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´´NCHE PRIETO # 0

POESÍA 1. 2. 3. 4. 5. 6. 7.

Cástulo Aceves Orozco. O´Canales. Alberto Tovar. Mafer Hansen. Moisés Ortega. Aleqs Garrigóz. Iván Mata.

CUENTO 1. David Chávez. 2. Montserrath Campos Sánchez. 3. Emmanuelle Kubrick.

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La idea es rolar poemas y cuentos‌

COLABORA

ncheprieto@gmail.com

Los textos que se publican son propiedad de los autores.

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Cuando

vives

aprendes

a

en

no

la

dar

ciudad, nada

por

sentado. Cierras los ojos un momento, o te das la vuelta para mirar otra cosa y aquella que

tenĂ­as

desaparece

por

de

delante

repente.

Nada

perdura, ya vez, ni siquiera los

pensamientos

en

tu

interior. Y no vale la pena perder el tiempo buscĂĄndolos; una

vez

desaparece,

que ha

una llegado

cosa a

su

fin.

Paul Auster El paĂ­s de las Ăşltimas cosas.

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POEMAS

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Reloj de arena -

Cástulo Aceves Orozco

Todo lo que no soy se disuelve, vértigo, besa la oscuridad que lo forma, se desmorona en la pupila, cae en granos encerrado por la línea de la piel.

Al acumularse el polvo que respira al hombre voltea el aliento, se vacía.

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No es que hayas venido esta mañana –

O´Canales

No es que no hayas venido esta mañana

Ni siquiera es el tiempo que invertí en planear la cita

Arreglar la casa

Cambiar la colcha para que hiciera juego con las sábanas

Las varitas de incienso y las velas aromáticas

No es tampoco que ahora vaya en este autobús y tú en el otro

Lo que me duele es el libro rojo olvidado en la última banca de la estación aprisionando pájaros en sus páginas.

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Imbéciles anónimos –

Alberto Tovar

Hola, mi nombre es Alberto y soy un imbécil.

Por favor no culpen a las drogas.

Insisto. Repito. Las drogas no tienen la culpa.

Mi imbecilidad es genuina. Nació conmigo. No quiero decir genética. No viene de mi madre. Ella no tiene la culpa. de su hijo adicto a la imbecilidad u otras drogas, no varias; así como las drogas no tiene la culpa de lo humano imbécil que me sé.

No conozco a mi padre. Pero temo encontrar a no un imbécil en él. ¿De dónde vendría entonces mi imbecilidad

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si mi padre no es imbécil?

Algo es seguro, no de las drogas, ni del gobierno u los reptilianos, no es culpa de los videojuegos ni de los libros; mi vicio por ser imbécil es genuino. no se crea ni se destruye se habita se habitúa y hasta se contonea con la alegría de una lombriz en composta.

Orgullosamente me atrevo a escupir hacia arriba, a mi propia cara que es el cielo del que llueve la tristeza del mundo.

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Suspendida al fin –

Mafer Hansen

A veces me gustaría detener el tiempo.

Saborear eternamente la tarde de un lunes, congelar los 3 metros cuadrados que me rodean y sonreír.

Saciar las ganas de ser una hormiga. sin tener que hablar, ni tomar un baño. Escapar de la humillación ante el propio reflejo.

Sólo quiero que por vez primera, el viento y yo tengamos la misma densidad, el mismo contenido.

Ser vacío.

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Testamento –

Moisés Ortega

Si te llega este baúl, papá

es

que

por

fin

estoy

muriendo,

o

he

muerto

por

completo.

Sí, es rosa y tiene flores decorativas, no te asustes.

Te dejo mi rubor, el carmín de mis labios delgados, ahora incapaces al beso.

Un vestido de leopardo y el recuerdo de la noche del canto estridente de los grillos.

Hay también una peluca de cabello natural tejida a mano.

Son para ti los aretes de fantasía brillante

y los abalorios que cascabelean en las noches de rumba sobre mis muñecas finas.

Te regalo todo, incluso el amor que nunca dejé de prodigarte en el rincón

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silencioso de los sueños.

Ponte la peluca y píntate los labios…

seguro la viejita primorosa en el reflejo del espejo me querrá más que tú.

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El primo –

Aleqs Garrigóz

Desde siempre, hasta siempre hay alguien semejante a nosotros en vigilias, pulmones, agonía. En capacidad de exterminar… o pereza. Alguien que nos comparte su mirada para habitar en nosotros y que nosotros, así, le demos vida.

