella. Y todo comienza de nuevo. Toraf se mueve de un lado para otro en la estancia y se cruza de brazos — Rachel se fue —dice, suspirando—. Dice que no va a volver. Galen asiente. —Siempre dice eso, aunque probablemente sea lo mejor por esta noche. —Ambos hacen una mueca de dolor cuando Rayna planta los talones en la espalda de Emma, lanzándola a través del mar de cristales. —Yo le enseñé eso—, dice Toraf. —Es un buen movimiento. Ninguna de las combatientes parece preocuparse por la lluvia, los relámpagos, o el paradero de su anfitriona. La tormenta ondea, empapando los muebles, el televisor, el extraño arte en la pared. No es de extrañar que Rachel no quisiera ver esto, se había ocupado en arreglar esas cosas durante varios días. —Entonces, como que me desconcertó cuando dijo que no le gustaba el pescado, —dice Toraf. —Me di cuenta. Me sorprendió también, pero todo lo demás está ahí. —Mal carácter. —Los ojos. —Aunque, ese pelo blanco es sorprendente, ¿no es así?

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—Sí, me gusta. Cállate. —Galen lanza una mirada de reojo a su amigo, cuya sonrisa lo hace apretar los puños. —Huesos duros y piel gruesa, obviamente. No hay rastro de sangre. Y aguantó algunos golpes muy duros de Rayna, —Toraf continúa neutral. Galen asiente, relajando los puños. —Además, ambos sienten el llamado… —Toraf recibe un poderoso empujón que lo envía derrapando sobre un pie por el resbaladizo suelo de mármol. Riendo, regresa al lado de Galen. —Imbécil, —murmura Galen. —¿Imbécil? ¿Qué es un imbécil? —No estoy seguro. Emma me llamo así hoy, cuando estaba irritada conmigo. —¿Ahora me insultas de la forma humana? Estoy decepcionado de ti, piscardo. —Toraf cabecea hacia las chicas. —¿No deberíamos detenerlas pronto? —No lo creo, creo que tienen que resolver esto por su cuenta. —¿Qué pasa con la cabeza de Emma? Galen se encoge de hombros. —Me parece muy bien en estos momentos. O no hubiera roto en pedazos la ventana con la frente. —¿Crees que fingió todo? —No —Galen niega con la cabeza—. Debiste haberla visto en el pórtico, aterrorizada, más allá del terror. Incluso me dejó cargarla hasta la casa. Eso no es propio de ella. Quiero decir, no me deja llevar su mochila en la escuela, intentó arrebatármela de las manos. No, algo sucedió. Simplemente no sé qué. —Entonces, tal vez se reacomodo todo con los golpes, o tal vez Rayna ayudó. —Podría ser.

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Después de unos minutos de ver el derramamiento de sangre, Galen se quita la camisa. —¿Qué estás haciendo? —dice Toraf. —Debemos ir hacia la orilla. Si Rayna es inteligente, la atraerá al agua, donde tiene la ventaja. —Ya podían ver que Rayna estaba haciendo exactamente eso. Ya iba más allá de la piscina, con los brazos rodeando fuertemente el cuello de Emma, arrastrándola mientras ella pataleaba y mordía. —Pero, ¿qué ventaja tiene ella sobre Emma, si Emma es uno de nosotros y aún más, es una Poseidón? —Rayna sabe lo que es, Emma no. Pero creo que ahora es un momento tan bueno como cualquier otro para que lo sepa. Un rayo golpea cerca, en la playa, apartando a las chicas de la pelea. Emma se recupera primero y cubre el ojo izquierdo de Rayna con los nudillos, y luego encaja una rodilla en su vientre. Cuando Rayna se dobla, Emma lanza un gancho al mentón, derribándola hacia atrás en el barro. Rayna se da la vuelta y se arrastra hacia la marea. —¿Qué pasa si Rayna la mete en el agua y se va con ella? —dice Toraf, quitándose la camisa en la lluvia. Galen entorno los ojos. —Es casi tan lenta como tú, yo la atraparé. Caminan pesadamente por la playa inundada. Emma cree que tiene la ventaja al arrastrar a Rayna por el pelo hacia el agua. —Parece que Emma está tentada con la idea de ahogar a mi pequeña y frágil princesa, —dice Toraf, frunciendo el ceño. —¿Por qué nunca me llamas “mi príncipe”? —dice Galen, fingiéndose insultado. —Cállate, mi príncipe. ¿Ya está, así está mejor? Galen se ríe, pero Toraf insiste en defender a su amor. —Creo que todo el mundo sólo malinterpreta a Rayna, ¿sabes? Claro, su pasión a veces sale como… —¿Perversidad? —ofrece Galen. —Yo iba a decir, “grosería”.

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—Así que, ¿acusar a Emma de matar a su mejor amiga es grosería? —Entre otras cosas, sí. —Eso fue maldad y lo sabes. —Tengo que admitir que podía haber sido más discreta, pero sólo estaba tratando de incitar a Emma a decir la verdad. —Toraf se detiene cuando oye un chapoteo. La cabellera oscura rompe la superficie primero, luego la blanca. Las chicas luchan por mantener el equilibrio, esforzándose contra las olas que les llegan a la cintura, aunque el nivel del agua apenas les alcanzaría las rodillas si estuvieran de pie. La mirada en el rostro de Rayna es todo lo que necesita ver. Galen niega con la cabeza—. Bueno, aquí vamos. —¡Eres una de nosotros! —chilla Rayna, señalando a Emma. Pero Emma no se da cuenta del dedo índice a un centímetro de su globo ocular; tiene la mirada fija en el agua, como si buscara algo. Toraf mete el dedo gordo del pie y asiente a Galen. Puede percibir a Emma. Emma se queda congelada mientras ola tras ola golpea contra ella. Mira a su alrededor, hacia la playa, luego hacia la casa y entonces a la tormenta. Se abraza a si misma y posa su mirada en Rayna, como si la viera por primera vez. Como si no supiera dónde está, ni cómo ha llegado allí. El labio de Rayna tiembla y también se abraza a sí misma. —Pero... pero si eres una de nosotros... eso significa que realmente podrías haberla salvado... —Rayna sacude la cabeza—. ¡Ni siquiera lo intentaste! ¡La dejaste morir! —¡Lo intenté! —solloza Emma—. Él no iba a soltarla, ¡era sólo un juego para él! ¡Ni siquiera estaba hambriento! Galen jadea. Tiene razón. La forma en que el tiburón se retorció y tiró, la forma en que se aferró a la pierna de Chloe, en lugar de ir por más carne. Ese tiburón trataba de jugar con Emma. Chloe era sólo un medio para un fin, una cuerda de algas marinas en un juego de jalar. ¿Pudo Emma leer las intenciones del tiburón en ese momento, o pensó en ello

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más tarde? Sacude la cabeza, esas preguntas tendrán que esperar… Emma está estremeciéndose como algas en marea alta. Chapotea en el agua y la envuelve en sus brazos. —Está bien, Emma. Te tengo. —¿Qué me está pasando? ¿Es mi cabeza? Presiona la mejilla de ella contra su pecho. —Shhh. Cálmate, Emma. No es tu cabeza, este es tu secreto. Lo que yo sé y tú no. —Le acaricia el cabello mojado, y acomoda su barbilla sobre la cabeza de ella. Cuando la boca de Rayna le cuelga abierta, él le lanza una mirada de advertencia. Sus ojos se abren como platos. —¿Qué estás haciendo? —articula. Él rueda los ojos. Ojalá lo supiera. —¿Qué secreto? No entiendo. Nada de esto, —Emma gimotea en el refugio de su pecho. Todo su cuerpo se estremece con la fuerza de sus sollozos. —Emma —murmura contra su pelo—. Lo siento, esto es mucho para asimilar, pero no es ni la mitad de todo. Quiero mostrarte el resto. ¿Me dejas? —Acaricia su mejilla con el dorso de la mano. Después de unas cuantas respiraciones profundas, ella asiente. Él la gira, envuelve los brazos alrededor de su cintura, y los aleja de Rayna. Ha pensado acerca de este momento por días, tratando de anticipar cómo reaccionará Emma, cómo debía él manejar la situación. Ahora, la posibilidad de que ella se disguste es muy real para él y más dolorosa de lo que jamás pudo imaginar. Ella dijo que no le rechazaría más, pero eso fue antes de que a él le creciera una cola. Esta podría ser la última vez que la sostuviera, la última vez que sintiera el fuego de su tacto. Quería saborear el momento, para que durara mucho más, pero Rayna lo está mirando como si le hubiera crecido otra cabeza. Suspira y aprieta su agarre sobre Emma. No hay vuelta atrás. —Aguanta la respiración, —susurra en su oído. —¿Qué aguante la respiración? —jadea, mirando hacia abajo en el agua. Él asiente contra su mejilla, apreciando la suavidad de su piel, casi iridiscente en la tormenta. —Por ahora, pero no siempre. ¿Estás aguantándola?

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Ella asiente. Él los catapulta hacia atrás… y hacia abajo.

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11 Traducido por Cuen y Azhreik

ESTO NO PUEDE estar pasando. Con sus manos rodeando mi cintura no puedo ver su cara mientras me lleva a más y más profundidad. Nos deslizamos a través del agua tan rápido que no debería ser capaz de mantener los ojos abiertos… pero puedo. Ya estamos muy abajo como para alcanzar a ver la tormenta en la superficie, para oír los truenos reverberar. Yo debería estar enloquecida, pero igual que antes en el sillón, los brazos de Galen se sienten como una cuerda, un salvavidas, todo anudado con músculos enrollados apretados a mí alrededor. Cuanto más abajo vamos, más oscuro se pone, pero mis ojos parecen ajustarse. De hecho, más que se ajustan—mi vista aumenta acá abajo. Al principio es como si alguien apagara las luces; todo es sólo una sombra, pero las sombras toman formas, convirtiéndose en peces o en rocas. Después todo aparece claro como el día, como si alguien volviera a prender las luces. Pero nos estamos moviendo hacia abajo, no hacia la superficie. ¿De dónde proviene la luz? ¿Y a dónde estamos yendo? Pasamos un banco de peces que nadan rápido fuera de nuestro camino. Los más grandes se mueven con cuidado a un costado, como si estuviéramos conduciendo un auto deportivo en la interestatal. ¿Cómo es que Galen está haciendo esto? Tiene los brazos ocupados conmigo, entonces no los está usando para nadar. Y aún si lo hiciera, nadie puede nadar así de rápido. Volteo a mirar nuestros pies… sólo que nuestros pies no están ahí, sólo los míos, y una cola de pez. —¡Tiburón! —grito, engullendo agua y esperando que entienda en medio del gorgoteo. Paramos tan rápido que mi pelo se lanza al frente. —¿Qué? —Refuerza su apretón, y nos hace dar la vuelta. ―No veo un tiburón, Emma. ¿Dónde lo viste?

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―Aquí abajo, espera. —Miro detrás de nosotros, pero ya no está. Miro alrededor de Galen para ver si nadó hacia arriba de nosotros—aunque estoy segura que ni una lancha nos puede alcanzar—empecé a cuestionar la verdadera fuerza de mi vista aquí abajo. Ningún tiburón. ―Creo que lo ahuyentamos, ¿qué…? ¿Cómo estás haciendo eso? ¿Cómo lo estoy haciendo yo? —Así no es como suena bajo el agua, cada palabra que decimos es clara, como si estuviera sentada en su regazo en la estancia. No está amortiguado, como cuando estás empapada en tu bañera y puedes escuchar el latido de tu corazón. No hay ningún zumbido, ninguna presión en mis oídos, sólo quietud. —¿Haciendo qué? —Me hace verlo a la cara. ―Te puedo escuchar, y tú me puedes escuchar. Y te veo, tan claro como el día… pero no es de día, ni siquiera en la playa. ¿Qué está pasando Galen? Él suspira. ¿Cómo puede suspirar? Estamos bajo el agua. ―Este es el secreto, Emma. —Cabecea hacia nuestros pies. Sigo su línea de visión… y jadeo. Y trago, y me atraganto. El tiburón está de regreso—y se tragó entera la parte inferior del cuerpo de Galen, ¡todo, hasta su cintura! Sacude la cola, en un esfuerzo por seguir pegado a Galen. —¡No tú también! —grito. Lo golpeo tan fuerte como puedo con el pie desnudo. Galen hace muecas y me suelta. ―Emma, deja de pegarme. —dice Galen, agarrando mis hombros. ―No te estoy pegando, estoy pegándole… estoy pegándole… Oh Santo Cielo. —Galen es el tiburón, el tiburón es Galen. A lo que me refiero es que no hay ningún tiburón, sólo está Galen. La parte superior de su cuerpo está todavía ahí, grandes brazos, abdominales esculpidos, rostro maravilloso; pero… sus piernas se han ido. No que les falte un pedazo, ni que se las hayan tragado, no, sólo fueron reemplazadas por una larga cola plateada. No puede ser. Sacudo la cabeza, retorciéndome en su agarre.

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―No está pasando, esto no está pasando —me impulso lejos de él, pero me sigue. ―Emma —dice, llegando hasta mí—. Cálmate. Ven aquí. ―No, no eres real. Esto no es real. ¡Estoy lista para DESPERTAR AHORA! — grito para mí misma, que debo estar durmiendo en el sillón de Galen. Pero no me despierto. Galen se acerca más, sin usar los brazos. ―Emma, estás despierta. Este es tu secreto, lo que hace tus ojos de ese color. ―Quédate ahí —Le estoy apuntando en advertencia—. En caso que no lo hayas notado, yo no me convertí en un pez, tú sí. Ese sería tu secreto, ¿no crees? Él sonríe. —Tenemos el mismo secreto. Agito la cabeza. Nop, nop, nop. Él asiente, meditabundo. ―Bueno, entonces supongo que eso es todo. La playa está por ahí —dice, apuntando al abismo detrás de mí—. Fue lindo conocerte, Emma. Mi boca se queda abierta cuando él se va nadando. Cuando su silueta desaparece de vista, empiezo a respirar rápido. Se está yendo, me está dejando, me está dejando en la mitad del océano, me está dejando en la mitad del océano porque no soy un pez. ¡No, no, no, no! ¡No me puede dejar! Doy vueltas y vueltas alrededor. ¿Cómo puedo encontrar la playa cuando no puedo ver la superficie ni el fondo? Mi respiración se hace más errática. Pero… pero… ¿cómo puedo hiperventilar debajo del agua? Por primera vez desde que dejé la orilla, me pongo nerviosa por mi oxígeno. Que debería de haberse acabado ya, pero no. Ni cerca. Durante mi exaltación, expulsé aire por la nariz—y no mucho. Como cuando hablé, sólo el aire suficiente para hacer sonido. Papá siempre dijo que tenía un buen par de pulmones, pero dudo que esto sea a lo que se refería. Y ahora he atraído una audiencia. No hay nada borroso o ensoñador en la espiral de peces que me rodean. A pesar de lo esquizofrénico que suena, sé que esto es real. Ninguno de estos son peces que pueda nombrar—excepto el monstruoso pez espada que permanece en las afueras de la congregación. Las fotos de los manuales son

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engañosas—los peces espada dan más miedo en persona. Sin embargo, un pez grande entre cientos de pequeños es una buena probabilidad de que no voy a ser comida. Deben darse cuenta que yo nunca, nunca, me comería a uno de ellos, porque se acercan a mí como paparazzi a una celebridad. Algunos de ellos son lo suficientemente valientes para frotarse contra mí, uno de los pequeños peces rojos zumba por mi pelo. Me doy cuenta lo poco normal que es reír—especialmente bajo estas circunstancias—, pero es que hacen cosquillas. Estiro la mano abierta. Los peces se turnan para revolotear por entre mis dedos. Eso me recuerda a cuando Chloe y yo visitamos el Gulfarium en Destin; Chloe me abandonó en el tanque interactivo, en favor del chico lindo que trabajaba en la tienda de regalos. Cada vez que ponía la mano en el agua, las rayas aceleraban hacia mí y se frotaban contra mis dedos, como rogando que las acariciara. Crearon un atolladero en el tanque para llegar hasta mí; incluso ahora, una raya se abre paso entre el corrillo y acelera hacia mi cara, como para jugar. Sacudo la cabeza. Esto es ridículo, estas criaturas no está aquí para jugar conmigo, sólo tienen curiosidad. ¿Y por qué no deberían tenerla? No pertenezco aquí más de lo que Galen pertenece. Galen. Es la primera vez que me doy cuenta que aún puedo… bueno, sentir a Galen. No por la carne de gallina, o la lava pura que recorre mis venas. No, esto es diferente. Es una consciencia, como cuando alguien enciende una televisión en una habitación silenciosa, incluso si no tiene volumen, una sensación crepitante llena el aire. Sólo que esta sensación llena el agua, y con Galen, es mucho más fuerte, como un toque físico que pulsa contra mí. La de Rayna era notoria, pero la de Galen es abrumadora. Supe el minuto en que puso pie en el agua, como si el pulso se concentrara en el espacio entre nosotros; y lo he sentido antes de hoy. Esta misma sensación zumbó a mí alrededor cuando luché para liberar a Chloe del tiburón. ¿Estaba él ahí? ¿Está aquí ahora? Pivoto en mi lugar, alertando a mis espectadores. Algunos se dispersan y enseguida regresan, otros se alejan, no dispuestos a jugársela con mi comportamiento

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inquieto. El pez espada encuentra mis ojos, pero aún pasea a distancia. Checo en cada dirección, deteniéndome cada pequeñísimo giro para escudriñar el horizonte submarino. Después de dar la vuelta dos veces, me rindo. Tal vez esta cosa pulsante funciona a grandes distancias; por lo poco que sé, Galen podría estar llegando a la isla Ellis ahora mismo; pero sólo por si acaso, hago otro intento. —¿Galen? —grito. Eso asusta más a mis vecinos. Menos y menos regresan. — Galen, ¿puedes oírme? —Síp, —responde, materializándose justo enfrente de mí. Me sobresalto al tiempo que mi pulso se acelera. —¡Oh Santo Cielo! ¿Cómo hiciste eso? —Se llama mimetizarse —Inclina la cabeza—. No pude evitar notar que aún no estás muerta. Que poco humano de ti. Asiento, un coctel de alivio e ira dan vueltas en mi estómago. —Entonces también habrás notado que tampoco tengo una gran cola tragándose mi trasero. —Pero si tienes ojos violeta, como yo. —Eh… Entonces… ¿Rayna y Toraf? Asiente. —Eh, pero ¿qué hay de tu mamá? Ella no tiene los ojos. —Ella no es realmente mi mamá, es mi asistente. Es humana. —Claro, tu asistente. Eso tiene mucho sentido —Mientras intento procesar porqué un hombre pez necesitaría una asistente, olvido patalear y empiezo a hundirme. Galen es un buen chico y me sostiene por el codo—. Pero no puedo convertirme en una gran masa de agua. Quiero decir, mimetizarme. Rueda los ojos. —No me convierto en agua, mi piel cambia, así puedo ocultarme a mí mismo. Eventualmente podrás hacerlo, una vez que puedas aparecer tu cola.

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—¿Qué te hace pensar que puedo? No luzco como tú, quiero decir, aparte de los ojos. —Aún intento desentrañar eso. —¿Y mencioné que no tengo una gran cola…? —Pero sí tienes todo lo demás, —Se cruza de brazos. —¿Cómo qué? —Bueno, tienes mal temperamento. —¡No es verdad! —Chloe tenía el mal temperamento, yo me gané el apodo de Azúcar nuestro primer año, porque sólo yo podía hablarle bonito para que dejara de pelear—. De hecho, me votaron como la más probable de trabajar en Hallmark4 en nuestro anuario de la secundaria. —Le digo como idea tardía. —¿Te das cuenta que no entendí nada de lo que dijiste? —Básicamente que todos piensan… saben… lo dulce que soy. —Emma, arrojaste a mi hermana contra vidrio a prueba de huracanes. —¡Ella empezó! ¿Acabas de decir vidrio a prueba de huracanes? Asiente. —Lo que también significa que tienes huesos duros y piel gruesa como nosotros, de otra forma habrías muerto. Lo que necesitamos discutir, te lanzaste a ti misma; y a mi hermana; a través de una pared de vidrio cuando pensabas que ambas eran humanas, ¿qué estabas pensando? No lo miro a los ojos. —Supongo que no me importó. —Decirle que pretendía asesinar a su hermana, probablemente no iría muy bien. Eso definitivamente cancelaría el voto Hallmark. —Es inaceptable. Nunca vuelvas a arriesgar tu vida de esa forma, ¿entendido? Resoplo, lo que manda danzarinas burbujitas de aire hacia arriba. —Oye, ¿sabes qué otra cosa no me importa? Que me des órdenes. Actué estúpida, pero… 4

Compañía de tarjetas de felicitación.

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—De hecho, este es un buen momento para señalar que soy de la realeza, — dice, apuntando hacia el pequeño tatuaje de un tenedor en su estómago, justo encima de donde sus abdominales se convierten en pez. —Y ya que eres obviamente Syrena, tienes que obedecerme. —¿Soy qué? —digo, intentando descubrir cómo es que un utensilio para comer puede validar su proclamación de estatus. —Syrena, así es como nos llamamos; incluyéndote. —¿Syrena? ¿No sirenas? Galen se aclara la garganta. —¿Eh, sirenas? —¿En serio? ¿Te vas a fijar en eso ahora? Bueno, sirenos… espera, yo no sería un sireno. —Aunque pensándolo bien, ¿qué sé yo sobre géneros de peces? Excepto que Galen es definitivamente masculino, sin importar de la especie que sea. —Sólo para que quede claro, nosotros odiamos esa palabra, y por nosotros también me refiero a ti. Ruedo los ojos. —Bien, pero no soy Syrena, ¿mencioné que no tengo una gran cola…? —No lo estás intentando lo suficiente. —¿Intentando lo suficiente? ¿Qué me crezca una cola? Asiente. —Aún no es natural para ti, has estado en forma humana demasiado tiempo; pero empezará a molestarte, estar en el agua con piernas. Tendrás la urgencia de… estirarte. —¿Duele? Se ríe. —No, se siente bien, de la misma forma que se siente bien estirarte después de haber estado sentado un rato. Tu cola es un gran músculo, cuando la divides en dos piernas humanas no es tan poderosa. Cuando cambias a tu forma Syrena, los músculos se estiran y vuelven a juntarse. ¿Sientes algo así ahora mismo? Sacudo la cabeza, con los ojos amplios.

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—Es sólo cuestión de tiempo —dice, afirmando con la cabeza—. Lo descubriremos. —Galen, no soy… —Emma, que me estés hablando a medio kilómetro bajo el agua es prueba suficiente de que lo eres. Por cierto, ¿cómo te sientes? —De hecho, mis pulmones se sienten algo apretados. ¿Qué significa eso? Antes que escapen más débiles burbujas de aire, me rodea con los brazos y nos lanzamos hacia arriba. —Significa que te estás quedando sin aire, —murmura en mi oído. Mi estremecimiento no es por el frío. Espera. ¿No se supone que esté helado a medio kilómetro de profundidad en el Océano Atlántico? Quiero decir, en lo que se refiere a clima frío, soy una gallina. Nadie se abriga más que yo en el invierno, así que ¿por qué mis dientes no están castañeando hasta hacerse pedazos? Hace frío del tipo de una piscina de agua fría, no del tipo de mis lagrimales tienen hielo. ¿Es eso gracias a la piel gruesa que Galen mencionó? ¿Funciona como aislante? ¿Sólo funciona en agua? Rompemos la superficie. Galen asiente en aprobación cuando exhalo el aire viejo e inhalo el nuevo. Trago una buena bocanada y empiezo a sumergirme, pero él sacude la cabeza y vuelve a alzarme. —No lo forcemos, no estoy seguro cuanto tiempo puedes retener la respiración. Supongo que tendremos que poner cuidado, al menos hasta que descubras cómo cambiar. Me encara hacia el frente y me coge bajo uno de sus brazos, lo que me hace sentir como una especie de mascota. La luna nos observa mientras remontamos las olas durante un rato. A la distancia, podemos ver el débil brillo de un rayo ocasional, pero no tierra. Cuando ya no puedo soportar la posición de chihuahua, me libero. Me atrae antes que me hunda y me jala hacia él de tal forma que mi nariz roza la suya. Sobre el agua, se siente como si estuviéramos intercambiando kilowatts con nuestro toque. Abajo, todo lo que sentía era el “pulso” de Galen, pero esto se siente más como una fuerza magnética entre nosotros. Cuando su cola roza mis piernas, se siente aterciopelada, como las alas de una raya, en vez de escamosa como un pez.

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Me permite agrandar la distancia entre nosotros, pero no me suelta. —Si soy Syrena, entonces ¿de dónde provengo? —digo—. Mi mamá no tiene los ojos. Asiente. —Lo sé, presté atención a eso. —También odia el agua, la única razón por la que vivimos en la playa es porque papá la amaba. —De hecho, mamá habla todo el tiempo sobre mudarnos más cerca de la ciudad, ahora que papá se ha ido. Finalmente la convencí de esperar hasta que me fuera a la universidad. —¿Y tu padre? —Rubio, ojos azules. No tan pálido como yo. —Mmm. —Pero no suena sorprendido, suena más como si confirmara lo que ya sabía. —¿Qué? —Lo único en lo que puedo pensar es que no son tus verdaderos padres, no pueden serlo. Jadeo. —¿Crees que soy adoptada? —Recuérdame qué significa adoptada. —Que me criaron como su hija, pero que nací de alguien más. —Obviamente. Me aparto de él, las olas son mucho más grandes cuando intento enfrentarlas por mi cuenta. —Bueno, es realmente fácil para ti decirlo, ¿no? —Decido tragarme la siguiente ola en vez de nadar sobre ella. Estoy aliviada cuando sus brazos vuelven a rodear mi cintura. —Emma, sólo estoy explorando las opciones. Debes reconocer que alguien no está diciendo la verdad, y no creo que puedas decir con razón que estoy mintiendo. Sacudo la cabeza. —No, no estás mintiendo. Pero son mis padres, Galen. Tengo la nariz de mi papá, y la sonrisa de mi mamá.

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—Mira, no quiero discutir contigo, sólo tendremos que pensar más sobre el asunto, eso es todo. Asiento. —Tiene que haber otras explicaciones. Ofrece una sonrisa de labios apretados y su expresión es de duda. En silencio, dejamos que las olas nos conduzcan hacia la orilla. Después de un rato, levanta mis piernas y me permite recargar la cabeza contra su pecho. Aceleramos mientras se propulsa suavemente entre las olas. —¿Galen? —¿Mmm? —¿Qué pasará cuando lleguemos a la orilla? —Probablemente debas dormir un poco. Ya me está mirando cuando levanto la barbilla. —¿Crees que puedo dormir después de todo esto? Y de todas formas, no es lo que quería decir. Asiente. —Sé que no —Se encoge de hombros y me ajusta en sus brazos—. Esperaba que me dejaras… ayudarte. —Quieres ayudarme a convertirme en pez. —Algo así. —¿Por qué? —¿Por qué? ¿Por qué no? —Deja de responder mis preguntas con preguntas. Sonríe. —No funciona, ¿verdad? —¡Para! —Le doy un ligero manotazo a su mandíbula. Se ríe. —Muy bien. —Pero lo que intento decir es, la razón por la que tomaste semejante interés en mí desde que Chloe murió… la razón por la que te mudaste aquí, te inscribiste en mi

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escuela, me invitaste a la playa… ¿Sólo estabas intentando descubrir si soy una de ustedes? Por supuesto, estúpida. ¿Cuándo te ha prestado atención alguien como Galen? ¿Cuándo ha habido siquiera alguien como Galen? Aun así, me sorprende lo mucho que duele cuando asiente. Soy su pequeño proyecto de ciencias, todo el tiempo que pensé que estaba coqueteando conmigo, realmente sólo estaba intentando atraerme hacia aquí para probar su teoría. Si la estupidez fuera una enfermedad, ya habría muerto de ella. Pero al menos sé qué esperar de él; al menos respecto a sus sentimientos por mí; pero en cuanto a sus intenciones en general para conmigo, no tengo idea. ¿Qué pasa si puedo convertirme en pez? ¿Cree que simplemente le daré un beso de despedida a mi mamá, tiraré todas mis buenas calificaciones—todas las becas—por el retrete para irme a nadar con los delfines? Se proclamó de la realeza, por supuesto, no sé exactamente qué significa eso, pero puedo aventurar que soy otro súbdito para él, alguien a quien darle órdenes. Dijo que tenía que obedecerlo, después de todo. Pero, si es de la realeza ¿por qué venir hasta aquí él mismo? ¿Por qué no mandar a alguien menos importante? Apuesto a que el presidente de los Estados Unidos no va personalmente a buscar estadounidenses perdidos que podrían no ser siquiera estadounidenses. Pero, ¿puedo confiar lo suficiente en él para responder mis preguntas? Ya una vez me engañó, fingiendo interés en mí para traerme aquí. Me mintió a la cara sobre tener una madre, incluso le mintió a mi mamá. ¿Sobre qué más mentiría para conseguir lo que desea? No, no puedo confiar en él. Aun así, quiero saber la verdad, aunque sea sólo por mí. No me voy a mudar a alguna concha de mar lejos de la costa de Jersey, ni nada por el estilo; pero no puedo negar que soy diferente. ¿A quién haría daño que pasara un poco más de tiempo con Galen para que pueda ayudarme a descubrir esto? ¿Y qué si él piensa que soy una especie de pez que tiene que obedecerlo? ¿Por qué no debería utilizarlo de la misma forma que él me utilizó… para conseguir lo que yo deseo?

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Es sรณlo que lo que yo deseo me estรก sosteniendo en sus brazos, actuando como si estuviera preocupado de que ya no hable mรกs.

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12 Traducido por Lucydango

DESDE EL ASIENTO de la ventana, Galen mira a Emma moverse en el sillón. Ella murmuró toda la noche, pero no podía distinguir las palabras encima de los ronquidos de Toraf. Se quedaron hasta tarde, Galen y Toraf, turnándose para contestar sus preguntas. ¿Cómo se les encuentran, dónde viven, cuántos hay? La emoción manipulaba sus expresiones a medida que cambiaban de sorpresa a fascinación, a la conmoción. Sorpresa cuando le dijo que el Doctor Milligan la vio en el Gulfarium; aunque Galen evitaba el tema de su interacción con los animales. Fascinación cuando le dijo que la mayoría viven a plena vista en el fondo del mar; es decir, si los seres humanos pudieran sumergirse lo suficientemente profundo; y que la realeza vivía en la protección de las cavernas rocosas. Encanto cuando le contó que Poseidón y Tritón eran Syrena de carne y hueso, los primeros Generales de su clase, no los dioses por los que el saber humano los ha hecho pasar. Conmoción cuando Toraf estimó que la población conjunta de los reinos es más de veinte mil. Galen recortaba las respuestas cuando las preguntas se aventuraban demasiado cerca de su propósito de estar aquí; y una vez más, dio las gracias a su buen juicio para no decirle a Rayna. Él no estaba—no está—listo para decirle a Emma acerca de Grom. Incluso Toraf desvió el tema lejos de la gran pregunta enterrada en todas las otras pequeñas: ¿por qué? Emma parecía presentir una conspiración, a veces hacía las mismas preguntas en diferentes formas. Después de un tiempo, su expresión se rindió a la aceptación sobre todo, pero sus ojos todavía insinuaban incredulidad. ¿Y quién podía culparla? Su vida cambió anoche. Y él sería un tonto si no reconocía que también la suya.

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El verla mezclarse con los peces selló su destino. No hay ninguna posibilidad de que Emma no sea una descendiente directa de Poseidón. No hay ninguna posibilidad de que alguna vez pueda ser suya, y más le vale empezar a acostumbrarse. Mira hacia la cama individual donde duerme Rayna, ajena al hecho de que está acurrucada en la curva del brazo de su pareja, que en su oído hace el sonido de una foca leopardo herida. Galen niega con la cabeza. Si Rayna se despierta, se asegurará que Toraf no respire por la nariz nunca más. —Así que anoche sucedió realmente, —dice Emma, sorprendiéndolo. El único movimiento que ella hace es una sonrisa aturdida. —Buenos días, —susurra, inclinando la cabeza en dirección a Rayna y Toraf. Los ojos de Emma se agrandan mientras asiente. Se desprende del edredón y cae al suelo. Galen había hurgado en los cajones de Rachel anoche y le encontró un pijama para dormir, mientras su ropa se secaba. A medida que se estira, Galen observa lo mucho más alta que es a comparación de Rachel—la parte superior no alcanza la cinturilla de los pantalones—y lo mucho más curvilínea. La visión de la carne de Emma que burla los límites de la tela, hace que se pregunte cómo va a mantenerse enfocado hoy. Mientras que las mujeres Syrena tienen una fuerte masa muscular, el tiempo que Emma ha pasado en forma humana la ha hecho suave en algunos lugares—y le sorprende lo mucho que le gusta. El estómago de Emma gruñe y se ruboriza. Él se ha dado cuenta de lo mucho que le gusta eso. Sonriendo, apunta a la escalera que conduce al pasillo de abajo. Dado que se quedaron en el piso superior anoche, la única forma de entrar o salir de la habitación es usar la escalerilla. Ella asiente y desciende sin decir una palabra. Galen se obliga a apartar la mirada de la visión tentadora mientras ella pisa el último escalón. La sigue con los dientes apretados. Una vez en el pasillo, intercambian una sonrisa de complicidad—Toraf va a morir. Por el olor a comida que flota por la escalera, Galen sabe que Rachel ya está de vuelta. Puede oír sus tacones haciendo ruido en la cocina, la apertura y el cierre del horno, su palabrota, probablemente en respuesta a quemarse con un sartén.

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Las corrientes de brisa de la mañana atraviesan los restos de la estancia, que ahora se asemeja a un patio abierto. Emma hace una mueca mientras vuelve a valorar el daño a la luz de día. —Lo siento mucho, Galen. Pagaré todo. Dile a Rachel que me envíe una factura. Se ríe. —¿Crees que te costaría más o menos que los gastos médicos que se acumularon de cuando te noqueaste al intentar escapar de mí? Ella sonríe. —Bueno, cuando lo pones de esa manera... Rachel está poniendo la mesa cuando ellos doblan en la esquina de la cocina. — Buenos días, tortolitos. Tengo pescado al vapor y camarones para ti, tortolito, y para Emma querida, la más magnífica tortilla que jamás se haya hecho. ¿Jugo, Emma? Tengo naranja o piña. —Naranja, por favor —dice ella, tomando asiento—. Y ya no tiene que llamarnos tortolitos. Galen me reveló el secreto. Usted sabe que no estamos verdaderamente saliendo. —Uh, en realidad Emma… creo que debemos seguir así por un tiempo. Para el beneficio de tu madre —dice Galen, entregándole un vaso—. Ella nunca va a creer que pasemos juntos tanto tiempo y no salgamos. Emma frunce el ceño mientras Rachel sirve una tortilla gordita en su plato con una espátula de gran tamaño. Con el tenedor, Emma acuchilla el relleno y saca un trozo de carne al vapor goteando queso. —Supongo que no pensé en eso —dice mientras da un mordisco—. Planeaba decirle que rompimos. —Él tiene razón, Emma… —Rachel grita desde la estufa—. No pueden romper si van a estar aquí todo el tiempo. Tiene que pensar que son una pareja. Y también tendrán que ser convincentes al respecto, un montón de besos y cosas en caso de que tu madre trate de espiarlos. Emma deja de masticar y Galen deja caer el tenedor. —Uh, no creo que tengamos que llegar tan lejos… —Emma comienza.

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—Oh, ¿no? ¿Las adolescentes ya no besan a sus novios? Rachel se cruza de brazos, moviendo la espátula al ritmo del golpeteo de sus pies. —Lo hacen, pero… —Sin peros. Vamos, dulzura. ¿Crees que tu madre va a creer que no le pones las manos encima a Galen? —Probablemente no, pero… —Dije sin peros. Mírense, ¡Ni siquiera están sentados uno al lado del otro! Necesitan un poco de práctica, diría yo. Galen, ve a sentarte a su lado. Sujeta su mano. —Rachel —dice, sacudiendo la cabeza—, esto puede esperar… —Bien —Emma gruñe. Ambos se giran hacia ella. Aun con el ceño fruncido, asiente—. Nos aseguraremos de besarnos y tomarnos de las manos cuando ella esté cerca. Galen casi deja caer su tenedor de nuevo. No puede ser, besar a Emma es la última cosa que necesito hacer. Especialmente cuando sus labios se vuelven de ese rojo. — Emma, no tenemos que besarnos. Ella ya sabe que quiero dormir contigo. —Él mismo se encoge, tan pronto como lo dice. No tiene que mirar para saber que el sonido que chisporrotea en la cocina proviene de Rachel escupiendo su jugo de piña en el sartén caliente—. Lo que quiero decir es que ya le dije que quiero dormir contigo. Quiero decir, le dije que quería dormir contigo porque ya piensa que lo hago. Que quiero, quiero decir… —Si un Syrena pudiera ahogarse, así es como se sentiría. Emma sostiene su mano. —Lo entiendo, Galen. Está bien, yo le dije lo mismo. Rachel se deja caer al lado de Emma, limpiándose el jugo de la cara con una servilleta. —¿Así que me estás diciendo que tu madre piensa que ambos quieren dormir con el otro, pero no crees que va a estar esperando que se besen? Emma niega con la cabeza y mete de un bocado la tortilla en la boca, y luego lo sigue un poco de jugo. Ella dice: —Tienes razón, Rachel. Vamos a dejar que nos atrape enrollándonos o algo así.

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Rachel asiente. —Eso debería funcionar. —¿Qué significa eso? ¿Enrollarse? —Galen dice entre bocados. Emma baja el tenedor. —Significa, Galen, que tendrás que forzarte a besarme, como si lo desearas, durante mucho tiempo. ¿Crees que puedes hacer eso? ¿Los Syrena se besan? Intenta tragar el bocado que olvidó masticar. ¿Forzarme? Tendré suerte si puedo detenerme. Nunca se le había ocurrido besar a nadie; antes de conocer a Emma. En estos días, es todo en lo que puede pensar, sus labios sobre los de él. Decide que era mejor para los dos, cuando Emma seguía rechazándolo. Ahora ella le está ordenando besarla; durante mucho tiempo. Genial. —Sí, se besan. Quiero decir, nos besamos... Quiero decir, puedo forzarme, si tengo que hacerlo. —No encuentra los ojos de Rachel mientras arroja más pescado en el plato, pero casi puede sentirla sonriendo hacia él. —Tendremos que planearlo, eso es todo. Te daré tiempo para prepararte. — Emma le dice. —¿Prepararse para qué? —Rachel se burla—. Los besos no se supone que sean planeados, por eso son tan divertidos. —Sí, pero esto no es por diversión, ¿recuerdas? —dice Emma—. Es sólo un espectáculo. —¿No crees que besar a Galen sería divertido? Emma suspira y se pone las manos en las mejillas. —Sabes, aprecio que estés tratando de ayudarnos, Rachel. Pero no puedo hablar más de esto. En serio, me va a dar urticaria; vamos a hacer que funcione cuando llegue el momento. Rachel se ríe y se lleva el plato vacío de Emma después que ella se niega a una segunda ración. —Si tú lo dices, pero sigo pensando que deben practicar —En su camino hacia el fregadero, dice—, ¿Dónde están Toraf y Rayna? ¡Oh! —Se le corta la respiración—. ¿Encontraron una isla? Galen niega con la cabeza y se sirve un poco de agua de una jarra en la mesa, agradecido por un cambio de tema...

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—Nop. Están arriba, se coló en la cama de ella. Nunca he visto a alguien arriesgar su vida de esa manera. Rachel chasquea la lengua mientras enjuaga algunos platos. —¿Por qué todo el mundo sigue hablando sobre buscar una isla? —pregunta Emma, terminando el resto de su jugo. —¿Quién más está hablando de eso? —Galen frunce el ceño. —En la estancia, oí a Toraf diciéndole que eligiera entre ir a la cocina o a buscar una isla. Galen se ríe. —Y ella escogió la cocina, ¿verdad? Emma asiente. —¿Qué? ¿Qué es tan gracioso? —Rayna y Toraf están emparejados. Creo que los humanos lo llaman matrimonio —dice—. Los Syrena encuentran una isla cuando están listos para... emparejarse en un sentido físico. Sólo podemos hacer eso en forma humana. —Oh. Oh. Um, bien —dice ella, sonrojándose de nuevo—. Me preguntaba sobre eso, la parte física, quiero decir. ¿Así que están casados? Parece que ella lo odiara. Galen duda. Recuerda la indignación de Rachel sobre este tema cuando le dijo por primera vez, hace tantos años. Emma se enterará de una manera u otra, bien podría ser ahora. —Toraf la pidió a nuestro hermano, y él consintió. Sé que los seres humanos lo hacen un poco diferente, pero… —¿Qué? —Emma salta de su silla y se inclina sobre la mesa con los brazos cruzados. Aquí vamos. —Toraf la pidió… —¿Me estás diciendo que tu hermano la forzó a casarse con Toraf? —Hablar mientras su mandíbula está apretada hace que sus palabras sean difíciles de entender. —Bueno, no es como si ella hubiera estado allí…

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—¿Qué? ¿Ella no estaba en su propia boda? —Emma, tienes que calmarte. Los Syrena no lo llaman boda, lo llaman… —No me importa cómo lo llamen —ella grita—. ¡Y no me importa si es humana o no! ¡No se fuerza a alguien a casarse con otra persona! —¡Estoy de acuerdo!—Rayna grita desde la estancia. Toraf la sigue a la cocina sonriendo, a pesar de su labio partido. Rayna se planta junto a Emma y cruza los brazos de la misma manera. Emma asiente hacia ella. —¿Lo ves? A ella no le gusta, no debería tener que estar casada si no le gusta. —Exactamente mi punto, —Rayna dice, dando codazos a Emma en una muestra de camaradería. Galen niega con la cabeza. Emma no parece recordar que anoche, Rayna utilizo ese mismo codo para tratar de perforarle el ojo izquierdo. —Buenos días —dice Toraf agradablemente, tomando asiento junto a Galen—. ¿Confío en que todos dormimos bien? —Rachel en silencio le sirve el desayuno y un poco de agua. Galen suspira. —Emma, por favor siéntate. Esto no es una nueva ley de la que ella no supiera, tenía opción al principio. Si Rayna hubiera elegido a un compañero antes, esto no hubiera… —¿Hay un límite de tiempo para escoger una pareja? ¿En serio? Esto se pone cada vez mejor. ¿Así que dime, Galen, si resulto ser una de ustedes, se espera que me empareje? ¿Ya tiene a alguna persona en mente para mí, Alteza? Ahí va de nuevo. Toda la noche le llamó alteza y majestad. Y por la cara que hace, ella lo considera un insulto. Es por eso que se está muriendo por decirle que ella también es de la realeza, pero eso crearía más problemas de lo que valdría la pena erradicar esa expresión petulante. Y eso le haría creer que podía elegir a su pareja, igual que la mayoría de las hembras de la realeza pueden. Pero Emma no es como la

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mayoría de las hembras de la realeza; ella es la última prueba viva de la descendencia de Poseidón, lo que reduce sus opciones de pareja a uno solo. —Tienes a alguien en mente, Galen? —Toraf pregunta, haciendo tronar un camarón en la boca—. Es alguien que conozco? —Cállate, Toraf. —Galen gruñe. Cierra los ojos y se masajea las sienes. Esto podría haber ido mucho mejor en muchos aspectos. —Oh —dice Toraf —. Tiene que ser alguien que conozco, entonces. —Toraf, juro por el tridente de Tritón que… —Estos son los mejores langostinos que has hecho, Rachel —Toraf continúa—. No veo la hora de cocinar camarón en nuestra isla. Conseguiré el sazonador para nosotros, Rayna. —¡No va a ir a ninguna isla contigo, Toraf! —grita Emma. —Oh, pero sí va a ir, Emma. Rayna quiere ser mi pareja. ¿Verdad, princesa? — Sonríe. Rayna niega con la cabeza. —No sirve de nada, Emma. La verdad es que no tengo opción. Se resigna a sentarse junto a Emma, que la mira fijamente, incrédula. —Sí tienes opción, puedes venir a vivir conmigo a mi casa. Me aseguraré de que no pueda acercarse a ti. La expresión de Toraf indica que no consideraba esa posibilidad antes de incitar a Emma. Galen se ríe. —¿Ya no es tan gracioso, renacuajo? —dice, dándole un codazo. Toraf niega con la cabeza. —Ella no se va a quedar contigo, Emma... —Vamos a verlo, renacuajo, —replica ella. —Galen, haz algo —Toraf dice, sin apartar los ojos de Emma. Galen sonríe. —¿Por ejemplo? —No sé, arréstala o algo así, —Toraf dice, cruzando los brazos.

