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º 1

“ El relato policial ”

Profesora Natalia Iñíguez Fecha de entrega: 26/05/2014


Actividades Comprensión lectora: “Los Asesinos” 1. ¿Cómo describirían a un “chico vivo” desde la perspectiva de Al y Max? 2. Comparen la actitud del cocinero, que sugiere no “involucrarse”, con la explicación que da el ex boxeador Ole: “Me equivoqué”. ¿A qué se refieren? ¿Pueden compararse las dos situaciones? 3. ¿Cómo interpretan la frase de Sam: “Los jóvenes siempre saben que es lo que quieren hacer”? Luego de leer “El surgimiento de la literatura policial”: 1. Releer el cuento “Los asesinos” y buscar ejemplos que caractericen a los matones Al y Max. ¿Qué lenguaje usan? ¿Qué conductas permiten identificar que se trata de dos matones? 2. Identificar un fragmento del diálogo vinculado con la “ley seca”. ¿Qué posiciones tienen los personajes? 3. Sam y Nick son personajes que se oponen por el modo en que actúan. ¿Cómo definirían la actitud de cada uno? ¿Cuál de ellos puede identificarse con las características que suele asumir el detective en el policial negro? 4. ¿Cómo describirían la atmósfera del relato? ¿Qué elementos contribuyen a generar tensión? Comprensión lectora: “En defensa propia” 1. “Estaba viendo las cosas y no quería verlas”, dice Laurenzi, al inicio del relato. ¿Cómo se relaciona esta frase con la actitud observadora del detective de enigma? 2. Relean el fragmento donde se menciona la noche de San Pedro y San Pablo ¿Qué sabe Laurenzi de esa fiesta? ¿Qué información aporta el narrador? Considerando esto, definan el grado de cultura del comisario. Busquen otros ejemplos vinculados con sus saberes y conocimientos. 3. “Usted calla y se va a baraja porque se palpita que hay un chiste en alguna parte, y no vaya a resultar que el chiste es a costa suya”, explica Laurenzi. ¿Cuál sería el chiste en este caso? 4. La ley, la justicia y la verdad son temas que aparecen en este relato. ¿Cómo se trabaja cada uno? ¿Es posible o no creer en ellas? Luego de leer “La literatura policial en la Argentina”: 1. Analicen qué datos obtiene Laurenzi cuando inspecciona la escena. ¿Cuáles son los indicios para develar qué sucedió allí? 2. ¿Qué tipo de lector es Reynal? ¿Cómo usa Laurenzi el tiempo de lectura del juez? 3. Expliquen la posición de Laurenzi en relación al saber y la lectura, ¿Cómo se vincula esa posición con el saber que otorga la experiencia? 4. Analizar y discutir las posiciones de víctima y victimario del juez Reynal y el Alcahuete.


LOS ASESINOS Ernest Hemingway La puerta del restaurante de Henry se abrió y entraron dos hombres que se sentaron al mostrador. —¿Qué van a pedir? —les preguntó George. —No sé —dijo uno de ellos—. ¿Vos qué tenés ganas de comer, Al? —Qué sé yo —respondió Al—, no sé. Afuera estaba oscureciendo. Las luces de la calle entraban por la ventana. Los dos hombres leían el menú. Desde el otro extremo del mostrador, Nick Adams, quien había estado conversando con George cuando ellos entraron, los observaba. —Yo voy a pedir costillitas de cerdo con salsa de manzanas y puré de papas —dijo el primero. —Todavía no está listo. —¿Entonces por qué carajo lo ponés en la carta? —Esa es la cena —le explicó George—. Puede pedirse a partir de las seis. George miró el reloj en la pared de atrás del mostrador. —Son las cinco. —El reloj marca las cinco y veinte —dijo el segundo hombre. —Adelanta veinte minutos. —Bah, a la mierda con el reloj —exclamó el primero—. ¿Qué tenés para