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CAPÍTULO 4 La despedida Lo vi sentado en los escalones de la entrada, pensativo. Me acerqué y me senté a su lado. Le dije: —Terra... —Hay oscuridad en mi corazón. ¡A quién le importa! —Te contaré un secreto, Terra. En sus enseñanzas, el maestro Xehanort me enseñó a controlar la oscuridad. Es parte de mí, pero no tolero que intente apropiarse de mi corazón. Por eso pasé el examen. Es extraño... no sé cómo lo conseguí. Para que me creyera, hice aparecer tres bolas de oscuridad y, siguiendo el movimiento de mi dedo, rotaron sobre si mismas mientras trazaban círculos concéntricos. Dejé de mover el dedo, y desaparecieron. —Yo también tengo ese poder—dijo Terra, aunque su cara decía lo contrario. —Así es—dijo alguien tras a nosotros. Levanté la cabeza, era... ¿Xehanort? ¿Qué hacía aquí? ¿Dónde estaba Vanitas?— Tú tienes el poder. No hay ninguna necesidad de temer a la oscuridad. —Maestro Xehanort...—dijimos a coro. —Pero Eraqus nunca aceptará la oscuridad.— prosiguió— Mientras que Eraqus siga con sus principios, quién sabe si llegarás a convertirte en Maestro. —¡Por favor enseñadme!—saltó Terra— Luna... Maestro Xehanort... ¿Qué es lo que debo hacer? — Terra...—dije. —Así estás bien—me cortó Xehanort, no creía lo que oía— La oscuridad no debe ser destruida, solo canalizada. —¡Sí! Maestro Xehanort. Terra salió corriendo hacia casa. El Maestro Xehanort se giró hacia mí. —Despídete y recoge tus cosas. Es hora de partir. —¿Qué? ¿Me voy? —Tu estancia aquí era solamente para finalizar tu aprendizaje y cuidar de Ventus. Ahora Ventus está curado, y eres Maestra. Has de volver con tu Maestro. ¿Por qué crees que he venido? <<Para vigilar a Ventus y confundir a Terra —pensé, aunque no lo expresé en voz alta>>. —Para decidir si merecías ser Maestra. Cuando acabes, ves a Páramo Inhóspito. Corrí hacia la mansión, pensando que podría ser la última vez que la vería.


Me interné en la que fue mi casa durante largo tiempo. Nunca pensé que fuera la última vez que viviría bajo su techo. Cogí un pequeño atajo para ir a mi cuarto, no quería encontrarme con nadie. Semanas atrás, había dado con un pasadizo que llegaba desde la entrada hasta el pasillo de la planta donde está mi cuarto... bueno donde estaba. Entré y cerré de un portazo. Rápidamente, cogí la silla y la coloqué junto al armario. Me subí a ella y así mi maleta. Nunca pensé que volvería a usarla, después de tanto tiempo. La dejé en la cama y la abrí. Dentro estaba mi bandolera, que había comprado a un moguri (un ser pequeño, blanco y rechoncho con pequeñas alas azules, una nariz roja y redonda y con un gran pompón rojo en la cabeza, que vende, compra y fabrica objetos y demás) ambulante. En ella metí mis bienes más preciados: mis libros favoritos (me costó bastante decidirme), mi estuche donde estaba todo lo que necesitaba para dibujar (era bastante grande, como una bolsa de supermercado) y, por supuesto, mi bloc. En la maleta metí todo lo demás: objetos raros, otros libros, otra muda (nada que ver con la ropa de Portador de Llaves, una camisa, unos pantalones pirata y unas zapatillas). Mi reloj lo metí en mi bolsillo. Esta vez decidí no coger atajos, no quería irme sin decir nada. No encontré a nadie hasta que llegué a la sala principal, donde estaban Aqua y Terra, hablando con Eraqus. Cuando terminaron, dije, apenada: —Bueno, yo me voy. —¿Qué?—preguntaron mis amigos, atónitos . —Eso os iba a explicar ahora. Luna ha terminado, es Maestra. Ahora, debe irse con su anterior Maestro, Xehanort. Es más, cuando Ventus pase el examen, dentro de dos años, se irá también. —¡No es posible!—replicaron ellos—¡No se puede ir! —Es inevitable, chicos pero nunca os olvidaré, lo juro—dije, mientras sacaba mi Siempre-juntos— ¿Recordáis? Aqua y Terra titubearon, pero después dijeron a coro: —Te acompañamos a la salida. Salimos del castillo. Allí, Terra me dio unas palmadas en la espalda y Aqua un abrazo. —¿Y Ven?—pregunté. —Dejémoslo estar. No creo que el lo soporte, ya es difícil para nosotros. —De acuerdo. Bueno, adiós. Pulsé el botón de mi hombro, que me habían dado al hacerme aprendiz. Hubo un destello, y mi armadura apareció, era morada, negra y brillante. Así, tiré mis llaves—espada al cielo y volvió mi nave: una especie de plataforma. Me subí como si fuera una tabla de surf y ascendí. Oí que gritaban: <<¡Cuídate!>>. Sonreí durante un instante. Salí del mundo. Ante mí, aparecieron varios mundos. Aunque era tentador visitarlos, fui directamente al mundo donde vivía el Maestro Xehanort, el páramo donde había vivido y voy a


