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PRIMERA PARTE

Introducci贸n


CAPÍTULO PRIMERO

Teorías rivales y valoración crítica de ellas 1.

CONCEPCIONES

RNAlES

DE LA NATURALEZA HUMANA

Esto es lo que depende de nuestra concepción de la naturaleza humana: para los individuos, el sentido y el propósito de nuestras vidas, lo que debemos hacer o aquello por lo que debemos esforzamos, lo que podemos esperar conseguir o lle.gar a ser; para las sociedades humanas, qué concepción de comunidad humana podemos esperar desarrollar y qué tipo de cambios sociales deberíamos hacer. Nuestras respuestas a todas estas grandes cuestiones dependen de si pensamos que existe alguna naturaleza «verdadera» o «innata» de los seres humanos. Si es así, ¿en qué consiste? ¿Es diferente para las mujeres y los hombres? ¿o no hay tal naturaleza humana «esencial», sino tan sólo una capacidad para ser moldeada por el entorno social, esto es, por fuerzas económicas, políticas y culturales? Sobre estas cuestiones fundamentales acerca de la naturaleza humana existen grandes discrepancias. «¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes ... Apenas inferior a un dios le hiciste, le adornaste de gloria y esplendor», escribió el autor del Salmo 8 del Antiguo Testamento. La Biblia considera a los hombres como seres creados por un dios trascendente con un propósito definido para nuestra vida. «La naturalezareal del

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• hombre es la totalidad de las relaciones sociales», escribió Karl Marx a mediados del siglo XIX. Marx negaba la existencia de Dios, y sostenía que cada persona es el producto del estado económico particular de la sociedad humana en la que él o ella vive. «El hombre está condenado a ser libre», dijo JeanPaul Sartre en la Francia ocupada de la década de los 40. Sartre también era ateo, pero difería de Marx en que sostenía que nuestra naturaleza no está determinada por la sociedad ni por ninguna otra cosa. Mantenía que cada persona individual es completamente libre para decidir qué es lo que él o ella quiere ser y hacer. En contraposición a él, los teóricos modernos de la socio biología han tratado a los seres humanos como productos de la evolución dotados de patrones de con.ducta biológicamente determinados y específicos de la espeoe. No. escapará a los lectores contemporáneos que estas tres citas de la Biblia, Marx y Sartre utilizan la palabra masculina «hombre» (en la traducción española) cuando es de suponer que la intención era la de referirse a todos los seres humanos, incluyendo a las mujeres y a los niños. Este uso ha sido muy extendido, y se le defiende a menudo como algo convenientemente breve y taquigráfico, pero no hace mucho que ha sido criticado por contribuir a presunciones cuestionables acerca del dominio de la naturaleza humana masculina y el consecuente desprecio u opresión de la naturaleza humana femenina. Aquí hay importantes asuntos dignos de ser tratados que implican mucho más que los usos lingüísticos. Tocaremos temas feministas en algunos puntos de este libro, pero no los abordaremos directamente: no hay ningún capítulo sobre teorías de la naturaleza humana específicamente feminist~s. Nos hemos esforzado al escribir por evitar el lenguaje sexista, pero no se puede evitar en las citas. Diferentes concepciones de la naturaleza humana conducen a diferentes ideas sobre lo que debemos hacer y cómo podemos hacerla. Si nos hizo un Dios supremo y todopoderoso, entonces es su intención lo que define lo que podemos y d~bemos ser, teniendo que dirigimos a él para solicitar ayuda. S1,por otra parte, somos productos de la sociedad, y si descubrimos que nuestras vidas no son satisfactorias, entonces no

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podrá haber ninguna solución real hasta que se transforme la sociedad humana. Si somos radicalmente libres, nunca podemos escapar a la necesidad de la elección individual; tendremos que aceptarlo y tomar nuestras decisiones con total conciencia de lo que estemos haciendo. Si nuestra naturaleza biológica nos predispone o determina a pensar, sentir y actuar de determinada manera, tendremos que tener en cuenta esto de una forma realista. Las creencias rivales acerca de la naturaleza humana se encarnan por lo general en distintos modos de vida y en sistemas políticos y económicos. La teoría marxista (en una de sus versiones) dominó tanto la vida pública en los países gobernados por el comunismo que el cuestionamiento de ella podía tener serias consecuencias para aquel que la ponía en duda. Podemos olvidar fácilmente que hace unos siglos el cristianismo ocupó una posición dominante similar en la sociedad occidental: los herejes y los no creyentes eran discriminados, perseguidos e incluso quemados en la hoguera. Aun en la actualidad, en algunos países o comunidades existe un consenso cristiano socialmente establecido al que los individuos sólo se pueden oponer asumiendo un cierto coste para ellos mismos. En la República de Irlanda, por ejemplo, la doctrina católica romana ha sido aceptada hasta hace poco como una política restrictiva en materias sociales tales como el aborto, la contraconcepción y el divorcio. La Iglesia católica ejerce también una fuerte influencia en la Polonia postcomunista. En los Estados Unidos, un informal ethos cristiano protestante afecta a gran parte de las discusiones públicas, y ello a pesar de la separación oficial de la Iglesia y el Estado. Una filosofia «existencialista- como la de Sartre puede parecer menos proclive a tener implicaciones sociales, pero una manera de justificar la moderna democracia «liberal» es apelando a la concepción filosófica de que no hay valores objetivos para la vida humana, sino tan sólo elecciones subjetivas e individuales. Esta asunción (que es incompatible tanto con el cristianismo como con el marxismo) ejerce una gran influencia en la sociedad occidental moderna, superando con creces a su manifestación particular en la filosofia existencialista francesa de mediados del siglo xx. La democracia liberal está

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conservada religiosamente en la Declaración estadounidense de Independencia, con su separación entre política y religión y su reconocimiento del derecho de cada individuo de perseguir libremente su propia concepción de la felicidad. (Debería señalarse, sin embargo, que alguien que cree que existen estándares morales objetivos puede seguir defendiendo un sistema social liberal si él o ella piensa que no es prudente intentar imponerlos.)