Es un secreto a voces que todos sabemos.

Pero si uno habla de él, se nos vuelve una loza en la espalda que, si bien nos salva del acribillamiento, te curva de humillaciones.

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Hasta los güevos del putísimo acné -

Iván Mata

Estoy hasta el güevo de luchar contra el acné de lavarme la cara tres veces al día y que el azufre ciegue mis ojos

Estoy cansado

muy

cansado

de

comprar

lociones astringentes para limpiar mi cara con algodón impregnado en glicerina y envejecer por culpa del sol -tengo 27 años y no tengo los dientes frontales-

Estoy cansado de untarme sábila/ miel/ ácido salicílico en crema/ limón logro que las abejas perforen más los cacarizos que tengo y que los juanes aniden en mí

¡SÍ!/

estoy demasiado cansado de gloogear soluciones metafísicas químicas religiosas

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extraterrestres para eliminar al fin estos putos granos que me quitaron mi reflejo y no se van como el hongo que estĂĄ en la uĂąa de mi dedo gordo

Ya no quiero luchar contra las piedras -no puedo-

Estoy cansado de rezar por las noches a un dios que seguramente tuvo acnĂŠ en la adolescencia.

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CUENTOS

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Ink no se arrepiente -

David Chávez

Vagaba por las calles solas, fumando, hasta que en un cruce una camioneta me detuvo. Placas del estado, caras redondas. Se notaba la angustia en la mirada de la mujer. El hombre, impaciente. Preguntaron

por

la

Cruz

Roja.

Yo

sabía

que

tenían que ir a la derecha, siete cuadras más. Con mi cigarro en la mano dudé un poco. Inhalé algo de humo ordenando mentalmente las calles, una a una, en cuestión de segundos. Iba a decirles que podría llevarlos si me permitían ir con ellos. Vi una sombra moverse entre los brazos de la señora, como si la cargara. Arrojé el cigarro y exhalé la última bocanada de humo. Ellos me miraban, ansiosos. No

pudieron

arrancaron.

Les

soportar

grité

que

mi

silencio

doblaran

a

y la

izquierda. Cuando se perdieron entre las calles, sólo me pregunté una cosa: ¿se habrá muerto la niña?

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La espera –

Montserrath Campos Sánchez

Ella está sentada en el mismo bar donde hace dos años un mesero la acompañó a la puerta por alterar el orden público. Ella pide una cerveza y enciende su primer cigarrillo. Llegó diez minutos antes de la cita por lo que saca su libreta de la bolsa y escribe: “Ella está sentada en el mismo bar donde hace dos años…”. Ella

pide

otra

cerveza

y

enciende

su

tercer cigarrillo. Se impacienta. Las manecillas del reloj se movieron casi 90 grados. Piensa en las razones por las que su acompañante no llega todavía:

un

asalto

al

microbús,

un

tiroteo

afuera de la presidencia, un niño perdido en algún kiosco, una mujer dando a luz en un taxi. Ella toma su teléfono y marca al número 19-00964: “El número que usted marcó está ocupado”. Vuelve a tomar su teléfono y llama al mismo número en quince ocasiones más. Ella pide otra cerveza y observa a la pareja de la mesa contigua: un hombre de no más

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de cuarenta años y una mujer casi adolescente. Recuerda que en su juventud se involucró con aquel escritor que la trataba como adulta. Ella escribe en su libreta: “Como adulta…”. Suena su teléfono, finge estar molesta y entonces dice: ̶¿Aló?... Un silencio largo; luego esa voz que vino como un temblor hace dos años: “No llegaré, en realidad nunca dije que iría”. Ella pide la cuenta al mesero que no ha dejado de sonreírle -10% de propina-. Sale del lugar y se dirige a la parada del autobús. Sube y se va directo al último asiento. En la oscuridad del Eje Juan Pablo,

dos

hombres

abordan

el

camión

donde

viaja. Uno de ellos amenaza con una pistola al conductor mientras el otro enseña una navaja y obliga

a

las

personas

a

entregar

sus

pertenencias. Cuando ella siente el filo del metal sobre su cuello, se aferra más a su bolsa y piensa en la última frase que anotó en su libreta: “Ojalá que hoy la asesinen”.