vivir ahora. Una vez llegué, me apeé de la Llave Buscadora (en el acto, desapareció y aparecieron en su lugar mis llaves) y caminé hacia nuestra casa. Había mucho silencio, más de lo normal. La casa estaba polvorienta, las paredes, ennegrecidas, y los muebles, hechos pedazos. Empecé a pasearme por la casa esperando a que alguien apareciera. De repente, oí un grito. Unos segundos después, el tejado se vino abajo, levantando una gran polvareda. Una vez el polvo hubo caído de nuevo sobre los objetos, me dirigí hacia los escombros para averiguar qué (o quién) había causado tales destrozos. Me encontré a un muchacho. Él se levantó, se alisó la ropa y se quitó el polvo del pello, con tanta tranquilidad que parecía que se estrellara contra tejados todos los días. Para mi sorpresa, no se había hecho ni un solo rasguño. —¿Estás bien?—le pregunté, preocupada. —¿Por qué no iba a estarlo?—me replicó. —Bueno, has caído del cielo, has hecho añicos el tejado… La gente suele matarse, quedarse paralítico… Cosas así. —He de admitir que no soy muy hábil con los aterrizajes. Si mi maestra se enterara… No te preocupes por tu tejado, pediré que lo reparen, aunque no parece tener arreglo…—dijo, rascándose la cabeza. —No te preocupes. —No me preocupo—dijo, sonriendo. Me fijé más en él. Era un chaval de más o menos mi edad, con el pelo castaño oscuro y ojos dorados y de cara perfilada. Alto, de complexión atlética y músculos bien formados. Vestía ropas holgadas, de colores claros, e iba descalzo. —Esto…—dijo mientras miraba alrededor— Estoy buscando al maestro Xehanort. ¿Eres su hija? —¡¿Qué?!—exclamé, alarmada— ¡Ni hablar! Soy su…Aprendiz. —Vale, vale… Ya lo pillo. Bueno, eso cambia las cosas… De repente, se aproximó al boquete del techo y miró hacia arriba. Entonces… ¡desplegó un par de alas! Eran unas alas preciosas. Eran dos veces más grandes que él, más oscuras cuanto más se acercaban a su cuerpo, de un color violeta a la altura de los hombros y, a medida que se extendían hacia fuera, se hacían más finas, hasta el punto en que los bordes eran translúcidos. Me miró, con una mirada elocuente. Se acercó a mí y me cogió de la muñeca. Una vez estuvimos sobre los restos de lo que en su día se llamó tejado, me cogió de la cintura, y gritó: —¡A volar! En ese preciso momento, ascendimos hacia el cielo, alejándonos de ese desértico mundo.


Capítulo 04 la despedida