2.

COMPARACIÓN

ENTRE EL CRISTIANISMO

Y EL MARXISMO

Examinemos un poco más de cerca el cristianismo y el marxismo en tanto que teorías rivales de la naturaleza humana. Aunque difieren radicalmente en su contenido, presentan notables similitudes en su estructura, en la manera en que las partes de cada doctrina encajan y dan lugar a modos de vida. En primer lugar, cada una hace afirmaciones acerca de la naturaleza del universo como un todo. El cristianismo se compromete, por supuesto, con la fe en Dios, un ser personal que es omnipotente, omnisciente y sumamente bueno, siendo creador, soberano y juez de todo lo que existe. Marx condenó la religión al considerada «el opio del pueblo», un sistema ilusorio de creencias que lo distrae de sus problemas sociales reales. Mantenía que el universo existe sin la necesidad de nadie que esté detrás o más allá de él y que su naturaleza es fundamentalmente material. Tanto el cristianismo como el marxismo presentan creencias acerca de la historia. Para el cristiano, el sentido de la historia viene dado por su relación respecto de lo eterno. Dios usa los acontecimientos de la historia para realizar sus designios, revelándose a Su pueblo elegido (en el Antiguo Testamento), pero sobre todo en la vida y muerte de Jesús. Marx afirmó haber encontrado un patrón de progreso en la historia humana que es completamente interno a ella. Pensaba que hay un desarrollo inevitable desde un estado económico a otro, de manera que así como el sistema económico del feudalismo fue superado por el capitalismo, el capitalismo daría

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paso al comunismo. Las dos concepciones ven un patrón y un sentido en la historia, aunque difieren en la naturaleza de la fuerza que la impulsa y en la dirección de su avance. En segundo lugar, siguiendo las contradictorias afirmaciones acerca del universo, se dan diferentes descripciones de la naturaleza esencial de los seres humanos individuales. Según el cristianismo, hemos sido hechos a imagen de Dios, y nuestro destino depende de nuestra relación con El. Todas las personas son libres de aceptar o rechazar los designios divinos y serán juzgadas según cómo ejerzan esa libertad. Este juicio va más allá que cualquier cosa que pertenezca a esta vida, ya que todos sobrevivimos a la muerte fisica. El marxismo niega la vida después de la muerte y todo juicio eterno. También quita importancia a la libertad individual,. y dice que nuestras ideas y actitudes morales vienen determmadas por el tipo de sociedad en que vivimos. En tercer lugar, existen diferentes diagnósticos sobre lo que falla en la vida humana y en la humanidad. El cristianismo afirma que el mundo no se corresponde con los designios de 'Dios, que nuestra relación con Dios se ha roto porque hacemos un mal uso de nuestra libertad, rechazamos la voluntad divina y estamos infectados por el pecado. Marx reemplaza la noción de pecado por el concepto de «alienación», que sugiere también algún están dar ideal que la vida humana real no satisface. Pero la idea de Marx parece referirse a la alienación de uno mismo, de la propia y verdadera naturaleza: su afirmación reside en que los seres humanos tienen potencialidades que las condiciones socioeconómicas del capitalismo no permiten desarrollar. La prescripción para un problema depende del diagnóstico. ASÍ, para terminar, el cristianismo y el marxismo ofrecen respuestas completamente diferentes a los males .de la .vida humana. El cristiano cree que sólo el poder de DlOS mismo puede salvamos de nuestro estado de pecado. La afirmación que sorprende es que Dios ha actuado para redimir al mundo en la vida y muerte de Jesús. Todos necesitan aceptar este perdón divino para poder comenzar entonces a vivir una vida nueva y regenerada. La sociedad humana no estará verdaderamente redimida hasta que los individuos se vean así transfor-

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mados. El marxismo dice lo contrario: no puede haber una mejora real de las vidas individuales hasta que se haya producido un cambio radical en la sociedad. El sistema socioeconómico del capitalismo debe ser reemplazado por e! comunismo. Dice que este cambio revolucionario es inevitable debido a las leyes de! desarrollo histórico; lo que los individuos debieran hacer es unirse a este movimiento progresista y ayudar a mitigar los dolores de! parto de la nueva era. Dentro de estas prescripciones rivales se hallan implícitas concepciones dispares de un futuro en e! que la humanidad será redimida o regenerada. La concepción cristiana remite a un pueblo que es restituido al estado que Dios se propone que alcance, un estado en e! que ese pueblo ama y obedece libremente a su hacedor. La vida nueva comienza tan pronto como e! individuo acepta la salvación de Dios y se une a la comunidad cristiana, aunque e! proceso debe completarse más allá de la muerte, pues los individuos y las comunidades son siempre imperfectas en esta vida. La concepción marxista remite a un futuro inscrito en este mundo, a una sociedad perfecta en la que las personas pueden convertirse en sus verdaderos sí mismos, no estando ya alienado s por las condiciones económicas, sino actuando libremente en mutua cooperación. Tal es el fin de la historia, si bien no se debería esperar su realización inmediatamente después de la revolución; se precisará un estado de transición antes de que la fase superior de la sociedad comunista pueda darse. Tenemos aquí dos sistemas de creencias que presentan un alcance total. Tradicionalmente, los cristianos y los marxistas han afirmado ser poseedores de la verdad esencial de! conjunto de la vida humana; han establecido algo acerca de la naturaleza de todos los seres humanos, en cualquier tiempo y lugar. Y estas cosmovisiones no reclaman un mero asentimiento intelectual, sino acción práctica; si creemos realmente en cualquiera de las dos teorías, deberíamos aceptar sus impl~caciones para el propio modo de vida y obrar en consonancia. Como último punto de comparación, conviene señalar que para cada sistema de creencias ha existido una organización humana que reclama para sí la lealtad de los creyentes y 26

hace valer una cierta autoridad sobre la doctrina y la práctica. Para e! cristianismo está la iglesia, y para e! marxismo e! partido comunista. 0, para ser más exactos, han existido desde hace mucho tiempo iglesias cristianas rivales y una diversidad de partidos comunistas o marxistas. Cada uno afirma seguir la verdadera doctrina de su fundador, definiendo las versiones rivales de la teoría básica como ortodoxas y siguiendo diferentes políticas prácticas.

