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SUEÑOS AMARGOS Ella estaba sentada esperándolo. David se sentó a su lado y comenzó a mirarla. Su cabello estaba liso y brillante, sus mejillas estaban un poco ruborizadas y tenía una bonita sonrisa en sus labios. Poco a podo David se fue acercando, cada segundo que pasaba estaba más cerca de ella, de sus labios. Sus narices se rozaron, y un instante después se estaban besando. Él empezó a acariciarle la espalda y… “¡Limonej, limonej!” “¡Limonej, limonej!” ¡MIERDA! Solo fue un sueño. Es ese momento se sintió como Rin rin Renacuajo, solo que no saldría de su casa tieso y majo, si no aburrido y enojado. ¿Es qué ni en sueños podía estar con ella? Se preguntaba David.

Miró su reloj, eran solo las 5:30 a.m. “¡Este man si madruga!”Fue lo único que pudo decir. Se cobijó hasta la cabeza tratando de volver a dormir. Dio vueltas y vueltas pero aún escuchaba la voz del vendedor “¡Limonej, limonej!”. David prendió el radio con la esperanza de encontrar algo que lo arrullara. Sintonizó una emisora donde acababa de empezar una agradable canción, bajó el volumen, se acomodó en su cama y cuando empezaba a relajarse sonó el coro de aquella canción: “Yo te quiero con limón y sal, yo te quiero tal y como estás no hace falta cambiarte nada…” Sacó su mano de entre las cobijas y presionó el botón de apagado. David no tenía ganas de escuchar sobre limones. Por: Natalia Restrepo Saldarriaga

Sueños amargos  

Historia de un No Lugar

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