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CAPÍTULO 16 Último día El verano terminó más deprisa que creía. Lea, Isa y yo nos hicimos buenos amigos, e Ienzo se sumó a nuestra pandilla, e incluso ganó algo de alegría y personalidad. Se notaba a leguas de distancia que necesitaba alguien que le cuidara. No a un cuidado como el que le daba Even, sino el de una persona de su misma sangre, que le hiciera sentir que estaba en su casa. Justo lo que sentía yo, cuando estaba con él. Un domingo, Ienzo me despertó. —Luna, ¡no seas dormilona! —¡Déjame! Pesado… Ienzo me quitó la almohada y comenzó a golpearme con ella. Me levanté de un salto y cogí mi bandolera. Olvidé que estaba llena de cosas, así que al primer golpe que asesté con ella se esparcieron por toda la habitación. Dejé la bandolera en la cama y comencé a recogerlas. Ienzo me ayudó. Reuní el Siempre-juntos y el bloc. Ienzo cogió el estuche y la foto. —¿Qué es eso?—preguntó, señalando a mi Siempre-juntos. —Es un amuleto. Otros tres amigos lo tienen. —¿Qué amigos? —No los conoces. Se supone que este amuleto hará que siempre podamos estar juntos, pero ya no lo creo… —Vaya… ¡Eh! ¡Ése soy yo!—estaba mirando la foto. —Sí, estás tú, Zack, yo y… —Cloud y Sefirot. —¿Qué? —Estoy casi seguro que son ellos. Los he visto por aquí algunas veces, pero no sé si son de aquí. Bueno, no creo que Sefirot sea de ningún sitio. Y… ¿Quién es ese Zack? —Un amigo de otro mund… otra ciudad. —Así que un amigo… ¡Se me había olvidado! Ansem el Sabio quiere verte. Es sobre lo del instituto… Empieza mañana, Luna. —¿Ya? Pero si aún es trece de septiembre… —¿Cuánto creías que duraban las vacaciones?


—Pensaba que… Al menos hasta que comenzara el otoño. —Ojalá… ¡Vamos, arréglate! ¿O quieres que lo haga yo? —Cállate. No me metas prisa. Una vez me hube arreglado, nos dirigimos al despacho de Ansem, en el último piso. Xehanort también estaba allí (supongo que como Terra tenía la edad de Luna, también estudiaría). Ansem estaba sentado en una silla de terciopelo, comiendo… ¿Un helado de sal marina? —Muy bien, ya estáis todos. Ya sabéis que iréis al instituto, ¿no?—asentimos, y el continuó.— Mejor, así me ahorro el discurso de media hora. Aquí tenéis los libros y todo lo demás, y ¡disfrutad del último día de vacaciones! Miré a los tres montones de material escolar. Había un montón con libros de primer curso y dos de tercero. Supuse que los de tercer curso eran los de Xehanort y los míos, que aparte de los libros, los lotes incluían dos mochilas, una gris y otra… Rosa. Sin decir nada, cogí los libros (pesaban tanto que no podía apenas mantenerme en pie) y la mochila gris. Xehanort miró la rosa y después a mí con una expresión de súplica, y me reí. —Toma la gris. Yo usaré mi bandolera, pero ya sé que hacer con la rosa. —Gracias—dijo Xehanort, cogiendo la mochila gris.— No me gustaría empezar el primer día con una mochila rosa. —De nada. Y que sepas que el color rosa te favorece mucho. Él se rasco la cabeza y nos reímos. Cuando salí, me dieron ganas de golpearme la frente con la pared. ¿Qué estaba haciendo? Había hablado con Xehanort amistosamente, le había gastado una broma, le había ayudado y me había reído con él. No podía negar que parecía un buen chico, pero no podía ablandarme, no podía caer en las redes de Xehanort. Podía ser todo una artimaña suya, sé de sobra lo bien que sabe actuar. No podía caer. <<Si no lo hago por mí —me dije.—Lo haré por Ienzo>>. Llegué a mi cuarto, con Ienzo y Xehanort detrás. Ienzo dormía en la habitación número seis, y Xehanort en la número uno. Yo era la única que dormía en el piso de arriba (sospechaba que me dieron esa para que tuviera más intimidad), así que tuve que subir otro piso más. Cómo si los ocho pisos para bajar del despacho de Ansem el Sabio no fueran suficientes. Cuando llegué a mi cuarto, tiré todos los libros sabre la cama, aún desecha. Cogí mi bandolera: vacía por el accidente de aquella mañana. Me rasqué la cabeza, no sabía exactamente que hacer. Cuando era aprendiz de la Llave—Espada no había libro alguno. Me senté en la cama y decidí mirar el horario del día siguiente. Tras hacerme a la idea de que estaría seis horas embutida en un asiento, metí los libros correspondientes en la bandolera. Pensé en Isa y en Lea. Tenían mi edad, por lo que irían al mismo curso. Sonreí al pensar lo que diría y haría Lea al ver todos los libros, y cómo Isa intentaría (en vano) calmarlo. Dejé el horario a mi lado y cogí la mochila. Dentro, había un estuche (este, afortunadamente, no era rosa, sino azul celeste), reglas de medir; una agenda y muchas libretas. Le puse mi nombre a todo (esperaba que no hubiera ninguna otra Luna, ya que no tenía ni idea de cuál eran mis apellidos); y


pasé a los libros. Habrían unos once. Los dejé todos en la estantería (que estaba bastante vacía, pese a haber pasado todo el verano en este mundo), y retiré los que necesitaba para el primer día. Tras meter los libros en la bandolera y dejarla en un rincón, suspiré al pensar en cómo había cambiado mi vida. Después, así la mochila rosa, ya sin peso; y me dirigí al exterior, dispuesta a encontrarle un dueño (o más bien una dueña) a mi repudiada bolsa de color de rosa.

Capítulo 16 último día  
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