3.

ÜTRAS «IDEOLOGÍAS» SOBRE LA NATURALEZA HUMANA

Mucha gente ha notado esta semejanza en estructura entre e! cristianismo y e! marxismo, y algunos han sugerido que el último es una religión tanto como e! primero. Esto da que pensar tanto a los creyentes de los dos tipos, como a la persona no comprometida con ellos. ¿Por qué explicaciones tan diferentes de la naturaleza y e! destino de! ser humano tendrían que tener estructuras semejantes? Pero existen muchas más concepciones de la naturaleza humana que estas dos. Las teorías de los antiguos griegos, en especial de sus grandes filósofos Platón y Aristóte!es, siguen influyendo en nosotros en la actualidad. Desde la emergencia de la ciencia moderna en e! siglo XVII, diversos pensadores han intentado aplicar los métodos científicos (tal y como los entendieron) a la naturaleza humana -por ejemplo, Hobbes, Hume y los pensadores franceses de la Ilustración dieciochesca. Más recientemente, las teorías de la evolución de Darwin y las especulaciones psicoanalíticas de Freud han afectado fundamentalmente a nuestra comprensión de nosotros mismos. La biología y la psicología modernas ofrecen una gran variedad de teorías supuestamente científicas acerca de la naturaleza animal y humana. Algunos distinguidos científicos, incluyendo a Skinner y a Lorenz, han ofrecido su propio diagnóstico de la condición humana, aparentemente sobre la base de su competencia científica. Fuera de la tradición occidental se han dado concepciones de la naturaleza humana chinas, hindúes y africanas, algunas 27


de las cuales siguen estando vigentes. El islam, a menudo considerado «oriental», y estrechamente vinculado al judaísmo y al cristianismo en sus orígenes, está experimentando un resurgimiento de su fuerza popular en la medida en que los pueblos de Oriente Medio expresan su rechazo de algunos aspectos de la cultura occidental, y ha ganado también influencia entre los afroamericanos. Como decrece la influencia de la teoría marxista, en Rusia hay algunos que han buscado orientarse por su pasado cristiano ortodoxo, y otros por una gran variedad de formas modernas de espiritualidad; en China, el confucianismo ha recibido una cierta reactivación oficial. Algunas de estas concepciones están inscritas en las sociedades e instituciones humanas, como lo han estado el cristianismo y el marxismo. Si esto es así, no son meras teorías intelectuales, sino modos de vida susceptibles de cambio, crecimiento y decadencia. Un sistema de creencias acerca de la naturaleza humana sostenido por algún grupo de personas que considere que dicho sistema origina su modo de vida, es lo que comúnmente se denomina una «ideología». El cristianismo y el marxismo son seguramente ideologías en este sentido; incluso el subjetivismo de valores puede formar, como ya se ha señalado, la base ideológica del liberalismo político. Una ideología, pues, es más que una teoría, pero incluye alguna concepción teórica de la naturaleza humana. Lo que proponemos hacer en este libro es examinar ciertas influyentes teorías que afirman tener implicaciones prácticas para los asuntos humanos. No todas son ideologías, ya que no todas tienen el correspondiente grupo de gente que sostenga la teoría y que considere que origina su modo de vida. Pero las teorías que hemos seleccionado para discutir exhiben en su totalidad los principales elementos de esa estructura común que hemos visto en el cristianismo y en el marxismo: . 1. 2. 3. 4.

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una teoría de fondo sobre el mundo; una teoría básica de la naturaleza de los seres humanos; un diagnóstico de lo que falla en nosotros; y una prescripción para enmendarlo.

Sólo las teorías que combinan tales ingredientes nos ofrecen la esperanza de solucionar los problemas de la humanidad. Por ejemplo, la afirmación individual de que todos somos egoístas es un breve diagnóstico, pero no ofrece manera de comprender por qué somos egoístas ni sugerencia alguna sobre si podemos y cómo podemos superar el egoísmo. La máxima de que todos deberíamos amamos los unos a los otros es una breve prescripción, pero no explica por qué lo encontramos tan dificil ni ayuda a lograrlo. La teoría de la evolución, aunque tiene mucho que decir sobre los seres humanos y nuestro lugar en el universo, no da por sí misma ni diagnósticos ni prescripciones. Las teorías que examinamos comprenden las del cristianismo y Marx. También dirigimos la mirada hacia el hinduismo y el confucianismo, antiguas tradiciones de India y China que siguen ejerciendo una gran influencia. Contemplamos la filosofla de Platón (en su mayor parte, tal y como aparece expuesta en la República, uno de los mejores libros de todos los tiempos y una obra todavía fácil de leer) y la de Kant (uno de los más grandes filósofos). De entre los pensadores del siglo xx, examinamos a Freud (cuyas teorías psicoanalíticas tanto han afectado al pensamiento del siglo xx); al filósofo existencialista francés Sartre; a B. F. Skinner (un psicólogo estadounidense que afirmaba tener la clave del condicionamiento de la conducta humana) y a Konrad Lorenz (un biólogo austriaco que intentó explicar la naturaleza humana en los términos de la evolución darwinista). En cada uno de los casos tratamos de esbozar sucintamente el trasfondo esencial, pero es imposible explorar las diversas variedades de cada tipo de teoría, especialmente en el caso de una «teoría» surgida de toda una cultura religiosa más que de un único pensador. Con las teorías psicológicas o biológicas modernas no podemos esperar estar al día en los últimos desarrollos, pues las fronteras científicas y especulativas están en continuo movimiento. Pero tal vez sea más importante en un libro introductorio concentrarse en cuestiones fundamentales de metodología, conceptos y valores, con la esperanza de equipar a los lectores para que puedan aplicar estas lecciones a futuras nuevas teorías. Así, intentamos resumir claramente las ideas clave de cada teo-

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ría, interpretándolas a través de la estructura cuatripartita antes bosquejada. Sugerimos una cuidada selección de lecturas adicionales que son relevantes para cada teoría.