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Emma encuentra la mirada de Galen, lo que le roba el aliento. —Sí, Galen. Ven a arrestarme si te sientes a la altura, pero te lo digo ahora, en el segundo que pongas una mano sobre mí, te reviento este vaso sobre la cabeza y lo uso para romperte el labio como el de Toraf. —Coge su gran vaso de agua y derrama las últimas gotas de jugo de naranja sobre la mesa. Todos jadean, excepto Galen—que se ríe tan fuerte que casi vuelca su silla. Las fosas nasales de Emma se abren —¿No crees que lo voy a hacer? Sólo hay una manera de averiguarlo, ¿no es así, Alteza? Toda la casa bien ventilada hace eco de los aullidos guturales de Galen. Limpiándose las lágrimas de los ojos, codea a Toraf, que lo está mirando como si hubiera bebido demasiada agua salada. —¿Sabes que esos humanos tontos en su escuela la votaron la más dulce de entre todos? La expresión de Toraf se ablanda mientras mira a Emma, riendo. Las carcajadas de Galen prueban ser contagiosa; pronto, Toraf está golpeando la mesa para recuperar el aliento. Incluso Rachel ríe detrás de su guante de cocina. La bravuconería abandona la expresión de Emma. Galen puede decir que está a punto de sonreír. Coloca el vaso sobre la mesa, como si todavía estuviera lleno y no deseara derramarlo. —Bueno, eso fue hace un par de años. Esta vez la silla de Galen se voltea hacia atrás, y él se despatarra por el suelo. Cuando Rayna comienza a reír también, Emma cede. —Supongo... supongo que tengo algo de temperamento. —dice ella, sonriendo tímidamente. Rodea la mesa para pararse junto a Galen. Mirando hacia abajo, le ofrece la mano. Él le sonríe. —Muéstrame tu otra mano. Ella se ríe y le muestra que está vacía. —Sin armas. —Muy ingeniosa —dice, aceptando su mano—. Nunca miraré un vaso de agua de la misma manera. —Él hace casi todo el esfuerzo para levantarse, pero no puede resistir la tentación de tocarla. Ella se encoge de hombros. —Instinto de supervivencia, ¿tal vez?

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Él asiente. —O estás intentando cortarme los labios para no tener que besarme. —Se complace cuando ella mira hacia otro lado, con el rosa cubriendo sus mejillas. —Rayna intenta eso todo el tiempo —Toraf agrega—. A veces, cuando su puntería es buena, funciona, pero la mayor parte del tiempo besarla es mi recompensa por el dolor. —¿Estás tratando de besar a Emma? —Rayna dice con incredulidad—. Pero aún no has seleccionado, Galen. —¿Seleccionado? —Emma le pregunta. Toraf ríe. —Princesa, ¿por qué no vamos a nadar? Sabes que la tormenta probablemente desenterró todo tipo de cosas para tu colección. —Galen asiente un silencioso gracias a Toraf mientras éste guía a su hermana a la estancia. Por una vez, está agradecido por lo mucho que Rayna atesora las reliquias humanas. Casi tuvo que arrastrarla por la cola hasta la orilla para conseguir que pasaran de largo todos los viejos naufragios a lo largo de esta costa. —Nos separaremos, para cubrir más terreno, —Rayna está diciéndole al salir. Galen siente a Emma mirándolo, pero él no le da importancia. En cambio, ve la playa mientras Toraf y Rayna desaparecen en las olas, de la mano. Galen sacude la cabeza. Nadie debe sentirse mal por Toraf. Él sabe exactamente lo que está haciendo. Algo que a Galen le gustaría poder decir de sí mismo. Emma le pone una mano en el brazo; no permitirá que la ignore. —¿Qué es eso? ¿Seleccionar? Finalmente él da vuelta, y se encuentra con su mirada. —Es como salir para los seres humanos. Sólo que va mucho más rápido. Y tiene un mayor propósito que el de los humanos cuando salen. —¿Qué propósito? —Seleccionar es nuestra manera de elegir una pareja de por vida. Cuando un macho cumple dieciocho años, por lo general comienza a seleccionar para encontrar una compañera. En busca de una hembra cuya compañía disfrute y sea adecuada para producir descendencia.

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—Oh —dice ella, pensativa—. Y... ¿tú no has seleccionado aún? Él sacude la cabeza, dolorosamente consciente de la mano en su brazo. Ella debe darse cuenta de ello al mismo tiempo, porque la quita. —¿Por qué no? —dice ella, aclarándose la garganta—. ¿Es que no tienes edad suficiente para seleccionar? —Soy lo suficientemente mayor, —dice en voz baja. —¿Cuántos años tienes, exactamente? —Veinte —. Él no quiere acercarse más a ella… ¿o sí? —¿Es eso normal? ¿Que aún no hayas seleccionado? Sacude la cabeza. —Es más o menos estándar para los machos que emparejen en el momento de cumplir los diecinueve. Pero mis responsabilidades como embajador me iban a distanciar demasiado de mi compañera, no sería justo para ella. —Oh, claro. Mantener la vigilancia sobre los seres humanos —dice ella rápidamente—. Tienes razón. Eso no sería justo, ¿verdad? Él espera otro debate. Que ella señale, como lo hizo ayer por la noche, que si hubiese más embajadores, él no tendría que cargar con la responsabilidad solo—y ella tendría razón. Pero no debate, de hecho, ella deja ir el tema por completo. Alejándose de él, parece decidida a ampliar el espacio que él había cerrado entre ellos. Fija su expresión en la indiferencia. —Bueno, ¿estás listo para ayudarme a convertirme en un pez? —dice ella, como si hubieran estado hablando de eso todo el tiempo.... Él parpadea. —¿Eso es todo? —¿Qué? — —¿No hay más preguntas sobre la selección? ¿No hay conferencias sobre el nombramiento de más embajadores? —No es asunto mío —dice con un gesto de indiferencia—. ¿Por qué me debe importar si estás o no emparejado? Y no es que yo vaya a seleccionar o que me seleccionen. Después de que me enseñes a hacer brotar una cola, seguiremos nuestros

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caminos separados. Además, no te importaría si yo salgo con algún ser humano, ¿verdad? —Con eso, lo deja allí siguiéndola con la mirada, con la boca abierta. En la puerta, dice por encima del hombro—Te veré en la playa en quince minutos. Sólo tengo que llamar a mi madre y reportarme y ponerme de nuevo mi traje de baño. — Lanza el pelo a un lado antes de desaparecer por las escaleras. Se vuelve hacía Rachel, que está secando una bandeja con tremenda fuerza, con las cejas arqueadas hasta el nacimiento del pelo. Encoge los hombros hacia ella, en pregunta, la boca todavía abierta. Ella suspira. —Bomboncito, ¿qué esperabas? —Algo más que eso. —Bueno, no deberías. Nosotras las humanas somos un poco más luchadoras que tus hembras Syrena… Rayna es la excepción, por supuesto. —Pero Emma no es humana. Rachel niega con la cabeza hacia él, como si fuera un niño. —Ella ha sido humana durante toda su vida. Es todo lo que sabe, la buena noticia es que no puede salir con nadie ahora mismo. —¿Por qué?—Porque para él, sonó como que Emma tal vez pensaba que podía. —Porque se supone que está saliendo contigo. Y si yo fuera tú, marcaría mi territorio, tan pronto como llegue a la escuela; si sabes lo que quiero decir. Hace una mueca, no había planeado permanecer en la escuela después que Emma supiera la verdad; el propósito de ir era finalmente llevar a Emma a la playa. No había anticipado tener que enseñarle a convertirse en Syrena, y tampoco anticipó que hasta ayer ella realmente pensaba que era humana. De hecho, hay una lista de la longitud de su cola de las cosas que no anticipó. Como lo gruesos que eran los libros de texto. Rachel le había enseñado a leer y escribir durante sus años juntos, pero él no necesita las matemáticas o gimnasia. La geografía humana es prácticamente inútil para él. ¿Qué le importa a él dónde los seres humanos dibujan sus fronteras terrestres invisibles? Sin embargo, la ciencia podría ser interesante. Y si a Emma le gusta la historia, tampoco estaría de más investigarla un poco.

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Galen no está por encima de admitir que aprender más acerca de los seres humanos podría ser una ventaja para él, pero no de la manera que Emma espera. La idea de revelarles su especie a ellos, de negociar los términos de paz, es de risa. Los seres humanos no pueden ni siquiera ser pacíficos con su propia especie. Y ha visto lo mucho que se preocupan por las masas que viven por debajo del nivel del mar— devastando comunidades enteras de vida con un solo accidente descuidado. O la caza despiadada de algunas especies hasta la extinción. Incluso en los días de Tritón y Poseidón, cuando los seres humanos y Syrena coexistieron en la amistad, algunos humanos seguían mostrando un desprecio por su dependencia de los océanos que los rodeaban, lo que llevó a los dos Generales a aprobar la ley de los Dones. Su visión resultó ser invaluable durante los siglos que los humanos desarrollaron la tecnología que les permite cruzar los océanos en sus grandes barcos y, eventualmente, invadir las profundidades con sus máquinas asesinas. Pero Emma es tan ingenua como Rachel. Ambas sostienen que cuanto más sepas acerca de los seres humanos, más te gustarán. Es en parte la razón por la que Rachel está animándole a volver a la escuela, incluso si lo esconde detrás de la otra buena razón por la que debe asistir—para evitar que cierto macho humano adolescente consiga que lo maten. Sólo la idea de Emma caminando por los pasillos sin él, le hace apretar los puños. —Tienes razón —dice con firmeza—. Tengo que permanecer en la escuela. — Se desprende la camisa y la tira sobre una silla. —Dile a Emma que la estoy esperando.

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13 Traducido por Lucydango

CUANDO MIS pies tocan el fondo, Galen me libera. Me acerco de puntillas hacia la orilla, saltando con las olas como un niño pequeño. Al llegar a la playa, me dejo caer en la arena, lo suficientemente lejos de la marea para que solo me cosquillee los pies. —¿No vienes? —lo llamo. —Necesito que me lances mis pantaloncillos, —dice, señalando detrás de mí. —Oh. Oh. ¿Estás desnudo? —chillo, casi alcanzando el tono de los delfines. Por supuesto, me debí haber dado cuenta que las colas no vienen con compartimento para el equipaje de mano, y la mayoría de Syrena no tendría la necesidad de esconder algo como bañadores. No importa mucho cuando está en forma de pez, pero viendo a Galen—no, pensando en Galen—desnudo en forma humana sería perjudicial para mi plan de usarlo. Podría ser mi perdición. —Supongo que eso significa que aún no puedes ver en el agua —dice. Cuando muevo la cabeza, continúa—, esta mañana me los quité antes que salieras. Prefiero no arruinarlos si no hay necesidad. Me aclaro la garganta, me levanto y atravieso penosamente la arena. Los encuentro a pocos metros de distancia, se los lanzo y tomo asiento otra vez, por si mi vista de repente me da una visión poco saludable de la salobre profundidad. Afortunadamente, mantiene todo sumergido mientras camina hacia el bañador flotante y se los pone. Los ata a medida que camina a tierra y me salpica agua con el pie, antes de sentarse a mi lado. —¿Por qué no puedo cambiar, Galen? —Uno mis rodillas al pecho.

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Se apoya en los codos y se queda mirando hacia el mar, como si decidiera cómo responder. Hemos estado aquí todo el día, y no he sentido ni una picazón en las piernas, por no hablar de la sensación de torsión que él había prometido. —No lo sé —dice—. Tal vez eres demasiado consciente de ello. Tal vez si te pudieras relajar, sólo pasará. —¿Así te sucede a ti? ¿Algo así como accidental? —No, nunca es un accidente. Lo que quiero decir es, si dejaras de buscarlo y sólo trataras de pasar un buen rato, tal vez vendrá a ti el cómo cambiar. —Estoy pasando un buen rato, —digo sin mirarlo. —Yo también. —Por lo menos mañana es viernes. Tendremos todo el fin de semana para practicar. Además, podemos practicar después de la escuela mañana… Oh, supongo que no tendrás que venir más a la escuela —le digo—. Ya lograste el propósito por el que ibas, ¿verdad? —Ignoro la pequeña punzada en el estómago. —En realidad, iba a seguir yendo por un tiempo. Tu madre probablemente no sería muy feliz si estás saliendo con alguien que abandonó la escuela. —Me río. —No, no lo creo. Pero sí creo que le gustas. —¿Por qué dices eso? —pregunta, inclinando la cabeza hacia mí. —Cuando la llamé, me dijo que te dijera buenos días. Y entonces, me dijo que eras "una joya". —También dijo que era ardiente, lo que alcanza un diez y medio en el repulsometro. —No pensará eso cuando empiece a fallar en todas las clases, me he perdido demasiadas clases en la escuela para dar una actuación convincente en ese aspecto. —Tal vez tú y yo podríamos hacer un intercambio, —digo, encogiéndome por la cantidad de maneras diferentes en las que podría sonar. —¿Quieres decir, además de intercambiar saliva?

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Estoy hiperconsciente de las cosquillas en el estómago, pero yo digo, —¡Asco! ¿Rachel te enseñó eso? Él asiente, sin dejar de sonreír. —Me reí por días. —Como sea, dado que me estás ayudando a tratar de cambiar, yo podría ayudarte con tu trabajo escolar. Ya sabes, tu tutora. Estamos juntos en las mismas clases, y realmente me vendrían bien las horas de trabajo voluntario para mis solicitudes para la universidad. Su sonrisa desaparece como si le hubiera abofeteado. —Galen, ¿algo anda mal? Afloja la mandíbula. —No. —Era sólo una sugerencia. No tengo que ser tu tutora. O sea, ya que vamos a pasar todos los días juntos en la escuela y luego practicar en la noche. Es probable que te canses de mí. —Me lanzo a una risa suave para mantenerlo como charla intrascendente, pero mis entrañas se sienten como si estuvieran dando volteretas. —No lo creo. Nuestros ojos se traban. Al buscar su expresión, retengo al aliento ante la forma en que la puesta de sol hace brillar su cabello casi púrpura. Pero es la forma en que cada rayo mortecino saca reflejos plateados a sus ojos lo que me hace mirar hacia otro lado, y sin querer echar un vistazo a su boca. Se inclina, levanto la barbilla, y encuentro su mirada. La puesta de sol probablemente aumenta el calor en mis mejillas a un rojo fresa, pero puede que no se dé cuenta, ya que parece que no puede decidir si quiere mirarme a los ojos o la boca. Puedo oler la sal en su piel, sentir el calor de su respiración. Está tan cerca, el viento golpea el mismo mechón de mi cabello en nuestras mejillas. Así que cuando se aparta, soy yo quien siente la bofetada. Arranca la mano que hundió en la arena junto a mí. —Está oscureciendo, debería llevarte a casa —dice—. Podemos hacer esto de nuevo… quiero decir, podemos practicar de nuevo… mañana, después de la escuela.

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Me acomodo el cabello a un lado, escudando mi decepción. —Claro. — Vaya manera de usarlo. —En realidad, no puedes ir a la escuela mañana, piscardo. Los dos miramos hacia Toraf y Rayna, que caminan sobre la playa en nuestra dirección. Avanzando con andar pesado, Rayna carga una brazada de baratijas humana, pero la sonrisa de satisfacción que se extiende por su cara sugiere que ella desea poder cargar más. —¿Por qué no puede? —digo. —Porque necesita reportarse con su familia. Todo el mundo se pregunta dónde están los gemelos reales, ya que se perdieron la ceremonia de coronación de Grom. Al menos yo tuve el buen juicio de celebrar una ceremonia de emparejamiento privada; en vista de la ausencia de Rayna y eso. Galen frunce el ceño. —Tiene razón, tenemos que ir a casa por unos días. Nuestro padre no es tan protector como tu madre, pero le gusta vernos de vez en cuando. Especialmente a Rayna, es la consentida. Rayna asiente. —Es cierto, lo soy. Además, necesito conseguir revocar nuestro emparejamiento. —Oh, princesa, creía que pasamos un buen rato hoy. Tú sabes que me aseguraré de que sigas consentida. ¿Por qué lo quieres revocar? —Toraf dice. Ella le permite quitar algo de su carga, pero vuelve la nariz en su intento de besarla en la mejilla. Galen ignora su crisis matrimonial. Mirando hacia mí, dice, —No tomará mucho tiempo, lo prometo. Cuando regrese, tal vez podríamos visitar al Doctor Milligan. Podría ser capaz de ayudarnos. —¿En Florida? —La idea de las playas blancas me da náuseas. En mis sueños, siempre están manchadas de rojo con la sangre de Chloe. Galen asiente. —Él podría realizar algunas pruebas. Ya sabes, a ver si nos falta algo.

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Un sentimiento de fracaso me acecha. —Entonces, ¿crees que debería haber cambiado ya? ¿Qué lo estoy haciendo mal? —No es nada de que lo estás haciendo —dice él—. El agua activa nuestro instinto natural a cambiar. Requiere más esfuerzo no cambiar de lo que requiere cambiar. Tal vez el Doctor Milligan puede ayudar a averiguar cómo hacer que tu instinto sea más fuerte. Asiento. —Puede ser, pero estoy bastante segura de que mamá no va a consentir un viaje a través del país con mi novio ardiente. Sobre todo no de vuelta a Florida. —Cierro la boca tan rápido que mis dientes deberían haberse partido. Sonríe. —¿Crees que soy ardiente? —Mi madre piensa que lo eres. —Excepto que mamá no es la que se ruboriza en estos momentos. —Mmm —dice, lanzándome una mirada de “te atrapé”—. A pesar de lo ardiente que soy, no creo que sucumba a mi encanto en este caso. Vamos a tener que llamar a un profesional —. Entonces el príncipe pez me guiña el ojo. —Te refieres a Rachel —digo, pateando la arena—. Supongo que vale la pena intentarlo. Aunque, no tengas muchas esperanzas. Ya me he perdido mucha escuela. —Podríamos volar el fin de semana y estar de vuelta antes de las clases del lunes. Asiento. —Ella podría aceptar eso. Si Rachel juega bien sus cartas —. Sí, ella podría aceptarlo, también podría perforarse la lengua, teñirse el pelo de color rojo cereza y ponérselo de punta al estilo pavo real. No va a suceder. Me encojo de hombros—. Voy simplemente a seguir practicando mientras no estés. Tal vez no tengamos que ir… —¡No! —Galen y Toraf gritan, lo que me alarma. —¿Por qué no? No iré demasiado profundo. —No está a discusión —dice Galen, parándose—. No vas a entrar en el agua, mientras yo no esté.

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Pisoteo un agujero en la arena. —Ya te dije que no me vas a dar órdenes, ¿no? Ahora has prácticamente garantizado que entre en el agua, Alteza. Galen se pasa la mano por el pelo y pronuncia una serie de malas palabras, cortesía de Rachel, sin duda. Camina en la arena unos segundos, pellizcándose el puente de la nariz. De pronto se detiene, se relaja, sonríe incluso. Se acerca a su amigo y le da una palmada en la espalda. —Toraf, necesito un favor.

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14 Traducido por Azhreik

GALEN SABE dónde encontrar a su hermano. Inmiscuirse en la soledad de Grom, en los restos de las minas humanas, es la última cosa que desea hacer, pero está presionado por el tiempo. La especialidad de Emma no es la obediencia, y la de Toraf no es la supervisión; se rendirá a su voluntad ante el primer signo de berrinche. Ya le había señalado a Galen que técnicamente un día ella sería reina, así que deseaba estar en buenos términos con ella. Y requirió una orden real lograr que Toraf se quedara atrás, incapaz de defender su caso ante Grom cuando Rayna demande la disolución de su enlace. Conforme se acerca al borde del viejo campo minado, Galen resuelve hablar a favor de Toraf. Rayna estará furiosa—y para el caso, igual Emma—pero le debe eso a su amigo. Las minas lo ponen nervioso, siempre ha sido así. Los peces y plantas han abandonado esta parte del territorio Tritón desde hace mucho. De hecho, según lo que Galen sabe, Grom es el único visitante del lugar. Hoyos de las detonaciones, lo suficientemente grandes para tragarse un bote de pesca, recorren el lecho marino. El humus que rodea cada pozo está manchado de un color más oscuro, como si la explosión hubiera dejado su sombra. Sólo dos de los cientos de bombas permanecen intactas, defectuosas e impotentes, como silencioso monumento de lo que se perdió aquí. Y con la muerte de Nalia, los Syrena perdieron más que una futura reina, perdieron unidad, perdieron confianza, perdieron un legado. Y puede que hayan perdido su habilidad para sobrevivir. Galen se estremece al pasar junto a una de las bombas decrépitas. Anclada al suelo por una cadena, la bola metálica flota imperturbable, consumida por la herrumbre, dejada por los humanos después que terminaron de investigar la precipitada actividad, como si las cicatrices en el humus no fuera suficiente.

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Cuando ve a su hermano, lo llama, aunque sabe que Grom lo percibió antes que entrara al campo minado. Grom flota sobre el precipicio del cañón profundo, ubicado más allá de las minas, con los brazos cruzados. —Parece que me he perdido su ceremonia de coronación, Majestad, —dice Galen. Las comisuras de la boca de Grom se curvan en casi una sonrisa. —Qué lástima que padre no cumplió su promesa de quitarte la lengua, hermanito. Creí que sí lo haría esta vez. Galen se ríe. —Yo también lo creí, pero Rayna insistió que conservara la lengua durante un poco más de tiempo. —Harías bien en mantenerla feliz, si no fuera por ella, ahora estarías muerto, desheredado o ambos. Creo que se merece un viaje especial a los trópicos por su esfuerzo. Galen lanza una risita. El lugar favorito de Rayna para explorar escombros humanos es la ruta de cruceros comerciales en el Golfo de México; insiste que la gente de las naves lanza intencionalmente sus pertenencias por la borda, para dejar atrás una pequeña parte de ellos. Al menos eso es lo que Rachel le dijo. —Podría concedérselo, si se queda emparejada con Toraf. Grom levanta la cabeza bruscamente hacia su hermano. —¿Aceptó a Toraf? —No, de eso estoy hablando. Quiere pedirte una disolución. —¿Disolución de qué? —De su enlace. —¿Rayna y Toraf están enlazados? —pregunta Grom—. ¿Cuándo sucedió eso? —Muy gracioso. Grom sonríe. Galen intenta imaginar a su hermano como un humano de ochenta años: Cabello gris, más arrugas de lo que una concha tiene rugosidades, y esa sonrisa infantil probablemente estaría desdentada. Pero como un Syrena de ochenta años, luce tan joven como Galen, aunque, gracias a Toraf, tiene más dientes. A pesar de todo eso, es todo lo erróneo para Emma; demasiado calmado, compuesto,

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demasiado aferrado a sus maneras como para lidiar con un huracán como Emma Obstinada McIntosh. —He estado esperando por el día en que podría hacer a Rayna el problema de alguien más —dice Grom—. Aunque me siento mal por el enlace, siempre me gustó Toraf. —Entonces, ¿no lo disolverás? —Ni siquiera si Toraf me lo pide, ha estado tan pacífico aquí sin ella. De todas formas, ¿dónde han estado ustedes dos? Galen se encoge de hombros. —En lo usual. —La culpa muerde su consciencia como cangrejos bebé. “Lo usual” es visitar al Doctor Milligan para enterarse de las últimas noticias marinas, o pasando unos pocos días con Rachel y moviendo sus compras más recientes a una de sus muchas casas. “Lo usual” no es vivir como un humano, ir a sus escuelas, conducir sus coches o vestir sus ropas. —¿El Doctor Milligan tiene algo interesante para ti? —Unas cuantas cosas, aunque nada de qué preocuparse. Grom asiente. —Bien, lo último que necesito es algo más de que preocuparme. Finalmente, Galen nota el perfil tenso de su hermano: mandíbula apretada, bíceps tensos por sus brazos firmemente apretados, nudillos blancos donde sus manos dejan impresiones en sus hombros. Galen se pone rígido. —¿Qué? ¿Qué es? Grom sacude la cabeza, ocultando su miseria para sí mismo con una mueca. —Dime. —Podría no ser nada, —dice Grom. —Podría ser, pero puedo adivinar que no es así. Su hermano suspira y encara a Galen, con los ojos duros. —Te diré, hermanito, pero primero prométeme unas cuantas cosas. —¿Qué cosas?

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—Prométeme que pase lo que pase, pondrás a Rayna a salvo. No me importa si tienen que vivir como humanos por el resto de sus vidas, mantén a nuestra hermana a salvo. Promételo. —Grom… —¡Promételo! —Grom vocifera y descruza los brazos. —Ya sabes que lo haré. —De hecho, le insulta que su hermano lo dude. Grom asiente y se relaja. —Lo sé, pero necesitaba oírlo —Mira a lo lejos al hablar—. Tuve una reunión privada con Jagen. —¿Tú qué? ¿Has perdido la cabeza? —Un primo distante del rey Antonis, Jagen es el bramido del viento tras la tormenta de conspiración que se está fraguando en el territorio Poseidón. Cualquiera puede ver que está haciendo una jugada para conseguir el trono, pero durante décadas la inflexibilidad de Antonis ha abotagado los rangos de los seguidores de Jagen. Una buena razón para que Grom se preocupe de la seguridad de sus hermanos, si Jagen es lo suficientemente ambicioso para conspirar contra su propio rey, no se puede confiar que no intente derrocar la casa Tritón. Además, si alguien vio a Grom encontrarse con él, podrían asumir que Jagen se ha ganado el apoyo del nuevo rey Tritón, o peor, el rey Antonis podría asumirlo. La pregunta es, ¿deberían? —Sé lo que estoy haciendo, Galen. —Grom gruñe. —Aparentemente no, ¿qué dice padre? —Sabes que no le dije. Galen asiente. Grom sería un tonto si se lo dijera a su padre. El rey Herof y el rey Antonis fueron amigos durante mucho tiempo antes que se convirtieran en enemigos. ¿Y ahora el rey Grom aumentaba el cisma entre ellos? —¿Qué quería Jagen? Grom suspira. —Solicitó permiso para utilizar a Toraf, necesita rastrear a alguien. Alguien que los otros rastreadores no pueden encontrar. Nada extraordinario. Debido a su valor, los rastreadores son los únicos Syrena capaces de cruzar las fronteras del reino sin temor al arresto. Por supuesto que Jagen

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querría a Toraf; es el mejor rastreador en la historia de su especie. Aunque por respeto a la familia de Galen, Toraf nunca cruza las fronteras, y nunca aceptaría estar bajo las órdenes de Jagen sin un permiso real de la casa Tritón. Incluso entonces, puede que no lo hiciera. —¿Eso es todo? ¿A quién necesita rastrear? —Desearía que eso fuera todo, no es tanto a quién necesita rastrear, sino porqué. —Te juro por el tridente de Tritón que si no empiezas a hablar… —Su hija Paca está desaparecida. Cree que Antonis se la llevó. Galen rueda los ojos. —¿Por qué Antonis se la llevaría? Si a Antonis le preocupara la traición de Jagen, habría hecho algo al respecto hace años. —Pero a Antonis no parecía importarle nada en estos días, desde que Nalia murió se había encerrado en las cavernas reales. Algunos rastreadores Poseidón le dijeron a Toraf que no ha salido desde que declaró como enemiga la casa Tritón. —Según Jagen, Paca tiene el don de Poseidón. Las palabras le arrebatan el aliento a Galen. —Eso no es posible. Lentamente, Grom sacude la cabeza. —No es probable, pero sí es posible. Tiene sangre real, sin importar lo diluida, y si es de Poseidón, no puedo ignorar las ramificaciones de su habilidad. —Pero no es así como funciona. El don nunca se ha mostrado en nadie que no fuera un descendiente directo. —¿Qué estoy diciendo? ¿No estaré en un futuro intentando convencer a Grom de la misma cosa respecto a Emma, con incluso menos prueba que esta? Al menos Paca puede probar tener algo de sangre real. Pero el padre de Emma no está intentando reclamar el trono, de hecho, Galen encontró a Emma por accidente. Lo que hace al don de Paca sospechoso, cuando menos. —Hable a los Archivos. Por supuesto, no les dije sobre la acusación de Jagen. Creen que simplemente soy un rey novato ansioso, que explora nuestro legado. —Los Archivos son la suma de diez de los más ancianos de su especie; cinco de cada casa; encomendados a recordar la historia de los Syrena. Galen está de acuerdo en que sería normal que Grom buscara su consejo.

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—¿Y? —En su memoria colectiva, no recuerdan que haya sucedido nunca, pero uno de los Archivos, tu amigo Romul, cree que sería posible. Nos recordó que los dones eran para asegurar la supervivencia de nuestra especie, no sólo la supervivencia del linaje real. Dijo que no sería sorprendente que Tritón y Poseidón lo hubieran pensado de antemano, que alguien de la realeza pudiera abusar de su poder; cree que de alguna forma podrían haber tomado medidas precautorias. Galen cruza los brazos. —Mm. Grom suelta una risita. —Eso es lo que dije. —Pero dijiste que no les hablaste sobre Jagen. —No lo hice. Soy un rey novato sin una pareja, que hereda una guerra incruenta contra el único otro reino de nuestra especie. Es normal que esté haciendo preguntas creativas. Galen asiente. —Pero si los dones pueden transferirse a alguien más, ¿por qué siquiera molestarse en forzar a los de la realeza a emparejar? La Ley de los Dones siempre se ha seguido estrictamente. La teoría de Romul vuelve inútiles esa ley y a los de la realeza. —Y no le sienta bien a Galen, especialmente que Romul dé su opinión. Los Archivos están obligados a decir los hechos, nada más y nada menos. Romul mismo le había dicho eso la primera vez que Galen lo visitó cuando era joven, pero Romul es más que un Archivo para Galen, es su mentor. No, más que eso, es su amigo. Los amigos comparten opiniones entre ellos. Pero los Archivos no tienen por qué especular ante los reyes. —Bueno, es como dijiste, es sólo una teoría, pero es una que no puedo ignorar. He decidido dejar que utilice a Toraf. Si Paca está viva, Toraf la encontrará. Galen asiente. Y si Paca tiene el don de Poseidón, no necesitarán a Emma… al menos no para Grom. Su corazón se acelera con una emoción que no puede nombrar. —Si esto se sale de… —No lo hará.

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—Grom… —Pero en caso que sí, mantén a Rayna contigo, donde sea que hayan estado. No quiero volver a ver sus caras hasta que esto se resuelva. —No somos alevines. Rayna incluso está emparejada. —No, pero ustedes son lo que queda de la realeza Tritón, hermanito. Las palabras flotan entre ellos, aguijoneándolos con la gravedad de la situación. Hay demasiado en juego, demasiado que depende de los y sí. ¿Antonis tiene a Paca? Y si es así, ¿la regresará pacíficamente? Y si no la tiene, ¿la investigación de Grom incitará a Antonis a hacer sangrienta una guerra incruenta? Pero vale la pena el riesgo. Si Paca tiene el don, emparejar con Grom asegurará la supervivencia de los Syrena. Y Galen tendrá la libertad de ir tras un cierto pez ángel de cabello blanco. ¿Pero alguna vez algo ha sido tan simple? Grom mira fijamente por sobre el cañón, ensimismado en sus pensamientos, con las emociones ausentes del rostro. Galen se aclara la garganta, pero no saca a su hermano de su trance. Considera dejar el tema por completo; abrir viejas heridas es la última cosa que desea hacer, pero tiene que saber. Nunca habrá un buen momento para hablar sobre ello, pero este podría ser el único momento apropiado. —Grom, necesito preguntarte algo. Vacilante, Grom arranca su mirada del abismo y la posa en su hermano, pero sus ojos aún conservan la distancia. —¿Mmm? —¿Crees en el llamado? La pregunta sobresalta visiblemente a Grom, reemplazando la indiferencia en sus ojos con dolor. —¿Qué clase de pregunta es esa? Galen se encoge de hombros, con la culpa acuchillándolo como un tridente. — Algunos dicen que sentiste el llamado por Nalia.

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Grom se masajea los ojos con las puntas de los dedos, pero no antes que Galen vea la tormenta profundizarse. —No me había dado cuenta que escucharas los chismorreos, hermanito. —Si escuchara chismorreos, no me molestaría en preguntar. —¿Crees en el llamado, Galen? —No lo sé. Grom asiente, suspirando. —Yo tampoco lo sé, pero si es que existe algo semejante, supongo que sería certero decir que lo sentí hacia Nalia —Con un revoloteo de la cola, nada hacía enfrente, alejándose de su hermano—. A veces juro que aún puedo percibirla. Es débil, va y viene. Algunos días es tan real que creo que estoy perdiendo la cabeza. —¿Cómo… cómo se siente? —Galen casi no puedo preguntar. Ya había tomado la determinación que nunca tendría esta conversación con Grom, pero las cosas han cambiado. Para su sorpresa, Grom lanza una risa. —¿Hay algo que necesites saber, hermanito? ¿Alguien finalmente te ha enganchado? Galen no consigue cerrar la boca por completo antes que su hermano se dé la vuelta. La risa de Grom parece extraña en este lugar deprimente. —Parece que te ha enganchado y atrapado. ¿Quién es? —Nadie de tu incumbencia. —Al menos aún no. Grom sonríe. —Así que es allí donde has estado, persiguiendo a una hembra. —Podrías decir eso. —De hecho, su hermano puede decir lo que quiera. No le va a contar a Grom sobre Emma, no mientras Paca está ahí fuera en algún lugar, esperando emparejar con el rey Tritón. —Si no me dices, simplemente le preguntaré a Rayna. —Si Rayna supiera, ya habría un anuncio público.

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—Es verdad —dice Grom, sonriendo ampliamente—. Eres más listo de lo que te di crédito, renacuajo. De hecho, tan listo que sé que no tengo que decirte que la mantengas lejos de aquí, quien sea que sea. Sólo hasta que las cosas se calmen. Galen concuerda. —No tienes que preocuparte por eso.

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15 Traducido por Azhreik

EL OLOR DE los panquecitos de mora azul usualmente endulza mi humor, pero después de la ducha tibia que acabo de tomar, los panquecitos de mora azul no tienen

oportunidad de endulzar mi humor más que el vinagre. Mamá está sacando la bandeja del horno mientras alcanzo el último escalón de las escaleras. —¿El calentador está descompuesto? —digo, sacando un tazón de la alacena. —Buenos días para ti también, —dice, pinchando un panquecito y posándolo en papel de cera para enfriarlo. —Lo siento, buenos días. ¿El calentador de agua está descompuesto? —Cojo una cucharada de avena de la cazuela en la estufa y la pongo en mi tazón. Un panquecito golpea mi pie; siempre tenemos al menos una víctima porque la bandeja se pega. —No que yo sepa, dulzura. Me duché esta mañana y no noté nada diferente. —Probablemente se rompió en mi turno, —gruño, agarrando un panquecito y dirigiéndome a la mesa. Mis piernas están demasiado adoloridas para sentarme con algo de dignidad, así que me dejo caer en la silla y me llevo una cucharada de avena a la boca para contener las quejas. Mamá trabajó toda la noche, luego me hizo el desayuno, no se merece vinagre. —¿Galen te va a recoger para la escuela? —No, voy a conducir yo misma. —El vinagre se convierte en ácido. Por supuesto, es irritante tomar una ducha tibia cuando intentas escaldarte la piel, pero no ser capaz de ver a Galen hoy es más decepcionante que no tener agua caliente durante todo el invierno. Y lo odio.

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Pasar todo el día de ayer con él despedazó mi intención de mantenerlo apartado, incluso si no fuera merecedor de su propio anuncio de ropa interior, era demasiado agradable; excepto por su hábito de casi besarme. Pero su obsesión de intentar darme órdenes es demasiado linda, especialmente por la forma en que su boca hace puchero cuando no escucho. —¿Ya están peleando? Está intentando sonsacarme algo, pero no sé con qué objetivo. Encogerme de hombros parece inofensivo hasta que descubra qué desea oír. —¿Pelean seguido? Encogiéndome de hombros de nuevo, me meto suficiente avena en la boca para hacer imposible hablar por al menos un minuto, tiempo más que suficiente para que deje el tema. No funciona. Después del exagerado minuto, alcanzo mi vaso de leche. —Sabes, si alguna vez te golpea… El vaso a medio inclinar, me trago la leche antes que se pueda escapar por mi nariz. —¡Mamá, él nunca me golpearía! —No dije que lo fuera a hacer. —Bien, porque no lo haría. Nunca. ¿Qué te pasa? ¿Tienes que interrogarme sobre Galen cada vez que me ves? Esta vez es ella la que se encoge de hombros. —Parece lo correcto. Cuando tengas hijos, entenderás. —No soy estúpida. Si Galen se pasa, lo botaré o lo mataré. Tienes mi palabra. Mamá se ríe y le unta mantequilla a mi panquecito. —Supongo que no puedo pedir más que eso. Acepto el panquecito; y la tregua; y digo. —Nop. Algo más sería irrazonable. —Sólo recuerda, los estoy observando como halcón. Excepto ahora mismo, porque me voy a la cama. Deja remojando tu tazón en el fregadero antes que te vayas. —Me besa en la coronilla y bosteza antes de subir las escaleras arrastrando los pies.

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Estoy exhausta cuando llego a casa, a pesar que el día escolar fue el equivalente a un bostezo de siete horas sin Galen o Chloe. Mamá está paseándose por la casa como una avispa agitada. —Hola, dulzura, ¿cómo estuvo tu día? ¿Has visto mis llaves? —Nop, lo siento. ¿Revisaste los bolsillos de la ropa de ayer? —digo, abriendo la puerta del refrigerador para sacar algunas fresas. —¡Buena idea! —La alfombra de las escaleras amortigua su paso intempestivo. Reaparece unos cuantos segundos después, al tiempo que me meto una fresa en la boca y me siento en la encimera—. La ropa de ayer no tiene bolsillos, —dice, jalándose el cabello para apretar su cola de caballo. —¿Por qué no simplemente te llevas el Honda? Yo seguiré buscando tus llaves. Mamá asiente. —¿No necesitas ir a ninguna parte esta tarde? ¿Aún peleada con Galen? —Los únicos planes que hice para esta noche es trabajo de recuperación. —Eso después de salir e intentar convertirme en pez. Cuando la mueca de duda de mamá no se convierte en otro interrogatorio, sé que intenta mantener nuestra tregua de esta mañana. —Ok, queda un poco de estofado en el refrigerador. Si Julie no aparece de nuevo esta noche trabajaré otro doble turno, así que puede que no te vea hasta mañana por la tarde. No olvides cerrar con llave antes de irte a la cama. Cuando escucho los rugidos del Honda chirriando en el acceso, cojo mi celular. Galen dijo que Rachel nunca responde, pero te regresa la llamada si dejas un mensaje. Después que una contestadora de La Aseguradora Transatlántica me da la opción de dejar un mensaje o volver a llamar durante horas laborales, espero por el pitido. — Hola Rachel, soy Emma. Dile a Toraf que está libre por hoy. Hoy no puedo ir a practicar, tal vez lo vea mañana. —NO. No necesito niñero. Galen necesita comprender con su cabeza dura que no soy uno de sus súbditos. Además, Toraf se ganó un lugar en mi lista de “equivalente a mugre de zoológico”, por forzar a Rayna a casarse con él y todo eso.

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Después de unos cuantos minutos, Rachel ratifica la promesa de Galen. Cuando respondo el teléfono, dice, —Hola, monada. No te estás sintiendo mal de nuevo, ¿verdad? —No, estoy bien. Sólo un poco adolorida por lo de ayer, supongo. Pero mamá tuvo que llevarse mi coche al trabajo, así que no tengo forma de llegar allá. Ponderación flota en el silencio que sigue. Me sorprende que no se ofrezca a venir a recogerme. Tal vez no le gusto tanto como dejó traslucir. —Llámame mañana, ¿ok? Galen quiere que te tenga checada. —Eso es muy dulce de su parte, —arrastro las palabras. Ella lanza una risita. —Dale un respiro al chico, sus intenciones son buenas. Aún no ha descifrado cómo manejarte. —No necesito que me manejen. —Aparentemente él piensa que sí. Y hasta que cambie de opinión, me temo que tendrás que soportarme. Intento no sonar cortante cuando digo: —¿Siempre haces lo que él dice? —No siempre. —Sí, claro. —Emma, si siempre hiciera lo que me dice, estarías encerrada en un cuarto de hotel en algún lugar mientras nos consigo un jet privado a un lugar de la elección de Galen. Ahora descansa un poco, estaré esperando tu llamada mañana. *** Arrojo mi toalla en la arena, corro y ejecuto un clavado limpio hacia las olas. Espero que la primera zambullida sea refrescante, un exhilarante aluvión de frio que te quita el aliento, la clase de frio que produciría cualquier otoño de Nueva Jersey que se respete. Pero cuando emerjo a la superficie, me siento fastidiada. El agua está tibia, igual que mi ducha, igual que mi vida amorosa.

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Braceó contra las olas y me fuerzo a estar bajo la influencia del oleaje. Retengo el aliento y me sumerjo, al tiempo que presiono el botón de inicio del viejo cronómetro de papá. Y encuentro otra razón para odiar el paso del tiempo; es aburrido. Para evitar quedarme mirando fijamente los minutos que transcurren, recito el alfabeto, luego recito las estadísticas del Titanic, igual que haría cualquier persona obsesionada. Unos pocos cangrejos avanzan de lado bajo mí, escuchándome comparar los números de botes salvavidas con los pasajeros mientras las olas me arrastran a la orilla. Después de quince minutos, mis pulmones empiezan a apretarse. A los diecisiete minutos, se sienten como una banda elástica estirada a su máxima capacidad, a los veinte minutos es una salida urgente. Emerjo y detengo el cronómetro. Veinte minutos, catorce segundos. Nada mal para un humano; el record mundial es de trece minutos, treinta y dos segundos; pero en lo concerniente a los peces, apesta bastante; no que los peces aguanten la respiración ni nada por el estilo, pero yo no tengo agallas con las que trabajar. De acuerdo a Galen, él tampoco aguanta la respiración. Los Syrena se llenan los pulmones de agua y aparentemente absorben el oxígeno que necesitan de ella. Mi fe no es lo suficientemente fuerte como para intentarlo, de hecho, que me crezca una cola es la única forma de hacerme una creyente. Incluso romper un record mundial en mi primer intento no es suficiente para convencerme de inhalar agua salada. Eso no va a suceder. Deambulo hasta que el agua me llega al cuello y borro el tiempo del cronómetro. Doy una bocanada que me llena los pulmones y presiono el botón de inicio. Y entonces lo siento, satura el agua a mí alrededor, golpeteando sin ritmo. El pulso. Alguien está cerca, alguien que no reconozco. Lentamente, me voy de puntillas hacia atrás, cuidadosa de no salpicar o chapotear. Después de unos pocos segundos, ir de puntillas se convierte en un completo sinsentido. Si yo puedo percibirlos, ellos también pueden percibirme. El pulso se está volviendo más fuerte, se están dirigiendo hacia mí. Rápido. Dejando atrás la precaución, la etiqueta y el cronómetro de papá, salgo en desbandada como lunática hacia aguas superficiales. Repentinamente, la orden de Galen de mantenerme en tierra firme no parece tan irrazonable. ¿Qué estaba pensando?