comer? —Puedo ofrecerles cualquier variedad de sánguches —dijo George—, jamón con huevos, tocino con huevos, hígado y tocino, o un bife. —A mí dame suprema de pollo con arvejas y salsa blanca y puré de papas. —Esa es la cena. —¿Será posible que todo lo que pidamos sea la cena? —Puedo ofrecerles jamón con huevos, tocino con huevos, hígado... —Jamón con huevos —dijo el que se llamaba Al. Vestía un sombrero hongo y un sobretodo negro abrochado. Su cara era blanca y pequeña, sus labios angostos. Llevaba una bufanda de seda y guantes. —Dame tocino con huevos —dijo el otro. Era más o menos de la misma talla que Al. Aunque de cara no se parecían, vestían como gemelos. Ambos llevaban sobretodos demasiado ajustados para ellos. Estaban sentados, inclinados hacia adelante, con los codos sobre el mostrador. —¿Hay algo para tomar? —preguntó Al. —Gaseosa de jengibre, cerveza sin alcohol, y otras bebidas gaseosas —enumeró George. —Dije si tenés algo para tomar. —Sólo lo que nombré. —Es un pueblo caluroso este, ¿no? —dijo el otro— ¿Cómo se llama? —Summit. —¿Alguna vez lo oíste nombrar? —preguntó Al a su amigo. —No —le contestó éste. —¿Qué hacen acá a la noche? —preguntó Al. —Cenan —dijo su amigo—. Vienen acá y cenan de lo lindo. —Así es —dijo George. —¿Así que creés que así es? —Al le preguntó a George. —Seguro. —Así que sos un chico vivo, ¿no? —Seguro —respondió George. —Pues no lo sos —dijo el otro hombrecito—. ¿No cierto, Al? —Se quedó mudo —dijo Al. Giró hacia Nick y le preguntó: —¿Cómo te llamás? —Adams. —Otro chico vivo —dijo Al—. ¿No, Max, que es vivo? —El pueblo está lleno de chicos vivos —respondió Max. George puso las dos bandejas, una de jamón con huevos y la otra de tocino con huevos, sobre el mostrador. También trajo dos platos de papas fritas y cerró la portezuela de la cocina. —¿Cuál es el suyo? —le preguntó a Al. —¿No te acordás? —Jamón con huevos. —Todo un chico vivo —dijo Max. Se acercó y tomó el jamón con huevos. Ambos comían con los guantes puestos. George los observaba. —¿Qué mirás? —dijo Max mirando a George. —Nada. —Cómo que nada. Me estabas mirando a mí. —En una de esas lo hacía en broma, Max —intervino Al. George se rió. —Vos no te rías —lo cortó Max—. No tenés nada de qué reírte, ¿entendés? —Está bien —dijo George. —Así que pensás que está bien —Max miró a Al—. Piensa que está bien. Esa sí que está buena. —Ah, piensa —dijo Al. Siguieron comiendo. —¿Cómo se llama el chico vivo ése que está en la punta del mostrador? —le preguntó Al a Max. —Ey, chico vivo —llamó Max a Nick—, andá con tu amigo del otro lado del mostrador. —¿Por? —preguntó Nick.


—Porque sí. —Mejor pasá del otro lado, chico vivo —dijo Al. Nick pasó para el otro lado del mostrador. —¿Qué se proponen? —preguntó George. —Nada que te importe —respondió Al—. ¿Quién está en la cocina? —El negro. —¿El negro? ¿Cómo el negro? —El negro que cocina. —Decile que venga. —¿Qué se proponen? —Decile que venga. —¿Dónde se creen que están? —Sabemos muy bien donde estamos —dijo el que se llamaba Max—. ¿Parecemos tontos acaso? —Por lo que decís, parecería que sí —le dijo Al—. ¿Qué tenés que ponerte a discutir con este chico? —y luego a George— Escuchá, decile al negro que venga acá. —¿Qué le van a hacer? —Nada. Pensá un poco, chico vivo. ¿Qué le haríamos a un negro? George abrió la portezuela de la cocina y llamó: —Sam, vení un minutito. El negro abrió la puerta de la cocina y salió. —¿Qué pasa? —preguntó. Los dos hombres lo miraron desde el mostrador. —Muy bien, negro —dijo Al—. Quedate ahí. El negro Sam, con el delantal puesto, miró a los hombres sentados al mostrador: —Sí, señor —dijo. Al bajó de su taburete. —Voy a la cocina con el negro y el chico vivo —dijo—. Volvé a la cocina, negro. Vos también, chico vivo. El hombrecito entró a la cocina después de Nick y Sam, el cocinero. La puerta se cerró detrás de ellos. El que se llamaba Max se sentó al mostrador frente a George. No lo miraba a George sino al espejo que había tras el mostrador. Antes de ser un restaurante, lo de Henry había sido una taberna. —Bueno, chico vivo —dijo Max con la vista en el espejo—. ¿Por qué no decís algo? —¿De qué se trata todo esto? —Ey, Al —gritó Max—. Acá este chico vivo quiere saber de qué se trata todo esto. —¿Por qué no le contás? —se oyó la voz de Al desde la cocina. —¿De qué creés que se trata? —No sé. —¿Qué pensás? Mientras hablaba, Max miraba todo el tiempo al espejo. —No lo diría. —Ey, Al, acá el chico vivo dice que no diría lo que piensa. —Está bien, puedo oírte —dijo Al desde la cocina, que con una botella de ketchup mantenía abierta la ventanilla por la que se pasaban los platos—. Escuchame, chico vivo —le dijo a George desde la cocina—, alejate de la barra. Vos, Max, correte un poquito a la izquierda — parecía un fotógrafo dando indicaciones para una toma grupal. —Decime, chico vivo —dijo Max—. ¿Qué pensás que va a pasar? George no respondió. —Yo te voy a contar —siguió Max—. Vamos a matar a un sueco. ¿Conocés a un sueco grandote que se llama Ole Andreson? —Sí. —Viene a comer todas las noches, ¿no? —A veces. —A las seis en punto, ¿no? —Si viene. —Ya sabemos, chico vivo —dijo Max—. Hablemos de otra cosa. ¿Vas al cine? —De vez en cuando. —Tendrías que ir más seguido. Para alguien tan vivo como vos, está bueno ir al cine. —¿Por qué van a matar a Ole Andreson? ¿Qué les hizo? —Nunca tuvo la oportunidad de hacernos algo. Jamás nos vio. —Y nos va a ver una sola vez —dijo Al desde la cocina. —¿Entonces por qué lo van a matar? —preguntó George. —Lo hacemos para un amigo. Es un favor, chico vivo. —Callate —dijo Al desde la cocina—. Hablás demasiado. —Bueno, tengo que divertir al chico vivo, ¿no, chico vivo? —Hablás demasiado —dijo Al—. El negro y mi chico vivo se divierten solos. Los tengo atados como una pareja de amigas en el convento. —¿Tengo que suponer que estuviste en un convento? —Uno nunca sabe. —En un convento judío. Ahí estuviste vos. George miró el reloj. —Si viene alguien, decile que el cocinero salió, si después de eso se queda, le decís que cocinás vos. ¿Entendés, chico vivo? —Sí —dijo George—. ¿Qué nos harán después? —Depende —respondió Max—. Esa es una de las cosas que uno nunca sabe en el momento.


George miró el reloj. Eran las seis y cuarto. La puerta de calle se abrió y entró un conductor de tranvías. —Hola, George —saludó—. ¿Me servís la cena? —Sam salió —dijo George—. Volverá alrededor de una hora y media. —Mejor voy a la otra cuadra —dijo el chofer. George miró el reloj. Eran las seis y veinte. —Estuviste bien, chico vivo —le dijo Max—. Sos un verdadero caballero. —Sabía que le volaría la cabeza —dijo Al desde la cocina. —No —dijo Max—, no es eso. Lo que pasa es que es simpático. Me gusta el chico vivo. A las siete menos cinco George habló: —Ya no viene. Otras dos personas habían entrado al restaurante. En una oportunidad George fue a la cocina y preparó un sánguche de jamón con huevos "para llevar", como había pedido el cliente. En la cocina vio a Al, con su sombrero hongo hacia