4. LA CRÍTICA

DE TEORÍAS

Al tiempo que exponer las ideas básicas de cada teoría, queremos sugerir algunas de las principales dificultades a las que se enfrentan. Así, en cada capítulo aparecerá alguna discusión crítica que alentará --esperamosa los lectores a seguir pensando por sí mismos. (En unos capítulos, la crítica sigue a la exposición; en otros, está entretejida con ella.) Antes de que comencemos nuestra tarea principal, revisaremos las posibilidades de valoración racional de estos controvertidos temas. Una vez más, será útil considerar primero los casos del cristianismo y del marxismo para ver qué suele suceder cuando criticamos teorías de la naturaleza humana. La afirmación cristiana más básica acerca del universo, que Dios existe, se enfrenta, desde luego, a múltiples objeciones escépticas. Por escoger una de ellas, es seguro que el sufrimiento y el mal que se dan en el mundo cuentan contra la existencia de Dios, tal y como es concebido según la tradición. Pues si El es omnisciente, debe conocer el mal, y si es omnipotente, debe ser capaz de eliminarlo, de manera que, si es sumamente benevolente, épor qué no lo hace? En particular, épor qué no responde Dios a las plegarias de los creyentes para mitigar los diversos padecimientos que acontecen en todo el mundo? La afirmación marxista básica acerca del mundo --que se da un progreso inevitable en la historia del mundo a través de distintas etapas de desarrollo económicoestá tan expuesta al escepticismo como la anterior. ¿Es en absoluto plausible que tal progreso sea inevitable? ¿No depende de muchos factores que no son económicos y que no están predeterminados, tales como las contingencias de la política y las guerras? En concreto, no se han producido revoluciones comunistas en el corazón del capitalismo -los Estados Unidos y los países industrializados de Europa occidental-, y los regímenes comunistas de Europa oriental han colapsado a finales del

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siglo xx. De manera que, éno tenemos aquí una evidencia directa contra la teoría de Marx? Las afirmaciones cristianas y marxistas acerca de la naturaleza de las personas individuales también suscitan grandes problemas filosóficos. ¿Somos realmente libres y responsables de nuestras acciones? ¿O todo en nosotros está determinado por nuestra herencia, educación y entorno? ¿Puede la persona individual continuar existiendo después de la muerte? A la vista del hecho universal y obvio de la mortalidad humana, la supuesta evidencia de la supervivencia resulta una cuestión altamente controvertida. Mas épuede ser verdadera la concepción materialista de que los seres humanos están hechos nada más que de materia, a la luz de nuestras distintivas capacidades mentales para percibir y sentir, pensar y razonar, discutir y decidir? También surgen dudas sobre las respectivas prescripciones para los problemas humanos. Desafia la razón humana la afirmación cristiana de que hay un hombre particular que es divino y que constituye el medio del que se vale Dios para su reconciliación con el mundo. La creencia marxista de que la revolución comunista es la respuesta a los problemas de la humanidad adscribe casi tanto significado a un acontecimiento histórico particular como la concepción cristiana. En ninguno de los casos viene apoyada la afirmación cósmica por la historia subsiguiente de esas comunidades, instituciones o naciones en las que se supone que surte efecto la regeneración prevista. Las iglesias cristianas y los distintos países gobernados por el comunismo han mostrado, en épocas pasadas las primeras y en el siglo xx los segundos, una mezcla de bien y mal como la que ha sido evidente en el resto de la historia humana. La práctica cristiana y la comunista no han eliminado el desacuerdo, el egoísmo, la persecución, la tiranía, la tortura, el asesinato ni la guerra.

5.

DEFENSAS

FRENTE A OBJECIONES:

«SISTEMAS CERRADOS»

Estas objeciones comunes al cristianismo y al marxismo están bastante gastadas en la actualidad. Lo que resulta interesante es que la fe en ellos no ha desaparecido. La influencia

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de! cristianismo ha sufrido una erosión a lo largo de los últimos siglos, pero sigue gozando de gran vitalidad. De una u otra forma, conserva e! poder de convencer y convertir. Cierto es que e! marxismo tiene en la actualidad menos defensores que antes (excepto, quizá, en China), pero contó con la lealtad de mucha gente durante gran parte de! siglo xx a pesar de sus obvios problemas de principios y de práctica. Aun ahora, algunos podrían argumentar que los regímenes de Europa oriental no pusieron adecuadamente en práctica la teoría de Marx y que sus ideas básicas continúan siendo válidas. ¿Cómo podría alguien seguir creyendo en el cristianismo y en e! marxismo en vista de las objeciones comunes? En pnmer lugar, los creyentes buscan alguna manera de justificadas. El cristiano afirma que Dios no siempre elimina e! malo responde a nuestras plegarias, lo que es una forma de decir que lo que nos parece mal a nosotros puede ser lo mejor. Algunos marxistas sugirieron que en Occidente no ha habido revoluciones comunistas porque se «sobornó y despachó» a los obreros mediante la concesión de mejores niveles de vida, sin darse cuenta de que su verdadero interés residía en e! derrocamiento de! capitalismo. A las dudas sobre las respectivas prescripciones de estas ideologías, los creyentes pueden responder que la completa regeneración de la naturaleza humana está aún por llegar y que las terribles cosas sucedidas en la historia de! cristianismo y e! comunismo representan sólo una etapa más en e! camino de la perfección. Al justificar de este modo las dificultades de la teoría y apelar al futuro como reivindicación, los creyentes pueden mantener su compromiso con algunos visos de plausibilidad. Los teóricos de las iglesias y de las «repúblicas populares» han adquirido mucha práctica en la justificación de los métodos de Dios o del partido gobernante. En segundo lugar, e! creyente puede ponerse a la defensiva atacando los motivos del crítico. Los cristianos suelen decir que aquellos que persisten en suscitar objeciones intelectual~s al cristianismo están cegados por e! pecado, que es su propia soberbia lo que les impide ver la luz. El marxista puede afirmar que a aquellos que no reconocen la verdad de! análisis marxista de la historia y de la sociedad les engaña su «falsa 32