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Lo poco que sé sobre los Syrena es lo que me zambutí las últimas veinticuatro horas en su casa. Tienen una estructura social como los humanos, un gobierno, leyes, familia, amistad. ¿También tienen marginados? ¿De la misma forma que los humanos tienen violadores y asesinos seriales? Si es así, acabo de hacer el equivalente humano a merodear sola en un estacionamiento oscuro. Estúpida, estúpida, estúpida. El jadear ante una ola me deja saber que mis pulmones aún no están preparados para el agua. Escupir y toser me ralentiza un poco, pero la playa está tan cerca, y ya le he echado ojo a un palo más grueso que mi brazo que está sobre la arena mojada. El hecho de que se romperá como ramita sobre la cabeza de cualquier Syrena no es importante. El agua me llega a las rodillas cuando la mano sujeta mi tobillo. Bajo la vista, pero mi atacante está obviamente en forma mimética, marcándose sólo el contorno a través de las olas. El agua no interrumpe mi grito, pero si lo apaga del mundo humano. La mano es fuerte y grande, me aleja de la seguridad como una corriente desatada. Desperdicio valioso aire al patear y gritar hacia la masa amorfa mimética, pero no iré simplemente sin pelear. El fondo del océano está empinado. Sólo unos cuantos rayos de luz solar alcanzan lo profundo. Esos rayos desaparecen cuando mis ojos se ajustan, arrojando un brillo como de tarde sobre todo. Cuanto más lucho, más rápido atravesamos el agua, como torpedos; y mi secuestrador endurece su agarre. —¡Me estás lastimando! —me quejo. Nos detenemos tan rápido que mi cuerpo hace movimiento de latigazo. —Ups, lo siento, —dice la masa amorfa, materializándose como Toraf. Me suelta el tobillo. —¡Tú! —Por supuesto que soy yo, ¿quién más sería? *** Alcanzamos la superficie bajo el cielo nocturno. Las estrellas llenan mi visión, pero no estoy segura si son reales o son el resultado de mi falta de oxígeno. Toraf sale

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disparado del agua y atraviesa las olas sobre la punta de su cola, como un delfín en Mundo Marino. —Deja de hacer el tonto —le digo—. ¿Cómo lo hice esta vez? Dame el cronómetro. —Veintisiete minutos, diecinueve segundos —dice, poniendo el cronómetro sobre mi mano estirada. Jadea—. Vaya, ¿qué le pasa a tus manos? —¿A qué te refieres? —Las volteo una y otra vez, bizqueando para ver a la luz de la luna. Sin sangre, cortes, rasguños. Agitando los diez dedos, le digo—. No les pasa nada, ¿ves? Sus ojos muy abiertos me hacen volver a revisar. Aún nada. —Toraf, si esta es otra broma… —Emma, no es una broma ¡Mira tus manos! ¡Están… están… arrugadas! —Sí, eso es porque… —Imposible. No me meteré en problemas por esto. No es mi culpa. —Toraf… —Aunque Galen encontrará alguna forma de culparme. Siempre lo hace. “No te habrían capturado si no hubieras nadado tan cerca de ese bote, renacuajo” No, no podía ser la culpa del humano por pescar en primer lugar… —Toraf. —O qué hay de, “Tal vez si dejaras de intentar besar a mi hermana, ella dejaría de aporrearte la cabeza con una roca.” ¿Qué tiene que ver el que la bese con el que ella me aporree la cabeza con una roca? Si me preguntas, es resultado de una pobre paternidad… —Toraf. —Oh, y mi favorito: “Si juegas con un pez león, te va a pinchar.” ¡No estaba jugando con él! Sólo evitaba que nadara más rápido al agarrarle las aletas… —TO-RAF.

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Deja de pasearse por el agua, incluso parece recordar que existo. —¿Sí, Emma? ¿Qué estabas diciendo? Inhalo como si estuviera a punto de sumergirme por la próxima media hora. Dejo salir lentamente el aire y digo: —No es la culpa de nadie, mi piel se pone toda arrugada cuando estoy en el agua demasiado tiempo. Siempre ha sido así. —No hay nada semejante a quedarse en el agua demasiado tiempo. No para los Syrena, además si tu piel se arruga así, nunca podrás mimetizarte. —Estira la mano hacia mí, me muestra la palma, tan lisa como estatua. Luego sumerge su mano y desaparece. Mimetizada. Se cruza de brazos, triunfante. La acusación está clara. —Oh, tienes razón. Sólo soy una humana con piel gruesa, ojos purpura y huesos duros. Lo que significa que te puedes ir a casa. Dile a Galen que mando saludos. Toraf abre y cierra la boca dos veces. Ambas veces parece que quiere decir algo, pero su expresión me dice que su cerebro no está cooperando. Cuando su boca se cierra de golpe una tercera vez, le salpico agua a la cara. —¿Intentas decir algo, o estás intentando captar viento para irte navegando? Una sonrisa del tamaño del horizonte cruza su rostro. —A él le gusta eso, sabes. Tu temperamento. Síclaro. Galen es una personalidad clásica tipo A; y el tipo A odia a los listillos. Sólo pregunta a mi mamá. —Sin ofender, pero no eres precisamente un experto en juzgar las emociones de la gente. —No estoy seguro qué quisiste decir con eso. —Seguro que sí. —Si estás hablando de Rayna, entonces estás equivocada. Ella me ama, sólo que no lo admite. Ruedo los ojos. —Claro, se está haciendo la difícil, ¿es eso? Aporreándote la cabeza con una roca, partiéndote el labio, llamándote aliento de calamar todo el tiempo.

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—¿Qué significa eso? ¿La difícil? —Significa que intenta hacerte pensar que no le gustas, así terminará gustándote mucho más, así que trabajas con mayor ahínco para conseguir su atención. Asiente. —Exacto, eso es exactamente lo que está haciendo. Apretándome el puente de la nariz, digo: —No lo creo, mientras hablamos, está logrando que disuelvan su enlace. Eso no es hacerse la difícil, eso es hacerse la imposible. —Incluso si consigue que lo disuelvan, no es porque no se preocupe por mí, simplemente le gusta jugar juegos. El dolor en la voz de Toraf me destripa como harían con la pesca del día. Puede que a ella le guste jugar, pero los sentimientos de él son reales. ¿Y no puedo yo identificarme con eso? —Sólo hay una manera de descubrirlo, —digo con suavidad. —¿Descubrirlo? —Si todo lo que quiere ella son juegos. —¿Cómo? —Tú hazte el difícil. Ya sabes lo que dicen, “Si amas a alguien, déjalo libre. Si regresa a ti, es tuyo.” —Nunca había oído eso. —Claro. No, por supuesto que no —Suspiro—. Básicamente, lo que intento decir es que necesitas dejar de prestarle atención a Rayna. Aléjala, trátala como ella te trata a ti. Sacude la cabeza. —No creo que pueda hacer eso. —Obtendrás tu respuesta de esa forma —digo, encogiéndome de hombros—. Pero suena como que realmente no quieres saberlo. —Sí quiero saberlo, pero ¿Qué tal si la respuesta no es buena? —Su rostro se arruga como si las palabras supieran como jugo de limón. —Tienes que estar preparado para lidiar con ello, sin importar lo que sea.

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Toraf asiente, la mandíbula rígida. Las opciones que tiene que considerar harán esta noche bastante larga para él. Decido no acaparar más su tiempo. —Estoy bastante cansada, así que me voy. Te encontraré en casa de Galen en la mañana. Tal vez mañana pueda alcanzar los treinta minutos, ¿eh? —Golpeó su hombro con el puño, pero una débil sonrisa es todo lo que consigo a cambio. Me sorprende cuando sujeta mi mano y empieza a jalarme por el agua. Al menos es mejor que arrastrarme por el tobillo. No puedo evitar pensar cómo Galen podría haber hecho lo mismo. ¿Por qué en vez de eso, me envuelve en sus brazos? *** Para la noche del sábado, puedo permanecer sumergida por treinta y cinco minutos, para la tarde del domingo, alcanzo los cuarenta y siete. Eso dice algo sobre la práctica… aun si no estoy practicando nada, sólo pasando el tiempo en el agua, aguantando la respiración, convirtiéndome la piel en arrugas de abuelita. Me quito las aletas de plástico que Toraf me trajo y las arrojo a la orilla. Le doy la espalda mientras él se coloca los pantaloncillos en su lugar. —¿Estás decente? — grito después de unos cuantos segundos. No importa cuántas veces le digo que aún no puedo ver a través del agua, él insiste que sólo estoy intentando mirar su “anguila”. Por el amor de Dios. —Oh, estoy más que decente, de hecho soy un buen partido. No podría estar más de acuerdo. Toraf es apuesto, divertido y considerado; lo que me hace cuestionar la actitud de Rayna. Estoy empezando a entender por qué Grom la enlazó con él. ¿Quién podría ser mejor para ella que Toraf? Pero mencionarle eso a Toraf rompería nuestro pacto silencioso de no hablar sobre Rayna o Galen. Desde la noche del viernes hemos hablado sobre todo, menos ellos. Sobre Grom y Nalia, sobre el tratado de paz que hicieron el general Tritón y el general Poseidón después de la Gran Guerra, sobre el sabor de los mariscos… bueno, discutimos sobre eso.

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Pero mayormente sólo practicamos, yo aguantando la respiración, Toraf tomándome el tiempo. No puede explicarme mejor que Galen cómo convertirme en pez, él concuerda en que se siente como una necesidad casi abrumadora de estirarse. Toraf vadea a donde estoy parada en la marea. —No puedo creer que ya es el ocaso, —le digo. —Yo sí, me muero de hambre. —Yo también. —Deben ser las calorías extra que estoy quemando en el agua. Se encoge de hombros. —Todo lo que sé es… —Su cabeza se dirige de un tirón hacia el agua y luego de regreso a mí. Me sujeta los brazos y me acerca, luego rompe nuestro acuerdo silencioso. —¿Recuerdas lo que dijiste sobre Rayna? ¿Sobre hacerse el difícil? —Echa un vistazo hacia el mar abierto, y la regresa hacia mí de un tirón. Sus cejas se juntan cuando frunce el ceño. Asiento, alarmada por su cambio radical. —Bueno, he estado pensando en ello. Mucho. Y voy a hacerlo, pero… pero necesito tu ayuda. —Por supuesto que te ayudaré, lo que sea que necesites. —digo, pero algo se siente inadecuado cuando me acerca más. —Bien —dice, echando otro vistazo a la puesta de sol—. Galen y Rayna están cerca. Jadeo. —¿Cómo sabes eso? Yo no puedo sentirlos. —Mi cabeza me traiciona, palpita como si acabara de correr ocho kilómetros colina arriba; no tiene nada que ver con percibir y sí todo que ver con la mención del nombre de Galen. —Soy un rastreador, Emma. Puedo percibirlos casi desde el otro lado del mundo, especialmente a Rayna, y por cómo se siente, Galen está moviendo esa linda colita suya como loco para regresar a ti. Rayna debe estar montada a su espalda. —¿Puedes decir lo que ella está haciendo? —Puedo decir lo rápido que se está moviendo, nadie puede nadar tan rápido como Galen, incluyendo a Rayna. Debe estar realmente impaciente por verte.

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—Sí, impaciente por que cambie para que pueda tener otro súbdito al que darle órdenes. La risa de Toraf me sobresalta, no porque sea ruidosa, sino porque su humor parece dar un giro de ciento ochenta grados. —¿Eso es lo que crees? —dice. Repentinamente, el pulso de Galen golpea mis piernas como un porrazo físico. Toraf me saca del agua y tira de mí hacia la casa. —Ha tenido montones de oportunidades de mostrarme algo diferente, —digo, mis palabras vibran con cada paso apresurado sobre la arena. Detrás de nosotros, escucho a Galen y Rayna riéndose por algo. La forma en que chapotean me hace pensar que se están salpicando el uno al otro. Toraf nos detiene ante la pequeña valla de estacas, una barrera nimia que separa la arena de la playa de Galen de la arena de la playa del condado. —Bueno, estoy a punto de enseñarle a esos mimados de la realeza una lección. ¿Confías en mí, Emma? Asiento, pero algo me dice que no debo. Mi instinto se confirma cuando Toraf me atrae contra su pecho y baja su boca a la mía. Cuando intento apartarme, sujeta un puñado de mi cabello y lo usa para mantener mi rostro en su lugar. El repentino silencio detrás de nosotros es más alto de lo que la risa pudo haber sido. Puedo decir que Toraf es un buen besador, mueve su boca justo en la forma adecuada, gentil y firme al mismo tiempo. Y a pesar de todos los mariscos que come, no sabe a ellos ni un poco. Pero todo en este beso está mal, mal, mal. Si tuviera un hermano, así es como se sentiría besarlo. Y entonces siento algo más, que el cabello se me eriza por completo, como si estuviera a punto de ser golpeada por un rayo. Entonces Galen; no un rayo; se estampa contra Toraf, separando nuestros labios. A su favor, Toraf me suelta inmediatamente en vez de jalarme con él. Colisionan en la arena, Galen lanzando golpes como balas de un arma automática, pero estoy demasiado impactada para moverme.

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16 Traducido por Andrés_1987

ENTRE PUÑETAZOS, Galen continua descargando su ira mientras grita ensordecedoramente: ―¡Confié en ti! te dije que le echaras un ojo, ¡no tus inmundos labios! ―Las carcajadas de Toraf le obligan a golpearle aun con más fuerza, Galen está muy al tanto de que Emma le grita que se detenga, ahora que ya ha despertado del lapso que le produjo el beso de Toraf. Oleadas de fuego le recorren los bíceps cuando Emma le agarra, en un intento de refrenar el siguiente puñetazo. ―¡Detente!, Galen, ¡Detente en este instante! Su cabeza voltea por instantes para contemplarla, el verla preocupada por Toraf lo vuelve loco de ira. ―¿Por qué? ¿Por qué debería detenerme? ―Porque es tu amigo y también la pareja de tu hermana. ―grita Emma ―Esas son exactamente las mismas razones por las que debería matarlo, Emma. Lo que dices no tiene sentido. ―¡Rayna, ayúdame! ―Emma se echa sobre Galen, atajando su avance con el hombro. Con los brazos llenos de Emma, a Galen le resulta difícil seguir aporreando a Toraf; su piel es tan suave y su olor tan dulce que podría distraerlo aun si no estuviera agarrándose de él como pulpo. Galen no puede decir con certeza de quién es cada extremidad cuando se cae de encima de Toraf y ella se derrumba en la arena junto a él. Aunque Galen cae encima, utiliza la mano para amortiguar la caída de la cabeza de Emma sobre un pedazo de madera. Preocuparse de la última herida en su cabeza ya le había acortado la esperanza de vida. ―¡Por el tridente de Tritón, Emma! ¡No debes arrojarte de esa forma entre dos personas que están peleando! podrías resultar lastimada. ―dice, aún sin aliento.

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Ella lo empuja con los puños cerrados ―Una pelea es entre dos personas, Alteza. ¿Acaso no notaste que Toraf no se estaba defendiendo? De hecho no, y no le importaba. Se le quita de encima y luego ella rechaza la mano que le ofrece para ayudarla a levantarse. Se encoge de hombros, irritado por su pequeño rechazo. ―Mal por él. Ahora Emma, entra en la casa porque Toraf y yo no hemos terminado. Para este momento Toraf está de pie sacudiéndose la arena del cuerpo, a Galen le toma unos pocos momentos darse cuenta que Rayna no lo ayudó a desenredarse de su pareja, de hecho no ha dicho una sola palabra. Rayna está parada exactamente en el mismo sitio de la playa y su cara está contorsionada en una mezcolanza de conmoción, ira y dolor. La ira se disipa cuando Toraf endereza sus pantaloncillos y pasa de largo por su lado, de hecho, la conmoción también desaparece… tan sólo el dolor queda plasmado en su expresión. Su pareja está sumergido a la altura de las rodillas, cuando ella finalmente le llama. ―¿Toraf? ―La forma en que su voz se quiebra toma a Galen por sorpresa. Toraf no lo nota o tal vez no le importa. ―¿Mm? —dice Toraf como si ella no mereciera el esfuerzo de una palabra completa. ―Tú… besaste a Emma. ―¿Sí? ―dice él, observando impacientemente el mar. ―Pero… pero estás emparejado conmigo. Él se encoge de hombros ―¿Lo estoy? La última vez que recuerdo, ibas de camino a Grom con mucha prisa para que deshiciera nuestro enlace, supuse que no debía malgastar más tu tiempo o el mío. Además debes admitir que Emma no es mal partido. ―Voltea y le guiña un ojo a Emma. Galen se lanza contra él, pero Emma lo agarra por el brazo. Galen rechina los dientes. Rayna da algunos pasos cortos hacia Toraf como si se estuviera acercando a un tiburón que se está alimentando. ―Pero no disolví nuestro enlace, aún somos pareja. ―¿De verdad? ¿Entonces, Grom no nos va a desenlazar?

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Rayna se detiene con los brazos colgando fláccidamente de sus redondeados hombros. ―No le pedí que lo hiciera. ―Galen no puede verle a la cara, pero por la forma en que arrastra las palabras, se nota que Rayna está luchando para mantener el control y por una vez en su vida no se debe a su temperamento. ¿Qué es lo que le ha picado a todo mundo? Toraf raya en la indiferencia, Rayna se abraza a si misma en señal de inseguridad, y Emma… Emma no ha cambiado para nada, es tan hermosa y obstinada como siempre. ―No sé por qué ―dice Toraf internándose en el agua a mayor profundidad―, ambos sabemos que esto no va a funcionar. Rayna también se adentra en el agua ―¿Qué es lo que no funciona? ¡Dijiste que me amabas! Su risa es cortante ―Y aun así me partiste el labio de un golpe cuando te lo dije. ―No deberías guardar rencores ―dice ella―, además me agarraste con la guardia baja. ―¿Con la guardia baja? Sabes que te he estado persiguiendo desde que éramos alevines… No ―dice él, sacudiendo la cabeza―. Has tenido razón todo este tiempo, simplemente no estamos destinados a estar juntos, de hecho yo mismo le pediré a Grom que disuelva nuestro enlace. ―Sin ninguna otra palabra se zambulle mientras un pequeño trozo de su cola se asoma por el agua. Rayna voltea para mirar a Galen con ojos incrédulos ―¿Habla en serio? ―Parecía en serio, ―dice Galen, tan sorprendido como su hermana. ―¡Toraf, espera! ―grita Rayna antes de arrojarse al agua tras él. Galen y Emma se quedan mirando el horizonte hasta que se oculta el último rayo de sol, Galen aún no sabe con certeza si todo eso acaba de ocurrir o si podrá volver a cerrar la boca. ¿Cómo ha podido Toraf traicionarme de esa forma?, Toraf tiene más lealtad que arena una playa. O eso pensaba. Si se equivocó con eso, ¿en qué más se había equivocado.

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¿Había malentendido la devoción de Toraf por Rayna?, ¿cómo era eso posible? Toraf se había rehusado a seleccionar, todo el tiempo insistió que Rayna era la única para él y se había puesto físicamente enfermo la primera vez que ella lo rechazó. No, Toraf nunca trataría a Rayna de esa forma y Rayna nunca perseguiría a Toraf, nunca. Además también estaba Emma, era obvio que se había apegado a Toraf en los tres días que había estado ausente. Todo es mi culpa, debí haberla besado, debí haberle dejado ese recuerdo, en vez de pelear con ella para que se quedara en tierra firme. Sin embargo, ¿Qué resolvería eso? La posibilidad de que ella besaría a su hermano algún día es bastante real ¿no debería acostumbrarse a la idea de que Emma bese a alguien más? No, esto es diferente, planee nunca verla besando a Grom. De hecho planeó no verla de nuevo una vez que la entregara a su hermano. Grom. Toraf también traicionó a Grom, técnicamente podía haber acabado de besar a su futura reina. Cuando Toraf dijo que quería conocer su lado amable, Galen no tenía idea de que lo llevaría tan lejos. Pero Toraf no puede esperar emparejar con Emma, ella ya está reservada para… uno u otro. Desde el rabillo del ojo, dirige su mirada hacia ella, quien tiene los brazos cruzados, los labios y las mejillas rojas como langosta hervida. Se aclara la garganta ―¿Cuánto… cuánto tiempo ha estado sucediendo esto? ―pregunta suavemente. Ella voltea a verle ―¿Cuánto tiempo ha estado sucediendo qué? ―Tú y Toraf besándose. ―Oh, cerca de diez minutos. Mejor de lo que había esperado. El alivio lo golpea como un tsunami, si hubiera sucedido durante todo el tiempo que se había ido… no se atreve siquiera a pensarlo. Toraf rompió la ley Syrena cuando besó a Emma; besar a alguien que no sea tu pareja te garantiza diez ciclos lunares en las cavernas de hielo. Si la hubiera besado todo el fin de semana cada beso contaría como una ofensa individual. Sin embargo, Toraf pensó que Rayna había disuelto el enlace y por eso creyó que era libre de besar a quien quisiera. Pero, ¿por qué tenía que ser Emma? Ella es la peor elección posible por más razones de las que Galen puede nombrar.

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Como si no tuviera ya suficiente de qué preocuparme; mi reino está amenazado por la guerra, la extinción o ambos, y la única manera de resolverlo es ceder la única cosa que he deseado de verdad en la vida. Y viene Toraf y hace algo como esto, traicionarme a mí y a mi hermana. Galen no puede imaginar cómo las cosas podrían ser peores, así que no se espera que Emma empiece a reír. Voltea a verla ―¿Que puede ser tan gracioso? Se ríe tan fuerte que tiene que apoyarse en él para no perder el equilibrio. Galen se pone rígido contra la urgencia de rodearla con los brazos. Emma se limpia las lágrimas de los ojos y dice: ―¡Me besó! ―La confesión hace que rompa a reír de nuevo. ― ¿Y piensas que eso es gracioso? ―No lo entiendes, Galen, ―dice, mientras el inicio del hipo le quita el aliento. ―Es obvio que no. ―¿No lo ves? ¡Funcionó! ―Lo único que vi fue a Toraf, pareja de mi hermana y mi mejor amigo, besando a mi…. A mi… ―¿Tu qué? ―Estudiante. ―Obsesión. ―Tu estudiante, guau —Emma sacude la cabeza y luego hipa―. Bueno, ya sé que estás enojado por lo que le hizo a Rayna, pero lo hizo sólo para ponerla celosa. Galen intenta entenderlo, pero no lo logra ―¿Estás diciendo que te besó para poner celosa a Rayna? Ella asiente, la risa vuelve a brotar. —¡Y funcionó! ¿Viste su cara? ―Estás diciendo que le tendió una trampa. ―¿En vez de a mí? Galen sacude la cabeza—. ¿De dónde sacaría él una idea como esa? ―Yo le dije que lo hiciera. Los puños de Galen se cierran contra su voluntad ―¿Tú le dijiste que te besara?

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―¡No!, más o menos, pero no exactamente… ―Emma… ―Le dije que se hiciera el difícil, ya sabes, actuar desinteresado. Fue a él a quien se le ocurrió el beso por cuenta propia ¡Estoy tan orgullosa de él! Genial, piensa que Toraf es un genio por besarla ―¿Y…. te gustó? ―Te acabo de decir que sí, Galen. —No su plan, el beso. El deleite abandona su cara como si la marea bajara. ―Eso no es de su incumbencia, Alteza. Se pasa una mano por el cabello para evitar sacudirla, y besarla. ―Por el tridente de Tritón, Emma ¿Te gustó o no? Después de dar varios pasos hacia atrás, se pone las manos en las caderas. ―¿Recuerdas al señor Pinnet, Galen? ¿De Historia Mundial? ―¿Que tiene él que ver con todo esto? ―Mañana es lunes y cuando entre a su clase, él no me preguntara si me gustó el beso de Toraf. De hecho, no le importara lo que haya hecho en todo el fin de semana, porque soy su estudiante, exactamente igual a como soy tu estudiante, ¿recuerdas? ―Su cabello latiguea hacia un lado cuando se voltea de golpe y se aleja con ese intoxicante andar, recoge una toalla y se pone las sandalias antes de subir por la colina hacia la casa. ―Emma, espera. ―Estoy cansada de esperar, Galen. Buenas noches. *** La playa solía relajarlo, como los campos minados relajan a Grom. Ahora, la luna le recuerda el pelo de Emma y la arena le recuerdan su hermosa manía de anclar los pies en el suelo marino, inclusive las dunas imitan las curvas de sus caderas. Esta

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noche la playa lo tortura, como los campos minados también deben torturar la memoria de Grom, pero al igual que Grom, no reúne fuerzas para dejarlo. Toraf emerge del agua superficial, vistiendo unos pantaloncillos de Galen. No se levanta y Toraf se sienta a su lado, lejos de su alcance. ―Deberías dormir un poco piscardo, ¿no tienes escuela mañana? Galen asiente sin mirarlo. ―En tres horas, más o menos. ¿Dónde está mi hermana? —Está acondicionando la isla que encontramos esta noche. Galen sacude la cabeza. ―Maldita anguila rastrera, ¡podías haberme dicho lo que te proponías! Toraf se ríe. ―Sí, claro “Oye, Galen necesito que me prestes unos minutos a Emma para besarla ¿ok?” No creí que eso saliera muy bien. ―¿Crees que tu ataque sorpresa salió bien? Toraf se encoge de hombros. ―Estoy satisfecho. ―Pude haberte matado hoy. ―Sí. ―Nunca vuelvas a hacerlo. ―No planeaba volver a hacerlo. Aunque fue realmente dulce de tu parte que defendieras el honor de tu hermana de esa forma… muy fraternal. —Toraf se ríe entre dientes. ―Cállate. ―Sólo decía. Galen recorre su cabello con la mano. ―Sólo pensaba en Emma, me olvidé por completo de Rayna. ―Lo sé, idiota. Por eso te dejé golpearme cincuenta y ocho veces, eso es lo que yo haría si viera a alguien besando a Rayna.

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―Cincuenta y nueve veces. ―No exageres, piscardo. Por cierto, ¿está Emma hirviendo de rabia o sólo un poco acalorada? ¿Debería mantenerme alejado por algún tiempo? Galen resopla. ―Se rió tanto que pensé que se iba a desmayar, soy yo el que está en problemas. ―Increíble ¿y ahora qué hiciste? ―Lo usual. ―Esconder mis sentimientos, utilizar las palabras incorrectas y actuar como un tiburón toro marcando territorio. Toraf sacude la cabeza. ―No lo soportará por siempre, ya piensa que tú sólo quieres que aprenda a transformarse para que pueda volverse otro súbdito de tu reino. ―¿Ella dijo eso? —Galen frunce el ceño—. No sé qué es peor, si dejarla pensar eso o decirle la verdad acerca del porqué la ayudo a transformarse. ―En mi opinión no hay nada que decirle, a menos que pueda transformarse y hasta ahora no puede hacerlo. ―¿No crees que ella sea una de nosotros? Toraf se encoge de hombros. ―Su piel se arruga, es un poco asqueroso. Tal vez es una especie de súper humano, ya sabes, como Batman. Galen se ríe ―¿Cómo sabes sobre Batman? ―Lo vi en el cuadrado negro de tu estancia. Él puede hacer todo tipo de cosas que los humanos normales no pueden, tal vez Emma es como él. ―Batman no es real, es sólo un humano que actúa para que otros lo vean. ―Parecía muy real para mí. ―Los humanos son buenos en hacer que luzca real, algunos humanos pasan la vida entera haciendo que algo que no es real lo parezca. ―Los humanos son más tenebrosos de lo que pensé, ¿porque fingir ser algo que no eres?

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Galen concuerda. ¿Para apoderarse de un reino, tal vez?―De hecho, eso me recuerda, Grom te necesita. Toraf gruñe. —¿Puede esperar? Rayna se está poniendo toda confortable en nuestra isla justo en este momento. —En verdad, no quiero saber. Toraf sonríe. — Claro, lo siento. Pero puedes ver mi punto, ¿verdad? Quiero decir, si Emma estuviera esperándote… ―Emma no estaría esperándome, yo nunca me habría ido. ―Rayna me obligó. Nunca antes me habías golpeado tan fuerte, y ella quiere que nos llevemos bien. Además, hay algo que necesito contarte, pero no tuve precisamente la oportunidad. ―¿Qué? ―Ayer, cuando estábamos practicando frente a tu casa, percibí a alguien, alguien que no conozco. Hice que Emma saliera del agua mientras yo iba a investigar. ―¿Y ella te escuchó? Toraf asiente ―Resulta que eres al único a quien desobedece. En fin, seguí el pulso. ―¿Y quién era? ―El pulso desapareció antes que llegara allí. ―¿Allí dónde? ―A la casa de Emma, Galen. Había pasos frescos marcados en la arena, desde el agua hasta la casa. Es por eso que el pulso desapareció… salió del agua. ―Eres un rastreador, conoces a cada Syrena de ambos reinos ¿cómo es posible que exista alguien a quien no puedes identificar? ―Obviamente no me han presentado a todo el mundo. Te lo digo, nunca antes había sentido ese pulso. Emma tampoco lo reconoció, no que esperara que lo hiciera.

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Galen se aprieta el puente de la nariz. Emma no lo reconocería porque ha mantenido una rabia contra el agua todos estos años; si hubiera Syrena viviendo cerca, no la habrían percibido hasta ahora. Sacude la cabeza. ―Alguien debe saber sobre ella. Necesito ir a su casa ahora mismo, está sola, su mamá trabaja en la noche. ―El pavor que siente se le forma en la garganta, como si tuviera un bloqueo―. Toraf, tienes que ir con Grom, esta noche, ahora mismo. Tienes que encontrar a Paca antes que este extraño encuentre a Emma. ―¿La hija de Jagen? ¿Qué tiene ella que ver con Emma? Galen se pone de pie. ―Jagen dice que Paca tiene el don de Poseidón; si eso es verdad voy a asegurarme de que se convierta en la pareja de Grom, en vez de Emma. Pero eso no ocurrirá si ese alguien, quien quiera que sea, logra llegar a Emma antes que tú a Paca. ―Galen… ―Lo sé, es muy improbable, pero no es más increíble a que Emma tenga el don, y esa la única esperanza que tengo. Toraf asiente, conforme el entendimiento lo alcanza. ―Ok, si está viva, la encontraré, Galen, juro que lo haré. ―Si hay alguien que pueda hacerlo ese eres tú. Y envíame a Rayna mientras estás fuera.

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17 Traducido por Celaena

SER UN ESTUDIANTE DE “A” no le garantiza a nadie sentido común. No soy una excepción. Para el momento en que noto que el vapor en el baño significa que la ducha se pone caliente—sólo que no la puedo sentir por mi carne de Syrena—mamá ya ha llamado a un plomero. Inventar una historia que incluso un preescolar no creería es mi única opción. De alguna manera, mamá se lo cree, y paga los honorarios por servicio que el plomero cobra cuando una adolescente gasta su tiempo y gasolina. Todo esto conduce a mi nueva teoría: golpearme la cabeza accionó mis instintos de Syrena. Todos los cambios en mi vida parecen concentrarse alrededor de ese hecho. Y además de golpearme la cabeza, lo que sea que me haya sucedido en la casa de Galen—ver puntos, marearme—pareció sellar el trato. Esa noche simboliza la primera y última vez de muchas cosas. La primera vez que contuve la respiración más que un nadador olímpico, la última vez que tome una ducha caliente. La primera vez que pude ver a través del agua impenetrablemente oscura, la última vez que confié en Galen. La primera vez que percibí a otro Syrena, la última vez que odie a Rayna. La primera y última vez que atravesé cristal a prueba de huracanes con la cabeza. La lista de correlaciones de esa noche es larga como la costa de Jersey. Y también lo es la lista de razones por las cuales no debería estar esperando descaradamente verlo en la escuela, pero no puedo evitarlo. Ya me ha mandado tres mensajes esta mañana: “¿Puedo recogerte para ir a la escuela?” y “¿Quieres desayunar?”, y “¿Estás recibiendo mis mensajes?”. Mis pulgares quieren responder “Sí” a todo lo anterior, pero mi dignidad demanda no responder a ninguno. Me llamó su estudiante. Se paró ahí, solo conmigo en la playa y me dijo que pensaba en mí como

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su aprendiz, que nuestra relación es platónica. Y todo mundo sabe lo que platónico significa: rechazado. Bien, puede que sea su estudiante, pero estoy por enseñarle unas cuantas cosas. La primera lección del día es Trato Silencioso 101. Así que cuando lo veo en el pasillo, le doy un asentimiento cortés y paso a su lado, rozándolo. La intensidad del ligero contacto no se desvanece por completo, lo que significa que me está siguiendo. Llego hasta mi casillero antes que su mano se pose en mi brazo. —Emma. —La manera en la que susurra mi nombre envía torpes sacudidas hasta la punta de mis dedos, pero aún estoy en control. Asiento hacia él, marco la combinación de mi casillero y luego lo abro en su cara; se echa hacia atrás antes del contacto. Camina hasta mi otro lado, posa la mano contra la puerta del casillero y me da la vuelta para encararme a él. —Eso no es muy amable. Alzo mi mejor ceja de tú-iniciaste-esto. Suspira. —Supongo que eso significa que no me extrañaste. Hay muchas cosas que puedo soltarle ahora mismo, cosas como “Pero al menos tuve a Toraf para hacerme compañía” o “¿No estuviste?”, o “No te sientas mal, tampoco extrañé a mi profesor de cálculo”; pero la meta es no decir nada, así que me doy la vuelta. Transfiero los libros y papeles de mi casillero a la bolsa. Mientras clavo un lápiz en mi peinado, su aliento golpea contra mi lóbulo cuando se ríe entre dientes. —Así que tu teléfono no está roto; sólo no respondiste mis mensajes. Ya que rodar los ojos no hace ningún sonido, aún está dentro de los límites de Trato Silencioso 101; así que hago eso mientras cierro mi casillero. Al empujarlo para pasarlo, agarra mi brazo. Y estoy preguntándome si pararme en su pie no hace ningún sonido… —Mi abuela está muriendo, —dice bruscamente.

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Comienza con la basura de atrapar-a-Emma-con-la-guardia-baja. ¿Cómo puedo continuar con el Trato Silencioso 101 después de eso? Nunca antes mencionó a su abuela, pero pensándolo bien, yo tampoco mencione a la mía. —Lo siento, Galen. — Pongo mi mano en la suya y le doy un gentil apretón. Ríe, un completo imbécil. —Convenientemente, ella vive en un condominio en Destin y su última petición es conocerte. Rachel llamó a tu madre, estaremos tomando el vuelo la tarde del sábado y volveremos el domingo por la noche. Ya llamé al Doctor Milligan. —Absolutamente increíble. ***

Miro el Golfo de México desde la ventana de nuestro cuarto de hotel. La tormenta de hoy hizo que la blanca playa luzca como avena azucarada, la lluvia forma hoyuelos en la arena y la abulta. La inesperada turbulencia de esa misma tormenta también hizo que Galen se mareara en el avión. Observo el odioso confidente, donde está durmiendo para evitar las náuseas. A juzgar por sus rítmicos ronquidos, el pequeño sofá no es tan incómodo como parece. Eso, o vomitar a chorro requiere tanta energía que no importa dónde colapsas después. El sol se está poniendo, pero aún tenemos un rato antes de reunirnos con el Doctor Milligan en el Gulfarium. Él quiere que lleguemos después de cerrar, para asegurarnos que tendremos plena privacidad para las pruebas. Eso son otras cinco horas. Con tiempo libre que matar, me cambio a mi traje de baño y camino a la playa, cuidando de no despertar a Galen. Necesita descansar, y además, necesito un tiempo para pensar. Aparte, la lluvia desperdigo a los turistas restantes, así que no habrá testigos en caso de que me crezca una cola de pez en un momento inoportuno. Me quito la camiseta y me meto en el agua. No sé cuan cerca estoy de donde Chloe murió. No reconocí los hoteles de nuestro alrededor, pero el lugar que Rachel reservó para nosotros es más lujoso que la habitación lo suficientemente cómoda que los padres de Chloe reservaron. No importa, Chloe no está aquí.

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Y yo tampoco lo estoy, no realmente. Al menos, no soy la misma Emma que ella trajo aquí. La que la seguía por los pasillos de la escuela como una sombra blanca, la que se quedaba unos metros atrás mientras ella revoloteaba por ahí como una abeja, polinizando cada uno de sus grupos sociales. Un fantasma escueto y olvidable. Me pregunto si la personalidad imponente de Chloe habría tenido espacio para la Emma actualizada. Una Emma que mentía a su madre para saltar a un avión con un extraño chico-pez. Una Emma que ya estaba hasta la cintura en el agua sin un gramo de terror fragmentando sus nervios. Una Emma que es más propensa a tener una pelea que a pararla. Tal vez actualizada no es la palabra adecuada para la nueva yo, tal vez está más en el vecindario de lo diferente. Posiblemente hasta indiferente. La humedad es casi lo suficientemente densa para ahogarse en ella. En cualquier segundo espero que la lluvia se mezcle con las lágrimas mientras se desliza por mis mejillas. Y ahí va lo de indiferente. Me zambullo. El golfo no es para nada como lo recuerdo. Por supuesto, eso es porque la última vez, la sal lastimaba mis ojos. También, el agua se sentía fría y refrescante contra el sofocante calor de Florida. Ahora, igual que en el jacuzzi del hotel, el Atlántico, y todo charco entre aquí y allá, el agua se siente tibia. Es casi tan frustrante como el juego de Galen de ahora sí y ahora no. La cosa es, que no estoy segura si es un juego. Por su expresión, hay una empedernida guerra detrás de escena. Se inclina, se aparta. Se inclina, se aparta. Es como una batalla entre el bien y el mal, sólo no estoy segura de cuál piensa que es si me besa. Probablemente el mal. Lo cual es patético. Por las próximas 24 horas, estaré atrapada en una habitación de hotel, sin supervisión, con un chico que está haciendo su mayor esfuerzo por no besarme. Adorable. Nado con mi malhumorado ser a lo largo del fondo en pendiente, hago un juego de a cuantos cangrejos puedo irritar para que me chasqueen sus pinzas. La mayoría son buenos deportistas y hacen el intento, y aunque uno sí logra colgarse de

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mi dedo, no lastima más que una pinza de ropa. Pero mi estrategia sólo funciona hasta que Galen y sus suculentos labios regresan a mis pensamientos. Él es como el remix de discoteca de una canción que ya odiaba, una que no puedo sacar de mi cabeza a la primera. Una que suena una y otra y otra vez. Me pregunto qué me habría dicho Chloe que hiciera. Dios, la extraño. A diferencia mía, ella era una experta en todas las cosas de hombres; sabía cuándo estaban flirteando, sabía cuándo estaban fanfarroneando con sus amigos, sabía cuándo querían su número; a pesar de que todo lo que habían pedido era un lápiz. Ella habría sido capaz de echarle una mirada a Galen y decirme por qué no me besaba, cómo hacer que lo hiciera, y donde tener la recepción de nuestra boda. Muy irritada para ir más lejos, doy la vuelta. El olor de metal me golpea como una ola. ¿Olor? ¿Siquiera es posible eso? Después la veo: una nube de sangre, las ondas de una lucha, una aleta, dos aletas. Grito y me oye. Ellos me oyen, dejan de luchar, pedazos de algo muerto caen a su alrededor como confeti; confeti sangriento. Dándome la vuelta, ya sé que estoy muerta. La buena noticia es que dos tiburones me matarán más rápido que uno. Dos juegos de dientes tienen una mayor probabilidad de cortar una arteria importante. Debería ser rápido. Una parte de mi quiere parar y terminar con eso. La otra parte, una parte más grande, quiere que nade como loca. Pelear y patear, y alejarme. Hacer esta su caza más difícil. Espero que se asfixien con mis gruesos huesos de Syrena. Escucho el susurro de su acercamiento y me tenso. Uno de ellos choca contra mí y me saca burbujas de aire de los pulmones. Suelto una exclamación y cierro los ojos con fuerza. Nadie quiere ver su propia muerte. Una mandíbula abraza mi cintura, poderosa y ajustada. Se lanza hacia adelante tan rápido que mi cabeza latiguea hacia atrás. Es el final. Espero la perforación de los dientes; no llega, sólo sigue nadando. He escuchado que los caimanes hacen esto, secuestrar su presa y llevarla a otro lugar. Guardan la comida para más tarde. Probablemente el agua salada es un gran preservador para mantener fresco un cuerpo como yo.

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Me fuerzo a abrir un ojo, y jadeo. No es una mandíbula lo que rodea mi cintura de forma tan poderosa y apretada. Un par de brazos, brazos de los cuales he memorizado cada contorno. Galen. Y está tan ardientemente enojado que el agua alrededor de nosotros debería estar hirviendo. Tal vez lo está, tal vez nos estamos moviendo demasiado rápido para verlo. Pero por la mirada en su rostro, está pensando en matarme él mismo. Tal vez estaba mejor con los tiburones. Galen nada por un largo rato. No me verá, no me hablará; lo conozco bien como para hablarle. Después de un rato, el cambio de horario, la muerte cercana, y la seguridad de los brazos de Galen se unen como uno contra mí. Si no estuviéramos bajo el agua, bostezaría. En su lugar, cierro los ojos… —¡Emma! Emma, ¿puedes oírme? La palmada en mi mejilla me sobresalta, despertándome. —¿Eh? —No es mi momento más atractivo. Me froto los ojos. Estoy acunada en sus brazos, estilo princesa. Las estrellas se enfocan. ¿Cuándo llegamos a la superficie? Billones de hermosas estrellas en la noche clara. El Príncipe Pez Encantador me sostiene. Es probablemente el momento más romántico de mi vida. Galen lo arruina gruñendo: —Pensé que estabas muerta. Doblemente muerta. —Lo siento —Es todo lo que puedo pensar. Oh sí, y—. Gracias por salvarme. Sacude la cabeza. Obviamente no es mi turno de hablar. —Me desperté y no estabas —dice, apretando la mandíbula—, luego no respondías el teléfono. Abro la boca, pero sus ojos se ensanchan. Así que aún no es mi turno. —Te dije que nunca entraras al agua sola… Y esa es mi entrada. —No sigo órdenes, Alteza. —Ups. Puedo decir por su mirada furiosa que soy lo opuesto a inteligente.