atrás, sentado en un taburete junto a la portezuela con el cañón de un arma recortada apoyado en un saliente. Nick y el cocinero estaban amarrados espalda con espalda con sendas toallas en sus bocas. George preparó el pedido, lo envolvió en papel manteca, lo puso en una bolsa y lo entregó, el cliente pagó y salió. —El chico vivo puede hacer de todo —dijo Max—. Cocina y hace de todo. Harías de alguna chica una linda esposa, chico vivo. —¿Sí? —dijo George— Su amigo, Ole Andreson, no va a venir. —Le vamos a dar otros diez minutos —repuso Max. Max miró el espejo y el reloj. Las agujas marcaban las siete en punto, y luego siete y cinco. —Vamos, Al —dijo Max—. Mejor nos vamos de acá. Ya no viene. —Mejor esperamos otros cinco minutos —dijo Al desde la cocina. En ese lapso entró un hombre, y George le explicó que el cocinero estaba enfermo. —¿Por qué carajo no conseguís otro cocinero? —lo increpó el hombre— ¿Acaso no es un restaurante esto? —luego se marchó. —Vamos, Al —insistió Max. —¿Qué hacemos con los dos chicos vivos y el negro? —No va a haber problemas con ellos. —¿Estás seguro? —Sí, ya no tenemos nada que hacer acá. —No me gusta nada —dijo Al—. Es imprudente, vos hablás demasiado. —Uh, qué te pasa —replicó Max—. Tenemos que entretenernos de alguna manera, ¿no? —Igual hablás demasiado —insistió Al. Este salió de la cocina, la recortada le formaba un ligero bulto en la cintura, bajo el sobretodo demasiado ajustado que se arregló con sus manos enguantadas. —Adios, chico vivo —le dijo a George—. La verdad que tuviste suerte. —Es cierto —agregó Max—, deberías apostar en las carreras, chico vivo. Los dos hombres se retiraron. George, a través de la ventana, los vio pasar bajo el farol de la esquina y cruzar la calle. Con sus sobretodos ajustados y esos sombreros hongos parecían dos artistas de variedades. George volvió a la cocina y desató a Nick y al cocinero. —No quiero que esto vuelva a pasarme —dijo Sam—. Ya no quiero que vuelva a pasarme. Nick se incorporó. Nunca antes había tenido una toalla en su boca. —¿Qué carajo...? —dijo pretendiendo seguridad. —Querían matar a Ole Andreson —les contó George—. Lo iban a matar de un tiro ni bien entrara a comer. —¿A Ole Andreson? —Sí, a él. El cocinero se palpó los ángulos de la boca con los pulgares. —¿Ya se fueron? —preguntó. —Sí —respondió George—, ya se fueron. —No me gusta —dijo el cocinero—. No me gusta para nada. —Escuchá —George se dirigió a Nick—. Tendrías que ir a ver a Ole Andreson. —Está bien. —Mejor que no tengas nada que ver con esto —le sugirió Sam, el cocinero—. No te conviene meterte. —Si no querés no vayas —dijo George. —No vas a ganar nada involucrándote en esto —siguió el cocinero—. Mantenete al margen. —Voy a ir a verlo —dijo Nick—. ¿Dónde vive? El cocinero se alejó. —Los jóvenes siempre saben que es lo que quieren hacer —dijo. —Vive en la pensión Hirsch —George le informó a Nick. —Voy para allá. Afuera, las luces de la calle brillaban por entre las ramas de un árbol desnudo de follaje. Nick caminó por el costado de la calzada y a la altura del siguiente poste de luz tomó por una calle lateral. La pensión Hirsch se hallaba a tres casas. Nick subió los escalones y tocó el timbre. Una mujer apareció en la entrada. —¿Está Ole Andreson? —¿Querés verlo? —Sí, si está. Nick siguió a la mujer hasta un descanso de la escalera y luego al final de un pasillo. Ella llamó a la puerta. —¿Quién es? —Alguien que viene a verlo, Sr. Andreson —respondió la mujer. —Soy Nick Adams. —Pasá.