conciencia», y también puede decir que e! modo capitalista de producción tiende a impedir que los que se benefician de él reconozcan la verdad de su sociedad. Así, en cada caso, los motivos del crítico pueden ser analizados en los términos de la misma teoría analizada en ese momento, y e! creyente, por tanto, puede intentar rechazar la crítica. En el caso de la teoría freudiana -que ofrece su propia y distintiva manera de explicar las acciones y actitudes humanas-, este método de contraataque frente a la crítica ha sido profusamente empleado. Las siguientes son dos maneras típicas de mantener una creencia a la luz de dificultades intelectuales. Si se defiende una teoría mediante estas estratagemas: 1. no permitiendo que ninguna evidencia cuente en contra de la teoría, es decir, hallando siempre algún modo de justificar evidencias putativas contrarias, o 2. respondiendo a la crítica mediante e! análisis de los motivos del crítico en los términos de la propia teoría, entonces decimos que la teoría en cuestión se sostiene como un «sistema cerrado». Parece que e! cristianismo, e! marxismo y la teoría freudiana pueden ser mantenidos como sistemas cerrados, pero esto no significa afirmar que todos los cristianos, marxistas o freudianos sostienen su creencia de esta forma. ¿Por qué podría la gente querer mantener una creencia a la luz de dificultades conceptuales y evidencias contrarias? La inercia y la escasa disposición a admitir que se está equivocado deben de desempeñar aquí un papel importante. Si uno ha sido educado en una cierta creencia y en su modo de vida asociado, o si uno se ha convertido a ella y ha seguido sus preceptos, hace falta valor para cuestionar o abandonar el compromiso de una vida. Cuando una creencia es una ideología empleada para justificar e! modo de vida de un grupo social, resulta dificil para los miembros de esa comunidad considerada objetivamente. Existen fuertes presiones sociales que conducen a seguir reconociéndola, y a los creyentes les resulta natural sostenerla como un sistema cerrado. La gente esta33


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rá inclinada a sentir que su creencia, aunque expuesta a algunas dificultades teóricas, contiene cierta penetración vital, cierta visión de las verdades esenciales que poseen importancia práctica. Cuestionarla puede amenazar lo que otorga sentido, finalidad y esperanza a la propia vida y poner en peligro la propia posición social.

6.

LA ESPERANZA DE UNA DISCUSIÓN Y VALORACIÓN RACIONALES

¿Es posible, por tanto, discutir diferentes teorías de la naturaleza humana de una manera racional y objetiva, como nos proponemos hacer en este libro? Pues, cuando tales teorías están inscritas en modos de vida, creer en ellas parece ir más allá del mero razonamiento. En último término se puede apelar a la fe o a la autoridad, a la pertenencia a una comunidad, a la lealtad o al compromiso: puede que no haya respuesta a las preguntas «¿Por qué debería creer esto?» y «¿Por qué debería aceptar esta autoridad?» que satisfaga a alguien que no sea ya miembro del grupo o tradición en cuestión o se sienta atraído por él. En el mundo contemporáneo, las tradiciones e ideologías rivales son tan influyentes como siempre. Los dogmas propios de un culto, los religiosos, políticos, nacionalistas, étnicos, psicoterapéuticos y los basados en el género son afirmados con grados diversos de agresividad o cortesía, crudeza o sofisticación. Los medios de comunicación de la denominada «aldea global» parecen unir culturas diferentes sólo en el sentido de la confrontación, no del diálogo. Los atractivos de la certeza, el compromiso, la «identidad» y la pertenencia a un grupo en una. comunidad fuertemente definida son tan poderosos como sIempre. El escepticismo resulta tentador como reacción a lo anterior. En nuestros días suele adoptar la forma intelectual del «relativisrno cultural» o del «postmodernismo», según los cuales ninguna tradición cultural o concepción de la naturaleza humana en particular está más justificada racionalmente que otra. Uno de los más influyentes profetas de esta tendencia es el filósofo alemán del siglo XIX Friedrich Nietzsche, quien ha

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sido descrito. como el «maestro de la sospecha» porque siempre, estu".o dispuesto (como Marx antes que él y Freud despues) a.diagnosticar un compromiso ideológico o una necesidad psicológica D:0reconocida detrás de las afirmaciones supuestamente «objetivas» sobre la verdad o la moralidad. Si s~!tamo~ ~ la conclusión de que no puede haber una discusion objetiva y racional de las teorías rivales de la naturaleza humana, el proyecto de este libro puede parecer condenado al fracaso desde el principio. Quiero sugerir, sin embargo, que tal desesperación es pre~atura., Por una parte, no todas las teorías que discutimos son ideologías de un grupo social identificable, y en tales casos es menos probable que sean defendidas de esta manera tan estrecha de. rniras. Pero más importante resulta que, aun si una cree~cIa se convierte en una ideología y es mantenida como un ~Istema cerrado, la valoración racional de ella sigue siendo pOSIble para aquellos que estén dispuestos a intentarlo. Pues SIempre podemos distinguir lo que alguien dice del motivo que tu.v0 .esa persona para decirlo. El motivo puede tener relevancia SIdeseamos entender la personalidad de quien habla o algo sobre su sociedad. Pero si lo que nos importa ante todo es la verdad o la falsedad de lo que se dice y si hay buenas razones para creerlo, el motivo es irrelevante. Las razones que el hablante puede ofrecer para algo no son necesariamente las mejores razones a, las que se puede acceder para apoyarlo. Nada nos detendra a la hora de dISCUtIrlo que se dice sobre la base de sus propios méritos. . A.pesar del desprecio de Nietzsche por la teoría del conocimiento y la filosofía moral (por expresarlo con la agudeza acostumbrada], despliega una doble norma en su propio pensarruenro, pues .tIe~e que pres~p0D:er que pose~ algún ~?do de conocer o justificar lo que el mismo afirma. El escribIO: «La falsed~d .~e un juicio no es para nosotros, necesariamente, una objeción ~ éste. La cuestión es hasta qué punto fomenta y preserva. la VIda, hasta qué punto preserva y aun reproduce la especie.» .Por una parte, describe el juicio como Jajso, y, por. otra, sugiere q~e puede tener algún otro tipo de VIrtud que mcrernenta la VIda. Pero écómo sabe que es falso? No cabe duda de que se puede aceptar una proposición y ac-

