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L a u r a Br a vo

Ne fi Ve r g a r a

La vida privada de las aves

Ama r es en co n t ra rse un a y ot r a ve z, como l os p aj ar i to s .


Lau r a Br a vo i l u s t ra d o p o r Ne fi Ve r g a r a


L

legaron una tarde de invierno. Primero uno y luego otro. Entonces no pude distinguir quién era él y quién era ella, pero eso no importó. El primero llegó uno y se acurrucó en la orilla de una rama del árbol. El otro llegó con un soplo de viento suave y se paró en el otro extremo de la misma rama; luego, con pasos tímidos, se acercó al primero, poco a poco, lateralmente, como un equilibrista en la cuerda floja, como si temiera que aproximándose bruscamente pudiera asustarlo.


Una vez juntos, el segundo se acurrucó en el primero y a éste no pareció molestarle. Se quedaron compartiendo los últimos rayos de sol de esa tarde fría, intercambiando calor. No sé si esa fue la primera vez que se encontraron, o si ya se conocían de otra parte, pero los espié desde mi ventana hasta que se quedaron dormidos uno a lado del otro y eso me hizo pensar que tal vez el amor sí existe.


Desde entonces, cada tarde, más o menos después de las cinco o seis, cuando el día empezaba a oscurecer, los veía llegar y reencontrarse, como una pareja de recién casados volviendo del trabajo felizmente cansados: cansados de trabajar, pero felices de verse de nuevo. Amar es encontrarse una y otra vez, como los pajaritos.


¿Cómo es amar sin palabras? Los pájaros, al igual que otros animales y a diferencia de los humanos, no poseen un lenguaje con el cual contarse cómo fue su día o decirse cosas bonitas. Así que los pájaros simplemente se acurrucan juntos, se miran de ladito (monocularmente, es decir, miran por separado con cada ojo) se hacen cariños con sus piquitos, se espulgan mutuamente y gorjean quedito, como si tararearan canciones o balbucearan palabras que no saben cómo pronunciar para decir “te quiero”.


Sin ninguna razón en particular, llamé a la pareja de pajaritos Romeo y Julieta (no precisamente por la tragedia, ya que igualmente pudieron llamarse Alberto y Eloísa, o Siegfried y Kriemhild, oTristán e Isolda). Así que Romeo y Julieta perpetuaron su idilio en mi balcón, apretados entre plumas y calor, para pasar juntos cada noche y amanecer juntos cada nuevo día. Yo tan sólo los espiaba entre las cortinas, con cuidado de no espantarlos cuando abría la persiana por la mañana antes de irme a trabajar y sonriendo al volver y verlos de nuevo.


Sin embargo, una de esas tardes, al llegar descubrí que sólo había uno de ellos en el balcón y que ya estaba oscureciendo y no se veía señal del otro arribando. Romeo o Julieta yacía cabizbajo posado sobre la fornitura de la ventana.


Se notaba que extrañaba a su compañerito. Nada más verlo así me puso triste a mí también y hasta sentí miedo de que algo malo le hubiera pasado al otro, pero no podía hacer nada por ayudarlos. ¡Es tan amplio el cielo! ¿Cómo puede un pajarito no perderse volando en la inmensidad de vez en cuando?


Así pasaron varios días que, a propósito, fueron días lluviosos y grises. Después de un tiempo también el pajarito que quedaba se fue, se perdió entre las nubes y yo me quedé sola mirando por mi ventana y echándolos de menos a ambos.


Las nubes se fueron. El cielo volvió a ser azul y la calle se pintó de los colores de la primavera, llenándose de trinos de aves que venían a hacer sus nidos en el alfeizar de las casas. Volví a acordarme de Romeo y Julieta y entonces, inesperadamente, un día ellos volvieron a mi balcón y empezaron a hacer su propio nido.


Se veían tan emocionados, tan nerviosos como una pareja de padres primerizos, llevando yerba de aquí para allá en sus picos, recolectando ramitas y pelusas. Julieta estaba cada vez más gorda (esa fue la única vez en que pude distinguirlos). Terminaron el nido justo antes de la siguiente temporada de lluvia. Julieta se instaló en él y Romeo iba y venía trayéndole fielmente la comida. ¡Yo misma estaba muy animada por conocer a sus hijitos!


Después de unas semanas empollando, nada pasó. Julieta se levantó y se fue. Romeo se fue tras ella y no volvieron más, dejando el pequeño nido vacío, como una promesa sin cumplir o un sueño desistido. Me quedé esperándolos. No sabía si era natural que los pájaros salieran a volar dejando sus huevitos solos, pero cuando no volvieron me di cuenta que ni siquiera había huevos en el nido. Era una casita abandonada, un corazón de ramitas y yerba seca colgando roto de mi ventana.


A veces las cosas se terminan como una despedida sin decir adiós. ¿Por qué se fueron Romeo y Julieta?


Tal vez otro día los volveré a ver. El cielo es muy grande allá arriba, y ellos deben de estarlo explorando juntos. Probablemente busquen un mejor lugar para su nido, uno más guarecido para la lluvia y donde dé el sol.


Los pájaros van y vienen. Yo me quedo mirando por la ventana y, a veces, si observo atentamente puedo descubrir cuando sucede algo extraordinario, como dos pájaros enamorándose otra vez…


La vida privada de las aves  

Cuento infantil.

La vida privada de las aves  

Cuento infantil.

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