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Respira varias veces, después otras cuantas veces más. Espero que empiece a hiperventilar. No lo hace, en su lugar toma mi barbilla, con fuerza. Al mirar mi boca su expresión se suaviza. Libera mi barbilla y baja la vista al agua de un costado. Luego nos jala hacia abajo. Aun sosteniéndome como una novia al cruzar el umbral, descendemos más rápido que un ascensor en caída libre; pero es la sonrisa afectada de yo-sé-algo-que-túno en su cara lo que me tiene casi retorciéndome. Finalmente nos detenemos. Asiente a algo detrás de mí y luego cambia a forma mimética. Obviamente, me doy vuelta, aterrorizada. Y no estoy equivocada, me presiono contra Galen, pero no me deja ponerme detrás de él. Una ballena, una enorme. Y ya que Galen está mimetizado, soy la única a la que puede ver. —¿Qué estás haciendo, Galen? Sácanos de aquí. —Tú eras la que quería ir a nadar. Sola. ¿Cambiaste de idea? —Dije que lo sentía. —También dijiste que no seguías órdenes… —Estaba bromeando. —Ja Ja. Ríe disimuladamente, materializándose. —No te lastimará, Emma. —Se está acercando. Galen. —Siente curiosidad sobre ti. —¿Te refieres a cuál es mi sabor? —¿Y por qué Galen no está alejándonos aun? ¡Ya aprendí la lección! —No —ríe —. Aunque, yo mismo estoy muriendo por descubrir eso. Me giro hacia él. —Esto no es gracioso. Al menos tú puedes mimetizarte. Aléjanos de él, por favor. Sacude la cabeza. —No nos lastimará, es un protuberante. Los humanos los llaman cachalotes. Comen calamar mayormente, nunca he escuchado de uno atacando a nuestra especie. Sólo se ha acercado a investigar… lo juro —Con una mano, me

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voltea en sus brazos. El gigantesco pez está tan cerca que puedo ver sus ojos, los cuales son casi del tamaño de mi cabeza entera—. Háblale. —susurra Galen. Jadeo. —¿Te has vuelto loco? —El temblor en mi voz coincide con el temblor de mi cuerpo. La nariz de Galen, que da empujoncitos en mi cuello, me calma… un poco. —Emma, háblale con dulzura. Dile que no lo lastimaremos. ¿Qué nosotros no lo lastimaremos? —Díselo tú, tú eres el pez. —Emma, él te entiende. No me entiende a mí. —Galen, vámonos. Por favor, haré lo que quieras. Nunca pondré un pie en el agua otra vez sin tu permiso. Jamás. Me voltea de nuevo y sostiene mi barbilla con su pulgar. —Escúchame, Emma. Nunca permitiré que algo te pase. Estoy tratando de mostrarte lo especial que eres; pero necesito que te calmes. Sostiene mi cara, no deja que me voltee. Traba sus ojos con los míos y acaricia mi cabello. Roza mi mejilla con los dedos, presiona su frente contra la mía. Después de un minuto, me calmo. Sonríe. —Dejaste de temblar. Asiento. —¿Estás lista para darte la vuelta? Trago involuntariamente. —¿Está cerca? Galen asiente. —Está justo detrás de ti. Emma, si él quisiera comerte, ya lo hubiera hecho. Sólo le tienes miedo porque es muy grande, una vez que pasas eso por alto, es como hablar con un pez dorado —No tengo oportunidad de reflexionar sobre la comparación porque me gira muy rápido, sobresaltando tanto a Goliat como a mí— . Habla con él, Emma. —¿Qué le digo a una ballena, Galen? —siseo. —Dile que se acerque. —De ninguna manera.

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—Bien, dile que retroceda. Asiento. —Bien. Ok —Entrelazo mis dedos para evitar despellejarme las manos de tanto retorcerlas. Incluso más que terror, siento la locura de la situación. Estoy a punto de pedirle a un pez del tamaño de mi casa que de vuelta en U. Porque Galen, el hombre-pez detrás de mí, no habla el joroba. —Eh, ¿podrías por favor alejarte de mí? —digo. Sueno cortés, como si le estuviera pidiendo que compre galletas de niña exploradora. Me siento mejor en los pocos minutos siguientes, porque Goliat no se mueve. Eso prueba que Galen no sabe de lo que está hablando, eso prueba que la ballena no puede entenderme, que no soy alguna Blanca Nieves del océano. Excepto que, Goliat empieza a darse la vuelta. Volteo a ver a Galen. —Es sólo una coincidencia. Galen suspira. —Tienes razón, probablemente nos confundió con un familiar o algo. Dile que haga algo más, Emma. —Galen, ¿no podemos sólo…? —Dile. Goliat ha puesto algo de distancia entre nosotros. Ahora simplemente luce tan grande como un autobús escolar en vez de tres. El pequeño movimiento que requiere su enorme cola para impulsarlo lejos me recuerda a una bandera agitándose perezosamente en una gentil brisa. —Espera —lo llamo—, vuelve. No tienes que irte. Cuando la ballena para, cuando se gira, cuando se mueve pesadamente hacia nosotros de nuevo, la duda abandona mi cuerpo como agua de un hidrante destrozado. Goliat se acerca tanto, que si abre la boca seriamos succionados. Es feo, su gigante cabeza lo hacen ver como un muñeco cabezón. Y olvidó usar hilo dental; hay un tentáculo de calamar del tamaño de mi brazo agitándose fuera de su boca, afortunadamente ya no está vivo. Pero ya no estoy asustada, Galen tiene razón. Si Goliat quisiera comernos, ya lo hubiera hecho. Esos enormes ojos lucen gentiles, no como el feroz vacío que

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esperaba encontrar. No como la mirada fijamente inexpresiva y mecánica de un tiburón. —Háblale, —murmura Galen otra vez, apretando más mi cintura. Hago más que eso. Galen afloja los brazos, pero sostiene mi cintura por seguridad. Con mi mano libre, me estiro y toco la nariz de Goliat, o al menos, los alrededores de su nariz—. Estaba asustada de ti, porque pensé que nos comerías —le digo —. Pero no nos comerás, ¿verdad? Aunque no espero que Goliat empiece a hablar con acento francés o algo, una pequeña parte de mi espera que se comunique de alguna manera. Aun así, la manera en la que se mueve tranquilamente con la corriente habla decibeles: no está tenso o rígido, como una cobra lista para atacar. Está calmado, curioso, sereno. —Escucha, si puedes entender lo que estoy diciendo, quiero que nades en esa dirección —digo, apuntando a mi derecha—, y luego que regreses aquí —Goliat hace exactamente lo que le digo. Absolutamente increíble. Mi nuevo amigo nos sigue a la superficie cuando mis pulmones se sienten apretados. En el camino, Galen señala diferentes peces para ver si todos entienden. Mientras pasamos, digo mis instrucciones. —Naden hacia allá, naden en círculo. Tú nada rápido, tú nada lento, tú nada hacia abajo. —Todos obedecen. Para cuando yo—y Goliat—recargamos oxígeno, nos rodean suficientes peces para llenar una piscina de tope a fondo. Algunos saltan fuera del agua, algunos mordisquean los dedos de mis pies, algunos nadan entre mis piernas o entre Galen y yo. Nos siguen hasta que llegamos a la playa. Hay tantos peces revoloteando en el agua poco profunda que la superficie luce como si la estuviera golpeando la lluvia. Nos sentamos en la playa y los miramos jugar. Aunque cuando las gaviotas empiezan a notarlo, la supervivencia le gana a la curiosidad, y mi club de fans se dispersa. —Así que… —digo, girándome hacia Galen. —Así que… —dice en respuesta.

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—Dijiste que era especial. ¿Qué tan especial soy? Toma aliento y lo deja salir lentamente. —Bastante. —¿Desde hace cuánto sabes que soy una encantadora de peces? —No entiende mi chiste, pero al menos entiende lo que estoy preguntando. —¿Recuerdas cuando te dije que el Doctor Milligan te vio en el Gulfarium? Asiento. —Dijiste que me reconoció por el color de mis ojos y pensó que tal vez era uno de ustedes Galen se frota el cuello y no me mira a los ojos. —Eso es muy cierto. El color de tus ojos fue significativo, especialmente considerando que se supone que los Syrena no confraternizan con humanos —Sonríe—, pero realmente se emocionó por la manera en que interactuabas con los animales de ahí. Dijo que conectaste con ellos, con todos ellos. Jadeo. Entonces no era mi imaginación, ni una casualidad. Me había convencido de que los animales estaban entrenados para ser amigables con los visitantes. ¿Pero no noté que no eran amigables con todos? ¿No noté que parecían prestarme atención exclusivamente a mí? Sí, lo noté. Sólo no reconocí que eso significaba algo. ¿Por qué lo haría? ¿Qué significa? ¿Y por qué Galen no me dijo esto antes? —Me lo ocultaste. ¿Por qué? ¿Toraf lo sabe? ¿Y Rayna? ¿Y cómo puedo hablar con los peces, Galen? ¿Especialmente, cuando tú no puedes? Y si el Doctor Milligan me vio haciéndolo en el Gulfarium, entonces pude hacerlo antes de golpearme la cabeza ¿Qué significa eso? ¿Qué significa algo de eso? Contiene una risa. —¿Qué pregunta quieres que conteste primero? —¿Por qué me lo ocultaste? —Porque quería dejar que te adaptaras al hecho de que no eres humana. Tienes que admitir, que sería mucho para intentar asimilarlo a la vez. Medito sobre eso por un minuto. Detecto algunas sandeces en eso, pero ¿Qué puedo decir? Él está en lo cierto, incluso si está mintiendo. Asiento. —Creo que tiene sentido. Así que, acerca de Toraf y Rayna. ¿Ellos lo saben?

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—Toraf sí, Rayna no. Y por cierto, si quieres que todos sepan de tus asuntos personales, sólo díselo a Rayna. —¿Por qué no quieres que le cuente a otros Syrena de mí? —Porque lo que tienes es un don de los Generales, el don de Poseidón. Así que técnicamente, eres mi enemiga. Asiento sin entender. —Sí. No. El ríe. —Cuando los generales hicieron su acuerdo de paz hace tantos milenios, tomaron medidas precautorias para los Syrena, en forma de ciertos dones que asegurarían su supervivencia. Cada casa tiene un don distinto. El tuyo muestra que eres de la casa Poseidón. —¿Y es por eso que me sacaste del agua cuando percibiste a alguien cerca? ¿Porque puedes meterte en problemas por pasar el rato conmigo? Asiente, pensativo. —Tú también podrías meterte en problemas. No olvides que tu casa se asienta en la costa del territorio Tritón. Así que somos enemigos. La batalla en su mente no es entre el bien y el mal, es entre la Casa Tritón y la Casa Poseidón. La cual es imposible que me preocupe, pero no puedo cambiar quien soy y tampoco él. Si no va a besarme por ser de la Casa Poseidón, ¿Aun así realmente quiero que lo haga? Sí, sí, sí quiero. Ya que me he llevado a centímetros del límite del sonrojo, con pensamientos sobre besar a Galen, decido más preguntas neutrales para dejar el calor a raya. —¿Pero cómo hablar con los peces asegura nuestra supervivencia? —¿Acaso dije “nuestra”? Galen se aclara la garganta. —Bueno…. cualquiera que tenga el don de Poseidón puede asegurarse de que siempre tengamos algo para comer. Tragándome la bilis instantánea, sacudo la cabeza. —Estás diciendo que puedo hablar con los peces… para matarlos... y comerlos… Galen asiente. —Quiero decir, tal vez nunca tengas que usar tu don para eso. Ahora mismo, tenemos mucho para comer; pero creo que los generales deben de haber anticipado que los humanos sobrepasarían sus límites e invadirían el agua. Creo que

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eventualmente, tal vez en unas pocas décadas, necesitaremos el don de Poseidón para lograr alimentarnos. Espero no verme tan enferma como me siento. —¡Los generales no pudieron haber elegido peor candidata para ese don! —Sostener mi estómago no hace que deje de agitarse. No puedo imaginar ser amigable con Goliat y luego conducirlo a los Syrena para que se lo coman, pero tampoco puedo imaginar dejar que Galen o Toraf mueran de hambre. Probablemente tampoco a Rayna. Es hora de presentarles a mis nuevos amigos el mundo de la pizza… —Los generales están muertos, Emma. Ellos no te eligieron. Es un don que se transmite por herencia sanguínea, el Doctor Milligan lo llamó genético. Genético significa que mis padres realmente no son mis padres. Sé que Galen ya había pensado en todo esto, pero aún no puedo aceptarlo. Tampoco puedo rehuir completamente de la posibilidad. Especialmente después de que acabo de conducir una sinfonía de peces. ¿Cómo podría siquiera empezar esa conversación con mi madre? “Así que, Galen piensa que me has estado mintiendo por los últimos 18 años.” Incluso si no lo digo directamente, a eso es a lo que se resume. ¿Y cuando ella pregunte de dónde saqué una idea como esa? “Bueno, recientemente descubrí que puedo aguantar la respiración por al menos dos horas y decirle a los peces qué hacer. Y no puedo evitar notar que tú no puedes.” Sí, eso no va a suceder, tiene que haber otra manera… — ¡Oye! —casi grito, alarmando a Galen—. ¿No es la especialidad de Rachel? ¿Encontrar cosas? Ella podría investigar de dónde provengo. —Ya lo ha hecho. —¿A qué te refieres? ¿Hizo una investigación de antecedentes o algo? Estoy hablando de cavar profundo… —Tu certificado de nacimiento dice que naciste en un hospital, tus dos padres firmaron, y también el médico que atendió. Él se convirtió en un profesor universitario que ahora enseña a los aspirantes a doctor como atender partos humanos. Rachel también encontró una foto en un periódico, donde tu padre y tu madre celebran un

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premio que él recibió. Tu madre estaba embarazada en la imagen. Por la fecha del artículo, parece razonable asumir que te llevaba en su útero. Mi boca cuelga abierta, pero las palabras no salen. Galen no lo nota, dice: — Tus registros escolares muestran asistencia desde el preescolar al presente, y tu dirección nunca ha cambiado. Tu historial médico puede pasar por humano, aunque nunca has tenido varicela. Te rompiste el brazo cuando tenías cuatro años, nunca has tenido cirugías, y todas tus vacunas están al día… —¡Oh Santo Cielo! —grito, poniéndome de pie. Pateo tanta arena como puedo sobre él—. ¡Eso no es de su incumbencia! ¡Ni de la tuya! No tenía derecho… —Acabas de decir que querías que ella cavara profundo —dice, también parándose—. Creí que estarías complacida de que ya lo hicimos. —¡Invadieron mi privacidad! —digo mientras me pongo mis sandalias y piso fuerte hacia el hotel. El calor envuelve mi cintura cuando me jala. —Emma, cálmate. Tenía que saber… Pongo mi dedo en su cara, casi tocando su ojo. —Una cosa es que te dé permiso para buscar, pero estoy bastante segura que buscar sin mi consentimiento es ilegal. De hecho, estoy bastante segura de que todo lo que la mujer hace es ilegal. ¿Siquiera sabes lo que es la mafia, Galen? Sus cejas se levantan con sorpresa. —¿Ella te dijo quién es? Me refiero, ¿A quien solía ser? Asiento. —Mientras te reportabas con Grom. Una vez en la mafia, siempre en la mafia, si me preguntas. ¿Cómo si no iba a conseguir todo su dinero? Pero creo que no te preocuparías por eso, ya que te compra casas y autos, e identificaciones falsas. — Alejo mi cintura y me giro hacia el hotel. Al menos, espero que sea nuestro hotel. Galen ríe. —Emma, no es el dinero de Rachel; es mío. Me doy la vuelta hacia él. —Eres un pez, no tienes trabajo. Y no creo que la moneda Syrena tenga alguno de nuestros presidentes en ella. —Ahora “nuestros” significa que soy humana otra vez. Me gustaría poder aclarar mi mente.

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Él cruza sus brazos. —Lo gané de otra manera, camina al Gulfarium conmigo, y te digo cómo. La tentación me divide como una cuchilla. Una parte de mí hace un berrinche y otra está extasiada. Tengo el derecho a estar enojada, a presentar cargos, a cortar el pelo de Rachel mientras duerme. ¿Pero enserio quiero arriesgarme a la posibilidad de que mantenga un arma bajo su almohada? ¿Quiero perderme la oportunidad de hacer crujir los dedos de mis pies en la arena y escuchar la rica voz de Galen decirme cómo un pez se volvió adinerado? Nop, no quiero. Tengo cuidado de estamparle el hombro al pasar a su lado, espero ir en la dirección correcta. Cuando me alcanza, su sonrisa amenaza lo que resta de mi parte que hace el berrinche, así que me volteo, fijando mi mirada en las olas. —Vendo cosas a los humanos. —dice. Lo miro. Él me está viendo, cada parte de su expresión tan expectante como me siento. Odio este pequeño juego entre nosotros, tal vez porque no soy buena en él. No me dirá más a menos que pregunte. La curiosidad es uno de mis más incurables defectos, y Galen lo sabe. Aun así, ya renuncié a un perfecto berrinche por él, así que siento que él me lo debe. Olvidemos que me salvo la vida hoy, eso ya fue hace dos horas. Levanto la barbilla. —Rachel dice que soy millonario —dice, su sonrisa de sapiencia restriega mis nervios como una esponja de aluminio—. Pero para mí, no es sobre dinero. Como tú, tengo un punto débil por la historia. Mierda, mierda, mierda. ¿Cómo puede conocerme tan bien? Debo ser tan fácil de leer como el alfabeto. ¿Cuál es el punto? Él va a ganar, siempre. —¿Qué tipo de cosas? ¿Qué historia? Ahí va otra vez, empuñando su sonrisa como un preventivo a pensar. — Recupero cosas perdidas en el océano y las vendo a los humanos —dice, plegando sus manos detrás de su espalda—. Cuando es muy grande para llevarlo por mí mismo,

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como viejos submarinos de guerra o aviones, les doy la ubicación a los gobiernos humanos… por un precio. Rachel maneja las cosas legales, por supuesto. Parpadeo. —¿En serio? Se encoge de hombros, inquieto, como si mi atención completa de repente lo pusiera nervioso. —También tengo algunos compradores privados. Les damos la oportunidad de elegir primero, ya que tienden a pagar más que la mayoría de las naciones. —¿Qué hay de los naufragios? ¿Tesoros de piratas? —Las posibilidades son infinitas, o al menos, sólo restringidas por las fronteras del territorio Tritón, el cual se expande desde el Golfo de México hasta el centro exacto del océano Índico. Asiente. —Abundantes. Mi mayor descubrimiento fue una flota española completa que llevaba oro. Jadeo. Cambia su peso de un pie a otro. Se me ocurre que soy la única persona a la que se lo ha dicho, además de Rachel. —¿Cuánto oro? ¿Te preguntaron cómo lo encontraste? ¿Dónde estaba? —Mis preguntas burbujean como una gaseosa agitada. Se pellizca el puente de la nariz, después ríe. —Rachel lo tiene todo guardado en la computadora, incluyendo imágenes. Puedes revisarlo todo lo que quieras cuando lleguemos a casa. Aplaudo como una foca entrenada. También ignoro el aleteo en mi estómago al escucharlo decir “Cuando lleguemos a casa”. Como si casa pudiera estar en tierra firme.

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18 Traducido por jaque-black

EL GUARDIA DE SEGURIDAD les permite entrar en el Gulfarium y los escolta a la exhibición del Océano Vivo para esperar al Doctor Milligan. Con reverencia, Emma arrastra los pies hasta el tanque de piso a techo y da golpecitos en el cristal. Galen se queda atrás y se apoya contra la pared. La observa murmurar a los peces tropicales que luchan por su atención. Una tortuga marina se acerca perezosamente a investigar. Ella pasea arriba abajo frente al vidrio, deslizando la mano por toda la superficie. El tanque se transforma en un gigante cardumen multiespecie de peces. Manta rayas, tortugas, anguilas. Más clases de peces de los que Rachel pone en la cacerola sorpresa de mariscos. Incluso un pequeño tiburón se une al desfile. —Es increíble. Galen se voltea hacia el Doctor Milligan, que está parado a su lado y mira a Emma como si flotara en el aire. —Sí, lo es. —dice Galen. El Doctor Milligan mira a Galen, una sonrisa cómplice pegada en la cara. — Parece que ha encantado más que a sólo los peces pequeños. De hecho, parece que estás bastante peor que cualquiera de ellos, hijo. Galen se encoge de hombros. No tiene nada que ocultar al Doctor Milligan. El Doctor Milligan suelta el aliento en un silbido. —¿Qué dice Rayna? —Le agrada —El buen doctor eleva una delgada ceja gris. Galen suspira—. Le agrada lo suficiente. —Bueno, no podemos pedir más que eso, supongo. Entonces, ¿empezamos? — Galen asiente—. Emma, el Doctor Milligan está aquí.

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Emma se da la vuelta, y se congela. —¡Usted! —se ahoga—. ¿Usted es el Doctor Milligan? El hombre mayor inclina la cabeza. —Sí, señorita, soy yo. Te acuerdas de mí entonces. Ella asiente, mientras camina lentamente hacia ellos, como si oliera una trampa. —Intentó darme pases de temporada gratis, me habló en el tanque interactivo. —Sí, —dice—. Por supuesto que te ofrecí pases de temporada gratis. ¿De qué otra forma podría estudiar tu fascinante interacción con los especímenes? Cruza los brazos. —No sabía que podía hablar con los peces en ese momento. ¿Cómo lo supo usted? —Al principio no lo supe —dice, acortando la distancia entre ellos y tomando suavemente su mano—. Pero cuando vi el color de tus ojos, supe que tenías que ser Syrena. Me acordé que Galen me habló de ese don, pero nunca lo creí. Lo que supongo, es tonto. Es decir, si creo en las sirenas… ejem, perdón Galen, los Syrena entonces ¿por qué no en un don así? —Y ¿qué piensa ahora, Doctor Milligan? —Galen dice, un poco perturbado ante la revelación de que su amigo creyó que mentía. Además, lo de “sirenas” era innecesario. El Doctor Milligan ríe suavemente, frotando la mano de Emma. —Creo que me equivoqué, como de costumbre. Emma, ¿qué tal un tour privado? Ella asiente, emoción bailando en sus ojos. Siguen al Doctor Milligan hacia un pasillo y a un conjunto de escaleras. Los conduce a cada exhibición, soltando hechos y estadísticas sobre cada animal. Cada una de las criaturas recuerda a Emma; los leones marinos balancean la cabeza y hacen un ruido que sólo Emma podría encontrar encantador; las nutrias hacen lo mismo. Incluso los caimanes responden a sus órdenes, girando en un círculo como nadadores sincronizados.

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El doctor lleva a Galen y Emma a una exhibición llamada Laguna de dunas. Él explica que es un santuario para pájaros heridos atendidos en el Gulfarium. Emma recorre todo, hablándoles y murmurando a las criaturas aladas. A ninguno le importa. De hecho, parecen estar más emocionadas de ver al Doctor Milligan. Un pato pasa justo al lado de Emma y emite unos cuacs a los pies del Doctor Milligan. — Fascinante—, dice. Emma se ríe. —No hay nada fascinante en ser rechazado. El Doctor Milligan sonríe y saca algunas pelotillas cafés de su bolsillo, luego las dispersa en el piso para el pato impaciente. —Este amiguito simplemente sabe sobre mis convites. Oigan, ¿qué tal si visitamos los pingüinos? —¿No son aves los pingüinos? —dice—. Es decir, sé que no pueden volar ni nada, pero aun así son aves. No responderán a mi don, ¿verdad? El Doctor Milligan concuerda. —Aves acuáticas. Y hay sólo una manera de averiguarlo, ¿verdad? Los pingüinos aman a Emma. Anadean alrededor, se sumergen y salen de su piscina, y la llaman a voces. Ella se ríe. —¡Suenan como burros! —Tal vez también puedes hablar con burros —El Doctor Milligan sonríe. Emma asiente—. Sí puedo. A veces Galen puede ser un imbécil. —Eso hiere mis sentimientos, Emma, —dice Galen, tratando de parecer herido. Ella le lanza una sonrisa pícara. El Doctor Milligan se ríe y los conduce de regreso al pasillo. Las ventanas cuadradas que puntúan la pared interior revelan tres delfines que les mantienen el paso. Gritan a Emma, ansiosos por conocerla. Junto a un letrero que dice ESPECTÁCULO DE DELFINES, el Doctor Milligan señala un conjunto de escaleras. —¿Vamos? El nivel superior es una plataforma abierta. Galen ha visto el show antes. Las gradas de madera no están lo suficientemente lejos del tanque como para que la primera fila no se moje; eso deleita a los humanos miniatura hurga narices,

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especialmente en el calor de verano. Galen se alegra que hayan venido después del cierre. Emma camina hasta el borde del tanque y mira hacia abajo, luego agita el agua con los dedos. Tres cabezas grises asoman y gritan su entusiasmo. Riéndose, Emma se inclina y ahueca su mano sobre la boca. Los animales se acercan, como si fueran a oír un secreto. Las cabezas desaparecen. Cuando emergen nuevamente, hay un juguete en cada boca. Le llevan sus tesoros a Emma: un anillo negro del tamaño de un aro de hula y dos balones de soccer. Le tiende los balones a Galen, luego acepta el aro del delfín más pequeño. —Lanza los balones en medio, Galen. Veamos si son buenos en baloncesto. Riéndose entre dientes, Galen coopera. Emma sostiene el anillo sobre el borde de la piscina. Los delfines chillan en anticipación. —Shhh —les dice, a lo que se callan y quedan quietos—. Intenten pasar el balón por el aro. Dos de las cabezas desaparecen, el tercero se queda atrás y chilla a Emma. Ella vuelve a acallarlo, al tiempo que uno de los balones emerge de la superficie del agua y atraviesa el aro que sostiene. Entonces aparece el segundo, pero éste falla el tiro, que más bien roza el cabello de Emma. —¡Casi obtengo un ojo morado! —Pero se ríe y premia a los animales con un masaje en la nariz. —Es tu turno —le dice al delfín más pequeño. Recupera los balones de soccer de las gradas y los lanza nuevamente al centro de la piscina—. Vamos, —dice y lo insta con la mano a que se mueva. El animal se queda en su lugar, con la boca entreabierta como si sonriera. Se vuelve al Doctor Milligan. —Parece que no entiende, —dice. Resopla. —Oh, sí entiende, muy bien. Simplemente no escucha. No parece que le siente bien a Emma. Le salpica agua al delfín. —¡Vamos! ¿Cuál es el problema? ¿Eres demasiado gallina para jugar? Aun así, se queda quieto, agitando la cabeza como si estuviera discutiendo. Sus chillidos suenan contrariados, incluso a los oídos inexpertos de Galen. La pobre

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criatura no se da cuenta de lo cerca que está Emma de golpetear el suelo con el pie, pero Galen reconoce esa postura rígida de la impaciencia. Es la misma que le dirigió a él cuando se conocieron en esta misma playa. La misma que le dirigió a Toraf cuando le informó que Rayna podría vivir con ella. La misma que le dirigió a Rachel cuando reservó la suite de luna de miel para ellos. Justo cuando Galen decide intervenir, la tensión abandona los hombros de Emma. —Oh, —dice suavemente. Se quita las sandalias y se encarama al borde azul del tanque de concreto. —Emma, —advierte Galen, aunque no está seguro de exactamente qué está advirtiéndole. Intercambia una mirada con el Doctor Milligan. —Estoy bien, Galen, —dice, sin mirar atrás. Deja colgar las piernas en el agua, pataleando a un ritmo lento y suave. Los dos delfines grandes vienen a ella inmediatamente, empujan sus pies y crean revuelos de olas a su alrededor, pero es el delfín más pequeño el que acapara su atención desde el otro lado del tanque, por no hacer nada en absoluto. Indeciso, se acerca a ella sólo unos centímetros. Cuando ella estira la mano, él se sumerge y se dispara al otro lado del tanque. Volteándose a Galen y el Doctor Milligan, Emma dice—: No confía en nosotros. En los humanos, quiero decir. —Mmm —dice el Doctor Milligan—. ¿Qué te hace decir eso? —Su comportamiento —Emma inclina la cabeza—. ¿Ve cómo mantiene la nariz debajo del agua? Los otros dos sacan la cabeza completamente afuera, pero él no, como si estuviera pensando en huir o algo así. Y sus ojos, no son tan alegres como los de los otros. Parecen opacos, fuera de foco. No desinteresados, no exactamente — Patea agua hacia él, lanzándole gotas a la nariz. Él no se inmuta—. No, definitivamente tiene curiosidad sobre mí. Simplemente está... bueno, está triste, creo. —Sabes, creo que tienes razón —dice el Doctor Milligan, su expresión entre admiración e incredulidad—. No estoy seguro si te acuerdas, pero él no estaba aquí este verano cuando viniste de visita. Estaba varado en la costa de la ciudad de Panamá

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hace unas semanas. Es el único que no ha nacido en cautiverio, lo llamamos Afortunado, supongo que él no estaría de acuerdo. Emma asiente. —No le gusta aquí. ¿Por qué se quedó varado? —Ahora Afortunado se ha puesto al alcance de Emma. Extiende una mano hacia él, no para acariciarlo, sino como invitación para que haga contacto primero. Después de unos segundos indecisos, él acuna su nariz en la palma de ella. —No lo sabemos. No estaba enfermo ni herido, y es relativamente joven. ¿Cómo se separó de su manada?, no lo sabemos. —Creo que los humanos tuvieron algo que ver con que quedara varado —dice. Galen se sorprende por la amargura en su tono—. ¿Alguna vez conseguirá regresar a casa? —Emma pregunta, sin mirar arriba. La manera en que acaricia la cabeza de Afortunado, le recuerda a Galen cómo su madre solía pasar los dedos a través del pelo de Rayna, con la intención de que se durmiera. El simple tacto era una canción de cuna en sí mismo. Parece que Afortunado también lo cree así. —Generalmente no es así, querida. Pero veré lo que puedo hacer. —dice el Doctor Milligan. Emma le da una sonrisa triste. —Eso sería bueno. Galen está a punto de sacudir la cabeza. Si el Doctor Milligan se siente tan recompensado por su sonrisa como Galen, entonces Afortunado estará libre en poco tiempo. Después de unos minutos más, el Doctor Milligan dice, —Querida, odio apartarte de ellos, pero tal vez podríamos encaminarnos a la sala de exámenes. *** —Bueno, definitivamente tiene la piel gruesa, ¿no? —El Doctor Milligan dice, inspeccionando la segunda aguja que ha doblado tratando de penetrar su vena—. Creo que debería sacar la artillería pesada —Tira la jeringa a la basura para después rebuscar en el cajón de un mueble de acero inoxidable—. Ah. Esto debería ser suficiente.

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Los ojos de Emma se ponen tan redondos como galletas de mar. Sus piernas se presionan sobre la mesa metálica en la que está sentada. —¡Eso no es una jeringa, es un popote! Galen sofoca el reflejo de tomar su mano entre las suyas. —También la utilizó conmigo. No duele, simplemente pellizca un poco. Vuelve sus enormes ojos violetas a él. —¿Le dejaste extraer tu sangre? ¿Por qué? Él se encoge de hombros. —Es más o menos un intercambio, le doy muestras para estudiar y me mantiene informado de en qué andan sus colegas. —¿Qué quieres decir con “sus colegas”? Galen se impulsa para sentarse en la encimera frente a ella. —Resulta que el Doctor Milligan es un conocido biólogo marino. Realiza un seguimiento de noticias que podrían afectar a nuestra especie. Ya sabes, nuevos dispositivos de exploración, cazadores de tesoros, cosas así. —¿Para protegerte? ¿O para asegurarse de que tú llegas al tesoro primero? Galen sonríe. —Ambos. —¿Alguna vez alguien ha visto…? ¡AUCH! —De un tirón pasa su escrutinio de Galen a su brazo, donde el Doctor Milligan está extrayéndole sangre y sonríe en disculpa mientras lo hace. Emma vuelve su mirada a Galen—. Un pellizco, ¿eh? —Fue por un bien mayor, pez ángel. Terminó la peor parte. ¿Todavía quieres su ayuda, ¿verdad? —El tono razonable de Galen no le propicia amor. —No me vengas con eso de “pez ángel”. ¡Accedí a estas pruebas, así que no voy a echarme para atrás! ¡AUCH! —Lo siento, un tubo más, —el Doctor Milligan susurra. Emma asiente. Cuando el Doctor Milligan termina, le entrega una bola de algodón para que la presione contra la perforación que ya está formando costra. —La sangre de Galen también coagula rápido. Probablemente ni siquiera necesitas ponerte eso —Coloca la

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media docena de tubos de sangre en la máquina de agitación y acciona el interruptor. Recupera una pequeña caja blanca de un estante y dice—, Emma, ¿te importa si tomo tu presión arterial?— Ella niega con la cabeza, pero dice, —¿Por qué tiene una máquina de presión arterial humana en un hospital animal? Se ríe entre dientes. —Porque mi doctor dice que necesito echarle un ojo a la mía —El Doctor Milligan palmea la rodilla de Emma—. Ok, ahora descruza las piernas para que pueda conseguir una buena lectura —Ella lo hace y luego extiende el brazo. El Doctor Milligan sacude la cabeza—. No, querida, siempre consigo la mejor lectura en la pantorrilla. He encontrado que la arteria principal de la cola se divide en dos cuando Galen cambia a forma humana, una en cada pierna. Otra vez, los ojos de Emma se amplían. —Dijiste que no duele cambiar, igual que dijiste que no dolería cuando me apuñaló con ese popote —dice, ceñuda ante Galen—. Simplemente me arriesgaré con lo de que no duele —farfulla—. Arterias dividiéndose por la mitad. Cuando Galen abre la boca para responder, el Doctor Milligan dice: —Eh. Eso es extraño. —¿Qué?— preguntan al unísono. Emma se muerde el labio y Galen se cruza de brazos. A ninguno le gusta el sonido del “Eh”. El brazalete de presión arterial se suelta y el Doctor Milligan se levanta. —Tu ritmo cardíaco no es tan lento como el de Galen, y tu presión arterial no es tan baja. Galen, ¿por qué no te subes en la mesa y me dejas checar los tuyos otra vez? Sin esfuerzo, se baja de la encimera y va a la mesa. Mientras el doctor cambia el pequeño brazalete por uno más grande para acomodarse a su pantorrilla más musculosa, Emma se inclina hacia Galen. —¿Qué significa eso? —susurra. Él se encoge de hombros, tratando de no disfrutar de su fragancia. —No lo sé. Tal vez nada.

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Mientras el brazalete está apretado, Galen siente un golpe sordo ocasional en la pierna. El brazalete sisea al liberarlo y el Doctor Milligan se para de nuevo. La expresión de su rostro está lejos de ser reconfortante. —¿Qué pasa? —Galen dice, listo para sacudir al doctor hasta ponerlo en coma si no lo cuenta—. ¿Pasa algo malo? —Ante la afilada respiración de Emma, Galen agarra su mano, incapaz de detenerse. —Oh, no. No diría que necesariamente pasa algo malo, El ritmo cardiaco de Emma es definitivamente más lento que el de cualquier ser humano, sólo que no es tan lento como el tuyo —El Doctor Milligan va a zancadas hasta un alto gabinete rectangular lleno de cajones. Saca una libreta y comienza a pasar las páginas—. Ah — dice, más para sí mismo que para sus invitados—. Parece que tu ritmo cardiaco es más rápido que la última vez, hijo. Eso o no puedo leer mis garabatos —Cambia la página—. No, estoy seguro de que es correcto. Tu pulso era consistentemente más bajo las últimas diez lecturas. Interesante. —¿Qué significa? —Galen dice, con los dientes apretados. —Bueno, tradicionalmente, Galen, cada corazón tiene un número finito de latidos hasta un día que dejará de latir. Los animales con ritmo cardiaco más lento viven más tiempo. Digamos, por ejemplo, las tortugas marinas. Aunque tienen el mismo número de latidos que cualquier otro corazón, tardan más en llegar a ese número; es por eso que las tortugas marinas pueden vivir hasta más de cien años. Un corazón humano alcanza en promedio unos dos billones de latidos. A 72 latidos por minuto, ubica la esperanza de vida humana normal en ochenta años. Por las pruebas que les he realizado a ti y Rayna, el corazón Syrena promedio sólo late 19 veces por minuto. Así que, teóricamente, tardarás unos trescientos años para alcanzar los dos billones de latidos. Pero según esta última lectura, Galen, ahora tienes 23 pulsaciones por minuto. Algo ha elevado tu ritmo cardíaco, hijo. —Trescientos años es más o menos correcto —dice Galen, ignorando la mirada significativa del Doctor Milligan hacia Emma—. De hecho, algunos de los Archivos tienen más de trescientos veinte años.

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—Entonces, ¿cuántos latidos por minuto tengo yo? —Emma dice. Entonces Galen entiende. El corazón de Emma late más rápido que el mío... Ella morirá antes que yo. Todos los músculos de su cuerpo parecen unirse contra él y hacen un espasmo. No puede detenerlo. Salta de la mesa y apenas llega al fregadero antes que el vómito explote por todos lados. El desagüe no se da abasto con el volumen, incluso con el agua corriendo a chorro completo. Por supuesto, los trozos no identificables del almuerzo tampoco ayudan. —No te preocupes, Galen —susurra el Doctor Milligan, entregándole una toalla de papel—. Me ocuparé de eso luego. Galen asiente y acuna las manos para llevarse agua del grifo a la boca, para enjuagarse los restos. Se seca la cara y las manos con la toalla de papel, regresa lentamente a la mesa, pero se inclina contra ella en lugar de volver a subirse; por si acaso tiene que correr otra vez. —¿Aún enfermo por el vuelo? —Emma susurra. Él asiente. —Doctor Milligan, ¿qué decía? El doctor suspira. —32 latidos por minuto. —¿Y en años? —Galen dice, su estómago se aprieta otra vez. —¿Más o menos? Alrededor de ciento setenta y cinco años, creo. Galen se pellizca el puente de la nariz. —¿Por qué? ¿Por qué su corazón late más rápido que otros Syrena? —Me gustaría poder decirte, Galen. Pero ambos sabemos que Emma es diferente de ti también en otros aspectos. Su cabello y piel, por ejemplo. Tal vez estas diferencias tienen algo que ver con su incapacidad para cambiar a forma Syrena. —¿Cree que tiene algo que ver con su lesión en la cabeza? —Galen, dice. Emma sacude la cabeza. —No puede ser.

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—¿Por qué no, Emma? —dice el Doctor Milligan, cruza los brazos pensativamente—. Galen dijo que te golpeaste muy duro. Diría que es al menos razonable considerar la posibilidad de que puedas haberte dañado algo. —No lo entiende, Doctor Milligan —dice—. No tenía ninguna habilidad Syrena antes de golpearme la cabeza. Golpearme la cabeza es lo que cambió todo. Además, toda mi vida he sido tan blanca como la luna, no tiene nada que ver con una conmoción cerebral. —Es cierto —dice Galen—, pero sí podías aguantar la respiración durante mucho tiempo antes de golpearte la cabeza. Y también tenías el don antes de eso. Tal vez las habilidades siempre estuvieron ahí, sólo que nunca supiste probarlas. — Estúpido, estúpido. El dolor en el rostro de ella le confirma su error. —Estás hablando del día que murió Chloe, —dice en voz baja. Asiente lentamente. No tiene sentido mentir al respecto. Aun si él no estuviera hablando de Chloe, ella ya había pensado en ello, ya había retrocedido en el tiempo a ese día, torturándose con el si tan sólo. Si sólo hubiera sabido sobre su sangre Syrena, si tan sólo hubiera sabido acerca de su don de Poseidón. Chloe estaría viva. No necesita decirlo, está escrito en toda su cara. —Todo el mundo lo calificó de adrenalina —Ella dice—. Debí haberlo sabido mejor. El Doctor Milligan aclara su garganta. —Para ser exhaustivo, tomemos unas radiografías antes de que se vayan mañana. ¿Está bien contigo, Emma? Asiente, pero Galen puede decir que es sólo un reflejo. Galen llama un taxi para regresar al hotel. No puede someter a Emma a otro paseo por la playa donde murió su mejor amiga. Sobre todo porque no está seguro cuánto tiempo puede quedarse en la misma habitación con ella sin utilizar sus brazos —o sus labios—para consolarla. Va a ser una noche larga.

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19 Traducido por Andrés_1987

EL DOCTOR MILLIGAN da golpecitos a la radiografía expuesta en la pantalla. ―Observa esta sección, Galen. Aquí es donde tus huesos se fusionan para proteger tus órganos internos, donde los humanos tienen costillas, tú tienes una caja torácica con blindaje de hueso, parecida a la concha de una almeja. Y esta es la radiografía de Emma ―dice y enciende la luz de la otra imagen en la caja blanca―. ¿Observas como su caja torácica pareciera tener costillas a primera vista, pero si miras con más detalle, puedes observar una delgada capa de hueso que conecta las costillas. Aunque no tan gruesa como la tuya; de hecho, ningunos de los huesos de Emma es tan denso como los tuyos. ―¿Pero qué significa eso? —dice Galen frunciendo el ceño. Me alegra que Galen no sea el único que lo esté pasando mal al tratar de seguir los razonamientos del Doctor Milligan. Mis pensamientos continúan vacilando entre esta bata de hospital de tamaño exagerado que me deja entrar el chiflón por los lados y la suposición del Doctor Milligan de que viviré ciento setenta y cinco años. Esto se está poniendo raro, aún bajo mis circunstancias actuales, me encuentro a centenares de kilómetros de casa, medio desnuda en una habitación y con dos tipos que apenas conozco. Fuera de contexto, tendría que cuestionar mi sentido común. Rayos, aún en contexto. El Doctor Milligan se encoge de hombros ―No estoy seguro, podrían ser un par de cosas diferentes, supongo. Hay mucho de tu especie que aún ignoro, Galen. Patrones de crecimiento, por ejemplo. Tal vez debido a que Emma ha pasado su vida en tierra firme sus huesos no se han desarrollado a plenitud, al igual que el color de la piel, tal vez el cuerpo de los Syrena reacciona a algún componente del agua que aumenta la pigmentación, sin embargo todo lo que he dicho son sólo conjeturas, pues no tengo forma de estar seguro de nada.

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Galen me observa un rato mientras la preocupación se derrama por cada recoveco de su expresión. Sé que Galen se siente incómodo cuando me quedo callada, es probable que se sorprendiera de saber que por lo general soy una chica callada, sólo no cuando él se encuentra cerca. ―Emma, ¿tienes alguna pregunta para el Doctor Milligan? Me muerdo el labio y aprieto un poco la bata a mí alrededor. ―¿Cómo es que puedo hablar en pez? ¿Por qué ellos entienden español? Y por favor no vaya a decir que es magia. ―No es la pregunta que quiero hacer, sin embargo es una buena pregunta y la respuesta me dará más tiempo para reunir un poco de la confianza que se me ha estado desangrando desde que me puse esta bata. El Doctor Milligan sonríe y se quita los lentes, mientras los limpia con su bata de laboratorio, dice: ―Bueno, querida, Galen también está convencido que eso es algo genético. Si resulta ser genético, difícilmente pensaría en magia. No estoy convencido que los peces puedan entender un lenguaje tan complicado como el español. Si ese fuera el caso, no habría lógica en poner carnada a un anzuelo, ¿verdad? los pescadores simplemente meterían el balde en el agua y le dirían a sus presas que se metieran en el ―Suelta una risa ahogada―. Si tuviera que adivinar diría que tiene que ver con el sonido de tu voz, ya sabemos de muchas especies marinas que se comunican entre sí con sonidos. Las ballenas y delfines, por ejemplo. Es posible que tu voz tenga una frecuencia de onda que abarque a todas las especies, o cierta cadencia especial que pueden entender. Es posible que lo que les quieres comunicar se entiende no por lo que dices sino por cómo lo dices. Desafortunadamente no poseo el equipo necesario para probar mis teorías, ni siquiera la posibilidad de conseguir tal equipo a corto plazo. Me limito a asentir sin saber con seguridad cómo debo reaccionar a todo esto. ―¿Hay algo que te moleste, Emma? ―Galen me toma por sorpresa cuando habla, no sé porque nos molestamos con estos rayos X si Galen es aparentemente capaz de ver directamente en lo más profundo de mi ser. Justo como anoche en la habitación del hotel, cuando me vestí luego de mi lloratón de 45 minutos en el baño, encontré una caja de chocolates cubiertos de frambuesa en mi almohada y a Galen enrollado en el horrible confidente de dos plazas, profundamente dormido.