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tuar basándose en ella al tiempo que se reconoce qll:epuede re: sultar falsa -tal es la condición humana ordmana .. ~ero SI Nietzsche piensa que una afirmación es falsa ,o ur:-JUICIOmoral inaceptable, debería tener una Idea de que le Justifica pa~a mantener ese punto de vista. Nadie puede optar por algo sin razonar ni justificar: todos tenemo~ que efectuar nuestros propios juicios a la luz de las eVlde~Cla~ que nos resultan accesibles, incluyendo lo que los demas dicen sobre el as~nt'? El segundo rasgo de los sistemas cerr~dos -la ~e~nIca de responder a toda crít~ca at~cando.los motrvos del cntICO--:-es, pues, racionalmente insatisfactoria ..Porque SIlo que se discute es si una teoría es verdadera o SI hay buenas .razones para creerla, las objeciones que alguien pueda ad~Clf c~ntra ella deben ser respondidas fundándose e~ sus propIOS n:ent~s, sin tener en cuenta sus posibles motivaciones, La motrvacion de alguien puede ser peculia~ u o~jetable de algún modo, pero lo que la persona en cuestión dice puede ?er verdadero y JUStIficable mediante buenas razones. (La cntica no se refuta despreciando al crítico. Los críticos ;nás a~odinos ~on los qu~ tienen -al menos en parte- razon.) Y SIse considera la ,mo tivación, analizarla en términos de la teoría que se esta sometiendo a discusión es tanto como asumir la verdad de esa teoría, por lo que se incurre en una petición de pnnClplO. Una objeción a una teoría no puede ser vencida racionalmente limitándose a reafirmar una parte de ella.

7.

LA VALIDEZ DE LAS PROPOSICIONES

El primer rasgo de los sistemas cerrados, qu~ es el recha~o de todas las evidencias existentes que contradicen .Ia teona, debe ser tratado con cierta reserva. A menudo sentimos que tal «explicación» es tan sólo «justificación», que no res~lta demasiado convincente excepto para aquellos que es~a~ dispuestos a creer en la teoría. (Consideren, có~o los cnstianos tratan de resolver el problema de por qu~ DIOSno evita el sufrimiento, o las dificultades de los marxistas al. enfrentarse ~I problema de por qué no se han dad,o revoluClone~ en. ~CCldente.) Debemos intentar decidir cuando una explicación se-

meja~te. es racionalmente justificable y cuándo es mera «justificaclOn»: Para hacerlo, debemos distinguir diferentes tipos de proI?oslClones que pueden introducirse como parte de una teona.

7.1. Juicios de valor En primer lugar, una proposición puede ser un juicio de vaI,?r gue dice lo que debe ser el caso en lugar de una afirmación factlca a~erca. de lo que es el caso. Por ejemplo, supongamos q~e alguien dice que la.homosexualidad es antinatural. Se podna objetar que en casi todas las sOCIedades conocidas existe una cierta proporción de homosexualidad. Supongamos que la persona responde q~e esto no refuta la aseveración primera, pues la homosexualIdad atañe sólo a una minoría en cada socled~d. Tal vez sugiera el que objeta que es posible que una mayona en la sociedad se entregue a prácticas homosexuales tanto como heterosexuales (como parece que sucedió en el cas.o de los hombres e~ la antipua(~recia). La respuesta podría ser. «Aunque fuera aSI, seguma diciendo que es antinatural.» Una respuesta semejante sugiere que el que habla no está afirmando nada acerca de lo que la gente hace en realidad sino expresando una opinión sobre lo que debe hacer (esto se confirmana SI descubneramos que el hablante reacciona con repugnancia ante la práctica homosexual). Si lo que se dice resulta, pues, más valorativo que fáctico, las evidencias existentes acerca de lo que realmente sucede no lo refutan. Pero con el objeto de insensibilizarnos de esta manera a las evide~cias fácticas, la a.firma~ión debe ser reconocida como un juicio de valor que m siquiera Intenta decir qué es el caso. y si esto es así, tan:poco habrá evidencia que lo apoye, pues lo ~ue sucede en realidad no es necesanamente lo que debería suceder. ~as proposiciones acerca de la naturaleza humana son especialmenre susceptibles de este tipo de ambigüedad. De hecho, las palabras «naturaleza» y «natural» deberían considerarse como señales de peligro, indicadoras de posibles ambigüedades o confUSIOnes. Si alguien dice: «Los seres humanos son X por naturaleza», deberíamos preguntar de inmediato:

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«¿Quieres decir que todos o la mayoría de los sere~ humanos

somos de hecho X, que todos deberzamos ser X o qué?» (P~l!-gamas que «X» es heterosexual, altruista o amable con los nmos, por ejernplo.) .' En ocasiones, puede que se quiera decir a~go de la forJ?a: «En las condiciones Y los seres humanos serzan X.» Consideremos, por ejemplo, afirmación de que t?dos los niños educados apropiadamente son buenos y considerados, o que e~ una sociedad más igualitaria los hombres no serían tan agresivos. Pero, entonces, nos vemos obligados a preguntar qué se supone que son exactamente las ~ondiciones relevantes ,Y (qué es lo que constituye, en ,lo.s eJe~p~os, una :<ed~caCl<;m apropiada» o «una sociedad ma~ iguaht~na»~ y. que .ev,ldenClas existen que apoyen las afirmaciones hipot~tlCas. (como podría alguien saber lo que sucedería en tales situaciones contrafácticas?). . Tal vez lo que se quiera decir sea algo de la forma: «Siempre que los seres humanos no son X, sufren la~ co.~sec~e~cias Z.» Aquí podemos tener tanto una generahzaClon fact~ea como un juicio de valor implícito acer~a. de l~ no ~eseabilidad de Z, por lo que deberíamos exigir evidencias q~e apoyen la primera y razones en favor del segundo. La objetividad de los juicios de valor es, por supuesto, uno de los problemas fundamentales de la filosofía, pero no lo. estoy prejuzgando aquí. Sólo apunto la necesidad de este tipo de cuestiones clarificadoras cuando se discute sobre la naturaleza humana.

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7.2. Proposiciones analíticas Hay una segunda manera, muy dife~ente,. en la que. una proposición puede ser invulnerable a evidencias contranas, y esto sucede cuando se trata de una cuestión de definición. Por ejemplo, si alguien dice que todos los seres ~umanos s?n an~males, no está claro cómo podría contradecirlo cualquier evidencia concebible. Supongamos que alguien afirma, frente a la teoría de la evolución, que los animales y nosotros no tenemos un ancestro común. ¿No seguiríamos contando como

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animales, si bien de una clase especial, dado que nadie puede negar que vivimos, nos alimentamos, nos reproducimos y morimos? Supongamos que se hicieran autómatas capaces de caminar y hablar, pero no de comer o reproducirse como nosotros. En ese caso, no serían animales. Podríamos tratados como personas si interactuasen con nosotros adecuadamente, de manera que estuvieran implicados los deseos, los sentimientos y la responsabilidad de las acciones, pero seguramente no pasarían por humanos. (Los alienígenas inteligentes también podrían pasar por personas, pero no serían humanos.) Parece como si no pudiera llamarse a nada ser humano excepto cuando se cuenta como un animal. Si es así, la proposición de que todos los seres humanos son animales no afirma nada acerca de los hechos, sino que se limita a revelar parte de los que significamos por la palabra «humano». Esta proposición es verdadera por definición y, en la terminología filosófica, se dice que es «analítica», esto es, su verdad depende meramente del análisis del significado de sus términos. Si una proposición es analítica en este sentido, no. puede ser refutada por ninguna evidencia concebible, pero tampoco puede ser demostrada por evidencia alguna, ya que no intenta decir nada sobre el mundo. Una proposición que parece decir algo sobre los hechos de la naturaleza humana puede ser en realidad, por tanto, tan sólo una definición encubierta. Si una palabra se ha usado ya con un significado estándar en el lenguaje, resulta engañoso usada con un significado diferente, a no ser que se ofrezca una advertencia explícita. En ocasiones, las teorías científicas o filosóficas introducen nuevos términos o usan palabras antiguas de una nueva manera, siendo entonces necesario dar definiciones y aclarar que no se trata de afirmaciones fácticas. No todos los asuntos relativos al significado son triviales. Las definiciones pueden tener consecuencias que no son inmediatamente obvias. Por ejemplo, si es analítico que todos los animales mueren y que todos los seres humanos son animales, entonces es analítico que todos los humanos mueren. Las proposiciones analíticas, pues, pueden tener sus usos, pero sólo si se las distingue claramente de las «proposiciones sintéticas», que realizan afirmaciones fácticas. (Ha surgido un de-

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bate entre los filósofos acerca de si l~ distinción analítico-sintético es tan clara como parece a. pr~mera vista, pe,r<?no hay necesidad de entrar aquí en ese dificil problema teonco.) ASI, si alguien mantiene que todos los humanos son X y r~chaza cualquier sugerencia que apunte a que algunos I?o?nan no ser X deberíamos preguntar: «¿Es parte de tu definición ?~ ser hum~no el que él o ella deb~ ser.X, o aceptarías la posibilidad de que alguien no sea X?» Solo slla.p'e;sona admite .qu~ se trata de una simple cuestión ~e ?efim~lO~ ~e le permitrra rechazar toda evidencia fáctica Sin InvestlgaClon.

7.3. Proposiciones empíri~as. , que incluyen las teonas ezentificas Los juicios de valor y las proposiciones analíticas, pues, no pueden ser demostrados descubriendo hechos acerca del mundo. Si una afirmación puede ser c?~firma~a '? no por una investigación tal, que entraña en ultimo termino e~periencia perceptiva, esto es, lo que po?em,os observar mediante nuestros sentidos, entonces los científicos la den<?mlnan proposición «empírica». Empleando las pregu?-tas clarificado ras que acabamos de sugerir, deberí~ .ser posible d¡\uCl?~r SI una proposición es valorativa o analítica antes que empmca. No cabe duda de que la ciencia depende de una manera crucial de informes empíricos de hechos ?b~ervables. Pero las teorías científicas se extienden hasta los últimos c?n~nes del espacio y el tiempo y hasta la estructura mICroscopl~a d~ la materia. Los filósofos de la ciencia han tratado de d¡\uCld~r qué posibilita el que las teorías cientificas nos ofrezc~n conocímiento fiable acerca de tales aspectos del mundo .lnobservables para los seres humanos. Ciertamente, ~a ciencia debe depender de lo que podemos percibir, por ejemplo, c;tan~o s~ dirige un experimento, pero ¿c?mo p~e?en las .te,?nas cle~tlficas sobre entidades imperceptibles exigir ~sentlmlento racional? La respuesta reside en que dichas teonas I?ueden ser I?robadas indirectamente, pues tienen consecuenCIas (en conjunción con otras asunciones empíricas) cuya verdad o falsedad puede ser observada.