Nick abrió la puerta e ingresó al cuarto. Ole Andreson yacía en la cama con la ropa puesta. Había sido un boxeador peso pesado y la cama le quedaba chica. Estaba acostado con la cabeza sobre dos almohadas. No miró a Nick. —¿Qué pasó? —preguntó. —Estaba en lo de Henry —comenzó Nick—, cuando dos tipos entraron y nos ataron a mí y al cocinero, y dijeron que iban a matarlo. Sonó tonto decirlo. Ole Andreson no dijo nada. —Nos metieron en la cocina —continuó Nick—. Iban a dispararle apenas entrara a cenar. Ole Andreson miró a la pared y siguió sin decir palabra. —George creyó que lo mejor era que yo viniera y le contase. —No hay nada que yo pueda hacer —Ole Andreson dijo finalmente. —Le voy a decir cómo eran. —No quiero saber cómo eran —dijo Ole Andreson. Volvió a mirar hacia la pared: —Gracias por venir a avisarme. —No es nada. Nick miró al grandote que yacía en la cama. —¿No quiere que vaya a la policía? —No —dijo Ole Andreson—. No sería buena idea. —¿No hay nada que yo pudiera hacer? —No. No hay nada que hacer. —Tal vez no lo dijeran en serio. —No. Lo decían en serio. Ole Andreson volteó hacia la pared. —Lo que pasa —dijo hablándole a la pared— es que no me decido a salir. Me quedé todo el día acá. —¿No podría escapar de la ciudad? —No —dijo Ole Andreson—. Estoy harto de escapar. Seguía mirando a la pared. —Ya no hay nada que hacer. —¿No tiene ninguna manera de solucionarlo? —No. Me equivoqué —seguía hablando monótonamente—. No hay nada que hacer. Dentro de un rato me voy a decidir a salir. —Mejor vuelvo a lo de George —dijo Nick. —Chau —dijo Ole Andreson sin mirar hacia Nick—. Gracias por venir. Nick se retiró. Mientras cerraba la puerta vio a Ole Andreson totalmente vestido, tirado en la cama y mirando a la pared. —Estuvo todo el día en su cuarto —le dijo la encargada cuando él bajó las escaleras—. No debe sentirse bien. Yo le dije: "Señor Andreson, debería salir a caminar en un día otoñal tan lindo como este", pero no tenía ganas. —No quiere salir. —Qué pena que se sienta mal —dijo la mujer—. Es un hombre buenísimo. Fue boxeador, ¿sabías? —Sí, ya sabía. —Uno no se daría cuenta salvo por su cara —dijo la mujer. Estaban junto a la puerta principal—. Es tan amable. —Bueno, buenas noches, Sra. Hirsch —saludó Nick. —Yo no soy la Sra. Hirsch —dijo la mujer—. Ella es la dueña. Yo me encargo del lugar. Yo soy la Sra. Bell. —Bueno, buenas noches, Sra. Bell —dijo Nick. —Buenas noches —dijo la mujer. Nick caminó por la vereda a oscuras hasta la luz de la esquina, y luego por la calle hasta el restaurante. George estaba adentro, detrás del mostrador. —¿Viste a Ole? —Sí —respondió Nick—. Está en su cuarto y no va a salir. El cocinero, al oír la voz de Nick, abrió la puerta desde la cocina. —No pienso escuchar nada —dijo y volvió a cerrar la puerta de la cocina. —¿Le contaste lo que pasó? —preguntó George. —Sí. Le conté pero él ya sabe de qué se trata. —¿Qué va a hacer? —Nada. —Lo van a matar. —Supongo que sí. —Debe haberse metido en algún lío en Chicago. —Supongo —dijo Nick. —Es terrible. —Horrible —dijo Nick. Se quedaron callados. George se agachó a buscar un repasador y limpió el mostrador. —Me pregunto qué habrá hecho —dijo Nick. —Habrá traicionado a alguien. Por eso los matan. —Me voy a ir de este pueblo —dijo Nick. —Sí —dijo George—. Es lo mejor que podés hacer. —No soporto pensar en él esperando en su cuarto sabiendo lo que le va a pasar. Es realmente horrible. —Bueno —dijo George—. Mejor dejá de pensar en eso.


