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Introducción Recuerdo a mi madre allá en el tiempo, por los 80, sentenciando: “no hijo, la educación no se negocia “. Esas palabras eran muy pesadas para un chico que recién cursaba sus estudios primarios. Claro, atenerse a ellas, significaba un largo y tedioso camino por delante (suponía entonces): terminar la primaria (sin repetir), transcurrir la secundaria (sin recursar) y por supuesto, contemplar la posibilidad de una carrera universitaria y su meta final: el trabajo. Era una tarea titánica también para ella. Madre de 5 hijos, todos menores de 10 años, recientemente separada y en procura de trabajo. Las posibilidades eran muchas. La salida una sola. Dedicarse a sus hijos, haciendo de esa empresa, su leitmotiv. Despertar a la mañana con el aroma de la leche recién preparada, en ese hervidor de aluminio de 3 litros, marcaba la hora de levantarse. En la olla, aún tibia, un guiso contundente aseguraba el almuerzo de ese medio día. Porque claro, ella al trabajo, nosotros a la escuela, esa era la dinámica. Estaba claro, debíamos trabajar en equipo. Porque allí aprendimos que todo cuesta, pero se puede. “llegan de la escuela, comen y hacen la tarea”, decía cada mañana mientras calzaba su guardapolvo de portera. “cuando llegue yo los dejo salir a jugar, pero un ratito, en donde los vea”, redondeaba al cerrar la puerta para irse al trabajo. Muy duro era ver a nuestros compañeros pasar por la vereda a la siesta, con sus autos llenos de piedras, en plena carrera primero, con sus bicicletas Cross después, ya más grandes. Riendo, viviendo. Nosotros, desde la ventana de casa, sólo los veíamos pasar. Así llegó el secundario, etapa hermosa en la formación de un adolescente. En esos años aprendí a cocinar, asumiendo nuevas responsabilidades para con mis hermanos. Ninguna tan importante como la de estudiar. Porque aquella frase de antaño seguía vigente en mi cabeza: “no hijo, la educación no se negocia”. Con el mote de “Traga” por dedicarle tiempo nomás, transcurrí el nivel medio. Otra etapa llegaba a su fin. Otro diploma. “ Bueno hijo, y si se anota en la facultad?”, me dijo aquella tarde. “… mientras yo pueda no es necesario que trabaje, sólo estudie y termine pronto”. Y así fue, cada día y durante 4 años nos daba $2 pesos, si, dos pesos a mi hermano Marcelo (Profesor en Ciencias de la Educación) y a mí. Caminábamos desde el barrio La Paz hasta la facultad de abajo, ella nos encausaba con sólo palabras: “no se quede hijo, el estudio es lo único que les puedo dejar”. Y sumamos otro diploma en la pared. Hoy, varios años después, cada vez que mis hijas “flaquean” ante el ritmo escolar, yo les digo: “no hija, un esfuerzo más, la educación no se negocia. Es lo único que les puedo dejar”. yo

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Memorias para mi historia