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Nuestro camino siguió hasta el interior del desierto, junto al límite de la frontera argelina, donde acampamos con nuestro guía bereber. Una vez asentados, nos adentramos en soledad y a pie en las arenas del gran Sáhara. Ante nosotros teníamos un espectáculo natural único. Allí, en soledad, sin signo de vida alguno más que nuestra propia presencia, se presentó, en su inmensidad, el Sáhara, un infinito mar de dunas, un desierto que recorre todo el norte de África de costa a costa, un espacio inabarcable de arenas naranjas, tierra de bereberes, camino de comerciantes y de grandes rutas, vía de míticas caravanas y expediciones. Pero la hora real del espectáculo se hizo esperar varias horas: la caída del sol. Fue entonces cuando el cielo siempre azul se hizo más presente que nunca y representó ante nuestros ojos una de sus más bellas sinfonías. Los azules se fusionaron con los morados, los amarillos dieron paso a los naranjas, como un coro aparecieron súbitamente los magentas y en pizzicato se hicieron sentir los rosas, los rojos silbaron con fuerza, mientras el negro, rey de la noche, avanzó in crescendo hasta convertirlo todo en silencio para dar por terminada la función bajo un cielo estrellado. Fue entonces cuando sentado sobre lo alto de una duna le dije a mi acompañante: “¿Sabes? El cielo aquí es muy extraño.”

62 • NAO | Mayo • Junio 2015

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