En defensa propia, de Rodolfo Walsh - "Yo, a lo último, no servía para comisario" - dijo Laurenzi, tomando el café que se le había enfriado -. "Estaba viendo las cosas, y no quería verlas. Los problemas en que se mete la gente, y la manera que tiene de resolverlos, y la forma en que yo los habría resuelto. Eso, sobre todo. Vea, es mejor poner los zapatos sobre el escritorio, como en el biógrafo, que las propias ideas. Yo notaba que me iba poniendo flojo, y era porque quería pensar, ponerme en el lugar de los demás, hacerme cargo. Y así hice dos o tres macanas, hasta que me jubilé. Una de esas macanas es la que le voy a contar. Fue allá por el cuarenta, y en La Plata. Eso le indica" - murmuró con sarcasmo, mirando la plaza llena de sol a través de la ventana del café - "que mi fortuna política estaba en ascenso, porque usted sabe cómo me han tenido a mí, rodando por todos los destacamentos y comisarías de la provincia. La fecha justa también se la puedo decir. Era la noche de San Pedro y San Pablo, el 29 de junio. ¿No le hace gracia que aún hoy se prendan fogatas ese día?" - Es por el solsticio estival - expliqué modestamente. - "Usted quiere decir el verano. El verano de ellos que trajeron de Europa la fiesta y el nombre de la fiesta". - Desconfíe también del nombre, comisario. Eran antiguos festivales celtas. Con el fuego ayudaban al sol a mantenerse en el camino más alto de cielo. - "Será. La cuestión es que hacía un frío que no le cuento. Yo tenía un despacho muy grande y una estufita de kerosén que daba risa. Fíjese, había momentos en que lo que más deseaba era ser de nuevo un simple vigilante, como cuando empecé, tomar mate o café con ellos en la cocina, donde seguramente hacía calor y no se pensaba en nada. Serían las diez de la noche cuando sonó el teléfono. Era una voz tranquila, la voz del juez Reynal, diciendo que acababa de matar un ladrón en su casa, y que si yo podía ir a ver. Así que me puse el perramus y fui a ver. Con los jueces, para qué lo voy a engañar, nunca me entendí. La ley de los jueces siempre termina por enfrentarlo a uno con un malandra que esa noche tiene más suerte, o mejor puntería, o un poco más de coraje que seis meses antes, o dos años antes, cuando uno lo vio por última vez con una vereda y una 45 de por medio. Uno sabe cómo entran, cómo no va a saber, después de verlo llorando y, si se descuida, pidiendo por su madre. Lo que no sabe, es cómo salen. Después hasta le piden fuego por la calle, y usted se calla y se va a baraja porque se palpita que hay un chiste en alguna parte, y no vaya a resultar que el chiste es a costa suya. Iba pensado en estas cosas mientras caminaba entre las fogatas que la garúa no terminaba de apagar, esquivando los buscapiés de la juventud que también festejaba, como dice usted, lo alto que andaba el sol y, seguramente, la cosecha próxima, y los campos llenos de flores. Para distraerme, empecé a recordar lo que sabía del doctor Reynal. Era el juez de instrucción más viejo de La Plata, un caballero inmaculado y todo eso, viudo, solo e inaccesible. Entré por un portoncito de fierro, atravesé el jardín mojado, recuerdo que había unas azaleas que empezaban a florecer y unos pinos que chorreaban agua en la sombra. La cancel estaba abierta, pero había luz en una ventana y seguí sin tocar el timbre. Conocía la casa, porque el doctor solía llamarnos cada tanto, para ver cómo andaba un sumario o para darnos un sermón. Tenía ojos de lince para los vicios de procedimiento, la sangre de sus venas pasaba por el código y no se cansaba de invocar la majestad de la justicia, la de antes. Y yo que hasta tengo que cuidar la ortografía, y no hablo de los vicios de procedimiento ya va a ver. Pero yo no era el único. Conozco algunos que pretendían tomarlo en farra, pero se les caían las medias cuando tenían que enfrentarlo. Y es que era un viejo imponente, con una gran cabeza de cadáver porque año a año la cara se le iba chupando más y más, hasta que la piel parecía pegada a los huesos, como si no quisiera dejarle nada a la muerte. Así lo recuerdo esa noche, vestido de negro y con un pañuelo de seda al cuello. Con este hombre yo me guardaba un viejo entripado, porque una vez en la misma comisaría, adonde llegó como bala me soltó al tuerto Landívar, que tenía dos muertes sin probar, y más tarde iba a tener otra. Nunca olvidé