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De los niños de Charlestown Emmanuelle Kubrick

El martes a temprana hora, mi madre me envió al mercado. Caminaba sobre la acera, cuando pequeño

rubio

me

llamó

desde

un

carro

un con

insistencia. Vacilante me aproximé. Dijo que quería un pastelillo de coco y si le acompañaba a la repostería, me compraría uno. -Bueno, pero no he de tardar mucho, mi madre me aguarda. El chico bajó del carro, le tomé la mano y pregunté dónde se encontraban sus padres. -Mi madre se ha marchado de compras y mi padre se encuentra en casa del gobernador. Yo le he acompañado, pero me ha hecho esperarle demasiado, tanto que mi pancita gruñe. Al llegar a la repostería, escogió el de coco y yo uno de vainilla. Pagó con una moneda de cincuenta centavos que había hurtado de la tienda de mi madre. Con ello supe que era un niño de familia rica, y comprendía el porqué de sus buenos atuendos.

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Al salir de la tienda, el pequeño mantenía esa sonrisa, tan jubilosa y yo tan pusilánime, ¡qué pesado! Le sostenía la mano, aún con más fuerza, como para asegurarme de que nada grave pudiese

ocurrirle.

No

podía

controlar

mis

impulsos y supe desde el primer instante que deseaba asesinarle. Pero en esta ocasión tenía que estar seguro de que nadie me interrumpiera o me pillase acribillando a aquel crío. Así que lo engañé, le envolví en una treta diciendo que si no gustaba trepar a un barco de vapor. Él se entusiasmó y pidió de inmediato que le llevase a las orillas de la playa. Caminamos un largo rato, hasta llegar a un paraje arenoso, en donde nos sentamos un momento para descansar. Ese

océano

de

olas

titánicas

gruñía

feroz, como tratando de decirle al pequeño de que la idea de subir a un barco de vapor no era más que una falacia para asesinarle. La brisa caliente me quemaba la cara, me revolvió el cabello y cubrió mis pies de arena. -¿Todavía deseas saber más? -Sí… continúa. El pequeño sonreía, y miraba con atención aquellos barcos pesqueros; dijo que nunca había

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mirado algo semejante. Y yo, nunca me había sentido

tan

fastidiado

con

tanta

felicidad

desmesurada. Se puso de pie y corrió cerca de la orilla, donde las olas se desintegran en espuma,

saltaba

señalando

a

los

barcos

con

pesadez: ¡Mira… mira! Era cerca del medio día y volví la vista en ambas direcciones, cerciorándome de que no se encontrase ni un alma en la playa. Mis puños oprimieron con fuerza la arena, intentándola hacerle añicos, como si eso fuera posible. El pequeño seguía saltando y diciendo: ¡Mira… mira! Me puse de pie y me le acerqué. Coloqué mi mano derecha sobre de su hombro y le palmeé en

dos

inmenso

ocasiones. que

realmente

era

Él

repitió

aquel

gigantesco!

que

mirase

lo

barco.

Respondí:

¡Es

Cuando

descargué

un

furioso ataque, clavando mi navaja en el cuello de aquel angelical niño. Cayó sobre la arena, pero a pesar del sorpresivo ataque, no había muerto y peleaba por su vida. Le desprendí la navaja del cuello y comencé a apuñalarle sin detenerme, son-riendo, como lo hago ahora:

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Me sentía feliz. Él gritaba: ¡Papito! Una y otra vez. Pero vamos, solo fueron unas cortadas, nada como para morirse.

Después

le

arrastré

por

la

arena,

agonizante, y le tiré detrás del herbaje, cerca de los pantanos. Tomé una vara y se la inserté en el ojo derecho. Le bajé los pantaloncillos e intenté castrarle como lo hacía a los perros y gatos

de

mis

vecinos,

y

le

vi

estático,

pusilánime, con la boca entreabierta, ¿y su fulgurosa felicidad, dónde quedó? Le

clavé

nuevamente

la

navaja

en

el

cuello, pero no logré arrancarle otro grito. Fue ahí que, por primera vez, el miedo se apoderó de mí y escapé de la playa, acudiendo al mercado para cumplir con el recado que mi madre me había encargado, pues haberlo hecho, no me hace un hijo desobligado.

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Revista ´´NCHE PRIETO #0  

Literatura - Poesía - Cuento - Poemas - Guanajuato - Colaboraciones

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