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CAPÍTULO 14 Xehanort, Isa y Lea Mentiría si dijera que no estaba pensando en cómo asesinarlo allí mismo. Podría coger mis llaves y rebanarle el cuello, o cortarlo por la mitad poco a poco. Lo único que me lo impidió fue que había testigos, y supongo que también mi conciencia. —Tú eres Luna, ¿no?—me preguntó. —Sí—le contesté secamente. —Yo soy Xehanort y… me han dicho que cuando aparecí en la plaza, tú estabas allí. —Sí, allí estaba. —Me gustaría saber algo de mi pasado… Cualquier cosa. —¿De verdad quieres saberlo? Porque no es demasiado bonito… —Por favor. —Tú mismo. Sólo te voy a decir que querías arrasarlo todo y que me separaste de mis seres queridos en dos ocasiones. No, espera, en tres ocasiones. —Esto… Vaya, lo siento. —No lo sientas. No sirve de nada. Si fuera tú, empezaría mi vida de nuevo. —De acuerdo… Gracias, creo. Nos vemos. Y no me odies por lo que hice, por favor. Se alejó pensativo. No sé por qué, me sentí mal por haberle dicho lo que le había dicho. Podría haberle mentido, haberle creado un pasado feliz. Pero no se me da bien mentir. Entré en mi cuarto. Me tumbé en la cama un rato, intentando aplacar mis sádicos pensamientos hacia Xehanort. Cuando conseguí apartarlos de mi mente, me levanté. Asenté la maleta sobre la cama y la abrí. Guardé la ropa en el armario, el bloc y el estuche en los cajones del escritorio, la bandolera la colgué en la silla, los dos libros en los estantes y metí el reloj en mi bolsillo. El Siempre-juntos lo até con una cuerda en la correa de la bandolera bien fuerte para que no se soltase. Saqué la foto y la dejé en la mesa, y coloqué la vacía maleta encima del armario. Como no tenía nada que hacer, salí a la calle, a conocer aquel mundo. Pasé por la plaza. Allí estaba aquel pato que me dio los helados. —¿Os gustaron los helados? Sí, por supuesto que sí. ¿A quién no les gustan? ¿Quieres más? Estos ya tendrás que pagarlos… —Gracias…Pero hoy no me apetece… —Vamos, Gilito. Deja en paz a la chica—dijo una voz a mis espaldas.


Me di la vuelta. Eran dos chicos de mi edad. Parecían el perro y el gato: el primero era muy activo y despreocupado, vestía ropas cálidas, tenía los ojos verdes y el pelo rojo como un puerco—espín (era el propietario de la voz); y el segundo era más tranquilo y observador, vestía con ropas de colores fríos, tenía los ojos azul verdoso y el pelo largo y azul. —Lea… Tú siempre igual—murmuró Gilito.— ¿Cuándo sentara cabeza este chico? —Oh, ¡vamos!... ¡Son vacaciones!—exclamó Lea, el pelirrojo.— ¿Lo captas? —Pero eso no significa que tengas que hacer el idiota las veinticuatro horas al día…—comentó su amigo, el chico del pelo azul. —¡Vamos! ¡Se supone que tienes que ayudarme, no hundirme! ¿Lo… —Los amigos han de contarse siempre la verdad, aunque duela— le cortó el otro.—Y te digo como amigo, que pares de decir << ¿Lo captas?>>. Me pones de los nervios. —Además, ¡estaba realizando una buena acción! Estaba rescatando a esta preciosidad de las garras de Gilito—dijo, apoyándose con un brazo en mí.— ¿Lo captas? —No necesito ayuda, gracias—le respondí. Me aparté, y como se había posado en mí cayó al suelo. El otro chico y yo no pudimos evitar reírnos. Lea se rascó en la cabeza y se rió también. —Y sí, lo capto. No soy idiota—añadí. —Me llamo Isa—dijo el chico del pelo azul, tendiéndome la mano.— No te preocupes por Lea, él es así. Al final te acabas acostumbrando. —¡Te he oído!—dijo Lea, aún en el suelo, levantando la mano.— ¿Lo captas? —Yo soy Luna. Encantada— nos dimos la mano. —¡Y yo soy Lea! Encantado, mylady—comentaba Lea, mientras se levantaba.— ¿Lo captas? Me cogió la mano y fue a darle un beso, pero yo saqué mi mano a tiempo y le di una colleja en el cuello. Como estaba despistado, cayó al suelo otra vez. Me miré la mano a ambos lados. Isa rió de nuevo, y yo también. Saqué el reloj y comprobé la hora, eran ya casi las doce del mediodía. Me despedí de aquellos dos chicos y volví al castillo, de ahí a mi cuarto. Me puse a dibujar. Dibujé la Roba—Corazones, y se me ocurrió dibujar la foto, por si acaso la perdía. La miré, allí estábamos los tres chicos que yo no conocía, Zack y yo. Me di cuenta de que uno de los desconocidos me sonaba mucho. Esos ojos que tenía… Entonces me di cuenta: era Ienzo dentro de unos años. Sí, aunque suene raro, era Ienzo con unos veinte años. Me di cuenta que yo también estaba más mayor en la foto, y que Zack también. Era muy extraño, éramos nosotros mismos dentro de unos años. La dibujé rápidamente y corrí a buscar a Ienzo. Lo encontré con Even en los laboratorios, situados en el sótano del castillo. Corrí hacia él y se lo expliqué. Cuando terminé, tenía los ojos como platos.


—En… ¿Serio? —Ya te he dicho que sí, Ienzo… —Bueno, tal vez no sea tan extraño—comentó Even a nuestras espaldas. Nos volvimos, Even tenía en la mano un papel.— He analizado vuestra sangre. Sois oficialmente hermanos. Al igual que Ienzo, se me pusieron los ojos como platos.

Capítulo 14 xehanort, isa y lea