lo que me dijo Es mejor que ande suelto un asesino, y no una ruedita de la justicia. ¿Y el peligro? - le pregunté. El peligro lo corremos todos- dijo. Pero fui yo el que tuve que matarlo a Landívar, cuando al fin hizo la pata ancha en los galpones de Tolosa, y yo me acordé del doctor, del doctor y de su madre". El comisario se agarró el mentón y meneó la cabeza. Como si se riera de alguna ocurrencia secreta, y después soltó una verdadera carcajada, una risa asmática y un poco dolorosa. - "Bueno, ahí estaba sentado ante su escritorio, como si nada hubiera pasado, absorto en uno de esos libracos de filosofía, o vaya a saber qué, pero en todo caso algo importante, porque apenas alzó la cabeza al verme en la puerta y siguió leyendo hasta que llegó al final de un párrafo que marcó con una uña afilada y como de vidrio. Tuve tiempo de sacarme el sombrero mojado, de pensar dónde lo pondría, de ver el bulto en el suelo, que era un hombre, de codearme con un jinete de bronce y, en general, de sentirme como un auxiliar tercero que lo van a amonestar. Recién entonces el viejo cerró el libro, cruzó los dedos y se quedó mirándome con esos ojos que siempre parecían estar haciendo la seña del as de espadas. Le pregunté, de buen modo, qué quería que hiciera. Contestó que yo sabía cuál era mi deber, que yo conocía o debía conocer el Código de Procedimientos, que el desde ya su reemplazante de turno era el doctor Fulano, y que no lo tomara a mal si, ya que estaba, observaba con interés profesional la forma en que yo encauzaba el sumario. Le aseguré que no faltaba más. Le dije si estaba bien que le hiciera una inspección ocular. Hizo que sí con la cabeza. ¿Y que le preguntara algunas cosas y que lo tuviese demorado hasta que el doctor fulano dispusiera lo contrario? Entonces se echó a reír y comentó Muy bien, muy bien, eso me gusta. Moví con el pie la cara del muerto, que estaba boca abajo frente al escritorio, y me encontré con un antiguo conocido, Justo Luzati, por mal nombre El Jilguero, y también El Alcahuete, con fama de cantor y de otras cosas que en su ambiente nadie apreciaba. Supe tratarlo bastante en un tiempo, hasta que lo perdí de vista en un hospital, pobre tipo. Pero resultaba bueno verlo muerto así, al fin con un gesto de hombre en la cara flaca donde parecía faltarle unos huesos y sobrarle otros, y un 32 empuñado a lo hombre en la mano derecha, y todavía ese gesto bravío de apretar el gatillo a quemarropa, cuando ya


le iban a tirar, o le estaban tirando, y le tiraron nomás y el plomo del 38 que el doctor sacó de algún cajón lo sentó de traste. Y entonces se acostó despacio a lagrimear un poco y a morir. Pero ese viejo, era cosa de ver, o de imaginar, la sangre fría, de ese viejo. Dejó el 38 sobre la mesa, con cuidado porque era una prueba. Me llamó por teléfono, sin levantarse siquiera, porque no había que tocar nada. Y siguió leyendo el libro que leía cuando entró Luzati. -¿Lo conoce doctor?- le pregunté. - Nunca lo había visto. Entonces, mientras lo estaba mirando, descubrí ese estropicio en la biblioteca que tenía detrás de él. - ¿Y de eso - señalé - no pensaba decirme nada?. - Usted tiene ojos - respondió. Había una hilera de tomos encuadernados en azul, creo que era la colección de La Ley. Y uno estaba medio destripado, le salían serpentinas y plumitas de papel, y al lado había un marco de plata boca abajo, un retrato con la foto y el vidrio perforados. - Quédese quieto, doctor, no se mueva- le previne y le di la vuelta al escritorio, me paré donde se había parado Luzati, donde todavía estaba el agua de sus zapatos y desde allí miré al viejo, y luego detrás del viejo, y nuevamente esa cara cadavérica y severa. Pero él me corrigió: - Un poquito más a la izquierda - dijo. - ¿Qué se siente, doctor, cuando a uno le erran por tan poco? - No se siente nada- contestó - y usted lo sabe. Entonces me agaché, saqué el 32 de entre los dedos de Luzati, abrí el tambor y allí estaba la cápsula picada y el resto de la carga completa, y hasta el olor de la pólvora fresca. Todo listo y empaquetado para el gabinete Vucetich, donde seguramente iban a encontrar que el plomo de la biblioteca correspondía al 32, y que el ángulo de tiro estaba bien, y todo estaba bien, y se lo iban a ilustrar con dibujitos y rayas coloradas, verdes y amarillas para probar nomás que el doctor había matado en defensa propia. Puse el 32 junto al otro, sobre el escritorio, y fue entonces cuando él me oyó decir Qué raro y me miró sin moverse. - ¿Qué raro doctor?