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CAPÍTULO 7 La Sala de los Espejos

No me lo podía creer. Era la foto. Me asaltaron mil preguntas: ¿cómo ha llegado hasta aquí? ¿Por qué salgo yo? ¿Quiénes son los que están conmigo? Aunque todas yo quería responder, no hallaba las soluciones de ninguna, cosa que me frustraba. Harta de calentarme la cabeza, la guardé en la maleta. La impresión que me había causado me había quitado el apetito, así que no bajé a comer. Fui a cerrar la puerta del balcón, y de repente apareció Demy boca abajo asomándose al balcón. Me dijo, con muy buen humor: —¿Te aburres? —Bueno, un poco—dije—. ¿Por qué lo preguntas? —Es que acabo de descubrir un lugar genial. ¿Quieres verlo? —¿Por qué no?—dije, saliendo al balcón. Extendió su mano, negué con la cabeza y añadí: —Ni hablar. Después de nuestro último aterrizaje, no pienso volver a volar contigo jamás. Él se encogió de hombros, sonriente. Yo me subí a la barandilla y salté hacia un saliente de la pared. Me agarré al alféizar de una ventana y me subí en él. Agarrándome al marco de la ventana, subí hasta el alféizar de otra. Repetí el proceso dos o tres veces hasta que llegué al tejado. Demy estaba allí, tan sonriente como siempre. Me tendió la mano y me ayudó a subir. —Está por aquí cerca. Sígueme. Me guió por los tejados y terrazas de la mansión. Pese a que él tenía mejor equilibrio, conseguí mantener su ritmo y no caer al vacío en el intento. Puede que el consiguiese salir ileso, pero yo no tendría la misma suerte ni mucho menos. Llegamos al pie de una de las torres interminables. Demy dijo: —Ahora quieras o no, tendrás que volar. —¿Y no me dejas escribir mi testamento?—dije. —No. Aunque no creo que tengas mucho que dar... Suspiré. Luego sonreí y me acerqué a él. Me cogió de la cintura y se elevó por los aires. Tras unos minutos de vuelo hacia arriba, entró por un boquete y se posó en el suelo. Me miré, comprobando que estaba entera. Observé la habitación donde me había llevado: era una sala con las paredes completamente cubiertas con espejos, formando mosaicos. La abertura de la pared dejaba ver el increíble cielo del mundo, de un bello color indescriptible. Él se sentó en el suelo, mirando hacia el agujero. Me senté


a su lado, imitándolo. —¿A qué es genial? —¿El qué? —Este lugar. Lo descubrí el otro día, mientras intentaba mejorar en vuelo. —Parece que no te ha servido de mucho. —Ya… Nunca se me dio bien ser un ángel. Me reí. Él me miró y dijo, gesticulando: —¡Es verdad! Soy horrible. No sé volar, no soy bueno ni con los estudios ni con la lucha… Soy, soy… —¿Como un adolescente humano normal y corriente? —¡Sí! Bueno, yo iba decir un inútil inservible, pero tu respuesta no me daña tanto la autoestima. Los dos nos reímos a carcajadas. Después de un rato, le pregunté: —¿Te has tintado el pelo? —¿Qué? —Quiero decir… Antes, tu pelo era oscuro, ahora es de un marrón muy claro, casi rubio. —¿En serio? ¡Eso es genial! Es uno de los cambios que te conducen a ser un ángel adulto. —Es… ¿una especie de pubertad o algo así? —Algo parecido, pero sin acné. Además, ¿Qué creías? ¿Qué Lumaria tenía el pelo rosa desde su nacimiento? —Espero que no. Si fuera así, más de uno se metería con él en el colegio. Nos reímos lo máximo que pudimos. Pasado un rato, me levanté y dije: —Creo que deberíamos volver. Hemos desaparecido demasiado tiempo. —Sí. Nela se pondrá hecha una furia—dijo, rascándose la cabeza. Me cogió y voló, esta vez hasta mi cuarto. Me dijo adiós y se fue. Me quedé sola, en mi cuarto. Abría la cremallera de la maleta, en busca de la foto. No estaba. Abrí todos los cajones, pero nada. Entonces, la vi. Estaba en la estantería. Me dio mala espina, yo sabía que la había guardado en un cajón. Esta vez la metí en mi bandolera. Llamaron a la puerta, y apareció Lumaria. Apoyado en el marco de la puerta, me preguntó: —¿Estás lista? —Claro—respondí, mientras me colocaba en el hombro la bandolera—. Vamos.


Lo seguí por blancos pasillos y enroscadas escaleras hasta que llegamos a una galería que no conocía. Anduvimos tranquilamente a lo largo de esta hasta que se paró y se giró hacia una gran puerta doble. La abrió de par en par, se hizo a un lado, y dijo mostrándomela con la mano: —Bienvenida a la gran biblioteca de la mansión, comparada con la Biblioteca Real de Alejandría. Me quedé boquiabierta. Ante mí se alzaba la biblioteca más grande que se pueda imaginar: con los techos altos y varios pisos llenos de estanterías repletas de libros hasta donde alcanzaba la vista.

Capítulo 07 la sala de los espejos  
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