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Aclaro mi garganta. ―Doctor Milligan, no sé si Galen le ha comentado esto, pero mi padre era médico, se encargaba de mis gripes, mis raspones y mis vacunas; cuando murió, el doctor Morton se hizo cargo de mí, ¿cómo pudieron ellos pasar por alto mi estructura ósea y mi ritmo cardíaco lento? Piensa usted que ellos no habrían notado que mi corazón está al lado contrario del pecho, es decir, ¿está usted seguro que está leyendo bien estas radiografías? Usted no es un doctor de humanos, es básicamente un veterinario, ¿no es así? Así que podría haberse equivocado. Galen parece ansioso, removiéndose en su taburete. Ya sé que el metal y el poliéster no son exactamente los ingredientes de la comodidad, pero aun así presiento que es mi pregunta la que lo incomoda, en vez de cualquier factor físico. El doctor hala su taburete rodante a la mesa de examinación donde me encuentro, me reclino hacia él por reflejo, y se arruga el delgado papel que me separa del vinilo. Estira la mano y palmea la mía. ―Emma, querida, es natural sentirse de esa forma y tienes razón, definitivamente no soy un médico de humanos como lo era tu padre, pero no se necesita un doctor de humanos para notar las diferencias entre las radiografías que he sacado de ti y las de Galen ―Para dar énfasis, inclina la cabeza hacia la pantalla que muestra nuestros huesos―. Dios Santo ―Se pone de pie de un salto y su taburete cae hacia atrás. Galen y yo observamos al doctor Milligan reorganizar las imágenes en un remolino de plástico que cruje: la radiografías del doctor, la mía y por último la de Galen. ―¿Es esto realmente posible? ―dice, mirando por encima del marco de sus lentes mientras sus cejas se tocan como si fueran orugas besándose. Galen se cruza de brazos, ladea la cabeza hacia la pantalla y finalmente dice: ―Supongo que no estoy entendiendo, Doctor Milligan ¿que ve usted? El Doctor Milligan me mira con una excitación que lo hace parecer muchos años menor. Sacudo la cabeza, incapaz de ofrecer una opinión inteligente y el doctor no pierde un segundo ―La primera es humana, la mía; la última es Syrena, la de Galen. La de Emma está en la mitad… es obvio, tan obvio que me siento avergonzado, definitivamente Emma no es humana, pero tampoco es Syrena.

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No me está gustando cómo se oye esto, puedo notar que el doctor Milligan se ha explicado con claridad y nos mira como si estuviéramos abriendo un regalo que nos acaba de dar, ansioso de ver nuestras reacciones. Galen viene en mi rescate ―Doctor, como usted bien sabe, soy bastante ignorante de estos asuntos, para que entienda ¿podría por favor explicarnos la versión idiota de la historia? No me gusta quedar impresionada por Galen. Precisamente ahora que lo he esculpido como un príncipe altivo en mi cabeza, se pone todo humildad y rompe en pedazos mi imagen. El doctor se ríe ahogadamente. ―Por supuesto, hijo, Emma no es ni humana ni Syrena, parece ser ambas, aunque no sé si eso sea posible, pues el ADN de Syrena es muy diferente del humano. Galen retrocede y se vuelve a sentar en el taburete, yo haría lo mismo si no estuviera sentada y ambos fruncimos el ceño contra la pantalla iluminada. Mientras las miro fijamente, jugando radiografías musicales con los ojos, lo veo. Las dos imágenes bien definidas se convierten en una sola totalmente borrosa; los huesos humanos y los huesos de Syrena se fusionan hasta que queda sólo una imagen, la mía. —Es posible, —dice Galen quedamente. El Doctor Milligan se recuesta contra la pared mientras la curiosidad se refleja en su cara ―Ya ha ocurrido antes ―dice mientras entrelaza sus dedos, probablemente para evitar moverlos con nerviosismo―. Lo has oído ¿no es así? Galen asiente y voltea para mirarme, ―Esa es la causa principal de la Gran Guerra, la razón por la cual tenemos dos territorios. Hace miles de años, Poseidón decidió vivir en tierra firme con los humanos, la interacción no estaba prohibida en ese entonces, sino simplemente mal vista. Los humanos lo reverenciaron como a uno de sus dioses, empezaron a sacrificar animales en su nombre y hacer estatuas ridículas que lo favorecían. Incluso construyeron una ciudad para él y los otros Syrena que se le unieron en tierra firme. La llamaron Tartessos. ―¿Atlantis? ―El doctor Milligan inhala y se lleva la mano al pecho.

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Galen asiente. ―Algunos humanos la llamaron así al principio ―Voltea para mirarme―. Poseidón disfrutaba vivir con los humanos y permitió que sus seguidores se emparejaran con ellos, incluso el mismo Poseidón eligió una pareja humana; en contra de los deseos de su hermano Tritón, el cual creía que los seres humanos eran ponzoñosos y destructivos y que unirse con ellos era antinatural. Como prueba de su desaprobación dividió el planeta en dos territorios; el territorio Tritón se volvió el hogar de aquellos que no aprobaban a los humanos y el territorio Poseidón para aquellos que tenían la opinión contraria. Poseidón ignoró a su hermano y continuó como le pareció bien, utilizando su don para alimentar a la creciente población de Tartessos. Desafortunadamente, la hembra humana que escogió pertenecía a alguien más; un rey humano. ―¿Cual rey humano? ―pregunta el doctor Milligan mientras endereza su taburete metálico y lo limpia como si hubiera acumulado motas de polvo desde la última vez que se sentó. Galen se encoge de hombros ―No lo sé ―Voltea para mirarme, con una sonrisa torcida en la cara―. Tampoco me importa. Nosotros, los descendientes de Tritón solemos despreciar a los humanos. ―Esa no es una buena actitud para un embajador —le digo―. Pero no te preocupes, no le diré al doctor Milligan ni a Rachel. Galen sonríe ―En fin… el rey humano envió a la mitad de su ejército para recoger su “propiedad”. Se granjeó el apoyo de otros reinos humanos contándoles historias de esclavitud y reproducción antinatural de humanos. Cuando los ejércitos llegaron, mataron a todos a la vista, incluidos algunos de los hijos mestizos de Poseidón. Para detener la carnicería Poseidón apeló a Tritón para que le ayudara contra los humanos. Tritón aceptó ayudar con una condición: Poseidón tenía que abandonar su ciudad y prometer que viviría como Syrena de allí en adelante. Él accedió y Tritón utilizó su don para crear olas enormes que destruyeron la ciudad, a los mestizos y los ejércitos humanos. No hubo sobrevivientes; después de eso los generales accedieron a ayudarse mutuamente contra la humanidad; procrear con un humano se hizo ilegal y la descendencia de tal unión se empezó a ver como una

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abominación. ―Galen vacila al pronunciar la última palabra, probablemente porque sabe que es un insulto directo hacia mí, asumiendo que sea una mestiza. De alguna manera, sin embargo, no me siento insultada. La manera en que contó la historia fue más como un recital formal que como si lo dijera con sus propias palabras, lo cual me hace pensar que él no la cree, o que al menos no cree partes de la historia. Además, la forma en que me mira en este momento difícilmente me hace sentir como una “abominación”. ―Creí que la guerra fue entre los reinos ―le digo―. No contra los humanos. Galen sacude la cabeza —Jamás hemos combatido unos contra otros, al menos no físicamente. —Una emoción poco familiar titila en su cara y luego desaparece como el flash de una cámara. ―Así que, ¿es ese el don de Tritón?, ¿el poder de controlar el agua del mar? ―pregunto. ―No ―dice Galen rascándose el cuello―. Al menos no exactamente, no sabemos cómo lo hizo. Algunos dicen que con fuerza, partió la tierra y eso causó las olas; otros dicen que fue con velocidad. No lo sabemos, ha pasado mucho tiempo desde que algún miembro de la casa real heredó el don de Tritón. Tanto, que los Archivos no están de acuerdo en que es realmente el don de Tritón. Por unos pocos momentos nos sentamos en silencio, absorbidos por el fantasma de la historia de Galen, entre más lo pienso más molesta me pongo. ―Así que no pertenezco a ninguna parte. ―les digo sacándolos de su débil ensoñación. ―¿Que dijiste? —dice el Doctor Milligan con sus ojos aun puestos en el pasado. ―Básicamente todos estamos de acuerdo en que soy un fenómeno. ¿No es cierto? ―No eres un fenómeno. ―dice Galen. ―No soy Syrena ni humana. Los Syrena piensan que soy una abominación y los humanos me tratarían como un experimento científico si se llegasen a enterar. Lo

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cual aún deja esa gran pregunta abierta, Doctor Milligan ¿cómo es que nadie se ha dado cuenta? El doctor suspira mientras saca un pañuelo de su bolsillo y limpia el empañado imaginario de sus anteojos, sus movimientos son tan deliberados y meticulosos que incluso yo me doy cuenta que trata de calmarme. ―Emma, querida, no me has conocido por tanto tiempo como Galen. Aun así te considero mi amiga y espero que tú me consideres igual. Ahora bien, si somos amigos puedo ser honesto contigo ¿verdad? Asiento, mientras me muerdo el labio como si estuviera lleno de tarta de queso. El Doctor Milligan sonríe en una forma genérica y obligada. ―Bien. Ahora, creo que tu padre supo de tu condición todo el tiempo. Las lágrimas se me derraman al instante y no sé porque. Galen aparta la mirada. ―Eso no es posible ―susurro―. Simplemente no, mi madre pudo averiguar si estaba escondiendo algo, es un sabueso para las mentiras. ―Estoy seguro que ella lo sabe también ―dice el doctor Milligan suspirando ―Tal como lo dijiste, eres una anomalía médica ―dice, aun cuando yo articulo la palabra “fenómeno” mientras lo miro―. No tengo hijos, pero si los tuviera no querría publicitar algo así. Los científicos de todo el mundo estarían a todas horas acosando a tu familia rogando por la oportunidad de realizar algunas pruebas. Tu vida se convertiría en un caos y tu padre lo sabía. Respiro profundo. ―Supongo que podría ser verdad, pero la cosa es, ¿si ellos no son mis padres, entonces de dónde vengo? ―¿Podrías preguntarle directamente a tu madre? —dice el Doctor Milligan. ―Me llevaría a un manicomio. No, esperen, primero se reiría en mi cara y luego sí me llevaría a un manicomio. ―Los recuerdos del día en que casi me ahogo hacen que las palabras cojan un gusto rancio en mi boca. La forma en que me trepé en su regazo, tan confiada e ingenua para decirle acerca de los peces gato y la forma en que

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se rió, tan fuerte que a duras penas podía parar para respirar. Fue la primera vez que me di cuenta que no podía confiar en mi madre, al menos no de todo corazón. El Doctor Milligan asiente. ―Pero no tienes que mencionar nada acerca de ser Syrena, ¿no es así? Tal vez ella no esté enterada de esa parte, tal vez sólo sepa que eres diferente. ―Puede ser ―digo dubitativamente, si ella hubiera estado enterada acerca de mí, de mi don, no se hubiera reído de mí hace tantos años, me habría confortado y me habría contado qué era yo allí mismo. ¿Lo habría hecho? Súbitamente me siento tan abrumada que no puedo pensar, mi mundo continua astillándose y volviéndose a armar, pero cada vez que lo hace se me presenta un mosaico diferente de la realidad. Tal vez sí pertenezco a un manicomio. Salto de la mesa de exámenes, el linóleo azota mis pies desnudos. ―Estoy lista para irme a casa ―digo, sin dirigirme a ninguno de ellos. Casi me ahogo con la palabra “Casa” suena tan ajena a mi idioma, como si la hubiera acabado de inventar, como si en mi mundo no existiera tal cosa―Ha acabado con sus pruebas ¿no es así, Doctor Milligan? El doctor se pone de pie, extendiendo su mano hacia mí. ―Sí, no voy a picarte ni aguijonearte más, querida ―Ya no hay nada genérico en su sonrisa ahora―. Ciertamente ha sido un placer conocerte, señorita. Pero yo estoy ya recorriendo el pasillo, con mi ropa apretada bajo el brazo.

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GALEN SE DESLIZA en su escritorio, intranquilo por la forma en que el robusto chico rubio que habla con Emma descansa casualmente su brazo en el respaldo de su asiento. —Buenos días —dice Galen, inclinándose para rodearla con los brazos, casi jalándola de la silla. Incluso apoya su mejilla contra la de ella, por si acaso—. Buenos días... er, Mark, ¿no es así? —dice, con cuidado de mantener su voz agradable. Sin embargo, mira significativamente el brazo masculino que todavía recubre la parte posterior del asiento de Emma, casi tocándola. A su favor—y seguridad—Mark lleva el miembro infractor a su propio escritorio, y le ofrece a Emma una perezosa sonrisa llena de dientes sorprendentemente blancos. —Tú y Forza, ¿eh? ¿Has aclarado eso con sus fans? Ella se ríe y suavemente retira los brazos de Galen. Por el rabillo del ojo, ve el estallido de color rosa que se extiende sobre su cara como pintura derramada. Aún no está acostumbrada a salir con él. Hasta hace unos diez minutos, él tampoco estaba acostumbrado. Ahora, sin embargo, con la forma en que Mark la mira como a un sabroso marisco, interpretar el papel de novio de Emma se siente muy natural. La campana suena, salva a Emma de responder y le ahorra a Mark miles de dólares en facturas de hospital. Emma dispara a Galen una mirada fulminante, que él le responde con lo que espera sea una sonrisa encantadora. Determina su éxito por la forma en que su rubor se profundiza, pero se detiene cuando se da cuenta de los círculos oscuros bajo sus ojos. Ella no durmió anoche. No es que él pensara que sí. Había estado callada en el vuelo a casa desde Destin, hace dos noches. No la presionó para que hablara de ello con él, sobre todo porque no sabía qué decir, una vez se iniciara la conversación.

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Muchas veces, ha empezado a asegurarle que no la ve como una abominación, pero le parece incorrecto decirlo en voz alta; como si estuviera obstinadamente en desacuerdo con la ley. Pero, ¿cómo podían esos deliciosos labios y esos enormes ojos violetas ser considerados una abominación? Lo que es aún más loco es que no sólo no la considera una abominación, el hecho de que ella podría ser una mestiza encendía una esperanza en él, una que no tenía ningún derecho a sentir: Grom nunca se emparejaría con una medio humana. Por lo menos, Galen no cree que lo hiciera. Observa a Emma, cuyas sedosas pestañas no se agitan aún en el estado de sueño ligero en el que está. Cuando él se aclara la garganta, ella se sobresalta. — Gracias, —le articula, mientras recoge su lápiz, luego usa el borrador para seguir la lectura de su libro de texto. Contesta con una inclinación de cabeza, no quiere dejarla así, ansiosa y tensa y fuera de lugar en su propia piel hermosa. Pero tiene que ir con Romul. Romul podría decirle más acerca de los medio humanos, acerca de por qué Tritón los odiaba. No es algo que Galen creyó que preguntaría alguna vez, siempre ha sido bastante fácil encontrar razones para odiar a los humanos. Sin embargo, su puñado de amigos humanos hace que sea imposible para él odiar la especie como tal. Y un día, puede que necesite que la ley esté de su lado en ese punto. La campana suena, sacándolo a él de sus pensamientos y a Emma de otra mini siesta. Agarra su mochila y la mantiene abierta mientras ella guarda su libro y otros papeles. Antes de que pueda escapar, le sujeta la mano y entrelaza sus dedos en la forma que Rachel le mostró. Se sorprende cuando Emma se inclina hacia él y apoya su cabeza en sus bíceps. Tal vez está más acostumbrada a salir con él de lo que pensaba. Ella bosteza. —Vamos a saltarnos el resto de clases y tomemos una siesta en tu casa —Él aprieta su mano. Pasar el resto del día con ella a solas, en su casa, era la mejor y la peor cosa que se pudiera imaginar—. Tu mamá me mataría y te castigaría. —No pude dormir anoche.

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—Me doy cuenta. — ¿Me veo así de mal? —Te ves así de cansada. Se detienen en frente de la puerta de su próxima clase. Él se estira para abrirle. —Galen —dice, levantando la vista—, por favor. Suspira. —No puedo faltar a clases hoy. Puede que falte mañana. La curiosidad la anima inmediatamente. —¿Por qué? La saca del camino de algunos de sus compañeros de clase que entran despacio al salón. La campana de entrada suena. —Voy a hablar con los Archivos esta noche, para ver qué más puedo averiguar acerca de los mestizos. Pensé que te haría sentir mejor... —Se encoge de hombros, incapaz de terminar la media verdad— Además, tengo que volver aquí antes del viernes. Rachel piensa que necesitamos ir a una cita la noche del viernes. Ya sabes, como espectáculo. —Oh —dice, sus pestañas se juntan en el parpadeo más largo del mundo. Bosteza de nuevo—. ¿Cómo ir al cine o algo así? —Me dijo un par de cosas; ir al cine era una de ellas, creo. Algo sobre patinaje y boliche, también. Emma suelta una risa adormecida. —Si piensas que soy letal en sandalias, deberías verme en patines. —Entonces el cine será. No estoy dispuesto a arriesgarme a otra conmoción cerebral. —La dirige a la puerta, y ella le permite que la abra. Tyler, un joven con la manzana de Adán del tamaño de su nariz, sutilmente les señala los asientos que les reservó en la última fila. Galen le pasa un billete de veinte dólares mientras Tyler recoge sus cosas y las lleva a un escritorio del frente. Mientras Emma duerme durante toda la clase de física, Galen, debidamente, toma apuntes de termodinámica para ella. En una hoja de papel aparte, hace una lista de las preguntas que quiere hacerle a Romul. Sin embargo, incluso después de haber revisado y vuelto a revisar la lista, hay una pregunta que está olvidando. Está

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mordiéndole, burlándose de él desde el borde de su cerebro, sin acercarse lo suficiente para sujetarla. A su lado, Emma suspira en sueños. Galen se pone rígido. Emma. ¿Quién vigilará a Emma mientras estoy fuera? Toraf no ha regresado de la búsqueda de Paca. Rachel puede cuidarla en tierra, pero si Emma se mete en el agua, sería como si no estuviera. No que pareciera querer practicar a corto plazo, tan agotada como está; pero Emma prácticamente está hecha de desafío y obstinación y resistencia, y todo lo demás que podría dificultarle a él la vida. Si quería entrar en el agua, lo haría. Eso sólo deja a una persona. Rayna.

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LOS CANALES de la televisión siguen cambiándose incluso después que Rayna levante el dedo del botón del control remoto. Se desliza lentamente por el frente del sillón y llega hasta el suelo. —Cuatrocientos canales y no hay nada que valga la pena ver. Increíble. —murmura. Desde mi sillón, levanto la vista y doblo la esquina de la página de mi libro. —Podrías ayudarme a practicar. No tendrían por qué darse cuenta. —Ni siquiera me apetece practicar. Tan sólo es que me parece que debería estar siempre en el agua, ya que Galen me dijo que no lo hiciera. Y especialmente ya que me dejó con una niñera. Me mira de soslayo. —Labios Gordos lo sabría, me puede percibir esté donde esté, ¿recuerdas?, y se chivaría con Galen. Sabría que algo va mal si tú y yo entramos sin mi hermano. Me encojo de hombros. —¿Desde cuándo te preocupa meterte en un lío? —Desde nunca, pero Galen me dijo que si te mantenía fuera del agua me enseñaría a conducir su coche. Lotería. —Resulta que sé cómo conducir. Te podría enseñar. —Galen dijo que no podía pedírtelo, o el trato se rompía. —No me lo pediste, yo me ofrecí. Asiente, mordiéndose el labio. —Cierto, así fue. Dejo el libro en la fea mesita de cristal y me acuclillo a su lado. —Te enseñaré a conducir si me dejas meterme en el agua. Ni siquiera tienes que meterte tú también.

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La manera en que arquea las cejas me recuerda a Galen. —Si me lo preguntas, estás perdiendo el tiempo intentando cambiar. Eres medio humana, probablemente ni siquiera tengas cola. —¿Qué sabes sobre los mestizos? Ella se encoge de hombros. —No mucho, lo suficiente para saber que, si eres una, es inútil que intentes cambiar. Nadie te va a aceptar, al menos, ningún Syrena. Decido no ofenderme. No tengo demasiado interés en su opinión, de todos modos, y a ella le daría igual si me ofendiera o no. Se puede contar con Rayna para que te diga lo que piensa. Ofenderse sería una pérdida de tiempo para todos. Además, aún está aquí; si pensase que soy una abominación, no querría ni verme ¿o no? —Puede que sea cierto. Pero si fueses tú, ¿no querrías saber si puedes cambiar? Ella lo piensa, y luego se encoge de hombros otra vez. —Probablemente. —Entonces, ¿tenemos un trato? —pregunto, con la mano extendida delante de mí. Ella la mira y se cruza de brazos. Bajo la mano, sintiéndome incómoda, preguntándome si sabe siquiera lo que es un apretón de manos. —¿Me enseñarás a conducir tu coche si te dejo meterte en el agua? —Eh, no. Te enseñaré a conducir el coche de Galen si me dejas meterme en el agua. No vas a tocar mi coche sin tener licencia. Una de verdad, no una cosa brillante de plástico que hizo Rachel mientras veía programas de entrevistas por la tarde. — Aunque Galen no tenga seguro, tiene suficiente dinero en la cartera para comprarse otro coche. Yo, por otra parte, tengo los ahorros justos para cubrir mi deducible. Los ojos se le ponen gigantes. —¿Me dejarás conducir el pequeñito rojo? ¿El de gasolina? ¿Por qué no? Sonrío. —Sí, el convertible. ¿Trato? Coge mi mano del sillón para levantarnos a ambas; después, me la estrecha. — ¡Trato! Voy a coger las llaves de Rachel. ***

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Me detengo en el arcén de tierra de la carretera más abandonada en el borde más lejano de Middle Point. El retrovisor no me muestra nada más que nuestro rastro de polvo, que desaparece entre los árboles de los lados de la carretera como un fantasma. Delante de nosotras, un camión del correo se detiene y pone sus luces parpadeantes, en el único buzón de todo el tramo. Cuando nos pasa, el conductor inclina la gorra en nuestra dirección, mirándonos como si pensase que no tenemos buenas intenciones—el tipo de no buenas intenciones por las que podría llamar a la policía. Lo saludo con una mano y sonrío, preguntándome si parezco tan culpable como me siento. Mejor hacer de esto la lección de conducir más rápida de la historia. No es como si Rayna necesitase aprobar el examen estatal, con que sepa mantener el coche en línea recta durante diez minutos en la carretera, habré cumplido mi parte del trato. Apago el motor y la miro. —Así que, ¿qué tal lo llevan Toraf y tú? Ella inclina la cabeza hacia mí. —¿Qué tiene eso que ver con conducir? ¿Aparte de retrasarlo? —Nada —digo, encogiéndome de hombros—. Simple curiosidad. Ella baja el visor y desliza la cubierta del espejo. Usa su dedo índice para difuminarse el rímel que Rachel le puso. —No es asunto tuyo, pero estamos bien. Siempre estuvimos bien. —Él no parecía pensar lo mismo. Me lanza una mirada. —Puede ser hipersensible a veces. Se lo expliqué. ¿Hipersensible? Imposible. No se va a librar tan fácil. —Es bueno besando, —le suelto, preparándome para lo que se me viene encima. Ella se revuelve en su asiento, con los ojos entrecerrados. —Sería mejor que te olvidaras de ese beso, Emma. Él es mío, y si vuelves a ponerle encima tus sucios labios mestizos… —¿Quién está siendo hipersensible ahora? —pregunto, sonriendo. Sí lo ama.

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—Cámbiame el sitio, —gruñe. Pero estoy demasiado feliz por Toraf como para reavivar la animosidad entre ambas. Una vez sentada en el asiento del conductor, su actitud cambia radicalmente. Su pecho sube y baja como si estuviera inflando un colchón, cogiendo tanto aire que habría golpeado el capó si no lo hubiera quitado ya de antemano. Tantea buscando la llave de arranque. Sujeto su mano. —Nop, primero abróchate el cinturón. Es casi un cliché que ponga los ojos en blanco ahora, pero lo hace. Cuando ha acabado de dramatizar el abrocharse el cinturón—que completa al jalarlo para confirmar que no se va a desabrochar—se gira hacia mí con expectación. Asiento. Gira la llave, y el motor se enciende. La mirada distante de sus ojos me pone nerviosa. O quizá sea la culpa retozando en mi estómago. Puede que a Galen no le guste este coche, pero sigue sintiéndose como un sacrilegio el poner el destino de un BMW en las manos novicias de Rayna. Mientras se aferra a la palanca de cambios con tanta fuerza que sus nudillos se ponen blancos, doy gracias a Dios de que este coche es automático. —D es marcha5, ¿no? —Sí, el pedal derecho es el de acelerar. El izquierdo es el freno. Tienes que pisar el izquierdo para cambiar de marcha mientras conduces. —Lo sé, te vi hacerlo —aplasta con un pie el freno, luego pisa el de avanzar. Pero no nos movemos. —Muy bien, ahora querrás pisar el pedal derecho que es el de gas… Los neumáticos comienzan a rodar en el sitio—y nosotras con ellos. Rayna me mira con los ojos como platos y la mandíbula desencajada, lo que no es algo bueno ya que sus manos están al volante. Se me ocurre que quizá ella esté gritando, pero no puedo oír nada por encima de mis propios chillidos. La pared de polvo que hemos creado nos envuelve, bloqueándonos la vista de los árboles, y de la carretera, y de la vida como la conocíamos. 5

En los coches automáticos el pedal para que avance el auto está marcado con la D, inicial del inglés Driving.

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—¡Levanta el pie del pedal derecho! —aúllo. Frenamos tan bruscamente que siento cómo me tiemblan hasta los dientes. —¿Intentas matarnos? —chilla, con la mano en la mejilla como si yo la hubiera abofeteado. Sus ojos tienen un brillo febril y están vidriosos; puede que empiece a llorar. —¿Estás de broma? ¡Tú eres la que conduce! —Me dijiste que pisase el freno para avanzar, y luego que pisase el pedal derecho para… —¡No a la vez! —Bueno, pues deberías haberme dicho eso. ¿Cómo iba a saberlo? Suelto un resoplido. —Actuaste como el maldito Dalai Lama cuando intenté decirte cómo cambiar de marcha. Te lo dije, uno era para acelerar y otro para frenar. ¡No puedes frenar y acelerar a la vez! Tienes que aclararte la mente. A juzgar por la expresión de su cara, está a punto de pegarme un puñetazo o llamarme algo realmente horrible. Abre la boca, pero la palabrota realmente horrible no llega; vuelve a cerrarla de nuevo. Y entonces se ríe. Ahora sí que lo he visto todo. —Galen me lo dice todo el tiempo —se carcajea—. Que nunca puedo aclararme la mente. —Sigue riéndose tan fuerte que escupe sin querer sobre el volante. Sigue riéndose hasta que me convenzo que una fuerza desconocida está haciéndole cosquillas a morir. ¿Qué? Por lo que puedo decir, su indecisión casi nos mata. Matarse no es divertido. —Tendrías que haberte visto la cara —dice entre jadeos—. Era, como —y pone cara de payaso bebido—. Apuesto a que te lo hiciste encima, ¿no? —Se ríe tanto que se agarra los costados como si le doliesen. Mis labios se tuercen en una sonrisa antes que pueda detenerlos. —Tú estabas más asustada que yo. Te tragaste como unas diez moscas mientras chillabas.

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Vuelve a escupir por todo el volante. Y yo también lo hago, sin querer, sobre el salpicadero. Nos lleva nuestros buenos cinco minutos el tranquilizarnos lo suficiente para otra lección de conducir. Tengo la garganta seca, y los ojos húmedos cuando digo: —Ok, ahora vamos a concentrarnos. El sol se está poniendo, estos bosques seguramente lucirán aterradores por la noche. Ella se aclara la garganta, aun lanzando unas risitas. —Ok. Concentrarnos, bien. —Así que, esta vez, cuando levantes el pie del freno, el coche avanzará solo. Eso, ¿ves? —Nos deslizamos por la carretera a la infravelocidad de un kilómetro y medio por hora. Se sopla el flequillo. —Esto es aburrido. Quiero ir más deprisa. —No muy deprisa, —Aplasta el acelerador bajo el pie, y mis palabras se las lleva el viento. Da un grito, lo que encuentro bastante hipócrita, porque, después de todo, soy yo la desvalida del asiento del acompañante, y ella es la que está aullando como tetera, girando el volante de un lado al otro como si la carretera no fuese tan recta como un lápiz. —¡Freno, freno, freno! —chillo, con la esperanza de que la repetición le entrará de alguna manera en la ínfima parte de su cerebro que aún razona. Todo pasa demasiado rápido. Nos detenemos y se oye un golpazo. Mi cara se da con el salpicadero. No, espera, el salpicadero se convierte en una bolsa de aire. El chillido de Rayna se interrumpe bruscamente gracias a su bolsa de aire. Abro los ojos. Un árbol, un maldito árbol. El coche gime, y algo bajo el capó deja escapar un silbido mecánico. El humo sale en oleadas del frente, el símbolo universal de “estás jodido”. Giro la cabeza en dirección al crujido a mi lado. Rayna está luchando con la bolsa de aire como si la hubiera atacado en vez de haberle salvado la vida. —¿Qué es esta cosa? —grita, quitándosela de en medio y abriendo la puerta. Un Mississippi… Dos Mississippi… —Bueno, ¿simplemente vas a quedarte ahí sentada? Tenemos una larga caminata hasta llegar a casa. No estás herida, ¿verdad? Porque no puedo cargarte.

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Tres Mississippi… Cuatro Mississippi… —¿Qué son esas luces azules destellantes de por allá?

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22 Traducido por Azhreik

ES CASI línea recta desde la Costa de Jersey a la Cueva de las Memorias, donde viven los Archivos. Galen llega en horas. Sobre él, el grueso hielo del Ártico sirve como primera defensa contra los ojos fisgones de los humanos. Durante siglos y más siglos, las capas de hielo de kilómetros de grosor, fueron la única defensa necesaria. Pero ahora, los humanos han descubierto cómo enviar sus cámaras robóticas. Muchas de las reliquias Syrena más antiguas, que alguna vez estuvieron en el lecho marino a plena vista, se movieron a las cámaras de la cueva. Lo que es una pena, ya que el acceso a la cueva está restringido a los miembros de la realeza y los Archivos. Pasa por un sitio donde unas gigantescas columnas romanas solían cernirse sobre los visitantes Syrena, como en bienvenida. Ahora es sólo un espacio abandonado del fondo oceánico, gris y frio por más razones que sólo la temperatura. Galen sacude la cabeza, los humanos realmente arruinan todo. No, se dice a si mismo. La mayoría de humanos arruinan todo, no todos son así. Alcanza el umbral de la caverna. Dos rastreadores Syrena le permiten la entrada sin preguntas, no hay duda que lo percibieron incluso antes que llegara a la Tierra Verde. El umbral estrecho se abre en un amplio corredor que luce como una mandíbula gigante llena de dientes delgados y afilados. Las rocas que crecen del techo casi tocan a las que crecen del piso. Galen espera que si alguna vez los humanos se infiltran en este sitio, se sientan como comida. Incluso si se atreven a cruzar la boca y entrar a las entrañas, les resultaría muy difícil encontrar algo que no fuera parte natural de este sitio durante miles de años. La Cueva de las Memorias se extiende por cientos de kilómetros, un laberinto de pasadizos y túneles y cámaras; algunos son tan estrechos que ni siquiera una anguila

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puede atravesarlos. Otros podrían albergar un ejército humano. Las reliquias, la historia de la especie de Galen, están ocultas en las partes más profundas, a través de los pasajes más complicados. Encontrar la salida sería imposible, incluso con la tecnología humana más avanzada. Pero los Syrena tienen una herramienta natural para guiarlos: la percepción. Los Archivos ya no necesitan percibir en la caverna, habiendo ejercitado y ampliado sus memorias a total capacidad, pueden encontrar el camino sin eso. Galen sonríe, pensando en la expresión irritada de Emma al saber que los Syrena tienen memorias fotográficas, de acuerdo al Doctor Milligan. Casi se había caído de la silla cuando Galen obtuvo mayor calificación en su primer examen de cálculo. Al rodear una curva estrecha, Galen capta el pulso de Romul y lo sigue a través de otro convulso enredijo de pasajes. Romul está esperándolo en la Cámara Ceremonial, el lugar donde se mantienen los registros de emparejamiento. Galen nunca antes ha encontrado a Romul allí; se pregunta si eso puede tener algo que ver con el linaje de Paca. ¿Está intentando probar que tiene sangre real? Romul se inclina antes que Galen, pero es Galen quien se siente humilde. — Ah, mi favorito de la realeza —dice Romul—. ¿Qué tal te van las cosas, joven Galen? —Estoy bien, Romul. Gracias. —¿Qué te trae a esta parte tan distante de la existencia, mi príncipe? Más importante, ¿cómo puedo servirte? —Otra vez necesito información sobre los humanos, Romul, —dice Galen sin vacilar. Aún recela del involucramiento de Romul en la búsqueda de Paca por Grom, pero preguntar por los humanos es una de las peticiones más comunes de Galen. No es probable que Romul sospeche nada inusual, especialmente considerando que Galen es embajador ante los humanos. Romul sonríe y asiente, su cabello negro largo y escaso. —Por supuesto, mi príncipe. ¿Qué puedo hacer por ti? —Me gustaría ver los restos de Tartessos. Tengo preguntas acerca de los mestizos.

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Romul eleva una ceja sorprendida. —Como desees, joven príncipe. Por aquí, por favor. Galen sigue a su mentor a mayor profundidad de la cueva. Pasan la Sala de Pergaminos, que es un título inadecuado para lo que contienen allí. Los frágiles rollos de pergamino de las civilizaciones perdidas de la humanidad se han desintegrado hace mucho, pero las aguas congeladas del Ártico mantienen los otros registros—tablillas, alfarería, joyería y, a veces, paredes enteras de jeroglíficos—bien preservados. Las temperaturas congelantes también mantienen

intacta la Cámara

Mortuoria—la gigantesca catacumba de los Syrena muertos. Galen nunca ha estado en la tumba, pero Rayna solía visitar a su madre los primeros años después que muriera. La cámara asegura que los restos de los Syrena nunca caerán en manos humanas. Galen se estremece al pensar que el buscador de internet mundial seguramente mostraría si un cuerpo Syrena—o aunque sea un hueso—saliera a flote en alguna playa. Llegan a la Cámara Cívica, la cámara más grande entre todas, donde se guardan las ruinas de ciudades. Galen ha estado aquí antes, muchas veces, pero nunca con ojos humanos, por decirlo así. O más bien, con ojos de una mestiza. Emma se podría perder aquí por días, tal vez meses. Y adoraría traerla aquí sólo para eso. Romul lo conduce más allá de los grandes restos de Alejandría, Egipto y los artefactos de los cuarteles de Cleopatra; más allá de los antiguos templos de Tailandia, removidos concienzudamente de su lugar submarino y reconstruidos aquí en la Cueva de las Memorias; más allá de una pirámide altísima removida hace siglos de la costa de una isla llamada Japón y restablecida aquí para una eternidad bien merecida. Finalmente llegan a Tartessos, tal vez la más importante de entre las ciudades de allí, debido a su conexión con su especie. De entre todas, Tartessos es la ciudad más intacta. Construida como una enorme diana, la metrópolis habría sido circular, con calles curvadas alrededor de las estructuras centrales. Romul y Galen cruzan el primer puente de salvaguarda, cuya agua fluye ahora sobre él en vez de bajo él. Nadan más allá de estatua tras estatua en honor del mismísimo Poseidón; o al menos la versión humana de él. Incluso

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fracturadas y descascarilladas, con partes faltantes de las colas y de su tridente, las estatuas son arrebatadoras. Los Syrena comisionados a la tarea de recrear los caminos, probaron ser meticulosos en colocar cada adoquín recuperado en una esfera perfecta de caminos serpenteantes que conducen al palacio del centro. Aun cuando orbitan por el agua de encima, Galen y Romul siguen el camino fragmentado conforme pasan edificios, fuentes y baños públicos. Galen puede imaginar fácilmente una antigua población trayendo vida a este lugar desolado e inanimado, intercambiando sus excedentes de oro, plata y cobre por comida, ropa y servicios. ¿Pero qué hay de gente que luzca como Emma? Galen obtiene su respuesta al rodear la última curva al palacio. Su respiración se queda atrapada cuando se aproximan a un muro que ha visto un millar de veces antes, pero que nunca ha observado en realidad. Imágenes de humanos sacrificando grandes toros en honor de Poseidón, la mayoría tienen cabello negro, piel olivácea, ojos violetas. Unas líneas rígidas están dibujadas en sus torsos, probablemente para enfatizar sus físicos; pero en un rincón del panorama hay otros humanos. Humanos que nunca antes ha notado porque sus contornos casi se funden con la pared; piel blanca, cabello blanco, ojos violeta. Humanos que lucen como Emma. Galen se aclara la garganta. —Estos humanos de aquí —dice, pasando el dedo sobre una cuyas curvas suaves le recuerdan a ella—. ¿Quiénes son? —Mi príncipe, ninguna de las imágenes de este muro es de humanos, estos son nuestros hermanos Syrena en su forma humana, y estos —dice, la voz llena de desdén—, son los mestizos. Esa en particular engendrada por el mismo Poseidón. Galen se pone rígido por el resentimiento en el tono de Romul. —Claro, creo que los mencionaste antes. Algo sobre abominaciones… no puedo recordar con exactitud. ¿Por qué los odiaban? Romul sacude la cabeza. —Ellos en si no eran odiados, no, mi joven amigo. De hecho, Poseidón amaba mucho a su descendencia medio humana. Eso fue parte del problema, muchos de nuestros hermanos se sacrificaron por sus parejas humanas.

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—¿Se sacrificaron? ¿Qué quieres decir? —Está en nuestra memoria colectiva que muchos de nuestros ancestros eligieron pasar la mayor parte de su tiempo en tierra —expresa otra voz desde atrás. Galen y Romul se giran para ver a Atta, una Archivo de la casa Poseidón. Romul le sonríe cálidamente. En la Cueva de las Memorias no hay división de casas. —Atta, bienvenida —Regresa a ver a Galen—. Sí, ella está en lo correcto, joven amigo. —Pero, ¿eso qué tiene de malo? Pasar tiempo en tierra. —Galen desea haber podido frasear mejor la pregunta, así suena como si cuestionara la ley. Como traición. —Nuestros cuerpos no son apropiados para la tierra, mi príncipe —dice Atta, rozando el muro con su mano pequeña, en cierta forma reverencial—. La… pesadez… en tierra hace que nuestros cuerpos trabajen con mayor dificultad que en el agua. Nos hace envejecer más rápido. —¿Pesadez? —repite Galen, reflexionando sobre qué podría querer decir. Se gira hacia Romul—. ¿Habla de gravedad? —Por supuesto. Es por eso que está tan cansado al final de un día escolar. Requiere más energía mover su cuerpo en tierra que flotar, casi ingrávido, en el agua. Mucha más energía. Un pequeño movimiento de cola lo hace triplicar la distancia que cubre con sus piernas humanas con el mismo esfuerzo. Romul asiente. —Sí, gravedad, muy bien Galen. La población Syrena empezó a decrecer con mucha rapidez, porque muchos de nuestros hermanos eligieron quedarse en tierra con sus parejas humanas y murieron de muerte humana. Tritón sabía que si eso continuaba, nuestra especie desaparecería eventualmente. Nos hace envejecer más rápido. Galen recuerda lo que el Doctor Milligan dijo sobre ritmo cardiaco. Cuanto más veloz el ritmo cardiaco, más corta la vida. Durante su última visita, el Doctor Milligan había dicho que el ritmo cardiaco de Galen era más rápido que en la última revisión de meses antes. Porque he estado pasando demasiado tiempo en tierra. Su garganta se constriñe. —Estos mestizos, ¿cómo eran?

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Atta y Romul intercambian una mirada. Romul dice, —Me temo que no entendemos tu pregunta, mi príncipe. —Lo que quiero decir es, ¿eran capaces de cambiar a forma Syrena? ¿Alguno de los descendientes medio humanos de Poseidón heredó su don? Romul junta las cejas. Atta une las manos al frente y dice: —No que recordemos, Alteza. Es de nuestro entendimiento que los mestizos nunca fueron capaces de cambiar, se piensa que ninguno heredó el don de Poseidón. —¿Se piensa? ¿No están seguros? —pregunta Galen, su frustración aumenta. —Mi príncipe —dice Romul—, sí es posible que hayan heredado el don. Que la ley de los Generales requiriera que las dos casas emparejaran fue decretado hasta después que Tartessos fuera sitiada por humanos. No podemos confirmar si alguno de los descendientes medio humanos de Poseidón heredó el don, ya que todos fueron destruidos por las grandes olas de Tritón. Emma puede aguantar la respiración durante mucho tiempo, pero no indefinidamente. Dependiendo de lo lejos que Tritón inundó la costa, los mestizos muy bien pudieron haber sido barridos. Aun así, algunos podrían haber sobrevivido, ¿no? Mira fijamente a la mestiza en el muro, la que le recuerda a Emma. Le revuelve el estómago pensar que se ahogó. Perdido en su propio tormento, mantiene la mirada en la imagen el tiempo suficiente para aburrir a sus acompañantes. —Alteza, ¿podemos serte de mayor utilidad en esta ocasión? —Atta lo saca suavemente de su trance. Galen asiente. —Tengo una pregunta más, Atta, si no te importa. —Por supuesto que no, Alteza. —dice con gracia. —Los mestizos, ¿eran muy malos? ¿Se volvieron contra nosotros? ¿Es por eso que Tritón los destruyó junto con los humanos? —No —contesta—. Tritón sintió que deberían ser destruidos por lo que representaban. No deseaba que Poseidón recordara su pareja humana o su descendencia medio humana. No deseaba que ninguno más de nuestra especie

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estuviera tentado de vivir, de morir, en tierra. Creía que nuestra supervivencia dependía de nuestra permanencia bajo la superficie, lejos de los humanos. —¿Podemos ayudarte en algo más, joven amigo? —pregunta Romul, tras unos momentos. Galen niega con la cabeza. —No, gracias por el tiempo de hoy, el de ambos. —Es un placer servirte, Alteza, —expresa Atta, hace una reverencia mientras se aleja. Su largo cabello se ondula tras ella como un pedazo de tela. Galen se da la vuelta para irse también, pero algo en el muro capta su mirada. Lo revisa de nuevo, en busca de eso. Lo encuentra a un metro de distancia. Nada hasta la imagen de un macho Syrena, roza el dedo alrededor de la forma de su ojo. —¿Azul? —le pregunta a Romul—. ¿Sus ojos son azules? Romul niega con la cabeza. —No, mi príncipe. Algunas de las pinturas que los humanos utilizaron para representar a nuestros hermanos eran aparentemente inferiores. Con el paso de los años, el color parece haberse desvaído. —Por supuesto, el violeta está hecho de azul —Galen asiente a la pintura y luego a Romul—. Bueno, gracias de nuevo, Romul. Te veré después. Romul inclina la cabeza en su dirección. —Siempre es un honor, joven amigo. Que estés bien. Galen sigue el pulso de los dos rastreadores para encontrar la salida de la cueva. Viajar a casa parece tomarle más tiempo de lo que le llevó llegar allí; sospecha que los pesos que cargan su mente también son los responsables de ralentizarlo físicamente. El Doctor Milligan tiene razón. Emma es definitivamente una mestiza; pero aun así posee el don de Poseidón. La ley que requiere que las dos casas emparejen cada tercera generación debe ser sólo fachada; los miembros de la realeza no son los únicos que pueden heredar el don. Galen sospecha que debe ser otro recordatorio de Tritón para permanecer leales unos a otros en vez de a los humanos. Eso convierte a Paca en tan buena candidata como cualquiera, con sangre real o sin ella. Si tiene el don, se lo transmitirá a su descendencia, igual que Emma.