- le dije caminando otra vez hacia la biblioteca - que usted, que solía tener tan buena memoria, se haya olvidado de este pájaro cantor. Porque si a mi no me falla, hace cuatro años usted sentenció en una causa Vallejo contra Luzati por tentativa de extorsión. Él se echó a reír. - ¿Y eso? - dijo -. Como si yo fuera a acordarme de todas las sentencias que dicto. - Entonces tampoco recordará que en el treinta lo condenó por tráfico de drogas. Me pareció que daba un brinco, que iba a pararse, pero se contuvo, porque era un viejo duro, y apenas se pasó una mano por la frente. - En el treinta - murmuró -. Puede ser. Son muchos años. Pero usted quiere decir que no vino a robar sino a vengarse. - Todavía no se lo quiero decir. Pero qué raro, doctor. Qué raro que este infeliz, que nunca asaltó a nadie, porque era una rata, un pobre diablo que hoy se puso la mejor ropa para venir a verlo a usted - alguien que vivía de la pequeña delación, del pequeño chantaje, del pequeño contrabando de drogas; alguien que si llevaba un arma encima era para darse coraje -, que ese tipo, de golpe, se convierta en asaltante y venga a asaltarlo a usted ... Entonces él cambió de postura por primera vez, giró con el sillón, y me vio con el retrato entre las manos, ese retrato de una muchacha lejana, inocente y dulce, si no fuera por los ojos que eran los ojos oscuros y un poco fanáticos del juez, esa cara que sonreía desde lejos aunque estaba destrozada de un tiro certero, porque el vencido amor y la sombra del odio que le sigue tienen una infalible puntería. Le devolví el retrato, le dije Guardeló. Esto no tiene por qué figurar aquí y me senté en cualquier parte sin pedirle permiso, pero no porque le hubiera perdido el respeto, sino porque necesitaba pensar y hacerme cargo y estar solo. Pensar, por ejemplo, en esa cara que yo había visto dos años antes en una comisaría de Mar del Plata, esa cara devastada, ya no inocente, repetida en la foto de un prontuario donde decía simplemente Alicia Reynal, toxicómana, etc. Pero cuando pasó un rato muy largo, lo único que se me ocurrió decirle fue: - ¿Hace mucho que no la ve? - Mucho - dijo, y ya no habló más, y se quedó mirando algo que no estaba. Entonces volví a pensar, y ahí debió ser cuando descubrí que ya no servía para comisario. Porque estaba viendo todo, y no quería verlo. Estaba viendo cómo El Alcahuete había conocido a aquella mujer, y hasta le había vendido marihuana o lo que sea, y de golpe, figúrese usted, había averiguado quién era. Estaba viendo con qué facilidad se le ocurrió extorsionar al padre, que era un hombre inmaculado, un pilar de la sociedad, y de paso cobrarse las dos temporadas que estuvo en Olmos. Estaba viendo cómo el viejo lo esperó con el escenario listo, el tiro que él mismo disparó - un petardo más en esa noche de petardos - contra la biblioteca y contra aquel fantasma del retrato. Estaba viendo el 32 descargado sobre el escritorio, para que Luzati lo manoteara a último momento y hasta apretara el gatillo cuando el viejo le apuntó. Y lo fácil que fue después abrir el tambor y volver a cargarlo, sin sacarlo de las manos del muerto, que era donde debía estar. Estaba viendo todo, pero si pasaba un rato más ya no iba a ver nada, porque no quería ver nada. Aunque al fin me paré y le dije: - No sé lo que va a hacer usted, doctor, pero he estado pensando en lo difícil que es ser un comisario y lo difícil que es ser un juez. Usted dice que este hombre quiso asaltarlo y que usted lo madrugó. Todo el mundo le va a creer y, yo mismo, si mañana lo leo en el diario, es capaz que lo creo. Al fin y al cabo, es mejor que ande suelto un asesino, y no una ruedita de la compasión. Era inútil. Ya no me escuchaba. Al salir me agaché por segunda vez junto al Alcahuete y, de un bolsillo del impermeable, saqué la pistola de pequeño calibre que sabía que iba a encontrar allí y me la guardé. Todavía la tengo. Habría parecido raro, un muerto con dos armas encima". El comisario bostezó y miró su reloj. Le esperaban a almorzar. - ¿Y el juez? - pregunté. - "Lo absolvieron. Quince días después renunció, y al año se murió de una de esas enfermedades que tienen los viejos".



Trabajo práctico nº 1