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Crucé el umbral y fui recibido por un gran patio color verde, rodeado por plantas, algunas habitaciones y una gran fuente. En esta había un gran pez de piedra que al parecer era un koi, de este salía un hilo de agua que golpeaba unas esferas y complementaba el espacio. Naturaleza, agua y luz. Seguí caminando y llegué a un segundo patio, estos estaban divididos por la cocina de la cual salían algunos aromas interesantes. El segundo patio estaba adornado por una enorme mesa central de madera. Este era el sitio especial para tomar un buen desayuno o bien terminar el día con una excelente cena o un té caliente. Todos los espacios conectaban perfectamente y se iban aislando uno al otro. Era como un pequeño laberinto que no dejaba saber qué había al otro lado de la pared o del umbral. Seguí cambinando hacia mi habitación y en un costado apareció un gran jardín. Alineado a este había otra mesa de madera con sillas y bancas que invitaban a sentarme. Casi todos los rincones del hotel contaban un espacio para que fuera contemplado, era cuestión de escoger. Los colores, texturas de los materiales y en si los espacios eran para mi inimaginables en el centro de una ciudad. Era como un oasis en el desierto. Cuando una persona viaja lleva en mente varios objetivos, algunos pueden ser descansar, conocer o simplemente despejar la mente de lo cotidiano. Esto usualmente se logra caminando por la calles de una ciudad, explorando los rincones y lugares turísticos o visitando los lugares que son punto de reunión de los locales. Esto difícilmente se logra en el lugar donde uno duerme y termina la jornada. En este caso es diferente, tan pronto se cruza el atrio de la casona y la puerta se cierra es difícil negarse al rompimiento con el mundo externo. La carga visual del atrio se va aligerando conforme uno se interna en los espacios más alejados a la calle. La tranquilidad envuelve al viajero y lo invita a dejar “su equipaje” atrás, allá donde todo es agitado y en muchas ocasiones fuera de control. Tomé la llave que abriría las dos pequeñas puertas que daban acceso a mi habitación. En verdad no sabía, en los pocos pasos que había dado crucé una galería, una tienda de antiguedades y espacios naturales al aire libre. Introduje la llave, hice el giro tradicional y con ambas manos empujé.

Noviembre • Diciembre | NAO • 43

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