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¿Sería posible que algunos de los hijos medio humanos de Poseidón sobrevivieran y se reprodujeran? ¿De alguna forma podría Emma ser descendiente de ellos? Dice que su padre tenía piel pálida y cabello claro, ¿podría ser él el vínculo que están buscando? ¿Y qué si sí? ¿Qué sería más importante para Grom: respaldar la ley al no emparejar con una mestiza, o emparejarse con una para asegurar la supervivencia de los dones? Galen no sabe, pero incluso si Grom elige no procrear con Emma, ¿permitirá que Galen la tome como pareja? Porque si Romul y Atta tienen razón, a Emma nunca le surgirá cola. Lo que significa que Galen tendrá que vivir con ella en tierra. ¿Lo vale? ¿Renunciar a años de mi vida para estar con ella? Galen piensa en la curva de sus caderas, lo carnoso de sus labios, la forma en que se sonroja cuando la atrapa mirándolo. Y recuerda lo enfermo que se sintió cuando el Doctor Milligan indicó que Emma moriría antes que él. Oh sí, lo vale por completo.

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23 Traducido por Andrés_1987

EL OFICIAL DOWNING se detiene junto al auto de mi madre, quien obviamente está en casa. No sé bien porqué malgasté mis esperanzas deseando que no estuviera. Tal vez porque ya tengo dieciocho, lo cual significa que la policía no se tomará la molestia de llamar a tus padres a la escena del crimen. Aunque no sea víctima de la ley, aun así soy víctima del chismorreo del pueblito, una víctima de las brillantes e intermitentes luces azules, el desprecio susurrado, las cabezas que se sacuden en desaprobación. Y, vaya, me siento como una víctima, porque no sólo mi madre está en casa, sino que de hecho se encuentra de pie en el pórtico con los brazos cruzados, esperando. El oficial Downing abre la puerta trasera del carro policial de bajo presupuesto que huele a vinilo, sudor y humillación. Bajo del auto y me pasa la mochila que Rachel fue tan amable de sacar cuando dejamos a Rayna en casa de Galen, asimismo también fue tan amable de no matarme por presentarme en su casa acompañada de un policía. ―Descanse un poco, jovencita. ―dice el oficial Downing―. Probablemente amanezca adolorida, por lo general toma un día o dos sentir los efectos de un accidente. ―Gracias por traerme a casa, oficial Downing, aprecio mucho la ayuda, ―le digo mansamente. ―Es un verdadero placer, señorita McIntosh. Tenga usted una buena noche. — El oficial saluda a mi madre con la mano de forma mecánica, para luego meterse en el auto y echar la reversa. Arrastro los pies hacia el pórtico, entreteniéndome con la idea de correr en la otra dirección; pero, técnicamente no debería estar en problemas. No era mi auto y no fue a mí a quien multaron, a Samantha Forza sí. Y la fotografía en la licencia de

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conducir de Samantha Forza se parece mucho a Rayna. Le dijo al oficial Downing que había virado para evitar golpear un camello, lo cual el oficial interpretó graciosamente como un ciervo después que ella lo describiera como “animal peludo con cuatro patas y un cuerno”. Ya que nadie formaba una partida de búsqueda para encontrar un camello ni un unicornio, me imaginé que estaba fuera de peligro, pero por la expresión de mamá, parece que estoy a kilómetros de estar fuera de peligro. ―Hola, ―le digo cuando alcanzo las escaleras. ―Ya veremos eso ―dice, agarrándome el rostro y alumbrando mis ojos con un lápiz óptico. Yo lo aparto de un manotazo. ―¿En serio?, ¿De verdad estás revisando mis pupilas? ―Hal dijo que parecías como ida, ―dice, mientras acomoda el lápiz en el cuello de su bata médica. ―¿Hal? ¿Quién es Hal? ―Hal es el paramédico que te hizo firmar cuando rehusaste el tratamiento médico, se comunicó por radio al hospital después que te fuiste. ―Oh. Bueno, entonces Hal debió haber notado que acababa de tener un accidente y que esa debía ser la causa, no que estuviera drogada ―O sea que no era chismorreo de pueblito, sino chismorreo de alcance condado. El bueno de Hal probablemente transportaba centenares de pacientes para mamá en la sala de emergencias a dos ciudades de distancia. Hace una mueca. ―¿Por qué no me llamaste? Y ¿quién es Samantha? Suspiro y la paso de largo, no hay ninguna razón para tener esta conversación en el pórtico. Ella me sigue adentro. —Es la hermana de Galen, no te llamé porque mi celular no tenía señal, estábamos en un camino muerto. ―¿Dónde estaba Galen y por qué estaban conduciendo su auto?

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―Estaba en su casa, nosotras queríamos dar un paseo y él no quiso venir. ― Técnicamente todas mis declaraciones son verdad, por lo cual suenan bastante convincentes mientras las digo. Mamá resopla y asegura el pestillo de la puerta principal. ―Probablemente porque sabe que su hermana es un peligro tras el volante. ―Probablemente. ―Camino a zancadas hasta la cocina y coloco mi mochila en la encimera. Después de tomar una botella de agua del refrigerador, me siento a la mesa para desatar mis zapatillas deportivas. Acerca una silla a mi lado. ―¿No estás herida? Hal dijo que te golpeaste la cabeza, me preocupé. ―Sí me la golpeé, contra la bolsa de aire. Pero estoy bien, ni siquiera mareada. El tono de mamá cambia de preocupación maternal a tono profesional. ―Así que... ¿Quieres contarme lo que realmente ocurrió? Porque no me trago la chorrada de “decidimos dar un paseo en un BMW hasta un camino de terracería”, ¿un ciervo? debes estar bromeando, ¿no es así? Detesto cuando hace esto, el jueguito del policía bueno, policía malo. No entiende que se supone que debe elegir uno, no ambos. ―Hablaré si tú hablas, ―le digo impregnándome de madurez. Estoy cansada de su doble moral, ella puede tener sus secretos, pero yo no. Además estoy cansada, punto. Necesito dormir, lo que significa que necesito respuestas. ―¿Qué quieres decir? ¿Decirte que? ―Te diré lo que realmente estábamos haciendo allí, después que me digas quiénes son mis verdaderos padres. ―Listo, lo abrí; una gigantesca lata de gusanos serpenteantes. Ella se ríe, justo como pensé que haría. ―¿Hablas en serio? Asiento ―Sé que soy adoptada, quiero saber cómo, porqué y cuando.

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Ríe de nuevo, pero hay algo falso en su risa, como si no fuera su primera reacción. ―¿Así que de eso se trata todo esto? ¿Te estás revelando porque piensas que eres adoptada? ¿Por qué diantres pensarías eso? Pliego las manos sobre la mesa. ―Mírame, ambas sabemos que soy diferente. No luzco como tú o como papá. ―Eso no es cierto, tienes mi mentón y mi boca, además de la incriminante nariz McIntosh. ―¿Qué hay de mi cabello y mi piel? ―¿Qué hay con ellos? ―Oh, olvídalo ―le digo agitando la mano. Me levanto para marcharme, ella no va a ceder, tal como pensé―. No me siento de ánimos para que se rían de mí. Voy a ducharme y luego a acostarme. Me agarra por el brazo —¿Que quieres decir con reírse de ti? ¿Por qué me reiría? ¿Aparte del hecho de que ya se ha reído dos veces en esta conversación? Alzo la ceja con escepticismo, pero me vuelvo a sentar. Tras una profunda respiración, le digo con brusquedad. ―Porque es exactamente lo que haces cada vez que intento hablarte. Parpadea. ―¿Cuándo has intentado siquiera hablar conmigo? —dice tranquilamente. Mm, tiene un buen punto. Cuando lo pone de esa manera, realmente no suena justo de mi parte. Abro y cierro la boca un par de veces ¿qué se supone que responda?, —¿Cuando tenía cuatro? —después de todo, es la razón por la que no hablo con ella, ¿verdad?―Cuando esos peces me salvaron… Levanta las manos, sobresaltándome. ―Por el amor de Dios, pensé que deseabas tener una conversación real, Emma. ¿Vas a sacar eso a colación? Tan sólo tenías cuatro años, ¿cómo podrías recordar algo así? ―No lo sé, simplemente lo recuerdo. Recuerdo que esos peces me salvaron, recuerdo que te reíste de mi cuando intenté decírtelo; pero papá no se burló, él me creyó.

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Suspira. ―Mira, sé que extrañas a papá, pero ¿qué diantres tiene eso que ver con ser adoptada? Me pongo de pie violentamente, casi tumbando la silla. ―Tan sólo olvídalo ¿ok? Eres mi mamá real y papá es mi papá verdadero. Y Ra… Samantha viró para esquivar un ciervo. Listo, ahora la vida puede continuar, me voy a dormir. —Azoto los pies por la escalera y empiezo a desvestirme en el camino. Esta es una de esas ocasiones en que un baño caliente me haría reencarnar en la Emma amable, pero estoy condenada al agua tibia por el resto de mi maldita vida. Muy en el fondo, sé que estoy exagerando. Debería seguir dialogando con ella, haciéndole preguntas; pero de alguna forma siempre soy yo la que termina acalorándose en vez de ella. De alguna forma, es súbitamente mi culpa el que no tengamos una buena relación. Retiro la cortina del baño y entro en el agua humeante, se siente como si me estuviera bañando en saliva. Echo champú en mi mano y frotó hasta hacer un montón de espuma. Me quedo rígida al oír la voz de mamá al otro lado de la cortina. ―Tienes razón, papá sí te creyó ―dice ella sin emoción―, pero ese hombre creía cualquier cosa que le dijeras. Emma, ese día estabas tan perturbada y emocional. Por supuesto que creerías que fue real, estoy segura que pareció muy real para ti. Siento mucho haberme reído, no sé si alguna vez te lo he dicho, pero en verdad lo siento. No me di cuenta que te lastimé. Mi labio tiembla. No puedo decir nada, seria sencillo decirle que está bien y aceptar su disculpa; pero me he regodeado tanto en esta amargura que simplemente no puedo dejarla pasar, aún no, así que no lo hago. Ella no dice nada más y nunca la escucho marcharse. Cuando salgo de la ducha, mi certificado de nacimiento está encima del inodoro, junto con algunas fotos de bebé que nunca había visto, una foto de papá posando para la cámara mientras corta el cordón umbilical; otra de mamá con horas de labor de parto grabadas en el rostro, pero sonriente mientras acuna un bebé tan

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pálido que casi puede verse a través de su piel y con un manojo de pelo blanco con costras de sangre… yo. ¿Podría ser un montaje? ¿El certificado de nacimiento falsificado? Y si así fuera ¿Por qué? No tiene ningún sentido, pero eso podría tener mucho que ver con lo cansada que me encuentro. Tal vez en la mañana pueda observar estas fotografías con otros ojos, de hecho hasta le llevaré el certificado a Rachel para que me diga si es real. Satisfecha con mi plan, me envuelvo una toalla en la cabeza, tipo genio y otra en el cuerpo. Abro la puerta del baño y casi se me sale el alma cuando veo a Galen sentado en mi cama. Realmente debo empezar a asegurar las puertas de mi balcón. Luce enojado y feliz al mismo tiempo. Tan sólo han pasado 24 horas desde la última vez que lo vi, pero aunque esté soñolienta y malhumorada, me emociona que haya regresado. ―Creo que tu papá era mestizo ―dice mientras arruga la frente―. Y nunca le dije a Rayna que le enseñaría a conducir.

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LA NOCHE DEL VIERNES por fin está aquí. Galen efectúa el giro en el camino hacia la casa de Emma, chequeando mentalmente la lista de cosas que debe hacer y decir para la cita de esta noche. Está determinado a mantener a Emma con la mente ocupada toda la noche, necesita una distracción más que él. Ha estado acosándole con preguntas acerca de su padre, Galen le dijo todo lo que los Archivos dijeron. Ella le había mostrado el certificado de nacimiento—el cual Rachel había confirmado que o era auténtico o la mejor falsificación que había visto—y las fotos de bebé. Todo eso sólo confirmaba lo que ya había concluido: el padre de Emma era descendiente de los mestizos. Tenía cabello rubio y piel clara, además usaba lentes de contacto; Emma juraba que no eran de color, pero Galen estaba seguro que sí, tenían que serlo. También había otras coincidencias; su padre adoraba el océano, adoraba los mariscos y además le creyó a Emma cuando le habló de aquel pez gato que la salvó. ¿Por qué habría de creerle, a menos que conociera su verdadera naturaleza? Y era médico, así pues tenía que haber sabido acerca de sus anormalidades físicas. ¿Cómo no iba a ser un mestizo? Sin embargo, Emma refutaba todos los razonamientos de Galen, basada en el hecho de que no “se sentía correcto”. Hablando de cosas que no se sienten correctas… Detiene su nueva todoterreno en la entrada, la emoción chapotea en su estómago como marea alta. Mientras sale del auto nota lo mucho que le gusta deslizarse en vez de tener que casi ponerse de pie al bajar de la pequeña trampa mortal que era su convertible. Casi se alegra que Rayna liara el auto rojo contra el árbol; excepto por el hecho de que Emma o ella podrían haber

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resultado heridas. Sacude la cabeza mientras la grava del sendero cruje bajo sus botas Timberland. Aun por encima del sonido, escucha el sordo retumbar de su corazón. ¿Va más rápido de lo normal? Nunca había reparado en eso, así que no puede asegurarlo. Sacudiéndoselo como paranoia, golpea la puerta y une las manos frente a él. No debería estar haciendo esto, está mal, ella aún podría pertenecer a Grom. Pero cuando Emma abre la puerta, todo parece volver a estar bien. Su pequeño vestido púrpura hace que el violeta de sus ojos resalte ante él. ―Lo siento ―dice ella―. Mamá se puso como una fiera cuando vio que intentaba salir en vaqueros, supongo que es de la vieja escuela. Ya sabes, “Debéis ataviaros en vestido cuando vais al cine” dice la mujer que no tiene ningún vestido en su guardarropa. ―Pues me hizo un favor, ―dice mientras mete las manos en los bolsillos. Más bien me hizo estar en deuda. *** Luego de comprar las entradas, Emma lo hace detenerse en la fila de los comestibles. ―Galen, ¿te importaría? ―dice, dibujando con el dedo un circulo distrayente sobre su brazo, lo que envía fuego a prácticamente todo su interior. Reconoce la picardía en sus ojos, pero no sabe con certeza que tipo de juego está jugando. ―Compra todo lo que quieras, Emma ―le dice. Con una sonrisa recatada, ordena el equivalente a 75 dólares en golosinas, sodas y palomitas. A juzgar por la expresión del cajero, 75 dólares debe ser bastante. Si el juego de Emma consiste en gastar todo su dinero, va a estar muy decepcionada. Trajo bastante efectivo como para comprar cinco brazadas más de esta comida chatarra. Ayuda a Emma a llevar dos vasos de soda, dos botes de palomitas y cuatro cajas de golosinas hasta la última fila de una sala que ya está medio llena.

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Una vez en sus sillas, Emma rasga una caja y vacía el contenido en su mano. ―Mira, labios de caramelo, aquí tengo tus favoritos... ¡Lemonheads! 6 ― ¿Labios de Caramelo? Que diab… Antes que Galen pueda alejarse, ella empuja tres Lemonheads en su boca. Su atragantamiento provoca en ella una risita malvada, luego inserta un popote en uno de los vasos de soda y se lo pasa. ―Será mejor que bebas esto ― le susurra―, para quitarte el ácido del dulce. Debió haber sido más astuto, porque la bebida está tan llena de burbujas que le rebosa la boca hasta llegarle a la nariz; tan sólo el orgullo le impide toser, el orgullo y el Lemonhead que tiene alojado en la garganta. Varias bocanadas de soda después, logra bajarlo. Después de unos minutos, una muestra de palomitas grasosas y el resto de la soda, las luces se atenúan finalmente; lo que da a Galen un respiro. Mientras Emma está absorta en lo que llama “estúpidos avances”, Galen se excusa un momento para ir al baño a vomitar, Emma gana esta ronda. Cuando regresa a su silla, Emma se ha ido y dejado atrás su arsenal de comida. No importa, ya comenzó la guerra. Debido a que sus ojos tan sólo se ajustan a la oscuridad en el agua, tiene que guiarse por sus hormigueos para encontrarla; está sentada algunas filas abajo, en la parte opuesta de la sala. Se adueña de la silla vacía a su lado y le dirige una mirada de perplejidad; la pantalla brilla lo suficiente para verla rodar los ojos. —Nos sentamos en frente de un montón de niños —susurra—. Hablaban demasiado. Suspira y se revuelve en su silla para ponerse cómodo… va a ser una noche muy larga. Ver a humanos jugando a fingir durante dos horas no es algo que le haga agitar la cola; pero puede notar que Emma se está poniendo inquieta, igual que él. Justo después de cabecear, se oye un ruido fuerte desde la pantalla. Emma se cuelga de su brazo como si estuviera colgando de un precipicio, clava su cara en su bíceps y gime, —¿Ya terminó? –susurra. 6

Marca de dulces acidulados.

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—¿La película? —No, la escena donde esa cosa saltó sobre la chica, ¿ya terminó? Galen suelta una risita y se suelta del agarre, para luego abrazarla. —No, definitivamente deberías quedarte aquí hasta que te diga que ha terminado. Emma levanta la cabeza como látigo, pero hay casi una sonrisa formada en sus ojos. —Puede que te tome la palabra aunque estemos en una cita falsa. Odio las películas de terror. —¿Por qué no me lo dijiste? Todos en la escuela prácticamente salivaban por esta película. La mujer de al lado se inclina. —¡Shhh! —les susurra-grita. Emma se acomoda en la curva de su brazo y oculta el rostro en su pecho, a donde vuelve frecuentemente conforme la película avanza. Galen admite para sí mismo que los humanos pueden hacer que todo parezca muy real, pero aun así no logra entender cómo puede Emma asustarse tanto cuando sabe de antemano que son sólo actores a quienes se les ha pagado por gritar como langostas en agua hirviendo. Sin embargo, ¿quién es él para quejarse? Su actuación convincente mantiene a Emma en sus brazos por casi dos horas completas Cuando la película acaba, Galen trae el auto hasta el bordillo y abre la puerta para ella, justo como Rachel le instruyó. Emma acepta su mano para ayudarla a entrar. —¿Cómo deberíamos llamar a nuestro nuevo jueguito? —dice él, camino a casa. —¿Juego? —Ya sabes; “Comete estos Lemonheads, ¡labios de caramelo!” —Ah, claro —se ríe—. Que tal… ¿el atragantado? —Suena apropiado. Te das cuenta que ahora es tu turno, ¿verdad? Estaba pensando en hacerte comer un cangrejo vivo.

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Ella se apoya contra él, que casi se sale del camino cuando sus labios rozan su oreja. —Y ¿dónde conseguirías un cangrejo vivo? Todo lo que tengo que hacer es meter la cabeza en el agua y decirles que se esfumen. Galen se ríe abiertamente, Emma ha estado sintiéndose más a gusto con su don. Ayer, envió algunos delfines a perseguirlo y el día anterior hizo que toda forma de vida del área se escondiera cuando un bote de pesca pasaba por encima. Se detienen en la entrada de ella y él apaga el auto. Parece como si todas las fuerzas del universo lo empujaran hacia ella; igual a un imán. O tal vez todas las fuerzas del universo la jalan hacia él. Precisamente como dijo Toraf; sea como sea, Galen se está cansando de luchar contra ellas. Algo tiene que ceder, y necesita suceder pronto. Abre la puerta del auto, pero ella lo detiene, colocando su mano sobre la de él. ―No tienes que acompañarme a la puerta —dice—. Mamá no está en casa, así que no necesitamos dar un espectáculo, ¿cierto? Gracias por la película, te veré mañana. Y eso es todo. Emma sale del vehículo, camina hacia la puerta principal, y entra. Luego de unos cuantos segundos, las luces de su pórtico se apagan. Galen echa reversa y cuando da la vuelta en el camino principal, su sentimiento de vacío no tiene nada que ver con haber perdido el juego del atragantado. *** Por el rabillo del ojo, observa a Emma mirar la gran bolsa rosa de regalo sobre el mesón de la cocina. Sabe que es cruel jugar con su mente curiosa, pero no puede evitarlo. Ella aún se encuentra en el segundo problema de su tarea de cálculo; ha estado en el segundo problema por casi una hora. Pone mala cara y azota el lápiz en la encimera. ―Detesto hacer la tarea en sábado —dice—. Esto es todo tu culpa, debes dejar de faltar a la escuela; así no me sentiría obligada a ser productiva mientras tú te pones al día. ―Le arrebata el lápiz de la mano y lo arroja a través de la cocina, casi golpeando a Rachel, cerca del refrigerador. Rachel les dirige una mirada de perplejidad, pero sigue limpiando. Galen sonríe. ―Podríamos sólo relajarnos, si quieres.

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Emma levanta una ceja hacia Rachel, pero ella encoge los hombros en señal de inocencia. ―No, no, no me mires así, yo no le enseñé eso. ―Lo aprendí todo por mi cuenta, ―dice mientras recoge su lápiz del suelo. ―Imagínate, ―Emma se burla. ―Auu, no me odies, nena. ―Ok, no toleraré eso de “nena”. Y tampoco me llames “enana”. –dice Emma. Galen se ríe. ―Esa era la siguiente. ―Sin duda. Ahora bien, ¿acaso alguien te explicó cómo te relajas? Galen se encoje de hombros ―Hasta donde sé “relajarse” es el equivalente a estar en coma, sólo que despierto. ―Eso es casi correcto. ―Sí, no suena muy atractivo. ¿Son todos los humanos así de perezosos? ―No se pase, Alteza. ―dice sonriendo ―Si yo soy “Alteza”, tú eres “nena”. Punto. Emma gruñe, pero no suena tan feroz como quiere, de hecho suena adorable. ―¡Dios! Tampoco te llamaré Majestad, pero tú jamás en la vida volverás a llamarme “nena”. La sonrisa se siente como si le llegara a la altura de las orejas mientras asiente ―¿Acabo… acabo de ganar una discusión? Ella rueda los ojos. ―No seas estúpido, empatamos. Galen suelta una carcajada. ―Si dices que he ganado, te dejaré abrir tu regalo. Ella echa una mirada a la bolsa de regalo y se muerde el labio; también adorable. Vuelve a mirar a Galen. ―Tal vez no me importa el regalo. ―Oh, definitivamente te importa. ―contesta con confianza. ―No, definitivamente NO, ―exclama y cruza los brazos.

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.Galen se pasa una mano por el pelo; si ella se lo sigue poniendo difícil, va a tener que decirle hacia donde van. Le muestra su encogimiento de hombros más despreocupado. ―Eso lo cambia todo, simplemente pensé que ya que te interesa tanto la historia…en fin, olvídalo, ya no te molestaré más. —Se pone de pie y se acerca a la bolsa, pasa el dedo sobre el papel con diseño de puntos con el que Rachel lo engalanó. ―Aunque diga que ganaste, será una mentira y lo sabes. ―Emma resopla. Galen no picará el anzuelo, no hoy. ―Bien, es una mentira. Sólo quiero oírte decirlo. Con expresión de sorpresa y sospecha por partes iguales, lo dice. Y suena tan dulce cuando sale por esos labios. ―Ganaste. Se siente un poco mareado al caminar para acercarle la bolsa de regalo, como si fuera él quien estuviera recibiéndolo. De alguna manera, así es. Cuando pasó por aquel naufragio mientras volvía de la Cueva de las Memorias, supo que tenía que llevarla allí. ―Toma, ve a cambiarte. No necesitarás la máscara ni las aletas, pero quiero que te pongas el traje; está diseñado para retener el calor corporal, puede mantener vivo a un humano en temperaturas heladas por algunas horas. Deberás sentirte linda y calentita en él. Ella echa un vistazo dentro de la bolsa. ―¿Un traje de buceo? ¿Por qué iba a necesitar uno? Galen rueda los ojos. ―Ve a cambiarte. Cuando emerge del baño, Galen casi se cae de su asiento. El traje abraza cada curva de su cuerpo, lo único que no le gusta de esta visión es que Emma tiene el ceño fruncido. ―Me veo como una foca en esta cosa. ―dice apuntando a la capucha. Galen sonríe. —Déjatela puesta, si estás lo suficientemente cálida cuando lleguemos allí, te dejaré quitártela, lo prometo. Asiente con impaciencia. ―Será mejor que esto sea bueno. ***

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Para preservar el aire de Emma, se quedan sobre la superficie. Ocasionalmente él se sumerge para revisar su localización. En esta última ocasión, Galen sonríe ampliamente. ―Llegamos. Emma sonríe. ―Al fin, por un momento pensé que íbamos a Europa. ―Antes de que nos sumerjamos, ¿Estás bien?, ¿tienes frío? Ella sacude la cabeza. ―No, para nada, de hecho estoy acalorada, esta cosa funciona de verdad. ―Que bien. Respira profundo, ¿ok? El doctor Milligan me dijo que bajáramos despacio para asegurarnos que tu cuerpo puede soportarlo. Si sientes que te aprieta el pecho o cualquier otra incomodidad, necesito que me lo digas inmediatamente, vamos a bajar a una profundidad mayor que diez edificios Empire State. Asiente, con los ojos muy abiertos. Sus mejillas se iluminan con la emoción o el calor del que se quejaba. Galen sonríe al rodearle la cintura con los brazos. Conforme descienden, le habla a los peces curiosos que revoloteaban en las cercanías, pero entre más bajan se divisan menos y menos peces, hasta el nivel en que Galen estaría sorprendido si ven alguno que no brille. ―Y... ¿Cómo conociste al Doctor Milligan? ―dice, casi como un pensamiento aislado. ―Le salvé la vida. Bueno, nos salvamos la vida mutuamente. Emma descansa la cabeza contra su mentón ― Y lo dice el chico que odia a los humanos. ―No odio a los humanos, —Al menos ya no. Luego de algunos minutos, se rebulle entre sus brazos. ―¿Y bien? —le dice. La voltea para verle la cara. ―¿Y bien qué? ―¿Vas a contarme cómo salvaste la vida del Doctor Milligan? ―Eres realmente la persona más curiosa que conozco, eso me preocupa. ―Debería.

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Él se ríe entre dientes y cuando ella arquea una ceja de terquedad, suspira. ―Toraf, Rayna y yo estábamos jugando en un arrecife de la Tierra Puente… eh, México es como ustedes lo llaman. Teníamos casi diez años, creo. Como sea, el Doctor Milligan estaba buceando con dos de sus amigos al otro lado. Tuvimos cuidado de mantenernos apartados de ellos, pero el Doctor Milligan se extravió del grupo y lo encontré de nuestro lado, tirado en el fondo y agarrándose una pierna debido a un calambre. Me di cuenta que estaba a punto de perder el sentido, así que lo llevé hasta la superficie, sus amigos nos vieron y lo subieron al bote. Vieron mi cola, en ese entonces aún no era muy bueno en cambiar a forma humana o mimética. Intentaron subirme al bote. Emma da un grito ahogado y Galen le muestra una sonrisa torcida. ―No tendrás pesadillas por esto ¿cierto? Ya sabes cómo termina. Los chicos buenos escapan. Ella le da un pellizco. ―Sigue con la historia. ―El Doctor Milligan puso el motor del bote a toda velocidad, ellos perdieron el equilibrio y me dejaron caer. Fin. ―¡Noooo! No puede ser el fin. ¿Cómo volvieron a encontrarse? Fue antes de que conocieras a Rachel ¿no es así? Asiente. ―No volví a verlo hasta un año después, seguí volviendo al arrecife porque pensé que él también lo haría, y un día lo hizo. ―¿Qué pasó con sus amigos? ¿Alguna vez trataron de encontrarte de nuevo? Galen se ríe. —Aún lo intentan, pero ya no son sus amigos. ―¿No te preocupa que le dijeran a alguien sobre ti? Se encoge de hombros― Nadie les cree, el Doctor Milligan negó todo el asunto ante las autoridades humanas. Es su palabra contra la de ellos. ―Mmm… ―dice Emma, pensativa. Pasan los siguientes minutos en silencio y justo cuando Galen piensa que no puede soportarlo más, ella habla de nuevo.

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―Definitivamente ya no tengo calor ―dice Emma. Galen se detiene―. No ―exclama rápidamente―. Se siente bien, continúa. Ella le diría cualquier cosa en este punto para ver la sorpresa, y él le dará el beneficio de la duda; la verdad es que se siente emocionado de que este momento haya llegado. Cuando se acercan, la voltea una vez más. —Cierra los ojos, quiero que sea una sorpresa real. Ella se ríe ―¿Es que piensas que tengo alguna idea de dónde estamos? Por lo que sé, bien podríamos estar en el polo Norte, ni siquiera tengo sentido de la orientación cuando estoy en tierra firme. ―Bueno, es igual, cierra los ojos. Cuando obedece, Galen aumenta la velocidad, bordeando el fondo oceánico hasta que lo ve vislumbrarse delante de ellos. Le da la vuelta. ―Abre los ojos, Emma, ―le susurra. Sabe el momento exacto en que los abre, porque jadea. Sabía que lo reconocería. ―El Titanic ―exhala―. OhSantoCielo. La lleva hasta el casco. Ella extiende la mano para pasar los dedos por la baranda, tan famosa por las películas. ―Ten cuidado con el óxido. ―le advierte. ―Se ve tan solitario… igual que en las imágenes. Nada por encima de la baranda y sostiene su peso corporal para que ella pueda tocar la cubierta con los pies. La suciedad que levantan los rodea como una aparición. Emma ríe. ―¿No sería divertido dejar huellas frescas aquí? Apuesto que inventarían todo tipo de historias de fantasmas, aparecería en primera plana. ―Tan sólo incrementaría el tráfico por aquí, ya venden viajes al Titanic a turistas que pueden pagarlo. Ella suelta una risita. ―¿Qué? ―dice él, sonriendo.

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―Tengo una enorme jarra de vidrio en la parte trasera de mi closet. El año pasado, cuando lo estudiamos en la escuela, empecé a echar en ella todo el dinero que me sobraba, un ahorro para un tour de esos. Galen se ríe entre dientes y la levanta de la cubierta para seguir adelante. ―¿En qué vas a gastarlo ahora? ―Probablemente en un poco de ese chocolate que Rachel tiene por toda la casa, espero que tenga lo suficiente. Hacia cualquier lugar que ella desea ir, él la lleva; a la cubierta de babor, el ancla y la gigantesca propela. Galen los empuja hacia adentro para ver los cuarteles de mando, los dilapidados salones, las ventanas sin vidrios. ―Podemos ir a mayor profundidad si tus ojos se están acostumbrando. Emma asiente. ―Es como mirar las cosas a la luz de la luna en una noche clara, puedo ver casi todo si enfoco bien. ―Bien ―Alcanza un agujero en el piso del salón y señala hacia la oscuridad—. Ningún humano ha estado aquí desde que el barco se hundió, ¿te apuntas? Galen puede ver la duda en sus ojos. ―¿Qué? —pregunta―¿Te sientes mal? ¿Se te está acabando el aire? ¿Hay demasiada presión? —La sujeta con mayor fuerza, listo para salir disparado si ella dice sí a cualquiera de las preguntas. En vez de eso, ella sacude la cabeza y se muerde el labio. —No, no es eso, ―dice y se le quiebra la voz. Galen se detiene. ―Por el tridente de Tritón, Emma, ¿qué ocurre?, ¿estás… estás llorando? ―No puedo evitarlo, ¿Te das cuenta qué es esto? Es un ataúd de acero para más de 1500 personas; madres que se ahogaron junto a sus niños. La gente que caminó por estos pasillos quedó atrapada bajo ellos; comían en los platos que se encuentran rotos por todas partes. Alguien realmente se calzó con la bota que acabamos de pasar. Los miembros de la tripulación besaron a sus familias por última vez el día que la nave zarpó del puerto. Cuando lo estudiamos en la escuela, me sentí triste por todas

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aquellas personas, pero nunca lo sentí tan real como en este momento… Es descorazonador. Le acaricia la mejilla con el dorso de la mano, imaginándose la lágrima que estaría allí si no estuvieran a 32 kilómetros de la superficie. ―No debí haberte traído aquí, lo siento. Ella agarra su mano, pero no la aparta de sí. ―¿Estás bromeando?, esta es la mejor sorpresa que pudiste haber planeado, no puedo imaginarme algo que le gane a esto, en serio. ―Entonces, ¿Quieres entrar? O ya has visto suficiente. ―No, quiero seguir. Sólo sentí que debía reflexionar en lo que ocurrió aquí hace tantos años, ser una visitante respetuosa y no una turista descerebrada. Asiente. ―Exploraremos unos cuantos minutos más allá abajo, luego necesito llevarte hacia la superficie. Iremos subiendo despacio por si tus pulmones necesitan acostumbrarse, pero te prometo que volveré a traerte si lo deseas. Se ríe. ―Lo siento, pero creo que este es mi nuevo lugar favorito, la próxima vez bien podríamos empacar el almuerzo. Juntos, nadan hacia la profundidad. *** Un brillo cálido, proveniente de la casa, ilumina el pórtico. Él detiene el motor, luchando contra el impulso de retroceder de la entrada e irse a otro sitio, cualquier sitio, mientras vayan juntos. ―Mamá está en casa, ―dice Emma suavemente. Él sonríe. El cabello de ella aún está empapado por la ducha que se dio en su casa y la muda de ropa que lleva—vaqueros y una camiseta con diseño de mancha de pintura—está un poco arrugada por el tiempo que pasó apretujada en la maleta de viaje en el fondo del armario de Rachel. Este look tan cómodo resulta tan provocativo para él como el pequeño vestido púrpura que llevaba en su cita humana, está a punto de decírselo cuando ella abre la puerta.

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―Bueno, estoy segura que oyó el auto llegar, así que es mejor que entre, ― dice. Él se ríe, tratando de tragarse la decepción mientras caminan juntos hacia su puerta. Revuelve nerviosamente las llaves, como si tratara de decidir cuál abrirá el cerrojo. Ya que hay sólo tres llaves en el llavero—y dos de ellas son llaves de auto— Galen se deleita en el hecho de que ella está haciendo tiempo. Ella desea tanto como él que el día no termine. Emma levanta la mirada y sus ojos se encuentran. ―No tengo palabras para describir lo mucho que disfrute este día, el mejor de todos, lo juro por Dios. ―¿Sabes cuál fue mi parte favorita? —dice él, y se acerca un paso. ―¿Mmm? ―No peleamos, ni siquiera una vez. Odio pelear contigo. ―Yo también lo odio, parece una pérdida de tiempo cuando... Él se inclina imposiblemente cerca, y le sostiene la mirada. ―¿Cuando…? ―Cuando más bien podríamos estar disfrutando de nuestra mutua compañía — susurra―, pero probablemente no hayas disfrutado mucho de mi compañía en estos días, no he sido muy amable… Roza sus labios contra los de ella, cortando sus palabras. Son más suaves de lo que hubiera imaginado, y no es suficiente. Mueve su mano por el borde de su mandíbula, para enredarla en sus cabellos mojados y la aprieta contra sí. Ella se para de puntillas para encontrarse con él y cuando la levanta del suelo, ella le pasa los brazos alrededor del cuello. Tan hambrienta por él como él está por ella, abre la boca para un beso profundo y presiona sus suaves curvas contra él. Y Galen decide que no hay nada mejor que besar a Emma. Todo en ella parece haber sido hecho para él: la forma en que su boca se mueve junto a la suya en un ritmo perfecto; la forma en que ella peina su cabello con los dedos, lo que envía una corriente estimulante por su espina dorsal; la forma en que sus

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frescos labios encienden el fuego de todo su ser. Se acomoda en sus brazos como si cada curva llenara un lugar en su propio cuerpo… Ninguno de los dos se da cuenta cuando la puerta se abre, pero sus labios se separan cuando la madre de Emma se aclara la garganta. ―Ay perdón ―barbota su mamá―. Creí oír un auto que llegaba… Eh, bueno, entonces estaré dentro. ― Desaparece tras una puerta que ha sido prácticamente azotada. Galen sonríe abiertamente hacia Emma, que aún se encuentra entre sus brazos. La alegría que siente se quiebra cuando ve dolor en sus ojos. Ella se deshace de su agarre y retrocede. ―Todo este tiempo me preocupé de que tú no pudieras interpretar el papel, pero soy yo quien casi mete la pata. ―¿Meter la pata? —pregunta, alarmado por la forma en que sus hinchados labios están temblando. ¿Está a punto de llorar? —¿Hice algo malo? —susurra. Ella se aleja cuando intenta alcanzarla. Muestra una sonrisa forzada al decir, —No, fue perfecto. Ni siquiera la oí acercarse. Ahora no tendrá ninguna duda de que estamos saliendo, ¿verdad? El entendimiento lo golpea como una marejada. Emma piensa que la besé por aparentar ante su madre. ―Emma… ―Es decir… por un minuto, casi me convenciste que nosotros… en fin. Mejor entraré antes de que ella venga a checarnos de nuevo. ―¿Has perdido la cabeza? ―sisea alguien por detrás de los arbustos al lado del pórtico. Galen no necesita voltearse para saber que es Rayna; ella trota por las escaleras apuntándole a Galen con el dedo. Oh, no. Rayna pincha el pecho de Galen. ―Tienes muchas agallas, ¿lo sabes? Lo de seguirla por todo el planeta, fingiendo que era por el bien del reino, ¡Anguila babosa! La besaste, no puedo creer que la besaste. Emma le dirige una risa nerviosa. ―Ya sabias que lo iba a hacer, Rayna. Te lo dijimos, ¿recuerdas?

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Rayna le muestra una mueca horrorizada. —Oooooh, no. Se supone que iba a fingir que te besaba, y ese beso fue real. Confía en mí, Emma, lo he conocido por mucho más tiempo que tú. ―Tal vez deberíamos llevar este asunto a la playa. —dice Emma y mira la puerta frontal. Rayna asiente, pero Galen sacude la cabeza. —No, Emma es mejor que entres. Rayna y yo podemos hablar de esto camino a casa. ―No-no. De ninguna forma, Galen. Le vas a contar la verdad. ―Si Rayna sigue alzando la voz, la mamá de Emma los oirá. Galen agarra el brazo de Rayna y la saca del pórtico, pero cuando ella empieza a resistirse, se la echa sobre el hombro. ―¡Emma! ―grita Rayna, retorciéndose como pez en el anzuelo—. Debes oír esto, ¡dile, Galen!, ¡dile porque no deberías besarla en absoluto! Emma camina hacia el borde del pórtico y se inclina sobre él. ―Ya sé que soy de la casa Poseidón, Rayna. No lo contaré si tú no lo haces. ―dice ella, sonriéndole a Galen. ―Deja de ser tonta, Emma —grita Rayna, mientras voltean por la esquina de la casa y desaparecen de vista—. Se supone que emparejarás con Grom, ¡se supone que Galen te llevará a Grom! Galen se detiene, es demasiado tarde. Ha dicho demasiado, la conversación pudo haberse evitado, pero ahora es demasiado tarde. Baja a su hermana, ella no lo mira, mantiene los ojos enfocados tras ellos. ―¿Creíste que no lo notaría? —Rayna no levanta la mirada. Una lágrima brilla a la luz de la luna mientras baja por su mejilla—. ¿La forma en que los peces la siguen? ¿Pensaste que era tan estúpida que no me iba a dar cuenta del porqué la buscamos por toda la Gran Tierra, y luego nos quedamos con ella una vez que averiguaste que era mestiza? Lo que hiciste no es correcto, ella le pertenece a Grom. La decisión de procrear o no con ella es de él, y tampoco es justo para Emma. Tú le gustas, en la forma en que debería gustarle Grom.

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Es un sentimiento agridulce, su propia hermana acababa de arruinarle la mejor noche de su vida y posiblemente la oportunidad de obtener lo que deseaba, pero lo hizo por respeto hacia Grom y hacia Emma, ¿cómo podría estar enojado con ella? Galen escucha la puerta frontal abrirse y Rayna se paraliza. ―¿Qué está ocurriendo aquí? —dice la señora McIntosh. ―Oh, um. Nada, mamá. Simplemente estamos hablando, eso es todo. ―excusa Emma desde la esquina de la casa. Galen se pregunta por cuánto tiempo Emma ha estado allí, observándole la espalda, escuchando a Rayna acusarle de toda clase de cosas desagradables y verdaderas. ―Escuché gritos, —dice su madre de cierta forma no-disparatada. ―Lo siento, haré menos ruido ―Emma se aclara la garganta―. Galen y yo vamos a dar un paseo en la playa. ―No vayan muy lejos ―contesta su madre―. Y no me hagas irte a buscar. ―Mamá, ―Emma se queja mientras se cierra la puerta. Rayna se relaja visiblemente al oír el pestillo de la puerta puesto en su sitio. Emma los empuja al pasar en medio de los dos, y se dirige hacia las dunas de arena detrás de su casa. Intercambiando miradas, Galen y Rayna la siguen. Al borde del agua la luna parece brillar sobre ellos como un reflector de teatro. Es como si el universo de alguna manera supiera que esta noche sería esclarecedora. Emma voltea y los encara, su expresión dolida. Mira a Rayna. ―Escúpelo. ―Acabo de hacerlo ―dice Rayna―, acabo de decir todo lo que sé. ―Se abraza a si misma, como si se estuviera congelando. ―¿Por qué se supone que empareje con Grom? Soy de la casa Poseidón, soy enemiga de Grom. Rayna abre la boca, pero Galen la detiene. ―Espera, yo le diré ―Su hermana se queda mirándolo dubitativa, él suspira―. Puedes quedarte si lo deseas, en caso que me salte algún detalle.

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Ella levanta el mentón y asiente una vez, lista para que comience. Galen voltea hacia Emma. ―¿Recuerdas cuando te dije que Grom iba a emparejar con Nalia, pero que ella murió? Emma asiente. ―En la explosión de la mina. ―Correcto, se suponía que estarían juntos porque eran la tercera generación de primogénitos de cada casa. Como sea, la razón por la que debían casarse era para perpetuar los dones de los Generales, para asegurarse que los dones… ―Sé exactamente qué significa perpetuar, ―dice―. Continúa. Galen mete las manos en sus bolsillos para evitar extenderlas hacia ella. —Te dije que el rey Antonis se rehusó a engendrar otra heredera tras la muerte de Nalia; y sin una heredera con la que Grom empareje, los dones podrían desaparecer. Al menos eso es lo que la ley dice. Cuando el doctor Milligan me habló acerca de ti, cuando te vi, supe que tenías que ser una descendiente directa de Poseidón. Así que yo… Ella levanta la mano. ―Detente allí mismo, tal como dijiste antes, sé cómo termina la historia ¿no es así? ―No trata de limpiar las lágrimas que corren por su rostro, se ríe; un sonido filoso lleno de veneno―. Lo sabía ―susurra―, muy en el fondo sabía que tenías un motivo oculto para estar aquí. Que no estabas intentando ayudarme debido a la gentileza de tu corazón. ¡Dios!, realmente me creí el cuento, ¿verdad? No, te creí a ti. Lección aprendida, ¿no? ―Emma, espera… ―Intenta alcanzarla, pero ella retrocede. —No, no me toques, no te atrevas a volver a tocarme. ―Continua caminando en reversa, como si él fuera a atacarla o algo parecido. Sus entrañas se retuercen. Galen y Rayna observan a Emma desaparecer entre las dunas frente a su casa, dando pasos agigantados como si estuviera yendo tarde a algún lado. ―La has herido. —dice Rayna suavemente. ―Y tú no ayudaste… ―No hice nada incorrecto.

