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CAPÍTULO 28 Babylonya El viento hacía revolotear mi cabello, el de Ienzo y el de Zora desde el mirador del castillo de Ansem, donde la enfermera nos había llevado a los dos. No nos había dicho nada sobre el por qué de estar allí, ni el para qué. Simplemente, nos había medio dirigido medio arrastrado hasta allí. —¿De qué va esto, Zora?—le pregunté mosqueada.— Casi me mato en las escaleras, te recuerdo que hace casi una hora estaba inconsciente. —Que quejica eres. Vamos, poneros aquí, al lado de la barandilla—dijo, ignorando mi pregunta y señalando al borde.— ¿No tendréis vértigo? —¿Qué? ¿Por qué lo preguntas?—Ienzo parecía asustado. —Oh, vamos hermanito, ni que nos fuera a tirar al vacío. —Ahora, subiros a la barandilla—nos ordenó en ángel. Arqueé una ceja, pero Zora no pareció captar el sarcasmo e insistió. —Subiros de una vez. —De acuerdo, pero si me caigo, ¿me salvarás?—bromeé. Zora rio y luego, muy seria, respondió: —No. Ienzo sonrió, y nosotras no pudimos evitas reír también. —Venga, confiad en mí. ¿Cuándo os he fallado? —Esa pregunta no vale, nos conocemos desde hace poco y no has tenido oportunidad de fallarnos— repliqué, en tono ocurrente. —Venga Luna, confía en Zora—me animó Ienzo.— Yo lo hago. —Oh, qué bonito. Mi hermano me abandona en cuanto ve a una chica guapa. —Luna...—suspiraron los dos a la vez, cansados. —De acuerdo... Tampoco hace falta enfadarse. Pese a mis continuas quejas, acabamos los tres de pie en el borde. Pensé que tenía suerte de que ninguno sufriera de vértigo, porque la verdad que la altura impresionaba. —¿No era tan difícil, verdad?—se burló Ienzo.


—Calla, traidor—le repliqué.— Además, supongo que si me mato no tendré que ir a la fiesta, ¿no? Tampoco será tan malo. —Ahora, cerrad los ojos—dijo Zora. Bajé los párpados, y el ángel empezó a musitar palabras ininteligibles. El viento se paró de pronto, y por unos instantes perdí el equilibrio. Entonces, sentí que alguien me empujaba. Sentí como la gravedad me precipitaba hacia el suelo. Me ardían los ojos, y los cerré con aún más fuerza. Empecé a ver mi vida pasar por delante de mis ojos como si se trataran de diapositivas. Con los miembros extendidos y la adrenalina por todo mi ser, caí gritando lo más fuerte que mis pulmones me permitían, esperando la colisión. Pero el choque no llegó. De repente, me quedé paralizada en el aire y sentí un fuerte calor que emanaba del interior de mi cuerpo en forma de ola. Después, el calor cesó y sentí tierra firme bajo mi cuerpo, sentí una fina y suave hierba acariciando mi rostro. —Ya podéis abrir los ojos—dijo entonces una voz familiar. La voz de Zora.— ¿Qué tal el viaje? Me di la vuelta y me incorporé. Me encontraba en una llanura de hierba de un tono rojizo, con un lago de agua amarillenta a mi lado que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Zora e Ienzo que estaban tumbados a mi izquierda. El cielo tenía un extraño color anaranjado, y en el horizonte, de entre las aguas aparecían dos soles. Estaba amaneciendo. Era un espectáculo memorable. —¿Estamos vivos?—era lo único que se me ocurría decir. Zora me pellizcó el brazo izquierdo. Yo reaccioné y le pegué en el suyo. —Ay, sólo era una broma para que lo comprobaras, tranquila—se quejó mi amiga.— Por cierto, buenos reflejos. —Gracias —tantos años de entrenamiento tenían que dar sus frutos. Ienzo también se incorporó y me miró extrañado. —Vaya, nunca había visto tu iris de ese verde. Parece radioactivo. —Bueno, no soy una experta de los tonos del color verde que hay, pero la verdad que es extraño— le secundó Zora.— Me recuerdan a alguien... Y no sé a quién. Me encogí de hombros. —Será una reacción a que el Ángel de la Muerte intente matarte tirándote desde una azotea— señalé, intentando parecer enfadada.— Por cierto, ¿dónde nos has traído, psicópata asesina? —Venga, lo tenía todo calculado—le quitó importancia Zora.— Pero supongo que tendremos que dar una explicación cuando volvamos, tu chillido se debe de haber oído en todo Vergel Radiante. Estamos en Babylonya. —¿Babylonya?—preguntamos los dos a la vez, mi hermano y yo. —Veréis, —se explicó Zora— antes de ir a Vergel Radiante, vivía en un planeta que ya no existe llamado Gallifrey, y tenía una luna llamada Babylonya que, por suerte, sí que existe, una pena que


no esté habitada… —Espera, espera, ¿estamos en un satélite sin planeta?—le interrumpió Ienzo. —Bueno, no exactamente—respondió. —¿Y por qué el agua es amarilla, el cielo naranja y la tierra roja?—quiso saber mi hermano. —Por compuestos de la atmósfera —replicó ella. —Mmm...— reflexionó Ienzo.— Interesante. —Supongo, pero no hemos venido a hablar sobre el color de la hierba, ¿sabéis?—nos advirtió el ángel. —¿Ah, no?—repliqué yo, divertida.— ¿Entonces, que hacemos aquí? —¿No te dije que necesitabas descansar?—Zora sonreía de oreja a oreja.


Capítulo 28 babylonya