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PREFACIO Anduvimos por aquel mundo. Salimos de la plaza y pasamos a, según un cartel, los jardines. Tenían tres niveles, todos conectados por escalinatas y con árboles, arbustos hierba y flores por todas partes. Subimos hasta el tercer nivel y ascendimos más. Finalmente, llegamos a la azul puerta del castillo de siete metros de alto y tres de ancho y con adornos dorados. Dilan se quedó fuera con otro hombre que vestía el mismo uniforme, de pelo castaño y ojos azules; y Ansem, Braig con Xehanort y yo entramos dentro. Por dentro, las paredes eran de color ámbar y el suelo de mármol. Anduvimos por un pasillo, torcimos a la izquierda y subimos por unas escaleras. Después de subir dos pisos, giramos a la derecha y entramos en una puerta con un cartel que decía: <<Acceso sólo a los internos>>. Detrás de esa puerta, había un pasillo con varias puertas. Braig entró con Xehanort en una puerta, y Ansem me acompañó hasta la mía. Subimos por unas escaleras y, en el piso de arriba, me enseño la puerta de mi habitación: una puerta de roble, con el número 15 grabado en números romanos. —Aquí esta tu habitación. Espero que esté a tu gusto, eres la primera mujer que vive aquí. Entré en la habitación. Una cama en la pared izquierda, un escritorio con una lámpara y una puerta (comprobé que daba a un baño) en la derecha, una ventana en la pared del fondo y un armario en la opuesta. Dejé las cosas de Aqua encima del armario y me tumbé en la cama. Estaba cansada, dolorida y perdida. Aparte, mi maleta había desaparecido. Genial. Me dormí a los pocos minutos, en una habitación de un castillo de un mundo del que yo no conocía absolutamente nada.


CAPÍTULO 13 Vergel Radiante Me despertó el sonido de unos nudillos que llamaban a la puerta. Levanté la cabeza, mirando a la puerta. Acto seguido, una cabeza de un hombre de unos treinta años. —¿Se puede?—preguntó. —Claro—respondí, mientras me levantaba y me desperezaba. Entró. Era alto y delgado, con el pelo rubio y unos analíticos ojos verdes. Vestía una bata de laboratorio. Se sentó en la silla, mirándome fijamente. —Tú debes de ser Luna, ¿no? —Sí... Y, ¿tú eres? —Yo soy Even, científico de los laboratorios del castillo. He venido para… En ese instante, una pequeña cabeza se asomó por la puerta. Even le hizo la señal de que entrara. El chico no tendría más de doce años: tenía el pelo gris azulado por la cara y unos penetrantes ojos verdes. Vestía con una bata blanca de dos tallas de más. Me sonaba mucho, no supe por qué. —Ven, Ienzo, ven—dijo Even.— ¿Conoces a Luna? El chico negó con la cabeza, vacilante. Susurró: —Hola. —Hola— devolví el saludo. Me giré hacia el rubio—Por cierto, Even, ¿Qué decías? —Quería preguntarte si conocías al otro joven que apareció a tu lado, el que estaba inconsciente. —Ah, él…—dije, con indiferencia.— Lo conozco, aunque me gustaría que no fuera así. —¿Sabes algo de su pasado? —¿Por qué lo preguntas? —Porque ha perdido la memoria y… —Todo lo que le ha pasado sería mejor que lo olvidara—le corté.— No es nada bueno. Yo en su lugar empezaría de cero. —De acuerdo, como quieras—dijo Even.— ¿Cuántos años tienes? —Quince, más o menos. —Entonces irás al instituto, ¿no?


