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CAPÍTULO 32 Los Corazones de los Niños Devolví Oscuridad a su estante, absuelta en todo lo que acababa de plantearme. En todo lo que Xehanort podría ser capaz de hacer, en un mundo lleno de luz como este. Necesitaba saber qué se traía entre manos Xehanort. Necesitaba encontrar cualquier cosa que formara parte de la investigación que Ansem echó por tierra. Un resultado, una hipótesis, una conclusión. No podía haberse deshecho de todo, era imposible. Las clases de Física y Química del instituto me lo habían demostrado. Solamente necesitaba saber dónde buscar. Ir al despacho de Ansem era demasiado arriesgado, además, no quería que desconfiara de mí. No, necesitaba registrar a alguien que guardaría información para que Ansem no la destruyera. Lo más lógico era que ese alguien se tratara de uno de los científicos que participó en esos “test”. Es decir: Xehanort, Even o… Ienzo. Ienzo. Lo había dejado con Zora en Babylonya. Me pregunté cómo le iría, y sonreí. Ahora que lo pensaba, las posibilidades de que pasara “algo” eran ínfimas, conociendo a mi hermano. Pero bueno, todo era posible. Saqué el reloj y lo miré. Eran las nueve de la noche. Sinceramente, me sorprendí. Entre que no sabía cuánto tiempo había estado inconsciente, cuánto había estado en aquella luna perdida y que en verano el día duraba más horas, se me había hecho tardísimo. Bajé a cenar. Tampoco había comido nada en todo el día, excepto el helado de sal marina. Empezaba a preocuparme por mi capacidad de recordar cosas corrientes como comer o la hora. Pese a que el comedor estaba tan lleno como de costumbre, fue inevitable percatarse de la ausencia de varias personas: Xehanort, Even, y... Zora e Ienzo. <<Parece que su... estancia en Babylonya aún no había concluido—pensé, sonriendo>>. Así pues, sola; así una bandeja y me dispuse a hacer cola. Pero en cuanto me llegó el turno, advertí que alguien más faltaba. Se trataba de Arlene. En su lugar, se encontraba una mujer anciana, con el pelo canoso recogido en un moño alto, y el rostro poblado de profundas arrugas, que no camuflaban su mirada afable y su sonrisa simpática. Tenía un aire a alguien conocido. —Buenos días, señora —me presenté, tras dejar la bandeja en la barra.— No es que dude de las aptitudes culinarias que seguro que tiene, pero me gustaría saber que ha sido de la anterior cocinera. —¡Qué joven tan educada! —me elogió.,mientras vertía comida (ensaladilla rusa) en la bandeja— Arlene no ha podido venir hoy, así que por ahora yo soy su sustituta. —Con todo el respeto posible, ¿no es usted un poco mayor para trabajar? —Nunca está de más ayudar a los demás, ¿no? Además, esta anciana necesitaba algo más que hacer aparte de cuidar de su nieta. —Ah, de acuerdo. En fin, espero volver a verla en otra ocasión.


Agarré la bandeja, y tras serpentear entre mesas, sillas y personas, me senté en un asiento vacío. Mientras tastaba la ensaladilla (había hecho bien en no dudar de la capacidad que tenía aquella mujer en la cocina), me pregunté por qué Arlene habría faltado a su trabajo. ¿Habría pasado algo? ¿Y si había tenido una especie de recaída en el trauma que Isa y Xehanort les originaron a Lumaria, Demy y ellas? ¿Y si Xehanort les había hecho algo? ¿Y si...? Suspiré. Empezaba a ponerme melodramática. Que una persona faltara al trabajo un día era lo más normal del mundo, ¿no? Aunque esa persona no fuera una persona exactamente. Mientras estaba sumida en mis pensamientos, una pequeña cabeza pelirroja se aproximaba a mi asiento. No pude ver quién era hasta que se sentó frente a mí. Era Kairi. —¡Hola! —¡Hola! Has crecido mucho —le apunté con el tenedor. —¿Qué haces aquí? —Estoy con mi abuela. Antes hablabas con ella. —Oh, ¿esa era tu abuela?— la busqué con la mirada. Estaba repartiendo comida todavía. —Sí. ¿Sabes? Siempre me cuenta un historia que me gusta mucho. —Ah, ¿sí? —Sí. ¿Te la cuento? —¿Por qué no? —le respondí, encogiendo los hombros. Kairi comenzó a relatar aquella historia sin titubear, como si la hubiera oído millones de veces hasta aprenderla: >>Hace mucho tiempo, cuando había paz, la gente vivía al calor de la luz. Todos amaban la luz. Pero un día empezaron a luchar unos contra otros para acapararla... y la oscuridad creció en su interior. Se extendió y engulló la luz y los corazones de los que luchaban. Lo cubrió todo, y el mundo desapareció. Pero algunos fragmentos de la luz sobrevivieron... en el corazón de los niños. Con esos fragmentos, los niños reconstruyeron el mundo perdido. Y ese es el mundo en el que vivimos. Pero la verdadera luz está oculta en la más profunda oscuridad. Por eso los mundos siguen aún dispersos, alejados unos de otros. Pero algún día se abrirá una puerta a la más profunda oscuridad... y volverá la verdadera luz. Presta atención. Aun en la más profunda oscuridad... siempre habrá una luz que te guíe. Ten fe en la luz y la oscuridad nunca te derrotará. Tu corazón brillará con su poder... y ahuyentará las sombras<<. —¿Qué te ha parecido? —tras terminar, me encontré con Kairi escrutándome con la mirada. —Es... preciosa, Kairi —no lo podía creer. Aquella historia trataba sobre la Guerra de las Llaves


Espada. —A mí también me gusta —sonrió.— Siempre le pido que me la cuente. Sí la historia era cierta; tras la guerra, la luz lo engulló todo. Y sólo entonces, fue cuando apareció la verdadera luz. Para que esta aparezca, debe abrirse la puerta a la oscuridad absoluta. Esto era lo que Xehanort quería: abrir la puerta a la oscuridad para encontrar la luz. Había acertado con mi teoría. —Perdona, Kairi — le dije.— Pero tengo que irme. —¿Adónde? —me preguntó, anonadada. —Umm.. A buscar a un amigo. Me levanté, nos dijimos adiós con la mano y salí del comedor. No le había mentido a Kairi, al menos no del todo. Pese a que no era exactamente mi “amigo”, sí iba a buscar a alguien. Tenía que decírselo a Lumaria. Por todo lo que Xehanort hizo, debe saberlo.


Capítulo 32 los corazones de los niños