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Suspira. ―Lo sé. ―Me agrada Emma. ―A mí también. ―¡Mentiroso! La amas, ese beso era real. ―Sí, era real. ―¡Lo sabía!, entonces ¿qué vas a hacer ahora? ―No lo sé —dice, observando la luz que se enciende en la habitación de Emma, en el tercer piso. Se rasca la nuca―. De cierta forma, me alegro que lo sepa. No me gustaba esconderlo, pero probablemente ella no iba a cooperar si le decía la verdad. Rayna resopla. ―¿Tú crees? ―Se acomoda un corto mechón detrás de la oreja―. Además, todo resultó muuuuucho mejor ahora debido a que le ocultaste la verdad. ―De todas formas, ¿qué estás haciendo aquí? Encoge los hombros. ―Puede que recuerdes que enviaste a mi pareja en alguna clase de misión secreta, así que estaba aburrida. ―Me alegra saber que te hemos entretenido. ―Mira, simplemente quería ver la casa de Emma, tal vez conocer a su mamá; hacer cosas de chicas. No vine aquí a arruinar tu vida. —Su voz está temblando. La rodea con el brazo. ―No llores de nuevo. Ven, te llevaré a casa. —dice tranquilamente. Rayna se limpia la nariz y entonces se aleja de espaldas, igual que Emma acaba de hacer, sólo que ella se mueve hacia el agua. ―Conozco el camino a casa, ―dice ella, antes de darse la vuelta y zambullirse. *** Tan sólo van en el segundo período de clases y ya toda la escuela sabe que Emma terminó con él. Hasta ahora, ha reunido ocho números telefónicos, un beso en

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la mejilla y un pellizco en la parte trasera de sus vaqueros. Sus intentos de hablar con Emma entre clases se han malogrado por un huracán de jovencitas que parecen tener como única meta el mantenerlo separado de su exnovia. Cuando suena la campana del tercer periodo, Emma ya ha escogido un asiento donde habrá una barricada de estudiantes entre ellos. Durante toda la clase, ella presta atención como si el profesor estuviera dando instrucciones acerca de cómo sobrevivir a una catástrofe aniquiladora que ocurrirá en las próximas 24 horas. A mitad de la clase, recibe un mensaje de texto proveniente de un número que no reconoce: Si me lo permits, puedo hacert cosas q t hagan olvidarla. Tan pronto lo borra, otro aparece desde un número diferente: Llámame si kieres hablar, T trataré mejor q E. ¿Cómo consiguieron mi número? Devuelve su teléfono a su bolsillo y se inclina sobre su cuaderno protectoramente, como si fuera la única cosa que aún no ha sido invadida; pero entonces nota una escritura extraña que muestra el nombre de una chica llamada Shena, que encerró su nombre y número telefónico en un corazón. No arrojar el cuaderno al otro lado del salón requiere el mismo esfuerzo que no besar a Emma. A la hora del almuerzo, Emma bloquea de nuevo su acceso al sentarse entre varias personas en una gran mesa de picnic al aire libre. Él escoge la mesa que está exactamente en frente de ella, pero ella parece inconsciente de su presencia mientras absorbe la grasa de su pizza con una servilleta, hasta que tiene al menos quince servilletas naranjas frente a sí. No va a reconocer que la está mirando, esperando para agitar la mano apenas levante la mirada. Ignorando la explosión de mensajes de texto en su bolsillo vibratorio, abre el contenedor con el atún que Rachel le empacó. Lo apuñala violentamente con el tenedor y se lleva un gran trozo a la boca, masticándolo sin saborearlo. Mark, el de los dientes, le dice algo a Emma que al parecer es gracioso, porque se cubre la boca con una servilleta y ríe tontamente. Galen casi se lanza de su banca cuando Mark le retira un mechón de cabello de la cara. Ahora sabe lo que Rachel quería decir cuando le dijo

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que debía marcar su territorio rápidamente, pero… ¿qué puede hacer cuando su territorio se desmarca a sí mismo? Las noticias de su rompimiento se han esparcido como derrame de petróleo y parece que Emma está haciendo un gran esfuerzo para ayudarlo a esparcirse. Con el pulgar e índice, Galen parte por la mitad su tenedor plástico cuando ve a Emma limpiar gentilmente la boca de Mark con su servilleta y rueda los ojos cuando Mark “accidentalmente” consigue embarrarse gelatina en la comisura de los labios, la que Emma limpia también, sonriéndole como si estuviera atendiendo a un niño. No ayuda que la mesa de Galen esté llenándose con más y más de sus admiradoras, quienes le tocan, le sonríen sin ninguna razón, y lo distraen de su fantasía de romper la hermosa mandíbula de Mark; sin embargo eso solo le daría a Emma una razón genuina para asistir al idiota cuando realmente necesite la gelatina. Cuando no puede soportarlo más, Galen saca violentamente el teléfono de su bolsillo y marca. Entonces cuelga. Cuando le regresan la llamada, dice: ―Hola, labios de caramelo. —Las chicas en la mesa se callan unas a otras para oír mejor; algunas de ellas voltean inmediatamente la cabeza hacia Emma, para comprobar si ella está del otro lado de la línea. Satisfechas cuando ven que no, se acercan más. Rachel resopla ―Si tan sólo te gustaran los dulces. ―No puedo esperar a verte esta noche. Ponte esa falda rosa que tanto me gusta. Rachel se ríe. ―Suena que estás en lo que los humanos llamamos un lio. Ay, mi pobre y despampanante bomboncito, ¿Emma aún no te habla y te ha dejado solito con ese montón de chicas llenas de hormonas? ―¿Ocho treinta? Faltan demasiadas horas, ¿no puedo verte antes? En ese momento una de las chicas se levanta y se lleva su bandeja y su actitud hacia otra mesa, Galen trata de no emocionarse demasiado. ―¿Necesitas que vaya a recogerte, hijo? ¿Te sientes enfermo? Galen arroja una mirada hacia Emma, quien está levantando un pepperoni de su pizza y lo mira como si fuera excremento de delfín. ―No puedo volver a saltarme

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la escuela para que nos veamos, nena, pero estaré pensando en ti, en nadie más que en ti. Unas pocas chicas más se levantan y arrojan sus bandejas majestuosamente a la basura, la porrista en frente suyo rueda los ojos y empieza una conversación con la morena regordeta que está a su lado, la misma que empujó dentro de un casillero tan sólo dos horas atrás para poder acercarse a Galen. ―Tranquilízate corazón mío ―dice ella arrastrando las palabras―. Pero, de verdad no puedo entender tus señales, no sé qué me estás pidiendo que haga. ―Por ahora nada, pero podría cambiar de parecer acerca de saltarme las clases, en verdad te extraño. Rachel se aclara la garganta ―Ok, bomboncito, tan sólo dile a má y ella irá a recoger a su niñito de la escuela, ¿ok? Galen cuelga. ¿Porque Emma se está riendo de nuevo? Mark no puede ser tan

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gracioso. La chica de al lado le da una pista: ―Mark Baker; todas la chicas lo aman, claro que no tanto como te aman a ti, supongo que excepto Emma. ―Hablando de todas esas chicas. ¿Cómo consiguieron mi número? Ella suelta una risita. ―Está escrito en el baño de las chicas del corredor de las aulas 100. ―Sostiene su celular directamente en frente de su cara; la pantalla está iluminada con una foto de su número telefónico escrito en la puerta de uno de los cubículos. Es la escritura de Emma. *** Divide olas al atravesar el agua, su paso deja una estela blanca y espumosa. Se sumerge cuando ve un barco en el horizonte, se mueve con tanta fuerza que tal vez ni siquiera aparezca en el radar de pesca, si es que tiene alguno. Este es su segundo viaje de ida y vuelta a Europa esta semana, ya que mañana es viernes, probablemente lo haga de nuevo. Sin embargo, no importa lo lejos que


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viaje, ni lo rápido que lo haga, nada alivia su tensión y tampoco cambia el hecho de que Emma ya tiene una cita con alguien más. Galen siente la presencia de otros Syrena mientras avanza, pero no puede reconocerles y además, no está de humor para conversar; de hecho la soledad es más importante para él que las próximas cinco comidas. Tratar de navegar por los pasillos en la escuela ha sido como vadear la marea alta llevando botas de alpinista con rocas colgando de los hombros. Las hembras humanas han perdido la cabeza; lo han rodeado como olas, agarrándole, gritándose unas a otras, insultándose con palabras que Rachel luego le aclaró que significaban “aparearse con más de un macho”, un montón. Tan sólo mostraban unión cuando le impedían escapar hacia el baño de hombres o cuando intentaba dirigirse hacia el área donde estaba Emma. Pero no sólo está cansado de los humanos; sería desafortunado para cualquier Syrena obligarlo a tener una conversación en este punto. Además que cualquier transeúnte estaría inevitablemente curioso de saber qué trae a un miembro de la realeza tan lejos de las cavernas; y por ahora su posible y ruda respuesta a tal transeúnte no granjearía el apoyo para su hermano como nuevo rey, además que podría obligar a su padre a cortarle la lengua. Y arrastrarse a los pies de Emma sin lengua resultaría inconveniente. Aprieta los dientes y se mueve con mayor empuje, hendiendo el agua más rápido que un torpedo hecho por el hombre. Sólo cuando alcanza lo que los humanos conocen como el Canal de la Mancha aminora la velocidad y emerge al acercarse a una porción de tierra que le es conocida. Ni siquiera puede elevar media sonrisa por el nuevo record personal, de Nueva Jersey hasta la isla de Jersey en menos de cinco horas. Los más de 4800 kilómetros que ha puesto entre Emma y él no son nada comparados con el abismo que los separa cuando se sientan lado a lado en clase de cálculo. La habilidad de Emma para ignorar su existencia es un don—pero no uno heredado de Poseidón—Rachel insiste en que tal don es un rasgo exclusivamente femenino, sin importar la especie. Desde su rompimiento, Emma parece ser la única hembra que utiliza este don en particular, incluso Rayna podría aprender un par de cosas en el arte de torturar a un macho afligido. ¿Afligido? Más bien… exaltado.

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Galen sacude la cabeza con disgusto, ¿por qué no simplemente seleccioné cuando alcancé la mayoría de edad? ¿Por qué no pude encontrar una hembra adecuada y de buen temperamento para emparejar? ¿Vivir una vida tranquila, tener descendencia, envejecer y algún día ver a mis alevines tener más alevines? Rebusca en su mente el recuerdo de alguien a quien pudiera haber pasado por alto en el pasado; un rostro que no hubiera notado antes pero que ahora pudiera anhelar mirar todos los días; una hembra dócil que se sintiera honrada de emparejar con un príncipe de la casa Tritón—en vez de una Syrena temperamental que se burla de su título a cada oportunidad. Circula por su memoria en busca de una Syrena de temperamento dulce, que cuidara de él, que hiciera lo que él le pidiera y que no discutiera nunca. No un retal criado por humanos que azota el pie cada vez que no se sale con la suya, que lo escucha solamente cuando le conviene a cualquier oscuro propósito que tenga y que le atraganta con un manotada de mentas de chocolate cada vez que se descuida. Ningún pez ángel de pelo blanco que lo derrita con sus ojos hasta formar un charco, cuyo rubor es más hermoso que el amanecer y cuyos labios envían una explosión de fuego a su interior como una mina acuática. Galen suspira mientras el rostro de Emma eclipsa a centenares de Syrena dignas de emparejar. Esa es otra cualidad que tendré que añadir a la lista: alguien a quien no le importe ser la segunda mejor. Su mandíbula se tensa cuando divisa un centelleo de su propia sombra, proyectada por ondulantes rayos de luz lunar plateada. Debido a que son casi las tres de la mañana, se siente cómodo caminando por ahí sin el inconveniente del ropaje, pero sentarse desnudo en las rocas de la playa parece mucho menos que atractivo. Y no importa en cual litoral de los dos Jersey se siente, no puede escapar a la luna que los conecta a ambos… y que le recuerda al cabello de Emma. Suspendido en el agua somera, mira la luna con resentimiento, sabe que le recuerda otra cosa de la cual no puede escapar: su conciencia. Si tan sólo pudiera eludir sus responsabilidades, la lealtad a su familia, la lealtad a su gente. Si tan sólo pudiera cambiar todo acerca de si mismo; podría robarse a Emma y nunca mirar atrás—obviamente, si ella le vuelve a hablar.

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Cansado de flotar, cambia a forma humana y se queda de pie donde el agua le llega a la rodilla; entrecierra los ojos hacia el horizonte como si pudiera verla si se esfuerza el rato suficiente. Es hora de regresar. Aunque no ha percibido al acosador en frente de la casa de Emma durante toda la semana, aun lo pone nervioso dejarla sin vigilancia; pero merodear cerca de su balcón lo pone igual de incómodo. Mark la ha llamado tres veces esta semana, de acuerdo con las grabaciones que Rachel ha hecho de su línea telefónica; y no ha mencionado a Galen ni una vez. Mientras sacude la cabeza por ser un cachorro de foca romanticón, finalmente percibe a un Syrena que reconoce, Toraf. Galen lo espera por unos buenos diez minutos antes de que su amigo finalmente emerja. Dándole un puñetazo en el hombro, Toraf le dice: ―Así que decidiste mantenerte quieto por dos segundos, piscardo. Te he estado rastreando durante las últimas cinco horas, pero te movías demasiado rápido… ¿dónde estamos? ―Inglaterra. ―dice mientras sonríe; necesita una buena distracción y resulta que la distracción es uno de los muchos talentos de Toraf. Toraf encoge los hombros. ―Donde sea que sea eso. ―Así que… ―dice Galen cruzando los brazos― ¿Qué te trae por territorio Tritón esta hermosa mañana, ¿me extrañabas? Toraf levanta la vista hacia la luna y levanta una ceja, —Te iba a preguntar lo mismo. Galen se encoge de hombros, ―Es mucho más tranquilo aquí, sin todo aquel odioso ruido de fondo. ―Ay, ¡Sí me extrañabas! eso significa mucho, piscardo. Yo también te extrañé ―echa una mirada hacia la costa—. ¿Dónde está Emma? ¿Es que acaso no le gusta Eglanterra? ―In-gla-te-rra. Está en casa, probablemente durmiendo pacíficamente. No la has percibido, ¿o sí? ―Por medio segundo su pulso se altera. Se ha estado metiendo en

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el agua sin él, cada vez que se acerca lo suficiente para que lo perciba, se sale del agua. Lo que está perfectamente bien con él. ―Ups, ¿era mi turno de vigilar a Emma? creí que me habías dado un descanso porque me enviaste a buscar a Paca y todo eso. ―¿La encontraste? Toraf asiente. ―¿Y…? Toraf cruza los brazos y sonríe con suficiencia. —¿Estás seguro de querer saber? —Cuando Galen aprieta los puños, Toraf se ríe—, ok, ok, piscardo. Veo que estás de humor combativo, pero preferiría ahorrar mi energía para tu hermana. ―Te juro por... ―Tiene el don, Galen. En vez de elevarse, el pulso de Galen chisporrotea. —¿Paca tiene el don de Poseidón? ¿Estás seguro? Toraf asiente y dice: ―Lo vi yo mismo, puede comunicarse con los peces y demás criaturas marinas. Hacen lo que ella les diga, incluso hizo una demostración para mí, Grom y su padre, hizo que un delfín hiciera trucos para nosotros. ―¿Qué clase de trucos? Se encoge de hombros, ―Todo lo que ella quiera, supongo, después de unos cuantos, quedamos satisfechos; asombrados, de hecho. Galen cruza los brazos. ―¿Dónde ha estado todo este tiempo? ―En territorio Tritón, permanecía oculta en las costas de la Tierra Larga. Dijo que se escondió fuera del agua en caso de que el rey Antonis enviase rastreadores a buscarla. Sólo la encontré luego que se sumergió para esconderse de unos humanos que encontraron su campamento en la playa. Pareció feliz de verme.

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Los Syrena lo conocen como la Tierra Larga, los humanos lo conocen como Florida. Donde encontramos a Emma. Galen está empezando a pensar que Florida tiene alguna clase de poder especial para producir el don de Poseidón. —¿Qué dice Grom? ―Grom dice que espera que no te pierdas su ceremonia de emparejamiento; eso heriría sus sentimientos. ―¿Se va emparejar con Paca? ¿Estás seguro? ―No te habría seguido a través del planeta si no estuviera seguro. Galen ignora el revuelo de emoción en su interior. ―No es de la realeza. ―¿Y acaso Emma sí? ―Buen punto, —Si Grom está dispuesto a emparejar con Paca, que no es de la realeza, ¿estaría dispuesto también a emparejar con Emma? No importa, estúpido. Va a emparejarse con Paca. ―Como sea, la ceremonia será dentro de dos ciclos lunares. Grom desea mantenerlo en secreto por ahora, mientras piensa en una manera de decírselo a los demás. La única cosa que se le ocurre es que ella demuestre el don a una audiencia; de otra forma se manchará las manos de sangre. ―Esa es una buena idea, —Grom ya está pisando hielo delgado al tomar una pareja Poseidón contra los deseos de Antonis; sin embargo, debido a que Grom es primogénito de la tercera generación de la realeza Tritón, básicamente está invalidando la ley al casarse con Paca, quien es según las normas, una Syrena común. Lo cual no es justo, ya que la negativa del rey Antonis de producir más descendencia lo forzó a esta decisión. Sin embargo, ¿lo verían los reinos? ¿Lo verían como un esfuerzo abnegado por parte de Grom para mantener el beneficio de los dones? ¿O lo verían como un movimiento sediento de poder para dominar ambos reinos… especialmente dada la reputación conspiradora de Jagen? ―Él quiere que tú y Rayna se mantengan alejados hasta que anuncie la ceremonia. Le dije que tenías bastante con qué mantenerte ocupado hasta entonces. ―¿Que quieres decir?

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—¿Estás descerebrado como un coral, piscardo? ¡Ahora puedes tener a Emma! ¿Por qué estás desperdiciando tu tiempo aquí en Eglanterra?... ¿Galen?, Galen… ¡Espérame!

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25 Traducido por Martinafab y Azhreik

NO ESTOY segura si todos los Syrena tienen resistencia a prueba de balas o si Galen está especialmente bendecido con ella. Incluso ahora, cuando cierro el pestillo de la puerta delantera, mientras Mark tiene la puerta de su coche abierta para mí, Galen está bombardeando mi teléfono. Me deslizo en el asiento del pasajero de la camioneta y trato de organizar mi rostro en una expresión relejada convincente, a pesar de que mis entrañas se retuercen más rápido que un remolino. Pensé que Galen se había dado por vencido de intentar hablar conmigo. Quiero decir, ¿qué más hay para decir? Él jugó conmigo como con una Xbox. Una escoba y un recogedor no podrían limpiar todas las piezas de mi corazón que hizo añicos. He sido tan estúpida, pero ya no más. Mantener la distancia en la escuela no ha sido fácil, pero lo he conseguido. Y cuando lo siento en el agua delante de mi casa, salgo. Para el miércoles, dejó de llamarme. Incluso se saltó la escuela hoy. Entonces, ¿cuál es su problema ahora? ¿Es que no ve que necesito alejarme de él? ¿Y por qué no puedo tener un botón de ignorar como mi teléfono? Cuando lo aprieto, sus llamadas desaparecen de la pantalla y el sonido se detiene. Pero el hormigueo sigue en mis manos, como si los enviara a través del teléfono para agarrarme. Lo empujo en mi bolso—los bolsillos de los vaqueros ajustados deben ser sólo de muestra, porque nada más encaja allí—, le sonrío a Mark. Ah, Mark. El rubio ojiazul, mariscal de campo de la cabeza a los pies. ¿Quién sabía que tenía un flechazo por mí, todos estos años? No Emma McIntosh, eso es malditamente seguro. Y no Chloe. Lo cual es raro, porque Chloe era una colectora de este tipo de información. Tal vez no es cierto, tal vez Mark sólo está interesado en mí porque Galen lo estaba—¿Quién no querría salir con la chica que salió con el chico más

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ardiente de la escuela? Pero eso está bien conmigo. Mark es... bueno, Mark no es tan fabuloso como siempre imaginé que sería. Aun así, es guapo, un mariscal de campo estrella, y no está tratando de ligarme con su hermano. Entonces, ¿por qué no estoy emocionada? La pregunta debe estar por toda mi cara, porque Mark tiene una ceja levantada; no en un arco crítico, más como un arco de expectación. Si está esperando una explicación, sus pulmones humanos enclenques no pueden contener la respiración el tiempo suficiente por una respuesta. Aparte de no ser de su incumbencia, no puedo explicar exactamente los detalles de mi relación con Galen—falsa o no. La verdad es que no sé qué dirección seguir desde aquí. Él rasgó agujeros del tamaño de perdigones en mi orgullo. ¿Y mencioné que me rompió el corazón? No es sólo un flechazo; no es sólo una atracción física, alguien que pueda hacerme olvidar mi propio nombre sólo fingiendo que me besa; no es sólo un profesor o un pez creído con sangre real. Claro, es todas esas cosas, pero es más que eso. Es a quién deseo. Posiblemente para siempre. Pero no estoy en peligro de convertirme en "esa chica." La que tira a la basura su educación universitaria a favor de casarse con un tipo justo al salir de la escuela. La que sacrifica todo lo que quiere con el fin de hacer que los sueños de él se hagan realidad, para hacerlo feliz. La que se aferra a cada una de sus sonrisas, cada palabra, da a luz a sus hijos, cocina su cena, y se arrima a él por la noche. Nop, definitivamente no estoy en peligro de convertirme en ella. Porque Gale no me desea. Si ese beso fuera real, puede que arrojara becas al viento y lo hubiera seguido a nuestra propia isla privada o a su reino bajo el agua. Podría haberle incluso cocinado pescado. Claro, a Galen le encantaría que hiciera todas esas cosas. Con su hermano. Así que es bueno que esté siendo proactiva en mi propia recuperación al ir a una cita, incluso si es un reemplazo—e incluso si estoy reemplazando una relación que en realidad no existió; mis sentimientos eran reales. Eso es todo lo que importa, ¿no?

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No hay ninguna cláusula en el libro de reglas de corazones rotos que establezca que la relación tenía que ser realmente auténtica, ¿verdad? Claro, estoy difuminando la línea que separa estable y loco, pero el punto es, hay una línea. Y no la he cruzado completamente a la demencia. Que Mark esté sentado a mi lado lo demuestra. Estoy siguiendo adelante, siguiendo adelante con mi vida. Quedándome en la escuela, matriculándome en la universidad. Cocinando pollo en lugar de pescado, saliendo con otras personas. Y con suficiente suerte, estaré besando a otra gente para el final de esta cita. Incluso aunque no signifique nada. —¿Está todo bien? —pregunta Mark mientras nos dirigimos hacia la carretera interestatal. —Claro. ¿Por? —Pero los dos sabemos por qué ha preguntado. Mark es obviamente demasiado caballeroso como para señalar que estoy tomando más espacio tiempo que un astronauta. Él dice: —Sólo te ves callada esta noche. Espero que aún no haya hecho nada para arruinar esto. Me río. —Eso es exactamente lo que yo estaba pensando. Que no quería arruinarlo, quiero decir. Asiente, muestra una sonrisa de complicidad. —¿Qué? —digo. Se encoge de hombros. —No, me echaste una mirada. —digo, cruzando los brazos. —No, no lo hice. —No salgo con mentirosos. Ya no. Se ríe. —Está bien. Si quieres saberlo, no creo que haya nada que puedas hacer para arruinar esto. No puedo evitar sonreír. —Oh, no deberías haber dicho eso en voz alta. —

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Guapo, inteligente, divertido. Y ahora dulce. Así que deja de esperar a que tu bolso suene, estúpida. —Puede que recuerdes que me obligaste a decirlo en voz alta; pero no te preocupes, no soy supersticioso. —Yo tampoco. El viaje a Atlantic City es de poco más de una hora, y lo pasamos jugando a Veinte Preguntas. Mark es el más joven de cuatro hermanos, quiere ser un físico o un animador en Disney World—promete decidirlo antes de que se gradúe de la universidad con su beca de fútbol—y su momento más embarazoso fue cuando entró en la alcoba de sus padres mientras estaban en acción. La semana pasada. Sus preguntas a mí son casi las mismas, palabra por palabra. Excepto la que pregunta cuando paramos en el estacionamiento, junto al sendero del paseo marítimo. —La pregunta número diecinueve es, ¿Quién sigue enviándote mensajes esta

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noche? Aquí vamos de nuevo. Ya que Mark parece saturar el aire con indolencia, el tornado en mi estómago se había convertido en nada más que un remolino, tan impotente como el flujo del inodoro, incluso cuando sonaba mi bolso; pero ahora ese remolino es más como un vórtice listo para tragar una isla. Las cosas van muy bien esta noche como para arruinarla con la verdad, pero considerando que esta podría ser la primera de muchas citas con Mark, una mentira lo arruinaría, también. —Es Galen. Mark aspira con brusquedad. —Ok. Entonces voy a descartar mi pregunta número 20 original por una nueva pregunta número 20: ¿Debo estar preocupado por Galen? Me río. —¿En qué sentido? —Bueno, en cualquier sentido, supongo. Por ejemplo, es un tipo grande. ¿Sabe cómo luchar? ¿Sabe cómo disparar un arma? ¿Y le dijiste a dónde íbamos esta noche? —No. ¿Por qué? —Porque él está parado fuera de tu ventana.


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Mi mirada vuela alrededor para plantarse en Galen, de pie a centímetros de la camioneta, con los brazos cruzados. Mark es lo suficientemente cortés como para bajar la ventanilla para mí, ya que estoy demasiado aturdida para moverme, hablar o respirar. —Emma, ¿puedes venir a hablar conmigo un momento? —dice Galen, los ojos severos. —Ey, Galen. ¿Qué tal te va, amigo? —Mark añade un poco de filo a su tono amigable normal. —Mark, —inclina la cabeza Galen, la mandíbula apretada. —Un poco sorprendido de verte, amigo. ¿Estás con alguien? —Mark es bueno con las tonterías. —De hecho, sí. Estoy aquí con Emma. —¿En serio? ¿Cómo es eso? —Ella es mi novia. Pensé que lo había dejado claro antes, Mark. Mark se ríe. —Bueno, no estoy seguro de dónde eres, pero en este país, cuando una parte rompe, ambas lo hacen. Yo mismo aprendí eso de la manera difícil, así que siento tu dolor, amigo. —Todavía no, —murmura Galen. —¿Perdona? ¿Qué has dicho? —Por como sonaba, Mark realmente no lo oyó. Por la mirada en el rostro de Galen, no pretendía que lo oyera; pero yo lo escuché. Y sé lo que quería decir. —Él no dijo nada, —le digo a Mark, finalmente capaz de mover la boca algo más que sólo dejarla colgando. —Sí, lo hizo, Emma —me susurra Mark, acariciándome la pierna—. No te preocupes, yo me encargo de esto. —Dejando su mano allí, se dirige a Galen—. ¿Qué acabas de decir ahora? ¿O no vale la pena repetirlo?

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Siento como si lava caliente estuviera rebosando sobre mí. Eso, además de una sensación de temor. Cuando me vuelvo, no estoy sorprendida que mi nariz casi toque a Galen a través de la ventanilla de la camioneta; pero no me está mirando. Mark no parece afectado por el ceño fruncido. Galen habla entre dientes. —He dicho que todavía no. Ni siquiera has comenzado a sentir dolor, aún. Pero si no apartas la mano de su pierna… Abro la puerta de la camioneta. Galen da un paso atrás para dejarme salir. —Emma, esto es una locura. No tienes que hablar con él. Puedo defenderme en una pelea si quiere llevarlo tan lejos, —dice Mark para que oiga Galen. Con todo y ser jugador de fútbol, no creo que Mark haya sido golpeado con un tubo de acero alguna vez, que es exactamente como los puños Syrena de Galen se sentirán en su rostro. Le doy una sonrisa de disculpa. —Sólo tomará un segundo. Ya vuelvo, ¿de acuerdo? Al apartarme de la camioneta, Galen cierra la puerta. —En realidad, Mark, tomará algo más de un segundo. Ella viene conmigo. Mark abre su propia puerta y se encuentra con nosotros junto a la plataforma de la camioneta. —¿Por qué no le preguntamos a Emma con quién viene? Quiero decir, es su elección, ¿verdad? La mirada que Galen me dirige es clara: Hazte cargo de esto, o yo lo haré. O tal vez es más como, Sería un placer hacerme cargo de esto. De cualquier manera, no quiero que se hagan cargo de Mark. De pie entre ellos, la proporción de testosterona en el aire es casi sofocante. Si elijo a Galen, las posibilidades de que Mark me vuelva a llamar son tan buenas como que Galen se coma él mismo todo un pastel de queso. Si elijo a Mark, las posibilidades de que Galen no utilice sus puños construidos con latón son tan buenas como que Rayna le dé a alguien un cumplido. Mi deseo de salvar esta cita con Mark es casi tan fuerte como mi deseo de salvar

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su cara de cierta desfiguración, pero salvar la cita en lugar de su cara sería egoísta a largo plazo. Suspiro en derrota. —Lo siento, Mark. Mark deja escapar una bocanada de aire. —Auch —Rascándose la nuca, ríe—. Creo que debería ser más supersticioso, ¿eh? Tiene razón, lo arruiné. Debería haber salvado la cita, su orgullo. Y debería haber roto la nariz principesca de Galen con mi propio puño Syrena. Me dirijo a su Alteza. —Galen, ¿podrías darme un minuto, por favor? Vas a tener la siguiente hora para hablar conmigo, considerado que me vas a llevar directamente a casa. Sin decir una palabra, Galen asiente y se va. No puedo mirar a Mark a los ojos cuando digo: —Lo siento mucho. No sé cuál es su problema, él nunca actúa así. —Salvo esa vez que golpeó como malnacido a Toraf en la playa, cuando me besó. Pero sólo porque Toraf traicionó a Rayna. ¿Cierto? Mark sonríe, pero no le llega a los ojos. —No puedo decir que lo culpo, porque sé que tú vales la pena. Nunca tuve las agallas para invitarte a salir. Chloe amenazó mi vida; sabes que esa chica podía golpear como un hombre, ¿verdad? Dijo que eras demasiado buena para mí. Creo que tenía razón. —¿Qu... qué? ¿Chloe sabía que te gustaba? —Sí. ¿Ella nunca te lo dijo? Por supuesto que no, pensaba que yo era un mujeriego. Asiento, demasiado sorprendida de que mi mejor amiga actuó como mi guardaespaldas sin que yo lo supiera. —Ella pensaba que eras un mujeriego, y definitivamente podía golpear como hombre. —De todos modos, eso es lo que mi amigo Jax dice —Entonces, un poco más bajo—. Caray, Galen me está mirando como halcón ahora mismo. Tiene ojos de asesino serial, ¿sabías?

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Me río. —¿Qué crees que haría si te besara en la mejilla en forma de despedida? — susurra con complicidad. —No te preocupes, yo te protegeré. —No tiene idea de lo en serio que lo digo. Mientras él se inclina, me preparo. A la menor chispa de electricidad, estoy dispuesta a dar la vuelta con los puños alzados; pero el rayo no golpea. Galen se está comportando por ahora. Cuando Mark se separa de su apenas beso, suspira. —Hazme un favor. — susurra. —¿Mmm? —Conserva mi número. Llámame si vuelve a echarlo a perder. Sonrío. —Lo haré, lo prometo. Esta noche pasé un buen rato. ¿La cita y la cara de Mark se han salvado? ¿Tengo la oportunidad de redimirme con él? Él se ríe. —Sí, me alegro que viniéramos juntos desde Middle Point. La próxima vez, hagámoslo una verdadera aventura y tomemos el autobús. Nos vemos en la escuela, Emma. —Adiós. Me doy la vuelta sobre mis tacones altos, que no es tarea fácil en un estacionamiento de grava. Sin perder el contacto visual con Galen, le miro hasta llegar a la puerta que tiene abierta para mí. Parece indiferente; de hecho, se ve completamente sin emociones. —Más vale que sea bueno, —le digo mientras me dejo caer en el asiento. —Deberías haberme devuelto las llamadas, o los mensajes —dice, con voz tensa. Mientras se retira del estacionamiento, arranco mi celular del bolso, leyendo los mensajes. —Bueno, no parece que alguien haya muerto, así que, ¿por qué demonios

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arruinaste mi cita? —Es la primera vez que he maldecido a la realeza y es liberador—. ¿O se trata de un secuestro? ¿Está Grom en el maletero? ¿Nos estás llevando a nuestra luna de miel? Se supone que debes estar hiriéndolo a él, no a ti misma, imbécil. Mi labio tiembla como el traidor que es. A pesar que estoy mirando a otro lado, puedo decir que la expresión impasible de Galen se ha suavizado debido a la forma en que dice: —Emma. —Déjame en paz, Galen —Atrae mi barbilla para que lo enfrente. Aparto su mano—. No se puede ir a 60 kilómetros por hora en la autopista, Galen. Necesitas acelerar. Suspira y presiona el acelerador. En el momento en que alcanzamos una velocidad menos embarazosa, he transmutado mi dolor en bastante rabia, sorprendida al darme cuenta de que me he convertido en "esa chica". No en la que cambia su doctorado por algunos niños y tres dormitorios y dos baños, sino la del otro tipo. Esa chica que intercambia su dignidad y posibilidades de felicidad por un perdedor posesivo que la golpea cuando hace contacto visual con un tipo al azar que trabaja en el puesto de perritos calientes. No es que Galen me derrote, pero después de su pequeño espectáculo, ¿qué pensará la gente? Actuó como un lunático esta noche, acechándome hasta Atlantic City, saturando mi teléfono, y amenazando a mi cita con violencia física. Puso los ojos de asesino serial, por amor de Dios. Eso podría ser aceptable bajo el agua, pero para los estándares de tierra firme, son los ingredientes para una orden de restricción. ¿Y por qué estamos saliendo de la interestatal? —¿A dónde me llevas? Ya te dije que quiero ir a casa. —Tenemos que hablar —dice en voz baja, tomando una carretera oscura junto a la salida—. Te llevaré a casa después de que sienta que entiendes. —No quiero hablar. Es posible que te hayas dado cuenta cuando no respondí a tus llamadas. Estaciona el auto en el arcén de la calle “Dónde-maldita-sea-que-estemos”. Apaga el motor y se vuelve hacia mí, luego pone el brazo alrededor del respaldo de mi

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asiento. —No quiero romper. Un Mississippi... dos Mississippi... —¿Me seguiste como un loco para decirme eso? ¿Me arruinaste la cita por eso? Mark es un buen chico. Me merezco un buen chico, ¿no, Galen? —Por supuesto. Pero resulta que yo también soy un buen chico. Tres Mississippi... cuatro Mississippi... —¿No te refieres a Grom? Y tú no eres un buen chico. Has amenazado a Mark con dolor físico. —Arrojaste a Rayna a través de una ventana. ¿Lo llamamos empate? —¿Cuándo vas a superar eso? Además, ¡ella me provocó! —Mark también me provocó, puso su mano sobre tu pierna. Y ni siquiera vamos a hablar sobre el beso en la mejilla. Tampoco creas que no oí que le dabas permiso. —Oh, es increíble —bufo, saliendo del coche. Golpeo la puerta y le grito—. Ahora estás actuando celoso en nombre de tu hermano —le digo, girando en el lugar— . ¿Grom no puede hacer nada sin que el todopoderoso Galen le ayude? —Tener unos cuantos medio peces en mi árbol genealógico evita que mi visión se empañe con las gruesas lágrimas; puedo ver perfectamente la línea amarilla de la carretera mientras la recorro. Cuando lo escucho seguirme, me arranco los tacones y empiezo a correr. Hace dos meses, este tipo de abusos a mis pies descalzos los dejaría sangrando y quién sabe con qué incrustado en ellos. Sin embargo, con la comodidad de mi nueva piel gruesa, correr descalza es como correr con el par más reciente de Nike. Aunque, Galen aparentemente es un pez volador, su mano se envuelve alrededor de mi brazo, frenando mi triste intento de fuga. Me da la vuelta, me jala hacia él y me levanta la barbilla con el pulgar. Cuando me sacudo, me sujeta con más fuerza, obligándome a mirarlo. A la vieja Emma se le formaría un moretón en los próximos diez minutos, la nueva simplemente está furiosa. —¡Vamos! —grito, empujando su pecho. De alguna manera esto me pone más

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cerca de él. —Emma —gruñe cuando le piso el pie—. ¿Qué habrías hecho tú? Bueno, eso es inesperado. Paro de agitarme. —¿Qué? —Dime lo que habrías hecho si fueras yo. Dime lo que harías si tuvieras que elegir entre la supervivencia de la humanidad; y estoy hablando de bebés y abuelas y todos tus parientes humanos —dice, sin aliento. Me doy cuenta de que nunca antes he visto eso. Galen toma aire—. Dime ¿qué tan fácil sería abandonarlos?, si significaba que podrías tener la única cosa que siempre has querido en toda tu vida. Dime, Emma. ¿Cuál elegirías? —Yo... yo no... entien… Me sacude, su agarre inflexible. —Sí, sí que lo entiendes, Emma. Sabes exactamente lo que estoy diciendo. Contéstame. Piensa en lo que más deseas, la única cosa con la que no serías capaz de vivir. Bueno, eso es pan comido. Es Galen, sin lugar a dudas. —Ok. —Ahora imagina cómo te sentirías si se te pidiera intercambiar esa cosa que tanto amas para que la raza humana pueda sobrevivir. Gente que ni siquiera conoces, gente que ni siquiera ha nacido todavía. ¿Lo harías? ¿Podrías? ¿Aunque casi nadie supiera el gran sacrificio que hiciste por ellos y nunca apreciarían a lo que renunciaste? Suavemente, me sacudo de su agarre y deja que me aleje de él. La intensidad de sus ojos envían escalofríos a todo mi ser. —Sería egoísta no intercambiarlo —le digo en voz baja—. No es ni siquiera una opción, en realidad. —Exactamente. No tengo elección. —¿Estás diciendo que...? ¿Qué estás diciendo? —¿Está él... podría estar hablando de mí? Se pasa la mano por el pelo. Nunca lo había visto tan emocional antes. Siempre está tan controlado, tan seguro de sí mismo. —Estoy diciendo que eres tú lo que deseo, Emma. Estoy diciendo que estoy enamorado de ti.

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Da un paso hacia delante y levanta la mano hacia mi mejilla, abriendo una línea de fuego con los dedos, mientras bajan hasta mi boca. —¿Cómo crees que me haría sentir verte con Grom? —susurra—. Como si alguien me hubiera arrancado el corazón y lo metiera a la máquina de picar carne de Rachel, así es como se sentiría. Probablemente peor, probablemente me mataría. Emma, por favor, no llores. Lanzo las manos al aire. —¿Que no llore? ¿Hablas en serio? ¿Por qué has venido aquí, Galen? ¿Crees que me haría sentir mejor saber que me amas, pero que aun así no va funcionar? ¿Que todavía tengo que emparejarme con Grom por el bien común? ¡No me digas que no llore, Galen! N... n... n... no... pue... pue... puedo evitar… —Las lágrimas me empapan. Galen me mira, con las manos a los costados, indefenso como un cangrejo atrapado. Estoy rozando la hiperventilación, y muy pronto voy a empezar a tener hipo. Esto es demasiado. Su expresión es tan grave, que parece que siente dolor físico. —Emma —respira—. Emma, ¿eso significa que te sientes de la misma manera? ¿Después de todo sí te importo? Me río, pero suena más agudo de lo que pretendía, por un hipido. —¿Qué importa cómo me siento, Galen? Creo que más o menos ya definimos por qué. No hay necesidad de repetir las cosas, ¿verdad? —Importa, Emma —Agarra mi mano y de nuevo tira de mí hacia él—. Dime ahora mismo. ¿Te importo? —Si no puedes decir que estoy estúpidamente enamorada de ti, Galen, entonces no eres un muy buen embajador ante los hum… Su boca cubre la mía, cortando mis palabras. Este beso no es suave como el primero. Definitivamente no es dulce, es duro, exigente, anhelante, y desorientador. No hay una parte de mí que no esté derritiéndose contra Galen, no hay una parte que no esté quemándose con su toque febril. Accidentalmente gimo contra sus labios. Lo toma como su señal para levantarme, para jalarme hasta su altura, para mayor ventaja. Tomo su gemido como mi señal para besarlo más fuerte.

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Ignora el timbre del teléfono celular en el bolsillo. Ignoro el resto del universo. Incluso cuando unos faros se aproximan, estoy dispuesta a pasar por alto su intrusión y seguir besándonos. Sin embargo, como príncipe que es, Galen es un poco más refinado que yo en este momento. Suavemente aparta sus labios de los míos y me baja. Su sonrisa es a la vez intoxicada e intoxicante. —Todavía tenemos que hablar. —Cierto —le digo, pero estoy sacudiendo la cabeza. Se ríe. —No recorrí todo el camino hasta Atlantic City para hacerte llorar. —No estoy llorando. —Me apoyo en él. No rechaza mis labios, pero tampoco les hace justicia, planta un pequeño beso en ellos antes de dar un paso atrás. —Emma, he venido hasta aquí para decirte que no tienes que emparejarte con Grom. Levanto una ceja. —Eh, nunca iba a emparejarme con Grom. —Lo que quiero decir es que Grom se emparejará con otra persona que tiene el don de Poseidón. Lo que significa que… —No tengo que emparejarme con Grom, —termino por él. —Eso es lo que acabo de decir. —Quiero decir, no tengo que sentirme como si hubiera dejado extinguirse a toda la especie Syrena porque no me emparejaré con Grom. Él sonríe. —Exactamente. —Pero eso no cambia lo que soy, una mestiza. Aun así no puedes estar conmigo, ¿no? Frota su pulgar sobre el labio inferior, pensativo. —La ley lo prohíbe en estos momentos, pero creo que si le damos tiempo, podríamos conseguir revocarlo de alguna manera. Y no iré a ninguna parte hasta que lo haga. Nos lleva de vuelta a la camioneta, deteniéndose para recuperar mis tacones a un lado de la carretera. Me ayuda a subir en el asiento del pasajero del Escalade,

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entonces me entrega mis zapatos. —Gracias. —le digo mientras camina hacia el lado del conductor. —Es un poco tarde para sonrojarse, —dice, poniéndose el cinturón de seguridad. —No creo que nunca vaya a parar de sonrojarme. —Realmente espero que no. —dice, cerrando la puerta. Toma mi cara entre sus manos y me atrae hacia él. Sus labios rozan los míos, pero quiero más. Comprende mi intención y pone su mano sobre la mía y sobre el cinturón de seguridad que estoy tratando de desabrochar. —Emma —dice contra mis labios—. Te he echado mucho de menos, pero no podemos. Todavía no. No estoy tratando de hacer eso, sólo quiero estar en una mejor posición para aceptar sus labios. Decirle eso terminaría avergonzándonos a ambos. Sin embargo, dijo todavía. ¿Qué significa eso? ¿Que quiere esperar hasta que pueda conseguir revocar la ley? ¿O le dará tiempo, y si no resulta, romper la ley Syrena para estar conmigo? Por alguna razón, no deseo tanto la respuesta como para preguntar. Imágenes de “esa chica” centellean en mi mente. No quiero que Galen rompa sus leyes; esa es una gran parte del porqué lo amo tanto: su lealtad a su gente, su dedicación a ellos. Es la clase de devoción casi inexistente entre humanos. Pero aun así no quiero ser “esa chica”. Syrena o no, deseo ir a la universidad, quiero experimentar el mundo sobre y bajo el nivel del agua. Pero no es como si fuera necesario hacer alguna decisión ahora mismo ¿o sí? Quiero decir, las decisiones que te cambian la vida toman tiempo. Tiempo y meditación, y espacio físico entre mis labios y los suyos. Me echó atrás. —Claro, lo siento. Toma unos cuantos mechones de cabello y los pasa por su cara, y sonríe. —No tanto como yo, tendrás que ayudarme a mantener las manos alejadas de ti. Me río, incluso mientras una descarga recorre mis venas. —Sí, no.

