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CAPÍTULO 6 El Ángel de la Muerte <<Me desperté en medio de… nada. No había nada. Solo oscuridad. Me levanté a duras penas, parecía que mi cuerpo pesaba cinco veces más de lo que debía. Intenté dar un paso, y el resultado fue caer hacia el fondo de un interminable abismo. Caí y caí. Parecía que aquel barranco iba a parar al centro del mundo, si es que este vacío era un mundo. De repente, llegué al suelo. Debí de caer centenares de metros, pero no me hice el más leve rasguño. Me incorporé e intenté vislumbrar algo. Apareció ante mí una puerta del blanco más puro e involuto que se pueda imaginar. Me acerqué a ella y la abrí. De repente oí una voz: —Aún no. No está preparada. Sentí que me empujaba hacia la puerta y la cerraba a mis espaldas. Estaba en una habitación blanquísima. Constaba de una mesa larga con varias sillas de color blanco perla, de una araña de cristal con pequeñas bombillas que relucían débilmente y de un espejo. Me di cuenta de la ausencia de la puerta por la que había entrado. Paseé por la habitación y me paré en el espejo. Me miré, y aliviada, comprobé que seguía siendo yo misma: una chica de tez bastante morena, alta, de 1’75, delgada y con fuertes músculos (pero no marcados); con pelo ondulado a la altura de los hombros de color negro y con dos ojos de color chocolate. De repente, un objeto apareció de la nada en la mesa. Era una fotografía. Salían cinco personas: un chico de mi altura, con el pelo gris azulado de ojos azul claro, que vestía con una camisa blanca; otro chico de unos trece años con el pelo negro y ojos azul marino, que vestía una camiseta del mismo color de su pelo; un hombre mayor que yo con una larga melena de color plateado, un flequillo que se dividía en dos mitades que tenía a cada lado de su cara, los ojos verdes, medía un 1. 80 y llevaba ropa de color negro; y por último, otro hombre de baja estatura y delgada, de pelo rubio y ojos azules, que llevaba una camisa de cuello alto negro sin mangas. La quinta persona, vestía una camisa azul y era… >> Me desperté en una cama de una habitación grande de color grisáceo. Había un armario y una estantería en la pared de la izquierda, un escritorio con una silla y la puerta de salida en la del fondo, una pequeña ventana y una puerta de cristal que daba a un pequeño balcón en la derecha. Me desperecé y bostecé. Estaba en mi habitación de la mansión de Arlene. Me levanté y comprobé que mi ropa estaba totalmente arrugada. Decidí cambiarme de ropa por la otra que tenía, una sencilla camisa y unos vaqueros. Entonces recordé mi maleta. La abrí y comprobé que todo estaba en orden. Saqué la otra ropa y la dejé en la cama, mientras que las otras cosas las dejé en la maleta. No sabía cuánto tiempo estaría allí. Me percaté de la existencia de una puerta que no había visto. Tras ella había un baño con una ducha, un lavabo con un espejo, un retrete con varias toallas encima de este y una cesta vacía. Me duché rápidamente y me sequé con una larga y verde toalla. Me peiné como pude y salí del baño. Me cambié rápidamente. Cogí mi reloj y mi Siempre-juntos y los guardé en mi bolsillo del pantalón. Dejé la toalla mojada y la ropa sucia en una cesta del baño y salí de mi habitación. Empecé a caminar por el pasillo, en dirección al comedor. Oí una puerta cerrarse a mis espaldas y pasos apresurados.


—¡Luna, espérame! Me volví. Era Zor. En cuestión de segundos, ya estaba caminando a mi lado. Se había lavado, su ropa estaba limpia y su pelo marrón goteaba agua. Me miró sonriente y me preguntó: —¿Qué tal has dormido? —Genial, ¿y tú? —¡En mi vida había dormido tan bien! Las camas son maravillosas. En Gorlian no había camas, dormíamos en el suelo—dijo, mientras empezábamos a bajar las interminables escaleras. —Zor… —¿Sí? —¿Qué es la Resistencia Angélica? —Pues…—dudó—No sé mucho sobre ella. He oído hablar a mi madre de ese tema con el hombre del pelo rosa. Creo que no sólo la forman los que viven aquí, que hay más bases. Son… Los ángeles que quedan en el mundo, desde que comenzó la guerra. —La… ¿guerra?—pregunté. —Sí. Una guerra entre ángeles, demonios y humanos. Comenzó hace unos meses. —Y… ¿Por qué comenzó la guerra?—dije, mientras nos dirigíamos a la puerta del comedor —Por Sol—dijo una voz detrás de nosotros. Nos volvimos. Era Ahriel—. Por mi pequeña. Miré a Zor, con cara desconcertada. Él me dijo: —Mi hermana pequeña. Tuvimos que dejarla a merced del río con solo unos meses de vida para que se salvase. —Sí, pero no pararé hasta encontrarla—dijo Ahriel, cruzando la puerta del comedor. —No lo entiendo… ¿Qué pudo haber hecho para provocar una guerra?—pregunté. —Existir—me respondió—. Es el ángel de la muerte. A pesar de todas las preguntas que tenía en mente, no le hablé más del tema, no quería que se sintiese mal. Entramos en el comedor. Solo estaban allí, desayunando, Lumaria y Arlene. Miré mi desayuno: un café con leche, un bollo y un cuenco de fruta en el centro de la mesa. Me bebí el café, me comí el bollo y cogí un melocotón, mi fruta preferida. Cuando me lo acabé, entraron Nela y Demy entraron. Se sentaron a mi lado y empezaron a desayunar. Cogí la taza vacía y el hueso del melocotón y me dirigí a la cocina. La cocina era blanca, con los cacharros de acero inoxidable y la encimera de granito. Tiré el hueso a la papelera, fregué la taza en el fregadero y la dejé en la encimera. Lumaria entró en la cocina. Pasó


por mi lado, con varias tazas en las manos. Las dejó en el fregadero y las fregó. Me dirigí a la puerta, pero me volví y le dije: —Lumaria, ¿aquí hay biblioteca? —Sí, ¿por?—me preguntó, concentrado en su trabajo. —Necesito… buscar información sobre algo que me gustaría saber. —De acuerdo. Después de comer te la mostraré—dijo secándose las manos. Salimos de la cocina. Estaba contenta, por fin podría saber más sobre lo que tanto me intrigaba en aquel momento: el ángel de la muerte. Volví a mi cuarto y salí al balcón. Era una mañana agradable, el viento era muy suave y la temperatura muy cálida. De repente, vi a lo lejos algo que revoloteaba por el cielo, acercándose a mí. Entró en mi habitación y se posó en mi cama. Corrí hacia ella, cogí el objeto y lo miré. Ahogué un grito. Era la foto de mi sueño. Y la quinta persona era yo.

Capítulo 06 el ángel de la muerte