El filósofo de la ciencia del siglo xx Karl Popper primó en este punto la falsación sobre la verificación. Sostenía que la esencia del método científico consiste en que las teorías son hipótesis de cuya verdad nunca se puede estar seguro, pero que son sometidas deliberadamente a la prueba de la observación y el experimento y revisadas o rechazadas si sus predicciones resultan falsas. Puede ser que resulte tan imposible de conseguir una verificación concluyente como una falsación absoluta de una hipótesis que esté más allá de cualquier posible duda o consideración. Pero la cuestión principal sigue siendo que, si una afirmación ha de contarse como científica, tendrá que contar a favor o en contra de ella alguna posible evidencia observable, y cualquiera que defienda esa afirmación deberá estar dispuesto a evaluar toda evidencia que pueda ser relevante para ella. En este sentido, las proposiciones de las teorías científicas deben ser empíricas, sometidas a la prueba de nuestras percepciones.

7.4. Proposiciones metafisicas Los casos difíciles son aquéllos en los que una proposición no parece caer en ninguna de estas tres categorías. Consideremos una vez más la afirmación cristiana de la existencia de Dios y la marxista del progreso de la historia humana. Parece que intentan afirmar alguna verdad fundamental acerca de la naturaleza del universo. Quienes las propusieron difícilmente admitirían que se trata de juicios de valor o simples cuestiones de definición. Sin embargo, tampoco está claro que estas afirmaciones sean genuinamente empíricas, pues, como hemos visto, aunque existe una gran cantidad de evidencias que parecen contradecirlas, sus proponentes no están inclinados a aceptar esto como una refutación, sino que tratan de encontrar maneras de justificarlas. Ahora bien, si un creyente de una teoría pareciera dispuesto a justificar toda posible evidencia en contra de ella (tomándose la libertad de introducir adiciones a la teoría siempre que fuera necesario), comenzaríamos a sentir que él o ella gana con demasiada facilidad, infringiendo las reglas del juego.

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Esto es por lo que algunos filósofos de! siglo xx se vieron atraídos hacia «el principio de verificación», e! cual es~able~ía que ninguna proposición no analítica puede. ser significativa a no ser que sea verificable o, ~~menos.susceptible de ser son:etida a la prueba de la percepclon. Esto lffip~l~ana~lue c~~qUler proposición «metafísica» que no sea analítica m empm~a carece, literalmente, de significado, resultando una especI~ de sin sentido encubierto. Reputadas proposICIOnes como estas no serían proposiciones en absoluto; no po?rían ser verdaderas ni aun falsas y estarían aquejadas de! radical defecto ~e no expresar ninguna proposici?n inteligible. Las afirmaciones acerca de la existencia de DIOS o e! inevitable progreso de la historia y muchas otras (incluyendo algunas que versan de una forma más directa sobre la naturaleza humana, como las que tratan de la existencia de un alma inmortal o de causas que predeterminan to~~ ~cción ,h';lmana) fueron, de hecho, ~echazadas por los «positrvistas 10gICos»(propo~e?t.es de! pnncipio de verificación en los años 20 y ?O). Los JUICIOSd.e.valor también fueron rechazados por considerarlos proposlC.lones «cognitivamente carente~ de sentido», expresIOnes ernotivas o actitudinales, no afirmaciones que Intentan expresar la verdad sobre algo. Desde entonces muchos filósofos han llegado a la conclusión de que la anterior es una vía demasiado expeditiva para solucionar cu.es~ion:s de tanta relevancia. Au~que es muy importante distinguir e~tre proposICIOnes analíticas o empíricas y las que no son m unas m otras.' no podemos rechazar simplemente las últimas por considerarlas c~~en~es de sentido. Son un cajón de sastre, y merecen atencion Individualizada. La decisión fuerte entre lo que tiene sentido y lo que no lo tiene parece un instrumento demasiado burdo para explorar las afirn:aci~nes a.cerca de .la existencia de Dios, e! progreso de la historia, la inmortalidad ?~I alma o e! determinismo que se asoma detrás de las decisiones humanas. Tales afirmaciones no son, después de todo, Sin sentidos de la manera en que lo es «La crisa fluje» o «Las grandes ideas duermen con furia»; tampoco son explícitamente contradictorias como «Algunas hojas son, a la vez, verdes e incoloras».

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Sin embargo, persiste e! desafio de la posición profundamente problemática en la que se encuentra cualquier proposición que no sea analítica ni un juicio de valor y que no parezca susceptible de ser probada por observación. Los ejemplos ya mencionados sugieren que algunas proposiciones controvertidas acerca de la naturaleza humana pueden no ser en absoluto afirmaciones científicas, hipótesis empíricamente demostrables. Esto no las condena necesariamente, pero es un rasgo muy importante que es preciso establecer, pues no pueden disfrutar de las ventajas de! status científico, como, por ejemplo, gue sus defensores puedan señalar evidencias observables y ros argumentos conectados con ellas, de modo que puedan desafiar a quienes crean que pueden rechazar racionalmente tales afirmaciones. Tales proposiciones pueden tener otro tipo de función, siendo posible que existan otras clases de razones para aceptadas, pero lo más conveniente es indagar con cuidado en lo que son en cada caso. Los manuales convencionales y los cursos de filosofia persiguen estos problemas mucho más allá de lo que lo estamos haciendo aquí (y permanecen situados en los límites de la investigación filosófica), pero e! objetivo de este libro es diferente: examinar en detalle teorías de la naturaleza humana. Así, esto es lo más que podemos ofrecer a modo de metodología preparatoria; procedamos a nuestro examen crítico de teorías concretas.

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