—¿Insti… tuto?—pregunté, confusa. —¿No vas al instituto? Pensé. Sabía lo que era un instituto, pero nunca había ido a ninguno. No creía que mi título de Maestra sirviera aquí. —No, pero no me importaría empezar... creo. —Perfecto, puesto que las vacaciones han empezado, podré reservarte plaza en tercero. No costará mucho… —Un momento—dije.— ¿Me vais a pagar la matrícula? —Por supuesto, a menos que tengas algún padre, madre o tutor. —No tengo ninguno, la verdad. Ni padres, ni tutor. —¿Eres huérfana? —Ni siquiera lo sé con seguridad. —Muy bien, pues me pondré a ello. Por cierto, ¿no llevas equipaje ni nada por el estilo? Una vez más, pensé en mi maleta, la maleta que había perdido. Se lo comenté a Even, y me dijo que Ienzo me acompañaría a la oficina de objetos perdidos. También dijo: —Umm... Esperad. ¿Podéis poneros uno al lado del otro? Obedecimos. Le sacaba a Ienzo dos cabezas. —Os parecéis mucho, ¿no? Aunque vuestros ojos y pelo no sean iguales, sois semblantes. Nos miramos de reojo. No sabía dónde encontraba parecido, éramos el jing y el jang. —No ocurre nada si lo comprobamos—añadió, sacando un par de jeringuillas.— ¿Podéis extender el brazo, por favor? Los extendimos. El bracito de Ienzo era mucho más delgado y fino que el mío. Es más, Ienzo entero era delgadito y frágil. Sentí el pequeño pinchazo de la aguja. Nos extrajo un poco de sangre y nos dio unos algodones. Lo cogí y me presioné la herida con fuerza. El agujero era muy fino, no salía sangre siquiera. Even se marchó y nos dejó solos. Ienzo suspiró y se presionó la zona donde le había pinchado también. Lo dejé allí de pie y me dirigí al baño. Me peiné un poco, me lavé la cara y me alisé la ropa. El baño tenía lo imprescindible. Una bañera—ducha, un lavamanos, un retrete y dos estantes. Cuando volví del baño, Ienzo no se había movido ni un milímetro. Me miraba fijamente a los ojos. Dije: —¿Es normal que Even, a los cinco minutos de conocernos, ya me haya sacado sangre? —Es raro qué aún no tenga una muestra de tu saliva y tu fecha de nacimiento. Vamos, te llevaré a la


sala de objetos perdidos. Salimos de mi habitación. Cuando llegamos a la puerta principal, Braig estaba allí. Con Xehanort. Estaban hablando. Entonces, Braig me señaló y Xehanort me miró extrañamente. Pese a que sabía que no recordaba nada y que no sabía lo que había hecho, no pude evitar lanzarle una mirada asesina. Él bajo la vista, parecía… ¿Avergonzado? Ienzo abrió la puerta, y yo decidí que ya había malgastado el tiempo suficiente en Xehanort. No pensaba perdonarle jamás. Tras atravesar muchas calles y callejuelas, llegamos a la oficina. Era un edificio pintado de amarillo descolorido, adosado a otras tiendas. Entramos sin vacilación. Por dentro, el edificio no era gran cosa: algunos cuadros en las paredes, cuatro sofás con una mesilla en medio y dos escritorios con abarrotados de carpetas y hojas, con dos recepcionistas detrás. Ambos atendiendo a clientes, así que nos sentamos. Ienzo se sentó a una distancia prudencial. Miré a los clientes: en un escritorio, un señor alto con bigote que sostenía una chaqueta charlaba amistosamente con una recepcionista rubia y un poco rolliza, y el otro recepcionista, algo viejo, discutía acaloradamente con dos críos que reclamaban el mismo balón. El señor del bigote se marchó, y me acerqué a la recepcionista rubia. —Hola cariño—me dijo, afectuosamente.—Dime, ¿qué puedo hacer por ti? —Busco una maleta plateada, que debe pesar unos dos kilos y mide un metro de alta aproximadamente. —Hummm... Tal vez sea esta. ¿Me equivoco? Me dio una maleta. La abrí. Estaban todas mis cosas, por lo que si que era esa. —No, no se equivoca—le respondí.—No sé como darle las gracias, me ha quitado un gran peso de encima. Saqué la bolsita marrón donde guardaba los platines, pero ella dijo: —¿Me vas a pagar? Tesoro, ¡si es gratis! Debes de ser de fuera, ¿no? —Sí, vengo de lejos. Aún así, tome diez platines. —Gracias, guapa. Por cierto, ¿es ese Ienzo? ¡Ienzo, ven aquí! Ienzo se acercó. Al pasar por mi lado, me susurró: <<Socorro>>. Después supe por qué: la mujer le abrazó con fuerza, le pellizcó un mejilla y le dio un beso en la otra, mientras decía: << ¡Cuánto has crecido!>>, << ¡Hacía muchísimo tiempo que no te veía!>>, << ¿Qué tal está Even?>>. Cuando conseguimos escabullirnos de la mujer, le pregunté. —¿Quién era? —La madre de Even. Por cierto, ¿me quitas el pintalabios de la mejilla? Se lo quité con cuidado de no hacerle daño. —Ienzo, ¿cómo se llama esta ciudad? —Se llama Vergel Radiante.


Volvimos al castillo. Ienzo se despidió de mí y se marchó. Cuando me dirigía a mi habitación, alguien me tocó el hombro. Me di la vuelta, y deseé no haberlo hecho, haberlo ignorado. Era Xehanort.


Capítulo 13 vergel radiante