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Él también se ríe y se gira para avanzar hacia el coche, entonces se detiene. Suelta las llaves y dice, —Entonces, sobre lo de romper. —Déjame pensarlo un poco más, —le digo a punto de lanzar risitas por su expresión. —Veré lo que puedo hacer para ayudarte a aclarar tu mente. Seguimos estacionados por otros quince minutos, pero al menos ya no estamos en la fase de ruptura. *** Clavo los pies en la arena y bajo la mano hasta Rayna, que se acaba de acomodar sobre una toalla. —Vamos —le digo—. Entremos y te haré una pedicura. Alza la mirada hacia mí, la luz de luna captura el violeta de sus ojos. —Esa no es una buena idea —dice, aunque toma mi mano—. Dijeron que regresarían pronto. Suspiro. —Rayna, conoces la rutina: se escurren hasta mi casa, no encuentran a nadie, luego pasan una hora nadando a lo largo de la costa para ver si lo perciben de nuevo. Ambas sabemos que Galen no me dejará volver a entrar al agua por el resto de la noche. Y, de todas formas, ¿desde cuándo empezaste a obedecer órdenes? Asiente. —Pero quiero que lo hagas a la manera francesa, con las cosas blancas en las puntas. —Le sonrío a la parte trasera de su cabeza cuando me rebasa en la playa y trota hacia la casa. Ella no es Chloe, pero tampoco es mamá. Es una auténtica acompañante. Rachel me saluda en la puerta corrediza de cristal. —Hola, monada, tu mamá llamó. Está en casa y le gustaría saber por qué tú no. Levanto la barbilla, lista para disparar unas cuantas razones diferentes, empezando con el hecho de que tengo 18 años y terminando con que aún si no fuera mayor de edad, todavía no es mi toque de queda. Entonces me doy cuenta que mamá llegó temprano a casa; lo que significa que arribó más o menos al mismo tiempo que Toraf y Galen percibieron al acechador Syrena. O es una coincidencia o intuición materna al máximo, ambas eran equiprobables; no creía en ninguna hasta justo

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ahora… pero es la tercera vez que ha sucedido esta semana. Intento no arrancarle el celular de las manos cuando Rachel me lo tiende y presiono el icono de MAMÁ DE EMMA en la pantalla táctil. —¿Hola? —dice, con la voz tiesa. —Mamá, soy yo. ¿Llamaste? —Sonar casual es difícil cuando sientes que tu corazón está bailoteándote en la caja torácica. —Sí, sólo me preguntaba dónde estabas. No respondías tu teléfono, ¿está todo bien? —Suspira, pero no puedo determinar si es de alivio u ofensa parental. —Todo está bien. Mi batería está muerta, pero Galen me compró un cargador para usarlo aquí, así que se está cargando. —Que dulce de su parte —dice, sabiendo perfectamente que ella misma le instruyo para hacerlo—. Bueno, sólo quería checar. ¿Debería esperarte? No me gusta que hayas sobrepasado el toque de queda durante las últimas noches. Técnicamente, quedarte allá hasta las cuatro de la madrugada es una pijamada mixta, lo que no permito, ¿o se te ha olvidado? Tu viaje a Florida con la familia de Gale fue una circunstancia especial. —Antes me quedaba todas las noches en casa de Chloe con JJ allí. —JJ es el hermano de ocho años de Chloe. No es una gran réplica, pero eso tendría que bastar. —Sabes a lo que me refiero, Emma, —espeta. —¿Por qué estás tan gruñona? ¿Y por qué otra vez estás temprano en casa? —No lo sé. Estoy cansada, supongo. Escucha, noté que aún no has traído tu traje de baño a casa. Espero que no te estés metiendo al agua, está demasiado frío para nadar, Emma. Yo lavo mi propia ropa. Rebuscar en mis cajones es la única forma en que ella pudo haber “notado” que faltaba algo. ¿También buscó condones u otra evidencia incriminatoria por la que las mamás siempre hurgan los cajones? ¿Viene a casa para hurgar? El pensamiento cosquillea mi temperamento. Hago una nota mental de comprar un nuevo traje de baño estrictamente para casa de Galen y contesto, —¿Me lo

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estás diciendo a mí? Ya sabes lo fría que soy. —Mi risa es lo suficientemente escandalosa para sonar sospechosa, pero mamá no parece notarlo. Aunque Rachel sonríe ampliamente. —No intentes decirme que tú y Galen no han encontrado una forma de mantener el calor en el agua. —¡Mamá! —Sólo prométeme que no te meterás en el agua —dice, con la voz tiesa otra vez—. No necesito que te enfermes. —Bien, lo prometo. —Y esta vez regresa a casa antes del amanecer. Te reto a que no traigas a casa nada inferior a A en tu boleta después de esto. Te recontra reto. Articulo las palabra al teléfono al tiempo que ella las dice; pensarías que al menos cambiaría las palabras después de todos estos años. Es su amenaza para prácticamente todo, pero, de alguna forma, no funciona esta vez. No hay jactancia detrás. Últimamente se está ablandando, y creo que tiene que ver con la noche que la acusé de adoptarme. —Ok, antes del amanecer. —Buenas noches, dulzura. Te amo. —También te amo, buenas noches. Cuelgo el teléfono y se lo tiendo de regreso a Rachel, que me lo cambia por una taza de chocolate caliente con tres malvaviscos gigantescos que flotan encima. — Gracias, —le digo, siguiéndola a la cocina. Rayna está sentada a la mesa, sacando suficiente barniz, cortaúñas y lima de uñas de su neceser como para abrir su propio salón de manicura. —Sé que dije que quería a la francesa, pero realmente me gusta este color, —dice y levanta un barniz melón. Rachel sacude la cabeza. —Eso lucirá hortera tipo turista contra tu piel olivácea, cielito. En espera de una opinión diferente, Rayna menea el frasco en mi dirección.

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Sacudo la cabeza. Haciendo un puchero, lo estampa en la mesa y luego echa todo el contenido del neceser encima. —Bueno, ¿hay algún color que luciría bien? Me siento junto a ella. —¿Cuál es el color favorito de Toraf? Se encoge de hombros. —El que sea que yo le diga. Elevo una ceja hacia ella. —No sabes, ¿eh? Se cruza de brazos. —De todas formas, ¿A quién le importa? No vamos a pintar las uñas de sus pies. —Creo que lo que ella intenta decir, cielito, es que tal vez deberías pintar tus uñas de su color favorito para mostrarle que estás pensando en él, —dice Rachel, sazonando sus palabras con tacto. Rayna alza la barbilla con altivez. —Emma no pinta sus uñas del color favorito de Galen. Alarmada al darme cuenta que Galen tiene un color favorito y yo no lo conozco, digo: —Eh, bueno, a él no le gusta el barniz de uñas. —Es casi como decir que nunca lo ha mencionado antes. Cuando una sonrisa brillante ilumina todo su rostro, sé que me ha atrapado. — ¡No conoces su color favorito! —exclama, apuntándome con el dedo. —Sí, sí lo sé, —digo, buscando el rostro de Rachel por la respuesta. Ella se encoge de hombros. La sonrisa de suficiencia de Rayna es la epitome de yo sé algo que tú no. Arrearle un golpe en el rostro es mi primer reflejo, pero me contengo, como siempre hago, debido al beso que compartí con Toraf y la forma en que la hirió. A veces la atrapo mirándome con esa misma expresión que tenía en la playa y me siento como moho, aunque ella lo merecía en ese momento. Rehusándome a doblegarme, le echo un vistazo al buffet de barniz de uñas desperdigados ante mí. Dejo que mis dedos paseen sobre las botellas, examino los colores, esperando que uno sobresalga ante mis ojos. Ni siquiera para salvar la vida, puedo pensar en algún color que vista regularme. No tiene un deporte favorito, así que

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los colores de equipo están fuera de discusión. Rachel eligió sus coches, así que eso tampoco es de ayuda. Me muerdo el labio y me decido por el azul oceánico. —¡Emma! Ahora estoy avergonzado de mí —dice desde el umbral—. ¿Cómo es posible que no sepas mi color favorito? Sobresaltada, dejo caer la botella de vuelta en la mesa. Ya que ha regresado tan pronto, tengo que asumir que no encontró lo que o a quien deseaba; y que no buscó durante mucho tiempo. Toraf se materializa tras él, pero los hombros de Galen son demasiado amplios para permitir que ambos se paren en el umbral. Me aclaro la garganta. —Sólo estaba moviendo esa botella para coger el color que deseaba. Rayna está enfocada en hacer una danza de la victoria con los ojos. —¿Cuál es? —pregunta, llena de regocijo malévolo. Toraf pasa a Galen y se deja caer junto a su minúscula pareja. Ella se inclina hacia él, ansiosa por un beso—. Te extrañe, — susurra. —No tanto como yo te extrañe, —le contesta. Galen y yo intercambiamos ojos en blanco cuando se acerca para sentarse sobre la mesa, a mi lado, sus pantaloncillos húmedos hacen un charco con forma de trasero en la madera cara. —Vamos, adelante pez ángel, —dice, señalando con la cabeza hacia la pila de barnices. Si está intentando darme una pista, apesta en ello. “Vamos” podría significar verde, supongo. “Adelante” podría significar… no tengo idea de qué podría significar. Y los peces ángel vienen en toda clase de colores. Decido que no cifró ningún mensaje para mí, suspiro y me aparto de la mesa para pararme. —No lo sé, nunca antes hemos hablado sobre ello. Rayna se palmea la rodilla con triunfo. —¡Ja! Antes que pueda rebasarlo, Galen sujeta mi cintura, me jala hacia él y me acorrala entre sus piernas. Aplasta mi boca con la suya, mueve su mano hasta mi espalda y me presiona hacia él. Considerando que aún no trae camisa y yo estoy en bikini, hay un montón de carne desnuda tocándose, lo que es un poco más íntimo de lo que estoy acostumbrada con audiencia. Aun así, ráfagas de fuego me atraviesan,

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abrasando su camino hasta las partes más profundas de mí. Me toma cada resquicio de fuerza que poseo no envolverle los brazos en el cuello. Suavemente, pongo las manos contra su pecho para terminar el beso; algo que nunca creí que haría. Le dirijo una mirada que espero exprese “inapropiado” y doy un paso atrás. He pasado suficiente tiempo en su compañía para saber, sin mirar, que los ojos de Rayna se le están saliendo de las órbitas y Toraf está sonriendo como muñeca cascanueces. Con algo de suerte, Rachel ni siquiera vio el beso. Echo un vistazo en su dirección y me devuelve la mirada con conmoción, boca abierta incluida. Ok, lució tan mal como creí. Como si fuera una niña, cierro los ojos como si de esa forma ellos tampoco pudieran verme. El fuego del beso se esparce por sobre mí en la forma de un sonrojo de cuerpo entero. Galen se ríe. —Ahí está —dice, con el pulgar me recorre el labio inferior—. Ese es mi color favorito. Guau. Voy a matarlo. —Galen, por favor… ven… conmigo —me atraganto con las palabras. Paso a toda velocidad junto a él, mis pies descalzos se azotan contra los azulejos hasta llegar retumbando a la alfombra del pasillo y luego a las escaleras. Según los escalofríos en mi piel, puedo asegurar que me está siguiendo como un buen pez muerto. Cuando alcanzo la escalera de mano hacia el nivel superior, le doy un asentimiento para que me siga, antes de subir. Paseo por la habitación hasta que atraviesa la trampilla, he contado más Mississippi de los que he contado en total mi vida entera. Cierra la puerta y echa el cerrojo, pero no hace movimiento alguno para acercarse más. Aun para una persona a punto de morir, parece más divertido de lo que debería. Le apunto con el dedo, pero no puedo decidir de qué acusarlo primero, así que vuelvo a bajarlo. Después de varios minutos, rompe el silencio. —Emma, cálmate. —No me diga qué hacer, Alteza. —Con los ojos lo reto a que me llame “nena”.

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En vez de la disculpa que estoy esperando, sus ojos me dicen que está considerando besarme de nuevo, ahora mismo. Lo que está destinado a distraerme. Arranco mi mirada de su boca y voy a zancadas hasta el asiento de la ventana y acomodo las montañas de almohadas encima. Me pongo cómoda e inclino la cabeza sobre la ventana. Él sabe tan bien como yo, que si tuviéramos un lugar especial, sería éste. Para mí, sentarme aquí sin él es la peor clase de desaire. En el reflejo de la ventana, lo veo pasarse una mano por el cabello y cruzar los brazos. Después de unos cuantos minutos más, cambia su peso de una pierna a otra. Él sabe lo que deseo. Sabe qué le ganará el acceso al asiento de la ventana y mi favor. No sé si es la sangre real u orgullo masculino lo que evita que se disculpe, pero su largo retraso sólo me enfada mucho más. Ahora no aceptaré una disculpa, no, ahora debe postrarse. Lanzo una sonrisa satisfecha al reflejo sólo para descubrir que ya no está allí. Su mano se cierra alrededor de mi brazo y me jala contra él. Sus ojos son atormentados, intensos. —¿Crees que me voy a disculpar por besarte? —murmura. —Yo… sí… Ajá. —¡No mires su boca! Di algo inteligente—No traemos ropa puesta. —Fabulantástico. Había querido decir que no debía besarme enfrente de todos, especialmente medio desnudos. —Mmm, —dice, acercándome más. Roza mi oreja con sus labios—. Resulta que noté eso, por lo que no debí haberte seguido aquí arriba. Su celular vibra en la mesita de noche, casi parándome el pelo de punta. Sonríe y camina para cogerlo, dejándome allí para mirar fijamente su espalda. —Es el Doctor Milligan —dice—. ¿Hola? Espere un momento, Doctor Milligan, permítame poner el altavoz. Emma está aquí —Galen presiona el botón en la pantalla —. Ok, Doctor Milligan —dice—. Adelante. —Bueno, hijo, sólo quería hacerte saber que recibí los resultados de las pruebas de ADN. Emma es definitivamente medio humana. Galen me lanza un guiño. —No me diga.

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Me cubro la boca para reprimir una risita. La grosería no debería ser contagiosa. —Sí, eso me temo. Dicho eso, no estoy seguro si siquiera tiene la capacidad de formar una cola. Galen se ríe. —Como que ya asumimos esa conclusión, Doctor Milligan. Luego los Archivos lo confirmaron, hay una pintura de gente que luce exactamente como Emma en Tartessos. El Doctor Milligan suspira. —Pudiste haberme llamado. —Lo siento, Doctor Milligan. He estado… ocupado. —¿Entonces, Emma ya descubrió cuál es su linaje? Galen sacude la cabeza, aunque la reacción no la ve el Doctor Milligan, en Florida. —Hasta donde sabemos, el padre de Emma fue un mestizo. Tenía la pigmentación, utilizaba lentes de contacto, amaba los mariscos y el océano. Obviamente sabía sobre las características físicas de Emma. —Le cuenta al Doctor Milligan sobre su teoría de que algunos mestizos sobrevivieron a la destrucción de Tartessos. El Doctor Milligan se queda callado durante unos cuantos segundos. —¿Qué más? Galen me lanza una mirada de perplejidad, yo le devuelvo un encogimiento de hombros. —¿Qué quiere decir? —responde. —Quiero decir, hijo, ¿qué otra evidencia tienes para respaldarlo? El hombre que acabas de describir podría ser yo; utilizo lentes de contacto, resulta que amo los mariscos y la playa, si es que donde vivo es alguna indicación. También sé sobre las características físicas de Emma. Entonces Emma podría ser mi hija, ¿es eso lo que estás diciendo? Si eso es en todo lo que te estás basando, Emma podría ser hija de cualquier hombre de por aquí. No es muy científico. Galen frunce el ceño. —¿Estás ahí, Galen? —dice el Doctor Milligan. Me siento junto a Galen en la

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cama, sin gustarme el giro de la conversación. —Aún estoy aquí. —Bien. Hay algo más que considerar: si el padre de Emma era descendiente de los mestizos, como dices, entonces realmente ya no sería mitad Syrena, ¿cierto? Sería más como un cuarto Syrena, o quién sabe cuántas fracciones Syrena. Lo que diluiría la sangre de Emma aún más. En realidad, ¿qué tan probable es que el padre de Emma fuera un mestizo? Tendría que haber algún Syrena mal portado por allí para engendrar un mestizo legítimo, ¿no crees? Y si Emma es sólo descendiente de esos medio humanos de hace tantísimo tiempo, bueno, entonces sería mayormente humana; pero eso no es lo que muestran mis resultados, hijo. Es exactamente medio humana. —¿Qué está diciendo, Doctor Milligan? —pregunta Galen, agitado. —Estoy diciendo, Galen, que no creo que hayas encontrado la respuesta, creo que debes seguir buscando. De verdad desearía que me hubieras llamado, te habría ayudado a razonarlo y ahorrado algo de tiempo; pero hay otra cosa más que quiero mencionarte antes de terminar la conversación. —¿Qué es? —interroga Galen, casi aturdido. —¿No me dijiste una vez que los jóvenes Syrena alcanzan la madurez a los nueve años? —Sí, nueve o diez. Algunos incluso antes que eso. —¿Y eso incluye la habilidad para percibir a otros? —Sí, y sus huesos ya han madurado para ese tiempo. Ya no crecen más. —Pero verás, hijo, ya que Emma es medio humana, maduró a un ritmo más lento. Diría que precisamente a la mitad de ritmo. Lo que, si no me equivoco, significa que no alcanzó la madurez hasta los 18. La boca se me queda abierta. Golpearme la cabeza no tiene nada que ver con mis habilidades de Syrena, simplemente terminé de madurar. Justo antes que Chloe muriera. —Ya veo —dice Galen, envolviéndome con su brazo y atrayéndome hacia él—.

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Bueno, gracias, Doctor Milligan. Lamento no haberlo llamado antes, no tiene idea de lo mucho que lo lamento. —Sí, bueno, sólo intento ayudar. —Pero sonaba molesto, como si lo hubiéramos dejado de lado; lo que técnicamente hicimos. Pero apuesto la parte inferior de mi bikini que nunca volveremos a hacerlo.

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26 Traducido por Azhreik

CON CUIDADO DE NO despertarla, Galen le aparta el cabello de la cara a Emma, sus mejillas rosas por el brillo del amanecer. Su vestido playero está arruinado, el Atlántico dejó manchas que se asemejan a una cordillera. Ella se las arregló para desgarrarse el dobladillo mientras buscaba su otro zapato a la luz de la luna. Luego extendió su vestido sobre la arena, como haría una fan, para que él se recostara encima en vez de en la arena. Y ahí fue donde se quedó toda la noche. Es por esto que nunca seleccioné, nadie podría encajar con tanta perfección entre mis brazos como ella. Se inclina y junta sus labios con los de ella, que suspira como si lo sintiera. Las gaviotas chillan en la distancia, ansiosas del desayuno. La marea de la mañana salpica contra la orilla. El viento roza las dunas de hierba, como si susurrara un secreto que sus oídos no deben oír. Y Emma duerme. Esta es la definición de paz. La definición es interrumpida por el tono de celular de Toraf. ¿Por qué Rachel le consiguió a Toraf un teléfono? ¿Me odia? Tantea en la arena tras él y lo toca justo antes que deje de sonar. Espera cinco segundos y… Síp, está llamando de nuevo. —¿Hola? —susurra. —Galen, es Toraf. Galen resopla. —No me digas. —Rayna está lista para irse. ¿Dónde están? Galen suspira. —Estamos en la playa. Emma aún está dormida, regresaremos en unos minutos. —Emma desafió la ira de su mamá al volverse a saltar el toque de queda la noche anterior, para estar con él. La ceremonia de emparejamiento de Grom es mañana, y se requiere la asistencia de Galen y Rayna. Tendrá que dejarla al cuidado de Toraf hasta que regrese.

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—Lo siento, Alteza. Te lo dije, Rayna está lista para irse. Tienes como dos minutos de privacidad. Ya va camino hacia allá. —El teléfono corta la comunicación. Galen se inclina y pasa los labios sobre su dulce cuello. —Emma, —susurra. Suspira. —Lo escuché —gruñe adormilada—. Deberías decirle a Toraf que no tiene que gritar en el teléfono. Y si sigue haciéndolo, tendré que rompérselo accidentalmente. Galen sonríe. —Pronto le cogerá el truco, no es un completo idiota. Ante eso, Emma abre un ojo. Él se encoge de hombros. —Bueno, tal vez tres cuartas partes, pero no un completo idiota. —¿Estás seguro que no quieres que vaya contigo? —dice, sentándose y estirándose. —Ya sabes que sí quiero, pero creo que esta ceremonia de emparejamiento será lo suficientemente interesante sin que presente a mi novia mestiza, ¿no crees? Emma se ríe y se echa el cabello a un lado, peinándoselo sobre el hombro. — Esta es nuestra primera vez estando apartados; ya sabes, como pareja. Sólo hemos estado saliendo de verdad desde hace dos semanas. ¿Qué haré sin ti? La acerca a él, reclinándole la espalda contra su pecho. —Bueno, espero que esta vez cuando regrese no me encuentre con la visión de ti besando a Toraf. La risita junto a ellos les permite saber que sus dos minutos de privacidad se han terminado. —Sí, o alguien va a morir. —dice Rayna con cordialidad. Galen ayuda a Emma a levantarse y sacude la arena restante de su vestido playero; luego toma sus manos entre las de él. —¿Podría por favor pedir una cosa sin que enloquezcas al respecto? Frunce el ceño. —Déjame adivinar, no quieres que entre en el agua mientras no estás. —Pero no te estoy ordenando que te quedes apartada del agua. Te lo estoy

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pidiendo, no suplicando, con mucha educación, y de todo corazón que no entres en el agua. Es tu decisión, pero me haría el hombre-pez más feliz de la costa si no lo hicieras. —Ahora perciben al acosador casi diario; eso y el hecho de que el Doctor Milligan arrasara con la teoría sobre que el papá de Emma fuera mestizo, ponen a Galen más nervioso de lo que puede decir. Significa que aún no tienen respuestas sobre quién podría saber acerca de Emma, o por qué continúa acercándose. Emma lo recompensa con una sonrisa deslumbrante. —No lo haré, porque lo pediste. Toraf tenía razón, sólo tenía que pedirlo. Sacude la cabeza. —Ahora podré dormir esta noche. —Al menos uno de nosotros dormirá; no te vayas por mucho tiempo, o Mark se sentará junto a mí en el almuerzo. Él hace una mueca. —Me apresuraré. —Se inclina para besarla y detrás de ellos escucha la salpicadura de Rayna al entrar al agua. —Se va sin ti, —Emma susurra sobre sus labios. —Se pudo haber ido hace horas y aun así la alcanzaría. Adiós, pez ángel. Sé buena. —Le da un beso enérgico en la frente, luego corre y se lanza al agua. Y ya la extraña. *** Galen encuentra a Grom exactamente donde no debería estar: el campo minado. Horas antes de su ceremonia de emparejamiento, aún se muestra taciturno por su amor perdido. ¿Pero quién es Galen para juzgarlo? Su hermano va a emparejarse con alguien a quien no ama… lo que le da a Galen la oportunidad de estar con alguien a quien sí ama. Grom lo saluda con una sonrisa llena de nauseas. —No estoy listo para esto, hermanito, —confiesa. —Claro que lo estás, —Galen se ríe y palmea con fuerza la espalda de su hermano.

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Grom sacude la cabeza. —Se siente como… como que estoy traicionándola… a Nalia. Galen se pone rígido. Oh. No se siente calificado para decir algo que saque a Grom de este humor. —Estoy seguro que lo entenderá, —ofrece. Grom lo estudia pensativo. —Me gustaría pensar eso, pero no conociste a Nalia. Tenía un temperamento impresionante. —Se ríe entre dientes—. Aun miro sobre mi hombro, esperando verla lista para aporrearme con algo por emparejar con alguien más. Galen frunce el ceño, inseguro de qué decir. Grom suelta una risita. —Por supuesto estoy bromeando —Luego se encoge de hombros—. Bueno, medio bromeando. Juro que la he estado percibiendo últimamente, Galen. Se siente tan real, requiere todas mis fuerzas no seguir el pulso. ¿Crees que estoy enloqueciendo? Galen sacude la cabeza por obligación. Aunque, secretamente, piensa que puede que sí. —Estoy seguro que sólo te sientes culpable. Er… no que tengas razón para sentirte culpable. Eh, es sencillamente natural que te sientas de esa forma antes de tu ceremonia de emparejamiento; con nervios y todo —Galen se pasa una mano por el cabello—. Lo siento, no soy muy bueno en estas cosas. —¿Qué cosas? ¿Ser maduro? —Grom sonríe ampliamente. —Gracioso. —Tal vez deberías pasar algo más de tiempo en tierra, luego regresar y hablar conmigo. Estar en tierra te envejece, sabes. Puede que te haga algo de bien. Galen resopla. Mira quién habla. —Eso oí. De repente, Grom sujeta el rostro de Galen y le hace una llave de lucha para mantenerlo agarrado. Galen odia cuando hace eso. —Déjame ver esa linda carita tuya, piscardo. Síp, justo como pensé. Tus ojos se están volviendo azules, ¿cuánto tiempo has estado pasando en tierra? Por favor ¡dime que no estás encaprichado con una humana! —Entonces se ríe y lo libera igual de repente.

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Galen lo mira fijamente. —¿Qué quieres decir? —Sólo te estaba molestando, piscardo. Tomándote el pelo. —Lo sé, pero… ¿por qué dijiste que mis ojos se están volviendo azules? ¿Qué tiene eso que ver con los humanos? Grom sacude una mano, restándole importancia. —Olvídalo, creo que es posible que tú estés más tenso que yo ahora mismo. Dije que sólo estaba bromeando. —Grom, si es algo sobre los humanos, necesito saberlo. Soy un embajador, evitas que haga mi trabajo. —La voz de Galen está más calmada de lo que se siente. Recuerda las pinturas en el muro de Tartessos. Los Syrena cuyos ojos lucían azules en lugar de violetas. —Por el tridente de Tritón, Galen. No tiene nada que ver con tu responsabilidad como embajador. Es sólo un rumor; en realidad, me sorprende que no lo hayas oído antes. Galen se cruza de brazos. —Bueno, no lo he oído. Grom rueda los ojos. —Tienes razón, no eres muy bueno en estas cosas. La leyenda dice que, a veces, cuando los Syrena pasan demasiado tiempo sobre tierra, sus ojos se decoloran a azules. Sólo es un mito, piscardo. Cálmate, tus ojos no se están volviendo azules. Tal vez sí paso demasiado tiempo sobre tierra. Sé más sobre historia humana que Syrena. —¿Qué están haciendo? —Una voz femenina los llama desde atrás. Se voltean para ver a Paca. Galen se retuerce por dentro. Paca no debería estar aquí, puede que se convierta en la pareja de Grom en unas cuantas horas, pero este lugar es sagrado. Ve a su hermano ponerse rígido a su lado, luego siente el pulso de Rayna aproximándose. El pulso de Jagen viene siguiéndola de cerca. Algo se siente mal. —Hola Paca —dice educadamente—, estábamos a punto de ir a verte, ¿no es cierto, Grom? —Paca no es fea, pero tampoco es bonita. Anodina sería una buena forma de describirla, pero no sólo anodina. Hay algo en la mirada de sus ojos que la

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hace lucir menos inocente, menos digna del anodina. Anodina podría despertar compasión, pero Paca no le despierta compasión a Galen. —Espero que fueran a ir a quitarme de encima a tu hermana —Paca se acerca cuando Rayna aparece—. Es bastante grosera. Galen le lanza una mirada a Rayna, ante lo que ella levanta la barbilla. —Paca y su rechoncho padre, allí presente, están llenos de estiércol de ballena, —Rayna les informa a sus hermanos. —Rayna —ladra Grom—. Cuida tus modales. Rayna levanta la barbilla aún más. Aquí vamos. —Paca es un fraude, Grom — dice—. No puedes emparejar con ella, siento arruinar tu ceremonia. Vamos, Galen. Paca jadea cuando Jagen se une a la reunión, casi tartamudeando por la furia. —¡Tú, pequeña… pequeña pez piedra! ¿Cómo te atreves a insultar a mi hija? Galen sujeta el brazo de Rayna. —¿Qué hiciste? —sisea. Libera su brazo de un jalón y le lanza una mirada de superioridad. —Si Paca tiene el don de Poseidón, entonces yo tengo el don de Tritón. Aunque no me preguntes cuál es, porque no tengo idea. —¡Rayna, suficiente! —dice Grom, sujetándole el otro brazo—. Discúlpate, ahora mismo. —¿Disculparme por qué? ¿Decir la verdad? Lo siento, no me da la gana. —Se encoge de hombros, pero no intenta liberarse del agarre de Grom. —¿Cómo puedes decir que es un fraude? ¡Acaba de mostrarte su don! —dice Jagen, cortando el agua con la mano, en frustración. Rayna resopla. —No le mostró a Galen el don. Galen, ¿la has visto demostrar el don? Deja que te muestre el don —Se gira hacia Paca—. ¿Escuchaste lo que dije, princesa tramposa-tramposa-comedora de excremento de ballena? Muéstrale a mi hermano tu patético don. Los ojos de Paca están llenos de deseos de asesinar. Mira a Grom. —Haz algo con tu hermana, ¿vas a permitir que me insulte justo enfrente de ti? ¿Así es como debo

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esperar que me traten cuando esté emparejada contigo? Rayna se ríe. —Ya quisieras, tú… —¡Rayna! —dice Galen— ¡Suficiente! Ella rueda los ojos, pero no dice nada más. Galen se gira a Paca. Intenta sonar pesaroso al decir: —Por favor, disculpa su falta de… —¿Cordura? —ofrece Paca gélidamente. Galen sonríe, más o menos. —Paca, por supuesto, me encantaría verte demostrar el don de Poseidón. ¿Serías tan amable de mostrarme? Ya hemos escuchado magníficas cosas al respecto, de boca de Toraf. Eso parece aplacar a Paca y Jagen, un poco. Grom incluso afloja el agarre sobre Rayna. Paca hace una reverencia, un signo de profundo respecto por Galen. Él necesita todas sus fuerzas para no rodar los ojos. —Por supuesto, joven príncipe. Por favor síganme. —Los conduce a una distancia considerable del campo minado, lo que sorprende a Galen. Pasan junto a toda clase de peces con los que pudo haber demostrado el don. Después de cada uno, la expresión de Rayna se hace más y más petulante, si es que eso es posible. —¿Qué se te ha metido? —Galen susurra sólo para los oídos de Rayna. De todas las cosas posibles, ella le guiña el ojo. —Ya verás, —articula. Nadan lo suficientemente lejos para alcanzar la plataforma que conduce a aguas superficiales. Todo eso parece un montón de molestias para sólo una minúscula demostración, pero Galen sigue la corriente porque no le parece justo que Grom deba tener el ceño fruncido el día de su ceremonia de emparejamiento. —Paca, tal vez podríamos detenernos aquí para la demostración. Tendremos que regresar pronto, no querrás dejar a todos esperando la ceremonia, —dice Galen. —Ya casi estamos allí, —exclama por sobre el hombro. Galen mira a Rayna,

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pero ella no dice nada, sólo está sonriendo como si realmente hubiera perdido la cordura. Cuando pasan la plataforma hacia aguas superficiales, ella se detiene, al fin. — Sólo un momento —dice—. Voy a llamarlos. Se dispara hacia la superficie. Galen mira a Jagen. —¿Llamar a quién? Jagen sonríe. —A los delfines, joven príncipe. Rayna no hace contacto visual con Galen, así que está forzado a esperar— impacientemente—a que Paca regrese con la manada. Después de unos cuantos minutos, regresa, con tres delfines que la flanquean. —Puedo hacer que salten fuera del agua, naden en círculos o naden unos hacia otros —le dice a Galen—. Elige. ¿Qué? Le lanza una mirada incrédula a Rayna, que le regresa una sonrisa enorme, llena de dientes, rara en ella. —A Grom le gusta verlos nadar en círculos, cariño —dice Jagen—. ¿Por qué no les ordenas que hagan eso? Nuestro joven príncipe obviamente no puede elegir. Paca se gira hacia sus amigos delfines y dice, —¡Círculos! —Entonces dibuja un gran círculo con las manos, una y otra vez. Los delfines lo ejecutan. Galen jadea. Oh, no. Gestos con las manos. Está utilizando gestos con las manos, como los entrenadores del Gulfarium. Rayna debió haberlos reconocido. Jagen aparentemente malinterpreta el jadeo de Galen por asombro. —Es bastante asombroso, ¿no es cierto, mi príncipe? —dice con una sonrisa deliberada. —Mucho —se atraganta, luego se aclara la garganta—. Paca, ¿qué hay de estos platija del fondo? ¿Qué puedes hacer que hagan? Paca se enfurruña. —Creí que querías ver a los delfines. —Lo has hecho bien con ellos, muy bien, pero me gustaría ver a estos platija hacer algo gracioso. ¿Puedes hacer que también naden en círculos?

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—Mi príncipe, así no es cómo funciona el don de Poseidón —interrumpe Jagen—. Está limitado a ciertos… —¡Mentiroso! —grita Rayna, sobresaltando a todos. Los delfines se inquietan y se van a toda velocidad. —Rayna, —dice Grom. —Au —se queja—. Me estás lastimando. Galen suspira y su corazón se hunde. —Suéltala, Grom, está diciendo la verdad. Paca no tiene el don de Poseidón. —Grom la suelta y le lanza una mueca a su hermano. Rayna nada hasta el refugio de la espalda de Galen. —No me digas que te ha metido en su jueguito, —le dice Grom. —¡Esto es indignante! —Jagen vocifera—. Grom, tienes que poner bajo control a tus hermanos, antes que lo haga yo mismo. Galen rueda los ojos. Jagen tiene más de 150 años, si desea pelear con Galen, es más que bienvenido a acercarse. —Grom, el don de Poseidón no está limitado a unas cuantas especies de peces, el don está destinado para alimentarnos a todos. ¿Qué hay de la Cueva de las Memorias? No hay delfines a esa profundidad, ¿cómo alimentará ella a los Archivos si es necesario? Grom se cruza de brazos, su rostro es como piedra. —Creo que debes limitarte a lo que conoces bien, hermanito, los humanos. Y llévate a tu hermana contigo, no puedo mirarla. —¿Qué? —dice Galen, acercándose a su hermano— ¿Me estás diciendo que me vaya? —Ambos ya han causado suficientes asperezas por hoy, tendremos una larga charla al respecto después de la ceremonia. —¡Eso es lo que intentamos decirte! —dice Rayna—. No debería haber ceremonia de emparejamiento. —Rayna —dice Galen con suavidad—. Yo manejaré esto, por favor.

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—No, no lo harás, Galen —dice Grom—. Has insultado a mi futura reina… tu futura reina… por tu opinión de mente cerrada. —¿Mi opinión? —dice Galen, airado. —Cuida tu tono, hermano, no me hagas expulsarte. Es sólo tu opinión a menos que puedas probar lo contrario. No hay evidencia que afirme que Paca no tiene el don de Poseidón. ¿Expulsarme? —¡Ella está usando las manos! —grita Galen— Ha entrenado a esos delfines para que respondan a gestos de mano. El don de Poseidón real sólo es de voz. Grom levanta una ceja. —¿En serio? ¿Puedes probarlo? Galen abre la boca y vuelve a cerrarla. No sin Emma. —Bueno… —No, no puede probarlo, —barbota Rayna. No levanta la vista para ver a Galen, aunque él si la está mirando fijamente. ¿Qué está haciendo? Ella nada hasta él. —Nunca te creerá lo de Emma, Galen —susurra—. Ni siquiera les digas. No detendrá la ceremonia para esperar que vayas a traerla. Míralo, está decidido, —le susurra. —Sé que no puede probarlo —gruñe Grom—. Y si pudiera, entonces debió haberlo traído a colación antes. Es un poco tarde para interesarse en ello ahora, ¿no crees? —¿Por qué estás haciendo esto? ¿Por qué estás siendo tan cabeza dura? —dice Galen—. ¿Es por Nalia? Elegir una pareja no te hará olvidarla, espero que no sea eso lo que estás intentando hacer. Es tiempo de Rayna para jadear. Galen cruzó la línea, pero no le importa. Grom está siendo bastante irrazonable. Grom está siendo bastante anti Grom. Grom se pone rígido y frío como un iceberg. —Váyanse, ambos. Ahora. —¿Entonces eso es todo? —dice Galen entrelazando las manos tras la cabeza— . ¿Estamos expulsados?

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Grom asiente lentamente. —Vámonos, Rayna —dice Gale, aun mirando a Grom —Vamos a casa. *** Para cuando llegan a la costa, Galen está exhausto. En su prisa por ver a Emma, cargó a Rayna en su espalda durante todo el trayecto a casa para mantener la velocidad. Encuentra unos pantaloncillos que había resguardado bajo una roca y se los pone. Rayna encuentra su propio traje de baño unos cuantos metros más allá. No percibe a Emma o Toraf en el agua, así que se dirige a la casa, esperando, contra todo pronóstico, que Emma esté allí por alguna razón, esperándolo. No está, pero Toraf sí y no luce feliz. —¿Cómo les fue? Necesitamos hablar, —barbota Toraf. Galen se congela. —¿Dónde está Emma? ¿Está bien? —Está en casa con su mamá, está bien; pero hay un problema. —En caso que no lo hayas notado, no te estoy interrumpiendo —dice Galen, con la mandíbula tan apretada que podría trabársele—. Siéntete libre de hablar. Toraf se retuerce las manos. —No te enojes demasiado. —Demasiado tarde. —Bien, enójate entonces, pero lo hice por tu propio bien. —¡Por el tridente de Tritón, Toraf! —grita Rayna—. ¿Qué hiciste? Hemos tenido un largo día. Toraf suelta el aire de golpe. —Le pedí a Yudor que viniera a ayudarme; le expliqué que no reconocía al acosador, o que estaba revolviendo el pulso del acosador con el de alguien más. No le dije nada más. —¿Tú qué? —Galen ya está apretando los puños. Toraf levanta las palmas extendidas en son de paz. —Galen, la reconoció inmediatamente.

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—¿A Emma? —Galen aspira. Esto no puede estar sucediendo. —No, a la acosadora. —Espera —dice Rayna—. ¿La? ¿Quién? —Galen —dice Toraf—. Es Nalia. Yudor jura por la memoria de Tritón que es ella, no está muerta. Él regresó para detener la ceremonia de emparejamiento. Nalia. Todo se une como si las piezas del rompecabezas repentinamente se acomodaran en su lugar. Galen se precipita por la estancia, hacia la playa, con Toraf y Rayna pisándole los talones. *** La casa de Emma ilumina la parte superior de las dunas de arena que están enfrente. Eso normalmente significa que Emma y su madre están en casa, viviendo vidas separadas en habitaciones separadas. Galen corre hacia la puerta corredera de cristal de la parte posterior y golpea con fuerza la puerta, no hay tiempo para la etiqueta. Hace gestos para que Rayna y Toraf se queden atrás. Se da cuenta que Rayna preferiría comerse su propia oreja que obedecer, pero Toraf la retiene. Emma llega a la puerta, una brillante sonrisa en su rostro. —¿Estás apresurado por alguna razón? —dice, la emoción ilumina esos gigantescos ojos violeta. —Debe de haberme extrañado, —grita la mamá de Emma desde la cocina; le guiña un ojo a Galen, completamente inconsciente de la forma en que su mundo está a punto de tambalearse. —Mamá, puaj, —dice Emma, le tiende una toalla a Galen y cierra la puerta. —Gracias —le dice—. Por la toalla, quiero decir. —¿Pasa algo malo? —Por la expresión de ella, debe lucir tan ansioso como se siente. Le acaricia la mejilla con el dorso de la mano. —Te amo, más de lo que

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piensas, sin importar lo que suceda. Ella gira la cabeza para besarle la palma. —Oh oh, ¿sin importar lo que suceda? Eso es algo morboso, ¿no crees? —susurra—. Pero sin importar lo morboso, yo también te amo, Galen. Dios, te extrañé muchísimo, ¡Y sólo han sido 24 horas! Se inclina, roza sus labios con los de ella, apreciando la suavidad. Normalmente, por respeto no la besaría enfrente de su madre, pero considera que esta es una situación especial. Siempre recordará este momento, el momento antes que todo cambiara. Le da un último beso y luego se dirige a la cocina. —Déjeme ayudarle con eso, señora McIntosh. Ella sonríe y niega con la cabeza. —Oh, está bien, Galen. Ya casi termino, además, aún estás empapado. Aun así, Galen se aproxima al fregadero. Las pistas fragmentadas se alinean con cada paso que da y forman el panorama completo. Ha perdido todo este tiempo sospechando del papá de Emma. ¿Cómo pude ser tan estúpido? Su apariencia Syrena, sólo que con ojos azules. Ojos azules sin lentes de contacto, ojos azules que se han despintado del violeta por sus años en tierra. No es una leyenda, la pintura en Tartessos era correcta. Y esos mismos años sobre tierra era responsables por sus mechones de canas… un signo de envejecer más rápido. El que tuviera el hábito raro de llamar cada vez que el acosador aparecía; probablemente los percibía a todos ellos en el agua y quería asegurarse que Emma estuviera a salvo. Si el Doctor Milligan tenía razón, si Emma no había madurado hasta recientemente, puede que nunca antes la haya percibido, puede que ella ni siquiera se haya dado cuenta del don de Emma. Percibido. Grom jura que la ha estado percibiendo de nuevo. ¿Realmente puede percibirla desde tan lejos después de todo este tiempo? Tal vez todos los mitos son ciertos, tal vez sí existe el llamado.

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Aun así, con llamado o no, ha estado rompiendo la ley—y el corazón de su hermano—al quedarse en tierra todo este tiempo. Sin mencionar el abismo cada vez más grande que había creado entre los dos reinos cuando se fue. A pesar de lo mucho que ama a Emma, Galen no puede ignorar las acciones de su madre. Y no puede dejar que Grom empareje con la persona equivocada. La señora McIntosh le dirige una mirada perpleja, pero no dice nada cuando él llega a su lado. Mete la mano en el agua del fregadero y la percibe inmediatamente. El acosador. La mirada en sus ojos, la forma en que se le queda la boca abierta, la forma en que mira inmediatamente el tridente en su estómago, todo eso es la confirmación que necesita. —Tienes mucho que explicar, Nalia.

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AGRADECIMIENTOS  Moderadora del proyecto o Azhreik

 Traductores o Andres_1987 o Azheik o Brayan Calderon o Carmen_lima o Cuen o Jaque_black o Jk2005 o Lucydango o Martinafab o Mj1994 o Phoebe o Shiiro o Silvifu

 Diseño o Pamee

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